Viajes, Rutas y Pueblos
Además de la belleza del paisaje, de la sonoridad del río que nos acompañaba durante toda la ruta, de las castañas caídas que fuimos recolectando, del sol y de las sombras, lo mejor del día fue coincidir con un grupo de montañeros de Navarra. En el monte no hay diferencias, todos somos hermanos, la cordialidad, la simpatía, la generosidad son valores que sobresalen, especialmente en condiciones complicadas, aunque ese día estos valores brillaron por simpatía.
Era un día magnífico. Llegamos al lugar de la primera cascada de las dos que teníamos previsto conocer. Estaba «tomado» por un grupo de personas que estaban sentados en la hierba, apostados entre los árboles. A medida que nos acercábamos, nos llegaba el inconfundible aroma a hongos cocinados (concretamente a boletus edulis). De los primeros saludos, brotó inmediatamente la empatía. Y nosotras no habíamos llevado nada para comer, porque pensábamos hacerlo más tarde en el pueblo. No dudaron ni un segundo en ofrecernos parte de su «amaiketako» (almuerzo). Nos prepararon a cada una un pequeño bocadillo de su deliciosa tortilla de hongos acompañada con un vasito de vino. Y de postre magdalenas recién hechas esa misma mañana, a las que se había añadido una cucharadita de mermelada de naranja amarga, y colocado con cariño sobre cada una, un trozo de nuez.
¡Qué placer! Fueron momentos mágicos, sagrados, el encuentro y la charla con esta gente de diversos lugares de nuestro país, montañeros desde jóvenes, como nosotras, que tatuaron en nuestro espíritu una huella muy especial.






Salida propuesta por mi amiga MiCueli a la que llegué gracias a la fotografía.
Hoy todo lo que sé se lo debo a ella.
Además, es un placer muy especial compartir momentos inolvidables como este.
