El poder del ARTE


Mientras Hamás entrega a la Cruz Roja a los otros 13 secuestrados
y completa la liberación de los rehenes vivos…


La Academia Sueca ha anunciado este jueves en Estocolmo que el Premio Nobel de Literatura 2025 es para el húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 71 años) al escritor húngaro László Krasznahorkai“ por su obra cautivadora y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del ARTE”

Alto y con una expresiva mirada de ojos achinados azules, siempre viste de negro —como le explicó hace décadas a Kovacsics en su primer encuentro— y su proximidad a la filosofía oriental es patente no solo en su obra, sino también en su ademán calmado. Criado en una familia burguesa judía, su aproximación a la literatura llegó tras varios años de vagabundeo por Hungría, en los que buscaba la compañía de aquellos que vivían en los márgenes —”quería estar entre los más pobres porque pensaba que ellos eran quienes vivían la realidad”—. Rechazaba entonces la idea de convertirse en algo, de construirse un futuro en el régimen comunista donde nació y creció. “En esas dictaduras uno pensaba que el mundo era así y así sería mañana, y pasado mañana, el tiempo no tenía importancia”, recordó en Pamplona. Tras esa primera etapa de inconformista errante, quiso dedicarse a la música y acabó escribiendo una primera novela en 1985, que tituló Tango satánico. La idea de “arreglar” ese libro y alcanzar lo que realmente se había propuesto es lo que le ha empujado a seguir intentándolo una y otra vez, aseguró el ganador del Man Booker Internacional en 2015. Desde hace casi tres años reside en Trieste, aunque pasa largas temporadas en Hungría y en Viena, “el triángulo austro-húngaro”.

Es el gran cronista de la Hungría comunista y la que emergió después, el retratista perfecto de ese país imperfecto que heredó las cenizas de un imperio deshecho en el siglo XX con graves heridas para sus pueblos, y del universo indefinido en que se convirtió esa nación tras abrazar la democracia, aún renqueante.

Krasznahorkai es un hombre tranquilo, afable, apasionado de la conversación y dueño de una literatura sin prisa y de cocción lenta que hoy choca frontalmente con el ritmo de nuestras vidas.

El máximo galardón universal premia así la hondura, la capacidad de profundizar y un alto en el camino en este modo de vida de aceleración sin fin.


Breve extracto del artículo de Berna González Harbour publicado en el Diario El País para descubrir de un primer vistazo al merecedor del NOBEL DE LITERATURA otorgado por La Academia Sueca este año 2025.


Imagen de portada: @MJBeristain

La novia del viento


Azul explosivo en el color de la tristeza
pasión y tormenta
sublime sexo
de miradas ausentes
recostado en el lienzo.

Cuerpo y Alma enlazados
Cuerpo y Alma abandonados
a su último gesto de ternura
Su amor se acaba,
o quizás se acabó ya, no hay más…

 Artículo de Julián González Gómez: Oskar Kokoschka, «La novia del viento»

Dos amantes que reposan después de hacer el amor, dos almas unidas por una tempestad que se desata alrededor de sus cuerpos y aun así parecen ajenos a ella. ¿Es una pasión que acaba de desbordarse y se acabó súbitamente con el clímax? Ella está dormida, recostada sobre el hombro de su amante y es la encarnación de la entrega satisfecha. Él tiene la mirada ausente, como si sus pensamientos no estuvieran ahí; entrecruza sus dedos en un gesto de pausada angustia. Este cuadro se puede interpretar de muchas formas, pero en todas ellas está presente el elemento central, el tema por decirlo así y es la angustia. El viento, una verdadera tempestad, ha barrido con todo, hasta con su amor.

El tormentoso y apasionado romance entre Alma Mahler y Oskar Kokoschka está aquí representado con toda su grandeza y también con toda su crueldad. El sexo fue el elemento que los unió, no hubo ternura, tampoco abandono sublime o todas esas fruslerías de las que hacen gala los amores de las películas o las novelas rosas. Por supuesto, el amor entre un hombre y una mujer no solo se expresa a través del sexo, aunque muchos solo así lo entienden y otros no lo puedan entender y aunque la industria del entretenimiento nos lo pretenda hacer creer así y los cándidos le hagan caso. El amor tiene muchas facetas y muchas más que hay que descubrir entre los dos amantes, pero aquí parece ser que ya están mucho más lejos del tiempo de la búsqueda y la aventura. Ya conocen todo sobre sí mismos, sobre el otro y sobre ambos.

Su amor se acaba, o ya se acabó, no hay más… y eso sólo puede ser trágico y angustioso. Cuando Kokoschka pintó este cuadro ya sabía lo que estaba pasando y seguramente Alma también, pero ella, a diferencia de la congoja que él muestra, ha decidido abandonarse a la inconsciencia, como para no afrontar amargamente esta realidad. Ambos son jóvenes, ya que Kokoschka tenía unos veintiocho años cuando lo pintó, mientras que Alma, que era algo mayor, tenía treinta y cinco años. Ella había dejado atrás un desdichado matrimonio con el gran compositor Gustav Mahler, quien era veinte años mayor y había fallecido en 1911 y él estaba en plena fase de expansión de sus metas artísticas, destacando cada vez más en los círculos de la sofisticada Viena.

Kokoschka nació en 1886 en Pöchlarn, Austria, en una familia humilde que vivía precariamente. Su padre, de origen checo, se dedicaba a la orfebrería. Desde la adolescencia mostró inclinaciones al arte y la literatura, pero necesitaba ganarse la vida y aplicó para inscribirse en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. En 1904, a los 19 años ingresó en esta prestigiosa institución, donde estuvo hasta 1909. Al salir, su primer trabajo fue como delineante en la oficina del prestigioso arquitecto Josef Hoffmann y empezó a relacionarse con el ambiente intelectual y artístico de la capital del Danubio, por aquel entonces uno de los más vibrantes de Europa. El mismo año que entró a trabajar con Hoffmann publicó su primer libro de poemas, que él mismo ilustró y se llamó Los Muchachos soñadores. También realiza una serie de carteles y postales para los Talleres Vieneses, pero sus obras fueron mal acogidas, tanto por el público como por la crítica. Kokoschka ingresó por un tiempo al círculo de los allegados al que por entonces era el principal artista de la ciudad: Gustav Klimt, de quien aprendió sobre todo acerca del manejo del color y la textura como medios expresivos.

En 1909 conoce a otro importante arquitecto vienés: Adolf Loos, quien se convierte en su mecenas, ya que el arte de Kokoschka le pareció que abría las puertas a una nueva sensibilidad. Sus retratos, pintados de forma nerviosa y vibrante, fueron del gusto de los círculos intelectuales de la ciudad, por lo que empezó a tener éxito. Por esta época se estaba formando el expresionismo, aunque Kokoschka debía más al Judgenstihl austriaco y a la influencia de Klimt, que a los pintores de Dresde o Munich, abiertamente expresionistas. A partir de 1912 empezó el tormentoso romance con Alma Mahler, el cual continuó intermitentemente durante varios años, hasta que ella decidió romperlo, lo cual lo afectó profundamente. En el ínterin pintó este cuadro.

Al estallar la Primera Guerra Mundial Kokoschka se enlistó en el ejército y fue seriamente herido en el frente en 1915. Durante su larga recuperación mostró síntomas de desequilibrio mental a juicio de los doctores que lo atendían, pero se recuperó y al salir se reintegró a la vida artística vienesa, ya fuertemente mermada por la guerra. Posteriormente viajó por diversos países, donde su arte fue cada vez más apreciado y más comprometido con el expresionismo europeo. En cambio, sus obras de teatro fueron rechazadas por un público que veía en la crudeza expresionista el remanente de una guerra que se quería olvidar a toda costa.

Su arte, al igual que el de todas las vanguardias que por ese entonces se desenvolvían en Europa, fue considerado por los nazis como “degenerado”, por lo que fue retirado de todas las galerías donde estaba expuesto. Durante la Segunda Guerra Mundial, Kokoschka y su esposa, con la que contrajo nupcias en los años 20, se trasladaron a vivir a Inglaterra, país del cual obtuvo la nacionalidad en 1946. Desde 1947 vivió en Suiza, país en el cual desarrolló la última fase de su carrera y murió en 1980.

La novia del viento pertenece a la época en que Kokoschka estaba destacando en el ámbito vienés, inmediatamente previo a la Primera Guerra Mundial. El expresionismo que muestra lo liga con la búsqueda que por ese entonces estaban haciendo artistas como Schiele y Beckmann, ambos, al igual que Kokoschka, retirados de los círculos centrales del expresionismo de esa época. Aquí no se ven las alegorías de los miembros del grupo El Jinete Azul, o los tormentos de impetuoso color de Nolde y Pechstein. Kokoschka se había formado en los círculos cercanos a Klimt y por eso su paleta era más mesurada y su expresividad más contenida, aunque aquí se permite ciertas licencias en lo que se refiere a esto último.

Este cuadro está pintado con colores suaves y tiernos, donde predomina el azul, el color de la tristeza. El cuerpo de Alma muestra pinceladas suaves, como si fuese el único gesto de ternura que el autor dirigió hacia ella porque todo lo demás que hay está hecho a base de gestos bruscos. La armonía cromática está regida por los contrastes luminosos entre los rosas y amarillos con el azul predominante, del que hay un sinfín de variaciones. Aunque la composición parece a primera vista caótica, luego de observarla por un rato notamos que su estructura, a base de diagonales, delimita cinco grandes zonas en el cuadro. La expresividad de las pinceladas es el elemento plástico más impactante, pues se dirigen simultáneamente en todas direcciones. Es esta una pintura sublime y triste, muestra de los logros del expresionismo, encarnado aquí por Oskar Kokoschka, uno de sus mejores exponentes.


 

NARRAR EN EL SIGLO XXI

BLOG LO REAL MARAVILLOSO


El desafío de narrar en el siglo XXI: el elefante y la hormiga.

Publicado el  por Volfredo


Las palabras siempre han sido frágiles. Desde que el primer sumerio garabateó signos cuneiformes en una tablilla de barro, hasta que Marcel Proust se encerró entre cortinas gruesas para escribir “En busca del tiempo perdido”, la palabra escrita ha sobrevivido como puede: acosada por las guerras, ignorada por los poderosos, combatida por el ruido de la publicidad. Hoy, en pleno siglo XXI, esa fragilidad se acentúa. No porque escaseen los escritores —hay más que nunca—, sino porque sobran los estímulos. Nunca fue tan difícil narrar y ser escuchado, y nunca fue, al mismo tiempo, tan urgente.

Lo que vivimos no es la muerte de la literatura, sino su desplazamiento. El lector ilustrado, ese que se deleitaba en la lentitud, que marcaba con lápiz pasajes de Madame Bovary o subrayaba con fervor a Cervantes, se ha vuelto una especie en peligro de extinción. En su lugar ha emergido otra criatura: el espectador disperso, adicto a las historias breves, deslumbrado por los íconos centelleantes de los “me gusta”, y con una capacidad de atención que, según estudios recientes, ya compite con la de un pez dorado. No en sentido figurado: literalmente.

En este nuevo escenario, el elefante pisa fuerte. Tiene el tamaño de un continente, el olor del dinero y el apetito insaciable de las cifras. Es YouTube, TikTok, Netflix, Spotify, Instagram… es MrBeast regalando islas y PewDiePie burlándose de sí mismo ante millones de cómplices digitales. Es, en esencia, el mercado global del entretenimiento, donde la narrativa se convierte en mercancía y el arte, en algoritmo.

¿Y quién puede competir con eso? ¿Cómo puede un humilde narrador, que aún cree en la belleza de una frase bien construida, sobrevivir entre alaridos de carátulas sensacionalistas y desafíos virales?

Este elefante no es maligno, ni mucho menos. Es simplemente eficaz. Produce contenidos concebidos para ser devorados, no digeridos. Su fortaleza es la repetición, la inmediatez, la adicción medida por segundos de atención. Cada clic cuenta. Cada segundo que un espectador no abandona el video es una victoria. No importa la verdad, la belleza o la profundidad: importa el tiempo de permanencia.

Y, sin embargo, entre tanto brillo, hay sombras. Porque, aunque el elefante arrasa, no puede amar. No puede recordar. No puede susurrar. Solo embiste.

La hormiga: un blog, un lector.

Frente a este coloso de datos y pantallas, aparece la hormiga. Frágil, modesta, minúscula. Su fuerza no está en la cantidad, sino en el contenido. No vive de viralidad, sino de la comunicación íntima. Su espacio no es una plataforma de moda, sino una trinchera. Y en esa trinchera —llamada Lo Real Maravilloso— todavía se escribe para quienes leen con la pausa de un monje medieval y el goce de un sibarita de la lengua.

La hormiga no ofrece sorteos ni acrobacias digitales. Ofrece ideas. Ofrece historia, arte, literatura. Habla de Magritte y de Caravaggio, de Lezama Lima y de Borges, de la Resurrección de Cristo como un acto simultáneo de la pintura y la carne. Escribe para un lector que tal vez no habite en TikTok, pero que aún se estremece al releer una frase de Paulo Coelho o al contemplar, en silencio, Las Meninas.

Escribir desde la hormiga es un acto de fe. Es renunciar a la popularidad para abrazar la profundidad. Es escribir sin saber si alguien llegará hasta la última palabra. Pero también es encontrar, de tanto en tanto, un lector verdadero. Uno solo. Y eso, en tiempos de ruido, es un milagro.

¿Hacia dónde va el lector moderno?

Esta serie, que hoy llamamos hilo, —iniciada con MrBeast y seguida por PewDiePie— nos ha mostrado dos modelos opuestos de comunicación: el espectáculo filantrópico y la ironía participativa. Ambos, con millones de seguidores, representan apenas la punta de un gigantesco témpano: la nueva cultura digital. Una cultura que no desprecia la narrativa, pero la trastoca. Ya no se cuenta lo profundo: se exhibe lo fugaz. No se describe: se exagera.

Sin embargo, incluso entre los seguidores de estos titanes digitales, persiste un anhelo sordo. Una nostalgia no dicha por las palabras que respiran. Muchos de esos jóvenes hiperconectados no saben aún que también pueden amar la literatura. Que hay un espacio —pequeño e íntimo— donde la inteligencia no se disfraza de sarcasmo, sino que brilla con luz propia.

Contar una historia en el siglo XXI es un acto de resistencia cultural. Es oponerse al vértigo con calma. Es preferir la metáfora al alarido, el matiz a la consigna. Es escribir sabiendo que tal vez no se obtendrá dinero, pero sí el disfrute de la literatura verdadera.

Un blog como Lo Real Maravilloso no tiene patrocinios de gaseosas internacionales, ni cámaras de alta definición, ni millones de clics por segundo. Tiene algo más escaso: una comunidad de lectores. Lectores verdaderos. Gente que, como el buen catador de vinos antiguos, saborea la palabra con lentitud, halla deleite en una digresión, se detiene en una frase como quien acaricia un cuadro.

Este blog no compite. No vocifera. No hace piruetas frente a la cámara. Pero ofrece algo que ya casi nadie ofrece: una conversación real. Una conversación que atraviesa siglos, que une a Homero con García Márquez, a Carpentier con Eco, que enlaza al lector cubano con el lector universal.

¿Y qué debe hacer el escritor frente a este panorama? ¿Callar? ¿Convertirse en influencer? ¿Abandonar la sintaxis por el chascarrillo visual?

No. El escritor debe volverse alquimista. Debe transformar la experiencia en palabra, y la palabra en asombro. Debe comprender los nuevos códigos, sin rendirse a ellos. Puede usar las redes, sí, pero no ser devorado por ellas. Puede dialogar con los nuevos formatos, pero sin mutilar la complejidad. Debe recordar que su oficio no es distraer: es sembrar ideas.

Y en esa labor silenciosa, casi artesanal, puede que halle lectores. Pocos, sí. Pero fieles. Lectores que llegan por curiosidad y se quedan por el atractivo de una entrada de 1200 palabras a un cortometraje de 12 segundos. Lectores que aman los buenos libros, las buenas pinturas, las buenas historias.

Tal vez el elefante lo consuma todo. Tal vez las máquinas escriban novelas que simulan llorar. Tal vez los jóvenes ya no lean nada que no venga con emoticonos y sonido de notificación. Pero también es posible —y aquí la esperanza— que, en medio del bullicio, alguien escuche una voz tenue, una historia bien contada, un texto publicado en un blog sin anuncios, y diga: “Esto es lo que buscaba”.

Si eso ocurre, aunque sea una sola vez, habrá valido la pena.

Porque narrar, al fin y al cabo, no es ganar una carrera. Es encender una luz.

Y mientras exista Lo Real Maravilloso, esa luz será nuestro interés primordial, mantenerla viva.

Viene de:


REBLOGUEADO DE LO REAL MARAVILLOSO

ME HE DEJADO LOS PELOS COMO ESCARPIAS

MIKEL BARCELÓ – MONDONGOS


Me he dejado los pelos como escarpias. Tal es la identificación que siento con Mikel en esta etapa de mi vida. Lo admiro desde que descubrí, hace ya mucho tiempo, que pintaba tirado en el suelo sobre el lienzo. Estoy en la etapa más directa para llegar al cielo o al infierno. Eso ya lo veremos. En el infierno se dice que será más divertido… Pienso en el Papa Francisco, tan cercano, humano y simpático que, posiblemente en el cielo, donde estará él, pudiera no ser tan aburrido…

De cualquier manera, me he cortado el pelo esta mañana de principios de primavera, y me lo he peinado en plan escarpias.

Mi perro no me mira a la cara…


Pepa Bueno

Entrevista de Pepa Bueno en EL PAÍS
Madrid – 23 MAR 2025 – 05:30 CET


Los pelos como escarpias, como si fuera él mismo uno de los bichos marinos de ese mundo bajo el agua donde pasa horas buceando siempre que puede. La mirada alerta, curiosa, tremendamente joven, con un punto de ironía que, en ocasiones, parece timidez. Nos citamos con Miquel Barceló (Felanitx, 68 años) en la Galería Elvira González, donde expone hasta el próximo sábado Flores, peces, toros, un recorrido por sus temas más recurrentes. Pintor, dibujante, escultor, ceramista y performer escénico, el artista español de más relevancia y mayor cotización en el plano internacional, tiene una larga relación con EL PAÍS y desde hace casi cuatro años sus dibujos enmarcan las Cartas a la Directora. En ese marco de confianza se produjo esta charla, más que una entrevista, tras sellar un nuevo compromiso.

Pregunta. En el 40º aniversario de EL PAÍS dijiste que no recordabas si habías comprado el primer número del periódico en el año 76, pero que sí te recordabas comprando el periódico en aquel momento. Y hasta hoy.

Respuesta. Me recuerdo incluso caminando lejos en París para comprar EL PAÍS. Yo lo sigo leyendo en papel cada día, sobre todo en Mallorca. Me gusta mucho el objeto periódico. Es muy de pintor. Yo lo uso mucho para hacer collage, para recortar, para dibujar encima. Una cosa que he hecho toda la vida es dibujar encima de las fotos, eso de poner bigotes [a las caras]. Dibujar sobre las fotos es una forma de comentario, ¿no? Se hace casi sin pensar.


Reproducción de la obra de Miquel Barceló de los próximos premios Ortega y Gasset.
Reproducción de la obra de Miquel Barceló de los próximos premios Ortega y Gasset.Gianluca Battista

P. Dices que prefieres leer en papel porque retienes mejor el contenido.

R. Cuando empecé a viajar por el Himalaya y a hacer grandes caminatas, todo peso era demasiado. Empecé a llevarme los libros en un iPad. Pero me di cuenta de que se me olvidaba lo que había leído. Leí las novelas de James Salter y se me olvidaron. Luego las leí en papel otra vez y ahora puedo decirte fragmentos enteros de memoria. Hablé con un neurocientífico en París y me dijo que sí, que lo impreso se queda en el cerebro. La pantalla deja una huella frágil y pasajera, y para mí la memoria es esencial. El conocimiento nos viene por la palabra impresa.

Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo”

P. Ahora que EL PAÍS está a punto de cumplir 50 años, tomas el relevo de Eduardo Chillida, cuya obra ha sido, desde 1984, el galardón que entregábamos en los Ortega y Gasset, y nos has hecho el grabado iluminado a mano que vamos a entregar a partir de este año.

R. ¿Sabes? Conocí a Chillida cuando yo era muy muy joven y enseguida me adoptó. Tenía esa mirada… Mira que nuestros trabajos eran muy distintos, pero tuvimos una empatía inmediata. Desde luego, es un gran honor seguirlo y poder hacer un premio que en este mundo complicado representa lo que representa el Premio Ortega y Gasset.

P. Nosotros estamos muy emocionados porque era un relevo muy importante. Pero qué significa para ti que una obra tuya cuelgue en la casa de un periodista que se está jugando la vida en algún país por contar lo que pasa.

R. Por eso mismo hice una obra que contiene muchas obras, que no es una imagen única, sino polimorfa, a la que puedes mirar muchísimas veces. Quería que tuviera esa concentración. Tuvo varias versiones. La primera era una bola como un mapamundi, como un antitrofeo, pero acabó siendo lo mismo en un grabado con más colores. Tiene que ser un premio. Es complejo, pero no es desolador.


Miquel Barceló, en Farrutx, Mallorca, el 30 de noviembre 2024.
Miquel Barceló, en Farrutx, Mallorca, el 30 de noviembre 2024.JEAN MARIE DEL MORAL

P. ¿Por qué lo bautizas como Mondongo?

R. Porque un poco todo lo que representa está dentro. Yo estaba intentando hacer morcilla y me di cuenta de que en los pueblos de Burgos que conozco llaman mondongo a lo que contiene la morcilla. Me gustó porque es esa especie de combinación de muchísimas cosas que es un mundo agitado. Y me gusta mucho cómo suena la palabra.*

P. Sobre el mundo agitado. Has dejado de ir a Malí por la guerra y el terrorismo, y ahora suenan tambores de guerra por todas partes. ¿Cómo lo estás viviendo?

R. Con perplejidad y con inquietud. Cada vez que abres el teléfono te esperas una imagen terrible de verdad. Ya sé que han sucedido siempre, pero es que ahora es exponencial. También está la sospecha de que todo es una atroz manipulación.

P. Que no sabemos el juego al que asistimos.

R. Eso es. Y lo que ves es que hay muchos tahúres.

P. ¿Influye en tu obra?

R. Soy bastante poroso al mundo. No vivo para nada aislado. Cuando vivía en Malí, tenía siempre radios con onda corta para captar las noticias. O sea que enterado estoy. No sé si eso tiene una influencia directa en lo que pinto porque no hago comentarios de lo que pasa en el mundo, pero marca mi forma de estar en el mundo.

P. Eres un artista universal pero te expresas fundamentalmente en catalán, en castellano y en francés. ¿Te sientes europeo ahora que ser europeo se pone en cuestión?

R. Siempre, y ahora tal vez más, porque creo que tiene más sentido. Yo iba a Francia incluso cuando hacía falta pasaporte y a mí no me lo daban porque no había hecho la mili. Siempre me he sentido europeo, por intuición, como pintor, porque te haces tu patria con la pinturas que te gustan. Europa es un ámbito cultural que yo comprendí enseguida. He vivido en Nueva York y muchísimo en África, un poco en Asia y desde hace poco en Australia porque mi esposa es de allí. Y voy a Australia como europeo y como mallorquín, sin duda. Ahora me parece muy reivindicable la europeidad. Me parece la única esperanza de Europa: imponerse como un ámbito cultural y de pensamiento. No ganaremos con otra marca que no sea esta.

P. ¿La ves en riesgo?

R. Sí, porque está muy amenazada. Por esos tahúres.

Tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción de Notre Dame es una suerte y un honor”

P. Tahúres que ganan en las urnas. El mundo, y particularmente el mundo occidental, parece empeñado cada 80 años en asomarse al abismo. Como si no hubiéramos aprendido nada.

R. Eso de Marx de que la historia se repite en forma de farsa parece literal. Casi con los mismos personajes, cambian los detalles pero el drama es el mismo. Y seguimos dándonos garrotazos. Dando garrotazos sobre todo a los pobres.

P. Estás preparando tapices para Notre Dame. ¿Puedes contarnos algo de esos tapices?

R. Yo estaba en París cuando se quemaba Notre Dame. Mi hijo me llamó y salimos a la calle, era desolador. En mi estudio caía la ceniza de Notre Dame. Nunca he sido muy creyente, pero me pareció que tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción era una suerte y un honor. Y en eso estoy. Primero con el Noé del Arca de Noé, que estoy bastante adelantado ya. Lo hacemos con la Real Fábrica de Tapices de Francia, que no ha parado desde el siglo XVI y hacen tapices gigantescos, de seis por ocho metros, aunque los míos son grandes pero no tanto.

Miquel Barceló, en Farrutx (Mallorca), en febrero de 2024.
Miquel Barceló, en Farrutx (Mallorca), en febrero de 2024.JEAN MARIE DEL MORAL

P. ¿Y después del Arca de Noé?

R. El sacrificio de Isaac, Elías con el carro de fuego, que es fantástico, y el paso del mar Rojo. Pero mi Arca de Noé es muy modesta. Es una especie de laúd con una oveja, un perro, un gato y un cordero. No haces un catálogo de todos los animales del mundo, salvas la vida.

P. Cuando uno es Miquel Barceló y el molde es tan poderoso, ¿uno ya no puede salirse de él o está dispuesto a romper el molde? A investigar, a equivocarse.

R. Hay que equivocarse todos los días, y en eso de equivocarme soy un especialista. No adrede, pero lo normal es hacer cosas que difícilmente salen bien. Es una paradoja porque siempre acaba saliendo alguna otra cosa que no pretendías.

P. ¿Qué te provoca curiosidad? ¿Qué te sorprende todavía, aparte de tus temas recurrentes?

R. En los libros encuentro siempre sorpresas. Cosas que me sobrecogen. Ahora estoy leyendo el último libro de Juan Manuel de Prada, que me parece fantástico. No solo cosas nuevas, porque el mundo es una repetición de historias. Cada vez estoy más puesto en arte prehistórico. Cada vez voy más a ver cuevas. Eso es algo que he aprendido tarde.

P. Entre lo moderno y lo arcaico, ¿dónde colocamos a Barceló?

R. Es que lo arcaico es lo más moderno. Muchas veces he tenido la sensación de que hacía una carrera fulgurante hacia atrás. Es una elección, también una intuición. Las cosas más radicalmente modernas son cosas que están ahí antes de que seamos capaces de decirlas. Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo.

P. ¿Qué pensamiento te provoca la inteligencia artificial, pensar que hay artistas que ya la están usando?

R. Yo pienso usarla. Igual que la fotocopia. Me acuerdo que cuando surgió el vídeo decían que iba a acabar con el cine y cuando surgió la fotografía, que acabaría con la pintura, pero Degas hacía fotos y las usaba para sus cuadros. Eso sí, el nombre es feo: inteligencia artificial. Se irá adaptando, como cualquier herramienta. Hace falta gobernanza porque se pueden hacer trampas, aunque no hay que tenerle miedo. Yo todavía no le he dicho “píntame un cuadro con mi perfil”, pero porque me gusta hacer las cosas. Me gustan las cosas que pasan, y que no pasarán más, porque no se pueden repetir.

La 42ª edición de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo

Este lunes 24 de marzo, el jurado de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo se reunirá para decidir los ganadores de esta edición en sus cuatro categorías: Mejor historia o investigación periodística, Mejor cobertura multimedia, Mejor fotografía y Trayectoria profesional. La nueva web de los premios, premiosortega.com, recogerá toda la información relativa a los ganadores y sobre la ceremonia anual de reconocimiento a lo mejor del periodismo en español. La gala de premios celebrará el 5 de mayo su 42ª edición en Barcelona.


Fotografía de portada: Lourdes Rocher

  • Sonrío a propósito de una conversación con mi hija mayor. Para mi horror, ella llamaba «mondongos» a los trozos de tierra y piedra mineral que escarbé con mis manos durante los días de Retiro —para utilizar como pigmento natural en mis acuarelas— y que, cuidadosamente guardaba en una rústica y ridícula (es cierto) bolsa de plástico del super. Hoy me reconcilio con su significado gracias al Maestro Mikel Barceló.

CONTRA EL TERRORISMO, PAZ INTERIOR

ENTREVISTA A SISTER KIRPALANI


Año 2000. La autora de estas palabras era consultora de la ONU en resolución de conflictos. 

La edad de mi cuerpo es de 50 años; ideal para gozar de los recuerdos e ilusionarme por el futuro, pero mi espíritu es eterno.

Supongamos que soy mediador en un conflicto armado…

Para empezar, silencio. Guarden unos minutos de recogimiento antes de empezar a hablar; el que crea en Dios, que rece…

¿Y si son ateos?

Deben meditar. La disciplina de pensamiento de la meditación beneficia a todos. Recuerde que toda actividad creativa comienza en silencio.

El que no rece, que medite. Traten todos de concentrarse en el objetivo de la paz.

No es fácil, pero piensen que la especie humana ha sobrevivido porque ha sabido encontrar más motivos para la paz que para aniquilarse. Esa conciencia universal y biológica se encuentra en todos nosotros: es una evidencia científica. Hay que dejar que fluya.

Hay que aislarse al negociar. Evitar las presiones cotidianas. Creo que la paz exterior depende de que cada uno consiga un mínimo de paz interior.

¿Y un terrorista?

Sufre una guerra en su interior. Contra el terrorismo hay que lograr esa paz interior. Nadie puede matar sin padecer ese desgarramiento en su conciencia. Y está necesitando ponerle fin y alcanzar la paz.

De acuerdo, todos meditamos

Si consigue que los reunidos guarden silencio en comunión, tendrá medio acuerdo alcanzado. Le puedo dar un consejo personal que a mí me funciona. Imagínese un punto en la frente de su interlocutor… aunque usted no lo soporte. Imagínese que ese punto es luz y amor, visualícelo. Téngalo presente durante todo el diálogo. Haga ese esfuerzo.

En una discusión no se trata de lo que dices, sino de lo que comunicas. Si ese truco neutraliza su hostilidad hacia el interlocutor su mímica será más positiva y, aunque repitan otra vez argumentos de reuniones fracasadas, avanzarán juntos hacia el acuerdo.

Hagan pausas para el silencio y la reflexión. Así permitirá que trabaje la intuición. Es la intuición la que encuentra caminos donde la razón se pierde. La intuición descubrirá las causas profundas y ocultas del conflicto.

¿Cuándo se aplican esas prácticas?

La globalización hasta ahora sólo es un concepto materialista… pero pensamos que pronto tiene que haber una globalización del espíritu.

¿Consiguen detener algún conflicto con la oración o la meditación?

Voy a referirme a alguno de ellos…

Fue en Sudáfrica. Se presentía una guerra civil y miles de personas de organizaciones no gubernamentales meditamos con los sudafricanos en la buena dirección. No trajo directamente la paz, pero ayudó, desde luego. La paz en Sudáfrica es mérito de Mandela porque ha demostrado que un solo hombre que renuncia a la venganza puede eliminar el odio del corazón de todo un país. Un hombre bueno. Sí.

Un gran hombre es quien consigue extraer lo mejor de cada uno y encuentra bondad incluso en el peor criminal. Mandela logró que millones de personas brutalizadas y esclavizadas como él perdonaran con él y miraran al futuro.

…O el día que me vi rodeada de 14 convictos de homicidio que me recibieron con una flor al llegar a la prisión de Londres y con los que medité después hasta que los vi llorar de alivio. Necesitaban encontrarse a sí mismos…


Galletitas

La maleta de Jayanti Kirpalani, esta señora de la paz contiene una túnica de recambio, papeles y muchos paquetitos de galletas. Obtiene la concordia universal a base de pastitas.

Lleva consigo siempre una maleta llena de pastitas.

Me obliga a deglutir una, aunque acabo de desayunar, y me llena los bolsillos de ellas para mis colegas.

«Los dulces llegan directos al corazón»

El dulce mensaje es que nuestra paciencia conseguirá mucho más que nuestra fuerza.

Extractado de la entrevista y artículo de Lluis Amiguet

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Lecciones de literatura – poesía

INSTITUTO CERVANTES


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Poesía es sinónimo de belleza realizada y sensible, y por eso, ampliando metafóricamente su acepción estricta, el uso común extiende el nombre de poesía y de poético a todo lo que es bello, a todo lo que produce emoción estética. Así se dice: ¡Qué poético paisaje! ¡Cuánta poesía hay en este bosque!, y, frases semejantes, con que se da a entender que los objetos a que tales palabras se aplican producen en el alma una impresión poética, esto es, estética.

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Estas dos maneras generales de producción, propias de la poesía objetiva, se manifiestan: la primera en la mayor parte de los poemas épicos y en las novelas y dramas históricos; la segunda en los poemas épicos de carácter filosófico (como el Fausto de Goethe) y en las composiciones dramáticas y novelescas que no se fundan en ningún hecho real, pero que representan o narran hechos posibles en lo humano.

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En los géneros poéticos objetivos (épica, dramática, novela, etc.), la forma inmediata y primera del fondo (la forma conceptiva) es un conjunto de hechos y personajes, una acción ficticia, y en este caso la narración, la descripción, el diálogo, etc., son meras formas expositivas de esta forma primera, que en cierto modo se convierte en fondo de la obra. Pero en la Poesía subjetiva suele acontecer que la forma expositiva es la primera, pues el poeta no hace otra cosa que exponer directamente el estado de su alma, o enunciar un pensamiento determinado.

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Fácil sería mostrar con numerosos ejemplos la verdad de estas afirmaciones. La manera distinta con que consideran la realidad el científico y el poeta es evidente. La idea de la relatividad del conocimiento inspirará al filósofo un minucioso análisis psicológico y crítico, cuyo resultado será una fórmula árida y descarnada, semejante a esta: Todo conocimiento es relativo, y varía según las condiciones características de cada inteligencia individual, La misma idea, convertida en pintoresca imagen por el poeta, le inspirará esta breve y gráfica sentencia:

En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.

El científico, examinando una flor, hará una descripción detallada de todos sus órganos, y declarará fríamente que es bella o huele bien; el poeta, sin cuidarse de describirla, ensalzará la delicadeza de su aroma, la belleza de sus colores, y buscando relaciones y analogías que el científico no advierte, verá en ella una imagen de la brevedad de la vida, imaginará que el sonrosado de sus hojas es un símbolo del pudor, la comparará con una virgen tímida, si es una violeta, o con una orgullosa hermosura si es una camelia, etc. Un historiador, al relatar un hecho, se cuidará, ante todo, de exponerlo fielmente en todos sus detalles; un poeta lo modificará según exigencias estéticas, y solo buscará en él lo que tenga de dramático.

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No hay que confundir esta idea y asunto puramente artísticos, con el fin moral que el poeta puede proponerse. Fuera de que la idea moral o trascendente no es absolutamente necesaria en la obra poética, su concepción puede ser motivo determinante, pero no primer momento de la producción artística. La elección de una tesis que se quiera probar por medio de una acción dramática o novelesca no es todavía un acto de producción artística; esta comienza al concebir el pensamiento dramático (la idea general de la acción) de cuyo planteamiento y desarrollo ha de deducirse la demostración de la tesis moral.

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Decimos sean o no bellas porque no siempre es bello lo expresado por el poeta subjetivo o lírico. La duda, la desesperación, el escepticismo, la ira, el amor puramente sensual no son ciertamente estados bellos del espíritu, y, sin embargo, puede su expresión poética ofrecer verdadera belleza, merced a la forma de que el poeta los reviste. En la poesía filosófica y razonadora esto se muestra a cada paso.

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Preferimos a esta denominación la de mixtos o compuestos, porque la palabra transición indica una relación de continuidad que no siempre revela entre ellos la experiencia. Un género de transición debe ser el que siga a uno y preceda a otro, de los géneros simples en el desenvolvimiento histórico del Arte, o al menos el que represente un conato de trasformación de un género en otro. Nada de esto se observa en la historia de dichos géneros ni lo revela el estudio de su naturaleza. La sátira, género épico-lírico, no sigue a un desarrollo épico ni precede a otro lírico, sino que es coetánea de ambos géneros, ni representa un conato de lo épico para convertirse en lírico o viceversa. Lo que hay en estos géneros es una compenetración o composición de elementos propios de los géneros simples, y por esto el nombre que mejor les cuadra es el que hemos adoptado.

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Hay algunos poemas épicos escritos en prosa (el Telémaco de Fénelon, los Mártires y los Natchez de Chateaubriand, el Ahasverus de Quinet, etc.); pero estos ensayos no han tenido éxito. La grandeza y solemnidad de la concepción épica no se avienen con la forma prosaica.

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Esta es la principal razón de la decadencia de la Poesía épica en la época presente. Debilitada la fe en lo sobrenatural, o al menos restringida a muy reducidos límites; sustituida la explicación poética de los fenómenos naturales por teorías científicas que difícilmente se prestan a la inspiración; imposibilitada por multitud de circunstancias, la formación de mitos y leyendas históricas; rebajada la talla de los héroes y de los sucesos; -la Poesía épica tiene que circunscribirse hoy a esfera muy estrecha, y no puede remontarse adonde llegó en otro tiempo. Por eso la ha sustituido la Novela, mezcla de lo épico y lo dramático, que, en formas prosaicas, pero con mayor interés y verdad que la Poesía épica, expresa los ideales y narra los hechos de estos tiempos. Poemas de breves dimensiones, tanto líricos como épicos, y no pocas veces dramáticos, que con frecuencia entrañan tendencias humorísticas, son hoy los únicos y degenerados representantes de este género, llamado, si no a extinguirse, por lo menos, a sufrir una trasformación profunda.

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Dante, que cantó todas las grandezas de la teología católica en su Divina Comedia; Milton, que narró hechos tan portentosos como la caída de los ángeles y el pecado de Adán; Klopstock y Hojeda, que relataron el drama del Calvario, cumplieron este precepto fundamental en el terreno de la Poesía épico-religiosa, como Valmiki, Homero, Virgilio, Tasso y Camóens en la heroica. Pero no tuvieron igual acierto en la elección. Virués en su Monserrate, Ercilla en su Araucana, Voltaire, en su Henriada, y otros muchos. Un hecho milagroso, que da origen a la fundación de un monasterio, una lucha con una tribu salvaje, una guerra civil desastrosa, no son asuntos que ofrecen la grandeza o interés propios del verdadero poema épico.


Origen: Instituto Cervantes
Imagen de Internet

WABI SABI

El Arte de la imperfección


Profundizo en las palabras WABI SABI a propósito de mi nuevo proyecto relacionado con el Arte.

Son palabras de difícil traducción, yo especialmente las tengo bien interiorizadas desde que vine a este mundo. Siempre he sabido que soy imperfecta, lo he sufrido durante mi aprendizaje, época en la que la exigencia de perfección me resultaba ciertamente agobiante, más tarde durante mi etapa de presión profesional y, por mi especial forma de ser, en el ambiente social. Sin embargo, doy gracias a la Vida por haberme dado la oportunidad de convivir con personas que me han aceptado con mis imperfecciones, me han dado gran apoyo en los momentos difíciles y me han obsequiado con su generosidad, empatía y riqueza espiritual.

¡Soy imperfecta, y qué!

WABI

Se refiere a una simplicidad casi rústica, con frescura, espontaneidad y a la vez tranquilidad. Puede referirse tanto a la Naturaleza como a elementos creados o construidos con discreta elegancia por el ser humano. Asimismo puede referirse a defectos propiciados por el proceso de construcción, y que pueden aportar al objeto singularidad, exclusividad, excepcionalidad.

SABI

Se refiere a la belleza que llega con la edad, cuando la vida del objeto y su impermanencia se evidencian en su pátina, o incluso en algunas heridas reparadas visibles.




Sobre el mismo tema,
Ver: Resiliencia
Ver: Qué se considera belleza en Japón


Quién sabe jugar al mus?


¿Quién sabe jugar al Mus?

Se establecieron varios grupos, de chicos fundamentalmente, y apenas alguna chica (entre ellas, yo). Después de las presentaciones y de la adjudicación de parejas, mi compañero, un chico con un físico atractivo, moreno, de facciones varoniles y espléndidos ojos de color azul cobalto, se dirigió a mí y con su imperiosa voz preguntó incrédulo: ¿tu sabes jugar al mus?, a lo que contesté afirmativamente.

—Bueno, pues tú callada. Yo llevo la partida.

Éramos muy jóvenes, componentes de un equipo que viajaba a Suiza a participar en una competición de ski. El autobús se desplazaba animado por la pericia de Manolo el conductor, un hombre algo mayor que los componentes del grupo, pasado de alegría y vitalidad, o aún afectado por la resaca del día anterior que le mantenía hiperactivo, por lo que resultó ser un viaje memorable.

No soy una perdedora, y, aunque la humillación hervía en mi interior, no fui capaz de negarme a jugar. Me alegré de verdad de perder aquella partida.


Esto es una pequeña anécdota vivida de cómo hemos sido tratadas las mujeres «a las que se les ha cortado la lengua de forma literal y metafórica a lo largo de la historia».

Ver completo el artículo de opinión en el diario EL PAÍS escrito por Nuria Barrios titulado «El silencio de las mujeres«

Además de cortarles la lengua había otras maneras de silenciarlas.También se les dormía o se les ninguneaba haciendo caso omiso a sus palabras. Como fue el caso de Casandra, hija de Príamo, que predijo que su hermano Paris causaría la destrucción de Troya y que el caballo de madera que los griegos dejaron en las puertas de la muralla era una trampa. Nadie le hizo caso. Cuenta el mito que el dios Apolo, furioso porque ella no quiso entregarse a él, le dio el don de la clarividencia con el tormento de que sus advertencias serían ignoradas. No pudo violarla, pero ejerció sobre ella una forma perversa de violencia: despojarle de credibilidad. Ridiculizó su voz hasta reducirla a un blablabla.

Así mismo, el caso de María Moliner, a quien no se le reconoció autoridad al rechazarse su candidatura en la RAE en 1972 después de haber escrito el diccionario de uso español más completo, útil, acucioso y divertido de la lengua castellana.


Otras referencias:

Novela histórica del mismo título escrita por Pat Barker

LA GUERRA DE TROYA FUE SIEMPRE LA GUERRA DE LAS MUJERES

La ganadora del Man Booker Prize Pat Barker ahonda en la leyenda intemporal de la Ilíada y narra las últimas semanas de la guerra de Troya desde la perspectiva de las no combatientes; una novela poderosa y memorable sobre el más grande de los mitos griegos…

Leer más… Novela histórica del mismo título (El silencio de las mujeres) escrita por Pat Barker

Pat Barker nos ofrece una obra maestra de dimensiones colosales, ambientada en el epicentro de la guerra más famosa de la literatura. El silencio de las mujeres se erige sobre su estudio de la guerra, al que ha dedicado décadas, y el impacto que tiene en la vida de las personas.

«En la Ilíada, esa oda a la destrucción causada por la agresión masculina, las mujeres son el objeto a través del cual los hombres luchan entre sí para afirmar su estatus. Las diosas siempre tienen algo que decir, pero las mortales suelen permanecer en silencio y si hablan es solo para lamentarse: por la caída de Troya, por sus hijos, padres y esposos muertos, y por su propia libertad, tomada a la fuerza tanto por los vencedores como por los vencidos».
The Guardian


«Siempre nos quedará mañana». Película italiana. Una buena película recientemente estrenada que, por el tema controvertido del que trata, ha despertado críticas diversas.


Ladran, luego cabalgamos…


Persigo mi centro


Mi mundo se mueve a trompicones de una manera loca desde hace muchos meses. No consigo la «verticalidad» que tanto deseo. Quizá sea por eso que no encuentro palabras adecuadas, ni inspiradoras y felices, ni inteligentes, ni concluyentes para salir del estado ruinoso del que intento salir a flote. Es cierto que hay momentos de luz en los que lo consigo, más con pena que con gloria hasta el momento. Pero, aquí sigo…

Hoy me apoyo en las palabras de una escritora a la que admiro por el rigor de su trabajo y la frescura de su voz. Tomo prestado, en parte, su artículo titulado «Mi taller de estrés». Y, desde aquí quisiera hacerle llegar mi agradecimiento especial por su generosidad al permitir a sus lectores participar de su pensamiento y de su escritura.


Basado en el artículo titulado «Mi taller de estrés» de la Escritora JULIA SANTIBÁÑEZ
a la que admiro por el rigor de su trabajo y la frescura de su voz.


Un año más de sufrir por gusto puro. Uno más de torturarme a la semana. Saber en el cuerpo que tiendo a los extremos y persigo el centro. Saber que nunca voy a dejar de perseguirlo. Tampoco alcanzarlo, pero me acerco.

En mi balanza incómoda, un plato es «la yo» que sabe atascarse de planes, de retos que supuran adrenalina; el otro, es «esa yo» que tan bien conozco, la que demanda silencio, serenidad. Lo adivina y lo dice cabal Caetano Veloso en esa rara canción, “Vaca profana”. Podría traducirse “visto de cerca, nadie es normal”. Conmigo es más cierto, es muy más cierto: soy frontal y furtiva, ansiosa y calma, todo me repele, todo me enamora y me voy de boca. Pero conocí el yoga, mi taller de estrés, mi carpintería y mi té de frutas. La palabreja significa “unión”, concilia lo distante, es arregladora, por eso cada semana voy de vuelta al tapete, al patíbulo, al martirio, a poner a conversar mente y torso, a limpiar las telarañas entre ambos.

La verdad es que la práctica me choca, pero al terminar recupero mi espalda, la siento de nuevo flexible y guapa. Podría hacerle una fiesta sólo por eso. Además me saca un rato de mi mente, la que sobrepiensa, la desmesurada. Qué lujo: una hora sin esta neura, sin el ruido mental, sin el aire grueso. En cambio me centro en la respiración, esa maravilla que tanto olvido.

Nunca me meteré a un concurso de yoguis: las figuras perfectas no son mi meta, tampoco pararme recia en las manos. Sí lo es lograr ese equilibro quieto mientras sostengo una postura de asfixia. Recuerdo que soy un cuerpo, que centímetro a centímetro aprendo a ser flexible. Por un rato solamente estoy aquí.

Ya he hablado antes en esta columna de las similitudes entre mi oficio de escritora y la práctica de yoga. Ambos exigen constancia, administrar el aliento, competir sólo contigo. Hay que tomarlos en serio, con rigores, apostar como si no hubiera riesgo y, sí, puedes estancarte, aburrirte. Pero luego dar un estirón. Por eso no paras, no te das el lujo. Tanto el trabajo interior como las letras piden una cadencia que es intuitiva: existe un ritmo por descifrar acentos, ampollas, tartamudeo y seducción, “bailar como si no hubieras ensayado”, según decía el dios de nombre Fred Astaire, que primero dominaba la técnica, para flotar ya dejado a su aire.

Lleno bolsas de basura con poemas, pero sigo en el intento de aquel verso. Me imagino que tal vez un día llegue. Intenté por años el trikonasana*; un día, no sé cómo, al fin le entendí. Y está lo superior: buscar la belleza, creer que de mis dedos y de mis piernas podría surgir algo sublime. Sutil. Nomás por eso sigo necia en ambos. Nomás por eso son mi vicio feroz.


  • postura de las tres esquinas

Personalizo en la imagen mi «taller de estrés» relacionado con la fotografía

ENEBRO

tomas un gin tonic conmigo?


Reconozco a estas alturas que soy una persona discreta, poco comunicativa, y que me falta una pizca de curiosidad que por los motivos anteriores no he desarrollado especialmente. Así que, me doy cuenta ahora. Me he perdido detalles que debería de haber, al menos, observado con un poco más de interés, o, voy a decir, «picardía».
Tampoco ha sido para tanto, en realidad el número de «gintónics» que me he tomado, como suele decirse, podría contarlos con los dedos de una mano, y esto creo que ha sido porque la primera vez que tomé uno yo estaba con mi grupo de amigos en el «Store». El bar de copas más famoso de la ciudad al que solíamos acudir los jóvenes en fin de semana. Un bar de moda al que había que bajar por una solemne oscuridad a un sótano, a una profundidad de cinco metros de escaleras. Sonaba la música de tal manera que era imposible mantener una conversación, ni tan siquiera cruzar unas breves palabras para el entendimiento, con nadie. Se trataba de beber, bailar, observar (o nó) y sonreír, hasta morir en el intento. Al cabo de una hora de estar de pie, eso me pasó a mí. Con mi «gintonic» en una mano sentí que mi cabeza se licuaba, y que todo a mi alrededor se movía en oleadas al ritmo de los hielos que iban deshaciéndose en mi gran copa transparente. Debí de irme al suelo. No os voy a hablar del «rescate», de cómo me subieron a la superficie etcétera. Y yo juré que nunca más bebería una pócima parecida. ¡Qué ilusa era entonces! Lo que sí es cierto es que, a pesar de mi parquedad, me convertí en una persona famosa en la sala de baile.

Y, quizá fue por aquella falta de interés en «el gintonic» por lo que nunca se me ocurrió asociarlo al Enebro.


Por Gemma Bargues (Extracto)

Gran parte de la fama de las bayas de enebro se la debemos a uno de los destilados más consumidos, la ginebra. Pero los usos, propiedades y beneficios de esta planta van mucho más allá. ¡Lo descubrimos!

Es la base de cualquier ginebra y el ingrediente estrella de uno de los cócteles más solicitados, el gin tonic. Te hablamos del enebro, cuyo fruto -las bayas de enebro- da vida, sabor y exotismo a este combinado predilecto en las barras de medio mundo. Sin embargo, ¿qué más puede ofrecernos esta planta?

Qué es y para qué sirve el enebro

El enebro, cuyo nombre científico es Juniperus communis, es un árbol originario de Europa, América del Norte y algunas zonas de Asia que pertenece a la familia de las Cupresáceas (Cupressaceae). Los frutos que nacen de él son muy utilizados como condimento en gastronomía, pero también como ingrediente en medicina tradicional.

Por las condiciones ambientales que requiere, el árbol del enebro (conocido también como ajarje, jinebro, cimbro o anavio) crece en amplias y elevadas zonas montañosas donde las temperaturas son muy frías y hay mucha humedad. Se calcula que el tamaño de esta planta leñosa-del que existen entre 60 y 70 variedades en todo el mundo– puede variar entre uno y dos metros de altura, aunque dependiendo de la zona y del clima puede ser más alto.

En cuanto a su apariencia, las hojas del árbol del enebro son inconfundibles: son muy finas, alargadas y tienen forma de agujas puntiagudas. Sus frutos o bayas son de tamaño muy pequeño, tienen forma esférica y presentan un color verde grisáceo que, al madurar, se torna azulado, púrpura o negro, similar al arándano.

Las bayas de enebro se utilizaron inicialmente con fines medicinales desde la antigüedad por sus propiedades digestivas, purificadoras, desinfectantes y expectorantes entre otras muchas. Además, el extracto de bayas de enebro es un producto común en perfumería y otras industrias relacionadas con la estética. Y, aunque el árbol no produce mucha madera, en muchos países nórdicos se utiliza para elaborar distintos productos como cajas para productos lácteos o empuñaduras para cuchillos. También es común su uso ornamental o incluso como producto de esoterismo. Son precisamente ellas, las bayas, las que después se utilizan por ejemplo para la elaboración de bebidas tan famosas como la ginebra. Sin embargo, el enebro no solo sirve para aromatizar destilados y crear exóticas combinaciones en el mundo de la coctelería, sino que en las cocinas de medio mundo se utiliza en seco para condimentar infinidad de platos como carnes, guisos, salsas, etc., o para elaborar deliciosos tés e infusiones.

Propiedades y beneficios del enebro

Además, el enebro aromatiza, condimenta, embriaga y hasta es capaz de sanar y aliviar multitud de patologías gracias a las propiedades y beneficios que se le han atribuido desde la antigüedad.

El tratamiento de dolores musculares es una de las principales bondades de esta planta, en concreto de su fruto. Tanto tomado en infusión como aplicado en masajes en forma de aceite esencial, el enebro ayuda a calmar procesos inflamatorios como dolor de articulaciones, lesiones deportivas o contracturas musculares. También posee efectos diuréticos que favorecen el buen funcionamiento renal, así como la prevención de afecciones como la cistitis.

Es conocido también el poder anti-bacteriano del enebro, actúa también como un efectivo expectorante y antiespasmódico.

Nuestra piel y nuestro cabello son otros de los grandes beneficiados por los efectos del enebro, debido a que posee importantes propiedades antisépticas, astringentes y cicatrizantes. Las personas que tienen acné, dermatitis, piel sensible, cuero cabelludo graso, caspa o incluso caída capilar, etc., encuentran en el enebro un gran aliado. De ahí que muchos cosméticos y tratamientos-tanto faciales como capilares incluyan el extracto de las bayas de enebro en su composición.

El enebro es rico en tiamina y vitamina B3, así como en calcio, zinc, selenio, sodio, cobalto, hierro, potasio o fibra. Además, ayuda a fortalecer el sistema inmunitario gracias a su alto contenido en vitamina C, la cual contribuye también a la producción natural de colágeno y a que nuestro organismo esté más protegido frente a posibles agentes externos. El enebro también alivia tensiones, pues se dice que, tomado en infusión, ayuda a calmar la ansiedad o el estrés, de ahí que se suela usar en baños relajantes. Asimismo sirve para regular los niveles altos de glucosa en sangre. Esto es debido a que el fruto del enebro es muy rico en propiedades antioxidantes, las cuales favorecen la buena salud cardiovascular. Sin embargo, estos efectos no deben utilizarse nunca como tratamiento en casos de personas con patologías como la diabetes, ni mucho menos sin la consulta previa a un médico especialista.

Ver el reportaje completo en Bonviveur


Géneros de Poesía


INSTITUTO CERVANTES

Lección XXXV

Géneros épicos. -Poesía épico-heroica. -Su concepto y caracteres generales. -Sus elementos constitutivos. -Sus formas fragmentarias. -Sus formas artísticas. -El poema heroico. -Condiciones y reglas a que debe someterse. -Distintas clases de poemas heroicos. -Desarrollo histórico de la Poesía épico-heroica

Los grandes hechos de la historia humana son el objeto que canta la Poesía épico-heroica, sirviéndose para ello constantemente de la forma narrativa y de las más bellas manifestaciones del lenguaje rítmico128. Este género épico puede, pues, definirse como la expresión artística de la belleza de la Historia por medio de la palabra rítmica.

No todos los hechos históricos pueden ser objeto de la Poesía épico-heroica. Ante todo, conviene advertir que ésta no se inspira en la historia del individuo, sino en la de los pueblos. La vida individual se expresa por otros géneros, como son la Dramática y la Novela; a la Poesía épico-heroica interesa sólo la vida de las colectividades humanas, de la tribu, de la nación y de la raza.

El individuo no es para ella otra cosa que un factor de la historia, y sólo le considera en su acción externa, como colaborador de la obra social. Pintar la vida íntima del individuo, narrar el drama privado, inspirarse en el análisis psicológico de los caracteres y de las pasiones, son cosas que no hace nunca el poeta épico-heroico. Eso corresponde al dramático y al novelista, y por tal razón pudiera decirse que la Poesía épico-heroica desenvuelve el drama de la colectividad, y la Dramática y la Novela la epopeya del individuo. La Poesía épico-heroica se inspira en los hechos históricos que ofrecen proporciones grandiosas y tienen una importancia decisiva en los destinos de un pueblo, de una raza, o acaso de la humanidad entera. Elige entre éstos los que verdaderamente pueden llamarse heroicos, esto es, los que son debidos a un poderoso esfuerzo de la energía individual, a la acción de un grande hombre, de un héroe extraordinario. Fíjase en los que ofrecen un carácter dramático y pueden ser objeto de una narración viva e interesante, por lo cual generalmente se inspira en los hechos políticos y militares (guerras, conquistas, revoluciones, etc.).

No se ha de entender, sin embargo, que el poeta épico-heroico ha de ceñirse a la descarnada narración del hecho histórico que canta. Si esto hiciera, su obra no sería otra cosa que una crónica rimada (como acontece en ciertos poemas de la Edad Media). Lo que en realidad canta, encarnándolo en el hecho heroico, es el ideal de su pueblo o de su raza, cuya vida expresa totalmente. Alrededor del hecho fundamental agrupa el poeta (sobre todo en los poemas artísticos) todos los elementos de vida de su pueblo: sus concepciones religiosas, sus ideales políticos y sociales, sus tradiciones y sus esperanzas. Cuando el poeta acierta a expresar de este modo en una concepción orgánica la vida total de su pueblo o de su raza, y acaso la de toda una civilización común a varios pueblos, su obra recibe el nombre de Epopeya.

Tampoco ha de creerse que el poeta épico-heroico narra los hechos con escrupulosa fidelidad, en cuyo caso se confundiera con el historiador. El hecho heroico siempre está alterado por la ficción poética; es más, muchas veces no tiene realidad, no es otra cosa que una vaga reminiscencia de un hecho verdadero, envuelto en el follaje de los mitos y leyendas que la fantasía popular crea. La historia poética y legendaria, más que la real, constituye la fuente de inspiración de la Poesía épico-heroica. Hechos portentosos y extraordinarios, en que se simbolizan los ideales, sentimientos, aspiraciones, energías y destinos de los pueblos y las razas; personajes místicos y legendarios, no pocas veces semidivinos, constantemente favorecidos por el auxilio eficaz y milagroso de la Providencia; un ideal religioso, nacional y moral, simbolizado en una concepción artística; tales son los elementos de la Poesía épico-heroica, que no es la historia, sino la idealización poética de ésta.

No quiere decir esto que el poeta no dé crédito a la verdad de los hechos que canta. Cuando es erudito y reflexivo, ciertamente que no confunde la ficción que su imaginación crea con deliberado propósito de embellecer la realidad histórica, con los datos que ésta le suministra; pero en los períodos primitivos, cuando la Poesía épico-heroica es popular y espontánea, el artista no inventa, sino que se limita a representar en formas artísticas la concepción popular, que él admite como verdadera. En épocas tales, la historia no se distingue de la fábula; lo maravilloso se confunde con lo real, y el hecho histórico y la leyenda mítica constituyen un todo indisoluble que, el poeta acepta con plena confianza.

Hay, pues, siempre en la Poesía épico-heroica un elemento ideal y fantástico mezclado con el histórico, y que no se reduce a la mera idealización de lo real, a la unión de la ficción dramática o novelesca con la realidad histórica, sino que se extiende a mucho más. Este elemento se manifiesta principalmente en dos creaciones características, a saber: en los personajes míticos y en la intervención de lo maravilloso.

Son personajes míticos los que, por razón de sus extraordinarias proporciones, de sus portentosos hechos, o de su carácter sobrenatural, traspasan los límites de la realidad histórica. Por regla general, estos personajes no son una pura ficción, sino que tienen una base real, esto es, son la trasfiguración poética de un personaje histórico, llevada a cabo por la fantasía popular. Casos hay, sin embargo, en que estos personajes nunca han existido y son la personificación fantástica de un hecho, de un pueblo, de una raza o de un ideal político y religioso.

El mito, considerado en su más lata acepción, es un hecho o personaje fabuloso, basado unas veces en algo real, producto otras de una ficción, y debido siempre a la acción lenta e incesante de la fantasía del pueblo, excitada por la creencia y el amor de lo maravilloso. Gustan los pueblos primitivos de dar proporciones extraordinarias y carácter milagroso a todo hecho o personaje que les interesa por algún concepto, y poco a poco, sin que la reflexión o el cálculo intervengan en ello, el hecho real se va agrandando y trasfigurando hasta convertirse en un portento, y el personaje histórico se trasforma en semi-dios o en personificación de todo un pueblo, atribuyéndosele todo género de hazañas, milagros y hechos prodigiosos.

Los hechos y personajes míticos son de varias clases, según el grado de trasfiguración que alcanzan. Los primeros suelen ser verdaderos milagros y prodigios, esto es, intervenciones directas de lo sobrenatural en la historia, o simplemente hechos naturales, exagerados o ficticios. Los combates dados delante de Troya, en los cuales toman parte juntamente los dioses y los hombres, según refiere la Iliada, son ejemplo de lo primero. La mayor parte de las hazañas del Cid, narradas en nuestros poemas y romances, lo son de lo segundo.

En cuanto a los personajes míticos, pueden clasificarse del siguiente modo:

1º. Personajes históricos a quienes la admiración y gratitud del pueblo asciende a la categoría de dioses o semi-dioses, bien considerándolos como encarnación de un dios sobre la tierra, bien como frutos de la unión de un dios con un mortal, bien como divinizados después de su muerte.

2º. Personajes divinos o semi-divinos, que nunca tuvieron realidad histórica.

3º. Personajes históricos, cuyo carácter, puramente humano, nunca es desconocido por el pueblo, pero en los cuales reúne todo género de excelencias y perfecciones, presentándolos como verdaderos prototipos, encarnando en ellos su ideal histórico, pintándolos como directa y milagrosamente favorecidos por la Providencia, atribuyéndoles multitud de hazañas fabulosas o dando proporciones extraordinarias a las que realmente llevaron a cabo.

4º. Personajes ficticios que el pueblo imagina para personificar en ellos su ideal, y que a veces suelen ser el símbolo de una raza o el resumen de una serie de hechos llevados a cabo por varios individuos o por un pueblo entero en dilatado espacio de tiempo.

Por regla general, los personajes míticos tienen una base histórica, y la crítica puede, descartando todo lo que hay en ellos de legendario, reconstruir su historia verdadera. Pero no siempre es esto empresa fácil, pues muchas veces la carencia de documentos históricos impide saber si el personaje mítico ha existido o no. Por eso la crítica no sabe a ciencia cierta si los personajes del Mahabaratha y el Ramayana, de la Iliada y la Odisea, son o no históricos. En cambio le ha sido fácil reconstruir la personalidad histórica del Cid, Fernán González, y otros héroes de los poemas de la Edad Media.

Lo maravilloso es un elemento que aparece en casi todas las composiciones épico-heroicas. Lo maravilloso épico puede ser divino, alegórico o quimérico. El primero es la intervención de las divinidades buenas o malas en la vida de los hombres, para auxiliarlos o contrariarlos. Consiste el segundo en la personificación de las fuerzas morales o materiales, sobre todo de las ideas puras (la justicia, la verdad, etc.) que intervienen en la vida humana; y el tercero en la intervención de ciertos hechos, accidentes y sucesos extraordinarios que juzga sobrenaturales la fantasía popular, como los sueños, los presagios, etc. Todas estas formas de lo maravilloso son admitidas en la Poesía heroica, en la cual la acción humana se complica con la intervención de divinidades o fuerzas adversas o favorables. En los poemas primitivos predomina el maravilloso divino, unido al quimérico con frecuencia, siendo más propio el alegórico de poemas reflexivos escritos en épocas de poca fe religiosa.

Lo maravilloso no es indispensable en la Poesía épico-heroica, como afirman algunos preceptistas. La realidad histórica ofrece suficientes bellezas sin necesidad de apelar a este recurso; si la intervención directa de lo maravilloso fuera de todo punto necesaria en este género de poesía, la aparición de ésta sería imposible en tiempos de mucha cultura, que sólo en la esfera religiosa admiten aquel elemento. Pero si esto es cierto, también lo es que lo maravilloso da gran valor poético a las composiciones heroicas, y que una de las causas de la decadencia de este género en la época presente, son las dificultades con que tropieza el poeta para hacer intervenir lo maravilloso en sus creaciones.

En la Poesía épico-heroica, tanto o más que en la religiosa, y sobre todo en los poemas primitivos y espontáneos, interviene la fantasía colectiva. La primitiva concepción heroica es siempre el fruto de la idea y del sentimiento de las muchedumbres. Los grandes hechos de la historia de cada pueblo, los héroes populares, excitan poderosamente la fantasía nacional. En los distintos momentos de su historia, la tribu, la nación, la raza, ven en aquellos hechos y en aquellos héroes la síntesis de sus aspiraciones, la fórmula de sus sentimientos, la representación de sus recuerdos gloriosos y de sus esperanzas. En la lucha, exalta el valor de los guerreros la memoria de aquellas portentosas hazañas; en la victoria, acrécese el júbilo con el recuerdo de las pasadas proezas; en la derrota, en la servidumbre, en la desgracia, confórtanse los ánimos, consuélanse los vencidos, excítase el deseo de emancipación o de venganza con aquellos ejemplos. Trasmitidos de generación en generación, los hechos heroicos van adquiriendo proporciones colosales, y se va creando el mito al par que se forma y desarrolla la tradición poética. Más tarde, cuando poetas cultos quieren dar formas artísticas a esta prodigiosa creación colectiva, como los sentimientos que la inspiraron aun están vivos, lo que hace el poeta es representarlos fielmente en sus cantos, convirtiéndose en eco de su pueblo y de su tiempo. Muévese entonces su fuerza creadora en límites fijos, y si es cierto que crea tipos, caracteres, ficciones de todo género, no lo es menos que las bases inmutables de esta creación le son dadas por la fantasía popular. El poeta épico es la muchedumbre personificada; su obra es el resumen, la síntesis de una obra de siglos lentamente elaborada en la fantasía de su pueblo129.

Comienza la Poesía épico heroica por formas y manifestaciones fragmentarias. Cantos bélicos, en que se celebran las hazañas de los héroes nacionales, relatos breves de los grandes hechos históricos; tales son las primeras formas de este género, que casi siempre va unido a la Música en sus comienzos. Los himnos heroicos, los epinicios o cantos triunfales, los cantos de gesta y los romances de la Edad Media, pueden dar idea de estas composiciones, debidas a poetas populares como los rapsodas griegos, los bardos galeses, los escaldas escandinavos, los juglares de los pueblos neo-latinos, etc.130

Conservadas por la tradición oral estas formas fragmentarias durante largos períodos, en que se desarrollan las grandes creaciones míticas y legendarias a que antes nos hemos referido, llega al cabo un momento en que estos cantos esparcidos se fijan, reúnen y concretan en la forma orgánica de poemas artísticos, todavía espontáneos y populares, y directamente inspirados en los sentimientos e ideales de las muchedumbres.

Cuando la inspiración popular se va extinguiendo, cuando la historia reemplaza a la leyenda, el mito se desvanece ante la crítica, y los sentimientos, ideas e intereses que dieron vida a los poemas espontáneos ya han perdido su fuerza -los poetas eruditos y reflexivos se dedican al cultivo de este género, procurando imitar la contextura de los poemas populares. Pero este estado erudito de la Poesía épico-heroica es el comienzo de su decadencia, pues esta poesía es esencialmente espontánea, y sólo se alimenta de las inspiraciones calurosas y sencillas de las muchedumbres.

No quiere decir esto que no tenga legitimidad la poesía heroico-erudita, ni que el género épico-heroico no pueda producirse en todos los momentos de la historia; pero es lo cierto que sus períodos de verdadero esplendor coinciden con las épocas primitivas de cada pueblo. Contribuyen a esto muchas causas; entre otras, la imposibilidad de encerrar en una fórmula poética la vida compleja y multiforme de las civilizaciones adelantadas; los progresos de la cultura y de la crítica, que hacen muy difícil la creación de los mitos heroicos y la intervención de lo maravilloso en la historia; y la aparición y desarrollo de la Novela y del Drama, que van sustituyendo a la Epopeya y realizando cumplidamente los fines propios de este género.

El poema heroico, esto es, la concepción orgánico-artística de lo épico-heroico, ora sea espontáneo y popular, ora erudito, ha de someterse a los preceptos generales que se aplican a todo poema épico (Lección XXXIII), y además, a ciertas reglas especiales, que trazan muy menudamente los retóricos, pero que deben exponerse con muy amplio criterio para no encerrar la inspiración épica en los estrechos límites de los antiguos modelos.

El poema heroico es siempre narrativo. Una acción grandiosa, interesante, gloriosa para el pueblo en que el poema aparece, tal es su asunto. Por regla general, esta acción tiene un protagonista; esto es, un personaje principal, un héroe (que generalmente es un rey, un conquistador o un caudillo militar), de cuyo esfuerzo pende la acción entera.

El protagonista no suele ser creación del poeta, sino de la fantasía popular. El protagonista es casi siempre un mito o personaje legendario; esto es, una personificación del ideal histórico nacional, representado en un tipo perfectísimo, que viene a ser como la síntesis de la nación entera, como antes hemos dicho, y que puede pertenecer a cualquiera de las diferentes clases en que hemos dividido los personajes míticos.

Reglas minuciosas dan los retóricos acerca del carácter del protagonista. En nuestro juicio, estas reglas pueden reducirse a que compendie y asuma en sí la acción del poema, que ha de estar siempre pendiente de sus esfuerzos; a que sea una exacta personificación del genio y sentimientos nacionales; a que sea un verdadero carácter, esto es, una original determinación de la humana naturaleza, siempre igual, siempre sostenida en todo el curso de la acción; y por último, a que este carácter sea simpático, interesante, levantado, y en lo posible, al menos, moral131.

Alrededor de este personaje se agrupan otros varios, todos interesantes y bien dibujados, que contribuyen en segundo término al desarrollo de la acción. Alguno de ellos suele ser un contra-protagonista, esto es, un adversario del protagonista en lucha con él, y por él vencido al cabo; pera de tal importancia, que en ocasiones determinadas puede poner en peligro el buen éxito de la acción.

Las condiciones de ésta se reducen a que sea unas esencial y numéricamente, pero interiormente varia. El poema ha de tener una sola acción de un solo carácter, pero que puede diversificarse en acciones parciales, llamadas episodios, que contribuyan a la variedad de la composición. Respecto a los episodios, se exige que su extensión e importancia no sean tales que distraigan de la acción principal, y que no sean tan insignificantes y pequeños que no contribuyan a la variedad de la composición.

La extensión de la acción, el número de los personajes que han de intervenir en ella, las partes en que debe dividirse, etc., son cuestiones acerca de las cuales suelen los retóricos dictar minuciosos preceptos, que consideramos inútiles e improcedentes. En todo esto debe gozar el poeta de la más amplia libertad. Lo que más importa, es que la acción ofrezca verdadera grandeza e interés, lo cual se consigue cuando el hecho cantado por el poeta no es un episodio vulgar de la vida de los pueblos, sino un suceso de decisiva importancia e influencia en los destinos de éstos, y cuando su narración es viva, animada e interesante.

Aunque el poema heroico siempre es narrativo, caben en él la descripción y el diálogo, lo cual le da cierto aspecto dramático, y contribuye mucho a darle amenidad y movimiento.

Con respecto a la forma exterior del poema heroico, esto es, al estilo y lenguaje, es indispensable que uno y otro tengan la grandeza y la majestad propias del elevado asunto de estas composiciones.

No quiere decir esto, sin, embargo, que haya de obligarse al poeta a emplear únicamente ciertas formas del estilo o ciertas combinaciones métricas. Todas las galas de la fantasía poética tienen legítima cabida en este género, como asimismo todos los tonos del estilo, excepto los que por su llaneza y familiaridad no cuadren a la solemnidad de la Épica. Otro tanto decimos de la versificación, que no ha de ceñirse forzosamente a la monotonía de un metro constante, como suele pensarse, aunque tampoco deba permitirse las libertades que son lícitas en otros géneros. En todas estas cuestiones de detalle, la libertad, templada y limitada por el recto sentido y el buen gusto del poeta, es la regla más segura y conveniente.

Los poemas heroicos pueden dividirse en varias clases, no sólo por razón del género de inspiración que en ellos domina (poemas espontáneo-populares o naturales, y poemas eruditos y reflexivos), sino por razón de su extensión e intensidad. Bajo este punto de vista, pueden dividirse en las clases siguientes:

1º. Epopeyas; esto es, poemas orgánicos y sintéticos, siempre primitivos y espontáneos, que expresan el ideal entero (religioso, moral, social, político) de un pueblo, de una raza, y a veces de toda una civilización, representado en una vasta concepción y simbolizado en un hecho grandioso y extraordinario. En este género de composiciones siempre interviene lo maravilloso teológico, y los personajes son míticos y legendarios, y no pocas veces divinos o semi-divinos. Las grandes epopeyas nacionales son imitadas luego por los poetas eruditos, que trazan epopeyas artificiales o de imitación. Ejemplo de epopeya espontánea, esto es, de verdadera epopeya, es la Iliada; ejemplo de epopeya artificial-erudita o de imitación es la Eneida.

2º. Poemas históricos, que se limitan a narrar los grandes hechos de la historia, sin darles carácter legendario y maravilloso132. Estos poemas siempre son eruditos, y con frecuencia versan sobre asuntos contemporáneos a sus autores. La Farsalia y la Araucana son ejemplo; de este género de composiciones.

3º. Poemas legendarios, que sin llegar a la forma orgánico-sintética de la epopeya, se asemejan a ésta en sus rasgos fundamentales. Estos poemas siempre son espontáneo-populares, y generalmente se limitan a cantar las hazañas de un héroe popular. Ejemplo de estas composiciones es nuestro Poema del Cid.

4º. Narraciones épicas, o cantos épicos, que se limitan a cantar un hecho aislado, con frecuencia siempre contemporáneo, y que son verdaderas formas fragmentarias de la poesía heroico-erudita. Por ejemplo: Las Naves de Cortés destruidas, de Moratín (D. Nicolás).

De todos estos géneros de poemas épico-heroicos, el más importante y grandioso es la Epopeya, que en cierto modo participa de la naturaleza del poema religioso y del filosófico-social, por cuanto expresa todos los elementos de vida y cultura de los pueblos; pero siendo su asunto constante un hecho heroico, alrededor del cual se agrupan todos estos elementos, su propio lugar es el que la damos aquí, considerándola como la manifestación suprema y acabada de la Poesía épico-heroica.

La Poesía épico-heroica compite en antigüedad con la religiosa, si bien es lo más probable que sea posterior a ésta, pues las concepciones religiosas preceden, por lo general, a las tradiciones heroicas en la vida de los pueblos, aunque a veces también se confunden con ellas.

En todos los pueblos, aun los más salvajes, se hallan cantos belicosos en que se refieren hazañas de los héroes populares, y que son la manifestación primera de este género. En muchos pueblos, la Poesía heroica no pasa de este estado fragmentario; pero en los que alcanzan cierto grado de civilización, aparecen poemas artísticos, espontáneos primero y eruditos después, como dejamos dicho anteriormente.

En la Literatura egipcia hallamos un importante poema heroico-erudito, debido a un tal Pentaur, y consagrado a cantar las hazañas de Ramsés II (Sesostris), que reinó hacia fines del siglo XV y primera mitad del XIV a. d. J. C. Hubo también cantos heroicos entre los Árabes y los Hebreos. Los Persas poseen un poema erudito de grandes dimensiones, el Shah-Nameh, escrito por Firdussi en el siglo X de la era cristiana, y en el cual se comprenden todas las tradiciones heroicas de aquel pueblo.

La India antigua nos ha legado dos vastas e importantísimas epopeyas heroicas, de carácter espontáneo popular, que compendian toda la vida y expresan el ideal entero de la sociedad brahmánica.

Una de ellas es el Mahabarata, poema atribuido a Veda-Vyasa, y escrito hacia el siglo VIII o IX antes de Cristo. Este inmenso poema, que contiene más de 200.000 versos, tiene por objeto referir varios episodios de la historia de los Barathidas, gloriosa dinastía de los reyes Lunares de la India. Su acción es la larga y encarnizada lucha entre los Kurus y los Pándavas, siendo uno de sus episodios más notables el episodio filosófico del Baghavad-Gita, referente a la encarnación de Vichnú en Chrisna.

La otra epopeya sanscrita es el Ramayana. Atribúyese este poema a Valmiki, y se escribió en el siglo VIII o IX antes de J. C.133 El asunto del Ramayana es la lucha entre Rama, encarnación de Vischnú y protagonista del poema, con Ravana, rey de los Raxasas o demonios, raptor de Sita, esposa del primero; lucha terminada con el vencimiento y muerte de Ravana y la toma de Lanka (Ceylán), capital de su reino.

Estos poemas indios son simbólicos y teogónicos, están inspirados en una concepción panteísta, y sus personajes son personificaciones de ideas o razas, y por lo general, encarnaciones de los dioses. La acción humana y la divina están, por tanto, íntimamente unidas, y en relación constante con la vida de la naturaleza, cuyos seres y fuerzas toman parte activa en la acción. Los caracteres de los personajes tienen grandeza moral, la acción vivo interés, y el estilo y lenguaje ofrecen una grandiosidad de formas que maravilla. El elemento descriptivo es grande en esos poemas, que ostentan todas las galas exuberantes de la imaginación oriental.

Además de estos poemas, hay en la India un poema erudito, el Ragú-Vansa de Kalidasa (siglo I d. C.)

Grecia, después de gran número de cantos y composiciones heroicas y fragmentarias (las rapsodias), nos ofrece dos grandes poemas, ambos atribuidos a Homero, y denominados la Iliada y la Odisea. La fecha en que se escribieron es dudosa, pues los críticos dudan entre colocarlos en los siglos VIII, IX, X u XI a. de J. C., aunque la opinión más general los coloca en los siglos VIII o IX. Ambos poemas son espontáneos, y parecen ser el resumen de una larga serie de tradiciones poéticas y de cantos fragmentarios.

El asunto de la Iliada es un episodio de la guerra de Troya, emprendida por los años 1190 ó 1200 a. d. J. C., a causa de haber sido robada Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta, por Paris, hijo de Príamo, rey de Troya.

No es la Iliada un poema simbólico, a lo cual se opone el antropomorfismo griego, ni tiene, por tanto, la profundidad de los poemas indios, de cuyo elevado sentido moral también carece. En su acción interviene lo maravilloso, pero de modo muy distinto al maravilloso indio, pues los griegos no conocían la idea de la encarnación. Este poema, acaso inferior en idea al Ramayana, le es superior en la forma, que es tan pura y bella, tan elegante y exquisita como todas las producciones del arte griego.

La Odisea, mucho menos importante que la Iliada, tiene por asunto la vuelta de Ulises, rey de Ítaca, a su reino, después de la guerra de Troya. Es un poema de gran interés, en que se expone toda la vida de los pueblos griegos en los tiempos heroicos.

A estos poemas siguieron otros varios que se llaman cíclicos y que eran continuaciones o ampliaciones de los de Homero. Tales son los Cantos cípricos de Stasino de Chipre, la Etiópida de Artino de Mileto, la Pequeña Iliada de Lesches de Lesbos, los Regresos de Agias de Trezena, la Telegonía de Eugamon Cirineo y otros, de menos importancia.

En Roma encontraremos varios poemas heroicos, de carácter erudito y reflexivo. El más importante es la Eneida de Virgilio (70-18 a. d. C.), cuyo asunto son los hechos del Troyano Eneas desde su salida de Troya después de la destrucción de esta ciudad hasta su establecimiento en Italia. En este poema el arte del poeta cortesano domina y no pocas veces perjudica la inspiración. Merecen también mención la Farsalia de Lucano (33-65 d. C.) cuyo asunto es la guerra entre César y Pompeyo, la Tebaida de Estacio (64-96) dedicada a exponer las guerras de Tebas, los Argonautas de Valerio Flaco, que trata de la célebre y fabulosa expedición que lleva este nombre, y las Guerras púnicas de Silio Itálico.

En la Edad Media aparecen multitud de poemas espontáneo-populares y caballerescos, que expresan, ora los sentimientos y el ideal de los tiempos caballerescos, ora las glorias nacionales de los nuevos pueblos que entonces se formaron.

Entre estos poemas, muchos de los cuales son fragmentarios y llegan a constituir verdaderos cielos heroicos (cielo bretón, cielo carlovingio) y aun epopeyas nacionales (el Romancero castellano), merecen citarse el poema germánico de los Nibelungos, el poema nacional de Finlandia titulado la Kalevala, el poema francés denominado La canción de Rolando, el poema provenzal de la Cruzada de los Albigenses, los poemas castellanos del Cid, Fernán González, Alejandro y Alonso XI, y otros muchos que sería prolijo enumerar.

La Poesía épico-heroica se hace completamente reflexiva y erudita en los tiempos modernos, apareciendo entonces los poemas de imitación, calcados en los modelos clásicos. En esta época sólo pueden citarse con elogio los siguientes poemas: el Orlando furioso del italiano Ludovico Ariosto (1474-1533), que celebra los amores y desesperación del caballero Roldán u Orlando y los episodios de la supuesta cruzada de Carlomagno contra los sarracenos, con tal exageración de colorido, que ha hecho pensar a algunos que acaso es un poema burlesco; la Jerusalem Libertada de Torcuato Tasso, italiano (1544-1595), dedicada a celebrar los hechos gloriosos de la Cruzada que dirigió Godofredo de Bullón; los Lusiadas, del portugués Camóens (1525-1578), cuyo asunto es la célebre expedición de Vasco de Gama a las Indias Orientales. De estos poemas es sin duda el más perfecto, y sobre todo el más espontáneo y nacional, el poema de Camóens. En España sólo merecen mención la Araucana de Ercilla (1533-1594) y el Bernardo de Balbuena (1568-1627). Francia únicamente ha producido en la época moderna el frío y artificioso poema de Voltaire (1694-1778), titulado La Henriada, que canta los hechos de Enrique IV, y el Telémaco, poema escrito en prosa por Fénelon (1651-1715).

En el siglo actual la Poesía heroica se halla en la más completa decadencia. El ensayo más importante de este género en nuestros días es la Leyenda de los siglos de Víctor Hugo; pero esta obra, más que un poema orgánico, es una serie de pequeños poemas, enlazados únicamente por el pensamiento general que en ella domina.

Lección XXXVI

Géneros épicos. -Poesía épico-burlesca o heroi-cómica. -Su fundamento y origen. -Su carácter subjetivo. -Su concepto. -Sus relaciones con la Poesía épico-heroica. -Sus diferentes clases. -Momentos históricos en que aparece. -Principales monumentos de este género

Existe en el hombre una tendencia irresistible a mofarse de todas las cosas, por serias y respetables que sean, a ponerlo todo en ridículo, ora haciendo resaltar las imperfecciones de la realidad, ora creándolas deliberadamente por virtud de un capricho subjetivo. De aquí una manifestación singularísima de lo cómico en el Arte.

Como en otra ocasión hemos dicho (Lección V), lo cómico o ridículo no es lo bello, sino una leve, relativa y pasajera negación de la belleza. Pero hemos reconocido que lo cómico se produce en el Arte, no a título de elemento estético, sino en cuanto puede contribuir a la realización de la belleza, ora como contraste que haga resaltar ésta, ora por dar origen a una representación bella. El artista, al representar en formas ideales lo cómico real, que en si no es bello, puede, sin embargo, realizar belleza, que no residirá en lo representado, sino en su perfecta y artística representación. Los tipos cómicos, los accidentes risibles que el artista reproduce, hallados en la realidad no causarán emoción estética; pero la causan en la obra de arte, por virtud de las excelencias estéticas, propias de la forma en que son representados. Así se legitima la aparición de lo cómico en el Arte, y se explica cómo, sin ser bello, puede originar las emociones que a la contemplación de la belleza acompañan.

Pero lo cómico artístico no siempre es la reproducción de lo cómico real. La tendencia a que nos hemos referido al comenzar esta lección produce otra manifestación especial de lo cómico en el Arte, que merece ser examinada atentamente. Esta tendencia, con efecto, es causa de la aparición de la parodia, de la caricatura, de la sátira, y, en el género que al presente nos ocupa, de la Poesía épico-burlesca o heroi-cómica.

En esta tendencia a la parodia y a la burla, propia del espíritu humano, hay algo de instintivo que difícilmente se explica. Es, sin duda, esta tendencia un aspecto particular de otra mucho más amplia, que es, probablemente, el origen histórico del Arte, a saber: la imitación. El afán de imitarlo todo es el punto de partida de la parodia, y ambas tendencias aparecen juntas en la vida del espíritu134.

De la imitación a la parodia no hay más que un paso. Comiénzase por imitar fielmente los gestos, acciones o palabras de una persona; una sencilla exageración al imitarlos basta para que el efecto cómico se produzca. Unas veces esta imitación burlesca tiene por fundamento una ridiculez que realmente existe en lo imitado; otras es fruto de un capricho de nuestro espíritu, movido a la burla por una intención malévola, o simplemente por el gusto de hacer reír.

Es indudable que la parodia y la caricatura son producto de nuestra facultad de idealizar. Alterar la realidad de las cosas para ridiculizarlas es una manera especial de idealización, una idealización invertida, por decirlo así. Se idealiza lo real para embellecerlo y ensalzarlo, dejando en la sombra sus imperfecciones y acrecentando sus bellezas; de igual modo se idealiza para afearlo y ridiculizarlo, siguiendo un procedimiento inverso. El escultor que reúne en una figura todas las excelencias del cuerpo humano, y el caricaturista que la hace ridícula alterando sus proporciones, son igualmente idealistas, aunque con propósitos opuestos.

De esta manera, así como el Arte puede dar a los objetos bellezas que no tienen, por virtud de un acto voluntario del artista, le es posible convertir en ridículo lo que en realidad no lo es. La parodia burlesca, que en la Poesía equivale a la caricatura en las Artes del diseño, y que obedece a procedimientos semejantes, no es, pues, otra cosa que la creación libre y voluntaria de lo cómico, hecha con el objeto de perturbar una realidad bella; es una oposición suscitada en la belleza por el capricho del artista.

Lo cómico en todas sus formas -como simple reproducción de ridiculeces reales, como libre creación subjetiva, como interpretación burlesca o punzante crítica de lo real, o mezclado con lo serio en lo que se llama humor-, aparece en todos los géneros poéticos, y se produce, por consiguiente, dentro de la Épica, con formas muy especiales y dignas de atención.

Preséntase lo cómico en la Poesía épica como negación, o contradicción burlesca de la belleza objetiva por ella cantada, como recuerdo y parodia del poema épico, o como protesta del espíritu del poeta contra el ideal que a la Épica inspira.

No es lo cómico en este género como en otros (el dramático, por ejemplo) la reproducción artística de los accidentes risibles de la vida, es decir, no es objetivo, no es la expresión o manifestación de la realidad cómica. Es siempre, por el contrario, el producto libre y caprichoso de la subjetividad. En tal sentido, pudiera decirse que la Poesía épico-burlesca o heroi-cómica tiene más de subjetiva que de objetiva, de lírica que de épica, por cuanto para nada se inspira en la realidad135. Sin embargo, debemos colocarla en este lugar, no sólo porque afecta las formas de la Épica seria, sino porque dentro de ella (aunque contradiciéndola) se produce.

De cuanto llevamos dicho se desprende que la Poesía épico-burlesca o heroi-cómica puede definirse como una variedad especial de la Poesía épica, en que la bella realidad cantada por ésta, o la misma concepción épica, aparecen perturbadas y contradichas por una manifestación de lo cómico, libremente producida por el poeta.

Es de notar que el género que nos ocupa sólo se ha producido dentro de una esfera de lo épico, a saber: en la de lo épico-heroico. La razón es obvia: ningún género se presta tanto a la burla y a la parodia como éste, pues nada hay más fácil que ridiculizar los hechos heroicos; además, el respeto que siempre ha rodeado a las concepciones religiosas ha impedido que se parodiaran y pusieran en ridículo los poemas teológicos; y en cuanto a los naturalistas o descriptivos, sus asuntos no se prestaban a la burla. Los poemas burlescos pertenecen, pues (por sus formas al menos), al género heroico, y por esta razón la Poesía épico-burlesca recibe generalmente el nombre de heroi-cómica.

Las formas de los poemas de este género son siempre iguales a las de los poemas heroicos. Los elementos que a éstos constituyen hállanse constantemente en aquellos, siendo tanto mayor el efecto cómico, cuanto más completa es esta semejanza. Nada tenemos que decir, por tanto, acerca de las formas de estas composiciones, a las que puede aplicarse (teniendo siempre en cuenta su índole especial) todo lo que dijimos al tratar de los elementos y condiciones de los poemas heroicos.

El poema cómico emplea para conseguir su objeto diferentes recursos, de los cuales el más general es el contraste. Todo poema heroi-cómico conserva cuidadosamente las formas exteriores del poema heroico, aunque el fondo sea tan abiertamente contrario a estas formas, originándose de aquí un contraste que desde luego excita la risa. Además de este contraste general entre el fondo y la forma, suele emplearse el contraste entre la grandeza de la acción del poema y la pequeñez de las causas que la motivan, como en el Cubo robado de Tasoni, cuyo asunto es una sangrienta guerra entre las ciudades de Módena y Bolonia por haberse robado un cubo, o en el Facistol de Boileau, donde el puesto que debía ocupar este utensilio da lugar a encarnizada contienda. Otro contraste que ha sido muy usado es el que se produce entre los hechos y la condición de los personajes, sustituyendo los personajes humanos por personajes del reino animal, a los cuales se dota de cualidades humanas, como en la Mosquea de Villaviciosa, o en la Gatomaquia de Lope de Vega.

Por último, cabe también que se produzca el contraste que origina lo cómico en estos poemas, sustituyendo las ideas de unas épocas con las de otras, como en el Morgante mayor de Pulci o en la Burla de los dioses de Brachiolini.

El poema épico-burlesco o heroi-cómico, puede dividirse en dos clases distintas, a saber: la parodia y el poema satírico, consistiendo la primera en el remedo o imitación del poema heroico, y el segundo en la negación, en la crítica acerba, en la destrucción por medio del ridículo dei ideal, ya no comprendido ni amado por los pueblos, y convertido, por tanto, en objeto de burla, porque en este punto se cumple aquel proverbio vulgar: De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso.

Los poemas paródicos representan el aspecto más inofensivo de la Poesía heroi-cómica. No hay en ellos la intención satírica que a los otros distingue, ni representan otra cosa que la manifestación espontánea del instinto burlesco que nos lleva a parodiarlo y mofarlo todo, aunque sin propósito satírico o crítico. El deseo de excitar la risa a costa del poema heroico, por medio de los cómicos contrastes antes enumerados, es el único móvil a que obedece la producción de estas composiciones.

El poema satírico responde a propósitos muy diversos y menos inofensivos. En realidad este poema no es más que una manifestación épica de la sátira. Trátase en él, no sólo de parodiar al poema heroico, sino de ridiculizar el ideal en que éste se inspira. El poema satírico representa, por tanto, una protesta contra un ideal histórico, que se mofa y ridiculiza por los qué ya no lo estiman ni comprenden, en lo cual se nota el carácter subjetivo de este género épico; pues lo que por ridículo se tiene, no lo es en sí, sino que lo parece al espíritu, por haber cambiado éste su modo de pensar136.

Algunos críticos reconocen dos formas distintas en el poema satírico, según que éste ridiculiza un ideal que ha dejado de ser común a la sociedad para convertirse en ideal de una clase determinada, o se mofa de un ideal que por todas las clases es igualmente rechazado. A nuestro juicio, y sin negar estos dos aspectos del poema satírico, tal división no es enteramente fundada, pues ambos géneros responden al mismo fin: la burla de un ideal desvanecido.

En la Poesía épico-burlesca hay, como en los restantes géneros épicos, composiciones fragmentarias y poemas artísticos, populares y eruditos; pero las primeras (cantos paródicos, romances burlescos, etc.), son escasas, y los poemas populares no son muy abundantes, predominando, por regla general, los eruditos.

Como la Poesía épico-burlesca es siempre (aun en su forma satírica), una parodia de la heroica, aparece inmediatamente después de ésta. En su manifestación satírica, el momento más favorable para su aparición es aquel en que los ideales comienzan a ser contradichos y negados, y, sobre todo, aquél en que sucumben definitivamente. Pero aun en este caso, a su aparición ha de preceder la existencia de la Poesía heroica, pues de otra suerte fuera imposible aquélla.

El poema heroi-cómico no existe en las literaturas orientales, acaso porque lo impidiera la severidad de su espíritu religioso.

En Grecia fue cultivado este género por Hiponax, de cuyas obras sólo han llegado a nosotros fragmentos insignificantes. El poema heroi-cómico más importante de la Grecia es una parodia de la Iliada, cuyo título es la Batracomiomaquia, erróneamente atribuido a Homero, y que canta la guerra entre los ratones y las ranas. También se atribuye a Homero otro poema denominado el Margites, que tampoco es obra suya. En Roma no existió este género.

En la Edad Media toma grande incremento este género, acaso por la importancia que adquiere la poesía popular, que tiende siempre a lo cómico, acaso también porque eran estos poemas un medio usado por las clases oprimidas para protestar contra las privilegiadas, burlándose de su ideal caballeresco. Entre los poemas heroi-cómicos de la Edad Media, el más importante es la Novela del Zorro (Rognan du Renart), en que es puesto en ridículo todo el ideal de la Edad Media. Este poema, que consta de 120.000 versos, apareció en el siglo XII, disputándose su origen Flandes, Alemania y Francia. En España cultivó este género el célebre Juan Ruiz, arcipreste de Hita.

A principios de la Edad Moderna, el poema heroi-cómico se consagra a ridiculizar el ideal caballeresco de la Edad Media, como lo revelan los poemas italianos: el Morgante mayor, de Pulci (1431-1470); el Orlando enamorado, de Bojardo (1434-1494), y el Orlando enamorado, de Berni (1490-1536). Más tarde se ridiculizaron otros ideales, como el pagano, que satirizó Brachiolini (1556-1646), en su Burla de los dioses, o se parodiaron los poemas heroicos sin atacar un ideal determinado. Entre los poemas burlescos de los siglos XVII y XVIII pueden mencionarse: en Italia, el Cubo robado, de Tasoni (1565-1635); el Ricardito, de Forteguera (1674-1735); los Animales parlantes, de Casti (1721-1803), y otros de menos importancia; en Inglaterra, el Rizo robado, de Pope (1688-1744); en Francia, el Facistol, de Boileau (1636-1711), y la Doncella de Orleans, poema obsceno y antipatriótico de Voltaire, en que trató de ridiculizar la heroica figura de Juana de Arco; en Alemania, el Zorro, de Goethe (1749-1832), reproducción del famoso poema de la Edad Media, y en España la Gatomaquia, de Lope de Vega (1562-1635), la Mosquea (guerra de las moscas y las hormigas), de Villaviciosa (1589-1658), y la Perromaquia, de Nieto Molina, poeta del siglo XVIII.

Lección XXXVII

Géneros épicos. -Poesía épico-filosófico-social. -Su concepto. -Sus caracteres. -Elementos líricos y dramáticos que en ella aparecen. -Diversas clases de composiciones que comprende. -Principales monumentos de este género

En la literatura moderna ha aparecido un nuevo género épico tan singular como digno de atención, al cual suele darse el nombre de Poesía épico-filosófico-social. Difícil en extremo es formar el concepto y señalar los caracteres de este género, en el cual se mezclan elementos muy heterogéneos, y cuyo objetivo y esfera de acción distan mucho de estar suficientemente precisados.

Pudiera decirse que el objeto de este género es cantar la humanidad; pero no con relación a la historia, sino bajo un punto de vista filosófico. El gran problema del destino humano parece ser el que a esta poesía preocupa; el hombre colectivo, el objeto que la inspira. No es la narración de los hechos grandiosos de la historia humana, ni la exposición de los ideales religiosos y sociales, ni el análisis de la naturaleza del hombre, sino la concepción de la vida general de la humanidad, el planteamiento de los grandes problemas del mundo moral, mediante una acción fantástica o novelesca, más o menos extraordinaria, en ocasiones maravillosa y sobrenatural, y casi siempre alegórica. Es, en suma, una concepción vastísima y multiforme, que rara vez se encierra en los límites de lo puramente épico.

Resístese género semejante a una definición exacta, y lo único que cabe decir de él, es que puede considerarse como expresión artística de los problemas que encierran y las bellezas que ofrecen la naturaleza y el destino del hombre, personificados en una acción grandiosa y casi siempre fantástica. Que esta definición peca de incompleta no lo negamos; pero la vaguedad e indeterminación de lo definido no permite una precisión mayor.

La Poesía épico-filosófico-social se considera comprendida en el género épico, porque es una concepción objetiva, porque se inspira en la objetividad de la vida humana colectiva, considerada en lo que tiene de permanente y con abstracción de la historia. Pero si es épica por su inspiración y finalidad, no lo es siempre por sus formas, pues no pocas veces se observan en ella elementos líricos, y suele adoptar las formas propias de la Poesía dramática.

Nacido este género en una época que tiende a confundirlos todos, a concluir con todo exclusivismo en el Arte, a menospreciar los principios y cánones tradicionales, establecidos por los preceptistas -hace alarde de una libertad sin límites en sus procedimientos, y se cuida muy poco de mantenerse estrictamente dentro de las formas de lo épico. La personalidad del poeta, constantemente oscurecida en los restantes géneros épicos, aparece en éste con frecuencia, dando a veces un carácter, no sólo lírico, sino humorístico, a la composición. Casi ninguno de los preceptos señalados en todos los tiempos al género épico, se cumplen por los que a éste se dedican, y tanto en las formas expositivas del poema, como en las expresivas, tanto en el plan como en el lenguaje y la versificación, hacen aquellos ostentoso alarde de no someterse a otra ley que su capricho. Por esta razón, suelen los preceptistas negarse a reconocer la legitimidad de este género, o se obstinan en sujetarle a los cánones antiguos; cosas todas muy fuera de razón, a nuestro juicio, pues todo género poético es legítimo cuando es bello, y los preceptos artísticos distan mucho de ser tan inmutables e inflexibles que no puedan ser modificados por la acción incesante del progreso.

Lo que sucede es que, por virtud de las tendencias antes indicadas, la Épica de hoy no puede ser la misma de ayer; y así como la Tragedia antigua ha pasado para no volver y se ha trasformado en el drama trágico moderno, así la Epopeya reviste hoy nuevas y peregrinas formas, no sospechadas por los preceptistas, pero no menos legítimas por eso. Por tales razones, no nos creemos autorizados a negar el derecho de ciudadanía al género que nos ocupa, y juzgamos de todo punto imprescindible reconocer su legitimidad y colocarle en el lugar que le corresponde, a saber: dentro de la Poesía épica, de la cual es indudablemente una manifestación o variedad137.

Determinar los caracteres y señalar las condiciones de este género es punto menos que imposible, por la singular mezcla de elementos heterogéneos que ofrece y la extraordinaria diversidad de formas que adopta. Con efecto, suelen estos poemas ser puramente épicos; a veces poseen elementos líricos, y a veces también mezclan los épicos con los dramáticos, y aun estos con los líricos.

En ocasiones, son poemas narrativos, en otras adoptan la forma dramática, no pocas veces mezclan ambas formas, y es frecuente que ofrezcan a cada paso exposiciones líricas del pensamiento del poeta. En algunos, la forma dramática es de tal naturaleza, que pueden representarse; en otros, aparecen observadas cuidadosamente las formas de lo épico; unos se asemejan al poema heroico, otros se confunden con la leyenda; y no faltan algunos que pudieran clasificarse entre los poemas épico-burlescos. En suma, es tal la confusión de elementos y formas que ofrecen, que la exposición de sus condiciones es la más difícil de las empresas.

Pueden, sin embargo, señalarse algunos caracteres que, si no son comunes a todos estos poemas, al menos son los que suelen presentar con mayor frecuencia.

Tales son la intervención del elemento subjetivo o lírico y el carácter simbólico y alegórico, que por regla general les distingue.

El elemento subjetivo rara vez falta en estos poemas. Aun en aquellos en que la personalidad del poeta desaparece, se observa que toda la concepción del poema obedece a una inspiración puramente subjetiva.

Esta poesía siempre es el resultado de un pensamiento individual; nunca el eco de un ideal colectivo, y por eso no es espontánea ni popular. Constantemente se advierte en ella el sello de una individualidad original y poderosa; siempre es fruto de una reflexión profunda o de un vigoroso sentimiento del poeta, que en ella refleja su manera especial de concebir los grandes problemas de la vida humana. Por eso esta poesía es la hija legítima de una época como la nuestra, en que a la espontaneidad primitiva ha reemplazado un espíritu reflexivo, crítico y filosófico, que es causa de que el poeta, al inspirarse en la objetividad, vea en ella, no tanto un objeto digno de inspirados cánticos, como de atenta y madura reflexión; y en que, desvanecidos los antiguos ideales, a las inspiraciones unánimes y espontáneas del espíritu colectivo, han sustituido los aislados y reflexivos esfuerzos del espíritu individual.

No es posible otra cosa tampoco. Las muchedumbres nunca penetraron en las profundidades de la Filosofía, ni especularon sobre la naturaleza y destino del hombre. Su única filosofía fue la Religión, y el dogma teológico fue, por consiguiente, el objeto primero de sus cantos. En el hombre vieron lo puramente externo, los hechos heroicos que llevaba a cabo, y por eso cantaron las hazañas de la humanidad; pero no escudriñaron su naturaleza, ni trataron de resolver los arduos problemas que en ésta se encerraban. Cuando llegó una época en que tales objetos no sólo despertaron la atención de los filósofos, sino que inspiraron a los poetas, la poesía que trató de penetrar en tales profundidades no pudo ser fruto del espíritu colectivo, sino del individual, y ofreció, por tanto, el carácter subjetivo que era consiguiente.

Por razón de su objeto y fin, la Poesía épico-filosófico-social es, en el fondo, didáctica; pero no se confunde, sin embargo, con la que lleva este nombre. Cierto es que por la trascendencia que entraña, por la gravedad de los problemas que plantea, por la alteza de las concepciones que desenvuelve, siempre hay en ella una profunda enseñanza filosófica o moral; pero nunca subordina a su carácter filosófico su finalidad artística, siempre es una verdadera concepción estética.

A esto debe su carácter alegórico. Si no lo tuviera, se confundiría con los poemas didácticos en que se ha tratado de exponer la naturaleza humana (como el Ensayo sobre el hombre, de Pope); pero se libra de tal peligro, encarnando su pensamiento trascendental en una acción fantástica o novelesca, que es en realidad una alegoría. Esta acción, que suele ser un símbolo de la vida o del destino de la vida del hombre, y cuyos personajes suelen ser personificaciones de los aspectos distintos de la humana naturaleza, y aun de la humanidad entera, es la forma constante de los poemas pertenecientes a este género.

En estos poemas, la acción es en ocasiones grandiosa, extensísima y sobrenatural o maravillosa; otras veces es novelesca y hasta humorística. El poeta no está ligado nunca por las trabas que el hecho histórico impone a los cultivadores de la Poesía heroica, ni por los límites que el dogma traza a los que se dedican a la religiosa; su libertad, por tanto, es extraordinaria, y su fantasía puede recorrer atrevidamente los espacios, penetrando en las más recónditas profundidades y remontándose a las más elevadas regiones.

No es, por tanto, este género -como pudiera creerse por razón de su carácter filosófico-, frío, abstracto o falto de interés. Antes al contrario, pocos ofrecen campo tan vasto a la imaginación del poeta; en pocos se pueden reunir mejor todos los elementos que pueden cooperar a la producción de la belleza. Aúnanse en él fácilmente las grandiosas concepciones de la Poesía épico-religiosa con el interés palpitante y la animación y vida de la heroica, y aun con el humor regocijado de la burlesca; y uniéndose a estos elementos en ocasiones la libertad de la inspiración lírica y el movimiento que es propio de la forma dramática, pueden los poemas de este género ofrecer rico conjunto de bellezas y reunir en acabado compendio cuanto puede interesar y aleccionar a la inteligencia, conmover a la sensibilidad y deleitar a la imaginación.

Enumerar las diferentes clases de composiciones que pueden comprenderse en este género, es tarea difícil, y más aún adoptar una base racional para su clasificación. Dividirlos por razón de su asunto es imposible, porque con ser tan grande la variedad que en esto cabe, todos los asuntos que puede tratar esta poesía se reducen en puridad a uno solo: la naturaleza y destinos de la humanidad. Por tal motivo, no podemos hacer otra cosa que adoptar una clasificación relativamente arbitraria, y dividir el género que nos ocupa en las siguientes clases de composiciones:

1ª. Poemas narrativos, en que se refiere una serie de sucesos o se relatan los hechos de un personaje, representando en esta narración, que casi siempre es alegórica, una faz de la naturaleza humana o un problema filosófico o social. La acción de estos poemas generalmente es fantástica, pero en ocasiones presenta todos los caracteres de la realidad y no traspasa los límites de lo posible. Algunos poemas de esta clase son humorísticos, esto es, ofrecen una mezcla de lo serio y de lo cómico, de la reflexión filosófica y de la ironía. Puede citarse como ejemplo de este género de composiciones el Don Juan de Byron.

2º. Poemas dramáticos, cuya forma es una acción dramática, que suele tener todas las condiciones necesarias para la representación. Por lo demás, son semejantes en todo a los anteriores. El Fausto de Goethe es un ejemplo de este género.

3º. Poemas mixtos, que presentan a la vez formas narrativas, dramáticas y líricas, como El Diablo Mundo de Espronceda.

Como antes hemos dicho, la Poesía épico-filosófico-social es creación exclusiva de los tiempos modernos, únicos en que podía aparecer, por las razones que dejamos expuestas. Difícil sería hallar en la antigüedad ni en la Edad Media ningún poema que se parezca a los que en este lugar examinamos.

Acaso por ser tan moderno, quizá también por las dificultades que ofrece, este género no es muy abundante en producciones; pero si éstas son escasas, en cambio son de mérito extraordinario por regla general. Al frente de todas debe colocarse el Fausto de Goethe, poema dramático de vastas proporciones, fundado en una antigua y popular leyenda alemana, y en el cual se encierra un pensamiento trascendental y profundo, encarnado en una acción dramática y alegórica dividida en dos partes, llena de interés la primera, oscura y enigmática la segunda. Inferiores a esta creación admirable, pero de portentoso valor, sin embargo, son los restantes poemas de este género, entre los cuales pueden citarse el Don Juan de Lord Byron (1788-1824), El Diablo Mundo de Espronceda (1810-1842) y el Ahasverus de Quinet.

Lección XXXVIII

Géneros épicos. -Poesía épico-naturalista o descriptiva. -Su escasa importancia. -Su concepto. -Sus caracteres. -Principales cultivadores de este género

Dios y el hombre han sido los objetos que más han inspirado a la Poesía épica: la naturaleza nunca ha sido tan preferida por ella. Y no porque carezca de belleza, ni porque ésta no haya excitado el entusiasmo de los hombres, sino porque generalmente la Poesía lírica, y no la épica, es la que ha acudido a inspirarse en las perfecciones del mundo material. La razón de este fenómeno es fácil de hallar, si se tiene en cuenta cuáles son las condiciones de la Épica. Género narrativo por excelencia, complácese ante todo en la acción, y gusta siempre de relatar hechos portentosos, hasta tal punto que cuando se inspira en la Religión, por regla general expone sus dogmas narrando los prodigios y milagros de la Divinidad. La descripción es en ella siempre un elemento relativamente secundario, y versa sobre objetos que se presten a pinturas variadas y llenas de color (como los lugares celestes e infernales en la Divina Comedia); y no es maravilla, por tanto, que este género se ciña con dificultad a la descripción, casi siempre fría y monótona, de los espectáculos de la naturaleza. Es de advertir, además, que las descripciones de tales objetos, sopena de ser prolijas y enojosas, han de encerrarse en términos muy breves, siendo muy difícil, por tanto, componer un poema descriptivo de regulares dimensiones; y por consiguiente, no debe parecer extraño que la Poesía épico-naturalista, (también llamada descriptiva), esto es, la expresión de la belleza de los objetos naturales por medio de la palabra rítmica, sea el género menos importante de todos los épicos.

No han de comprenderse en este género todos los poemas que tienen por objeto la naturaleza. Los que exponen las leyes que la rigen en forma de una concepción metafísica, como el poema de Lucrecio, o describen las faenas del campo, como los de Hesiodo y Virgilio, responden a un fin útil, y pertenecen, por tanto, a la Poesía didáctica. Aquí nos referimos solamente a las composiciones que se limitan a describir y cantar las bellezas naturales.

Pero la naturaleza no puede ser cantada por el hombre sin que éste la sienta y ante ella se entusiasme. Por eso todo canto inspirado por la naturaleza ha de ser lírico; esto es, no ha de limitarse a describir fríamente las bellezas de aquella, sino que ha de expresar los sentimientos, ora deliciosos, ora terribles, que su contemplación produce en el ánimo. Prescindir el poeta de su propia persona enfrente de las bellezas del mundo natural; ceñirse a una simple descripción; dejar de ser poeta para convertirse en pintor, es cosa por extremo difícil, y por tal razón son tan escasos los poemas épicos del género a que nos referimos.

El poeta tropieza en estas composiciones con graves dificultades, y tiene que apelar a todo género de recursos para salir airoso de su empresa. Si por ventura expone las leyes del mundo natural, al punto cae en la aridez que es propia de la Poesía didáctica; si se reduce a describir fenómenos astronómicos o meteorológicos, paisajes, costumbres de los animales, etc., siempre está expuesto al peligro anterior o a incurrir en la vulgaridad más prosaica; si acierta a describir con todas las galas de la más poética fantasía los cuadros de la naturaleza, difícilmente se libra de la monotonía, y nunca puede alardear de originalidad. ¿Y cómo sostener el interés en una larga serie de descripciones? ¿Cómo dar la novedad necesaria a la descripción de objetos que siempre son los mismos?

De aquí que los cultivadores de este género tengan que apelar a la pintura de las labores campestres, de la vida del hombre con relación a la naturaleza, y describir los trances de la caza o de la pesca, los encantos y peligros de la navegación, etc.138, es decir, componer poemas, cuyo objeto no tanto es la naturaleza como el hombre en relación con ella; y aun así, difícilmente se libran de la monotonía, de la frialdad y de la afectación.

Trazar principios y reglas a que deba someterse este género de poemas, es tarea tan inútil como difícil, pues no hay ya quien lo cultive. Lo único que cabe decir en esta materia, es que el poeta debe buscar a toda costa la variedad en estas composiciones, diversificando en lo posible los asuntos, sirviéndose del contraste (pasando de una descripción risueña a otra terrible, por ejemplo), y animando los cuadros naturales que pinte con la presencia del hombre y la descripción de las victorias que éste alcanza sobre la naturaleza. Siguiendo estos preceptos, procurando dar análoga variedad al lenguaje y la versificación, y cuidando de que el poema no peque de extenso, podrá el poeta librarse (aunque no sin trabajo), de las dificultades que esta género ofrece; pero obrará con mayor acierto si renuncia a cultivarlo.

A pesar del amor que sentían los antiguos por la naturaleza, su instinto artístico les impidió dedicarse al género que nos ocupa. Únicamente en los tiempos modernos, y bajo la influencia de cierto sentimentalismo naturalista, que estuvo muy en boga en el siglo XVIII, aparecieron algunos poemas descriptivos, no faltos de mérito, por cierto. Antes de esta época, sólo conocemos Las Selvas del año, poema detestable del poeta español Baltasar Gracián, que vivió en el siglo XVII, y fue uno de los más apasionados adeptos de la escuela culterana.

Donde más se ha desarrollado el género que examinamos ha sido en Inglaterra y en Francia. En el primero de estos países, merece mención especial el poema Las Estaciones de Thomson (1700-1748), uno de los más acabados modelos de este género, que cultivó más tarde la escuela llamada de los Lakistas. Saint-Lambert (1717-1801), y Delille (1738-1813) en Francia, cultivaron también la poesía épico-naturalista, que actualmente ha caído en el olvido más profundo.

Lección XXXIX

Géneros épicos. -Poemas menores. -Sus caracteres generales. -El cuento o poema novelesco. -La leyenda. -La balada épica. -Otras manifestaciones de lo épico

Bajo el nombre de poemas menores, reunimos aquí diferentes composiciones épicas, por lo regular de corta extensión, que por razones diversas no pueden incluirse en ninguno de los géneros épicos que hemos estudiado. Todos los preceptistas admiten la existencia de estos poemas; pero al determinar cuántos y cuáles son, se advierten muchas diferencias en las opiniones de aquéllos.

Las composiciones épicas comprendidas en este grupo ofrecen, por regla general, los siguientes caracteres:

1º. Su extensión es corta, comparada con la que es propia de los grandes poemas incluidos en los géneros anteriores139.

2º. Los hechos que narran no tienen la grandeza e importancia histórica y social de los que son objeto de los poemas heroicos, ni las concepciones religiosas, filosóficas y morales que desenvuelven suelen ser tan profundas y trascendentales, como las que se hallan en los poemas religiosos y filosóficos.

3º. Cuando son narrativas estas composiciones, los hechos que refieren suelen ser de para invención o fundarse en tradiciones meramente locales.

4º. La mezcla de elementos y formas líricas y dramáticas es muy frecuente en este género de poemas.

5º. En todo lo que respecta a las formas expositivas y al estilo, lenguaje y versificación, domina en ellos generalmente la más amplia libertad.

6º. Por punto general, todos son producto de la poesía erudita y reflexiva, aunque a veces se inspiren en tradiciones y sentimientos populares.

No han de confundirse estos poemas con las manifestaciones fragmentarias de los géneros épicos que hemos analizado. Todos ellos son composiciones orgánicas y completas, cuya breve extensión es debida a un grado menor de intensidad en la concepción épica que los anima. Son más bien particularizaciones de la objetividad épica, detalles sueltos de la concepción religiosa, heroica o filosófica, aspectos parciales, trazos aislados de la realidad que a lo épico inspira, verdaderas epopeyas de lo pequeño, si es lícito decirlo.

Es de notar que cada uno de los géneros comprendidos bajo la denominación de poemas menores, puede manifestarse en formas pertenecientes a todos los grandes géneros épicos, como asimismo que entre estos poemas hay algunos que difícilmente pueden clasificarse en ninguno de aquellos. Así, por ejemplo, hay leyendas religiosas, heroicas, burlescas, etc.

En extremo difícil es hacer una clasificación exacta y completa de todos estos poemas, no siendo extraño, por tanto, que en este punto haya tan escasa conformidad de pareceres entre los críticos y preceptistas. Ninguna de las clasificaciones que hasta ahora se han hecho es irreprochable; pero en la necesidad de adoptar alguna, consideraremos comprendidos en el grupo que estudiamos: el cuento o poema novelesco, la leyenda y la balada épica.

El cuento o poema novelesco es, en realidad, una novela en verso. Su asunto es siempre un hecho ficticio, que con frecuencia encierra una lección moral. En este género de poemas abundan los elementos dramáticos, y no pocas veces aparecen los líricos, siendo grande la libertad con que puede manejarlos el poeta. Estos poemas ofrecen gran variedad de asuntos, y, por consiguiente, son de muchas clases, habiéndolos puramente novelescos, filosóficos, fantásticos, mitológicos, festivos, etc.140 Este género ha sido cultivado en casi todas las literaturas, y con especialidad en la época moderna. En las literaturas orientales es abundantísimo; en la Edad Media hay también producciones de este género, y en los tiempos modernos ha sido cultivado por poetas muy notables, pudiendo citarse, entre otros, Byron, Moore (1780-1832), Southey (1774-1849) en Inglaterra; Wieland (1733-1813); Lessing (1729-1781); Heine (1799-1856) en Alemania; Alfredo de Musset (1810-1857) y Víctor Hugo en Francia; el Duque de Rivas (1791-1865) y Arolas (1805-1849) en España.

La leyenda es muy parecida al cuento. La diferencia entre ambos géneros consiste en que la leyenda no refiere hechos imaginados por el poeta, sino que se inspira en tradiciones de carácter popular. Relata a veces hazañas heroicas, confundiéndose con las formas fragmentarias de la Poesía heroica, de las cuales la distinguen solamente su carácter erudito y sus elementos líricos y dramáticos. En tales casos, pudiera decirse que es un cantar de gesta, debido a un poeta reflexivo. La leyenda se funda en tradiciones heroicas, religiosas y fantásticas, y puede revestir, por tanto, todas estas formas, pero casi siempre presenta un carácter sobrenatural y maravilloso que la asimila a veces a la Poesía épico-religiosa. Por regla general, las tradiciones en que se inspira no son nacionales, sino locales. Un milagro, una conseja popular, una hazaña oscurecida y olvidada por la historia, pero conservada por las tradiciones de una localidad, tales son los elementos en que habitualmente se funda la leyenda, que por esto ha sido llamada la epopeya local. Las formas de la leyenda son iguales a las del cuento, campeando en ella igual libertad y mezcla semejante de elementos líricos y dramáticos. La leyenda es una creación moderna y ha sido cultivada por casi todos los poetas que se han dedicado al cuento. Algunas composiciones a que suelen darse los nombres de idilios, (como los de Tennyson) y baladas, en rigor deben comprenderse entre las leyendas.

La balada épica es un poema de dimensiones muy reducidas en que se refiere un hecho novelesco, legendario, fantástico o mitológico, o se describe una escena sencilla, un paisaje, etc. En la balada predomina el elemento lírico, y se procura que esté animada por un sentimiento vago y melancólico, y a veces por una idea filosófica y profunda. Este género es propio de Alemania, donde ha sido cultivado por los más distinguidos poetas, señalándose entre ellos, en la época moderna, Burger (1748-1794); Goethe, Schiller (1759-1805); Heine, Uhland (1787-1862); Kerner (1786-1862), y otros no menos importantes. La balada se ha imitado con éxito en otros países de Europa.

Con la enumeración que antecede no hemos agotado todas las posibles manifestaciones de lo épico. Aparte de que hay muchas composiciones que pasan por líricas, siendo en realidad épicas, quedan todavía sin clasificación posible varios poemas que no caben en ninguno de los grupos enumerados, como el Childe-Harold de Byron, por ejemplo. Esto se observa, sobre todo, en la literatura moderna, que tiende a cultivar la Poesía épica en formas fragmentarias, y con tal libertad y mezcla de todo género de elementos, que es punto menos que imposible clasificar sus producciones.

Byron, Shelley, Monti, Heine, Musset, Víctor Hugo y otra multitud de poetas han escrito producciones de esta clase, que rompen todos los antiguos moldes de la Épica, y no caben en los géneros ya conocidos, ni pueden siquiera recibir un nombre adecuado.

Lección XL

Géneros poéticos. -La Poesía lírica. -Su concepto. -Lo que es expresado en ella. -En qué sentido se llama subjetiva. -Caracteres de la inspiración lírica. -Predominio del sentimiento en este género. -Su valor estético e importancia social

Repetidas veces hemos manifestado en el curso de estas indagaciones, que en toda obra literaria lo inmediatamente expresado somos nosotros mismos, o mejor, nuestros estados de conciencia; por cuanto el hombre no se relaciona directamente con nada que le sea exterior, y sólo puede manifestar el estado que la realidad causa en su conciencia, única cosa con que de un modo inmediato se comunica.

Pero este estado de conciencia encierra a la vez una emoción o impresión, y una representación; o lo que es igual, al relacionarse el hombre con la realidad exterior, recibe una impresión que le emociona, y contempla una imagen, una representación de dicha realidad, representación que para él se identifica con la realidad misma, la cual, sólo mediante aquélla, conoce y siente. Ahora bien; al tratar de manifestar y representar por medio del Arte sus estados de conciencia, el hombre puede hacer una de dos cosas: o representa y reproduce la realidad exterior, que por medio de estos estados se le aparece, o manifiesta la emoción que esta realidad le causa. Y aún puede hacer más todavía. Aunque todos los estados de conciencia son causados directa o indirectamente por algo objetivo exterior, hay algunos que parecen excepciones de esta regla; hay casos en que se despiertan en nosotros ideas, sentimientos, impulsos, que no están inmediatamente relacionados con nada objetivo. Si se examinan atentamente estos estados, fácilmente se comprende que no es así; que el estado más subjetivo (la duda, la vaga melancolía, el hastío al parecer inmotivado), tienen su origen en algo exterior; pero como esta relación no se nos presta con entera claridad, como la causa objetiva del estado en que nos hallamos es quizá remota, antójasenos que éstos son estados puramente subjetivos, y que, al expresarlos, no manifestamos ninguna relación de nuestro espíritu con la realidad. Estos estados pueden también expresarse en el Arte, y, unidos a la expresión de las emociones inmediata y directamente causadas en nosotros por la objetividad, constituyen un mundo especial de inspiración artística.

Cuando en esto se inspira la Poesía, prodúcese el género a que se da el nombre de Poesía lírica o subjetiva. Así como en la Poesía épica el artista se inspira en la realidad exterior, olvidándose de su propia persona, y siendo su anhelo reproducir vivamente la belleza objetiva que en aquella contempla -en este género busca la inspiración dentro de sí mismo, y lo que canta son los estados de su conciencia, las intimidades de su alma, tratando de reproducir al exterior la belleza que en ellos percibe, o de dársela, si no la tienen141, por medio de la forma en que los encarna. De suerte que la belleza que el lírico expresa es la de su espíritu, la que dentro de su alma percibe o crea, la que nace de la expresión de su conciencia, y por tanto, la Poesía lírica puede definirse: la expresión artística de la belleza subjetiva por medio de la palabra rítmica, o mejor la bella y artística representación de los estados de conciencia del poeta por medio de ta palabra rítmica.

Fácilmente se comprende, fijándose en esta definición, cuán amplio es el campo en que puede moverse el poeta lírico. Pudiera pensarse que al limitar su acción este género de poesía al espíritu individual, ha de ser menos extensa que la Épica. Nada más inexacto. La conciencia humana es al modo de dilatado y profundo lago, ora bonancible, ora tempestuoso, en que se refleja toda la realidad. El pensamiento del hombre encierra dentro de sí el universo entero, y al manifestarse en la Lírica, en ella representa todo cuanto existe. En tal sentido, el contenido de la Épica y el de la Lírica son idénticos; o más bien, la Lírica contiene todo lo que puede expresar la Épica, y además el mundo inagotable de la conciencia humana.

La diferencia está sólo en el procedimiento. El poeta épico expresa y representa en sus cantos la imagen de la realidad por él contemplada; el lírico expresa la emoción que en él ha causado esa misma realidad. Procura el primero salir de sí propio, y, olvidándose de su persona, penetrar en medio de la realidad que le rodea; concéntrase por el contrario, el lírico en sí mismo y trata de encerrar dentro de su alma esa realidad. Pero ambos se inspiran en lo mismo, y lo mismo expresan, aunque por diferentes caminos. El poeta épico, por más que haga, sólo logra manifestar su idea de la realidad exterior; el lírico, aunque quiera encerrarse en lo puramente subjetivo, no puede prescindir de expresar su relación con esa realidad. La unión íntima del sujeto y del objeto no se rompe en ningún caso; líricos y épicos cantan igualmente lo subjetivo y lo objetivo, lo externo y lo interno, e igualmente expresan los estados de su conciencia. Sólo que para los unos, el expresar estos estados es el objeto preferente, y lo exterior no es más que la ocasión para expresarlos; mientras que para los otros, lo importante es expresar la realidad exterior que en dichos estados se manifiesta. No hay, pues, como en otras ocasiones hemos dicho, poesía subjetiva ni objetiva, sino predominantemente objetiva o predominantemente subjetiva.

No es, con efecto, puramente subjetiva la Poesía lírica, y en tal sentido no es propio el nombre que le dan los preceptistas de nuestro tiempo.

Toda la naturaleza humana, lo mismo en lo común y esencial que tiene, que en lo individual y determinado; lo mismo en lo permanente, que en lo accidental y pasajero; lo mismo en su vida íntima que en sus relaciones con todos los seres, puede ser, y es de hecho, propio asunto de la Poesía lírica. Todo esto en cuanto conocido, sentido y querido por el poeta entra de lleno en el dominio del lirismo. Lo puro subjetivo, lo enteramente determinado, lo peculiar y característico del poeta como individuo, puede sin duda ser expresado, pero no se limita a ello el campo de la Poesía lírica.

Tampoco ha de entenderse que en esta poesía no pueda expresarse de modo alguno lo objetivo: que ya hemos dicho que sólo predominantemente es subjetiva. Lo objetivo exterior, en cuanto afecta o impresiona al espíritu del poeta y causa en él estado, puede expresarse en la Poesía lírica; pero no será lo inmediatamente expresado en tal caso el objeto exterior, sino la impresión que en el espíritu causa. Así, por ejemplo, puede el poeta lírico celebrar hechos históricos, expresar verdades científicas y morales, cantar lo divino y pintar los fenómenos y cuadros de la naturaleza; pero en todos estos casos no se limitará, como el poeta épico, a la mera exposición o descripción, sino que al cantar el hecho histórico cantará en realidad el sentimiento que este hecho en su espíritu produce; al expresar una verdad moral, expresará su adhesión entusiasta a esta verdad; al cantar a Dios, su cántico no será una exposición teológica, sino una oración, una efusión de su alma creyente; al pintar la naturaleza, pintará su amor a ella, expresará la relación intima que con ella la une. Donde no aparezca de un modo o de otro la personalidad del poeta, donde el objeto exterior sea otra cosa que una ocasión de despertar afectos, allí no puede decirse que hay realmente poesía lírica.

Pero entiéndase que el estado meramente subjetivo del poeta no puede bastar por sí sólo para producir el verdadero interés que exige toda composición poética. El hombre sólo se interesa por lo que es humano, por lo que él se reconoce capaz de sentir, y el estado peculiar y singularísimo de una individualidad no le interesa en lo más mínimo. Si al expresar el poeta el estado de su alma, expresa una determinación individual de algo común humano que todo hombre puede sentir a su vez; si se revela, no sólo como individuo, sino como hombre; si al leer sus obras puede cualquier semejante suyo reconocer en ellas la expresión de afectos que él ha sentido o ha podido sentir; si en ellas, bajo lo individual se oculta lo común, bajo lo transitorio lo eterno, bajo lo accidental lo permanente; si, en suma, al narrar el poeta la historia de su alma consigue exponer, sintetizándola en sí mismo, la historia de todo ser racional, su obra será mucho más interesante y conmovedora que lo sería si constituyeran su fondo las originalidades frívolas, las extravagancias, los caprichos, las anomalías de la pura subjetividad142.

Y así es, en efecto. Cuando en el acento del poeta palpita un sentimiento verdaderamente humano, cuando su voz parece el eco del alma de la humanidad, su canto interesa y entusiasma; pero nada de esto sucede si en él no hay otra cosa que una voluntariedad subjetiva. No impide esto, sin duda, que su obra pueda ser bella; pero no será interesante, no producirá otra emoción que la puramente artística, no conmoverá el corazón de los que la conozcan. Lo cual consiste en que la Lírica no es realmente la simple expresión de la conciencia individual del poeta, sino de la conciencia universal de la humanidad, reflejada en aquella. Reducir la Lírica a lo puramente subjetivo, es, por tanto, trazarle límites sobrado estrechos, y dar claras muestras de desconocer su naturaleza verdadera.

Y no sólo se muestra con lo ya dicho que la Lírica no es puramente subjetiva, sino con otra observación muy importante; y es que, aun cuando el poeta expresa lo que más peculiar le es, no lo hace sin relacionarlo con algo exterior, que en tal sentido es objeto de su canto. En efecto, cuando el poeta canta sus dudas, sus pesares, sus alegrías, sus esperanzas, por más que tales estados parezcan aislados de toda relación con lo exterior, siempre la implican, como antes hemos dicho; y en la mayoría de los casos, el poeta no canta sin que algún objeto exterior le mueva a ello.

Nace de aquí una gran dificultad para distinguir con toda precisión lo épico de lo lírico. No basta para esto, en efecto, la somera consideración de que el poeta épico narra y describe, y el lírico no. Con frecuencia se clasifican entre las composiciones líricas muchas que son épicas, y viceversa, por atenerse a esta observación superficial. Un himno religioso, por ejemplo, lo mismo puede ser épico que lírico. Para declarar que es lírico no basta hallar en él las formas propias de este género poético y notar que carece de las que generalmente caracterizan a lo épico. Si el himno narra los hechos de los dioses o expone dogmas, debe calificarse de épico, y sólo será lírico cuando se limite a expresar el fervor y el entusiasmo de los que lo entonan. De igual suerte puede haber composiciones narrativas que tengan por único objeto la manifestación de una idea o sentimiento del poeta, siendo el hecho narrado una simple fórmula de tal expresión; en tal caso, fuera error insigne desconocer el carácter lírico de tales composiciones.

Tampoco se ha de entender que la Lírica sólo expresa los sentimientos o ideas del poeta (sean individuales o generales). Lejos de eso, muy bien puede expresar los que son propios de las colectividades. No sólo refleja el poeta lírico en su canto los sentimientos comunes a todos los hombres en general, cantando, por ejemplo, el amor, la fe, la esperanza, etc., sino que a veces se hace eco de los que son propios de una colectividad determinada, por ejemplo, su nación o su raza. En tales casos, el poeta no deja de ser lírico, como pudiera creerse, pues no canta los hechos nacionales o las concepciones religiosas, sino los sentimientos que en su pueblo despiertan tales hechos o concepciones. En este caso, como en todos, el poeta canta la emoción que la realidad produce, pero no la misma realidad. Así se observa en los cantos religiosos, patrióticos y guerreros; en ellos lo expresado por el poeta lírico no es únicamente su propio entusiasmo o su devoción particular, sino los que por igual experimentan todos sus conciudadanos o correligionarios, de cuyos sentimientos se hace él eco al entonar su cántico. Entonces expresa a la vez, juntándolos en un sólo afecto, sus propios sentimientos y los de los otros hombres, y refleja en sus acentos el alma de su pueblo. Pero si en vez de hacer esto, expusiera los dogmas que despiertan tales sentimientos o narrara los hechos que causan esos entusiasmos, dejaría de ser lírico para convertirse en épico.

Dedúcese de todo lo expuesto que en la inspiración lírica hay notable variedad de matices y una vasta escala que recorrer, desde el puro estado subjetivo del poeta, hasta la expresión de un sentimiento o una idea universales y humanos; desde la inspiración meramente individual hasta la de un sentimiento colectivo de que se hace el poeta eco fidelísimo. Que todos estos matices de lo lírico son legítimos bajo el punto de vista del Arte puro, es cosa indudable; como también lo es que su valor social y su interés humano han de variar notablemente, según el grado de extensión del sentimiento que anima al poeta.

También se desprende de estas observaciones un hecho importante, y es que lo lírico, no sólo tiene muchos puntos de contacto con lo épico, sino que, históricamente considerado, bien pudiera estimarse como un desprendimiento de éste. Con efecto, el lirismo que pudiéramos llamar colectivo, aquél en que el poeta identifica su alma con la de su pueblo, cantando al par que sus propios sentimientos los de éste, fácilmente se confunde con lo épico y aparece como una rama desgajada de este género. La única diferencia entre este lirismo y lo épico consiste en cantar, no la realidad exterior, sino los sentimientos por ella producidos, no sólo en el poeta, sino en la colectividad a que éste pertenece. Hay, sin embargo, en esta fase del lirismo, una afirmación de la personalidad colectiva y de la del poeta, que en lo puramente épico no existe, y que pudiera considerarse, por tanto, como el primer esfuerzo de la individualidad para afirmarse al lado del objetivo. Pero el lirismo puro es aquel en que el poeta se canta a sí propio, siquiera en su obra refleje sentimientos generales humanos, lo cual responde a una fase de la historia más adelantada. Por último, el punto álgido, lo que bien pudiéramos llamar la exageración del lirismo, es aquel momento en que el poeta afirma con energía su pura subjetividad (en cuanto esto le es posible), poniéndose a veces hasta en contra de la sociedad entera, grado que se representa por lo que se llama el humorismo.

Expresa la Poesía lírica cuantos estados de conciencia caben en el espíritu humano (a condición de que no sean repulsivos o bajos), pero dando siempre el predominio al sentimiento, que es lo más bello que hay en el espíritu.

Los variados matices, la escala vastísima del sentimiento y de la pasión; he aquí el verdadero campo del lirismo. El dolor y el placer en todos sus aspectos, el amor en todas sus fases, el entusiasmo en todos sus grados, he aquí los elementos que más dominan en este género. Nada hay, con efecto, tan bello y que tantos recursos preste a la imaginación poética como el sentimiento. Él penetra donde la razón no alcanza, abre al espíritu mundos inagotables de belleza, es la fuente de todos los placeres y también de todos los dolores y males de la vida, el verdadero móvil de todas las grandes resoluciones y de todos los grandes hechos, el asiento de esa pasión arrebatadora que se llama amor y que es eterno manantial de poesía; en suma, el fecundísimo y nunca agotado venero de inspiración para todas las artes, y muy especialmente para el género poético que nos ocupa.

No quiere decir esto que en la Lírica no tenga su propio lugar el pensamiento, y aun la idea más severa; pero lo cierto es que la vida del sentimiento es altamente bella y eminentemente lírica, y aun cuando en la composición se expresen pensamientos trascendentales, como quiera que nunca el sentimiento deja de acompañar al pensamiento, importa que lejos de refrenarle como en la Ciencia se exige, se le deje en plena libertad y la verdad se presente más como sentida que como pensada.

El poeta lírico, por consiguiente, ha de ver en las ideas ante todo lo que hay en ellas que pueda afectar al sentimiento. Si canta un ideal religioso, político, científico, etcétera, no ha de analizarlo menudamente para mostrar su verdad y conveniencia, sino que ha de buscar su aspecto estético y cantar entusiasmado sus bellezas y perfecciones. Si antes que expresar un sentimiento, manifiesta una idea, ha de hacerlo, no en la forma fría y descarnada de una exposición didáctica, sino encarnándola en una bella imagen o en un sentido rasgo que cause profunda emoción en el contemplador. Cuanto en repetidas ocasiones hemos dicho acerca del Arte docente y de la manera como han de expresarse las ideas abstractas en la Poesía, tiene en este punto cumplida aplicación.

A este predominio del sentimiento acompaña, como es natural, el de la fantasía, que en pocos géneros campea con tanta libertad. Nada hay tan rico, libre y multiforme como la inspiración lírica. No hay forma artística que no se apropie, elemento estético que no aproveche, ni regla inmutable en que se encierre. Libre, desordenada, amplísima, adopta todos los tonos del sentimiento, expresa todos los matices de la idea y reviste todas las formas que la fantasía puede suministrarla. Risueña o terrible, festiva o lacrimosa, doliente unas veces, desesperada otras, severa y enérgica en ocasiones, dulce y amorosa en otras muchas, ya se entusiasma, ya se abate, ora aparece llena de fe y de esperanza, ora se entrega a la desesperación y a la duda, y tan pronto ruge furiosa como suspira enamorada, se postra creyente o se rebela blasfema. Excepto los sentimientos bajos, indignos, odiosos o repulsivos, todos los expresa; excepto las ideas de tal manera abstractas, que la fantasía no halle forma estética con que revestirlas, todas las expone; y a esta variedad en lo expresado, responde naturalmente una variedad análoga en la expresión. Todos los matices del estilo, desde el más florido hasta el más severo; todos los tonos del lenguaje, desde el más patético hasta el más festivo, desde el más regocijado hasta el más terrible, desde el más llano y familiar hasta el más solemne y majestuoso, son igualmente propios de la Poesía lírica.

Cuánto sea su valor estético, fácilmente se desprende de cuanto llevamos dicho; pocos géneros aventajan a éste en belleza y en rica variedad. No es menor tampoco su importancia social. Aparte de prestar su acento a todo noble sentimiento y toda generosa idea, la Poesía lírica une su voz a todos los grandes sentimientos de la vida. Unida a la Música, de cuyas inspiraciones es base constante, anima al obrero en sus faenas, impulsa al guerrero al combate y eleva a las alturas la plegaria del creyente. Separada de ella, sus inspirados acentos son siempre manantial inagotable de emociones purísimas y de nobles placeres y expresión perfecta de todo cuanto hay de grande y de bello en el espíritu humano.

Lección XLI

El poema lírico. -Sus condiciones. -Sus formas. -Carácter musical del lenguaje lírico. -Extensión de los poemas líricos

La libertad que impera en el género lírico impide sujetar a reglas fijas las composiciones que a él pertenecen. La variedad inagotable de asuntos que el poeta lírico puede tratar, la riqueza de matices y la vaguedad que al sentimiento caracterizan, son causa de que la Poesía lírica pueda adoptar las formas más distintas, los procedimientos más diversos y los tonos más discordes. Es, por tanto, empresa difícil determinar las condiciones a que el poema lírico debe someterse.

Teniendo en cuenta, sin embargo, los cánones invariables de la belleza, cabe exigir al poema lírico unidad y variedad. Pero la unidad en este género no puede ser tan rigurosa como en la Épica, siendo en cambio mucho mayor la variedad. La primera ha de consistir en que el poema exprese una sola idea, un solo sentimiento dominante; en suma, un estado único de conciencia del poeta. No ha de ser, por tanto, la composición un conjunto contradictorio de ideas heterogéneas o de confusos sentimientos.

Pero esta unidad no impide una variedad abundante y rica. Bajo la idea o sentimiento dominante, podrán producirse multitud de ideas y sentimientos subordinados, de aspectos distintos del tema fundamental de la composición. Traslaciones rápidas de una idea o sentimiento a otros, digresiones de todo género, mezcla de toda suerte de afectos, caben en estas composiciones y constituyen su rica variedad, sin dejar de expresar una misma idea fundamental; a la manera que en las piezas de música la riqueza de variaciones melódicas no oscurece el tema o motivo que domina en toda la composición. Cuando en el poema lírico domina el pensamiento, la unidad es mayor y la variedad menos abundante; cuando el sentimiento prepondera, la variedad es de tal naturaleza, que la composición aparece como el producto desordenado de una fantasía desbordada y de un exaltado sentimiento, produciéndose entonces lo que se llama el bello desorden de la Lírica.

No hay, por tanto, en este género de composiciones el plan ordenado que se observa en los poemas épicos, lo cual se explica fácilmente por faltar en ellas la pauta inflexible que al poeta épico imponen el orden de los hechos que narra o el encadenamiento lógico de los conceptos que desenvuelve. Pero no se ha de entender por esto que el desorden lírico no ha de tener límites, lo cual fuera privar a estos poemas de una condición inexcusable para ser bellos. Lo que sucede es que el orden real que en ellos existe, sobre ser menos riguroso que el de los poemas épicos, ha de aparecer velado por cierto desorden, que tiene mucho de aparente, y que no impide que haya acierto y armonía en la composición.

Requiere el poema lírico, para ser bello, no sólo unidad y variedad, sino mucho movimiento y mucha expresión. Es preciso que las ideas en él expresadas tengan novedad y relieve, y se encarnen en formas brillantes, verdaderamente gráficas; no apareciendo como fría exposición didáctica de un pensamiento, sino como intuición luminosa y vivísima de una verdad profundamente sentida por el poeta. Por eso, el mejor modo de expresar ideas en la Lírica es encerrarlas en una imagen, en una forma simbólica, en un breve relato, en algo que impresione vivamente a la imaginación. Otro tanto puede decirse del sentimiento. Nada hay más deplorable que la fría o artificiosa expresión de los afectos. Sean éstos cuales fueren, es necesario que aparezcan como manifestación profunda y poderosa de las energías del alma, y sobre todo como fruto de una inspiración natural y espontánea, y no de un esfuerzo laborioso del ingenio. Importa mucho que el sentimiento lírico sea muy vivo y penetrante, muy enérgico y profundo, muy espontáneo y caloroso. La intensidad del sentimiento es condición inexcusable de la Lírica, cualquiera que sea el género de afectos que el poeta exprese. En la más tierna efusión de sentimientos delicados, como en la explosión más terrible de arrebatadas pasiones, cabe igualmente el cumplimiento de esta condición. El movimiento, la vitalidad, la fuerza expresiva del poema serán consecuencias necesarias de esta energía del sentimiento. Composición que no esté sentida, difícilmente será animada, movida o interesante; pero dada la vitalidad del sentimiento y el calor y espontaneidad de la inspiración, todas las demás condiciones se cumplirán sin dificultad alguna.

La forma de las composiciones líricas es muy distinta de las épicas, por regla general. El poeta lírico casi siempre manifiesta de un modo directo la idea o sentimiento que le inspiran, sin encarnarlos en una ficción. Lo más frecuente es servirse de una imagen o serie de imágenes en que simboliza lo que quiere expresar. Otras veces describe el estado de su alma o los objetos que le impresionan, o se dirige a ellos y los increpa en diversos tonos. En ocasiones emplea la alegoría; en otras refiere un hecho, y hasta bosqueja un pequeño drama que le sirven de pretexto para exponer sus ideas o producir sus sentimientos.

La exposición y la descripción son las formas en que por lo general enuncia su idea el poeta lírico. La narración y el diálogo no son tan frecuentes. La forma epistolar, en la cual el poeta supone que se dirige a otra persona, es en rigor una simple variedad de la forma expositiva, muy usada en las composiciones líricas de tendencias didácticas.

En lo que toca al estilo y lenguaje, caben en la Lírica multitud de formas y gran variedad de tonos, siendo este género aquél en que con más libertad puede el lenguaje poético desplegar sus galas. El empleo de las formas figuradas de expresión, el uso frecuente de las imágenes y de las licencias poéticas, no sólo es más lícito en este género que en otros, sino que es absolutamente indispensable.

El metro es esencial a la Poesía lírica: no hay Lírica en prosa143. La Poesía lírica es un verdadero canto y no se acomoda a las formas prosaicas en manera alguna. El sentimiento no puede tener mejor medio de expresión que la armonía musical de la versificación. Todas las combinaciones métricas, todas las clases de versos son igualmente aceptables en la Poesía lírica, siempre que sean apropiadas al asunto.

No ha de entenderse, sin embargo, que no hay ninguna regla para el buen uso de esta libertad. Las formas y combinaciones métricas que por lo inusitadas o desagradables al oído, carecen de condiciones estéticas, nunca deben emplearse. Las extremadas licencias que en este punto se han permitido algunos poetas modernos son tan censurables como las rígidas reglas proclamadas por los preceptistas antiguos. Tampoco se ha de dar a la versificación tal importancia, que sólo en ella fije su atención el poeta, descendiendo de la categoría de tal a la de versificador, y creyendo que la armonía del verso es el principal encanto de la Poesía lírica, cual si el Arte poético no tuviera más alta misión que deleitar los oídos del público. Sin duda que los primores de la versificación son un importante elemento estético de la Poesía; pero distan mucho de ser el único, y no han de sacrificarse a ellos otros de mucho más valor144.

La importancia del lenguaje rítmico en la Lírica procede en mucha parte del señalado carácter musical de este género, que en sus orígenes estuvo íntimamente unido a la Música, y aún conserva huellas de esta unión. La circunstancia de dedicarse al canto todas las composiciones líricas fue causa, en efecto, de que en este género se empleasen los metros más sonoros y musicales, y el mismo nombre que lleva todavía, revela lo que fue en un principio. Separada hoy la Lírica de la Música (aunque continúe aliándose con ella frecuentemente), el valor musical de su lenguaje ha perdido mucho de su antigua importancia; pero aun no ha desaparecido por completo. Es más: este primitivo carácter de la Lírica ha influido en su manera de ser, dando a sus producciones el movimiento, el entusiasmo, y a veces también la solemnidad majestuosa y la ligereza que son propias de las diversas composiciones destinadas al canto. La poesía moderna va perdiendo este carácter, y sus producciones distan mucho de ser cánticos verdaderos; pero las que se amoldan a las formas clásicas todavía lo conservan145.

Los poemas líricos son siempre muy inferiores en extensión a los épicos, cosa fácilmente explicable, si se tiene en cuenta que expresan, no una dilatada serie de hechos o una concepción vastísima, sino un momento de la vida del poeta. Cuando son descriptivos o narrativos, cuando el poeta canta la impresión que en él ha producido un objeto exterior, y para ponerla de relieve describe este objeto o narra el hecho que la produjo, los poemas de este género suelen ser más extensos que cuando se limitan a expresar un pensamiento o manifestar un estado de ánimo del artista. En general, cuando los poemas líricos tienen gran extensión, es porque dan mucha preponderancia al elemento descriptivo o narrativo e insensiblemente se acercan al género épico. Por eso la Poesía lírica moderna, que es en alto grado subjetiva, se distingue por la brevedad de sus producciones, brevedad compensada por la intensidad del sentimiento y la profundidad de la idea que en ellas se expresan.

Lección XLII

Clasificación de los poemas líricos. -Dificultades que ofrece. -Bases en que puede fundarse. -División de la Poesía lírica por razón del asunto. -Diferentes clases de composiciones líricas. -Composiciones destinadas al canto. -Poemas independientes de la Música. -Enumeración de los más importantes

En extremo difícil es clasificar las composiciones líricas. Puede decirse que en la Poesía lírica no hay verdaderos géneros, en el sentido que hemos dado a esta palabra en otras ocasiones. La división en géneros que puede hacerse, fundándose en el asunto que el poeta canta, no corresponde a la que se hace por razón de la forma de los poemas líricos. Es más, esta división es muy difícil a causa de la infinita variedad de ideas y sentimientos que pueden expresarse en esta poesía. Por eso dice acertadamente un preceptista que son tantos y tan delicados los matices del sentimiento, tantas las formas de que puede revestirle la imaginación, y tantos los caracteres que puede imprimirle la personalidad del poeta, que sería de todo punto imposible reducir a una clasificación rigorosa la incalculable variedad de composiciones líricas que ofrece la literatura de cualquier país medianamente adelantado.

Hay, pues, que renunciar a una clasificación exacta y contentarse con una aproximada, por más que peque de incompleta. Esta clasificación puede hacerse de dos maneras: por el fondo, esto es, por el asunto que inspira al poeta, y por la forma en que lo expresa. Ambas ofrecen no pocas dificultades.

Toda clasificación hecha por razón del fondo, sobre ser necesariamente incompleta por las razones dichas, tiene el inconveniente de no ser paralela a la que se haga por razón de la forma; pues en un mismo género de composiciones (en la oda, por ejemplo), caben diversidad de asuntos.

Muchas dificultades ocurren en cambio al intentar la división por razón de la forma. Con efecto, no pocas de las formas que se consideran líricas, se adaptan en realidad a un fondo épico. La forma expositiva directa, adoptada como criterio por la mayoría de los preceptistas para distinguir lo lírico de lo épico, suele en muchas ocasiones ser la vestimenta de una concepción puramente objetiva, o en todo caso épico-lírica. Tal sucede, por ejemplo, con la Sátira y la Epístola, que por su forma parecen géneros líricos, y que, sin embargo, no lo son; aconteciendo con esta última que, siendo en realidad una simple forma expositiva, lo mismo se adapta a composiciones épicas o didácticas, que a otras verdaderamente líricas. Otro tanto acontece con la letrilla, la balada, el romance y otra multitud de composiciones. Además, la base más común de toda división por la forma es la estructura métrica de las composiciones, criterio que no es aplicable a todas las literaturas. Otro criterio, nada científico por cierto, es la extensión de las composiciones, y también suele serlo el tono que adoptan. No hay, pues, base segura para esta clasificación.

Teniendo en cuenta todas esta consideraciones, no cabe duda de que, si bien sería conveniente clasificar las composiciones líricas por razón de la forma, es mucho más racional y exacta la división por razón del fondo.

Tomando por base para ésta los diversos sentimientos e ideas que pueden agitar al poeta, vemos éstos que pueden dividirse en los siguientes grupos:

1º. Ideas y sentimientos inspirados por la contemplación de la Divinidad y de todo lo que con ella se relaciona íntimamente.

2º. Ideas y sentimientos inspirados por la Naturaleza.

3º. Ideas y sentimientos inspirados por otros hombres (como el amor en todas sus fases, la amistad, la admiración, etc).

4º. Ideas y sentimientos inspirados por los hechos históricos.

5º. Ideas y sentimientos inspirados por un hecho que influye en la vida del poeta afectándole dolorosamente.

6º. Ideas y sentimientos inspirados por la contemplación de ideales y objetos abstractos (la justicia, la libertad, el arte, etc).

7º. Ideas y sentimientos puramente subjetivos, esto es, estados de ánimo del poeta no ocasionados directa e inmediatamente por nada objetivo.

Con arreglo a esta enumeración, pudiera dividirse la Poesía lírica en las siguientes clases, correspondientes a los grupos anteriores:

1ª. La Poesía lírico-religiosa, comprendiendo en ella todas las composiciones dedicadas a cantar a Dios, a los santos, etc.

2ª. Poesía lírico-naturalista, como son las composiciones dedicadas al campo, a las flores, al sol, etc.

3ª. Poesía lírico-erótica, tomando la palabra en su amplio sentido, incluyendo en ella todas las composiciones amorosas y todas las que expresen una relación personal afectuosa con otros hombres, cualquiera que sea, como la amistad, la gratitud, etc.

4ª. Poesía lírico-heroica, como son los himnos y cantos destinados a celebrar los triunfos de la patria, las hazañas de los guerreros, etc.

5ª. Poesía elegiaca, esto es, toda manifestación de afectos causados en el poeta por hechos dolorosos que se relacionen con él íntimamente, como la muerte de una persona amada, una desgracia cualquiera, etc.

6ª. Poesía lírico-filosófica y moral, en la cual se comprenden todas las composiciones dirigidas a objetos abstractos, encaminadas a plantear problemas filosóficos, principios morales, etc., siempre que se haga como manifestación espontánea del pensamiento del poeta y sin fin didáctico inmediato.

7ª. Poesía humorística, en la acepción más lata de la palabra, esto es, expresión de estados puramente subjetivos del poeta.

En rigor, todos estos miembros de la clasificación pudieran reducirse a tres grandes grupos, correspondientes a los tres grandes objetos que al hombre inspiran, a saber: Dios, la naturaleza y la humanidad, y dividir la Poesía lírica en religiosa, naturalista y humana, comprendiendo en esta última la erótica, la heroica, la elegiaca, la filosófica y la humorística.

Enumerar ahora todas las formas diversas que pueden revestir las composiciones perteneciente a los grupos que dejamos expuestos, fuera cosa imposible, por las razones antes dichas. Nos limitaremos por tanto a exponer las composiciones más conocidas que en los géneros antedichos se comprenden.

Las composiciones líricas pueden dividirse desde luego en composiciones destinadas al canto y composiciones independientes de la Música. En su origen, como ya hemos dicho, todos los poemas líricos se cantaban; pero más tarde, la Poesía y la Música se separaron, y la Lírica se dividió en las dos clases que acabamos de mencionar.

Las poesías líricas destinadas al canto ofrecen el carácter especial de ser su lenguaje mucho más musical que el de las otras, estar dividida la composición en estrofas iguales, y someterse por completo a las exigencias de la Música. Toda la Poesía lírica popular pertenece a este género, como también gran parte de la Poesía religiosa y heroica.

Divídense estas composiciones en las siguientes clases:

1ª. Himnos religiosos o litúrgicos, que forman parte del culto y están destinados a cantarse en los oficios divinos, y en todo género de solemnidades religiosas. Importa mucho no confundir estos himnos con los épicos de igual carácter. Éstos expresan solamente el entusiasmo y fervor de los fieles, al paso que los épicos exponen los dogmas y narran los hechos de la Divinidad.

2ª. Himnos bélicos. En esta clase se comprenden todas las composiciones destinadas al canto, en que se celebran hechos militares, patrióticos o políticos, y que se entonan por los ejércitos y las muchedumbres, después de las victorias militares, en los combates, en las fiestas patrióticas, etc.

3ª. Himnos de diferentes clases, no comprendidos en los anteriores, compuestos generalmente para celebrar ciertos acontecimientos importantes (pero no belicosos ni políticos), de la vida de los pueblos, como los himnos cantados en la coronación de los reyes, en la apertura de los certámenes industriales, en las festividades científicas y literarias, etc. También pueden incluirse en este género los epitalamios o cantos nupciales, y los himnos báquicos.

4ª. Cantatas, o composiciones cortas dialogadas, que constan de un recitado, dúos y coros, y que se cantan en las grandes festividades públicas. Estas composiciones señalan una transición al género dramático.

5ª. Composiciones de todo género, en su mayor parte eróticas, elegiacas y a veces festivas (aunque éstas en rigor son manifestaciones del género satírico), destinadas a lo que se llama musica di camera. Tales son las romanzas, nocturnos, serenatas, barcarolas, y otra multitud de composiciones146.

6ª. Canciones populares, debidas a la inspiración espontánea del pueblo, así como la música que las acompaña. En este género se comprenden composiciones de todas clases: religiosas, patrióticas, belicosas, morales, filosóficas, eróticas, satíricas, etc., predominando las eróticas generalmente. A él pertenecen el lied alemán, la ballatta italiana, la chanson francesa, y en España multitud de composiciones, (cantares, seguidillas, jácaras, coplas, polos, tiranas, playeras, rondeñas, etc.).

Las canciones populares son una de las más bellas e interesantes manifestaciones del lirismo. La espontánea inspiración que en ellas campea, la delicadeza de sentimiento que suele penetrarlas, la profundidad filosófica que a veces encierran, las gráficas y pintorescas imágenes en que abundan, la facilidad y gracejo que las distinguen, su feliz concisión y su carácter profundamente subjetivo, pero muy humano, dan singular encanto a estas composiciones, en que no pocas veces se inspiran y a las que han imitado con frecuencia los más esclarecidos poetas eruditos147.

Al hablar de las composiciones líricas que no se destinan al canto, se ha de entender que nos referimos a las literaturas modernas, pues en los orígenes todas las poesías líricas se cantaban. Así es que las composiciones que pueden llamarse clásicas, conservan en su estructura y versificación vestigios evidentes de haberse destinado al canto en otras épocas.

Los tipos clásicos y tradicionales de este género de poemas líricos son la Oda, la Canción, la Elegía, la Anacreóntica y el Madrigal. El Romance, la Letrilla, las Endechas, el Soneto, son más bien formas métricas que verdaderos géneros líricos; el Epigrama pertenece al género satírico y la Epístola es una forma de éste y del didáctico, aunque suele haber algunas líricas, por lo común escasas. Por esta razón nos ocuparemos solamente de los que hemos enumerado.

La Oda (que en griego es lo mismo que canto) fue el nombre que dieron los antiguos a toda composición lírica que, sin ser verdadero himno, podía ser cantada.

En las literaturas modernas se llaman así los poemas líricos de gran extensión, que se distinguen por la grandeza de la inspiración y del asunto, el tono arrebatado y grandilocuente y la versificación rotunda, solemne y majestuosa.

Considérase la oda como el modelo de las poesías líricas, y suele presentar cierto carácter épico. La oda se adapta a todos los asuntos y puede dividirse, por consiguiente, en todas las clases en que hemos dividido la Poesía lírica.

La Canción italiana, popularizada por Petrarca, e introducida en España en el siglo XVI por Boscán y Garcilaso, no es en realidad otra cosa que una oda, menos grandiosa y arrebatada que la oda propiamente dicha, y dedicada por lo general, a asuntos amorosos o a expresar sentimientos melancólicos y tiernos.

También se ha dado este nombre a ciertos poemas elegiacos y a algunos himnos heroicos.

La Elegía fue en sus comienzos un canto lúgubre y melancólico, inspirado por la muerte de una persona amada o por las desgracias de la patria. Más tarde, expresó los desencantos y tristezas del amor; pero en los tiempos modernos ha recobrado su carácter fúnebre. Distínguese la elegía por la profundidad del sentimiento (sea éste inspirado por desgracias públicas o privadas), que se revela en su tono y en su versificación. Es una composición eminentemente subjetiva, que se dirige sólo al corazón, y que expresa uno de los aspectos más bellos y conmovedores del espíritu humano: lo que se llama la poesía del dolor.

La Anacreóntica, que debe su nombre al poeta griego Anacreonte, que la inventó, o al menos le dio la forma que luego ha conservado, es una composición erótico-naturalista, que canta los goces sensuales y los encantos que a los sentidos ofrece la naturaleza, en risueño estilo y versificación fácil y ligera. La alegría de un alma satisfecha, los goces del vino y del amor, la embriaguez de los sentidos, el íntimo contento que produce una existencia regocijada y feliz, son los sentimientos expresados por este género, que fácilmente se convierte en un canto báquico inmoral.

El Madrigal es un poema de corta extensión que encierra un sentimiento profundo y delicado. Es una composición eminentemente subjetiva, inspirada por punto general en el amor o en la naturaleza.

Entre las composiciones modernas, no comprendidas en estos tipos clásicos, pueden contarse la Balada lírica y la Dolora (así llamada por el Sr. Campoamor). Estas dos clases de composiciones tienen muchos puntos de contacto entre sí. Ambas suelen adoptar formas dramáticas y narrativas y aproximarse mucho al género épico; pero se distinguen, porque en la primera predomina el sentimiento, y la idea filosófica en la segunda. De breve extensión, por lo común, encierran, bajo una forma expositiva, narrativa o dramática, un sentimiento profundo, delicado y penetrante (como el madrigal) o una idea moral o filosófica de gran trascendencia. La balada lírica se distingue de la épica (de la cual hablamos en la Lección XXXIX) por ser expresión de los sentimientos del autor y aparecer en ella la personalidad de éste, en vez de ceñirse a la narración de un hecho sencillo, como aquélla. Entre las doloras suele haber algunas puramente épicas, y otras verdaderamente dramáticas.

La inspiración lírica no se encierra sólo en estas composiciones, sino que se expresa en otra multitud de formas, que reciben su nombre de las combinaciones métricas usadas por el poeta, como son los sonetos, romances, letrillas, décimas, octavas, redondillas, quintillas, cuartetos, tercetos, octavillas, endechas, silvas, liras y otras innumerables; muchas de las cuales no tienen nombre propio. Constantemente se crean formas líricas nuevas (sobre todo en lenguas musicales, como la italiana y la española), y es imposible, por lo tanto, enumerarlas todas. Con lo dicho basta para conocer las más importantes y para comprender la imposibilidad absoluta de hacer una clasificación exacta y completa de las composiciones líricas.

Lección XLIII

Momento histórico en que aparece la Poesía lírica. -Fases sucesivas y fenómenos importantes de su desarrollo. -Desenvolvimiento de este género en la historia

La Poesía lírica sucede a la épica por una ley biológica fácil de explicar. El espectáculo del mundo exterior atrae primeramente al hombre, le distrae en cierto modo de sí mismo, y no le permite reconcentrarse en su interior y dar vida a la inspiración lírica. Pueblos hay en los cuales apenas es conocido este género, y en todos aparece después de un gran desarrollo épico, y por lo general inmediatamente antes de un gran desarrollo dramático. En todos los pueblos, el carácter especial de su inspiración artística, su genio propio, sus costumbres, sus ideas, influyen en su desarrollo literario, ora en sentido favorable a la Lírica, ora en sentido favorable a la Épica. En algunos pueblos, lo objetivo domina a lo subjetivo, y son por tanto, predominantemente épicos; en otros, el fenómeno contrario da por resultado un predominio de la Lírica. Así en Grecia, Roma, y en general en todos los pueblos latinos, el carácter objetivo predomina hasta el punto de observarse tendencias épicas en las mismas composiciones líricas, mientras en Alemania, Inglaterra y demás pueblos germánicos sucede todo lo contrario; teniendo en cuenta por supuesto que esta ley dista mucho de ser inflexible, y que por cima de ella está la espontaneidad del espíritu humano.

El género lírico puede considerarse como una derivación del épico, según indicamos en la lección XL. Los primitivos cantos líricos expresaron los sentimientos religiosos y patrióticos de las muchedumbres y se confundieron con los himnos épicos. Poco a poco, el sentimiento individual se fue acentuando, y el poeta cantó por cuenta propia, no solo los sentimientos de su pueblo, sino los suyos. Desde entonces existió la Lírica con verdadera independencia, y fue particularizándose gradualmente hasta cantar la pura subjetividad.

La Lírica se ha desarrollado al par que el sentimiento de la individualidad, y por eso hemos dicho que su grado de desenvolvimiento no es igual en todos los pueblos. Donde quiera que la personalidad humana no ha tenido el valor que le corresponde y ha estado absorbida por las grandes unidades sociales (la familia en el régimen patriarcal, la casta en el teocrático, la ciudad en las antiguas repúblicas clásicas, la monarquía absoluta en los tiempos modernos); donde quiera que el sentimiento de la unidad y de la igualdad han prevalecido sobre la idea de la libertad individual, el poeta se ha absorbido más o menos en la unidad social, y la Lírica ha tenido tendencias objetivas o épicas. Por eso los pueblos orientales y los greco-latinos no han tenido grandes desarrollos líricos, como los pertenecientes a las razas germánicas, que son las que mayor importancia han dado al principio individual. Por eso también, las épocas más propicias para el florecimiento del lirismo son aquellas en que la falta de un ideal universalmente aceptado y la relajación de los vínculos sociales dan ancho campo a la iniciativa individual. De aquí que el desarrollo del lirismo coincida con las épocas críticas y de transición, y haya llegado a su más alto punto en la sociedad contemporánea.

Como todos los géneros poéticos, la Lírica aparece confundida en sus orígenes con la Religión y la vida política. Lo primero que canta son las creencias religiosas y las hazañas guerreras de los pueblos. Pero no tarda mucho en unir a estos objetos de su inspiración los sentimientos eróticos, que constituyen siempre su principal alimento148. La Lírica reflexiva y filosófica, que canta las ideas abstractas y los principios morales, como fruto de una inspiración erudita es muy posterior a las anteriores, así como la puramente subjetiva, que es propia de épocas muy adelantadas.

En sus comienzos es la Lírica espontáneo-popular. Más tarde se hace reflexiva y erudita, y se divorcia de la inspiración del pueblo; pero nunca tanto como la Épica. La razón es obvia: los sentimientos que inspiran a este género son comunes a todas las clases sociales, y la única diferencia entre la Lírica popular y la erudita consiste en el grado de espontaneidad y sencillez con que ambas los expresan. Hay ocasiones, sin embargo, en que el extremado divorcio entre la inspiración popular y la erudita, hace que ésta se convierta en cortesana y artificiosa y caiga en la afectación amanerada, en la hinchazón, y en el conceptismo, convirtiendo la expresión del sentimiento lírico en juego retórico, y sustituyendo la manifestación espontánea y natural de los afectos con alambicados conceptos, fórmulas vacías, rebuscados discreteos y pomposo follaje de palabras. Tal sucedió en sus últimos tiempos a la poesía provenzal, a la castellana del siglo XV, a la de los últimos reinados de la casa de Austria, y a la poesía francesa del siglo XVIII. En general, este decaimiento de la Lírica coincide con la decadencia de los pueblos, y se debe, no sólo a haberse divorciado por completo de la inspiración popular, sino a haberse agotado todos los ideales que podían darle vida.

Con efecto, por más que la Poesía lírica sea subjetiva, nunca se sustrae a las influencias del medio social en que se produce, y siempre refleja las ideas y sentimientos que en cada época dominan, tanto o más que la Poesía épica, por ser más flexible que ésta y disfrutar de mayor libertad. El poeta épico sólo expone grandes concepciones sintéticas; pero el lírico puede manifestar las ideas y sentimientos de su época en todos sus aspectos, y hasta en sus menores detalles, y sus obras son, por tanto, la más variada y completa expresión del estado social.

Por eso la Lírica refleja fielmente el carácter y tendencias de los pueblos y amolda siempre su desarrollo al de éstos. Por eso cuando no tiene ideales que cantar, decae, como dejamos dicho; cuando prevalece un sólo ideal, adquiere un carácter objetivo, porque el sentimiento individual del poeta se confunde con el del pueblo; y cuando luchan contrapuestos ideales, y la humanidad atraviesa una crisis suprema (como hoy acontece), se hace subjetiva porque, aflojados los vínculos sociales y no habiendo un ideal común, sino muchos ideales parciales y contrapuestos, el poeta tiene que refugiarse en su individualidad.

Las tendencias objetivas de la mayor parte de los pueblos orientales y su especial organización religiosa y social han sido causa de que, excepto en los que pertenecen a la raza semítica o en los que han sido dominados por el mahometismo, la Poesía lírica no haya alcanzado un gran desarrollo. En la India apenas hay algún vestigio de este género poético; lo más importante que nos ofrece es el poema de Kalidasa, titulado Megha-Dutha (la nube mensajera). En Asiria se han encontrado algunos himnos religiosos. La literatura china posee bastantes composiciones líricas, así como la japonesa.

Los pueblos semíticos han brillado notablemente en el género lírico. Los árabes han cultivado esta poesía con gran éxito en los siglos medios. La civilización que crearon los primeros califas, y que se extendió por gran parte del Asia y en Europa por España y Sicilia, fue fecunda en grandes poetas líricos, por regla general eróticos y cortesanos. No menos inspirados fueron los hebreos, que aventajan a los árabes en profundidad y alteza de sentimientos. Su musa fue siempre la Religión, unida con la patria; y en el género religioso-patriótico han dejado monumentos insignes. Los, Salmos, los Trenos o Lamentaciones de Jeremías, y el Cantar de los cantares de Salomón son muestras admirables de la elevada inspiración de aquel pueblo.

En Grecia dominaron las tendencias épicas en la Poesía lírica, y solamente los poetas eróticos y elegiacos se exceptuaron de esta regla. Fue el creador de éste género en aquel país Terpandro, inventor de la lira de siete cuerdas y del sistema musical de los griegos, y se distinguieron después de él: Píndaro (n. 522 a. d. J. C.), que cantó las hazañas de los que triunfaban en los juegos públicos, con tendencias tan épicas, que sus obras más son epinicios que cantos líricos; Tirteo célebre por sus poesías patrióticas; Simónides de Ceos (560-471 o 555-466 a. de C.), que cultivó la elegía y el canto heroico; Anacreonte, que cantó los placeres sensuales en las composiciones a que se ha dado su nombre, y que es, por tanto, creador de un género poético; Alceo, que escribió odas políticas, eróticas y báquicas; la poetisa Safo, que cantó la pasión amorosa con acentos verdaderamente líricos y algunos otros de menos importancia.

Con tendencias didácticas cultivó en Roma Horacio (65-8 a. d. C.), la poesía lírica, distinguiéndose en la oda y la elegía. Más subjetivo que él, Ovidio (43 a. d. J. C.-17 d. C.), mostrose verdaderamente lírico en sus Amores y en sus Tristes. Cultivaron con tendencia erótica y elegiaca este género Tibulo (m. 19 a. d. C.), Catulo (n. 86 a. d. C.) y Propercio (n. 52 a. d. C.).

En la Edad Media, la Lírica se cultivó principalmente por los provenzales, franceses, italianos, catalanes y castellanos en Europa, y por los árabes en Oriente. Además de los numerosos himnos lírico-religiosos compuestos por los grandes poetas eclesiásticos, y de las canciones populares que ofrecen todas las literaturas de aquella edad, los trovadores provenzales, franceses y españoles, cultivaron la Lírica con sentido erótico y cortesano.

Distinguiéronse en Francia, como poetas líricos, Arnaldo de Malveil, Beltran de Born, Sordel, Beltran de Alamanon, Tibaldo de Champaña (1201-1253), Carlos de Orleans (1391-1465) y Villon (n. 1431). Florecieron en Cataluña Raimundo Lulio (1235-1315), el infante D. Pedro de Aragón, Ramón Muntaner, Ausiàs March, Andreu Fabrer, Jordí de San Jordí, Jaume Roig y otros no menos notables. Brillaron, en Castilla Don Alonso X el Sabio (1221-1284), el Arcipreste de Hita, D. Juan II (1404-1454), D. Álvaro de Luna, Macías, Fernán Pérez de Guzmán, Juan de Mena (1411-1456), el Marqués de Santillana (1398-1458), Jorge Manrique (1440-1479), sin duda el más lírico de todos, Villasandino, Baena y otros de menos importancia. En Italia, el sentimiento lírico se desenvolvió principalmente en sentido erótico y con tendencias clásicas. Hubo, sin embargo, poetas místicos como San Francisco de Asís (1182-1226), Santo Tomás de Aquino (1227-1274) y San Buenaventura (1221-1274). Pero los verdaderos creadores de la lírica italiana (mejor dicho, de la Poesía italiana), son Dante y Petrarca (1304-1374).

Verificado el Renacimiento, trasformada por completo la cultura europea, e iniciados nuevos rumbos en el Arte, la Poesía lírica va adquiriendo extraordinario desarrollo en los países latinos, y tomando formas artísticas en los germánicos y anglo-sajones. Sin embargo, conserva todavía sus tendencias objetivas, y se inspira, por regla general, en la tradición clásica. Las formas que imperan en la Lírica en este período, suelen ser hijas de la influencia italiana.

Los cantos religiosos de Lutero (1483-1546) inician el movimiento lírico en Alemania, secundado por el poeta popular Hans Sachs (1484-1576). Durante el siglo XVII, la poesía alemana se reduce a imitar a franceses e italianos, hasta que en el XVIII, después de producirse la influencia inglesa, y, merced a los esfuerzos de la escuela de Zúrich, fundada por Bodmer (1689-1783), adquiere un carácter nacional. Klopstock, Wieland, Lessing, pueden considerarse como los representantes de este movimiento, dignamente secundado por otros poetas secundarios, entre los cuales se distingue Burger.

Inglaterra comenzó su movimiento lírico en el siglo XVI. Sus primeros ensayos están viciados por un culteranismo parecido al de nuestro Góngora, y denominado eufuismoLily fue el creador de éste género bastardo. Los poetas ingleses del siglo XVII no merecen mención especial. En el XVIII, brillaron Young (1681-1785), Gray (1716-1771), Burns (1759-1796), casi todos poetas de tendencias didácticas.

Francia tuvo en los siglos XVI, XVII y XVIII, poetas líricos de gran importancia, sobre todo en la época de Luis XIV. Entre ellos se distinguen Clemente Marot (1495-1554), Ronsard (1524-1585), Regnier (1571-1613), Malherbe (1555-1628), verdaderos creadores de la Lírica francesa. Hízose ésta luego galante y cortesana y no adquirió verdadera espontaneidad e inspiración hasta fines del siglo XVIII. Voltaire, Juan Bautista Rousseau (1671-1741), Andrés Chénier (1762-1794), son los poetas más notables de este período.

Ariosto, Torcuato Tasso, Bembo, Lorenzo de Mèdicis (1448-1492), Marini (1569-1625), que representa en Italia lo que Góngora en España, y algunos otros poetas de escasa importancia, cultivaron en Italia el género lírico, sin dejar ningún monumento de mérito excelente.

En España la poesía lírica tuvo una época de extraordinaria prosperidad en los siglos XVI y XVII. Inspirándose en el gusto italiano, por lo que a la forma respecta, en la poesía clásica y en la oriental, por lo que toca al fondo, más objetiva que subjetiva, a la vez religiosa, patriótica, erótica y didáctica, la Poesía lírica tuvo entre nosotros notable desarrollo. Iniciado el movimiento por Boscán (1500-1543) y Garcilaso (1503-1536), siguiéronlo Hurtado de Mendoza (1503-1575), Fray Luis de León (1528-1591), Francisco de la Torre, los hermanos Argensolas, (Lupercio, 1563-1613; Bartolomé, 1564-1631), Villegas (1595-1669), Herrera (1534-1597), Jáuregui (1570-1650), Lope de Vega (1562-1635), Quevedo, (1580-1645), Rioja (1600-1659), Rodrigo Caro (n. 1573), y San Juan de la Cruz y otros no menos importantes. Góngora (1561-1627), corrompió la Poesía lírica creando la escuela culterana, e inició una decadencia lamentable. En el siglo XVIII, nuestros poetas se alimentaron de imitaciones extranjeras y crearon un lirismo artificioso y frío. Meléndez Valdés (1754-1817), Fray Diego González (1733-1794), Forner (1756-1793), Cienfuegos (1764-1809), Cadalso (1741-1782) y los dos Moratines (Nicolás, 1797-1780; Leandro, 1760-1828), son los únicos poetas de aquella época dignos de mención.

En Portugal se distinguieron Sáa de Miranda (1494-1558), Ferreira (1528-1569), el cantor popular Bandarra, Camoens, Faria Sousa (1590-1649), la poetisa Violante de Ceo (1601-1693), Antonio Diniz da Cruz (1730-1811), Francisco Manuel de Nascimento (1734-1819), y Barbosa Bocaje (1736-1805).

El siglo en que la Lírica ha llegado a su apogeo es el XIX. El predominio que en él ha alcanzado el sentimiento individual, la crisis laboriosa que atraviesa, la libertad proclamada en los dominios del Arte, explican cumplidamente este hecho. La Poesía lírica de nuestro siglo es eminentemente subjetiva y reviste los más variados caracteres. Creyente y escéptica, llena a la vez de esperanzas y de abatimientos, oscilando entre opuestos ideales, presa de encontrados sentimientos, filosófica a veces, rindiendo otras apasionado culto a la forma, ni se somete a reglas fijas ni se inspira en un solo ideal. Su tendencia constante es cantar lo humano más que lo divino y enaltecer la naturaleza más que en los pasados tiempos, tratando a la vez de expresar las más íntimas profundidades de la conciencia. Ostenta, por punto general, una espontaneidad que la aproxima a la Lírica popular y muéstrase muy subjetiva en los pueblos del Norte y con tendencias objetivas en los latinos.

En este siglo se han distinguido en Alemania como poetas líricos Goethe, Schiller, Heine, Uhland, Ruckert (1788-1866) Koerner (1791-1813), Federico Schlegel (1772-1829), Chamisso (1781-1838), Geibel, Lenau (1802-1850), Platen (1796-1835), Hoffmann de Fallersleben, Hartmann, Freiligrath y otros menos importantes. Muchos de estos poetas se han dedicado a la poesía patriótica; otros han cantado el amor y la naturaleza; otros son humorísticos como Heine. El sentido romántico domina en casi todos ellos.

Inglaterra ha tenido en nuestros días un gran florecimiento lírico y ha fundado la escuela escéptica, habiendo cultivado además la romántica y la que recibió el nombre de Lakista, que se inspiraba en los encantos de la naturaleza. Lord Byron, Moore (1780-1832), Wordsworth, jefe de los lakistas (1770-1850), Southey (1774-1843), Coleridge (1770-1834), Shelley (1793-1822), Walter Scott (1771-1832), Tennyson, son los más ilustres representantes de la Lírica inglesa. A ellos puede unirse el norte-americano Longfellow.

Fecunda en grandes poetas ha sido también la Francia en el presente siglo, señalándose entre ellos los pertenecientes al movimiento romántico iniciado allí por Víctor Hugo, uno de los poetas más inspirados, originales y fecundos de nuestros días. Lamartine (1790-1869), Alfredo de Musset (1810-1857), Delavigne (1794-1843), Béranger (1780-1857), que ha cultivado la Poesía popular, Vigny (1798-1864), Sainte-Beuve (1804-1869), Barbier, Coppée y otros muy notables constituyen una brillante pléyade de ingenios que han levantado a grande altura la Lírica francesa.

También Italia ha tenido un gran florecimiento lírico, inspirado por la idea patriótica, la religión y el amor, y también por un amargo escepticismo subjetivo. Los principales representantes de la Lírica italiana contemporánea son: Monti (1754-1828), Ugo Fóscolo (1778-1827), Manzoní(1784-1872), Leopardi (1798-1837) y otros no menos notables.

Inspirada en los comienzos del siglo por la idea patriótica, imitadora después del escepticismo de Byron, del romanticismo de Víctor Hugo y del subjetivismo alemán, la Poesía lírica se ha desarrollado en nuestros días con notable esplendor en España. El movimiento lírico lo inician Quintana (1772-1857), Arriaza (1770-1837), Gallego (1777-1853) y Lista (1775-1848); y lo continúan en varias direcciones, Espronceda, Pastor Díaz (1811-1863), el duque de Frías, Martínez de la Rosa (1789-1862), Tassara, López García, Monroy, Bécquer (1836-1870) y otros muy notables que no citamos, porque aun viven entre nosotros.

En Portugal se han distinguido en este siglo Almeida Garrett, Herculano, Castillo, el padre Macedo (1761-1831), Tomás Ribeiro, Mendes Leal y otros muchos muy importantes.

En los Países del Norte (Rusia, Polonia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Países Bajos) y en las dos Américas también se ha cultivado con éxito la Poesía lírica, principalmente en nuestro siglo. Inútil es decir también que en todos los países que hemos enumerado, la Lírica popular ha producido innumerables y bellísimos cantos.

Origen: Instituto Cervantes

UNIVERSO CHILLIDA


reportaje de borja hermoso en el semanal de el pais

buceamos en elarchivo personal del artista para dar la dimensión del intelectual en su centenario

El 10 de enero se cumplen 100 años del nacimiento en San Sebastián de Eduardo Chillida, uno de los grandes de la escultura mundial y creador imprescindible en el arte español del siglo XX. Sus cartas, fotografías y manuscritos son testimonio de su amistad con los grandes artistas y pensadores europeos

Dejando atrás la playa de Ondarreta y enfilando la esquina última de San Sebastián, tras cruzarse con lotes invariables de surferos, ciclistas, paseantes y korrikalaris, uno se planta en las rocas donde se incrustan los tres hierros gigantes que conforman el Peine del viento.Eduardo Chillida siempre le gustó decir que su obra más importante por lo colosal, lo complejo y lo enigmático era el Elogio del horizonte (1990), que corona el cerro de Santa Catalina, en Gijón, 500 toneladas de hormigón asomadas al acantilado cantábrico… 



Ver reportaje completo aquí: UNIVERSO CHILLIDA

Pregones

«…El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?…»

Eran tres pregones.

Uno cuando llegaba la primavera, alta ya la tarde, abiertos los balcones, hacia los cuales la brisa traía un aroma áspero, duro y agudo, que casi cosquilleaba la nariz. Pasaban gentes: mujeres vestidas de telas ligeras y claras; hombres, unos con traje de negra alpaca o hilo amarillo, y otros con chaqueta de dril desteñido y al brazo el canastillo, ya vacío, del almuerzo, de vuelta al trabajo. Entonces, unas calles más allá, se alzaba el grito de “¡Claveles! ¡Claveles!”, grito un poco velado, a cuyo son aquel aroma áspero, aquel mismo aroma duro y agudo que trajo la brisa al abrirse los balcones, se identificaba y fundía con el aroma del clavel. Disuelto en el aire había flotado anónimo, bañando la tarde, hasta que el pregón lo delató dándole voz y sonido, clavándolo en el pecho bien hondo, como una puñalada cuya cicatriz el tiempo no podrá borrar.

El segundo pregón era al mediodía, en el verano. La vela estaba echada sobre el patio, manteniendo la casa en fresca penumbra. La puerta entornada de la calle apenas dejaba penetrar en el zaguán un eco de luz. Sonaba el agua de la fuente adormecida bajo su sombra de hojas verdes. Qué grato en la dejadez del mediodía estival, en la somnolencia del ambiente, balancearse sobre la mecedora de rejilla. Todo era ligero, flotante; el mundo, como una pompa de jabón giraba frágil, irisado, irreal. Y de pronto, tras de las puertas, desde la calle llena de sol, venía dejoso, tal la queja que arranca el goce, el grito de “¡Los pejerreyes!” Lo mismo que un vago despertar en medio de la noche, traía consigo la conciencia justa para que sintiéramos tan solo la calma y el silencio en torno, adormeciéndonos de nuevo. Había en aquel grito un fulgor súbito de luz escarlata y dorada, como el relámpago que cruza la penumbra de un acuario, que recorría la piel con repentino escalofrío. El mundo, tras de detenerse un momento, seguía luego girando suavemente, girando.

El tercer pregón era al anochecer, en otoño. El farolero había pasado ya, con su largo garfio al hombro, en cuyo extremo se agitaba como un alma la llama azulada, encendiendo los faroles de la calle. A la luz lívida del gas brillaban las piedras mojadas por las primeras lluvias. Un balcón aquí, una puerta allá, comenzaban a iluminarse por la acera de enfrente, tan próxima en la estrecha calle. Luego se oía correr las persianas, correr los postigos. Tras el visillo del balcón, la frente apoyada al frío cristal, miraba el niño la calle un momento, esperando. Entonces surgía la voz del vendedor viejo, llenando el anochecer con su pregón ronco de “¡Alhucema fresca!”, en el cual las vocales se cerraban, como el grito ululante de un búho. Se le adivinaba más que se le veía, tirando de una pierna a rastras, nebulosa y aborrascada la cara bajo el ala del sombrero caído sobre él como teja, que iba, con su saco de alhucema al hombro, a cerrar el ciclo del año y de la vida.

Era el primer pregón la voz, la voz pura; el segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas.

Luis Cernuda
Del Blog Trianarts



¿crisis de valores?


A lo largo de la historia, el lamento más repetido es el de una generación sobre la degradación moral de la siguiente. Un estudio analiza las respuestas de 12 millones de personas en 60 países para explicar las razones de esta ilusión.

La maldad se extiende sin fin. El hombre amable se ha desvanecido». Con estas palabras se lamentaba un poeta egipcio en los tiempos del Imperio Medio, unos dos mil años antes de nuestra era. Desde entonces, el diagnóstico pesimista se ha oído o leído sin cesar: en la Ilíada, de Homero, o en la barra del bar; desde Livio, que auspiciaba «el derrumbe del edificio» por el proceso de declive moral, a Madonna, que aseguraba en las redes sociales que «hemos olvidado nuestra humanidad».

«Durante toda mi vida he oído a la gente lamentarse por el fin de la bondad humana. Me entran ganas de cogerlos de la solapa y preguntarles: ‘¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto en una temporada de Mad Men? ¿O es por una anécdota aleatoria que te contó tu abuelo?’». En lugar de hacer esto, el psicólogo Adam Mastroianni –que realiza en la actualidad sus investigaciones posdoctorales en la Universidad de Columbia (antes en Harvard)– decidió estudiar qué se esconde tras estos discursos pesimistas… Si responden o no a una realidad y si subyace algún mecanismo en nuestra psique que explique su abundancia. Spoiler: es una ilusión. Con este título –La ilusión del declive moral– acaba de publicarse su investigación en la revista Nature.

Tendemos a pensar que los jóvenes están peor en las cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído mucho, insistirá en que se ha perdido el hábito de lectura

Para ello ha buceado en encuestas realizadas entre 1949 y 2019, que incluyen a casi 12,5 millones de personas de 60 países. Y la respuesta, se pregunte a quien se pregunte, es siempre la misma: los valores morales están en declive, cada generación es peor que la anterior. Menos solidaria, menos respetuosa, más materialista y egoísta…

No hay datos españoles en su estudio, pero las encuestas demuestran que no somos una excepción. Un sondeo del CIS en 2000 preguntaba: «En comparación con hace 25 años, ¿opina usted que los españoles son más, igual o menos respetuosos hacia los demás?». El 41,4 por ciento pensaba que eran menos respetuosos, y solo una cuarta parte afirmaba lo contrario. A finales de 2017, la respuesta era similar: un 44,2 por ciento consideraba a los españoles menos respetuosos que cinco años antes.

«Preguntes a quien preguntes, donde y cuando sea, las personas dan la misma respuesta –concluye Adam Mastroianni–. La gente es menos amable que antes». El diagnóstico es algo peor entre quienes se autodefinen políticamente como conservadores, pero, por lo demás, poco importa la edad, el género o el estrato social. Algunos investigadores han bautizado el fenómeno como el ‘efecto los chicos de hoy en día’ (KTD effect, en las siglas inglesas de kids this day).

El sesgo se produce no solo porque las noticias negativas captan más nuestra atención, también es porque recordamos mejor los episodios positivos del pasado

Y añaden otro dato: tendemos a pensar que los chicos de hoy están peor en cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído muchos libros, pensará que se está perdiendo el hábito de lectura. Y, aunque no estemos tan leídos… tenderemos igualmente a pensar que los siguientes abrirán menos libros que nosotros porque tendemos a vernos con buenos ojos… y cuesta menos ver la viga en los ajenos.

Pero ¿de verdad existe este declive continuo? Lo curioso es que las cifras cambian poco con los años. Si las cosas fuesen constantemente a peor, cada año debería arrojar resultados más pesimistas en las encuestas. Sin embargo, repasando más de 100 sondeos realizados entre 1965 y 2020, Mastroianni y su equipo han visto que no existe una variación. En torno a un 70 por ciento de los encuestados afirma, año tras año, que los valores morales de la sociedad están empeorando. Y al mismo tiempo ofrecen respuestas contradictorias con esa aseveración: el 90 por ciento afirmaba haber sido tratado con respeto el día anterior…

Y la afirmación se mantiene estable entre 2006 y 2019. Un metaanálisis publicado el año pasado que analizaba más de 500 experimentos realizados específicamente para medir la predisposición a cooperar mostró que esta se ha incrementado en un 10 por ciento entre 1961 y 2017. Sin embargo, en las encuestas realizadas por Mastroianni y su equipo, el resultado es el inverso: la gente percibe que ha caído un 10 por ciento.

¿Por qué ocurre esto? En su exitoso libro Factfulness, Hans Rosling ofrecía algunas explicaciones, relacionadas en parte con nuestra tendencia a fijarnos en lo negativo, alimentada en parte por los medios de comunicación y las redes sociales. El drama y la sorpresa venden más que la rutina y la bondad. El economista canadiense John Keneth Galbraith, fallecido en 2006, lo explicó de otro modo cuando dijo que todo editor quiere publicar un libro llamado La crisis de la democracia, porque sabe que eso vende. Los autores del reciente artículo publicado en Nature lo atribuyen a un doble factor psicológico, que han bautizado como BEAM, siglas inglesas de ‘exposición y memoria sesgadas’.

Afirman que es la suma de la exposición a noticias negativas, que captan nuestra atención más que las positivas, y un sesgo de nuestra memoria, que tiende a difuminar con mayor rapidez los recuerdos negativos que los positivos. Así, al volver la vista atrás, recordaremos con mayor intensidad los episodios que nos hicieron estar bien. Pero, al observar el presente, serán las malas noticias las que más atrapen nuestra atención.

La combinación de ambas cosas explica esa tendencia a caer en la tentación de pensar que la sociedad está perdiendo sus valores. «Hay muchos problemas en la sociedad actual –concluye Mastroianni–. Por suerte, la crisis moral es una mera ilusión y no hay que invertir mucho esfuerzo en revertirla». Porque las cosas no están tan mal, quizá sean nuestros propios prejuicios los que hemos de revisar».


Ellos lo dijeron antes…

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Asiria. «Los jóvenes ociosos»


En una tablilla de arcilla encontrada en las ruinas de lo que fuera Babilonia (hoy, Irak), alguien había escrito hace más de tres mil años: «Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura».

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Sócrates. «Muchachos malcriados»


Sócrates, siglo IV a. C.: «La juventud actual ama el lujo, es maliciosa y malcriada, se burla de la autoridad y no tiene ningún respeto por los mayores. Nuestros muchachos de hoy son unos tiranos que no se levantan cuando un anciano entra a alguna parte y que responden con altanería a sus padres».

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Aristóteles. «Creen que lo saben todo»


Aristóteles escribió sobre los jóvenes en su Retórica, escrita en el siglo IV antes de nuestra era: «Se pasan en todo, todo lo hacen exageradamente, lo suyo es por doquier la demasía. Se creen que lo saben todo y hacen siempre afirmaciones contundentes, de lo que deriva su conducta exorbitante y descomedida».

Charles Baudelaire. «Una sociedad estúpida»


Charles Baudelaire, el gran poeta maldito, escribió que «el progreso ha atrofiado todo lo que es espiritual en nosotros». Afirmaba que la suya era «la más estúpida de las sociedades».

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Friedrich Nietzsche. La decadencia


Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán, paradigma del nihilismo, tachaba a la sociedad europea de su época de enferma y decadente. «Hay un elemento de decadencia en todo lo que se refiere al hombre moderno», escribió en 1885. 


No recuerdo ni cuándo ni dónde encontré este «estudio».
Tema de permanente actualidad. Lo actualizo enero 2024.

VIVIR EL TIEMPO QUE ME QUEDA

Catedrático de Neurología
en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado dos por ciento.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los ochenta años, y esos quince años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba:

“Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto, pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo:

“Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días, he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia, sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado, y he sido amado; he recibido mucho, y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

Este artículo se publicó originalmente en The New York Times. 
Traducción de María Luisa Rodriguez Tapia.


Artículo relacionado de ROSA MONTERO

Lo más conmovedor del artículo en el que Oliver Sacks anuncia su cáncer terminal y su próxima muerte es la modestia del tono, la falta total de engolamiento. El yo, que ocupa tantísimo espacio en nuestras vidas, tiende a tomarse todo lo que le afecta bastante a la tremenda, y desde luego la propia muerte es el acontecimiento mayor de la existencia, así que todos los textos semejantes que he leído con anterioridad sobre la propia finitud, por muy bellos que fueran, tenían siempre un toque de épica, un añadido de lírica, un no sé qué candente de emoción apenas contenida. El artículo de Sacks carece de todo eso; en realidad, es casi ramplón. Y eso es lo que lo convierte en algo único y formidable. Esa es la verdadera voz del héroe, el verdadero mensaje del sabio. Nos dice: Soy poco, sentí y viví todo lo poco que fui con intensidad, sé que es hora de irse. “Donde yo ahora estoy, tú estarás”, vaticina una clásica inscripción funeraria presente en muchas lápidas. El artículo de Sacks, con su sencillez, sirve de espejo. Señala esa desnuda continuidad de vida y muerte y vida.

Siento que su próximo fin es el de alguien cercano. Le he leído tantos libros, esos magníficos trabajos sobre las rarezas de la mente. Verdaderos viajes a los extremos del ser, como Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Él mismo tuvo graves problemas neurológicos o quizá neuróticos; lo cuenta en alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. Dolores de cabeza inhabilitantes, cegueras y parálisis momentáneas. Seguramente ese sufrimiento personal le hizo más apto para comprender el sufrimiento de los otros. A fin de cuentas, todos somos raros de una manera u otra. Esa fue la gran aportación de Sacks: la convicción de que todas las rarezas son normales. Y la celebración constante de la vida, del misterio de la vida, de la fuerza de la vida para adaptarse a todo, para crear un mundo a la medida de tus posibilidades. Ahora, fiel a sí mismo, Sacks nos demuestra que también podemos adaptarnos a la certidumbre de nuestra muerte inminente. Es un ejemplo precioso y tranquilizador, aunque no sé si yo seré capaz de seguir su estela.

Ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, es consolador y relajante

Desde todos los puntos de vista, del más convencional al más personal, Oliver Sacks parece haber tenido una vida de rotundo éxito. Es famoso, es rico, es respetado, es querido, es conocido en todo el mundo, sus libros se venden a millones. Y ha alcanzado la aceptable edad de 81 años, quizá un momento perfecto para despedirse, antes de que la vejez hinque demasiado profundamente los dientes. Pero, enfrentada a la muerte, toda vida, hasta la del personaje más glorioso, se encoge hasta mostrar su microscópica dimensión real. Polvo y cenizas. El barroco español, atormentado por la finitud, llenó los cuadros de calaveras para recordarnos esa nadería, esa futilidad de la vida humana. ¿La pompa del emperador dueño del mundo? Puro espejismo; por debajo del sombrero adornado con plumas de faisán está el pelado cráneo amarillento. Que también acabará desintegrándose. Ya se sabe que nuestra vida es apenas una minúscula gota en el mar del tiempo. En realidad, y si lo piensas bien, ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, que estamos llenos de pretensiones espectaculares sobre nosotros mismos, es consolador y relajante. Si nuestra vida entera, vista en términos globales, es una fruslería, las angustias por las que perdemos la cabeza, el corazón y el resuello cada día son verdaderas necedades. Deberíamos poner más calaveras barrocas en nuestro entorno y vivir más conscientes de nuestra nimiedad.

Esa modestia es la que llena de luz el texto de Oliver Sacks. Me encanta especialmente cuando dice que se siente liberado de muchas cosas, y que en las semanas o meses que le queden de vida no va a ver más informativos de televisión ni va a preocuparse más por el cambio climático. Y no porque no sea importante, sino porque ya no le incumbe. Él está en otra cosa: en la vida esencial, una vida básica de célula, de animal gozoso de sentirse vivo. Es una observación desternillante: ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de no ver más los aterradores telediarios, de cerrar los ojos al dolor y al miedo y volver a ser un inocente niño bajo el sol? La vida también pesa. Tal vez el miedo que le tenemos a la muerte no sea más que otro de esos desquiciados, desordenados miedos que apesadumbran absurdamente nuestras vidas. Sacks navega hacia el final libre de carga, marinero de un barco diminuto.


STALKER

«Geoff Dyer habla de ‘la última palabra’ como de aquello que cambia tu manera de ver el mundo y, en su caso,
con Stalker de Andréi Tarkovski descubrió lo que da de sí un viaje con destino a una habitación»

Llega el verano y es tiempo de viajes, de romper con el curso de las cosas, de meterse en otras vainas. Por ejemplo, la de ver de una vez Stalker, la película de Andréi Tarkovski que está ahí desde hace ya demasiados años, a la cola, como esperando que ocurra un milagro (o algo parecido). De pronto, por casualidad —el verano es también tiempo de casualidades—, abres Zona (Literatura Mondadori), de Geoff Dyer, “un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación”. Es decir, sobre Stalker. Así que no hay más remedio, e inicias esa tarea siempre postergada. Es una película de culto, para muchos una de las más grandes de la historia del cine, tiene el prestigio de haber abierto nuevos caminos, y todo el mundo sabe que es lenta. Un peñazo.

Dyer recoge enseguida una frase de otro cineasta, Robert Bresson, que se obligaba a recordarse una especie de exigencia: “Hacer visible lo que sin ti quizá nunca se hubiera visto”. Y también se acuerda del proyecto que abrigaba Gustave Flaubert de “escribir un libro sobre nada”, un libro que no tuviera casi tema, o en el que el tema fuera casi invisible. Estas dos referencias son suficientes para saber que ver Stalker es algo que está reñido con esta época que rinde culto a la inmediatez y a la velocidad y a las satisfacciones inmediatas, y que demanda sobre todo entretenimiento. Dyer cuenta que vio la película poco después de que se estrenara en 1979 y que le resultó aburrida, pero explica que muchas de sus imágenes se le quedaron dentro, y que lo empujaron a verla otra vez y otra y otra. Hasta que se encontró escribiendo un libro sobre Stalker. Hay un momento en que dice, cuando los protagonistas inician el desplazamiento en un motorraíl hacia la Zona, que se trata de “una de las grandes escenas de la historia del cine”. Luego afirma que hay otras muchas en la película, así que se obliga a no repetirse más.

Zona es el libro de alguien que explora una gran pasión. Enfrentarse a Stalker no es una tarea fácil, pero compensa. Quizá sea bueno entenderla como lo que es, un viaje, y no sucumbir a la tentación de buscarle simbologías o tratarla como una alegoría. El Escritor y el Profesor se dirigen de la mano de Stalker a un lugar prohibido, y punto. La manera de filmar de Tarkovski, los paisajes en los que te sumerge, los colores, la textura, la inquietud que te traslada: “Siempre está pasando algo o está a punto de pasar o podría pasar”, escribe Dyer. Hay lugares y situaciones que filmó Tarkosvki que parecen anunciar lo que luego fue Chernóbil o lo que quedó tras el derrumbamiento de las Torres Gemelas.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.

Geoff Dyer nació en 1958. Tenía 10 años cuando se produjeron las revueltas de 1968 y poco más de 20 cuando vio Stalker. Comenta que los libros, discos, películas que encuentras después de aquellos momentos tan decisivos de la juventud “no tienen la menor oportunidad de convertirse en la última palabra porque hace ya unos años que escuchaste —o leíste o viste— tu última palabra”. Hay situaciones que te cambian tu modo de ver la vida. Los jóvenes del 68 se socializaron con un proyecto, “la imaginación al poder”; el que lo hace con Stalker entiende las cosas de otra manera. Los personajes se meten todo el rato en distintos charcos, se pringan, avanzan con dificultades camino de esa habitación de la Zona donde su “deseo más íntimo se hace realidad”. Así que saben que, si eso ocurriera, podrían vivir una pesadilla.


SOBRE LA FIRMA

José Andrés Rojo

José Andrés Rojo

Redactor jefe de Opinión. En 1992 empezó en Babelia, estuvo después al frente de Libros, luego pasó a Cultura. Ha publicado ‘Hotel Madrid’ (FCE, 1988), ‘Vicente Rojo. Retrato de un general republicano’ (Tusquets, 2006; Premio Comillas) y la novela ‘Camino a Trinidad’ (Pre-Textos, 2017). Llevó el blog ‘El rincón del distraído’ entre 2007 y 2014.


Fotografía @mjberistain

EL JUEGO DE HACER VERSOS

Jaime Gil de Biedma


EN QUÉ CONSISTE LA CREACIÓN POÉTICA Y QUÉ FUNCIONES TIENE

ARTÍCULO DE LUIS GARCÍA MONTERO SOBRE POEMA DE JAIME GIL DE BIEDMA

 “El juego de hacer versos”, es un poema de los llamados metapoéticos, porque el poeta trata de explicar en qué consiste la creación poética y qué funciones tiene. El poeta no habla del “oficio” de hacer versos, sino de “juego” y que matiza más tarde “que no es juego” porque entiende que la poesía es más una cuestión de técnica que de sentimientos. Considera que escribir poemas es una manera de entender la vida, aunque el “placer» del comienzo se convierta al final en “vicio solitario”. «El juego de hacer versos» hace un recorrido de la trayectoria del poeta desde la nostálgica adolescencia “demasiados inexpertos, / ni siquiera plagiábamos…” hasta su decadente madurez. Como vemos, el poema tiene una estructura circular, cerrada, comienza y termina con la misma estrofa, aunque con matices diferentes en los dos últimos versos: esta variante hace destacar los efectos del paso del tiempo en la obra del autor. En este poema Gil de Biedma condensa toda su Poética, todo su proceso creador. Admite el arte como vocación, pero también como trabajo «El Arte es otra cosa distinta” … Aprender a pensar / en renglones contados / —y no en los sentimientos / con que nos exaltábamos —» El poeta sabe que la lengua es un instrumento mágico y reconoce que la mejor poesía es la rítmica «el Verbo hecho tango«.

Gil de Biedma tiene la virtud de conectar fácilmente con el lector al utilizar un lenguaje sencillo, cercano y ameno, aunque por ello no trate con gran sensibilidad temas  tan vitales como el conflicto y mala conciencia que le producen la pertenencia a la clase burguesa  “… a vosotros pecadores / como yo, que me avergüenzo de los palos que no me han dado, / señoritos de nacimiento / por mala conciencia escritores / de poesía social, / dedico también un recuerdo, / y a la afición en general“ o la búsqueda constante de su propia identidad enfrentado con el tiempo y con su propia decadencia “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender  más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / […] Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra” o el amor en su largo y precioso poema “Pandémica y celeste”:  “… Sobre su piel hermosa, / cuando pasen más años y al final estemos, / quiero aplastar los labios invocando / la imagen de su cuerpo / y de todos los cuerpos que una vez amé / aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo, / Para pedir la fuerza de poder vivir / sin belleza, sin fuerza y sin deseo, / mientras seguimos juntos / hasta morir en paz, los dos, / como dicen que mueren los que han amado mucho. “

EL JUEGO DE HACER VERSOS

El juego de hacer versos
–que no es un juego – es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
–demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos –

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
en renglones contados
–y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos –,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio,
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.

Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas nubes
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en esta vida
que nos hace pedazos
de madera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
–por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

Moralidades, 1966.


CLARA JANES Y EL CANTAR DE LOS CANTARES


Discurso de clara janés en la RAE sobre el «cantar de los cantares»

12 de junio de 2016

SENSIBILIDAD POÉTICA

«Salomón —ha comenzado su discurso Clara Janés— escribió, siempre según la leyenda, el Cantar de los cantares, la cual ha generado deslumbrantes destellos y despertado tales ecos (sea a través de la imagen, de las traducciones, de las imitaciones o simbolismos) que han acabado por convertirse en semillas fecundas».

«¿Cómo una obra cuya traducción exacta es casi imposible puede convertirse en una versión y estudio apasionantes (fray Luis), en una égloga (Arias Montano) o ser el germen de una de las mayores creaciones literarias existentes, el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz?», se ha preguntado la poeta catalana, quien ha reconocido que su «vinculación con la escritura empezó precisamente debido al Cántico espiritual, a la lectura y explicación —diría majestuosa— que de él hizo José Manuel Blecua [padre del exdirector de la RAE] —a quien tanto debo— cuando llegué a la Universidad de Barcelona. Él, con su ritmo pausado, me desveló mi sensibilidad poética, a la vez que el origen salomónico del poema de san Juan».

Los versos del Cantar y el mismo personaje de Salomón, ha proseguido Clara Janés, «cruzaron tiempo y espacio con extraordinario vigor. ¿A qué se debe ese vigor respecto a la obra lírica? No cabe duda: algunas de sus palabras y conceptos eran tan fuertes que saltaron por encima de las dificultades de traducción y quien los recibía no quedaba impasible». La nueva académica ha continuado esbozando el trayecto que siguió el Cantar de los cantares desde su origen como epitalamio hasta llegar a los místicos y hebraístas españoles, «un trayecto —o interpretación— complejo y huidizo». 

CÁNTICO ESPIRITUAL

Tras repasar la vía oriental, Janés se ha situado en el Renacimiento y en España, destacando tres hombres de fe y letras: Arias Montano, fray Luis de León y san Juan de la Cruz, al que se suma pronto una mujer también de la fe y entregada a la escritura: santa Teresa de Jesús. «Arias Montano es el primero que se lanza a verter el Cantar del hebreo al romance, pero lo hace convirtiéndolo, según la moda de la época, en una égloga pastoril. En 1554 ya lo ha concluido y llevado a Salamanca. […] Fray Luis hará la traducción y primer comentario de la obra de Salomón en 1561. […] Más tarde, en 1578 escribe san Juan las treinta y una primeras estrofas del Cántico espiritual. […] Cinco años después de la traducción en prosa y comentario del agustino, santa Teresa escribe sus Meditaciones sobre los Cantares». 

El objetivo de Arias Montano era fundamentalmente literario, ha explicado Janés. Y el propósito de fray Luis de León, en cambio, era bien distinto: traducir del hebreo «palabra por palabra». Por su parte, santa Teresa «no se enfrenta a la obra de Salomón como texto, sino a la expresión metafórica de algo que ha vivido, y lo hace parcialmente. Su escrito es una comunicación íntima».

Si fray Luis pretendía trasladar el epitalamio salomónico a la letra, «san Juan lo ha incorporado, ha aceptado en su interior el verdadero enigma que encierra: el amor, un amor que da vida […]. El Cantar de Salomón es la obra de la que más cerca se siente». La nueva académica ha concluido preguntándose qué singulariza la obra de san Juan de la Cruz y qué la hace tan excepcional: «Para empezar, la musicalidad de sus liras. […] Pero eso es solamente el esqueleto donde se monta un cuerpo de gran riqueza de imágenes, que casi podríamos calificar de surrealistas, en las que se superponen planos simbólicos, de modo que no se hacen fácilmente descifrables. El enorme atractivo del Cántico espiritual reside en ello: presenta un enigma. […] La trama de Juan de la Cruz es una poesía fonética, en una poesía de imagen simbólica, montada sobre un ritmo que no se pierde ni un instante».

Del AIRE POÉTICO habló Soledad Puértolas en la presentación del acto, diciendo:

La Academia nos viene a recordar el valor de la poesía, esa misteriosa dama encargada de dar aliento y luz a la aridez de la vida y de dotarla de contrastes, complejidad y hondura, y que nos hace un extraordinario regalo, la intuición de la trascendencia. 

El aire poético de los versos de Clara Janés y de los versos que otros escribieron y que ella ha hecho suyos, parece rodearla siempre. Ella escribe poesía, traduce poesía, habla sobre otros poetas y escritores en ese tono inconfundible de quienes buscan una verdad, […] esa verdad que se vislumbra, efímera, fugitiva, pero intensa y profunda.

Y ha querido recordar «la necesidad de Janés de ampliar su mundo, de traspasar límites, de beber en fuentes situadas en lejanos y misteriosos parajes, que la ha llevado a efectuar una labor de difusión literaria de incalculable valor». 


Imagen de internet – Alamy

¿Qué se considera belleza en Japón?


Wabi-sabi e Iki son dos valores fundamentales de la estética japonesa, en la que se valora lo sencillo, lo sutil y elegante como parte de la belleza.

El japonés Junichiro Tanizaki desgrana en “El elogio de la sombra” la diferencia entre los modos de mirar y de entender la belleza en Occidente y en Oriente.

Apreciar la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

“En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra”. Así comienza el ensayo “El elogio de la sombra” (1933), del escritor japonés Junichiro Tanizaki, en el que afirma que en Japón todo lo bello brota de la oscuridad. Bajo este prisma y a través de numerosos ejemplos, el autor, figura imprescindible de la literatura nipona, nos habla de luces y sombras y de como en este juego de claroscuros nace la verdadera belleza. ¿Qué nos enseña esta obra sobre los japoneses y su manera tan distinta de entender la belleza?

“Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz, pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”

Junichiro Tanizaki

Aunque “El elogio de la sombra” data de hace casi un siglo, muchos de los ejemplos de Tanizaki siguen vigentes e ilustran con claridad como los ciudadanos del país del sol naciente tienen la capacidad o virtud de “buscar y encontrar lo bello en todo”. Así lo afirma también Masaki Ishiguro en su libro “25 hábitos japoneses para vivir mejor”, donde repasa las costumbres y formas de ser y actuar que mejor representan a la población japonesa.

En Occidente no se entiende la belleza sin la presencia de la luz, una identificación que viene de la antigüedad. Ya en la Edad Media la “estética de la luz” relacionaba la luz, la luminosidad, el esplendor, con lo divino, un concepto que tuvo una importancia trascendental en el arte gótico, arraigó en la sociedad y se ha perpetuado hasta nuestros días. Hoy, la luz juega un papel fundamental en la arquitectura, pero también en el estado de ánimo y la salud.

Pero Tanizaki e Ishiguro cuentan que en Oriente sucede lo contrario. Mientras en occidente, nos hemos olvidado del poder de la sombra, en Japón todo cobra sentido a través de ella. Poner en valor la penumbra, el matiz, lo sutil, es la clave para entender el color de las lacas, de la tinta o de los trajes del teatro nô; para aprender a apreciar el aspecto antiguo del papel o de la pátina que el paso del tiempo deja en los objetos; para captar la belleza en la llama vacilante de una lámpara y descubrir el alma en sus espacios y elementos arquitectónicos. Incluso, el cine japonés, con su trabajo con el contraste de luz y oscuridad y su gusto por los susurros, las elipsis y las pausas, puede relacionarse con este elogio a la sombra y, también, con la estética del vacío, muy presente en las artes y el diseño japonés.

Iki y la belleza sencilla y sutil

Como se ve en las cerámicas raku o los jardines tradicionales japoneses, en esta cultura las formas bellas son las que se inspiran en la naturaleza, son las formas no rebuscadas o elaboradas, son las cosas pequeñas por encima de las grandes construcciones. La tradicional belleza japonesa expresa un delicado sentido del equilibrio, elimina todo, excepto los elementos esencialmente verdaderos, para crear preciosos espacios abiertos en torno a formas simples. En todo momento se huye de la obviedad y la sobreexposición occidental, como señala Tanizaki, y se potencia el concepto de que “menos es más”.

Búsqueda constante de la calidad

Al abordar estas cuestiones, Ishiguro remite al concepto Wabi-sabi, que junto al Iki son dos de los valores fundamentales de la estética japonesa. El Wabi-sabi representa lo imperfecto, lo impermanente, lo incompleto, y también hace hincapié en la simplicidad y en la sobriedad. El Iki se traduce comúnmente como la belleza de la elegancia, la cortesía y el refinamiento sutil. Bajo este precepto se busca la elegancia, lo sensual y lo chic, sin caer en lo exuberante, lo rudo y vulgar.

Una persona o cosa sería Iki y, también, wabi-sabi si es original, sosegada, refinada, sofisticada, pero sin ser ostentosa o complicada. Las geishas, con su belleza, misterio y sensualidad, lo son.

Los japoneses, con su visión de la belleza, nos inspiran a la hora de buscar y encontrar lo bello en todo y a apreciar la riqueza en las cosas más sencillas. Dichos ideales pueden aplicarse a todo lo que nos rodea e, incluso, en el desarrollo personal. Así como uno puede admirar la sutileza, encontrar la belleza tras las sombras o admirar una grieta en un cuenco, también puede aprender a apreciar las imperfecciones que nos caracterizan y nos hacen únicos y diferentes. Así, la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

反射 Texto e imágenes publicitarios de NISSAN


Sobre el mismo tema
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Redes sociales

CONVERTIR TU VIDA EN UNA PELÍCULA


Hablando hace unos días de este tema, que nos viene afectando, de alguna manera a todos, hoy me encuentro en el Diario El País con este artículo de Eva Morell.

Lo comparto porque me interesa. Me lleva a la reflexión. Soy parte de esa sociedad «dominada» por cualquier proyecto personal que, bien estructurado, pudiera conducir a la humanidad hacia un mundo mejor o hacia el centro de un caos «viral». Quiero confiar…


Mil millones de visualizaciones avalan una tendencia en Tiktok que traspasa la gran pantalla. Escenarios bonitos que se pueden replicar en casa, colores llamativos y una obsesión por «romantizar» la rutina en redes sociales están detrás de su éxito

La rutina vista con los ojos de Wes Anderson es siempre más bonita”, le comentaba una amiga a otra en una cafetería esta semana mientras le enseñaba el último reel que había subido a Instagram. Y tal vez tiene razón, ya que la tendencia viral de TikTok con la etiqueta #WesAnderson arrastra ya mil millones de visualizaciones. Capturar vacaciones idílicas en España en colores vibrantes, compartir imágenes de momentos diarios u objetos cotidianos e incluso hacer uso de la inteligencia artificial se ha convertido en una manera de ver el día a día a la que se han rendido millones de usuarios de todo el mundo.

Es evidente que su punto de vista único detrás de la cámara le ha otorgado al director el título más que merecido de rey de lo bonito y colorista. Su estética, inspirada en la cultura popular y el diseño de los años sesenta y setenta, atrae porque ofrece un escape a la manera de ver lo cotidiano: la llena de detalles y color en un mundo imaginario que parece siempre mejor que el real. Su atención a los detalles y composición hace que lo ordinario parezca extraordinario y esto, precisamente, es una de las claves de su éxito en redes sociales.

Cómo TikTok cambia las reglas del juego para las marcas: “De un día para otro pasé de tener tres pedidos a 200”

Víctor López G., crítico de cine y creador de contenido, considera que hay tres factores importantes que resumen el éxito del traspaso del cine de Wes Anderson a la realidad:

  • La simetría es tremendamente atractiva para el cerebro, ya que es fácil de analizar y procesar, crea una sensación de orden, elegancia y simplicidad.
  • Los planos cenitalescrean una sensación agradable en el espectador mientras los personajes interactúan y parecen formar parte de la historia de manera integrada.
  • El tratamiento del color, una de las características más evidentes de su cine.

“Con el paso de los años, la industria abraza paletas más grises y Anderson es un gran defensor del color en la gran pantalla”, comenta López. Y añade: “Esto va mucho más allá de lo puramente estético, ya que la gama de color se integra en la narrativa y contribuye a contar la historia”. Por último, la luz es un carácter con identidad propia: crea profundidad de campo y hace que podamos apreciar bien el paisaje y el escenario en cada plano. “Aunque parezca simple, el cine de Wes es muy complejo”, matiza el crítico de cine, “frontalidad, simetría, color y luz son fáciles de imitar, lo que ha ayudado mucho a que esta tendencia se haya viralizado rápidamente”.

Todo lo anterior, mezclado en las condiciones adecuadas, genera el cóctel perfecto para TikTok: vídeos cortos que retienen la atención de los usuarios con una música pegadiza y escenarios que se pueden replicar fácilmente en casa. Inevitablemente, este contexto lleva a plantearse si, en general, se tiende a idealizar la realidad dentro de las redes sociales, escapando de la monotonía y lo aburrido del feed.

¿Qué hay detrás de esta obsesión por hacer bonito todo? ¿Por qué tendemos a romantizar la rutina?

La estratega digital Raquel Carrera tiene claro que es un reflejo de la situación vital, social y económica en la que estamos viviendo: “Habitamos en un momento de caos y esto nos hace terriblemente frágiles. Históricamente, la vulnerabilidad nos lleva a buscar lo bonito, a convertir nuestra existencia en algo bello, porque es de las pocas cosas sobre las que sentimos que tenemos algo de control”. Las redes sociales son un avatar de la vida real, cada usuario elige qué mostrar, aunque no sea necesariamente 100% verdadero, y plasma ante el resto de seguidores su propia autenticidad. La estética del cine de Wes Anderson es perfecta para ello, ya que su mundo imaginario con vestuario preciosista traslada a un ideal que podemos compartir y al que aspirar. “Es un contenido que puedes consumir en bucle e imitar, es la fórmula perfecta”, afirma Carrera.

Un fenómeno más allá de TikTok

Pero el éxito de Wes Anderson va más allá de su filmografía y de esta tendencia en redes. Se ha convertido en todo un icono de la cultura popular actual y su armonía ha traspasado todas las fronteras posibles. Desde sus paletas de color hasta el diseño gráfico de sus películas, el director tiene una legión de fans repleta de ganas de descubrir y compartir su manera tan personal de ver el mundo. Wes Anderson sabe cómo contar historias y llevarlas más allá de ese espectro cinematográfico de preciosismo y felicidad. La cuenta de Instagram Accidentally Wes Anderson (AWA) es uno de los ejemplos perfectos de este fenómeno. Con casi dos millones de seguidores, ha sabido sacar partido a su cine traspasándolo de la gran pantalla a los espacios ordinarios, creando guías de viajes y buscando lugares atípicos que podrían, perfectamente, salir de una película del director. Un proyecto personal que quiere inspirar diariamente a miles de seguidores en su afán por la aventura y la curiosidad.

La pareja creadora de Accidentally Wes Anderson (AWA) define a la perfección el secreto del éxito en su cuenta: “Buscamos los equivalentes a las escenas imaginativas de sus películas por todo el mundo, abriendo los ojos a la belleza que nos rodea y replanteando la perspectiva, viviendo en un mundo más bonito”.

Sin ir más lejos, en el año 2015 la Fundación Prada de Milán le encargó al director el diseño de su cafetería en la ciudad italiana, para la que recreó un bar tradicional milanés, llevando a lo tangible sus colores y formas. Sin embargo, su enfoque fue diferente al que utiliza en los decorados de sus películas, pensándolo desde el punto de vista del lugar de reunión diario, donde tomar café y disfrutarlo, no desde la idealización donde suceden historias imaginarias. “Es un espacio para la vida real con numerosos buenos lugares para comer, beber, hablar, leer… Aunque sería un buen plató de cine, creo que sería un sitio aún mejor para escribir una película. Intenté que fuera un bar en el que me gustaría pasar mis propias tardes no ficticias”, explicó el director sobre el Bar Luce. De este modo, fue concebido como el punto donde lo cotidiano existe dentro del dominio de lo romántico y, llevado al mundo de las redes, donde todo se viraliza en minutos. Su estética de los sesenta lo convierte en el escenario instagrameable perfecto donde lo imaginario está al alcance de cualquiera.


EVA MORELL
El País, 13 mayo 2023