EL MAR EN MÍ, VIVENCIAS, SEDUCCIÓN, SENSACIONES, SENTIMIENTOS, RITMOS, ECOS, BÚSQUEDA, AUSENCIA, MISTERIO. Lo que ocurre y ha ocurrido dentro y fuera de mi, a mi alrededor.
Nací, crecí y soñé durante miles de madrugadas en este lugar. Mis raíces aquí. Esta es mi Tierra, me identifico en su Naturaleza; mar, montaña, música, lluvia, niebla, sol y también en su oscura luz… Vibro en ella como una gota de agua a punto de caer de una rama de roble al vacío.
Hablamos mucho de «redes» últimamente… Mi proyecto de descanso durante unos días a final de año se ve inmerso en ellas. Redes. Y no puedo negarme a entrometerme en sus espacios, respirar el aire de salitre que desprende el Mediterráneo en San Carlos de la Rápita, entornar los ojos para contemplar la distorsión de las ondas que forman los reflejos en el agua, y en las hebras de pita amontonadas una vez que los barcos han descargado en puerto el pescado fresco que traen para subastar en la Lonja.
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Además de la belleza del paisaje, de la sonoridad del río que nos acompañaba durante toda la ruta, de las castañas caídas que fuimos recolectando, del sol y de las sombras, lo mejor del día fue coincidir con un grupo de montañeros de Navarra. En el monte no hay diferencias, todos somos hermanos, la cordialidad, la simpatía, la generosidad son valores que sobresalen, especialmente en condiciones complicadas, aunque ese día estos valores brillaron por simpatía.
Era un día magnífico. Llegamos al lugar de la primera cascada de las dos que teníamos previsto conocer. Estaba «tomado» por un grupo de personas que estaban sentados en la hierba, apostados entre los árboles. A medida que nos acercábamos, nos llegaba el inconfundible aroma a hongos cocinados (concretamente a boletus edulis). De los primeros saludos, brotó inmediatamente la empatía. Y nosotras no habíamos llevado nada para comer, porque pensábamos hacerlo más tarde en el pueblo. No dudaron ni un segundo en ofrecernos parte de su «amaiketako» (almuerzo). Nos prepararon a cada una un pequeño bocadillo de su deliciosa tortilla de hongos acompañada con un vasito de vino. Y de postre magdalenas recién hechas esa misma mañana, a las que se había añadido una cucharadita de mermelada de naranja amarga, y colocado con cariño sobre cada una, un trozo de nuez.
¡Qué placer! Fueron momentos mágicos, sagrados, el encuentro y la charla con esta gente de diversos lugares de nuestro país, montañeros desde jóvenes, como nosotras, que tatuaron en nuestro espíritu una huella muy especial.
Salida propuesta por mi amiga MiCueli a la que llegué gracias a la fotografía. Hoy todo lo que sé se lo debo a ella. Además, es un placer muy especial compartir momentos inolvidables como este.
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Y me encontré con Charo. Su imagen de persona joven trabajando con la leña me interesó, le pedí permiso para tomar una fotografía y lo agradeció. Después de unos minutos de conversación, continué mi camino hacia Aguallueve.
Aguallueve es un manantial que cae continuamente en forma de gotas de agua, creando un espectacular relieve, con paredes de piedra y musgo, y pequeñas grutas escondidas entre la vegetación.
El agua genera un bonito valle rebosante de naturaleza, que puede recorrerse a través de sendas y caminos rodeados de árboles y arbustos, como pinos, chopos, zarzamoras… y animales autóctonos, como el mirlo, el cuco, el corzo…; y en el que existe un gran contraste del verde con los colores rojizos de la arena arcillosa, en la que se forman impresionantes cárcavas, y el gris de la piedra caliza de lo alto del aguallueve. El agua se recoge en una balsa que después se canaliza para el riego de campos y huertos.
He hecho fotos como aficionada durante casi toda mi vida. Hice algunos cursos y me uní a un fotoclub, pero nunca enseñé mis fotos a nadie porque me parecía que no era lo suficientemente buena. Para mí, la fotografía es una forma diferente de comunicar mis sentimientos y emociones al mundo exterior.
Soy la más joven de una familia de 13 hermanos y no aprendí a expresar lo que sentía. Antes de la Segunda Guerra Mundial, mi padre fue el primer hombre de nuestra ciudad en tener una cámara. Mi madre se enamoró de él cuando les hizo fotos a ella y a su hermana. En nuestra casa siempre hubo cámaras, así que, siendo ya muy joven, ‘robaba’ alguna de ellas para capturar mis momentos de alegría y soledad.
Hace 10 años comencé a fotografiar mi mundo interior y la fotografía se convirtió en una necesidad para mí; a través de mis fotos puedo expresar quién soy realmente.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
La fotógrafa holandesa Margaret Lansink es una de las autoras que más me ha fascinado en los últimos meses. Di con su trabajo por casualidad, mientras buceaba en el catálogo de una conocida librería online. Ahí descubrí un fotolibro que no se parecía al resto; me llamó la atención su diseño, con hojas de diferentes texturas que emulan la piel, y su título, ‘Body Maps’ (‘Mapas del Cuerpo).
Empecé a investigar y descubrí un trabajo sensible y delicado, a la vez poderoso, casi hipnótico, que habla del proceso de envejecimiento de la mujer. De nuestra relación con nuestros cuerpos y la presión que sobre él ejercemos para combatir lo inevitable: el deterioro, la vejez, el dolor… la invisibilidad.
Ese trabajo, como el resto que forman su obra, son el reflejo del universo emocional y el periplo vital de Lansink.
En 2008, decidí divorciarme y dar carpetazo a lo que había sido mi vida hasta entonces. Me marché del pequeño pueblo en el que vivía y me mudé a Ámsterdam. Allí empecé a estudiar fotografía de forma profesional. Por aquel entonces, sentía que la fotografía era la mejor manera que tenía para expresar mis emociones. La cámara me acompañaba (y aún lo hace) en cada paso que daba, y me permitía captar recuerdos y momentos de forma puramente intuitiva, llenando los vacíos que había en mi vida. Hacer fotos se convirtió en una necesidad.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
Creo que las fotos que hacemos tienen que ser honestas y personales, esas son las características que guían mi trabajo, también a la hora de editarlo. Si una foto no me transmite autenticidad, la descarto. Luego veo cuáles necesitan un toque de procesado. Algunas no necesitan nada, a otras les modifico el contraste o la intensidad para conseguir la atmósfera que busco: una sensación de estar entre la realidad y el sueño.
Trabajar en analógico me ayuda mucho. El grano hace que las emociones sean más profundas. Por eso siento también que el blanco y negro es lo que mejor me funciona ahora mismo, pero eso no quiere decir que nunca vaya a hacer fotos en color.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
‘Body Maps’
Este trabajo sobre el envejecimiento de la mujer y la presión de la sociedad para intervenir en este proceso natural.
El cuerpo femenino es parte importante de mi trabajo. Mostrarlo es un símbolo de amor y respeto hacia todas las mujeres del planeta. Esas mujeres, en su forma más natural, son fantásticas y hermosas sin necesidad de resultar eróticas. Hay que tener respeto a todas las mujeres.
Me interesaba fotografiar a mujeres en su transición natural por la vida, mujeres fuertes que toman las cosas como vienen sin recurrir al botox.
En cierto modo, la forma en que intervenimos nuestros cuerpos es similar a la forma en que lo hacemos sobre la madre naturaleza, algo que nos ha creado y nos crea muchos quebraderos de cabeza.
El hilo que vertebra este ‘Body Maps’ (‘Mapas del cuerpo’) es el envejecimiento y las dificultades para aceptarlo. Lansink aborda este tema interrelacionando con sutileza fotografías de figuras femeninas con imágenes tomadas de la naturaleza. El cuerpo femenino se desvela, se intuye, a través de fotos borrosas y figuras ocultas que se combinan con imágenes de campos carbonizados y árboles desnudos.
El libro es una belleza artesanal. Nos invita a hacer una lectura lenta y a diferentes niveles; no solo se trata de posar nuestra mirada en sus hojas, de centrar nuestra mente en él, hay que prestar atención al tacto de las hojas, que cambia de una a otra, y a esa sonoridad tan especial, podría decirse que visual, que transmiten las fotografías. Hay un sentimiento de huida, de desaparición, de miedo y de pudor.
Hay espacios vacíos, capas, páginas en blanco y partes ocultas que se despliegan y que nos dificultan encontrar algunas de las fotografías. Como los pliegues de la piel cuando esta pierde firmeza y transforma lo que éramos. Nos hace ocultar la mirada, nos evitamos. Es un efecto deliberado. Y funciona.
El libro está hecho a mano por Origini Edizioni, una pequeña editorial de Livorno que hace libros a mano increíblemente hermosos y me siento realmente emocionada de que se hayan inspirado en mi serie para crear algo único.
Me encantan los libros hechos a mano. Libros que sientes, hueles, hojeas y colocas cerca del corazón. Son verdaderos tesoros.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
Dentro de ‘Body Maps’ hay un pequeño libro escondido. Es otra de las peculiaridades del trabajo, otra de sus sorpresas. Las fotografías que hay en él son en color y contrastan con el blanco y negro imperante en el libro, pero sin romper la línea argumental del trabajo. Se trata de un color muy sutil, a veces da la impresión de ser más sugerido que real. Algunas imágenes son monocromáticas, tenues, como si fueran un trozo de memoria, una sugerencia, un susurro. En ellas vemos campos y árboles dañados. Las propias fotos están llenas de imperfecciones que parecen provocadas por el tiempo.
La analogía con los cuerpos y su proceso de envejecimiento parece brotar por instinto o de la propia intuición del espectador. En el fondo, es mérito de la propia Lansink, prueba inequívoca de su maestría y de la forma en que su intuición conecta directamente con la nuestra. Estas imágenes, como las del resto del libro, desprenden nostalgia, pero también cierta esperanza.
Mis imágenes, puramente intuitivas, son un reflejo abierto y honesto de mis emociones personales en un momento, lugar y situación determinados. En realidad son como autorretratos; transmiten un paisaje emocional distinto pero familiar. Quiero invitar al espectador a embarcarse en un viaje con su propia e intrincada red de recuerdos, emociones, expectativas, miedos y deseos. En definitiva, mi intención es darle sentido a la vida.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
Un sentido, el de la vida, al que el tiempo y sus huellas parecen retar constantemente. El miedo al cambio se desliza en nuestra consciencia porque el cambio, tal y como nos advierte Lansink, acaba asociándose al deterioro, y no al crecimiento ni al desarrollo personal. Las fotografías de la naturaleza, sin embargo, nos muestran la serenidad que se deriva del paso del tiempo y cómo el envejecimiento no es destrucción sino y transformación.
A diferencia de los árboles o el paisaje, que nace, crece, se deteriora, marchita y cambia, las mujeres combatimos el cambio intentando revertir los efectos del envejecimiento, nos negamos la posibilidad de convertirnos en algo nuevo. La transformación de nuestro cuerpo, las manchas en la piel, los cambios en su grosor y textura, y las arrugas, son las cosas que expresan nuestra experiencia de vida. Demuestran que hemos vivido y, lo que es más importante, que seguimos vivas.
El principal objetivo de mi obra en general es hacer una investigación visual de la relación entre los humanos y su entorno físico. A menudo, nuestra identidad viene determinada por nuestro entorno social y nuestra historia familiar. La forma en que construimos nuestra autoestima influye en cómo miramos al mundo exterior y cómo reaccionamos ante los demás.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
A lo largo del libro, aparecen y desaparecen, de forma fragmentada, versos de la poeta Ingrid De Kok, de su obra ‘Seasonal Fires’, de 2006. Nos hablan del cuerpo como un mapa, un lugar donde el tiempo y las experiencias van dejando su huella, hasta crear una especie de máscara de la muerte.
De Kok es autora también de los versos que presentan el trabajo en la web oficial de Margaret Lansink y que recogen a la perfección la idea en torno a la cual se erige, palpita, marchita y renace este ‘Body Maps’:
La piel no miente: es el mapa de edad de una persona; es el papel donde sus elecciones, fracasos, pasiones, miedos están escritos. El cuerpo nos define, estratifica y cura el paso del tiempo bajo velos, mantas y escondites. Como el tronco de los árboles. Cambia, se arruga, o se vuelve delgado y transparente, definiendo el mapa de un cuerpo avejentado.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
‘Body Maps’ es solo uno de los proyectos de Lansink, todos ellos estrechamente ligados a su vida y reflejo de las dificultades y cambios que ha tenido que afrontar. Estamos ante una de esas autoras para las que la fotografía es terapia, su forma de exorcizar fantasmas y demonios, una especie de fusión entre la reflexión filosófica y la experiencia personal.
Convertir tu fotografía, o tu obra, en tu forma de enfrentarte a los golpes y vaivenes de la vida no siempre es sinónimo de autenticidad o de sinceramiento, tiene sus peligros: el resultado puede ser un trabajo efectista, o excesivamente afectado, o caer en un exceso de “yo”. Lansink evita todo eso y consigue que el resultado sea artístico y profesional en todos los sentidos. ¿Cómo? Por su tremenda sutileza, su capacidad para la abstracción y para evocar emociones y sentimientos que son universales a través de su propia experiencia y visión personal. Sus fotografías tienen misterio, lo transmiten y lo mantienen a lo largo de todo el trabajo.
‘Body Maps’. Foto: Margaret Lansink
‘Borders of Nothingness – On the Mend’
En ‘Borders of Nothingness’ (‘Fronteras de la nada’), la fotógrafa holandesa Margaret Lansink ahonda en la herida emocional que le causa la decisión de su hija adulta de suspender todo contacto con ella, y lo hace fotografiando paisajes y mujeres desnudas cuya presencia parece desvanecerse. Una pregunta planea de forma obsesiva a lo largo de todo el libro: ¿Es este el momento en que desapareciste?
Con el tiempo, Lansink y su hija volvieron a conectar para ver si su vínculo podría arreglarse. Luego, Lansink comenzó a revisar y reinterpretar ‘Borders of Nothingness’ en una práctica que reflejaba su esfuerzo emocional por curarse. Partiendo de la tradición japonesa de reparar la cerámica con resina y polvo de materiales preciosos, Lansink combina sus imágenes, las corta y repara con trazos dorados y expresar la esperanza de crear un vínculo que se rompió pero que ahora es más fuerte y más hermoso.
Durante una residencia artística que hice en Japón, apenas podía trabajar porque mi hija me había anunciado que quería romper toda relación conmigo. Sentí que tenía que hacer algo con ese dolor emocional tan lacerante y profundo que su decisión me produjo. Entonces descubrí la filosofía japonesa del Wabi-sabi, que nos invita a aceptar las cosas tal y como son y a buscar la belleza en lo imperfecto.
‘Borders of Nothingness – On the Mend’. Foto: Margaret Lansink
‘Borders of Nothingness’ plantea preguntas sobre cómo nos afecta la presencia y la ausencia de otros en nuestras vidas.
Al principio, cuando comencé a fotografiar mis emociones, fue muy difícil, porque tenía la sensación de que podía incomodar a quienes vieran mi trabajo. Recuerdo que, al mirar la serie que creé después de mi divorcio, mi familia me preguntaba cuándo iba a ponerme a hacer fotos bonitas. Les dolía ver esas imágenes en las que mis conflictos y mi lucha interna eran tan evidentes. Así que, antes de contar y mostrar la historia del contacto perdido con mi hija, me aseguré de que todas y cada una de las imágenes fueran una expresión de amor y no de culpa.
Las líneas doradas que atraviesan el libro separando a la vez que reconectando cuerpos y paisajes recuerdan a la famosa técnica japonesa de Kintsugi, el arte de reparar la cerámica rota rematando los trozos con una mezcla de resina de árbol y polvos de metales preciosos como la plata, el platino y el oro. Con esto se logra que lo que se rompió tenga una segunda vida y sea, gracias a esas grietas reparadas o “curadas” de color dorado, aún más hermoso.
Es así como ‘Borders of Nothingness’ (‘Las fronteras de la nada’) se convirtió en ‘Borders of Nothingness – On the Mend’ (‘Las fronteras de la nada – En reparación’).
‘Borders of Nothingness – On the Mend’. Foto: Margaret Lansink
En este trabajo, Lansink utiliza la estética del Kintsugi para construir una metáfora en torno a lo sucedido con su hija mayor, una relación “restaurada” tras un período de alejamiento, dolor e incomunicación.
Después de recuperar el contacto con mi hija, volví a mis imágenes originales, las revisé, las rompí y las reorganicé. Al igual que pasó con muchos recuerdos, las fotografías pasaron por un proceso de reevaluación. Esto no significa que unos fueran mejores que otros; simplemente, eran diferentes. Y con la filosofía de Kintsugi pude enfatizar la fuerza de nuestro vínculo recién restaurado. No quería ocultar las cicatrices, mi único deseo era simbolizar el poder de curar.
‘Borders of nothingness’ es mi forma de decirle a la gente que la vida no siempre es lo que esperas de ella. Puedes ser dura y despiadada como una reacción a todo lo que te hace sentirte como una víctima. Eso no es lo que me gusta ser o hacer. Mi reacción es tomar mi cámara, adentrarme en la naturaleza e intentar capturar mis sentimientos. De esta manera, puedo sentir que la pena y el dolor no solo son negros, sino que también pueden ser ligeros, pacíficos y hermosos. Es la forma en la que entiendo la decisión de una de mis hijas de romper el contacto conmigo. La extraño mucho, pero la entiendo, la respeto y la amo inmensamente. Creo que estos sentimientos y emociones son reconocibles en ‘Borders of nothingness’.
Con este trabajo, Margaret Lansink ganó el prestigioso Premio Hariban en 2019.
‘Borders of Nothingness – On the Mend’. Foto: Margaret Lansink
La influencia de la cultura japonesa en la obra de Lansink, y en el diseño y construcción de sus libros, es más que evidente.
Me inspiran mucho los fotógrafos asiáticos y el arte y el diseño japonés en general. Me atrae mucho la forma en la que transmiten esa serenidad tan característica suya y cómo utilizan el minimalismo paraconseguirlo. También soy una enamorada de la artesanía tradicional. Soy hija de carpintero, desde muy pequeña aprendí a crear cosas con las manos y sé que esta práctica se valora mucho en la cultura japonesa. Un ejemplo de esto es el del maestro impresor Osamu Yamamoto, que lleva 40 años haciendo las impresiones de fototipias más hermosas en Benrido y que todavía hoy se esfuerza por superarse y hacer su trabajo cada día mejor.
La fototipia es un procedimiento de impresión fotomecánica que fue común en el pasado siglo XX y que hoy día solo hacen un puñado de talleres en el mundo. Benrido, en Kyoto, es uno de esos talleres.
‘Borders of Nothingness – On the Mend’. Foto: Margaret Lansink
Lo artesanal, lo analógico y la profunda conexión con las emociones y estados vitales son tres de los grandes ejes que guían y sostienen la obra de Lansink.
La película analógica me ayuda a enriquecer mis imágenescreando capas más profundas. Así es como la cámara me ayuda a conectar con mi intuición y mis emociones y crear las imágenes que quiero crear. No poder ver en una pantalla las fotos que acabo de hacer, no eliminarlas demasiado rápido e intentar hacer otra, mejor que la anterior. Eso me distraería de mis sentimientos y me llevaría a hacer fotos de una manera más racional. La película me permite crear mi propio flujo interno con la cámara.
El cuarto oscuro es el lugar y el momento para los descubrimientos definitivos. Cuando estoy revelando, escaneando o imprimiendo, me siento como un niño abriendo sus regalos de cumpleaños. A veces, lo que veo no me gusta nada, pero siempre hay algunas imágenes que reflejan lo que sentí en un momento concreto. No se trata de que la imagen sea estéticamente perfecta, se trata de crear imágenes que me emocionen, sean buenas o malas. Cuando las personas ven mi trabajo, experimentan una emoción real, la sienten, sin tener que conocer mi historia.
‘Borders of Nothingness – On the Mend’. Foto: Margaret Lansink
‘The concept of Ma’
Este trabajo es otro de los ejemplos de la gran influencia que la cultura japonesa ejerce en esta autora. En ‘The Concept of Ma’ (‘El concepto de Ma’), Lansink ahonda en la idea japonesa de entender el espacio como una pausa en el tiempo. Se trata de un espacio consciente y lleno de energía que nos permite crear nuevos significados y apreciar la expansión del espacio y del tiempo.
En el campo artístico, el Ma dota de importancia a las partes respecto al todo, a lo que las une. En términos de composición, por ejemplo, la idea de desequilibrio o asimetría, y la ausencia de centro, resultan esenciales. En la pintura japonesa, el mapa está en los espacios en blanco; en música, en el silencio o intervalo entre nota y nota; en teatro, en la pausa expresiva que hace un actor en su texto.
Lansink lleva todo eso a su fotografía y lo utiliza para hablarnos del aislamiento vivido (y sentido) durante el confinamiento por la pandemia del coronavirus.
Lansink hizo las fotografías para este trabajo en Japón, aprovechando los paisajes nevados cerca del lago Kussharo, en Hokkaido, lugar de nacimiento de Masahisa Fukase y escenario principal de su legendario ‘The Solitude of Ravens’.
Lansink trabajó allí durante el invierno de 2019 y sus imágenes nos muestran una amplitud que sirve de bálsamo ante el sentimiento de confinamiento, el espacio amplía nuestra mirada, nos insuflan oxígeno y nos transmiten un sentimiento de expansión, de amplitud de horizontes.
Como no podía ser de otra forma, este ‘The Concept of Ma’ cristalizó en un fotolibro hecho a mano de inspiración y diseño inequívocamente japoneses.
‘The Concept of Ma’, de Margaret Lansink
‘Hesitation’
‘Hesitation’ (‘Duda’) es una de las series más conocidas de esta fotógrafa holandesa. En ella refleja el desasosiego que nos produce vivir en un mundo en el que todo parece desvanecerse con rapidez. Para ello, Lansink se sirve de fotografías en las que el protagonismo recae en espacios vacíos, mujeres desnudas y paisajes fantasmagóricos.
Aquí, Lansink fotografía habitaciones vacías, cuerpos de mujer y el mar, evocando la incertidumbre que sentimos cuando nos sentimos expuestos y, en consecuencia, vulnerables. Lansink consigue atraparnos en un mundo incierto y cambiante que nos resulta fácilmente reconocible.
‘Hesitation’ trata de lo que sientes cuando estás en una relación íntima con alguien y te entregas emocionalmente a la otra persona. Refleja ese profundo miedo que surge cuando sientes que ya no tienes el control, cuando no hay lugar para esconderse ni otro camino que abrirse verdaderamente a esa otra persona. El trabajo muestra mi lado brillante, así como el oscuro, mi bien y mi mal. Y lo hago confiando completamente en la otra persona; y eso es la cosa más aterradora que he hecho en mi vida.
‘Hesitation’. Foto: Margaret Lansink
El énfasis de Lansink en las sombras y en las huellas que las personas dejan en diferentes espacios habla del miedo universal de conocer a alguien y que luego desaparezca. Sus largas exposiciones resaltan la ansiedad que sentimos por la naturaleza evanescente del tiempo. El grano presente en sus imágenes alude directamente a la distorsión que a veces sentimos entre nosotros, lo que somos, y las personas y lugares que encontramos.
Al ver esta serie, mucha gente me ha dicho que le hace pensar en la vida y en la muerte. No recuerdo haber pensado en eso de forma consciente cuando hice las fotos, pero al dejarme guiar por la intuición, cuando miro atrás me doy cuenta de que no es extraño que la gente perciba eso porque en aquella época perdí a gente cercana, bien porque murieron o porque la vida nos separó. Esto me demuestra que nunca sabes a dónde te van a llevar las fotos. Por eso es tan importante para mí conservar mi independencia y mi libertad. Quiero hacer aquello que me motive en cada momento y no lo que el mercado me pida.
En toda la obra de Margaret Lansink, las fotografías se nos asemejan a pensamientos huidizos, de esos que habitan en los difusos límites que separan el mundo real del onírico. Aparecen como fragmentos crudos y dolorosos de un mundo que sentimos extraño a la vez que propio, de ahí esa sensación profunda de estar presenciando algo que pertenece a nuestra propia experiencia.
La utilización del cuerpo femenino, con sus contornos suaves y la vulnerabilidad de su desnudo nos llevan a un universo tierno, nos remiten a una especie de matria emocional, un mundo de sentimientos primarios que ni controlamos ni acertamos a expresar en palabras. Es así como las fotografías y la intuición de Lansink conectan con lo más profundo de nuestro ser.
Hay quien compara mi trabajo y mi estilo con el de Michael Ackerman. La verdad es que nunca me he sentido muy atraída por su fotografía. Aunque podríamos decir que él es la versión masculina, más cruda, de mi universo femenino. Muchas personas me comentan que mis fotos son muy femeninas y sensibles y que evocan sentimientos muy fuertes de amor, pero también de pérdida.
Muchas veces, me siento como una espectadora de una obra de teatro; mirando todo desde fuera y haciéndome preguntas sobre cómo es mi relación con el mundo. Exploro estas relaciones tratando de usar la fotografía para tender un puente entre el lenguaje personal y el universal.
‘Hesitation’. Foto: Margaret Lansink
Me encanta visitar diferentes museos y ver las obras de los grandes maestros del pasado. Soy una enamorada de la mayoría de las obras de Gerhard Richter y Lucian Freud. Quedé absolutamente abrumada por las primeras obras de Pablo Picasso. El Museo Picasso en París es visita obligada para mí. Pero también me inspira mucho sumergirme por completo en la naturaleza. Siento que ella, la naturaleza, es mi madre y esa sensación me conmueve profundamente.
La naturaleza y las emociones construyen y vertebran el trabajo fotográfico de Lansink, dan forma a su mirada y a su intuición. El suyo es un viaje a la intimidad y la ternura, una búsqueda de nuestro interior en el exterior. Con Lansink, los opuestos conviven en aparente equilibrio: el dolor y el amor, la pérdida y el descubrimiento. Esta artista holandesa describe y transmite como pocos todo lo que nos hace humanos: fragilidad, duda, ternura, búsqueda… vida.
Hay una rara inquietud en el ambiente afuera. Es Navidad. El canal es hoy una trinchera habitada por la soledad. El silencio se apodera del mundo, pero no cesan los gritos de las granadas ni el estruendo de las bombas en algún lugar. Imagino a jóvenes soldados celebrando la vida bajo la niebla de la metralla. Pienso en ellos en esta fría madrugada de Diciembre. Quizás allí el polvo ciega sus ojos y, a su lado, el fuego frio se acumula en la mirada de los muertos. La piedad y la esperanza oran en el fango. Piso los mismos caminos cada día, soy una de las hojas que mece el aire y se desprende con lentitud hacia el lecho dorado del invierno. Antes, me gustaría divisar algún rayo de luz agazapado entre la bruma.
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Localización Canal de Aragón mjberistain@fotografia
… que, hasta la fecha, he prestado poca atención a la «calabaza», que no sea por su valor culinario. Ni siquiera por su valor terapéutico. Por sus otras aplicaciones la he obviado a pesar de su utilización festiva como divertimento, especialmente porque me empacha su utilización en la celebración de Halloween que, siento decirlo, no coincide con mis ilusiones.
Sin embargo, hace unos días me sorprendí a mí misma fotografiando algunas variedades de ellas, que descubrí colocadas con mimo en un rincón de una antigua nave industrial. Pensé que también había belleza en su piel, en sus formas, en su manera de relacionarse unas con otras. Hice un ejercicio de humildad y hoy quiero destacar sus imágenes ofreciéndoles un pequeño homenaje en forma de Bodegones. Con todo mi respeto.
Un poco de historia:
La gran mayoría de las calabazas que se consumen en el mundo tienen su origen en especies que fueron domesticadas en México, todas ellas pertenecientes al género Cucúrbita. (melón, pepino, sandía). De hecho, se trata de la primera planta cultivada en Mesoamérica, la fecha más antigua que se conoce es de hace unos 10 000 años. Desde entonces la calabaza es parte fundamental de la dieta nacional –es una planta de la que se aprovecha no solo el fruto, sino sus flores y sus tallos–, y desde que a raíz de la conquista española se dispersó por el mundo es un producto consumido ampliamente. Las calabazas provienen de la familia de las cucurbitáceas, de la que también proceden los melones, las sandías y los pepinos…
Además de su sabor, sus usos culinarios y sus múltiples propiedades y beneficios para la salud, a las calabazas se les ha dado infinidad de usos a lo largo de la historia:
En Haití en 1800 la calabaza fue declarada moneda oficial del país
Muchos instrumentos musicales de diversos países, tales como China, África, Costa Rica o Nicaragua, están hechos con calabaza o de calabazas
Son el icono de la festividad de Halloween. Las calabazas en estas fechas se utilizan como objeto decorativo, como lámpara y como elemento terrorífico digno de esta fiesta. Además, este fruto, durante dicha época, es el más vendido, ya que se realizan talleres para niños y adultos sobre la decoración de las calabazas. También se llevan a cabo concursos, basándose en la mejor decoración, aunque principalmente esto se da en países como Estados Unidos, a pesar de que el inicio de esta tradición se originara en Irlanda.
Por sus diferentes variedades y formas, las calabazas son consideradas como un fruto ejemplar para celebrar concursos. La forma más peculiar, original y diferente, será la ganadora.
Por el alto peso que pueden llegar a alcanzar las calabazas, se llevan a cabo concursos en los que el agricultor de la calabaza más grande y pesada gana dinero e incluso llega a establecer un récord mundial. La última calabaza más grande del mundo pesa más de una tonelada, 1.190 kilogramos, y su dueño, un agricultor alemán ganó 11.500 euros por ganar la competición europea y establecer un nuevo récord mundial.
Ya en la Antigua Grecia la calabaza se consideraba anafrodisíaca, es decir, que anulaba o moderaba el apetito sexual. De esta forma, darle calabazas a alguien era invitarle a que dejara de pensar en devaneos amorosos. Esta conexión antiafrodisíaca se mantuvo durante la Edad Media. En los conventos se utilizaban las semillas de calabaza como cuentas del rosario para alejar los pensamientos lujuriosos. Las semillas también se masticaban para ayudar a mantener el voto de castidad. En algunos pueblos, si un pretendiente quería cortejar a una chica se le invitaba a comer a casa. Si la chica le ofrecía fuego para el puro, significaba que se aceptaba el noviazgo, pues, el fuego simbolizaba la esperanza. Sin embargo, si la chica le ofrecía un plato de calabaza no había más que hablar, había sido rechazado, le habían dado calabaza.
La RAE también recoge otra acepción para “dar calabazas” y sería la de suspender o reprobar un examen.
Comentarios:
azurea20 dice: Interesante investigación. Las fotos geniales.
Profundizo en las palabras WABI SABI a propósito de mi nuevo proyecto relacionado con el Arte.
Son palabras de difícil traducción, yo especialmente las tengo bien interiorizadas desde que vine a este mundo. Siempre he sabido que soy imperfecta, lo he sufrido durante mi aprendizaje, época en la que la exigencia de perfección me resultaba ciertamente agobiante, más tarde durante mi etapa de presión profesional y, por mi especial forma de ser, en el ambiente social. Sin embargo, doy gracias a la Vida por haberme dado la oportunidad de convivir con personas que me han aceptado con mis imperfecciones, me han dado gran apoyo en los momentos difíciles y me han obsequiado con su generosidad, empatía y riqueza espiritual.
¡Soy imperfecta, y qué!
WABI
Se refiere a una simplicidad casi rústica, con frescura, espontaneidad y a la vez tranquilidad. Puede referirse tanto a la Naturaleza como a elementos creados o construidos con discreta elegancia por el ser humano. Asimismo puede referirse a defectos propiciados por el proceso de construcción, y que pueden aportar al objeto singularidad, exclusividad, excepcionalidad.
SABI
Se refiere a la belleza que llega con la edad, cuando la vida del objeto y su impermanencia se evidencian en su pátina, o incluso en algunas heridas reparadas visibles.
Imágenes tomadas en el Puerto de Somport – Hayedo de Sansanet (Francia) con el grupo de ASAFONA Asociación de Fotógrafos de Naturaleza.
Excursión al punto francés de Sansanet, muy próximo a la antigua aduana del Puerto de Somport en Huesca. Organizada por Asafona (Asociación de Amigos de Fotografía de Naturaleza). La «meteo» lleva toda la semana anunciando lluvias y frío para el sábado, y no se confunde. Llueve durante toda la mañana. Vamos bien pertrechados, no sentimos frío, y la lluvia no es obstáculo.
Esta Galería de Fotografías traídas de LENSCULTURE pretendo que me ayude a filtrar mis fotografías realizadas hasta la fecha y abrir un camino de aceptación de mi obra para publicarla sin pudor.
Querido Diario,
Sé que, de momento no me crees. Te absuelvo porque yo tampoco lo hago. Intento familiarizarme con lo absurdo, con la estructura de obras que me sorprenden, con la descomposición de las imágenes. Lo haré desordenando parámetros antiguos que llevo resecos cosidos a mi piel y atreviéndome a abordar temas que han sido tabúes en mi vida.
Quiero que sepas que, por ello, no estoy dispuesta a renunciar a la «belleza».
Me he marcado un objetivo para este nuevo año. Voy a dejar los convencionalismos aparcados en un garaje del que desconozco la situación y, por supuesto, el número de la plaza en la que los he encerrado.
Y voy a recorrer rincones, pueblos y ciudades, caminos desconocidos por los que nunca haya caminado antes, ríos rápidos, lagos profundos y mares nuevos. Quiero vivir la tormenta de la Naturaleza en mis propias dudas, en el dolor de sentirme más pequeña y desarmada que nunca. (No te espantes, hablo a nivel fotográfico).
Quiero despojarme de mis vestiduras, investigar, buscar otras alternativas, cosas nuevas, para descubrirme con cariño en el desnudo de mí misma.
Amanece octubre cubriendo el valle de niebla, bajo su abrazo de algodón la naturaleza se despereza con lentitud. Me embarga una emoción que apenas puedo contener. Me visto sin cuidado, con prisa, y salgo con mi cámara persiguiendo la efímera presencia blanca que se dispersa a la velocidad de mis pasos…
Tomo algunas imágenes desde el puente internacional sobre el río Bidasoa.
El sol comienza a bañar los prados del Monte Jaizkibel, y va perforando las nieblas que ceden a su empuje.
Todo es silencio. El campo se va desperezando, poco a poco…
Me dejo conquistar por el contraluz entre las plantaciones de txakolí y su color de otoño…
Descubro, en un caserío abandonado, una cierta reminiscencia de intimidad, entiendo que no molesta mi presencia
Me apoyo a observar, cuánta vida quedó prendida de los hilos de estas inocentes telarañas
Subo a las Minas de Arditurri – Oiarzun. Aparco el coche y camino unos cuantos metros. Llegaré solo a la primera poza, mi tobillo recién operado trasiega con dificultad entre las rocas.
Estoy en el entorno de Peñas de Aia. Al fondo su imagen majestuosa domina el valle.
Vuelvo del tiempo del verano largo con ganas de reencontrarme… Y, casi sin pretender recuperar mis rutinas, he descubierto algo que me ha llamado la atención de su vida y de su obra. Lo comparto por si puede ser de interés para alguien. Incluyo una muestra de la obra de esta artista y os dejo el enlace para ver más contenido en su propio blog.
Paseos que han seguido mis pasos desde la niñez, los miro con la nostalgia de un tiempo pasado, a la vez me emociona contemplar la maravillosa conservación de estos muros a lo largo de tantos años…
«Hablamos de un período de la Historia del Arte entre la Edad Media y el Barroco; siglos XV y XVI. El Renacimiento fue un movimiento cultural que además de interesar a las artes, también se destacó por una renovación en las ciencias naturales y humanas.
Leonardo da Vinci aplicó la técnica del «Sfumato» en sus obras. Ésta consiste en superponer varias capas de pintura delicadas para así suavizar o diluir los contornos de la figura. Con ello, se logra la sensación de naturalidad y volumen, lo que permite percibir que las figuras se integran al resto de la composición.
El «Sfumato» es una técnica pictórica que se obtiene por aumentar varias capas de pintura extremadamente delicadas, proporcionando a la composición unos contornos imprecisos, así como un aspecto de antigüedad y lejanía. Se utilizaba en los cuadros del Renacimiento para dar una impresión de profundidad. La invención de esta técnica, así como su nombre, se deben a Leonardo da Vinci, que la describía como «sin líneas o bordes, en forma de humo o más allá del plano de enfoque».
Este efecto hace que los tonos se difuminen hasta valores más oscuros como en La Virgen de las Rocas (1483-1486), donde ya se considera totalmente logrado y sobre todo en Mona Lisa o el San Juan Bautista (cuadros conservados en el Louvre de París).
A lo largo de mi vida, he peleado en varias ocasiones contra la destreza en la pintura. Y en todas ellas, he perdido la partida, aunque no soy perdedora por vocación. Aún lo sigo intentando, es más, cuando estudio el arte de pintar, sea en cualquiera de las disciplinas que he probado, acuarela, óleo, o técnicas mixtas, mi espíritu se pone en modo ilusionado y un tanto chulesco pensando: yo podría hacerlo. Así de sencillo, estoy convencida de poder conseguir mágicas texturas, y emocionarme con la hipotética belleza que conseguiría, porque ahí estaría la técnica, conduciendo mis dedos en vuelo por la desnudez de los lienzos, obteniendo las maravillosas pinceladas esperadas objeto de mi intención.
¡Y no! Merodeo inquieta por las tintas y las mezclas de colores. En mis manos los pinceles se des-afinan, sus pelos y sus vientres se desmoronan laciamente, y presiento que sonríen mirando hacia otro lado. ¡Qué desastre, pordiós!
En la fotografía encuentro más satisfacciones, aunque el trabajo está siendo arduo en la búsqueda de esa atmósfera de belleza renacentista; composición, dominio de la perspectiva, perfección y suavidad de los trazos, sinfonía de color, luces y sombras, transparencias, y el «sfumato» que tanto me enamora…
Sfumato en Arte: Técnica pictórica que se obtiene por aumentar varias capas de pintura extremadamente delicadas, proporcionando a la composición unos contornos imprecisos, así como un aspecto de antigüedad y lejanía.
San Juan Bautista y La Mona Lisa en el Museo del Louvre