Nathan

Me costó darme cuenta de que era él. Caminaba inmersa en mis pensamientos y notaba que aquellos días me importaba muy poco todo lo que ocurría a mi alrededor, más allá de la conciencia de que debía de hacer algo especial para salir de aquella situación de absurda apatía en la que me encontraba. Mis reuniones para encontrar trabajo seguían un curso interesante, pero eso no me bastaba, no me apetecía salir de casa, tampoco podía concentrarme en mis lecturas favoritas. Escribía y enseguida despreciaba mis anotaciones que garabateaba después con saña. Llenaba la basura con cientos de folios arrugados casi sin estrenar. Repasaba insistentemente en mi agenda los nombres de las personas con las que había tenido relación a lo largo de mi vida, buscando alguien que pudiera serme útil, alguien que me aportara una cierta claridad ante aquella luz siniestra que me tenía invadida íntimamente.

Más que verlo, lo intuí. Lo intuí borrosamente al otro lado del cristal sucio del coche que estaba detenido en la acera opuesta a la mía, en la que yo esperaba que me diera paso el semáforo. Las luces de warning de su coche estaban parpadeando. Tuve un arrebato de huir de allí, de echar a correr en dirección contraria. No tenía previsto el encuentro con él de forma tan inesperada.

—Sería yo capaz de hablar primero? —Y qué le diría más allá de «hola, ¿cómo estás»?

—Sentí mis pies hundirse en el suelo como si me hubiera metido en un foso de alquitrán. Titubeé, intenté zafarme de aquel lodo pesado y negro que me inmovilizaba hasta la mente. Le miré pretendiendo que él no se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí, al otro lado de la calle, y que me encontraba en una situación difícil. Sabía que, en cualquier otro momento, de haberse percatado, hubiera venido solícito a ayudarme. Leía. Parecía entretenido, atento a un documento que tenía apoyado en el volante. El coche no se movió cuando las luces del semáforo en verde le dieron paso.

Abrió despacio la puerta del coche y salió mirando a los dos lados, asegurándose de su propia seguridad ante el arranque del resto de vehículos. Se movía mirándome con una leve sonrisa, mientras yo me dirigía hacia él atacada por una sorprendente timidez que me había trasladado a la época de mi adolescencia. El paso de peatones parecía alargarse infinitamente, hubiera dicho que eran miles las rayas blancas que nos separaban, pero ya estaba en sus brazos.

Comprendí que todo lo que pudiéramos hacer juntos a partir de aquel momento no sería malo ni dañino. No nos quedaba otro recurso que el de amarnos por encima de todo. En mi interior sabía que mi madre comprendería y aprobaría nuestra situación. Yo era joven, adoraba a este hombre desde que era casi una niña y poco había cambiado en mis sentimientos con respecto a él durante los últimos años. Le adoraba y le respetaba. Esos motivos habían sido determinantes, por los que yo me había mantenido al margen de su vida de pareja y que, a mi pesar, fueron los que habían provocado la distancia que había terminado por deteriorar la relación con mi madre Louise.

Pero callé y me abandoné a su abrazo.

No puedo decir que lo encontrara envejecido, aunque su pelo se había convertido en una maraña de finos hilos blancos que se le desordenaban dándole un aire bohemio del que yo creo que él siempre había presumido. Seguía teniendo un porte altivo y sus gestos despaciosos denotaban una gran seguridad en sí mismo. Murmuró mi nombre varias veces, pegada su boca a mi oído izquierdo.

Nos sentarnos en el Café de los Artistas y tomamos un café tranquilo.

—Por cierto —dijo— hablo como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para nosotros.

—¿Tienes prisa? —Mi contestación se esfumó en el aire mientras con su brazo derecho me conducía hacia la puerta del lado del copiloto de su coche. Lo cierto es que me dejé llevar sin oponer ninguna resistencia.

A pesar de sus esfuerzos por mostrarse recuperado, el dolor seguía enraizado en su pecho. Habían sido largos días de despedidas, acompañando muchas noches de insomnios y de sueños cortos y despertares asustados en los que el miedo algunas veces y la aceptación otras, mi madre necesitaba del consuelo y la paz que aquel hombre era capaz de aportarle. Yo le notaba cansado, pero aún intentaba animarme también a mí. Efectivamente —me contó— que había desaparecido de la universidad unos días sin dejar pistas de su paradero porque necesitaba distanciarse del mundo sin interrupciones. Y que yo era una de ellas.

—¿interrupciones? Me sorprendió aquella palabra para definirme como a una de las que tendría que enfrentarse.

Pero que antes de dar cualquier paso —continuó diciendo— tenía que deshacer la maraña de pensamientos que habían quedado trabados en su cerebro. Sentía que con la desaparición de mamá su vida culminaba, pero yo estaba allí y no sabía muy bien cómo interpretar aquella presencia. Juró que hubiera querido huir también y, de hecho, había huido, lejos, a una isla del sudeste asiático, pero había resultado una retirada realmente corta para la grandeza del problema que presentía que tendría que abordar con madurez tarde o temprano.

Me refugié en la manta que suelen poner en las sillas de las cafeterías a disposición de los clientes para que puedan estar confortables en el exterior. No tenía frio, pero a ratos los escalofríos recorrían mis inseguridades, especialmente cuando no sabía qué decir. Escuchaba porque suponía que eso era lo único que él necesitaba de mí entonces. Que yo le escuchara. Hubo varios silencios difíciles, pero mi intuición me fue llevando por un camino que yo en mi interior ya tenía recorrido. Creo que quería dejar claro que yo era algo postizo en su vida, y que por mucho que me apreciara quería vivir el tiempo que le quedara sin ataduras, no estaba dispuesto a perder ni un ápice de su libertad, no quería vivir ninguna relación sentimental ni compromiso que no fuera consigo mismo, quería vivir su duelo en soledad.

—Por supuesto —añadió, cogiéndome de las dos manos y mirándome fijamente a los ojos —yo siempre voy a estar ahí cuando tú me necesites…

No lloré, ni eché a correr. Me quedé paralizada ofreciéndole una sonrisa comprensiva que, sin embargo, sentía que hería profundamente mis estructuras emocionales.

Sobre la mesa, el reflejo de los últimos rayos de sol se interpuso entre nosotros iluminando las tazas de café vacías y el platillo con los últimos restos del brownie que habíamos compartido. Sonreíamos, agarrados de las manos. Él con la satisfacción de haber mostrado sus cartas con delicadeza y determinación, y yo con una claridad diáfana en mi mente y una tristeza casi infantil en el fondo de mi corazón incomprendido.

Me llevó a su casa. Había puesto a la venta el piso que había compartido con Louise y había alquilado un apartamento amplio limpio y desordenado, como a él le gustaban las cosas. Daba al mar. Cerré los ojos apretada al cristal del ventanal centrándome en el movimiento y la cadencia de las olas que llegaban y reventaban en espumas contra las rocas del paseo. Conseguí recuperar el ritmo de mi respiración. Estaba un poco asustada. Había libros por todas partes, algunos que habíamos compartido, literatura; los clásicos, filosofía y poesía, historia, cientos apilados en columnas en el suelo, unos cuantos abiertos sobre la mesa de centro del salón y varios más sobre la mesilla en su dormitorio.

—No pasará nada, te lo prometo. Es lo único que se me ocurrió decir en aquel momento.

En silencio me cogió de la cintura empujándome suavemente hacia afuera de la habitación. Me sentí íntima e irremediablemente vinculada a aquel hombre, o en realidad lo estaba ya desde antes de conocerlo. Se estaba produciendo un incendio en mi interior y sentí el calor en su cuerpo cuando me arrimó hacia él con ternura y nos besamos con toda la honradez y el dolor que nos reunía.


@mberistain

Tiempo de siluetas nuevas


Dejaba pasar los días, como si estuviera de vacaciones. Recorrí despacio los alrededores aprovechando la bonanza de aquella primavera cálida y colorida. Conseguía así aliviar el tedio de la tristeza sin saber muy bien qué hacer conmigo misma. Pretendía estar sola pero, por otra parte, al cabo de algunos minutos que me resultaban eternos y vacíos, mi ángulo vital se estrechaba como si entrara en un túnel negro inacabable.

Me planteaba cada día un nuevo destino aprovechando las actividades programadas para turistas en la zona. Tuve la suerte de coincidir, en una de las excursiones, con un grupo de personas que venían desde varios puntos de España a hacer treeking acompañados de un monitor. Estaban instalados en el pueblo de Flam en pequeñas cabañas de madera del camping en la misma orilla del fjordo. Pensé que era una señal. Yo había nacido allí.

Inicialmente no quise compartir con nadie el desbordamiento de mi presión sanguínea que alteraba todo mi cuerpo. Después de una animada charla al final de la primera jornada, me animaron a unirme a sus planes, y aunque me hice de rogar, me acorralaron entre todos y su arrebatadora simpatía no me permitió dudar. Acepté. Durante quince días que duró su visita al país, compartí con ellos mucho más que la montaña. Terminé cambiándome a su cabaña a pesar de la cara de poker que me puso la de la agencia de alquileres cuando le pedí el cambio. Fueron días de juegos, chistes y confidencias, de peleas de almohadas y de música, unos cantaban mejor que otros pero todos jaleábamos a modo de acompañamiento. Era curioso que apenas se bebía alcohol en aquel grupo exceptuando a Juanma, Eric y yo misma que nos moríamos por tomarnos una buena cerveza fría a última hora de la tarde cuando volvíamos de las excursiones. Tengo que reconocer que las dos mejores cervezas que he tomado en mi vida han sido con ellos, la primera allí un día que nos quedamos rezagados del grupo y nos metimos en uno de los pubs con música en vivo donde pasamos un rato muy especial los tres, y otro cuando estando en África años más tarde, pedimos que nos llevaran al desierto tres cervezas bien frías, y lo conseguimos. Aquello, más tarde lo reconocimos, fue un placer de dioses… Porque tengo que decir que aquella relación con el grupo continuó  durante algunos años más hasta que sus situaciones familiares fueron cambiando.

La hora del desayuno era gloriosa. Los chicos se ocupaban de estudiar las rutas; los mapas compartían la mesa del comedor con las tostadas y la mantequilla, las mermeladas, los huevos, el bacon y el café humeante. Había que esquivar la revolución de mochilas y botas esperando por los suelos. A pesar del alboroto, de fondo podía oírse el murmullo de un pequeño aparato de radio que se esmeraba en retransmitir las noticias del mundo sin que ninguno de nosotros le hiciera demasiado caso, mientras Enric, que no perdía un minuto y solía ponerse en modo autista, se afanaba punteando en su guitarra y ensayando acordes para sus nuevas composiciones lo que hacía que nunca terminara su desayuno a tiempo de marchar. Las chicas a medio vestir y sin peinar eran las que organizaban el picnic y trataban de dejar lo más recogida posible la casa antes de salir a pasar el día fuera.

Yo no dejaba de pensar en Nathan. Me había despedido descuidadamente de él cuando decidí tomarme un tiempo para situarme de nuevo en el mapa del mundo, si es que en algún momento de mi vida fui capaz de sentirme ciudadana de algún sitio en concreto. Entonces más que nunca sentía el desarraigo, algo así como la falta de raíces. Tenía una vaga idea de dónde venía, no porque no lo hubiera escuchado, sino porque quizás en aquellos momentos yo era una criatura inmadura viviendo cómodamente, demasiado bien, podría decir, como para que una historia semejante a la que me contaban me pudiera haber conmovido o mínimamente interesado; la guerra, algo detestable y ajena —yo pensaba— a mi vida real.

Durante aquellos días no pude dedicarme a reconocer la zona en la que se habían producido los acontecimientos que habían coincidido con la época de mi nacimiento. Pero sí fue creciendo en mí el interés por conocer detalles de la vida de mis antepasados,  aunque no los tuviera en mis recuerdos.

—Qué recuerdos guardaba yo en realidad? —¿Alguna vez me había preocupado de ellos?

La realidad era que no, que no me había interesado nada más que por mi propia existencia y la de mis amigos. Había sido una época de sueños e ilusiones que nos podíamos permitir, por supuesto que con la connivencia de nuestros padres —en mi caso tengo que hablar de mis dos madres—. Supuse siempre que también ellas fueron felices porque no les causé demasiados problemas, especialmente con las drogas, que era entonces una realidad muy cercana y una de las causas de los dramas de la sociedad en que vivíamos. Casi podría decir ahora que en nuestra actitud juvenil sí había una cierta displicencia hacia lo pasado, nuestra rebeldía nos llevaba a buscar caminos nuevos, a inventar otros o a reinventarnos convencidos de ser una nueva generación que estábamos en el mundo para cambiarlo.

Al atardecer solía pasarme por la oficina de turismo y entablé amistad con Jenny, una chica holandesa que se había instalado allí desde principios de año porque su pareja era directivo de una de las compañías de transbordadores y barcos de pasajeros  que operaba en la zona de fjordos. Me di cuenta de que me atraía la idea de participar profesionalmente en los proyectos turísticos en Noruega. Había muchas posibilidades de trabajo, empecé a sentirme capacitada e ilusionada. Las conversaciones que mantuve durante varios días con la pareja me facilitaron una reunión con la Dirección de una de las empresas que más me interesaba conocer.

Llamé a Nathan. No respondió al teléfono. Lo intenté en varias ocasiones durante las semanas siguientes y siempre obtuve el mismo resultado. Llamé a la secretaría de la Universidad pero me dijeron que no podían darme tal información. Todavía quedaban fechas para terminar el curso y me resultó un tanto sorprendente su ausencia. Pensé que él también podría estar de viaje en algún país exótico o con dificultades de cobertura, o que sencillamente se hubiera querido desconectar durante un tiempo para rehacerse del drama o para reflexionar sobre su futuro. Respeté su silencio.

Fueron sucediéndose los días sin noticias, intentaba no pensar en él y, aunque lo hubiera necesitado, podría decir que, interesadamente para que me facilitara el encuentro con el entonces responsable de Turismo en el gobierno —con el que sabía que tenía una muy buena relación, según él mismo me había comentado— quise demostrarme a mí misma que podría seguir adelante sin su ayuda. No deseaba necesitarlo. Sin embargo en mi interior había una fuerza, una especie de magnetismo que me desordenaba las ideas. Se estaba generando una lucha apasionada entre mi voluntad y mi pensamiento. Un deseo urgente de buscarlo, y no solo de buscarlo por dondequiera que estuviera, sino de encontrarlo. De encontrarme con él. Sentía que teníamos mucho que decirnos, que habían quedado cosas pendientes, sin cerrar, esa historia soterrada que nos había mantenido incomunicados durante bastantes años y que de repente afloraba en la superficie ante el drama compartido. Algo parecía haberse enquistado en nuestros corazones y ni tan siquiera habíamos sido capaces de mirarnos a los ojos. Sentía como si las ciudades y los pueblos a mi alrededor se estuvieran derrumbando y no había consuelo posible para la ansiedad ni para la soledad. Aquel amor platónico que algún día sentí por él era ahora un amor moribundo, probablemente quedó herido en el lecho de muerte de mi madre. Mis manos entrelazadas con las suyas en los últimos momentos me hicieron consciente de la vida que me había regalado con su valentía y tenacidad. Ella y Ulma. Y yo, como una niña mimada que había pasado por su lado durante todos aquellos años sin tan siquiera dedicarles un poco de admiración y ternura. Lo único que les había dedicado —hablando en el caso de Ulma hasta entonces— había sido una inmensa tristeza por su ausencia en esos días grises que parecen una oscura eternidad después de perderla.

—¿Y con mi madre Louise? —¿Iba a hacer lo mismo con ella?

Recostada mi cabeza en su cama, apoyé mi brazo por encima de su pecho. Sentí el leve latido de su corazón, casi agotado. Conseguí derramar allí mi suficiencia y mi soberbia en un llanto silencioso mientras acariciaba sus ojos apagados, su expresión dulce, su precioso pelo y sus manos perfectas. Pensé que me hubiera gustado haber heredado algo de ella, algo más que su apellido, algo como su coraje, como su corazón y cerré los ojos cuando ella los cerró.

Esperé un tiempo, no puedo precisar cuánto, lo único que sentía era un frío mortal que me impedía el movimiento, estuve bloqueada hasta que entró el médico seguido de Nathan para hacer la visita diaria.

Salí al jardín, me tumbé en la hierba, el día era también frío pero lo único que aprecié fueron las siluetas desordenadas de una imagen desenfocada, como mi propia vida. Y lloré, lloré dejando que brotara de mi boca, como de una arteria rota, toda la furia de las palabras más fuertes que conocía.


@mjberistain

En la isla


 En la isla a veces habitada de lo que somos,
hay noches mañanas y madrugadas en las que no necesitamos morir.
Entonces sabemos todo lo que fue y será.
El mundo aparece explicado definitivamente y nos invade una gran serenidad, y se dicen las palabras que la significan.
Levantamos un puñado de tierra y lo apretamos entre las manos.
Con dulzura.
Ahí se encierra toda la verdad soportable: el contorno, el deseo y los límites.
Podemos decir entonces que somos libres, con la paz y la sonrisa de quien se reconoce y viajó infatigable alrededor del mundo, porque mordió el alma hasta sus huesos.
Liberemos lentamente la tierra donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros es de momento la vida.
Que eso nos baste.


José Saramago.

 

Con latir de faro


La lluvia apagaba el rumor de los truenos

Ya no llorabas entonces,
los ojos vacíos,
llenos de muertes prematuras.

En el corazón, el latir de un faro,
y sobre las aguas rizadas
mapas de papel naufragando
en océanos inciertos.

La locura
sabe dibujar la esperanza
entre los sueños pequeños.



@mjberistain

Escalofríos


Nada más cerrar la puerta de mi casa, anhelando un descanso después de varios días de viajar en plan nómada por el desierto del Sahara, sonó el timbre.

Casi no me había dado tiempo a soltar la gran mochila y las bolsas con las últimas compras inevitables hechas en el aeropuerto antes de tomar el avión de vuelta. Ni el abrigo. Lo dejé todo en el suelo y abrí, porque la llamada me resultaba familiar.

Allí estaba él, con el pelo alborotado, como siempre, con esa mirada entre torva y simpática, como pidiendo permiso para entrar y casi entrando sin pedir permiso. Llevaba entre manos varios recortes de periódicos que me entregó mientras declaraba que aquella noticia era uno de los mayores descubrimientos de la historia. (?)

Ah, y una botella de vino tinto Rivera de Duero, Reserva del 2014.

No entiendo por qué curiosa razón, últimamente me estoy encontrando o relacionando con personas a las que les interesa mucho el tema del universo; Astronomía, Astrofísica, Cosmología. De verdad que no sé qué ven en mí que los anime a darme conversación sobre estas cosas, más allá de que haya podido dedicarme algunas noches a contemplar e intentar fotografiar las estrellas desde los campamentos del desierto.


¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

Así titula el diario «El Mundo», en concreto el científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía, D. Jose Luis Gómez, el texto que acompaña a la fotografía de un «agujero negro» tomada por una red de telescopios repartidos por toda la superficie terrestre (Chile, la Antártida, Hawái, México, Estados Unidos y en España Sierra Nevada en Granada) —lo que equivale a tener un telescopio tan grande como la tierra—.

¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

«Alegría, emoción contenida y satisfacción por un trabajo impecable que nos ha permitido enseñarle al mundo que los agujeros negros ya no son solo cosas de películas de ciencia ficción, sino de ciencia de la de verdad. De la que se hace cuando juntas los esfuerzos de más de doscientos investigadores por todo el mundo trabajando el unísono para un objetivo común.

Cómo expresar con palabras aquel momento histórico del 25 de julio de 2018 en el «Black Hole Initiative» de la Universidad de Harvard, en Boston, cuando por primera vez vimos la primera imagen de la sombra de un agujero negro. La imagen de lo invisible, de la completa ausencia de luz rodeada de un anillo luminoso.

Sentí escalofríos al ver que una de las predicciones más extravagantes de la teoría de la relatividad, los agujeros negros, existen de verdad. Una puerta sin retorno fuera de nuestro universo. Seguimos ilusionados por el trabajo que queda, encaminado a la obtención de mejores imágenes, de otros agujeros negros, y de esta manera entender cada vez mejor cómo funciona la gravedad».


Confieso que vivo en la ignorancia sobre el mundo del que formo parte, del que quizás yo misma sea una pequeñísima partícula que no llego a comprender por mucho que me empeñe en ello. Y de la misma forma que pueda temerse a la muerte evitando hablar de ella, o viceversa, que se pueda convivir espiritualmente con la idea de una vida sucesiva en diferentes estratos, mis reflexiones y razonamientos únicamente alcanzan para compartir esa expresión del autor de este texto cuando se refiere a las emociones que le embargan ante la confirmación de la existencia de agujeros negros que abren nuevos horizontes más allá de nuestro universo. Habla de alegría, de emoción contenida y satisfacción por el trabajo impecable de la ciencia…

Yo, de verdad que, de momento, siento escalofríos…

¡Puaff!… en qué lío me ha metido mi vecino…


Tomado de astroyciencia.com

La astronomía es una ciencia que estudia los objetos del espacio exterior a la Tierra.
La cosmología investiga el origen y la evolución del universo con las herramientas que le proporcionan la física y las matemáticas.
Y la astrología no es estrictamente una ciencia, sino una tradición milenaria que se propone interpretar los sucesos de la vida humana a la luz de los astros.

Ver: El Mundo, Teresa Guerrero, Salud y Ciencia. y Artículo de Rafael Bachiller


Esa obstinada luz


Por fin me he dado cuenta
de que todo en ti me recuerda
a un tren perdido.

Tendí todos los gritos
en los raíles vacíos que siempre supe
que no me llevarían a ninguna parte.

Porque «no es de ahora esta luz»,
es tu luz de siempre
alertándome del peligro
que acecha cuando aparejas el aire
brillando tus ojos como peces de luz.

Esa obstinada luz
derramando noches de inmortalidad,
resbalando por las palabras
que escribí y no pronunciaré,

Esa obstinada luz
llegando al amanecer en oleadas,
penetrando a jirones por las persianas,
deslizándose azul hasta la alta mar de la locura.

Sigo buscando en el hueco de mis manos
las líneas de la soledad para romperlas.

Esa luz,
esa obstinada luz que no es de ahora…


@mjberistain

El tercer aliento


 Eterna
creí la juventud durante el tiempo
aquel en el que fui joven de verdad.
El natural estado
me pareció del mundo y de los hombres.
me faltaba perspectiva.

Poco después temí perderla,
adelanté su duelo, lloré incluso su muerte
en conmovidos versos que a nadie conmovían,
exponiendo a la burla mi sentimiento puro.
Seguía siendo demasiado joven.

Desde entonces,
me he despedido de ella muchas veces
con dolor verdadero.

Y sin embargo, ahora,
cuando por fin podría alimentar
mi temor con motivos razonables,
ya no albergo temor.
Y aunque estoy bien seguro
de que vuelve a fallar mi perspectiva,
desde esta vuelta del camino
se me antoja sin duda que lo justo
sería confesarse agradecido
por lo larga y hermosa que va siendo
la breve juventud.

 

 


 

La gran belleza


Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia.
Y, además, cualquiera puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida.

Louis-Ferdinand Celine
«Viaje al fin de la vida
Tomado del Blog de Jose Raúl Pérez Vergara

 

«Siempre se termina con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla, bla, bla, bla…

Todo está ahí, escondido, resguardado bajo la frivolidad y el ruido, y el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconsistentes destellos de belleza.

La decadencia, la desgracia y el hombre miserable, todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo bla, bla, bla, bla… 

En otros lugares hay otras cosas. A mi no me importan los otros lugares, así pues, que empiece la novela… En el fondo es solo un truco, sí, solo un truco.»

Reflexión final de la película
Ver críticas:
La gran belleza
Crítica de Sensacine


Tamarindos

No siento mis piernas. Deben de estar cruzadas, la una sobre la otra, allá abajo. No puedo verlas. No las echo en falta. Solo necesitaría saber que están conmigo, allá abajo. Allí a donde en este momento no puede llegar mi mirada. Estoy postrada en la cama. Nada ni nadie me retiene, ni limita. Mis brazos están cruzados sobre mi pecho. Tampoco los siento. Los dedos cruzados. Deben de estar cruzados —sí me impone, sin embargo, que sea la forma con la que se les entierra a los muertos—. Siento un terror tranquilo. No puedo ni deseo moverme. Mi garganta está cerrada, seca. También mi boca está seca. No siento la lengua. Bueno, sí, la imagino pegada al paladar, inútil, seca.

Quiero llamarle por teléfono. Busco el mío entre todos los teléfonos negros que están tirados en el suelo, muchos, todos negros.  Me imagino —solo me imagino que lo estoy buscando—.  Solo mi mente lo busca porque no puedo moverme. Y no lo encuentra. Decide que el mío no está. Angustia. Y yo necesito hablar con él. Es urgente. No me siento controlada por él. Solo quiero evitar que sufra. Solo quiero que no se preocupe cuando se levante para ir a trabajar y al venir a mi cama a darme un beso, como todas las mañanas, se de cuenta de que no estoy, y eso le preocupe. Le quiero. No quiero preocuparle. Pienso; solo puedo pensar y llamarle, sin mover la lengua.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —grito en silencio como si fuera una oración, con insistente suavidad.

Vuelvo a intentarlo, pronuncio mentalmente una letanía en forma de ruego. ¡Por dios! que pueda oírme, solo eso, y si no me oye, que allá donde esté intuya que le estoy llamando, porque le necesito. Le necesito únicamente para que no se preocupe por mi. Estoy tranquila. Aunque no sé si estoy al borde de la muerte o es solo una situación de alucinación debido a la última pastilla que tomé anoche.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —sigo gritando con más vehemencia pero en silencio.  Y no me responde, pero sé que está ahí, a mi lado.

Son las cinco y cincuenta y tres de la mañana. Debes de estar muy cerca de mí porque, aunque tengo los ojos cerrados, me llega una tenue iluminación gris azulada parecida al color de tus ojos que va tiñendo las cortinas blancas. La pastilla ha debido de hacer su efecto pero no sé hasta dónde me llevará en este trance. Quizás no vuelva más y me quede así contigo. ¿Por qué no? Solo quería decirte que no te preocuparas si hubieras venido esta mañana a darme el beso de buenos días.

Porque ha sido imposible, durante toda la noche, terminar de engalanar el salón de actos para la fiesta de fin de carrera. Me ofrecí a colocar farolillos de tela blanca enjaretada en cables que colgarían de los tamarindos como única iluminación. Habíamos llenado el salón de tamarindos.  Tamarindos torcidos, viejos y rotos —como decía yo cuando era pequeña y que tú me enseñaste a amar y a disfrutar como de tantas otras cosas— mucho más avejentados de lo que estaban cuando estabas con nosotros. Pero que siguen siendo mis árboles preferidos. A ti y a mí nos encantaba pasear entre ellos en días de lluvia, también a ellos les complacía vernos, éramos de los pocos que se atrevían a salir a la calle —porque en aquellos días no había ni gente, niños ni perros por los parques— y así aliviábamos aquella soledad húmeda y triste del paseo. Nunca he tirado la toalla, tú lo sabes. He pasado muchas horas intentándolo antes de darme cuenta de que te ibas a preocupar si no me encontrabas en la cama cuando vinieras a darme el beso de buenos días.

Ha llegado mi amigo Paco a hacerme el relevo. Menos mal que venía con trozos de sábanas viejas fruncidas y gomas elásticas de esas que cortan el pelo y hemos conseguido colgar farolillos en algunos tamarindos. Con las luces del salón apagadas y solo con las de los farolillos encendidas nos hemos sentado en el suelo a contemplar el efecto en el ambiente, y con él he sentido que «todo estaba bien».

—¡Aitá!, ¡Aitá! — son las cinco y cincuenta y siete de la mañana. Ya semi-consciente me gusta escucharme, repetir en voz alta esa palabra que te invoca. Estarías a punto de levantarte si hoy tuvieras que ir al trabajo. Y yo de recibir tu beso.

Abro a medias los ojos entre la maraña de sábanas y edredón que casi me cubren la cabeza y ante mí, muy cerca, veo desenfocado algo oscuro que reconozco. Mi móvil. Pero no me muevo. Escucho con atención los ruidos que me llegan al oído izquierdo —el otro lo tengo pegado a la almohada— como si alguien o algo estuviera dando pequeños arañazos a mi alrededor al ritmo de mi respiración. Me sorprendo al reconocer el sonido leve de la lluvia afuera. No tengo muy claro si voy a poder levantarme y, en el caso de que pudiera levantarme, si tendré la confianza suficiente como para tenerme en pie. Decido que deseo salir de allí, echar a correr; echar a correr lo más rápido posible hasta encontrarte lejos de esta larga y desesperante pesadilla*.

@mjberistain


Caligrafía

Del Blog Trianarts


 

Ha apoyado la frente en el cristal
frío, empañado, con trasluz de invierno.
Escribe el nombre de ella y, a través
de las líneas que traza con el dedo,
la ha visto en un paraje solitario
con el mar y las rocas en la noche.
Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor
al paso de un falucho. Se ha engañado:
detrás de la ventana hay una calle
que el alba hace más triste, sin un alma,
con coches aparcados.
Tras las líneas comienza a amanecer:
el sol naciente borrará ese nombre
en la escarcha rosada del cristal.

Joan Margarit

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanahuja, Lérida, el 11 de mayo de 1938.
Poeta, arquitecto y catedrático jubilado de la Universidad Politécnica de Barcelona.
Fue Premio Nacional de Poesía por “Casa de Misericordia” y Premio Nacional de Literatura de la Generalidad de Cataluña en 2008.


Tempestades


 

Me enfrento al brillo voraz de tus ojos
mientras sucede
algo más que el deseo
y las contradicciones.

Se van rompiendo las horas
en pequeños despertares
que perpetúan, en el angosto camino del miedo
a abandonar, la dulce desdicha de las sábanas.

Cada uno tiene sus propias tempestades…


 @mjberistain


 

Nunca más, Amor


 Fui la sed
y tu el agua inalcanzable.
Bebí la lluvia ardiente
de mis propias lágrimas.

Fui ofrenda.

Hubiera querido todo
pero también nada de ti.
Fui vertiente y fui vacío
aullando como una loba
en el bosque de las ciudades
deshabitadas

Nunca más, Amor

No soy un ser.  Soy una sombra
que persigue el viento, el cuerpo
curvado de una nube errante
y la secreta humedad de su tormenta.

Nunca más, Amor


 

 

Si me das a elegir… I


A esta hora inocente
la luz se sienta
en el umbral de las miradas

A esta hora inocente
los rostros no tienen nombre
mas la soledad no está sola

Hemos nacido y muerto
tantas veces,
tantas veces hemos vuelto
brindando con los vasos vacíos
en la ausencia
que es nunca y es ahora.

Nada tiene sentido,
ni los abrazos crispados
de placer ni el dolor insumiso de la sangre,

A esta hora inocente, amor,
si me das a elegir, me quedo contigo.

@mjberistain



Como si fuera la primera vez


Hubiera deseado dejar de amarte,
dejar que las gaviotas marcharan
a otros acantilados
y volaran lejos como sueños inmaduros
hacia el sur de la templanza,
a los márgenes de la lluvia colgada por los  cristales.
Hubiera deseado
huir con ellas de la humedad y el frío incrustados en las paredes
y no sentir la ambigüedad de las despedidas en la sangre.

Pero no dejé de amarte y vuelves
a la mar con tus cantos de sirenas
como si fuera la primera vez,
el agua como espejo donde se miraban
los barcos cuando soñaban la penumbra.


@mariajesusberistain
Nota: los versos en cursiva son de Isabel Fdez. Bernaldo de Quirós

Un cierto afán nunca cumplido


 Tanto como andar por la orilla de la playa
una mañana luminosa y solitaria

Tanto como sentir el calor del sol
sentada bajo un tamarindo en un banco del paseo

Tanto como obsesionarme con el fruto de la belleza
cuando pienso en la imagen de los dos en el espejo

Tanto como la alegría cuando excluyo la tristeza
de la espera riendo como un niño
cuando gana en la pantalla su héroe favorito

Tanta añoranza en la voz de la conciencia…
los pasos que no dimos enloquecidos
por las calles del deseo y la ternura
descalzos por la vida.

Clama al cielo el deseo como «un cierto afán nunca cumplido».


@mjberistain

Nota:
El título está tomado del poema «exactamente vida» de L.A. de Villena

 

Acuérdate


 
Acuérdate de mí,
glaciar de ausencia,
y de cómo te amé por la distancia
mientras cruzaba páramos y tundras,
gasolineras solitarias, amor sin combustible.

Acuérdate de mí, yo casa antigua,
escalones de frío, balaustradas de frío,
mis venas cañerías estancadas
de sangre estalactita, de sangre nieve en polvo,
escarcha el pelo y lluviosa la risa,
mis huesos tubos de ensayo y granizo.

Yo cardinal, acuérdate, hemisferio
norte que conocía solo el norte
más azul y más blanco de los mapas;
vivía entre los lobos y los renos
y ni siquiera te buscaba, acuérdate…

 


Autora Isabel Pérez Montalbán
(extracto de su poema titulado Polo Norte)
Imagen de Ecotrendies

Sobre el Amor… (quise decir sobre el «Humor»)

 

«La vida hay que tomarla con amor y con humor.
Con amor para comprenderla y con humor para soportarla».
Bien podría haber sido una frase de Groucho, pero leo que dice Anónimo

 

Sinceramente no estoy del todo de acuerdo. Vamos a decir que si los componentes de la vida pudieran diseccionarse, el humor sería una de sus partes, y quizás una de las más importantes, por supuesto.

¿Y, el amor?

¿Dónde encaja en esta teoría que también el ser humano necesita —sin ser excluyente— de ese amor en el que se reconoce como «dador» o «receptor» de una calidad y calidez de relación personal por la que en según qué situaciones daría su propia vida a cambio, aunque esto pudiera suponer un drama en su interior.

Bueno, acepto que pueda gestionarse mejor desde el buen humor cualquier contrariedad que se interponga en nuestra ruta vital, que aunque siendo una ficción no deja de ser lo más valioso que tenemos mientras vivimos.

De un texto publicado por Cultura Inquieta y firmado por Alejandro Mar G

Diversos estudios muestran que las personas consideradas como chistosas, evaluadas como con un buen sentido del humor, tienen también un alto coeficiente intelectual. Igualmente, varios estudios muestran que los «seres humanos»  —variación mía del texto, en lugar de «hombres», sin ánimo de polemizar—con buen sentido del humor son considerados como más atractivos. Tal vez el humor sea el más sincero afrodisíaco.

Más allá de esta correlación, el humor es un signo de inteligencia en tanto que demuestra una perspectiva ligera y clara de la realidad. El hombre o mujer que torna el mundo en risa, en gozo, está ejecutando una dinámica de no tomarse demasiado en serio el mundo, lo cual es la puesta en escena de un axioma, de entender correctamente un principio de la realidad.

El mundo es a fin de cuentas impermanente, la identidad a la cual nos aferramos es polvo, no tiene solidez, es una designación conceptual. El mundo es incierto, una gran ficción. Si no tienes definición, si todo está abierto, puedes ser otro. Jugar es lo correcto. Tomarlo con humor es tomarlo con filosofía.

El humor es el amor a la creatividad del ser: nos estamos recreando cada instante (el polvo de estrellas de nuestras células es una mezcla volátil de génesis y fin del mundo). El humor es superar el error de lo literal, ir más allá del encasillamiento de la lógica de que las cosas son sólo esto o esto otro (y no todo y no nada).

El humor es la acción del reconocimiento de que el mundo es un sueño, y que podemos estar despiertos sin que haya un final (cuando te despiertas en un sueño, lo único que queda es jugar con la realidad inocuamente). En el humor ensayamos a cambiar nuestra forma de ver el mundo y eso nos permite, eventualmente, hacer que las cosas sean distintas Que sean como el mejor humor que tenemos.

Como esa dicha de verlo todo en una profusión de júbilo emanando cascadas-carcajadas desde el centro de la conciencia. La ficción es subversiva, el estirar la liga esculpe la realidad. Escribes tu autobiografía, pero sabes que la persona de la que escribes es sólo un personaje; en realidad, es muchos personajes.

A fin de cuentas, «Toda autobiografía es una obra de ficción.» –T. K.

 

 

 

Una historia común

Hace días que no escribo. Ayer estuve en el cementerio. Por eso hoy solo hablaré de una historia común.

De cómo uno ha llegado hasta aquí, de cómo ha sobrevivido desde la cima de un quinto piso sin ascensor, en una buhardilla de una calle cualquiera, de cualquier ciudad, con la mirada orientada al frío del norte y con el vaho de los cristales camuflando las lágrimas de pequeñas soledades.

No puedo olvidar el olor a ropa blanca y el abrazo cálido del pecho tierno de mi abuela a esa hora de la siesta en la que todos duermen y ella acoge con cariño mis desvelos. Yo miro a las formas caprichosas que dibuja la luz en los ángulos de las paredes, cuando traspasa las persianas de madera por las rendijas. De fondo oigo, sin escuchar, el murmullo de un gran aparato de radio de madera y metal colocado sobre una silla al lado de la cabecera de la cama, en el lado donde suele dormir sentado mi abuelo, pero que a esas horas está trabajando en la habitación de al lado, y por eso los pequeños tenemos que estar en silencio, lo que a mí me parece mucho rato.

Sin embargo, soy feliz.

También fui feliz cuando me enamoré. Y más tarde cuando fui madre.

A veces la pobreza también es feliz. Bueno, quizás quiero decir que es feliz en la primera parte, después cambia los vestidos de organza y tafetán de los días de fiesta por batas de casa de percal, casi sin darse uno cuenta, y se escucha la pasión por los patios en la novela de las cuatro de la tarde —la hora de mayor soledad— y uno se remonta a aquella buhardilla de un quinto piso sin ascensor, en cualquier ciudad orientada al frío del norte y con el vaho de los cristales camuflando lágrimas de pequeñas soledades, mientras se aprieta al tierno recuerdo de los abrazos verdaderos.

Alguien suele apagar, siempre antes de tiempo, la luna en el jardín de los enamorados.


@mjberistain
Imagen de internet – San Sebastián, el cementerio de los ingleses

Una barca de mentiras


Solo soy mi soledad
y no soy sin ti.

Amé el abismo
que una vez se abrió entre nosotros
que no existíamos.

¿Quién es nosotros?
ni tu ni yo
ni tu mío
ni yo tuya
ni tu conmigo
ni yo contigo.

No sé quién eres, ni dónde estás
ni qué quieres de mí.

Somos islas desiertas
que aman el mar
que las une y las separa.

Solo soy mi soledad
y no soy sin ti.

Seguiré tallando barcas
de madera y mentiras
para seguir huyendo, deseándote.


 basado en poema de J.V.Piqueras
imagen La ola verde de Monet – Museo de Orsay, París

 

Una emoción verdadera


Hay un bosque que se halla en mitad del río
Yo declaro que Tú eres ese bosque, ese río,
ese poder insólito en medio de una huída…
J.A. Glez Iglesias


Seré isla y seré puente
en mitad de la corriente.

Seré isla cortada
en el mapa del mundo que me rodea
La soledad no busca ninguna orilla.

Es como no querer nada
alguien que todo lo espera…


NOTA: Alteración del poema de R. Juárez