No soy especialmente taurina. He ido en contadas ocasiones a una plaza de toros; a varias plazas de toros, pero tengo que reconocer que el día que tuve la oportunidad de asistir a una corrida de toros en la Real Maestranza de caballería de Servilla…
mi percepción de la Fiesta cambió radicalmente.
Aquello era como una celebración casi religiosa.
Silencio, respeto por el hombre (el torero), y respeto por el toro.
Había oído hablar de las «espantadas» de Curro, pero nunca había leído nada de lo que Curro «sentía» cuando estaba cara a cara frente a un toro, frente a un miura, cuando se encontraba mirándole a la muerte de frente.
Me quedé impresionada por la plástica del toreo, allí, en aquel silencio…
«Curro Romero, la esencia»
Artículo de Antonio Burgos
«Hay tardes… en las que se me pasa el sentido del tiempo, y hasta de la gravedad.
Me siento como volando.
Y hay otras veces que me aplasto ahí, que no tengo agilidad de golpe, que la cabeza no me funciona. Y otras veces en que lo veo todo muy claro enseguida.
Esos momentos en que estoy sacando lo que llevo dentro, el cuerpo llega a no pesarme. Incluso llego a tener una sensación muy rara y difícil de explicar: que no tengo cuerpo, que no estoy allí. Es como una levitación, como si flotara. No hay pesadez ninguna en las piernas ni en el cuerpo, ni en los brazos, todo armonioso. Me emociono mucho, veo que los pelos se me ponen de punta, el oído se me va, escucho los olés y las palmas que van y vienen, como si unas veces estuvieran allí y otras veces no estuvieran, y estuviera la plaza completamente vacía, nada más que yo con el toro. Es una emoción que hace una transformación entera de tí.
Llegas a perder hasta la noción del paso del tiempo, que te parece que el lance que has dado es el mismo lance que vas a dar otra vez, y los muletazos, lo mismo, que siempre son el mismo muletazo. Un muletazo que, como estás a gusto, no se termina, aquello tiene una unidad, una armonía perfecta, sin tiempo, sin peso en el cuerpo, hasta sin espacio, sin sonidos, que los sonidos de la plaza se te van y se te vienen. Y yo soy el mismo de siempre, igual que de chaval, que soy el mismo, que mi cuerpo de ahora es el mismo de entonces, porque no lo siento, nada más que siento el alma, quizá en esos momentos esté toreando con el alma, por eso no siento ni el cuerpo ni el peso de la muleta y de la espada, ni las voces ni los oles, ni nada. Son las muñecas solas las que están toreando, son las piernas solas las que están allí. La cintura sola, flexible, sin gravedad, todo sedoso, todo como una inmensa caricia. El toreo es como acariciar. Torear es convertir algo violento en algo bello, saber que llevas dentro la verdad te da una seguridad enorme.
Esos días ni el capote te pesa ni la muleta te pesa, está todo aquello volandero, rodando. Es una maravilla. Y yo estoy palpando en los genes que eso se está transmitiendo de alguna manera. No tal como yo lo siento, pero de alguna manera se está transmitiendo. Escucho el runrún, y siento los ojos de las gentes en la nuca, en la cabeza, que también está muy alerta, aunque esté todo volandero, se abre todo, el cuerpo se te desgarra como en un cante, todo es como si tuviera otro sentido.
Y en los olés se te van y se te vienen, hasta escucho algunos que me parece que son los mismos olés que yo oía cuando estaba guardando cochinos en el cortijo del Gambogaz, por las tardes, los días de viento, y los traía el aire de Sevilla desde la plaza de los toros.
Cuando yo, al oírlos, soñaba que quería ser torero.»
Yo fui Karen Blixen; la mujer que se dejó lavar la cabeza por Denys Finch-Hatton un atardecer en mitad de Africa.
«Memorias de África fue una película libremente inspirada en la obra homónima de la escritora danesa Isak Dinesen. A principios del siglo XX, Karen (Merryl Streep) contrae un matrimonio de conveniencia con el barón Blixen (Brandauer), un mujeriego empedernido. Ambos se establecen en Kenia con el propósito de explotar una plantación de café. En Karen Blixen nace un apasionado amor por la tierra y por las gentes de Kenia. Pero también se enamora perdidamente de Denys Finch-Hatton (Robert Redford), un personaje aventurero y romántico a la antigua usanza, que ama la libertad por encima de todas las cosas.»
… Sin embargo, para entonces, yo llevaba muchos años enamorada de otro hombre. Cuando le conocí tenía el aspecto de un leñador del oeste profundo. Enseguida me repelieron sus grandes manos de uñas negras, sus botas embarradas y su ropa llena de briznas de hierba y madera. Me sobraban de él más de veinte años de diferencia y cuarenta centímetros de altura, pero fueron su mirada y su sonrisa, dueñas de una presencia portentosa, y de una espalda de entrenador de natación, las que, en aquella época, casi me hicieron morir de amor. —Hay que explicar que yo era una adolescente.
Disfruté con «Bird» por el componente musical del Jazz de Charlie Parker. Reconozco que tuve que ir al cine varias veces a ver «Sin Perdón». —La primera vez me quedé profundamente dormida—. Me volví a enamorar perdidamente de él, en «Los Puentes de Madison», y me dejé llevar, hasta lo absoluto, por Frankie en «Million Dollar Baby».
A pesar de mis escarceos por la vida, con otros hombres como De Niro, Al Pacino, Ralph Fiennes o Clive Owen, y, a pesar de sus ochenta y cinco años… reconozco que sigo manteniendo con él una relación de película.
La primera parte de esta entrada fue publicada en 2015…
Estamos a 6 de Octubre de 2023 y vuelvo a lo mismo…
Continúo enamorada de este hombre.
Hoy lo observo desde cerca en esa última etapa de vida, y sigue siendo una persona a la que admiro profundamente. Me refiero a la ACTITUD necesaria para convivir con el momento y las circunstancias que nos toca afrontar a la raza humana.
Y lo haré repasando algunas pinceladas del texto sobre el artista que ha incluido Volfredo en su post titulado «Envejecer no es para cobardes» de su magnífico Blog LO REAL ES MARAVILLOSO. Palabras muy interesantes tanto del propio Clint Eastwood como de un párrafo destacado de Albert Camus.
«No dejo entrar al viejo en que me he convertido. Me mantengo ocupado. Hay que mantenerse activo, vivo, feliz, fuerte y capaz. No dejo entrar al viejo criticón; que se niega a sí mismo que la vejez puede ser creativa, decidida, llena de luz y proyección«.
“La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno sea joven. Dentro de este cuerpo que envejece hay un corazón todavía tan curioso, tan hambriento, todavía tan lleno de anhelo como lo estaba en la juventud. Me siento junto a la ventana y observo pasar el mundo, sintiéndome como un extraño en una tierra extraña, incapaz de relacionarme con el mundo exterior y, sin embargo, dentro de mí arde el mismo fuego que una vez pensó que podía conquistar el mundo. Y la verdadera tragedia es que el mundo sigue siendo, tan distante y esquivo, un lugar que nunca pude captar del todo.” Albert Camus, de “La caída”.
Palabras del propio Clint: «La vejez puede ser creativa, decidida, llena de luz y de proyección»
Ni Dios ni Darwin fue el libro publicado por mi amigo Erramun Gametxo (1914-2006), persona a la que tuve la oportunidad de conocer personalmente, y con la que conversé en muchas ocasiones. Mi admiración por su conocimiento y su discurso estuvo bastante lejos del impresionante ejercicio intelectual que proponía.
Historia de un desencuentro intelectual con mi amigo Gametxo, que ahora vive en el corazón de mi memoria y en mis papeles.
…
Querida Maixux:
Leído que hube -no te rías- leído que hube, digo, tus «notas de autor», me permití la libertad de rebatirlas una por una, despiadadamente. Sé que por ello has de aborrecerme a perpetuidad, pero ya sabes aquello de amica Maixux —léase amicus Plato—, sed magis amica veritas (*)
Tengo la sospecha de que no te hacen demasiada gracia las bromas o las chirigotas, porque eres muy «seria». A mí sí me gustan cuando me agrada una persona con la que tengo confianza. Perdóname, pero soy así.
Y vamos al grano, ahora en serio. Como no sé si guardaste copia de las notas en cuestión, destacaré aquellas que me inspiren algún comentario.
Mi deseo primero es que la divergencia de nuestro pensamiento no empañe ni siquiera remotamente nuestra relación, tan singular…
No estoy muy seguro de que haya divergencia de nuestro pensamiento. Más bien creo que la divergencia está en el sentimiento, en las respectivas valoraciones afectivas. En cualquier caso, al menos por mi parte, no se empañará por eso, ni remotamente, nuestra relación.
Existen diferencias importantes en nuestra «cultura»… En cuanto a la cantidad y calidad de conocimiento…
No hay manera de medir la cantidad de conocimiento de las personas que tengan la misma edad. Por supuesto, salvo casos patológicos, cualquier persona de mucha edad tendrá siempre cantidad de conocimiento mayor que cualquier otra persona de corta edad, teniendo en cuenta que, mientras no se especifique qué clase de conocimiento, el de las matemáticas superiores o el de la alta teología (p. ej.) es tan conocimiento como el del campesino que sabe sembrar patata o trigo. Hecha la puntualización precedente, manifiesto mi total desacuerdo con tu tesis: en cuanto a cantidad de conocimiento, no existen diferencias importantes entre tú y yo. (¿Entre tú y yo?, ¿O entre ti y entre mí?, «Entre ti y mi», no pega. «Entre tú y entre yo», tampoco. ¡Estamos arreglados; ahora resulta que no sé gramática elemental!)
En cuanto a la calidad del conocimiento, ¿quién es el guapo capaz de afirmar que la calidad de mis conocimientos es mejor (o peor) que la de los tuyos? Los conocimientos de astronomía o de sociología ¿son de calidad mejor, o peor, que los de la geología o los de la economía? Tampoco estoy de acuerdo en que haya diferencias importantes entre tú y yo, en cuanto a calidad de conocimiento.
En cuanto a la estructura del pensamiento…
Ignoro cuál es aquí tu concepto de «estructura». Yo no tengo ninguno. Con arreglo a mis hipótesis, concibo el pensamiento como una función cerebral desempeñada por una estructura cerebral. Pero, obviamente, esta no es pensamiento; una estructura nunca es función, y tampoco una función es nunca estructura. Ahora bien, tocante a la función -aún supuesto que la realidad pudiera confirmar mis hipótesis-, hoy por hoy nadie sabe qué diferencias puede haber entre la función cerebral cognitiva de una determinada persona y la de otra determinada persona. Por tanto, rechazo de plano tu afirmación de que hay diferencias importantes entre tú y yo, en cuanto a la estructura de pensamiento.
En cuanto a la riqueza y dominio del discurso.
Por lo muy poquito -prácticamente nada- que sé de la riqueza y dominio de tu discurso, me es imposible comparar el tuyo con el mío. Sin embargo, una vez de haber visto que tienes marcada tendencia a subestimarte a ti misma, sospecho que tampoco en este aspecto existen diferencias importantes entre tú y yo. Si dijeras que solo existen importantes diferencias de modalidad entre tu discurso y el mío, no discreparíamos.
Me siento limitada para «apreciar» en toda su dimensión los razonamientos contenidos en tu libro.
No entiendo bien esto. Mis razonamientos no tienen dimensión alguna, o son falsos, o no son falsos, y punto. Ahora bien, si te sientes limitada -para comprender que no son (o son) falsos -por tu escasa capacidad intelectual, por lo complejo o lo intrincado de los argumentos, etc.- discrepo totalmente. Otra cosa es que te sientas limitada por causa de tu entendimiento reluctante a cierto tipo de razonamientos (lo que te decía de la modalidad en el precedente párrafo).
Admiro la facilidad con la que te desenvuelves por terrenos filosóficos, científicos y lógicos.
¿Filosóficos y científicos? Error, ¡craso error, Maixux! En mis escritos no encontrarás nada de filosófico. Y en materia científica, si bien se observa, solo hay en él conocimientos muy superficiales, no menos que los de un mediocre estudiante. En cambio, me parece estupendo que admires el trabajo realizado en el terreno de la lógica: el trabajo, el enorme trabajo que he realizado, no la facilidad con que me haya desenvuelto (de facilidad, no hubo nada).
Por mi parte, percibo mejor lo abstracto que tiene la búsqueda de la belleza…
Por aquí, por aquí vienen los tiros… Aquí es donde yo creo que existen diferencias importantes entre ti y entre mí. Según la transcripción de algún periodista, parece ser que la directora del Ballet Nacional de Cuba, Alicia Alonso, el otro día afirmó en Madrid que «con la danza se siembra la vida». Expresiones de este género nunca logran traspasar la epidermis de mi alma o de mi intelecto. Solo veo en ellas la frase afortunada, la frase original, la frase apta para «lucirse» en pura retórica, la frase impactante para ciertas sensibilidades, pero vacía de contenido en el terreno de la verdad y de la razón. ¿Puedo saber de qué manera se puede con la danza sembrar vida? Aquí es donde somos diferentes, Maixux. Para ti, lo que cuenta es la belleza, la emoción, la pasión, la vibración de la vida… Lo expresas claramente en los dos últimos párrafos:
La naturaleza y su misterio me mueven a la emoción. No necesito poseer la verdad última para vibrar, para entender la vida como un delicado y comprometido ejercicio de pasión.
Lo mío está casi en las antípodas. Cierto que siento emoción, y pasión y afectividad. Cierto que fácilmente —con demasiada facilidad— en determinadas circunstancias me echo a llorar a lágrima viva (no me refiero a sentir un gran sufrimiento o desgracia, sino a la pura emoción), pero no puedo «olvidar todo lo demás», y necesito saber por qué lloro, y por qué siento emoción, y por qué tú «vibras», y por qué la naturaleza parece un misterio. Yo sí necesito la verdad (la que tú llamas «última», y que no es la última).
Termino como empecé. Al menos por mi parte, la divergencia no empañará ni remotamente nuestra relación.
Con todo afecto.
D. Gametxo Donostia, 99.08.13
(*) Amicus Plato sed magis amica veritas
es una locución latina atribuida a Aristóteles y citada por Ammonio en su obra La vida de Aristóteles. Su traducción literal es: «Platón es (mi) amigo, pero la verdad (es) más (mi) amiga», aunque puede presentar variantes como «Platón es mi amigo, pero la verdad me es más querida».
Aristóteles, que era discípulo de Platón, admiraba a su maestro, la profundidad de sus pensamientos y de sus razonamientos filosóficos, la corrección moral de su vida y de sus sentimientos, pero juzgaba más importante la verdad que la fidelidad a una persona, por relevante que esta fuese.
Podría ser una alusión al realismo ingenuo de Platón, que, aunque nunca despreció la verdad, a veces parecía no considerarla.
Alma, fue independiente y valiente; una de las mujeres privilegiadas cuyo destino o cuyo único fin en la vida fue el de alimentar la imaginación creativa de los hombres con los que se relacionó, aunque brotaba en ella continuamente el afán de liberarse y realizarse por sí misma. Era una mujer apasionada, con sangre de artista, vinculada a las artes por una pasión absoluta e incondicional.
La influencia de su padre, el pintor Schlinder —aristócrata de nacimiento— amante e intérprete de la naturaleza, fue determinante en su vida, de tal manera que a partir del fallecimiento de este buscó, de manera insaciable, la figura paterna a su lado.
«Mi padre era amante de la música. Tenía una maravillosa voz de tenor alto, y cantaba Lieder de Schumann y cosas por el estilo. Su conversación era fascinante y nunca vulgar. Me pasaba horas enteras junto a él, de pie, viendo cómo su mano reveladora llevaba el pincel. Yo soñaba entonces con ser rica para abrir camino a personas creadoras… Quería tener un gran jardín en Italia con muchos talleres blancos donde, personas importantes pasaran allí su vida dedicada solo al arte, ajenas a las preocupaciones cotidianas… Mi padre me tomó siempre en serio. Cuando murió me di cuenta de que había perdido a mi piloto y la estrella de mi camino sin que, fuera de él, ninguna otra persona lo hubiera sospechado. Me había acostumbrado a hacerlo todo a su gusto, y toda mi vanidad y ambición no habían conocido otra recompensa que la mirada inteligente de sus ojos…«
Frases elegidas de MI VIDA. Alma Mahler-Werfel recoge en este libro sus papeles, diarios, cartas y notas.
«No es lo principal de dónde viene lo hermoso de la vida. Se trata solo de captarlo, sentirlo y transmitirlo a alguien.
He logrado darme cuenta de que no soy feliz, pero tampoco infeliz. De pronto caigo en la cuenta de que solo llevo una vida ficticia. Mi sumisión interna es demasiado grande, mi navío está en puerto, pero hace aguas.
Ahora me muero de amor, ¡y al rato no siento nada! Cuando me siento amorosa, lo soporto todo con la mayor facilidad… Cuando no, la cosa es imposible. Y, sin embargo, sé perfectamente que hasta ahora nunca nadie ha estado tan cerca de mí como él.
¡Si recuperara siquiera mi equilibrio interno!
Desde hace varios días y noches vuelvo a tejer música en mi interior. Es tan intensa y penetrante que, al hablar, la siento debajo de las palabras, y de noche, no me deja dormir.
Cuando más fuerte es una persona, más desea poseer. Lo quiere poseer todo, y cogerlo todo, a veces también lo absurdo. Y debe ser así… Y yo me siento fuerte. Hay que aceptar cualquier incitación a una sensación, venga de donde venga.
Nadie está esperándome. Nadie está preparado para tomarnos sin una propaganda previa. Todo el mundo tiene que ofrecerse en toda su intensidad, para atraer, para incitar y para deslumbrar. Es una obligación.
Porque esta intensidad aumenta el calor del mundo, y hay que calentar la Tierra, no enfriarla.
Para conquistar la libertad hay que ser también libre por dentro, y eso es lo difícil.»
Alma Mahler nació en la Austria de los Habsburgo en 1879, falleció en Nueva York en 1964. Estuvo casada con el compositor Gustav Mahler, con el arquitecto Walter Gropius y con el novelista y poeta Franz Werfel. Amante también del pintor Oskar Kokoschka, estuvo íntimamente implicada en los movimientos más importantes de la música, la pintura, la arquitectura y la literatura del siglo XX, y contó con la amistad de muchos de los artistas más destacados de Europa.
De la biografía de Alma Mahler escrita por Susanne Keegan en 1991.
Por encima del consolidado prestigio de los meses reflexivos y graves del otoño, la cosecha de hojas secas en octubre, el frío concentrado en las gotas de lluvia de noviembre, me entristecen los anuncios de la vuelta al cole, esas fotos tramposas, alevosamente falsas, de estudiantes felices con carpetas y libros que campean, como el inexorable filo de la espada más certera, sobre el último sol, las últimas risas conscientes del verano. Luego, cuando la realidad anima la imagen congelada de las fotografías y las aceras se pueblan de figuras diminutas que encorvan los hombros bajo el peso de grandísimas mochilas, los labios apretados, rendidos a una seca expresión de desaliento, sucumbo antes a la remota solidaridad de quien una vez conoció la exacta duración de esa condena que a la provechosa promesa de paz que late en mi mesa, en las teclas de mi ordenador, en mis mañanas de trabajo, en mi propia casa a punto de quedarse vacía de mis propios hijos.
Septiembre me pone melancólica, y resalta las escasas parcelas de mi vida en las que me permito practicar una nostalgia metódica, militante. Yo, que guardo las fotos en un cajón que no abro, para evitarme la tristeza de contemplarlas; que escapo por el dial de la radio de las canciones que bailé de adolescente, para no recordar cuántos años han pasado desde entonces; que sé muy bien por qué me prohíbo ciertas películas, ciertos juegos, ciertos sabores; cultivo, sin embargo, una vieja pasión que tiene mucho que ver con los días de septiembre, con los madrugones y el papel de plata de los bocadillos, con el olor a grafito y goma de borrar que impregnaba unos dedos sorprendentemente pequeños y, sin embargo, míos. Desde entonces hasta ahora he sido fiel a muy pocas cosas. Una de ellas es la ortografía.
Cuando yo aprendí a escribir, en un proceso seguramente inconsciente, que ahora soy incapaz de reconstruir, decidí asignar un valor sentimental a los signos de puntuación, a los acentos y a los accidentes del idioma en general, obedeciendo a un instinto extraño, que me impulsaba a devolver al español adornos -estorbos, dirían otros- que había perdido hacía ya mucho tiempo. Por ejemplo, no sé quién me enseñó a acentuar los monosílabos, incluidos algunos que nunca habían llevado acento, pero la palabra «ti», sin él, me sigue pareciendo más digna de un señor cualquiera que pasa por la calle que del íntimo interlocutor a quien siempre se asigna. Este fervor, casi patológico, por la ortografía ha ido creciendo en la medida en que nuevas normas, aplaudidas por psicólogos, pedagogos y maestros de primaria, han ido despojando las ramas del idioma de hojas superfluas para los demás, pero absolutamente imprescindibles para mí, porque ahora tengo la sensación de haber conocido una selva fértil y maravillosa, llena de sorpresas, de accidentes, de misterios y de trampas, que se ha ido quedando poco a poco en una urbanización de chalets adosados con calles rectas y paralelas, farolas idénticas y cables enterrados. Ese formidable bagaje de signos que animan un texto sin ser letras era como las montañas y los ríos, las lagunas y los mares, los puentes y las calles sin salida en el mapa imaginario del idioma de una niña que empezaba a descubrir, maravillada, cómo conseguían leer los mayores. Nunca olvidaré, por ejemplo, la emoción que sentí al aprender por fin en qué ocasiones la «u» se merecía una corona de dos puntitos. Quizá por eso me decidí a procurar emociones de más, aun al precio de tener que inventármelas.
Sigo siendo fiel a esta extraña ortografía sentimental, y siempre pongo un acento en la «e» de fé, porque, sin él, esta palabra no puede designar sino la amarga impostura de un cínico burlón. Y la tristeza que siento al quitárselo, mientras corrijo un texto para entregarlo, es más triste aun cuando llega septiembre y las aceras se pueblan de escolares que maldicen por dentro las palabras esdrújulas para siempre jamás.
Todavía no he tenido la oportunidad de conocerte en persona, sin embargo, has pasado a ser una referencia en mi vida.
Tengo respuesta a las preguntas que me hago, pero realmente no conozco su significado. Tiempo y Espacio se confunden en mi apreciación del Universo, de la Luz. Como decía San Agustín “si nadie me lo pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a alguien que me lo pregunta, no lo sé”. Todo tiene algún sentido y siento que debo de formar parte de ello aun sin sentir la voluntariedad en mí misma. Lo respiro y vivo con una energía prestada que estoy segura de que irá más allá de mí cuando todo haya terminado aquí.
¿Por qué te busqué?
Se fue Antonio Casao; me dejó un hueco grande y oscuro. Te lo dije.
Hice algo que quizás no debería de haber hecho, o sí; tampoco lo sé.
Me encontré con referencias a su vida de gran intelectual y brillante profesional, pero sobre todo con palabras que destacaban su gran humanidad, su humildad, su grandeza. Antonio iba dejando una huella indeleble en las muchas personas que tuvimos la suerte de disfrutar de su amistad. Busqué algunos nombres de entre sus amigos, pensé que mantendrían una parte importante de los valores compartidos con él y, contactar con ellos sería como formar parte de una especie de red de salvación del gran vacío que dejaba su ausencia. Yo que me sentí tan huérfana aquella mañana cuando recibí la carta de su hija pequeña diciéndome que lo sentía, pero que ya no recibiría ningún otro mensaje escrito de su padre… Recurrí a buscar a alguien que me ayudara a mantener, aunque solo fuera un fino hilo de comunicación con su mundo porque sabía que éramos muchos los que le admirábamos, muchos los que recibíamos sus puntuales mensajes conteniendo referencias musicales o notas de humor o de viajes, o sencillamente curiosidades…
¿Cómo te busqué?
Aunque reniego muchas veces de esta fórmula impersonal de relacionarnos, acepto que me permite llegar a donde no hubiera podido hacerlo físicamente. Así te encontré, en este mundo “virtual” del que me fascina la accesibilidad al conocimiento o su inmediatez.
¿Para qué te busqué?
Lo he explicado en “por qué te busqué”.
No tenía más pretensión que la de mantenerme “ligada” a nuestro amigo Antonio. Por eso te saludó aquel día mi tristeza y tú la aliviaste con música de lluvia y rosas…
Hoy, disfrutando de este café, quiero agradecer tu gesto.
Desde entonces mi ánimo —apagó las luces rojas del pudor— abrió las ventanas a mi «old-fashioned» mundo de papel. Aquellas palabras que permanecían ocultas ocupando los cajones de mi estudio salieron a respirar el aire de miradas nuevas. Y, reconozco que siguen alimentando su ilusión.
Me he sentado en el viejo muro de piedra, junto al mar. Cerca hay unos jóvenes que juegan a besarse y pienso que te amo de otra manera, distinta a la de los que se abrazan y se estrechan durante unos instantes para luego separarse y olvidarse.
No llevo los labios pintados ni soy un alud de sonrisas. La palabra se me complica porque mi amor no es breve.
Soy lo que regalas a mi timidez, lo que hurgas en las heridas con la benevolencia de tus besos, las amapolas que naces en mis pechos, el viento que merodea entre mis dudas y muerde mis talones cuando busco cobijo e intento hundirme en la misma huella.
Pero dejo dormir en mi sien tu latido incógnito, el pulso del reloj marcando un tiempo infinito, la verdad desnuda de lo más sencillo, donde nos habitó la vida más cierta y más profunda.
Me he sentado en el viejo muro de piedra, junto al mar, y me gusta leer los nombres de las barcas sencillas
La tarde envejece entre pliegues de plata, y el sol, que todavía hiere…
@mjberistain Escultura Oteiza Fotografía Luis M. Lainsa
Como un vendaval de dulzura —Tus manos en mi rostro— Yo fragante, la tierra húmeda.
Tu roce me estremece. Yo recuerdo tu goce maternal dando aliento a mi figura o sucediéndose en formas con nombres de emociones sencillas. Alborada, sosiego, caricia…
Tu llama se esconde en mis ojos sin fondo, tu voz en mi silencio. Yo despierto en tu frente y dormito en tu sangre. No hacen falta palabras para que tú me entiendas; y sé que me entiendes.
Soy lo que te acuerdas de soñar, guardo en mí la ternura de todas las miradas. Solo soy un sueño de mujer con la piel de la fruta adolescente y el amor palpitando, inacabado, cálido bajo el bronce.
No podría morir nunca. Me llamo barro.
@mjberistain 1999
Una intensa dimensión espiritual y poética se manifiesta a través de las diferentes formas de expresión que utiliza María Victoria Arbeloa, en especial en su línea escultórica.
Ella busca, observa, vive, y de su actitud ética ante el mundo sucede el milagro. La creación plástica de Mavi profundiza en lo más oculto e invade el espacio convertido en obra luminosa. Su creación nos hace visible aquello que no nos es común ver, el alma.
Desde una concepción romántica de lo estético, las dóciles y frágiles materias utilizadas son cauces de libertad para la sensibilidad de la autora, ofreciéndose en su obra como un enjambre infinito de universos. Mavi modela minuciosamente la ternura, alojada entre sus dedos, mientras se congrega la emoción, sabiamente invocada, en las formas de sus bronces. Esculpe con precisión silencios que imprimen huellas: el aire contenido, la apacible soledad de una espera confiada, un gesto fugaz de dulzura, un rasgo de rebeldía… Promesas de arcilla que nos acercan al corazón del laberinto humano, adonde, parece proponernos la autora, deberíamos acercarnos más sin prisa alguna por salir.
-El paisaje del alma-, algo inalcanzable que se hace tangible y vivo en la creación de una artista que trasciende lo estético, a la que dedicamos nuestra respetuosa y emocionada admiración.
@mjberistain1995
Incluyo aquí extracto de un texto de J.C. Garza
Hablar de María Victoria Arbeloa es hablar de Arte y DE Mujer.
O del elogio de la mujer a través del arte. Será, como dice, porque ella lo es y tiende a plasmar su condición en sus esculturas. El cuerpo femenino es el gran protagonista de su obra, en la que deja traslucir sus sentimientos y emociones, pero también sus actitudes ante la vida. La escultora recorre el universo femenino a través de bronces o del modelado en arcilla antes de ser fundida.
Entre barros, bronces, refractarios y pátinas de distintas tonalidades y texturas diferentes dota de vida a las figuras; surge la mujer. La mujer en toda su amplitud.
Cuerpos femeninos entre la realidad y el realismo que trasmiten vivencias y estados de ánimo:
Maternidades en distintos estados de la comunicación entre la madre y el hijo:
Duérmete, Siempre a mi lado, Protección, Entrega, Espera…
Bustos en los que la mujer muestra distintos estados de presentarse ante la vida:
Armonía, Sosiego, Indiferencia, Seducción…
Son rostros hermosos, salidos de la imaginación de la autora (que no usa modelos), y en absoluto estáticos o rígidos, pues los pliegues del cabello les otorgan movimiento y vida.
Cuerpos completos en los que hallamos figuras sentadas, en posición de espera, quizá de un amante, pero también de otras muchas cosas que ofrece la vida:
Soñándote, Espero tu presencia, Quizás llegue…
La figura masculina también aparece en su obra, eso sí, abrazando y besando a la mujer, en un vínculo que refuerza la preeminencia de esta en el universo de Mavi.