paco de lucia y felix grande


Música: Paco de Lucía – Entre dos aguas

Félix Grande fue un reconocido escritor y flamencólogo, que cultivó tanto el género narrativo como el lírico.

Importante representante de la innovación en la poesía española de la década de los 60.

Era guitarrista flamenco cuando, decidió cambiar la guitarra por la literatura. Se consideró siempre un aprendiz de poeta. Distraía sus heridas con música de Paco de Lucía y Camarón.

Dejó una amplia obra de poesía, narrativa y ensayo, y un sonido: el del flamenco, música que estudió con pasión.

Besarle el gozo al olvido,
cómo lo hago para besar un año entero de noches
que bebían el olvido.
Ahora cabalgo sobre un rey de corazones
como un río entre las piernas.
Ahora esas divinas cuerdas de guitarra
son mi más reciente alegría.
Quiero danzar, cada instante claro o de lluvia
este sagrado rito de vida
que me une a tu labio.
Pongo sobre mi frente un sombrero de plumas
para despedir la tristeza.
Pongo sobre mi boca el fuego
de los que leen las estrellas.


¿CRISIS DE VALORES?


A lo largo de la historia, el lamento más repetido es el de una generación sobre la degradación moral de la siguiente. Un estudio analiza las respuestas de 12 millones de personas en 60 países para explicar las razones de esta ilusión.

La maldad se extiende sin fin. El hombre amable se ha desvanecido». Con estas palabras se lamentaba un poeta egipcio en los tiempos del Imperio Medio, unos dos mil años antes de nuestra era. Desde entonces, el diagnóstico pesimista se ha oído o leído sin cesar: en la Ilíada, de Homero, o en la barra del bar; desde Livio, que auspiciaba «el derrumbe del edificio» por el proceso de declive moral, a Madonna, que aseguraba en las redes sociales que «hemos olvidado nuestra humanidad».

«Durante toda mi vida he oído a la gente lamentarse por el fin de la bondad humana. Me entran ganas de cogerlos de la solapa y preguntarles: ‘¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto en una temporada de Mad Men? ¿O es por una anécdota aleatoria que te contó tu abuelo?’». En lugar de hacer esto, el psicólogo Adam Mastroianni –que realiza en la actualidad sus investigaciones posdoctorales en la Universidad de Columbia (antes en Harvard)– decidió estudiar qué se esconde tras estos discursos pesimistas… Si responden o no a una realidad y si subyace algún mecanismo en nuestra psique que explique su abundancia. Spoiler: es una ilusión. Con este título –La ilusión del declive moral– acaba de publicarse su investigación en la revista Nature.

Tendemos a pensar que los jóvenes están peor en las cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído mucho, insistirá en que se ha perdido el hábito de lectura

Para ello ha buceado en encuestas realizadas entre 1949 y 2019, que incluyen a casi 12,5 millones de personas de 60 países. Y la respuesta, se pregunte a quien se pregunte, es siempre la misma: los valores morales están en declive, cada generación es peor que la anterior. Menos solidaria, menos respetuosa, más materialista y egoísta…

No hay datos españoles en su estudio, pero las encuestas demuestran que no somos una excepción. Un sondeo del CIS en 2000 preguntaba: «En comparación con hace 25 años, ¿opina usted que los españoles son más, igual o menos respetuosos hacia los demás?». El 41,4 por ciento pensaba que eran menos respetuosos, y solo una cuarta parte afirmaba lo contrario. A finales de 2017, la respuesta era similar: un 44,2 por ciento consideraba a los españoles menos respetuosos que cinco años antes.

«Preguntes a quien preguntes, donde y cuando sea, las personas dan la misma respuesta –concluye Adam Mastroianni–. La gente es menos amable que antes». El diagnóstico es algo peor entre quienes se autodefinen políticamente como conservadores, pero, por lo demás, poco importa la edad, el género o el estrato social. Algunos investigadores han bautizado el fenómeno como el ‘efecto los chicos de hoy en día’ (KTD effect, en las siglas inglesas de kids this day).

El sesgo se produce no solo porque las noticias negativas captan más nuestra atención, también es porque recordamos mejor los episodios positivos del pasado

Y añaden otro dato: tendemos a pensar que los chicos de hoy están peor en cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído muchos libros, pensará que se está perdiendo el hábito de lectura. Y, aunque no estemos tan leídos… tenderemos igualmente a pensar que los siguientes abrirán menos libros que nosotros porque tendemos a vernos con buenos ojos… y cuesta menos ver la viga en los ajenos.

Pero ¿de verdad existe este declive continuo? Lo curioso es que las cifras cambian poco con los años. Si las cosas fuesen constantemente a peor, cada año debería arrojar resultados más pesimistas en las encuestas. Sin embargo, repasando más de 100 sondeos realizados entre 1965 y 2020, Mastroianni y su equipo han visto que no existe una variación. En torno a un 70 por ciento de los encuestados afirma, año tras año, que los valores morales de la sociedad están empeorando. Y al mismo tiempo ofrecen respuestas contradictorias con esa aseveración: el 90 por ciento afirmaba haber sido tratado con respeto el día anterior…

Y la afirmación se mantiene estable entre 2006 y 2019. Un metaanálisis publicado el año pasado que analizaba más de 500 experimentos realizados específicamente para medir la predisposición a cooperar mostró que esta se ha incrementado en un 10 por ciento entre 1961 y 2017. Sin embargo, en las encuestas realizadas por Mastroianni y su equipo, el resultado es el inverso: la gente percibe que ha caído un 10 por ciento.

¿Por qué ocurre esto? En su exitoso libro Factfulness, Hans Rosling ofrecía algunas explicaciones, relacionadas en parte con nuestra tendencia a fijarnos en lo negativo, alimentada en parte por los medios de comunicación y las redes sociales. El drama y la sorpresa venden más que la rutina y la bondad. El economista canadiense John Keneth Galbraith, fallecido en 2006, lo explicó de otro modo cuando dijo que todo editor quiere publicar un libro llamado La crisis de la democracia, porque sabe que eso vende. Los autores del reciente artículo publicado en Nature lo atribuyen a un doble factor psicológico, que han bautizado como BEAM, siglas inglesas de ‘exposición y memoria sesgadas’.

Afirman que es la suma de la exposición a noticias negativas, que captan nuestra atención más que las positivas, y un sesgo de nuestra memoria, que tiende a difuminar con mayor rapidez los recuerdos negativos que los positivos. Así, al volver la vista atrás, recordaremos con mayor intensidad los episodios que nos hicieron estar bien. Pero, al observar el presente, serán las malas noticias las que más atrapen nuestra atención.

La combinación de ambas cosas explica esa tendencia a caer en la tentación de pensar que la sociedad está perdiendo sus valores. «Hay muchos problemas en la sociedad actual –concluye Mastroianni–. Por suerte, la crisis moral es una mera ilusión y no hay que invertir mucho esfuerzo en revertirla». Porque las cosas no están tan mal, quizá sean nuestros propios prejuicios los que hemos de revisar».


Ellos lo dijeron antes…

texto alternativo

Asiria. «Los jóvenes ociosos»


En una tablilla de arcilla encontrada en las ruinas de lo que fuera Babilonia (hoy, Irak), alguien había escrito hace más de tres mil años: «Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura».

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Sócrates. «Muchachos malcriados»


Sócrates, siglo IV a. C.: «La juventud actual ama el lujo, es maliciosa y malcriada, se burla de la autoridad y no tiene ningún respeto por los mayores. Nuestros muchachos de hoy son unos tiranos que no se levantan cuando un anciano entra a alguna parte y que responden con altanería a sus padres».

texto alternativo

Aristóteles. «Creen que lo saben todo»


Aristóteles escribió sobre los jóvenes en su Retórica, escrita en el siglo IV antes de nuestra era: «Se pasan en todo, todo lo hacen exageradamente, lo suyo es por doquier la demasía. Se creen que lo saben todo y hacen siempre afirmaciones contundentes, de lo que deriva su conducta exorbitante y descomedida».

Charles Baudelaire. «Una sociedad estúpida»


Charles Baudelaire, el gran poeta maldito, escribió que «el progreso ha atrofiado todo lo que es espiritual en nosotros». Afirmaba que la suya era «la más estúpida de las sociedades».

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Friedrich Nietzsche. La decadencia


Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán, paradigma del nihilismo, tachaba a la sociedad europea de su época de enferma y decadente. «Hay un elemento de decadencia en todo lo que se refiere al hombre moderno», escribió en 1885. 


No recuerdo ni cuándo ni dónde encontré este «estudio».
Tema de permanente actualidad. Lo actualizo enero 2024.

The shape of my heart


¿Puede la música traducir las emociones?

A Carmen le gustaba viajar en tren, como lo hacía ahora, por si al final del trayecto le encontraba a él esperándole en la estación. No hacía un problema de elegir destino.

Viajaba con una mochila casi vacía, apenas un ligero vestido y ropa íntima de recambio; su música preferida dibujando en su sonrisa sus ganas de vivir siempre, y una vez más, de imaginar su reencuentro.

Le volvía loca pensarle al otro lado de la ventana del tren con el brillo instalado en su mirada expectante, sus paseos impacientes andén arriba, andén abajo. —Se acordaba ahora de cuando aprendieron juntos a interpretar las últimas líneas de «el amor en los tiempos del cólera» de García Márquez. Nunca les había importado el destino de su viaje cuando le pedía vivir con ella el resto de sus días navegando río arriba, río abajo—. Se imaginaba sus brazos recogiéndola del salto de los escasos dos peldaños que les separaban, volteándola amorosamente, sintiendo solamente el choque tierno de sus cuerpos hasta encontrar, en un nuevo abismo, sus ojos; esa mirada soñada durante tantas noches de soledad y borrachera. Cómo se apretaba después a sus caderas, su cuerpo implacable dibujándole violetas desnudas y partituras de pasión en cada poro de su piel hasta hacerla llorar de risa y de pudor a esa hora en la que ya no quedaba nadie en la estación.

En el regazo de un café sus manos entrelazadas y serenas, la música de Sting «The Shape of my Heart» sonando levemente y la pureza de un amor fuera de dudas permaneciendo intacto a pesar del polvo de las guerras, del sexo ciñendo soledades, de la gloria de unos minutos miserables, de la fiebre del fracaso, de las venganzas desapasionadas, de la incertidumbre de los corazones en ruinas, de lo abstracto y obstinado del pensamiento, de la apariencia de lo cotidiano, de los desencuentros, de las frases estúpidas que se nos ocurren a veces y del arrepentimiento, de la tibieza de la desgana, de las mentiras más infelices, de  las insignificancias de las penas y los rencores, de los recuerdos ya olvidados, de la tristeza de la lluvia, de todo lo que ya está escrito en las paredes y en todos los libros, y de las miles de noches a cielo abierto esperándose…


actualizado 6 enero 2023
Fotografía Sieff

He vuelto


Si al empezar 2023 me hubieran dicho que moriría «un poco» en junio, quién sabe cómo hubiera vivido los primeros meses del año. 

Algo similar leía en el comienzo del texto de Julia Santibáñez en su blog Palabrasaflordepiel.com

           Algo ha cambiado en mi cerebro durante estos últimos doce meses. No me da miedo el futuro, es posible que olvidara su significado cuando estuve consciente en una gran nube blanca en el quirófano, tantas horas convencida de que viajaba en una nave espacial hacia el horizonte último del universo. Y todo era tan suave, tan envolvente, tan blanco. Yo solo conocía la palabra «levitar» de oídas y de haberla leído alguna vez en el diccionario de la lengua; la identificaba únicamente con la vida de los santos. Desde luego yo nunca he formado parte de ese grupo, sin embargo, en aquellas horas en las que perdí todo mi «conocimiento» (literal) y desaparecí de mí misma, ahora recuerdo que sentía que estaba cerca de Dios, sin pecado, sin dolor, sin daño.

No me da miedo el futuro. 

He vuelto desde muy lejos, y siento el amor ocupando mis venas con el azul límpido de la gratitud. Llamadme ingenua cuando pienso como una niña que aún espera la Luz, aunque día a día las noticias intenten des-esperanzarme. El mundo continúa con su propia fantasía; el juego de la Guerra. Se extiende como un magma acelerado por el terror dibujando paisajes enfangados de llanto, su objetivo es simple; la conquista del poder absoluto. Solo habrá perdedores.

Alguna vez me han recriminado ser una persona simple, optimista. Quizá. Luis García Montero es uno de mis poetas preferidos desde la infancia. Somos de la misma generación, del mismo año de nacimiento. He crecido con sus letras desde antes de que ganara su primer premio. Como escribe Julia en su magnífico texto. Sin ingenuidad, quiero concentrarme en el optimismo de la voluntad.

Es verdad que hoy hace falta, más que nunca.


@mariajesusberistain

Mi agradecimiento a Julia por la inspiración que me llega desde sus letras.

STALKER

«Geoff Dyer habla de ‘la última palabra’ como de aquello que cambia tu manera de ver el mundo y, en su caso,
con Stalker de Andréi Tarkovski descubrió lo que da de sí un viaje con destino a una habitación»

Llega el verano y es tiempo de viajes, de romper con el curso de las cosas, de meterse en otras vainas. Por ejemplo, la de ver de una vez Stalker, la película de Andréi Tarkovski que está ahí desde hace ya demasiados años, a la cola, como esperando que ocurra un milagro (o algo parecido). De pronto, por casualidad —el verano es también tiempo de casualidades—, abres Zona (Literatura Mondadori), de Geoff Dyer, “un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación”. Es decir, sobre Stalker. Así que no hay más remedio, e inicias esa tarea siempre postergada. Es una película de culto, para muchos una de las más grandes de la historia del cine, tiene el prestigio de haber abierto nuevos caminos, y todo el mundo sabe que es lenta. Un peñazo.

Dyer recoge enseguida una frase de otro cineasta, Robert Bresson, que se obligaba a recordarse una especie de exigencia: “Hacer visible lo que sin ti quizá nunca se hubiera visto”. Y también se acuerda del proyecto que abrigaba Gustave Flaubert de “escribir un libro sobre nada”, un libro que no tuviera casi tema, o en el que el tema fuera casi invisible. Estas dos referencias son suficientes para saber que ver Stalker es algo que está reñido con esta época que rinde culto a la inmediatez y a la velocidad y a las satisfacciones inmediatas, y que demanda sobre todo entretenimiento. Dyer cuenta que vio la película poco después de que se estrenara en 1979 y que le resultó aburrida, pero explica que muchas de sus imágenes se le quedaron dentro, y que lo empujaron a verla otra vez y otra y otra. Hasta que se encontró escribiendo un libro sobre Stalker. Hay un momento en que dice, cuando los protagonistas inician el desplazamiento en un motorraíl hacia la Zona, que se trata de “una de las grandes escenas de la historia del cine”. Luego afirma que hay otras muchas en la película, así que se obliga a no repetirse más.

Zona es el libro de alguien que explora una gran pasión. Enfrentarse a Stalker no es una tarea fácil, pero compensa. Quizá sea bueno entenderla como lo que es, un viaje, y no sucumbir a la tentación de buscarle simbologías o tratarla como una alegoría. El Escritor y el Profesor se dirigen de la mano de Stalker a un lugar prohibido, y punto. La manera de filmar de Tarkovski, los paisajes en los que te sumerge, los colores, la textura, la inquietud que te traslada: “Siempre está pasando algo o está a punto de pasar o podría pasar”, escribe Dyer. Hay lugares y situaciones que filmó Tarkosvki que parecen anunciar lo que luego fue Chernóbil o lo que quedó tras el derrumbamiento de las Torres Gemelas.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.

Geoff Dyer nació en 1958. Tenía 10 años cuando se produjeron las revueltas de 1968 y poco más de 20 cuando vio Stalker. Comenta que los libros, discos, películas que encuentras después de aquellos momentos tan decisivos de la juventud “no tienen la menor oportunidad de convertirse en la última palabra porque hace ya unos años que escuchaste —o leíste o viste— tu última palabra”. Hay situaciones que te cambian tu modo de ver la vida. Los jóvenes del 68 se socializaron con un proyecto, “la imaginación al poder”; el que lo hace con Stalker entiende las cosas de otra manera. Los personajes se meten todo el rato en distintos charcos, se pringan, avanzan con dificultades camino de esa habitación de la Zona donde su “deseo más íntimo se hace realidad”. Así que saben que, si eso ocurriera, podrían vivir una pesadilla.


SOBRE LA FIRMA

José Andrés Rojo

José Andrés Rojo

Redactor jefe de Opinión. En 1992 empezó en Babelia, estuvo después al frente de Libros, luego pasó a Cultura. Ha publicado ‘Hotel Madrid’ (FCE, 1988), ‘Vicente Rojo. Retrato de un general republicano’ (Tusquets, 2006; Premio Comillas) y la novela ‘Camino a Trinidad’ (Pre-Textos, 2017). Llevó el blog ‘El rincón del distraído’ entre 2007 y 2014.


Fotografía @mjberistain

CONTRADICCIONES


En contra de sus principios, atendió a una llamada de número desconocido en el móvil.

El camarero les propuso aquel día probar un nuevo vermut; un vermut especial, de autor. Aceptaron. Aunque ella hacía unas pocas semanas había decidido dejar de beber alcohol, no hizo un problema de saltarse su propia norma. Disfrutaron ambos de la compañía del otro, y del brebaje oscuro de fuerte sabor a cereza amarga.

Vivía como un reto la aventura que en cada encuentro la situaba al borde de un abismo al que, en principio, no estaba dispuesta a ceder. Exploraba sensaciones; descubría rincones de su ser a los que nunca hasta entonces había prestado atención. Había acumulado una cierta seguridad en sí misma y, francamente, no temía al resultado en el caso de que resultara adverso; en el fondo, Goya lo deseaba. Las propias contradicciones, como jurados de una pugna inquietante, jugaban un papel fundamental en su vida. Se miraba en los espejos, se ponía en jarras frente a ellos con las cejas y los morros fruncidos, en situación de reproche, otras veces se dejaba mecer, sin oponer resistencia, por la dulce sensación de ser admirada por alguien como él. Las diferencias de cultura que ella sentía manifestarse en sus conversaciones se salvaban gracias al carisma y la elegancia del hombre. Sin embargo, ella no cejaba; se resistía por orgullo, aunque reconociera que su relación podría permitirle avanzar en su crecimiento personal e intelectual, más rápidamente de lo que podría de hacerlo por ella misma.

Hacía más de tres años desde que un amigo común les había presentado. Una larga e interesante entrevista. Después, nada. La información, propuestas y facilidades que le ofreció para que se incorporara al círculo de actividades culturales de la ciudad, quedaron archivadas. Algo hubo en su forma de ser, de expresarse, algo en la contundencia de su discurso que, aun pasado un tiempo del encuentro, solo el recuerdo le resultaba inquietante, como una alarma encendida en la noche a la que no tenía el valor de enfrentarse.

A la terraza exterior llegaban, desde el fondo del local, notas sueltas de una música que Janos conocía bien. Había apoyado su guitarra cuidadosamente en una silla a su lado. Era media tarde. El sol se deslizaba perezoso por encima de los tejados de los edificios próximos. Estaba incómodo. Le crispaba no poder disfrutar de la melodía completa que se atascaba cada vez que alguien entraba o salía por la puerta del bar. Intentaba concentrarse en la lectura, lápiz en mano, pero los acelerones del tráfico en el semáforo de aquella esquina y el tono altísimo de las voces de los clientes a su alrededor se lo impedían. Estaba claro que no conseguiría llegar a tiempo a entregar su manuscrito a la editorial antes de que finalizara el día espantoso que ya le estaba minando la moral. Sin embargo, no se movió del lugar, era uno de sus preferidos. Los magnolios estaban cargados y su sombra era el rincón más agradable en días en los que el bochorno invadía los cuerpos. Además, había sido el mayor éxito del día; conseguir allí una mesa disponible. Fue entonces cuando se percató de la presencia de la pareja en la mesa de al lado que, a partir de ese momento, se convirtió en el centro de su atención. Difícil evitar mirar a la mujer, discretamente; aquellas manos cargadas de fuerza y expresividad que jugueteaban con dulzura, a veces con su pelo, otras con un pequeño plástico transparente. Observaba cómo su mirada brillante, quizá por el efecto del vermut, se camuflaba bajo sus párpados en momentos de picardía o de rubor, y se acordó de lo mal que había dormido esa noche. Su cuerpo reventado por las violentas vueltas que no encontraban alivio para la herida de su corazón maltrecho. La huida de su novia, que había desaparecido de su vida inesperadamente, había dejado sobre la cama común un reguero de contradicciones en su mente y un pequeño ramo de flores tristes acompañadas de una nota: «no me busques» anunciando su cruel despedida.

Pasaban los autobuses delante del bar cada cinco minutos. Rojos como el color del calor que se desprendía de los neumáticos al parar, como el color de la fachada descascarillada del bar. Por supuesto que ella conversaba. Aunque era el hombre quien, llevado por la experiencia y habilidad que le presuponía con las mujeres, sobre la mesa de juego proponía temas diversos, salpicados de ocurrentes anécdotas; palabras que nada tenían que ver con el centro secreto de su cita, pensaba Janos. Parecían adolescentes, había momentos en los que ella, con el vaso de vermut en la mano, hacía sonar los trozos de hielo casi licuados, y reía nerviosa cuando percibía la leve maldad de las palabras que la inquietaban. Ella notaba que quizá el vermut la estuviera emborrachando.

Desnuda en el centro de la habitación, se quedó comprobando si la estancia o los muebles daban vueltas a su alrededor. Repentinamente, se sintió sola.

Cada vez estaba más convencido de que aquel empezaba a ser el mejor día de su vida. Una nueva oportunidad para dedicarse a lo que realmente le interesaba; escribir. Quizá lo había descubierto muy tarde, después de pasar años peleándose con su novia que lo esperaba cada atardecer sentada en la cama, llena de languidez, acusándolo de no prestarle atención, y él, sin poder reprimirse, vociferando, amenazándola con que se marcharía a un lugar en el que pudiera concentrarse porque se sentía coartado por ella, por sus caricias y cuidados, interrumpido, cada vez que tenía una nueva idea y ella le impedía desarrollarla. Se levantó de repente, cogió la gran caja negra que contenía su guitarra y la cargó como pudo en la moto para perseguir a la bicicleta en la que se había subido la mujer del vermut, y no le importó saber a dónde lo llevaría. Se había levantado viento y agradeció que una bocanada de viento fresco lo estremeciera.


Texto y fotografía@mjberistain

Tiempo inseguro


Era ayer. Estábamos en verano. Las mesas de la terraza exterior estaban llenas de gente. Reconocí su mirada, aunque no sabía de qué color eran sus ojos.

Adentro, quedaba una mesa alta libre al fondo del bar, para tres personas, con una nota que decía que estaba reservada a partir de las nueve de la tarde-noche. Nos quedaban apenas unos minutos para tomarnos una cerveza bien fría que nos ayudara a aliviar los treinta y tantos, casi cuarenta grados de temperatura que marcaba el termómetro en la calle. El día estaba siendo agotador.

Hacía varios meses que no salía de casa por una complicación de salud. A cierta edad las estructuras que han ido deteriorándose a lo largo de la vida, sin que una se dé cuenta, lanzan avisos que le obligan a frenar la actividad durante unas semanas para reconstruirse y recuperar la energía. Aunque se sabe que lo hará en un tono menor, lo cual es una pena, pero la inteligencia dicta que es preciso admitirlo, adaptarse a la situación, y seguir viviendo como si no hubiera un mañana.

Reconocí su mirada, aunque nunca supe de qué color eran sus ojos.

Acercándome hacia el gran ventanal del fondo, un golpe de intuición iluminó su mirada en sombra debido al contraluz. No entiendo cómo me dirigí directamente a él antes de ocupar mi sitio en la mesa de al lado, en la que ya se estaba situando mi amiga. La iluminación de ambiente del bar era escasa, a lo que se añadía la luz del atardecer que entraba desde el exterior formando una cortina de luz neblinosa que me cegaba. Sin embargo, el magnetismo de su mirada me atrapó, y directamente, sin reconocerlo, me acerqué a saludarle.

Sé que en los escasos segundos que me costó llegar a él, fruncí el ceño tratando de recordar de qué le conocía a aquel hombre.

Aún con la duda, a un palmo de distancia, le pregunté:

—¿Es usted médico? —Más que nada porque los últimos meses, como he dicho, era con el único grupo de seres humanos con los que me había relacionado.

Se echó hacia atrás en la banqueta alta que ocupaba de espaldas a la ventana. Estaba acompañado por una mujer. Era posible que, sin pretenderlo, yo me hubiera acercado excesivamente y hubiera invadido su espacio vital debido al ambiente oscuro y ruidoso del local. Aún así, sin esperar respuesta, incidí en el tema aseverando, porque había conseguido acordarme de qué le conocía.

— ¡Es usted cardiólogo!

Sonrió esta vez. —Tampoco reconocía su sonrisa.

— No, —lo negó— soy ginecólogo; cardiólogo es mi hermano gemelo.

Sé que, de nuevo, fruncí el ceño, tratando de justificar mi confusión debido al gran parecido con su pretendido hermano, y la falta de luz en el local. —En mi ensoñación recordaba el atractivo de su mirada cómplice de ojos semicerrados por encima de la mascarilla azul que cubría gran parte de su cara, la bata blanca siempre abierta y la compañía constante de una enfermera—. Sin embargo, él, riéndose esta vez, intentaba convencerme de que eran hermanos gemelos y había mucha gente que los confundía. El tema dio bastante juego durante unos minutos, porque no dejaba de resultarnos cómico. Sé que le pedí disculpas queriendo escapar de aquella situación, atrevida por mi parte. Me despedí de la pareja, no sin perplejidad, aunque con educación, y me senté, dándoles la espalda, en la mesa contigua a la suya, junto al ventanal, a la que inicialmente nos dirigíamos mi amiga y yo para tomar una cerveza bien fría y descansar del ajetreo del día.

El sofoco ya no era solo debido a los treinta y tantos, casi cuarenta grados del exterior. Se había mezclado con una especie de soponcio al quedarme con la duda de si aquel hombre estaba queriendo evitarme por alguna razón social o personal y yo le había puesto en una situación comprometida, o, sencillamente, se estaba quedando conmigo.

La cerveza me pareció una de las mejores que había tomado en mi vida. Me entró directamente en vena. Sin embargo, el resto de la tarde y durante toda la noche no pude quitarme de la cabeza al personaje del que, seguía sin recordar el nombre.

Sin embargo, estoy segura de haber reconocido su mirada, aunque siga sin saber explicar de qué color son sus ojos…


@mjberistain

La carta

La carta era un objeto convencional. Un sobre blanco apaisado en el que constaba la dirección del destinatario del mensaje. Que no era ella. Pero sí era su dirección. En ese momento estaba dispuesta a concederle la última oportunidad.

Volvió a mirar el papelito que había sacado de la máquina expendedora de tickets. Si, no se había equivocado, quería enviar una carta, pero previamente intentaría confirmar la dirección. Su turno era el R077. Y volvió a olvidarse de él. Miró repetidamente a la pantalla que, colgada del techo, iluminaba, en grandes caracteres, el turno que le correspondía y la ventanilla donde un funcionario le atendería. Parecía imposible ignorarlo, pero ella volvía a olvidarse. La espera se estaba haciendo realmente larga y aburrida. La señora a la que atendían en la ventanilla número cuatro no parecía saber qué quería en realidad, ni sabía expresarse bien. El funcionario tipo dinosaurio que se desperezaba al otro lado del mostrador, tampoco tenía ganas de esforzarse lo más mínimo aquella mañana; ni por ella ni por nadie. El crío que acompañaba a la mujer que esperaba en la ventanilla número dos, daba vueltas sin parar, tocándolo todo con sus rechonchos dedos grasientos. Tenía que reconocer que aquella escena le estaba poniendo muy nerviosa. Intentaba no mirar la escena porque le causaba pena o asco —no lo llegaba a tener muy claro—, el caso es que hubiera dado cualquier cosa por despachar ella misma a la madre del crío de aquella ventanilla, solo para quitárselo de la vista. Podría tener entre ocho y diez años. Debía de pesar doscientos kilos, y comía desesperadamente algo de lo que solo quedaban migajas en un paquete de celofán brillante, y también, desparramadas por el suelo de la oficina de correos. Eran, sin duda, alguna de esas porquerías que se venden como churros en cualquier tienda de chuches de barrio o incluso en lujosos supermercados, como si se trataran de una exquisitez recomendada para menores. ¡Lamentable! —pensó—. Miró al gran reloj digital, también colgado del techo, que hacía un ruido escandaloso cada vez que en la placa que marcaba la hora, pasaba un minuto más. Las gafas del niño eran enormes, no tanto como su cara. Detrás de ellas, una mirada aviesa, antipática, lanzaba flashes de insolencia a los que le miraban moverse por la oficina de correos que, a esas alturas, ya se estaba convirtiendo en algo siniestro, a pesar de los esfuerzos de los decoradores por haber incorporado la luminosidad del amarillo en los rótulos, en los muebles y en los cristales.

No podía evitar mirarle con cierto odio a la supuesta madre de la criatura. Pensó que podría acercarse discretamente a ella, alertarle de que un niño en aquellas condiciones era un peligro no solo para su propia salud, sino también para la de su madre y su familia y para la seguridad social del país en el futuro…

¿Se atrevería o no? ¿O su buena intención era únicamente porque estaba ya harta de la espera? Tampoco tenía el conocimiento científico suficiente como para explicarle a aquella mujer que debería de poner a su hijo en tratamiento médico especializado en obesidad mórbida. ¡Lamentable!, —pensó.

¡Dichosa carta! La había mantenido en casa intentando hacérsela llegar a su destinatario. Quizás contenía algún mensaje importante. Intentó varias veces localizarlo, pero la voz destemplada del contestador le prometía cada vez que le devolvería la llamada lo antes posible. Al no recibir respuesta, como último recurso intentaba, como disimulando, hacerla desaparecer. Pero se la encontraba insistentemente en sitios en los que no se acordaba haberla dejado. Por otra parte, no se atrevía a tirarla hecha pedazos pequeños a la basura. Cualquiera que revisara los contenedores podría encontrarla y delatarla. Le quemaba aquella carta en su casa, pero no tenía ganas de volver a enfrentarse a aquella voz agria, con esa forma despechada de mentirle. La había colocado en el cajón de temas pendientes, la había ocultado entre las primeras páginas de la agenda a primeros de año, y ya había llegado noviembre. En algún momento se le ocurrió esconderla en la caja de cartón de color butano en la que guardaba los manuales de los electrodomésticos junto con las garantías y teléfonos de los servicios técnicos. Pero, aquella mañana había fallado el lavavajillas y la carta había vuelto a saltarle a la cara. Aquello ya le sobrepasó. Se imaginó quemándola en el fregadero y también se imaginó el espectáculo que se podía preparar si tenían que venir a su casa los bomberos por semejante estupidez.

Volvió a mirar con desesperación el papelito blanco con su número de turno, que para entonces ya estaba hecho un gurruño entre sus dedos, en el mismo momento en que la luz de la pantalla resaltaba la línea del R077. Se despertó de su soporífero aburrimiento e intentó, con su mejor sonrisa, dar los buenos días a la empleada que, medio oculta detrás de toda una parafernalia publicitaria, la esperaba al otro lado del mostrador. La empleada pesó la carta sobre una antigua balanza blanca. La aguja que debía de marcar los gramos apenas se movió. Con parsimonia se levantó y trasladó la carta a un pequeño peso, esta vez digital, que marcaba diez gramos y le facturó 0,50 euros…

Salió de la oficina de correos, sintiéndose, de verdad, liberada.

@mjberistain


Nota:
Con todo mi respeto a las personas empleadas de las oficinas de correos por su profesionalidad. Esto es ficción y forma parte de mis «cuentos casi verdaderos».

EL JUEGO DE HACER VERSOS

Jaime Gil de Biedma


EN QUÉ CONSISTE LA CREACIÓN POÉTICA Y QUÉ FUNCIONES TIENE

ARTÍCULO DE LUIS GARCÍA MONTERO SOBRE POEMA DE JAIME GIL DE BIEDMA

 “El juego de hacer versos”, es un poema de los llamados metapoéticos, porque el poeta trata de explicar en qué consiste la creación poética y qué funciones tiene. El poeta no habla del “oficio” de hacer versos, sino de “juego” y que matiza más tarde “que no es juego” porque entiende que la poesía es más una cuestión de técnica que de sentimientos. Considera que escribir poemas es una manera de entender la vida, aunque el “placer» del comienzo se convierta al final en “vicio solitario”. «El juego de hacer versos» hace un recorrido de la trayectoria del poeta desde la nostálgica adolescencia “demasiados inexpertos, / ni siquiera plagiábamos…” hasta su decadente madurez. Como vemos, el poema tiene una estructura circular, cerrada, comienza y termina con la misma estrofa, aunque con matices diferentes en los dos últimos versos: esta variante hace destacar los efectos del paso del tiempo en la obra del autor. En este poema Gil de Biedma condensa toda su Poética, todo su proceso creador. Admite el arte como vocación, pero también como trabajo «El Arte es otra cosa distinta” … Aprender a pensar / en renglones contados / —y no en los sentimientos / con que nos exaltábamos —» El poeta sabe que la lengua es un instrumento mágico y reconoce que la mejor poesía es la rítmica «el Verbo hecho tango«.

Gil de Biedma tiene la virtud de conectar fácilmente con el lector al utilizar un lenguaje sencillo, cercano y ameno, aunque por ello no trate con gran sensibilidad temas  tan vitales como el conflicto y mala conciencia que le producen la pertenencia a la clase burguesa  “… a vosotros pecadores / como yo, que me avergüenzo de los palos que no me han dado, / señoritos de nacimiento / por mala conciencia escritores / de poesía social, / dedico también un recuerdo, / y a la afición en general“ o la búsqueda constante de su propia identidad enfrentado con el tiempo y con su propia decadencia “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender  más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / […] Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra” o el amor en su largo y precioso poema “Pandémica y celeste”:  “… Sobre su piel hermosa, / cuando pasen más años y al final estemos, / quiero aplastar los labios invocando / la imagen de su cuerpo / y de todos los cuerpos que una vez amé / aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo, / Para pedir la fuerza de poder vivir / sin belleza, sin fuerza y sin deseo, / mientras seguimos juntos / hasta morir en paz, los dos, / como dicen que mueren los que han amado mucho. “

EL JUEGO DE HACER VERSOS

El juego de hacer versos
–que no es un juego – es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
–demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos –

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
en renglones contados
–y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos –,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio,
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.

Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas nubes
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en esta vida
que nos hace pedazos
de madera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
–por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

Moralidades, 1966.


CLARA JANES Y EL CANTAR DE LOS CANTARES


Discurso de clara janés en la RAE sobre el «cantar de los cantares»

12 de junio de 2016

SENSIBILIDAD POÉTICA

«Salomón —ha comenzado su discurso Clara Janés— escribió, siempre según la leyenda, el Cantar de los cantares, la cual ha generado deslumbrantes destellos y despertado tales ecos (sea a través de la imagen, de las traducciones, de las imitaciones o simbolismos) que han acabado por convertirse en semillas fecundas».

«¿Cómo una obra cuya traducción exacta es casi imposible puede convertirse en una versión y estudio apasionantes (fray Luis), en una égloga (Arias Montano) o ser el germen de una de las mayores creaciones literarias existentes, el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz?», se ha preguntado la poeta catalana, quien ha reconocido que su «vinculación con la escritura empezó precisamente debido al Cántico espiritual, a la lectura y explicación —diría majestuosa— que de él hizo José Manuel Blecua [padre del exdirector de la RAE] —a quien tanto debo— cuando llegué a la Universidad de Barcelona. Él, con su ritmo pausado, me desveló mi sensibilidad poética, a la vez que el origen salomónico del poema de san Juan».

Los versos del Cantar y el mismo personaje de Salomón, ha proseguido Clara Janés, «cruzaron tiempo y espacio con extraordinario vigor. ¿A qué se debe ese vigor respecto a la obra lírica? No cabe duda: algunas de sus palabras y conceptos eran tan fuertes que saltaron por encima de las dificultades de traducción y quien los recibía no quedaba impasible». La nueva académica ha continuado esbozando el trayecto que siguió el Cantar de los cantares desde su origen como epitalamio hasta llegar a los místicos y hebraístas españoles, «un trayecto —o interpretación— complejo y huidizo». 

CÁNTICO ESPIRITUAL

Tras repasar la vía oriental, Janés se ha situado en el Renacimiento y en España, destacando tres hombres de fe y letras: Arias Montano, fray Luis de León y san Juan de la Cruz, al que se suma pronto una mujer también de la fe y entregada a la escritura: santa Teresa de Jesús. «Arias Montano es el primero que se lanza a verter el Cantar del hebreo al romance, pero lo hace convirtiéndolo, según la moda de la época, en una égloga pastoril. En 1554 ya lo ha concluido y llevado a Salamanca. […] Fray Luis hará la traducción y primer comentario de la obra de Salomón en 1561. […] Más tarde, en 1578 escribe san Juan las treinta y una primeras estrofas del Cántico espiritual. […] Cinco años después de la traducción en prosa y comentario del agustino, santa Teresa escribe sus Meditaciones sobre los Cantares». 

El objetivo de Arias Montano era fundamentalmente literario, ha explicado Janés. Y el propósito de fray Luis de León, en cambio, era bien distinto: traducir del hebreo «palabra por palabra». Por su parte, santa Teresa «no se enfrenta a la obra de Salomón como texto, sino a la expresión metafórica de algo que ha vivido, y lo hace parcialmente. Su escrito es una comunicación íntima».

Si fray Luis pretendía trasladar el epitalamio salomónico a la letra, «san Juan lo ha incorporado, ha aceptado en su interior el verdadero enigma que encierra: el amor, un amor que da vida […]. El Cantar de Salomón es la obra de la que más cerca se siente». La nueva académica ha concluido preguntándose qué singulariza la obra de san Juan de la Cruz y qué la hace tan excepcional: «Para empezar, la musicalidad de sus liras. […] Pero eso es solamente el esqueleto donde se monta un cuerpo de gran riqueza de imágenes, que casi podríamos calificar de surrealistas, en las que se superponen planos simbólicos, de modo que no se hacen fácilmente descifrables. El enorme atractivo del Cántico espiritual reside en ello: presenta un enigma. […] La trama de Juan de la Cruz es una poesía fonética, en una poesía de imagen simbólica, montada sobre un ritmo que no se pierde ni un instante».

Del AIRE POÉTICO habló Soledad Puértolas en la presentación del acto, diciendo:

La Academia nos viene a recordar el valor de la poesía, esa misteriosa dama encargada de dar aliento y luz a la aridez de la vida y de dotarla de contrastes, complejidad y hondura, y que nos hace un extraordinario regalo, la intuición de la trascendencia. 

El aire poético de los versos de Clara Janés y de los versos que otros escribieron y que ella ha hecho suyos, parece rodearla siempre. Ella escribe poesía, traduce poesía, habla sobre otros poetas y escritores en ese tono inconfundible de quienes buscan una verdad, […] esa verdad que se vislumbra, efímera, fugitiva, pero intensa y profunda.

Y ha querido recordar «la necesidad de Janés de ampliar su mundo, de traspasar límites, de beber en fuentes situadas en lejanos y misteriosos parajes, que la ha llevado a efectuar una labor de difusión literaria de incalculable valor». 


Imagen de internet – Alamy

¿Qué se considera belleza en Japón?


Wabi-sabi e Iki son dos valores fundamentales de la estética japonesa, en la que se valora lo sencillo, lo sutil y elegante como parte de la belleza.

El japonés Junichiro Tanizaki desgrana en “El elogio de la sombra” la diferencia entre los modos de mirar y de entender la belleza en Occidente y en Oriente.

Apreciar la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

“En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra”. Así comienza el ensayo “El elogio de la sombra” (1933), del escritor japonés Junichiro Tanizaki, en el que afirma que en Japón todo lo bello brota de la oscuridad. Bajo este prisma y a través de numerosos ejemplos, el autor, figura imprescindible de la literatura nipona, nos habla de luces y sombras y de como en este juego de claroscuros nace la verdadera belleza. ¿Qué nos enseña esta obra sobre los japoneses y su manera tan distinta de entender la belleza?

“Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz, pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”

Junichiro Tanizaki

Aunque “El elogio de la sombra” data de hace casi un siglo, muchos de los ejemplos de Tanizaki siguen vigentes e ilustran con claridad como los ciudadanos del país del sol naciente tienen la capacidad o virtud de “buscar y encontrar lo bello en todo”. Así lo afirma también Masaki Ishiguro en su libro “25 hábitos japoneses para vivir mejor”, donde repasa las costumbres y formas de ser y actuar que mejor representan a la población japonesa.

En Occidente no se entiende la belleza sin la presencia de la luz, una identificación que viene de la antigüedad. Ya en la Edad Media la “estética de la luz” relacionaba la luz, la luminosidad, el esplendor, con lo divino, un concepto que tuvo una importancia trascendental en el arte gótico, arraigó en la sociedad y se ha perpetuado hasta nuestros días. Hoy, la luz juega un papel fundamental en la arquitectura, pero también en el estado de ánimo y la salud.

Pero Tanizaki e Ishiguro cuentan que en Oriente sucede lo contrario. Mientras en occidente, nos hemos olvidado del poder de la sombra, en Japón todo cobra sentido a través de ella. Poner en valor la penumbra, el matiz, lo sutil, es la clave para entender el color de las lacas, de la tinta o de los trajes del teatro nô; para aprender a apreciar el aspecto antiguo del papel o de la pátina que el paso del tiempo deja en los objetos; para captar la belleza en la llama vacilante de una lámpara y descubrir el alma en sus espacios y elementos arquitectónicos. Incluso, el cine japonés, con su trabajo con el contraste de luz y oscuridad y su gusto por los susurros, las elipsis y las pausas, puede relacionarse con este elogio a la sombra y, también, con la estética del vacío, muy presente en las artes y el diseño japonés.

Iki y la belleza sencilla y sutil

Como se ve en las cerámicas raku o los jardines tradicionales japoneses, en esta cultura las formas bellas son las que se inspiran en la naturaleza, son las formas no rebuscadas o elaboradas, son las cosas pequeñas por encima de las grandes construcciones. La tradicional belleza japonesa expresa un delicado sentido del equilibrio, elimina todo, excepto los elementos esencialmente verdaderos, para crear preciosos espacios abiertos en torno a formas simples. En todo momento se huye de la obviedad y la sobreexposición occidental, como señala Tanizaki, y se potencia el concepto de que “menos es más”.

Búsqueda constante de la calidad

Al abordar estas cuestiones, Ishiguro remite al concepto Wabi-sabi, que junto al Iki son dos de los valores fundamentales de la estética japonesa. El Wabi-sabi representa lo imperfecto, lo impermanente, lo incompleto, y también hace hincapié en la simplicidad y en la sobriedad. El Iki se traduce comúnmente como la belleza de la elegancia, la cortesía y el refinamiento sutil. Bajo este precepto se busca la elegancia, lo sensual y lo chic, sin caer en lo exuberante, lo rudo y vulgar.

Una persona o cosa sería Iki y, también, wabi-sabi si es original, sosegada, refinada, sofisticada, pero sin ser ostentosa o complicada. Las geishas, con su belleza, misterio y sensualidad, lo son.

Los japoneses, con su visión de la belleza, nos inspiran a la hora de buscar y encontrar lo bello en todo y a apreciar la riqueza en las cosas más sencillas. Dichos ideales pueden aplicarse a todo lo que nos rodea e, incluso, en el desarrollo personal. Así como uno puede admirar la sutileza, encontrar la belleza tras las sombras o admirar una grieta en un cuenco, también puede aprender a apreciar las imperfecciones que nos caracterizan y nos hacen únicos y diferentes. Así, la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

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La violinista


Tuve una infancia feliz. Cuando tan solo tenía tres años, con la convicción de mis padres de que yo era una artista, me incluyeron en un novedoso programa de educación musical en el que el elemento fundamental era el violín. Hasta entonces cualquier iniciación a la música, desde el punto de vista oficial, pasaba por aprender solfeo a secas y solo meses más tarde llegaba el momento de elegir un instrumento para su aplicación que, en la mayor parte de los casos, solía ser el piano. Por fin, los niños empezábamos a comprender para qué servían tantas horas de lecturas áridas de signos negros colgados de una estructura de cinco líneas horizontales a lo ancho de las páginas de los cuadernos de cuadrícula.

Como he dicho antes, la fórmula de estudio que se planteaba era novedosa en la ciudad y, también lo era por su rareza en la elección del violín como instrumento, debido a la dificultad del aprendizaje y a su escasa proyección a nivel profesional (eso se pensaba entonces en nuestro entorno cultural).

Compaginé mis estudios básicos con él, también los de grado medio y los de grado superior. Siempre con mi violín a cuestas. Puedo decir que ya la vieja caja de madera revestida de piel negra formaba parte de mi vestimenta. El violín fue cambiando a medida que yo crecía. Llegó el momento en que decidí nunca más cambiar el stradivarius de segunda mano que me había regalado un buen amigo de mis padres cuando volvió de uno de sus viajes por Europa. Él me contó…


Stradivarius


Antonio Stradivari fue un luthier italiano. Nació en 1644 en Cremona, Lombardía y vivió hasta 1737. Fue más conocido por la forma latinizada de su nombre, Stradivarius, que se aplicó a todos los instrumentos musicales de cuerda que fabricó.

Su ciudad, Cremona, se hallaba entre un bosque de abetos (madera blanda) y uno de arces (madera dura), por lo que estas maderas eran las usadas por los grandes maestros violeros, como los Amati y los Guarneri. Comenzó a mostrar originalidad y a hacer alteraciones en los modelos de violín de Amati. El arco fue mejorado, los espesores de la madera calculados más exactamente, el barniz más coloreado y la construcción del mástil mejorada. Se considera en general que sus mejores violines fueron construidos entre 1683 y 1715, superando en calidad a los construidos entre 1725 y 1730. Además de violines, Stradivari construyó arpasguitarrasviolas y violoncellos.

Una hipótesis sobre la calidad de los instrumentos creados por Stradivarius sugiere que el clima puede haber sido un factor importante en el extraordinario sonido que poseen. Durante las épocas de frío extremo, los anillos de crecimiento de los árboles son más angostos, están más juntos y la madera tiene mayor densidad. El «mínimo de Maunder» fue un período de frío entre 1645 y 1715 que afectó a Europa, mientras se talaba la madera que Stradivarius habría de utilizar. Así, sin dejar de lado la extraordinaria calidad del trabajo de Stradivarius, se piensa que la singularidad del timbre de estos instrumentos puede tener su origen también en el uso de madera perteneciente a un período climático especial. Cuando acababa su instrumento, el barniz con el que cubría la madera se consideraba muy importante, debido a la transpiración de la madera, etc. Este es uno de los misterios del luthier: la fórmula de su barniz. Fuente: Wikipedia


Desde entonces han pasado muchas cosas por mi vida como en la de cualquier ser humano. He viajado, he tenido familia, amigos, trabajo. He dado conciertos en lugares cutres y otros maravillosos como algunos salones privados de Chateaux franceses. He sobrevivido por unos pocos peniques en pasillos transitados por gente que no amaba la música. He soñado desde niña en ser concertino en la gran Orquesta Sinfónica de Viena.

Murió anoche mi compañera de fatigas, mi amor, mi gran amiga. Formábamos parte de un grupo musical que atendía contrataciones para eventos; bodas y fiestas.

He amanecido junto al mar de una pequeña ciudad del norte donde esperábamos el momento de interpretar un repertorio clásico en los jardines de uno de sus museos. No he dormido. Me he cobijado con mi violín y mi desolación en el interior de un túnel del paseo marítimo. Alguien me ha tocado en el hombro, me ha agradecido la música y me ha ofrecido ayuda. Antes de seguir su camino me ha dejado unas monedas…

Mientras interpretaba a Bach, sin esperar ya nada, seguía soñando con ser concertino de la Orquesta Sinfónica de Viena.




@mjberistain

Ulma

de mi libro La canción de NERTA


Segunda Parte

Capítulo I

Agarrada a la botella de bourbon, sus manos de dedos nudosos envejecidos por la artritis repasan pegajosas las gotas de licor reseco como si en cada una de ellas estuviera contenido cada uno de sus recuerdos.

Yo pensaba que Ulma era mi madre —continuó la mujer con voz debilitada en una especie de lamento entrecortado—. Ulma fue la primera persona que me vio nacer. Sus manos fueron el único calor que sentí cuando me ayudaron a salir del cuerpo inerte de la niña todavía llena de sangre y mucosidad a la que, apenas dieciséis años antes, ella misma había rescatado de las aguas de la gran cascada. Suyos eran los abrazos más tiernos de mi infancia, suya la voz suave que cada noche me contaba cuentos y leyendas casi verdaderas. Yo entonces no entendía lo que significaban las palabras huir, guerra, o noches negras. Tampoco entendía cuando me hablaba de mi otra madre; una mujer a la que yo no había conocido porque se había marchado a buscar un país y una casa para vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos por ella cada noche.

Ulma sonreía siempre. Atendía a mis abuelos —los padres de mi madre Louise— como si se tratara de su propia familia. Recuerdo aún el olor y el calor de aquella casa en Suecia, el pequeño jardín de atrás lleno de flores cuando no estaba nevado. El temblor en sus labios cuando me besaban como si aquellos fueran a ser sus últimos besos. Me sentía una niña muy querida y, sin embargo, no tengo conciencia del momento definitivo en el que nos despedimos. —Quizás debieron querer evitarme el duelo—. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí, recuerdo el encuentro con Louise, la mujer que lloraba desconsoladamente abrazándonos a Louise y a mí una y otra vez. Habíamos terminado el viaje, estábamos las tres juntas. Pero, aunque yo también recuerdo que lloré, no comprendía el porqué de tanta tristeza.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad de Stanford, en una de las casitas que quedaban semiocultas entre los bosques. Cada mañana salíamos las tres de la casa a la misma hora. Louise tomaba un camino distinto al que nos conducía hacia el colegio, a Ulma y a mí y nos despedía lanzándonos besos que soplaba desde las palmas de sus manos. No dejaba de mirarnos largo rato hasta que desaparecíamos de su vista.

Empecé a pensar que en mi vida había secretos, palabras que nadie quería o se atrevía a pronunciar.  Entre las dos mujeres había algo más fuerte que la amistad, que el amor, que la hermandad. Quizás habían compartido días y noches tan difíciles en sus vidas que les habían unido con la fortaleza de un gran muro de piedra contra cualquier adversidad. Yo no tuve hermanos ni hermanas como para saberlo, pero al verlas juntas, pensaba que aquella forma de quererse era como la de las hermanas. ¿Cómo, entonces, podían ser las dos mis madres?

Quizá alguna vez eché en falta tener un padre. Especialmente cuando, al terminar las clases en el colegio, me quedaba retrasada del grupo de mis compañeras para ver a los chicos jugar al béisbol. Poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera. Desperté a la vida de la mano de mis compañeros de clase. Realmente envidiaba a mis amigas que tenían hermanos mayores.

Falta alguna referencia sobre la ausencia de Ulma

Desde que me quedé sola con mamá Louise, ella fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz y apasionada. Ella me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, las religiones y de las guerras. —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa—. También me hablaba de la maldad, de la crueldad y del miedo.

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Mi propia historia me parecía ser parte de uno de los cuentos que me leía por las noches. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida del día de mi nacimiento, rodeada de muerte. O, haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente porque no pudo soportar el horror de los crímenes que había cometido —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su labor docente en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como directora del Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; los glaciares, incluso reservas de algunas tribus indias.

También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras yo hablaba por teléfono con mi amigo Thomas.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado aquella amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora comprendo que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la frondosidad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Yo accedía a ir a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era “el profesor”, compañero de trabajo de mi madre. Aunque podía tener treinta años más que yo, fue el primer hombre con el que yo me sentía feliz como mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto y serio, aunque cercano, y con sentido del humor. Era atento y atractivo hasta el punto de que yo no podía soportar su presencia cerca porque temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía con los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me dirigiera a mí su mirada, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el porqué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestro inconformismo y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad, era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Era un personaje. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de nuestros soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía en la que me distancié de mi madre, llegó un momento en el que ya no soportaba sus críticas y recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana en casa. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, aunque posiblemente sea para largo. Quizás sea mi último destino profesional. Además, pensando a futuro, no descarto instalarme allí mis últimos años; volver a nuestras raíces, la montaña, el mar, nuestra tierra… Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije—, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que seguir contando con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿quiénes van de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. —dijo, con cierto desparpajo—. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


El Profesor


Miraba con la agudeza de un ave rapaz frente a su próxima víctima. De sonrisa amplia y gesto de bufón se sabía el rey de la fiesta en todos los saraos, era de los que no se fijaba en los demás, sino para servirse de ellos y encumbrarse a sí mismo. Llevaba gafas de intelectual decadente, que sabía que añadían carisma y prestigio entre los cientos de alumnos que se acercaban con curiosidad a sus clases. Se había ganado a pulso la fama de raro personaje de interés en el ámbito del arte de jugar con las palabras.

Por su parte, Julia no comprendía muy bien el atractivo que encontraban sus amigos en frecuentar “El chusco”, el bar cutre donde se congregaban a última hora de la tarde del viernes muchos de sus compañeros de clase en un ambiente teatral en el que, después de unas cuantas copas, conseguían acaparar la atención de aquel hombre y representar una especie de «performance» en la que hacían de él el personaje principal del espectáculo, sin que opusiera ninguna resistencia. Se jactaba entonces con deleite de su capacidad de convocatoria y alentaba a su público a participar activamente en diálogos absurdos y cáusticos para divertimento de todos.

Aún recordaba que la tarde que le conoció, iba vestida de manera informal con unos tejanos raídos y una camiseta básica blanca, mochila y zapatillas deportivas, el pelo desordenado pinzado en una especie de moño con el que solía recoger su melena rizada. Había sonado el móvil en el momento en el que estaba esperando al autobús para irse a casa después de un día agotador. Era Raúl, su amigo del alma, quien le pedía que le acompañara un rato. Necesitaba su compañía aquel día para deshacerse de los demonios que le torturaban después de que hubiera tomado la decisión de asumir su homosexualidad públicamente.

—¡Glubb! No podía negarse.

La abrazó con la pasión de un hombre enamorado cuando se encontraron. La apretó contra su cuerpo –solía hacerlo, y ella no lo evitaba—. Le soltó el moño escudriñando entre su pelo el aroma a hembra que tanto le gustaba, y le propuso asistir juntos a la fiesta que daba su padre a propósito de la visita de un amigo, profesor en la Universidad de Columbia, que estaba en la ciudad aquel año, impartiendo unos cursos de Comunicación Audiovisual. Julia torció el gesto señalando su propio cuerpo e invitándole a Raúl a comprender que su “estilismo” —nada distinguido— no era el más adecuado para asistir a un encuentro social comprometido. Raúl la rodeó con sus brazos y, en volandas, la besó satisfecho y feliz de poder contar con ella en cualquier situación, por imprevisible o urgente que fuera. Ella aceptó solo por hacerle un favor. Pensó sobre la marcha, en hacer de la naturalidad su mejor arma aquella noche.

Hechas las presentaciones de rigor, se situó discretamente cerca de uno de los grandes ventanales que le permitían entretenerse con el paisaje y pasar un tanto desapercibida, medio camuflada, entre el vuelo denso de las amplias cortinas de terciopelo bermellón. Desde allí observaba el movimiento y los gestos de los invitados, que evolucionaban por la preciosa estancia de estilo minimalista. Captaba su atención la espléndida lámpara de lágrimas de cristal colgando del centro de una gran claraboya. De vez en cuando se acercaba Raúl y se apretaba cómplice a su abrazo jurándole odio eterno mientras se reían relajados brindando por esa clase de amor/amistad tan especial que les unía.

En algún momento se dio cuenta, a través del espejo de encima de la chimenea, en la que había dejado la copa de vino blanco a medio terminar, de que estaba tratando de evitar aquella mirada con la que sus ojos se encontraban cada vez que se movía de sitio. Le incomodaba y le excitaba a la vez sentir el influjo de aquella fantasía sexual de finos hilos azules revoloteando a su alrededor. Los imaginaba sorteando las figuras de los invitados, consiguiendo superar la distancia que les separaba, con la fiereza de un rayo en una noche de tormenta.

Trataba de eludir su mirada, pero no pudo evitar que él se acercara y susurrándole al oído, le preguntara, a bocajarro, si podía abrazar allí mismo su cuerpo sugerentemente oculto, o si, por el contrario, prefería que se diera media vuelta y la olvidara… Su voz seductora consiguió que Julia despertara de su ensimismamiento soltando una sonora carcajada. Todas las miradas se dirigieron a ella. Admiraron su delicada figura de belleza natural, su sonrisa luminosa, los rizos desordenados de su melena cayendo en cascada por su cuello hasta posarse en la insolencia de su deseo declarado en sus pechos contra su camiseta. Ella se giró buscando la connivencia de su amigo. Desde la terraza le llegó el dulce azote de la brisa con el soplo de un beso inflamado de Raúl despidiéndose en la oscuridad…


@mjberistain

A vueltas con la luna


 

Me he levantado muy temprano esta mañana.

La ventana de la habitación estaba entreabierta porque respirar el aire de la noche, aunque esté dormida, ahuyenta los malos sueños, y así soy más feliz.

Había una luz que se asomaba tibiamente por encima de las montañas de la parte este del jardín. El aire estaba quieto todavía y solo algunos pajarillos lo removían con sus aleteos nuevos. En esta época del año es cuando mejor se les puede ver; txantxangorris, mirlos, abubillas, entre las flores del cerezo o del verde incipiente de las primeras hojas de los abedules, de los robles, del liquidámbar.

He pensado que hoy era un día perfecto, —como casi todos si uno está dispuesto a vivir la duración, como decía Peter Handke; esa actitud de acoger lo huidizo de la vida, de forma consciente, en lugar de dejarla pasar de largo.

¿Cuántas veces a lo largo de mi vida he tenido la tentación de sacar una foto en mitad de la noche? Infinitas, porque cada vez que miro al horizonte, me sorprende con un frío o con un fuego diferente. ¡Pero esta noche se me ha escapado! Por eso hoy me he levantado tan temprano, para buscar aquella imagen que había entrado por mi ventana solo unas horas antes. Necesitaba volver a encontrarla, aun sabiendo lo efímero de la existencia. Pensaba que podría conseguirlo de nuevo; hubiera necesitado otro instante, solo otro instante, el tiempo que tarda la cámara de fotos en hacer clic. Pero ya era tarde…

Recuerdo que me sacudió con suavidad el sueño cuando inundó la habitación su luz tan nueva, como la rodaja de una naranja jugosa, espléndida en la negrura de la noche. Dudé un momento, sin embargo, me sentía bien en su presencia, sin armas de defensa, y allí, en el cobijo de una nada envolvente, me abandoné a su mirada como a una caricia tierna que llegara desde más allá del universo.

Me he levantado temprano esta mañana, pero la luna huidiza desaparecía en un leve resplandor blanco por el oeste.

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Texto y fotografía@mjberistain


LA quiero a vivir


Ayer mi amiga Mavi, a la que quiero con el alma, me preguntaba qué había sido de «mi fotografía».

La verdad es que no entendí muy bien su pregunta. Puede ser que se refiera a que mi blog, que se titula así en parte, no esté suficientemente actualizado; y es cierto. Tendría que dedicarle más tiempo a ordenar su contenido y ampliarlo con el trabajo de estos últimos meses.

O, puede ser que me pregunte por la transformación que están sufriendo las imágenes que presento últimamente, en comparación con el tipo de fotografía que hacía hasta antes de la pandemia.

Puede que tenga razón en los dos casos; y, si existen más razones, puede ser que también tenga razón.

La quiero a morir —como dice la canción—. A Mavi la quiero con locura y la respeto, aunque sean escasas las veces que coincidimos porque la vida nos lleva por caminos distintos…

«Ella me atrapa en un lazo que no aprieta jamás y me cose unas alas y me ayuda a subir, a toda prisa, a toda prisa…»

Como no tengo muy claro qué contestar a su pregunta, le dedico unas imágenes…





SE TRATA DE CONTAR

Porque soy una persona libre, escribo en este blog.

Porque si no fuera la persona libre que quiero ser, tendría que buscar un lugar donde pudiera contar la verdad sobre ello. Contar cómo me va la vida con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado. Podría susurrar de cara a un pozo. Podría escribir una carta y mantenerla guardada en mi escritorio. Podría escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la leyera en mil años.

No se trataría de encontrar un lector, se trata de contar.

Pienso en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa en silencio. La persona lee un trozo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver; le confiere algo así como una plusvalía,

y todo lo remata con un gesto tan privado y preciso como su propio nombre.


Extractado de un texto de Anne Carson*

(*) Anne Carson es poeta, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. Fue galardonada en 2020 con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

¿De qué manera?


Desde muy joven mantengo una relación de amistad con la torpeza y el error. Como dice Irene Vallejo en uno de sus textos publicado en El País, quizá por esa sabiduría que enseñan las cicatrices.

Ella se refiere a la adolescencia, pero yo hace tiempo que pasé de ella. Reconozco que, en algunas ocasiones, me horroriza equivocarme y defraudar, porque escuché en mi infancia la frase fatídica que hirió mi autoestima para siempre: Si no tienes nada importante que decir; cállate. He madurado silenciando mis preguntas cuando he pensado que debería de saber las respuestas; he ralentizado mis pasos por miedo a un posible tropiezo; he cerrado puertas a mi espontaneidad ante el miedo al desacierto.

Me doy cuenta de que no soy la única persona que sufre de remordimiento y ansiedad. Irene, sabiamente, supongo que para aliviar algún alma abatida que pudiera existir por esta circunstancia, recuerda hechos que ocurrieron antes del siglo V antes de Cristo. Leo con interés la fórmula para protegerme de alguna manera.

Habla de Anne Carson, nacida en Toronto, en 1950, escritora, poeta, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. En 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, opina que el error es un suceso mental interesante y valioso. No es solo que las cosas no son lo que parecen, y de ahí que nos confundamos; además la equivocación es en sí valiosa.

Nuestras estupideces tienen el mérito de zarandear el entramado de inercias y tópicos que nos fabricamos para avanzar cómodos y monótonos por la vida. Hay una belleza veterana y aguerrida en el hecho de reconocer las sandeces propias sin drama, disimulo ni autoflagelación.

Como decía al principio de este pequeño comentario; estoy familiarizada con el miedo a la torpeza y el error, aunque me falta ese punto de heroicidad para lidiar con el ridículo; imaginación para convertir mi torpeza o error en una obra de arte, utilizar el humor como consuelo y a través de él reivindicar esa risa humilde pero no humillante. Y, en definitiva, aprender a salir airosa afirmando mi propia dignidad tambaleante.

Mi agradecimiento a Irene por compartir la gran calidad de su escritura.


Ver: Fe de erratas de IRENE VALLEJO

¿Quién mató al mar de aral?


Ayer asistí a una Tertulia Poética. Cada día me sorprende la vida con nuevos datos que quizá debería de re-conocer y ocurre que no. Es cierto que la región del globo terráqueo a la que se refiere el prólogo del libro de Miguel Angel Yusta «Postludio» escrito por Valentín Martín está lejos de mis destinos preferidos, por lo que la información relacionada no entra en los algoritmos que baraja internet para tenerme actualizada. Así es que debo de aceptar mi desconocimiento y dedicarme a documentarme a propósito, lo que me permite un mayor disfrute del contenido del libro que tengo entre manos.

Dice en el prólogo Valentín Martín: «El autor del libro entra en los tiempos con los ojos abiertos y vivos, dejando un rastro de corresponsal de la guerra que vivió, de la paz que vivió, de los soles y sombras que vivió, sin saber muy bien si está entre los vencedores o los vencidos.«


Hay un mar que se muere
Metáfora del hombre que destruye,
enajenado, el mundo.

Aral, antaño hermoso,
lleno de vida, barcos y alegría,
hoy símbolo de muerte y destrucción.

Ni por treinta monedas tan siquiera.

El hombre se ha vendido
solo por baratijas y espejismos
y navega cegado hacia la Estigia

Los pájaros vigilan en la noche
insomnes sobre horas desmayadas.
mientras, en el olvido,
yacen cansados gritos de ceniza.
El tiempo se disfraza de fantasma
junto a los cuerpos y las almas rotas
liberados al fin de servidumbres.

Diluido el dolor, la soledad es cierta.


Agotar el secreto de las horas
con el bello Cuarteto de Beethoven,
cuando la vibración de los sonidos
estremece el silencio.
Contemplar en penumbra
la liquida mirada de unos ojos,
inmenso mar de notas enlazadas
donde navega el fuego.
Regresar al contacto
de huellas y certeza
con manos que dibujan cadencias y deseos
mientras, sobre el compás, muere la tarde.


No me canso de ti ni del sonido
que forman las palabras
con que tejes mis sueños.

Es como caminar por una estela
donde sembraste lunas
en tardes apacibles de silencio y miradas.



«el poeta, en fin, deja que de su herida en el costado crezcan árboles
con suave gorjeo en las alturas de los sueños…«


Tertulia Poética en FNAC organizada por TRANSVERSORES.
Ponentes Miguel Ángel Yusta, Amparo Baró y Eugenio Mateo
Imagen: Por NASA Earth Observatory – Dominio público.

Insipidez

Querido Diario:

Escribo el título y es como si alguien me hubiera golpeado en la nuca.

De acuerdo, lo entendía referido a gastronomía, pero hoy descubro esta otra acepción.

En cuanto a las personas y sus acciones, puede calificarse de insípido a todo aquello que resulte poco interesante, que no tenga “sabor” en sentido motivador y atractivo, por ejemplo: “Estuvo una hora quejándose de sus pequeños problemas cotidianos; su insípida charla terminó por aburrirme”, “Las ideas del político son tan insípidas que dudosamente conquistará a alguna parte del electorado” o “Juan tiene una personalidad tan insípida que generalmente está solo, ya que nadie quiere compartir sus costumbres rutinarias y egoístas”. DeConceptos.com

Hubo una vez que perdimos el valor de los abrazos y el sabor de los besos.

Dicen los bien pensantes que, desde la pandemia, ya no somos los mismos. Hemos modificado nuestra actividad sensorial. Nunca seremos los mismos, porque hemos aceptado que ha habido una revolución en nuestra forma de expresarnos. Es verdad que seguimos viendo y oliendo, tocando todo, pero de una manera diferente a como lo hacíamos en otro tiempo. Atravesamos un desierto en el que la soledad era nuestra íntima compañera de habitación. Mientras ese tiempo tan vacío en el que los gestos, los abrazos y los besos tan necesitados por la especie humana durmieron en un limbo gaseoso, algunas cosas cambiaron. Y, a medida que nos fuimos despertando, nos dimos cuenta de que queríamos recuperar el tiempo que habíamos perdido. Nos dedicamos a una carrera sin final ni destino, persiguiendo cualquier tren que pudiera llevarnos a nuestro mundo anterior. Ahora que estamos en plena forma, seguimos corriendo sin saber muy bien qué es lo que tratamos de conseguir.

Por supuesto que no estamos tratando de regresar al pasado, o sí. Siempre hemos sabido que el futuro es imperfecto. ¿De qué forma podemos frenar este acelerado ritmo de vida que nos impide relajarnos y disfrutar plenamente de cada momento? ¿Cómo podemos tomar el tiempo para conversar con nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros amigos, o simplemente para hacerles sonreír? ¿Por qué no dejarnos amar durante unos minutos sin prisa? Me refiero a permitir que la vida nos mime, y ofrecernos al verdadero don con el que hemos sido bendecidos al nacer. Amar y ser amados.

Dicen los sabios que «las formas en las que las personas usaban sus sentidos para navegar y comprender su mundo tendían a ocurrir lentamente, medidos en décadas y siglos, no en meras semanas y meses —la idea misma de que hay cinco sentidos tardó siglos en madurar».

El haber estado privados de nuestras vivencias sensoriales podría hacernos reflexionar y, en lugar de salir en busca de «estimulación», ¿no sería mejor familiarizarnos con las virtudes de la insipidez?

Y de nuevo, la maldita palabra me ataca.

Vuelvo al tema.

Decía que, actualmente, podemos elegir ocupar un puesto de honor en el podium de la insipidez, contraria a nuestra cultura occidental, o bien adoptar algo loable de la tradición china. Para los chinos, la palabra mencionada tiene el sabor de «lo virtual», no se trata de privación del sabor, sino de la capacidad de evolucionar y transformarse. La insipidez no excluye cualidades contrarias, sino que favorece una disponibilidad individual simultánea, que se mueve en armonía con las fluctuaciones del mundo y nos hace posible asociarlas con más libertad.

¡Ahí queda eso!

El filósofo François Jullien, autor del libro «Elogio de lo insípido» nos invita a repensar nuestras suposiciones. Podríamos entenderlo como una transformación silenciosa, que ocurre sin ruido, y no se despliega en el espacio, sino en el tiempo. Se trataría de una inteligencia que opera en modo continuo, no es una forma de retiro o aislamiento, sino una forma de vivir que requiere paciencia para madurar y gestar.

Termino con la reflexión del autor de este artículo —David Dorenbaum publicado en El País—, en el que me he basado para trasladar estas anotaciones a mi Querido Diario.

Bien podríamos valernos de las virtudes de la insipidez, de su espíritu de plenitud. Sería interesante no pensar en la insipidez como pereza, ociosidad o aburrimiento —todo lo cual estamos programados para sentir, con culpabilidad, en un mundo en el que el aluvión del capitalismo y las redes sociales inunda nuestros sentidos y nos desafía a actuar en consecuencia— y, en cambio, tratar de sacar provecho de la «insipidez» como una forma legítima y útil de interactuar con nuestro mundo, de una manera menos estresante y más auténtica.

¡Ojalá!