El frío del Ártico


Localicé un pequeño piso dedicado a acoger a estudiantes en una calle cercana al puerto. De puntillas Me acerqué a la pequeña ventana en alto del ático que me ofrecieron como única solución porque todavía no se había acabado el curso; aún quedaban días hasta que la mayor parte de los estudiantes volvieran a sus países de origen y entonces podrían hacerme un hueco más adecuado para un alquiler de largo plazo. La señora Magritt —así le había dicho que la llamara— era la típica mujer nórdica —calculé que tendría alrededor de sesenta años— fuerte, alta, rubia y poderosa parecía una persona dispuesta a acogerme en su casa sin preguntar demasiado. En principio nos habíamos entendido bien. Sin embargo, en aquella habitación el frío del ártico se colaba por el pequeño ventanuco de cristales sencillos, pendientes de limpiar, desde el que podía verse una pequeña franja de mar y el trajín diario del mercado. Es cierto que había una pequeña estufa de hierro negra con una salida directa al tejado que confirmé que estaba en uso y aquello me tranquilizó un poco. Aquel panorama añadido a la acogida de Maggrit consiguieron que la sensación de fría soledad no fuera tan aguda.

Un estremecimiento me recorrió entera  cuando me senté encima de la cama. Apoyé mis pies descalzos sobre la mochila que había dejado tirada de cualquier manera en el suelo de  habitación y no encontré nada dentro de mí para salvarme de la desolación que sentía. Curiosamente me di cuenta de que nunca había necesitado a mi madre y ahora me encontraba perdida, como si uno de los pilares de mi vida se hubieran desmoronado cayendo sobre mí y dejándome atrapada entre sus restos.  Había dejado el armario abierto de par en par pero no me sentía con fuerzas para organizarme. Lo cierto es que tampoco llevaba tanto equipaje como para necesitarlo. Ahora no. Mañana, ¡quien sabe!, pero poco a poco fui entendiendo que estaba ante una etapa nueva en mi vida y que cualquier cosa que hiciera marcaría mi camino hacia un futuro incierto.  Y solo iba a depender de mí hacerlo a mi manera. Por primera vez en la vida tenía que vérmelas conmigo misma a solas. El frío del Ártico dolía, me había pillado sin abrigo.

Hablábamos por teléfono con frecuencia. Nathan retomó rápidamente sus clases en la Universidad, y al atardecer continuaba con sesiones especiales con algunos de sus alumnos que solían celebrar en un bar bastante acogedor y reservado del centro.

—Sé que necesitas tu espacio y sé que también necesitas tiempo. Yo también. —me dijo una tarde de sábado que nos encontramos para pasear con tranquilidad.

—El próximo martes expongo en el Paraninfo de la Universidad un  trabajo sobre el cambio climático —mientras me ofrecía un sobre con una invitación al Acto— Además de que el tema nos concierne a todos, sería interesante que te acercaras —me dijo—.  Y a mí me gustaría especialmente.

—Sonreí. Lo cierto es que me gustó la propuesta. Además todavía no me había comprometido en ninguna de las dos opciones de trabajo que me habían interesado. Valoraba por una parte el quedarme en la ciudad, y por otra, alejarme de él e instalarme en el pequeño pueblo de Flam (donde yo había nacido)  y dedicarme a implementar un interesante proyecto turístico. —No lo había comentado con él—.

—Allí te presentaré a gente con la que estoy seguro que conectarás porque veo que podéis tener aficiones comunes y son grupos muy activos tanto a nivel cultural como deportivo.
Los inviernos aquí son largos, tu lo sabes —me dijo— y tienes tiempo para organizarte si es que tu opción, según dices, va a ser quedarte en Noruega.

—Al terminar habrá un pequeño ágape para favorecer el encuentro y el cambio de impresiones entre los asistentes. Será genial, ya lo verás.

La claridad de la noche de aquel sábado de primavera provocó un tumulto de imágenes cruzadas en mi cabeza. Me levanté mil veces de la cama para ver el cielo que no terminaba de oscurecerse; solo palidecía el azul cobalto…


 

 

 

La palabra, lugar de encuentro

Dice Amparo Amorós:


El pensamiento de María Zambrano es un pensamiento poético no solo por ser discurso de lo poético y sobre lo poético, sino, ante todo, porque se produce como toda razón que elige la poesía como forma, es decir, avanza en imágenes. Ellas son como las piedras que salpican la corriente del río y permiten al pie, apoyándose de una en otra, ganar la orilla opuesta, esa que nos sitúa del otro lado de las cosas, no para alejarnos de ellas, sino para recuperarlas en la distancia que permite la perspectiva. Y es, además, un pensamiento poético porque en él cuenta menos la meta que el trayecto. Hay pensamientos que nos urgen a seguirlos a determinado punto de arribo, que nos fuerzan a «concluir» (que es, en definitiva, una forma de acabamiento). El de María, en cambio, se diría que se limita a acompañarnos en el camino y, al paso, nos lo sugiere suavemente, sin prisa por llegar a parte alguna, porque ese camino del pensar, como el camino «machadiano», tiene valor en sí mismo y no en función del término al que nos conduce.

 

… Miraba el mar tardes enteras, hasta que me di cuenta de que alguien aguardaba y llamaba calladamente. Alguien que habría de venir, un hombre quizás desde los abismos de las aguas. Siempre me entendí muy bien con los pescadores y con los que habían surcado el mar tantas veces que ya era su patria. Alguien habría de venir sobre las aguas, y cuando la claridad de la primera alba se fundía con el mar dejando oscura la tierra, salía de mis sueños violentamente creyendo que podía venir en ese silencio en que la tierra se retira, se borra. Antes de la luz de la aurora. Antes de la aurora me despertaba. Con el rosa de la aurora resucita la tierra, el mundo de la sangre, del fuego, de la sequedad del deseo y de las cosas opacas. Aparecía ya la sangre en esa luz ni siquiera blanca, unas gotas de sangre celeste diluidas en la aurora y comenzaba el día y la historia, el hombre de la tierra hijo de esa herida celeste. Mientras que el que me despertaba llegaría caído de la luz, nacido de la luz en las profundidades de las aguas. Tan solo un instante haría vibrar el aire. Un pájaro, extendidas sus alas inmensas, por un instante se detuvo suspendido, un ave desconocida y que volví a ver. Pero yo salía de mi sueño por el rumor de sus alas, antes del día y de su luz.


María Zambrano (Fragmento)

 

 

BONJOUR, JE T’AIME


No es tiempo de dormir para siempre,
levantaré las persianas —yo te hablaba—
para que vuelvas a ver el sol y la lluvia
el mar y los caballos correr por las laderas.

Prometía cumplir mis promesas.
Hubo dioses que obraron el milagro.
A ellos cada nueva mirada y la nueva vida
al ver que se abrían tus ojos sin lágrimas.

Miré al cielo —bonjour je t’aime—


 Imagen, obra de Picasso
Poema @mjberistain

Maldito lunes


 

Se desperezó sin saber muy bien dónde estaba. Solo recordaba el momento de la firma.

—Señorita, puede usted firmar aquí. —sonó su voz aflautada.

—Y usted aquí, Señor. —carraspeó.

Lilith  no había estado en disposición de polemizar con aquel personaje de aspecto aristócrata venido a menos, con su peluquín mal colocado y evitando la mirada directa de los clientes con la excusa de acabar rápido aquel trámite rutinario, debido al exceso de trabajo en su despacho de notario.

La pantalla del ordenador llevaba parpadeando sin parar los últimos días intentando encontrar destinos exóticos para su huída. Lugares imposibles, islas salvajes, desérticos trozos de tierra, de arenas, que nunca antes había sabido situar en los mapas.  No había habido manera de acertar con la música durante la búsqueda de información para su viaje iniciático. Estaba inquieta, excitada. Ni Cohen, ni Queen, ni Mozart ni Celentano la habían inspirado en aquellos momentos. Desistió. Se recogió el pelo en un moño mal hecho  y decidió tomarse un baño de espuma perfumado. Después, se había sentado en la alfombra mordisqueando un pedazo de pan duro mientras en el televisor un documental de viajes de National Geographic había captado su atención. Se quedó allí, apoyada la espalda en el sofá. Enseguida Kaisser se tumbó a su lado.

Un individuo sucio de protuberantes mejillas rojas y nariz aplastada y granulosa, con un palillo asomando de la comisura de su boca sebosa, a donde acudía de vez en cuando alguna mosca, observaba la escena desde una mecedora apostada debajo del típico porche desvencijado de las películas de vaqueros. Los caballos se habían removido relinchando al escuchar los tiros que también les habían despertado a Kaisser y a ella. Eran las dos y cuarto de la madrugada.

—Kaisser… —murmuró somnolienta—.

La miraron unos ojos legañosos, quizás sin verla, pero con afecto, agradeciendo la caricia de la mano que le revolvía la cabeza.

La noche había resultado ser una sucesión de escenas del mejor Western en las que ella interpretaba el papel de «femme fatale». Vestía corpiños ajustados de colores dejando dos botones abiertos en su escote que animaban a los clientes a acercarse y alentaban el consumo continuo de cervezas y de ron hasta que caían rendidos a sus pies. Llevaba las faldas muy amplias y volanderas que dejaban a la vista puntillas de recio algodón blanco. Sus largas piernas semi cubiertas hasta los muslos sugerían con sus movimientos obscenos el deseado trofeo que centelleaba en su ropa íntima con frivolidad.

Le costó despertarse, a pesar de que a través de las persianas de colaban los rayos de una mañana luminosa y fresca. De repente se dio cuenta de que era lunes. ¡Maldito lunes! Ya no llegaba a tiempo a la oficina, se había quedado dormida en el último momento antes de que sonara el despertador con el que nunca se entendía. Pensó en tirarlo por la ventana, pero lo haría al volver del trabajo; no era momento de andar con tonterías. Se lavó como los gatos,  hizo un amago de cepillarse los dientes, —por supuesto que menos de tres minutos—, se ahuecó el pelo con los dedos, cogió el bolso al vuelo y saltó por encima de su perro que, atravesado en el pasillo en posición de alerta máxima, la esperaba para salir a la calle.

—¡Mierda! Tiró el bolso al suelo y cogió la cadena por si se encontraban con algún vecino por el camino. Kaisser ya estaba en el portal cuando ella se precipitó estrellándose contra la pared del descansillo del segundo.

—¡Mierda! —asestó un latigazo a la barandilla de las escaleras con la cadena del perro, lo cual hizo que la vecina del segundo (a la que apodaban «windmill» por su vocación de revolotear por la vecindad, sin cortarse después en contar a los vecinos todo lo que acontecía en aquella comunidad) saliera en camisón arropada con una gran bufanda apolillada atada al cuello para ver qué es lo que había ocurrido.

El perro  subió en dos saltos y se echó encima de la vecina consiguiendo que miss windmill perdiera su precario equilibrio y terminase también sentada en el suelo de la escalera.

—Si, si, —contestó Karla, involuntariamente despótica— el tobillo, si, el tobillo… mientras tiraba del collar de Kaisser intentando evitar un desastre mayor.

—Oh! le duele, verdad?, eso es que se ha hecho un esguince o en el peor de los casos una rotura de ligamentos o quizás se le ha astillado algún hueso o… —por favor cállese de una puta vez, murmuró Karla con los dientes apretados mientras la solícita miss windmill refería los peores pronósticos—. Yo también me caí una vez…  Le ayudaré a entrar en casa y le prepararé un café con unas tostadas y llamaré a un médico para que vengan a buscarle con una ambulancia.

Hubiera gritado con toda su alma. Estaba dolorida, por supuesto, y contrariada y  arrebatada de rabia. Veía desvanecerse sus planes de escaparse del mundo, por lo menos de manera inmediata como había pretendido. Despidió a la señora «windmill» agradeciéndole su ayuda, aunque hubiera preferido pegar un portazo en sus narices. Antes, había tenido que jurarle que ella misma se ocuparía de tomar un taxi e ir a urgencias, lo que le había costado casi tres cuartos de hora para convencerla y quitársela de encima.

Se tumbó en la cama intentando rebajar la tensión del momento. Llamó a la oficina para anunciar que no iría aquella mañana, por lo menos. No era solo que necesitaba unas vacaciones, lo que necesitaba era irse, desaparecer de aquel ambiente obsesivo y viciado que venía siendo su vida. Se había propuesto desmadejar aquella bola de enredos, desanudarla de su cuerpo, desterrar aquella ansiedad que la había acompañado, como una mala conciencia, ocupando el otro lado de su cama los últimos años. No le dio tiempo a dormirse. Sonó el timbre del portal, insistente. No esperaba a nadie, y menos a aquellas horas, así que pensó que no sería nadie conocido. Sin embargo la curiosidad le animó a acercarse a la pantalla del telefonillo para comprobar quién, desde abajo, había llamado a su casa.

—¡Inconfundible! —le dijo a Kaisser.

Apoyaba su brazo izquierdo contra la pared de tal manera que casi ocultaba su cara aunque su gesto le delataba.

—¿Qué demonios hacía allí a esas horas? ¿No había quedado todo meridianamente claro y definitivamente cerrado el día de la firma? El estupor la hizo retroceder unos pasos a la pata coja, y apoyarse en la pared del hall de entrada mientras pensaba en cómo interpretar aquella visita intempestiva y prepararse para lo que pudiera venir. Desde el quicio de la puerta de la cocina Kaisser la miraba con la cabeza ladeada y ojos compasivos.

—Ya habíamos hablado de esto tu y yo, de que podía ocurrir; ¿no es cierto?. El doberman hizo un ademán de complicidad con la pata sin dejar de mirarle.

Pulsó el botón de apertura de la puerta del portal. Esperó a que subiera el ascensor.

—La señora windmill me ha llamado para decirme que me necesitabas…

—Te he despertado, amor?

—¡No!


 

@mjberistain

 

 

 

 

 

 

CONJURO

Chantal Maillard


Están sucediendo cosas…
Imagino un hilo de seda invisible que está rodeándome con sigilo, como si dibujara mi ser con mucha sutileza, su color gris perla apenas distinguible en la realidad. Me empuja con suavidad, silencioso, por caminos nuevos, que mi imaginación no concibió antes.

Una música, un poema, una imagen, una filosofía…

Me reconozco en todo ello, han ido sucediendo durante mi tiempo…

Sin embargo, algo nuevo, como un mensaje interior, aflora a esta superficie que ha estado siempre alerta en la búsqueda de algo muy necesitado. Armonía, Paz, Silencio…



LA OCUPACIÓN

Capítulo de mi libro LA CANCIÓN DE NERTA


Dormíamos hasta que llegaste con tu corazón diminuto a la casa de madera para compartir dentro todo el bienestar,
¿acaso no sabes que es cierto? —Japandia

Los habitantes del pueblo trabajaban en la obra, también los jóvenes de los pueblos de alrededor, incluso algunos llegados del extranjero. Lo llevaban haciendo desde que se habían iniciado los trabajos, en 1924, como carreteros y constructores de vía, días y noches abriendo las montañas con sus manos. Se construirían veinte túneles, a lo largo de un paisaje salvaje, de fuertes desniveles escarpados. Los trabajadores venidos de fuera del pueblo vivían en barracones de madera expresamente construidos para ellos. Se habían organizado en forma de comunidad a la que se habían incorporado también algunas de sus familias. A medida que avanzaba la obra, Myrdal, sin embargo, se convertiría en residencia para los oficiales.

Allí se había instalado el joven ingeniero alemán Mark Terboven, designado para supervisar los trabajos durante el último período de la obra. Era el otoño de 1939 y la puesta en marcha del ferrocarril estaba prevista para el otoño de 1942 —tres años más tarde.

El bar de Fläm acogía a todos por igual. La presencia del viejo dueño Bjorn era permanente, aunque ya solo se dedicaba a departir con sus amigos y vigilar que la comida caliente y el pan tierno de cada día estuvieran asegurados y sus clientes bien atendidos por parte de sus dos hijos Eirik y Frigga.

La Oficial Louise Bauman que llevaba trabajando en el valle varios años, prefirió quedarse a pie de obra en una pequeña casa de madera en la zona de barracones. Era una mujer vital e inquieta; su carácter fuerte y su espíritu conciliador habían hecho de ella una persona admirada y muy respetada por todos los que la conocían. Enseguida había simpatizado con las familias. Sus padres eran judíos de procedencia austríaca. Se habían trasladado a Suecia huyendo de los desórdenes en el centro de Europa, siendo ella aún una niña. Cuando terminó su educación básica, eligió estudiar Biología y sus padres le facilitaron el traslado a la Universidad de Oslo —antigua Real Universidad Federicana— al mismo tiempo que se especializaba en fotografía. Su madre le había inculcado su pasión por la lectura y ella fue descubriendo el placer de la escritura. Lo hacía después del mediodía, cuando ya había oscurecido y hasta bien entrada la noche, en artículos sobre historia natural en los que incluía imágenes tomadas con su Zeiss en sus salidas a la montaña. Consiguió que se los publicaran en la revista mensual de la propia universidad. Una vez terminados sus estudios, se alistó en el ejército noruego como técnico en protección y conservación de recursos naturales. Adoraba su trabajo y el país que había elegido para vivir. Le hacía feliz el contacto con aquella prodigiosa naturaleza: la belleza sobrecogedora de los fiordos, las montañas, las amplias mesetas nevadas o las laderas verticales, los bosques abrigados, los glaciares, las cascadas cayendo en las aguas de archipiélagos y playas de arena blanca. La luz de las noches en las que el sol no se ponía, o el resplandor del ártico sobre el silencio de las inmensas extensiones de hielo. Adoraba especialmente la vida de los pequeños pueblos costeros; y sus gentes.

Se dejó caer agotado en una de las sillas de madera, los brazos del ingeniero colgando a los lados de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos durante varios segundos, o quizás incluso minutos. No se dio cuenta. Le sobresaltó el chirrido inoportuno del vaso de cerveza que Eirik dejaba sobre la mesa. Al verla a ella, sentada enfrente con una sonrisa complaciente, de repente no supo comprender dónde se encontraba. Se incorporó, agitando su cabeza de un lado a otro, pestañeando para desperezarse con toda la dignidad de la que fue capaz ante aquella mujer que le había pillado por sorpresa.

—He debido de quedarme dormido, ¡lo siento! —Bostezó, cubriéndose la boca con ambas manos—

—No hay problema, —sonrió Louise— no quería molestarle y estaba aquí esperando tranquilamente. Este es un lugar perfecto para descansar y reponerse. ¿No es cierto? Yo también suelo hacerlo, pero… es curioso que no hubiéramos coincidido aquí antes.

—Bueno —dijo mirándola sin moverse de su asiento— es un placer. ¿Señora?

—Soy, por si no lo recuerda, Louise Bauman. Nos saludamos en la reunión de oficiales en Myrdal hace solo unos días.

—¡Oh, sí!, me acuerdo perfectamente de usted, aunque debo confesarle que, en algún momento, cuando la conocí, pensé que… —el oficial bajó los ojos y miró al vaso de cerveza intentando justificar la intención de la frase que se le escapaba de la boca, casi sin querer— bueno…, pensé que qué demonios hacía una mujer como usted en un sitio como este…, —y añadió urgente con una cómica inclinación de cabeza— con todos mis respetos, señora Bauman.

A ella le hizo sonreír el comentario y lo aceptó condescendiente.

—De acuerdo, —dijo el hombre— aunque por lo que veo usted ya sabe quién soy yo, en todo caso me presento. Se agitó en la silla, bebió un largo sorbo de cerveza y colocando el vaso en el centro de la mesa, sin soltarlo, dijo: soy Mark Terboven. Trabajo con un equipo de diez personas supervisando las necesidades de los hombres y la obra; los movimientos de tierras, la electrificación, canalización de aguas, la puesta en marcha de la central eléctrica, la colocación de vías…, en fin, soy responsable de que el proyecto llegue a buen fin en las fechas previstas. Así que… —en ese momento se apoyó con los brazos cruzados sobre la mesa para acercarse más a ella y, componiendo en su boca una sonrisa irónica llena de afectación, dijo: probablemente yo sea el hombre que busca…

Se hizo un silencio entre ambos que él rompió levantándose de la silla y ofreciéndole su mano a modo de saludo.

—Ahora…, hablando en serio, ¡déjeme que le invite a una cerveza!

—En realidad —dijo Louise— estoy aquí porque en algún momento tenemos que hablar usted y yo de la estación intermedia de la cascada.

Aquella misma tarde y las siguientes, cuando oscurecía, se encontraban en el bar de los hermanos Eirik y Frigga. Sentados uno al lado del otro, sus conversaciones giraban mayormente en torno a la obra. Un par de cervezas solían conseguir suavizar las tensiones de trabajo que les habían enfrentado durante el día. Hablaban también de la guerra —que se avecinaba— y de aquel futuro próximo que para ellos estaba lleno de interrogantes. Poco a poco fueron introduciendo comentarios personales en sus conversaciones. Se dejaron llevar por el placer de la compañía y de la complicidad, incluso hasta notaban cómo iba creciendo en ellos una cierta dependencia del otro que les salvaba a veces de las noches de miedo, cuando el cielo amenazante se llenaba de destellos de mortíferas bengalas cuyos sigilosos silbidos se escuchaban cada vez más cercanos.

Louise, cuando se retiraba a su casa, se dedicaba a revelar las imágenes que había tomado durante el día y a redactar informes. Cuando el sueño se le resistía escribía artículos sobre naturaleza que se publicaban después en algunos periódicos locales. No era su problema la soledad en aquellos momentos. En su interior, lejos de amilanarse su espíritu, sentía cómo crecía un conflicto que le incitaba a pensar en la acción. Sin embargo, el acercamiento que se estaba produciendo con Mark le impedía hacerlo con determinación. Por su parte, él iba apreciando ciertas señales de que había entre ellos un muro que parecía insalvable, y eso aún a pesar de suponer un misterio, le llevaba a interesarse más por aquella mujer que se le estaba clavando en el alma.

—Hoy háblame de lo que te atormenta. —Dijo Mark con voz severa una de las tardes, mirándola a los ojos—. Se produjo entre ellos un silencio tenso. Mark pasó su brazo sobre los hombros de ella y la apretó contra su costado, quitándole importancia a su negativa de enfrentarse al tema. Amaba a aquella mujer.

Les costó más que otras tardes despedirse hasta el día siguiente. Un haz de luz blanquecina se filtraba por la ventana aquella noche. Louise se quedó adormilada en el sillón al lado de la chimenea, contemplando el leve y lento desplazamiento de aquella estela polvorienta sobre su mesa de trabajo. Pensaba en él, en su último abrazo, que se había demorado más de lo habitual. Se había sentido extraña en sus brazos. No había sido un abrazo fraternal como otras veces, tampoco habían ayudado a entenderlo sus uniformes de oficial, lo sabía. Pero había sido un gesto nuevo en el que se había encontrado en un espacio lleno de cálidas sensaciones a las que no había podido resistirse. Pensaba en él. En cómo se había despegado, sin soltarla de sus brazos, para mirarla a los ojos. Después se habían separado sin decirse nada…  Se dejó invadir por el sopor imaginando cómo sería el color y el calor de su piel desnuda. ¿Cómo podría explicarse? Era capaz de explicar el aire rozando las colinas, el sonido del agua discurriendo por los valles, el grito de algún animal herido desde la lejanía, pero ¿cómo explicar aquel mundo de miradas sugerentes, de gestos equivocados y esquivados tantas veces, de palabras que se dejaban caer como si no tuvieran ningún sentido? Aquella tarde había leído el deseo en sus ojos y ella se había agarrado a él como tratando de evitar caer a un precipicio. ¿Cómo explicarse cómo era él? Se abandonó acordándose de los susurros de su voz cálida, deslizándose en su cuello pronunciando muy despacio su nombre, la humedad de sus labios lamiendo sus ojos, el roce de su mejilla en su cara, sus manos revolviendo su pelo, o el vértigo al puro vacío en sus brazos atrayéndola firme hacía su vientre encendido…

Sentía su presencia cercana en el temblor delirante de su cuerpo, y cómo se iba apoderando de ella y de su sueño en el oscuro silencio.

Le despertaron a mitad de la noche las voces y los golpes en la puerta.

Afuera la noche oscura enmarcaba la palidez sobrenatural de la cara desencajada y sudorosa de Ulma. Llegaba sin resuello, sus manos temblorosas se apretaban con saña a su delantal manchado de sangre.

—Ven conmigo rápido. Louise por favor, te necesito. —consiguió tartamudear de angustia—

Louise no preguntó nada, no se lo pensó y salió corriendo detrás de aquella mujer, horrorizada. Todavía estaban con vida cuando llegaron. La criatura yacía junto a su madre entre toallas y fluidos como un desperdicio gelatinoso y morado, inerte. Las dos mujeres se miraron, no hablaron, intentaron con coraje y manos sabias pero temblorosas, reanimarlas. Cuando la niña lloró, Louise elevó los ojos al cielo, agradeciendo al Creador su ayuda en aquel instante, pero lloró amargamente cuando se desvaneció finalmente el latido de la mujer que le había dado vida a la pequeña.

—No tiene a nadie más, —se escuchó apenas el lamento de Ulma, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y lágrimas imparables, mientras sostenía apretado a su pecho el pequeño fardo con vida que lloraba con desconsuelo—.

Ulma era una mujer muy respetada y querida en el pueblo. Era matrona. Se había quedado viuda hacía varios meses. En aquel momento hubiera querido explicarle a Louise que la joven madre era su propia hija adoptiva. Quiso explicarle cómo se había complicado un parto que en principio no tenía ningún riesgo. Quiso explicarle que el padre de aquella criatura había sido marino y había muerto en febrero de aquel mismo año en los incidentes con el buque alemán Altmark en aguas neutrales. Quiso explicarle que ella los conocía bien, que había querido a aquella mujer desde su nacimiento, cuando milagrosamente había sido encontrada todavía viva, pegada al cuerpo de su madre, en la base de la gran cascada Fjossen. Que los alemanes la pretendieron para su proyecto Lebensborn, pero ella y su marido la habían solicitado en adopción, que les había colmado la vida. Quiso decirle que también la había ayudado durante su tiempo de duelo por la muerte de su marido y con su embarazo. Que era la hija que ella siempre había deseado tener… Pero su voz no pudo.

Aquella noche de urgencias con la devastadora sensación de muerte a su alrededor, las dos mujeres decidieron ocuparse ellas mismas de solucionar los dos problemas; el enterramiento de la joven y el cuidado de la niña hasta que oficialmente se le pudiera dar una solución. Louise fue quien se ocupó de avisar al médico del hospital de campaña para que revisara a la niña y les ayudara con las gestiones de la joven mujer muerta. Convinieron en que, en principio, ella se haría cargo de los gastos necesarios para sacar adelante a la pequeña y contrataría a Ulma y le pagaría un sueldo para que se ocupara de sus cuidados el tiempo que necesitaran hasta poner orden en aquel caos. Se organizó para instalar a Ulma y a la niña en su propia casa. Había espacio suficiente y estarían más cómodas las tres. Las horas se alargaban contemplando la evolución de la pequeña mientras cavilaban en darle un nombre. Convinieron en el de Gunhilda —cuyo significado era «doncella en la batalla»— a ambas les pareció que sería el más adecuado para una mujer que nacía para ser una luchadora en la vida.

Aquel atardecer, Mark se encontró a una Louise conmocionada. Se apretó a su abrazo, exhausta. Se rompió en lágrimas bajo la luz amarilla parpadeante del bar. Entre ellos, ambos vestidos con el uniforme, descubrieron la grandeza del amor; del amor, de la entrega, el de la comprensión, la caridad y del amor carnal. Aquella noche y las siguientes hablando al calor de la lumbre, fueron desatándose las pasiones; el miedo, la rabia, la responsabilidad, la impotencia… Se miraban uno a otro como si fueran náufragos sin historia ni porvenir en una isla desierta. El silencio de los bombardeos cercanos les asustaba más que el amanecer de otro día entre el caos de la tierra herida; les asustaba más que la imagen de mujeres y niños arrastrando la sed y el hambre por las laderas de aquel bellísimo paisaje que estaba siendo ocupado. Solían amanecer abrazados, sus sueños turbulentos se interrumpían varias veces durante las noches por caricias envueltas en el placer de la proximidad inevitable de sus cuerpos. Se amaban desesperadamente, sus ojos se llenaban de lágrimas de emoción y agotamiento. No había lugar para la soledad en aquel hogar de materia parecida a la ternura. Cada amanecer les sorprendía con la rendición escrita en sus miradas frente al campo de batalla; el amor debía de ser algo parecido a la pura necesidad de alguien a tu lado cuando el mundo se desmorona. Les había estallado sigilosamente por sus venas, mientras se amaban arrinconados, contra el muro de la guerra.

Abril llegaba ese año estremecido, con el color de la ceniza en el paisaje. La gente se movía cabizbaja, somnolienta, no había alegrías que contar, el bar parecía un lento corazón siniestro, ocupado por gentes desconocidas hablando en el idioma del horror. Los mayores dejaron de frecuentarlo y se reunían en la casa de alguno de ellos, donde ya solo hablaban en voz muy baja de resistencia. Era la primavera de mil novecientos cuarenta.


A la literatura no le pido que me entretenga…

María Negroni:


Charla con la celebrada escritora argentina a propósito de “Colección permanente”, su nuevo libro, en el que consolida un recorrido por los pliegues de la escritura y la lectura a través del cruce entre el ensayo, la autobiografía, la biografía y la entrevista apócrifa

PorHinde PomeraniecSeguir en

24 Ago, 2025 05:50 a.m.Actualizado: 24 Ago, 2025 03:56 p.m. ESP

En «Colección permanente», Negroni vuelve a ciertas preguntas como qué es escribir, qué es la poesía y qué es un escritor.

María Negroni escribe y hace tiempo que enseña a escribir, pero antes enseña a leer y a distinguir lecturas que ofrecen mucho más que una historia o una anécdota: lo que enseña María es a buscar un lenguaje, una forma de contar, una singularidad allí donde, asegura, no existe una página en blanco porque “todo ya ha sido escrito”.

Maríavolvió recientemente a la Argentina luego de una residencia de un año en Berlín, estancia que le fue otorgada por el DAAD (iniciales de Servicio Alemán de Intercambio Académico, en alemán), el programa de artistas considerado como uno de los más prestigiosos del mundo. Su obra, que fue reconocida con premios y distinciones como la beca Guggenheim y el Konex de Platino, es vasta, variada y cada vez más destacada por la crítica y también por lectores sensibles y exigentes.

Poeta, ensayista, narradora, docente, MaríaNegroni nació en Rosario y vivió muchos años en Nueva York. Es autora de libros como Elegía a Joseph Cornell,Islandia,Objeto SatieEl sueño de Úrsula,La anunciación,Archivo DickinsonPequeño mundo ilustrado,El corazón del daño (un libro que la hizo llegar a nuevos públicos y que tuvo una celebrada versión teatral dirigida por Alejandro Tantanian y protagonizada por Marilú Marini)Cartas extraordinarias.

Muchas de sus obras fueron traducidas a otras lenguas y ella misma tradujo a poetas como Elizabeth Bishop, Sylvia Plath y Marianne Moore entre otras.

María Negroni tiene un doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Columbia y es la creadora y directora de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF). Recientemente Random House publicó Colección permanente, su nuevo libro, en el que una vez más cruza de manera singular el ensayo con la autobiografía y la biografía y suma la entrevista apócrifa como género para consolidar un recorrido por los pliegues de la escritura y la lectura.

De esa ruta literaria que María propone casi desde el comienzo de su carrera se desprenden preguntas que admiten múltiples respuestas como qué es escribir, qué es la poesía, qué es un escritor, y también una vez más retazos de su vida y de su propio recorrido como escritora y lectora. Lo que sigue es una reproducción de la conversación que mantuvimos semanas atrás, durante la grabación de un episodio del podcast Vidas prestadas.

— Cuando se habla de géneros o de formas narrativas, cuando se habla de escribir bien o mal, hay un concepto que repetís y es el de que, como lectora, leés y te interesan las escrituras. Podríamos empezar por ahí. ¿Qué significa exactamente leer “escrituras”?

— A ver, es interesante porque podemos empezar por el revés, lo contrario de eso. Mucha gente te dice “Sí, ese libro me resulta muy entretenido”. Y yo digo: bueno, yo no le pido a la literatura que me entretenga. De hecho, los libros entretenidos me aburren profundamente. Lo que me seduce en un libro es eso, la escritura. ¿Y qué es la escritura? Porque esa sería la pregunta.

— Exacto.

— La escritura es un corrimiento de la anécdota o del tema o de la trama a una especie de incursión al instrumento mismo, que es el lenguaje. Entonces, en algunos libros hay escritura; en otros, no. ¿Sabés quién hablaba de esto?, Marguerite Duras. Ella decía: hay libros que no tienen autor. Autor o autora, ¿no? Que son libros donde no pasa nada a nivel del lenguaje. No hay un temperamento que se tensa de una determinada manera. Ella decía que en realidad existe una subliteratura, la descalificaba absolutamente. O sea que en las mesas de las librerías hay muchos libros que se venden como literatura pero que no lo son: son entretenimientos. Lo que pasa es que para entretenerme, no sé, prefiero otra cosa.

— Estaríamos hablando de literatura/entretenimiento versus literatura/arte. Sería así.

— Sería así, sí. Digamos que la literatura que me interesa, en todo caso, es la literatura que plantea preguntas ¿no? Es como si yo te dijera que en la literatura, así como en las personas, hay niveles de problemas, de problemáticas. O sea, vos podés transitar toda una conversación de media hora sin ir dos segundos más abajo de la banalidad. Entonces te mantenés en una superficie. Eso también pasa en la literatura.

— Y estamos hablando del lenguaje.

— El lenguaje además es una cosa impresionante. El lenguaje es como el mundo. Ya lo decía Wittgenstein, ¿no? La amplitud de mi lenguaje es la amplitud de mi mundo. Entonces, viene muy al caso con lo que está pasando ahora con el lenguaje, que hay una degradación tremenda, a todo nivel. Entonces es como que todo se aplana, los significados se calcifican. No hay espacio para la incertidumbre del sentido, para las dudas, la ambivalencia, la ambigüedad.

— Para la elegancia. Tal vez podríamos conformarnos con una lengua común elegante.

— Elegante, sí. Elegante. Digna..

— Exacto. Ahora, en Colección permanente hay mucha reflexiónacerca de todas estas cosas. Hay mucha cita, mucha paráfrasis. Sos más de reescribir lo que dijeron otros. Eso forma parte de tu estilo, o de tu género, diría, ¿no?

— Sí.»Colección permanente», de María Negroni, fue publicado por Random House.

— En tu libro anterior, Cartas extraordinarias, utilizabas frases, conceptos, ideas de autores en forma de cartas; que es el mismo trabajo, en un punto. Esto me hace pensar en las formas del lenguaje y en la pregunta acerca de qué es un autor. Tal vez es alguien que hace crujir o implosionar el lenguaje. Con lo cual, termina teniendo un lenguaje propio.

— Exacto. Pero con una salvedad, diría, un agregado. Que vos decís que yo parafraseo, lo que sea, la literatura se hace con la literatura. O sea que eso de la página vacía es falso. La página está siempre llena porque todo lo que nosotros pensamos, sentimos, odiamos, etcétera, etcétera, todo ya ha sido pensado, odiado, amado, ¿entendés? O sea, ya se ha escrito. Lo han escrito desde Gilgamesh para acá. Lo que quieras. Entonces, uno no escribe desde la nada.

— Totalmente.

— Ni siquiera la experiencia es absolutamente propia, es humana. O sea, de la condición humana que nos toca, nos ha tocado desde siglos y siglos, que vienen de atrás.

— Es construcción, además, claro.

— Construcción. Entonces, estás trabajando con un material que ya ha sido mil veces manipulado, armado, construido, destruido, reconstruido. Y vos tenés que armarte como un caminito ahí por donde, dos cosas, uno es ir más abajo de vos misma, o sea, como yo digo: el descenso es fundamental. El descenso que hacían los héroes épicos y que todavía hacemos cuando escribimos, que es la desnudez, y después de la desnudez, ir más abajo a ver qué hay. O sea, uno escribe con ese material, que es como un material volcánico que está ahí pero al que no siempre uno accede porque, además, da mucho miedo, ¿no? Entonces, por un lado, eso de bajar. Y, por otro lado, incorporar a todas esas maravillas, porque para mí es una alegría enorme encontrar las voces, las sensibilidades afines.

— Es un festival poder hacerlo.

— Claro, encontrar a alguien que se ha emocionado con lo mismo, que se sintió perturbado por lo mismo. El otro día estaba leyendo un libro que todavía no salió, en donde están compiladas las entrevistas que le hicieron a Néstor Sánchez, que está por publicar su hijo. La investigación es de Federico Barea, un amigo.

— Qué buena noticia ese libro. Un escritor que hay que recuperar, Sánchez.

— Sí, un autor que a mí me encanta. Y en un momento el tipo dice: “Detesto las novelas que se pueden contar por teléfono”. Y yo digo: bueno, qué claridad. Como que en realidad la literatura no pasa por ahí. No pasa por la historia.

— Bueno, claro, porque también lo que aparece en discusión es lo clásico versus la vanguardia. Y también la forma del lenguaje en la narrativa o del ensayo e incluso la poesía dentro del lenguaje con el que se trabaja narrativa y ensayo. Algo sobre lo que hablás todo el tiempo, también, como poeta. En este libro volvés a esta idea ede vincular la poesía con la infancia.

— Y, sí. A ver, la infancia tiene que ver con la imaginación, que es un derecho al que hemos renunciado. Como que parecería que no hay espacio… La imaginación es un territorio maravilloso, de muchísima libertad. Entonces, yo creo que hay algo que perdemos al volvernos, o quizás habría que decir al quedarnos, adultos. Porque la adultez no es algo en lo que uno se vuelve como que crece: uno decrece en la adultez. Se queda adulto. Entonces, a mí me parece que hay algo que perdemos ahí y que el arte es para los adultos un poco el equivalente del juego en la infancia. Es un juego complejo ¿no? Un juego peligroso muchas veces; un juego difícil, contradictorio, complejo. Pero, al fin y al cabo, es un juego que produce mucho placer a cualquier persona que crea.

— Te escuchaba recién cuando hablabas de esto de que no trabajamos con la página en blanco o que no venimos con la cabeza en blanco y que todo ya de algún modo se hizo. Digamos, frases que uno le ha dicho muchas veces a gente que empieza a escribir y que cree que, en realidad, nadie antes escribió sobre ese tema o de esa manera, de pronto, y hay que explicar: no bueno, mirá, hay toda una serie de autores que trabajaron esto. Y no podía dejar de pensar también en la inteligencia artificial, en el sentido de que todo eso que nosotros llevamos incorporado “humanamente” se lo estamos cediendo también a la máquina, ¿no? Porque la máquina tampoco empieza de cero, empieza con todos nuestros insumos.

— Claro, total. Exacto.

— Me alucina.

— No, no, es fascinante. No tengo claridad sobre el tema pero sí podría decir que es interesante, vos usaste la palabra insumo. Entonces todo eso lo tiene, lo que le falta, porque yo te decía ahí, te hablaba del descenso y te hablaba de buscar la fisura adentro de esos insumos. Yo creo que eso todavía la inteligencia artificial no lo hace. No sé si lo hará.

— Cuando estás hablando de ese tema en el libro creo que en algún momento usás, y me gustó, la idea de buscar el caminito, como si uno dijera: la ruta propia.

— Una vez le pregunté a Burucúa qué era la belleza y pensó un momento y me dijo: la belleza es un resplandor.

— Y, sí, tal cual. Sarlo decía que era una iluminación profana, que es muy lindo, también, ¿no? Entonces se produce esa especie de luz inesperada. Inesperada. Eso es fundamental. Para ir a esa luz no es tan fácil porque el vocabulario, la sintaxis, el lenguaje, en general, también tiene mucho de convención y entonces uno tiende a repetir el sentido común, el cliché, lo consabido.

— Cuando escribís, ¿te leés y decís: no, esto es sentido común o esto “es demasiado” y te corregís?

— Me pasa poco eso. Más bien creo que mi riesgo es el contrario. O sea, de repente, no sé, estoy pensando en voz alta… Pero quizás a veces me pregunto si…

— ¿”Me van a entender”?

— Me van a entender, sí.

— ¿Te preocupa eso?

— No. No (risas). No me preocupa.

— Mencionaste a Sarlo, el título de su último libro, No entender, tiene que ver con eso también.

— Claro, claro. Sí, no me preocupa mucho pero sí me lo han dicho: “qué difícil escribís”. Bueno, no sé, no para mí. Yo me entiendo, digamos. Y además, claro, por ejemplo, más que sobre mí, que no importa, por ejemplo, ahora estoy leyendo un libro de un filósofo, un tipo muy erudito, un vasco que se llama Ramón Andrés. Y ha escrito muchísimos libros, entre ellos uno que se llamaPensar y no caer. Y vos lo leés y es muy difícil, lo tengo casi que estudiar. Ahora, a mí ese libro no me aburre en absoluto.

— Te desafía, también.

— Me desafía, digo: ah, este hombre. Y de repente me encuentro con esos resplandores… Una cosa laboriosa porque mezcla la matemática con la filosofía. Es complicado, pero esos momentos a mí me hacen el libro.

— Colección permanente tiene un vínculo importante con El corazón del daño en relación con tu biografía personal -con algo del regreso de los 70- y también con tu biografía como autora y como lectora. Y con un juego entre los fragmentos que son dificultosos, laboriosos, dijiste y me gusta, y esos otros que son más accesibles porque es la historia común, ¿no? Me parece que ahí, en ese juego, conseguís algo muy interesante para el lector.

— Puede ser. Y además también están las entrevistas, que son como, creo yo, los momentos de humor, ¿no? Porque ahí es como que les hago decir a los otros cosas que obviamente pienso yo.

— Lo que pasa es que, al mismo tiempo, es interesante porque para redactar una entrevista apócrifa o una carta apócrifa (como en tu libro anterior) tenés que conocer muy bien la obra y el pensamiento del sujeto protagonista.

— Obvio.

— Es una forma de la biografía lo que estás haciendo.

— Es una forma de la biografía pero digamos que me meto con Huidobro. Por ejemplo, yo sé que a Huidobro no le interesaba Neruda pero hago que le pregunten qué cosas no le gustan, y él dice: los chihuahuas, las artesanías, Neruda, no necesariamente en ese orden. Entonces ahí me divierto mucho, también.

— Estamos hablando de escribir, y en varios momentos del libro hablás de las obsesiones. ¿Las obsesiones se terminan cuando se termina de escribir el libro?

— No, no se terminan. Yo creo que, en primer lugar, las obsesiones no son muchas en cualquier escritor o escritora. Hay como una especie de gama, se cuentan con los dedos de una mano. Y a mí me parece que uno con el tiempo, con la experiencia, con la escritura misma, va a haciendo no un círculo, o sea, no volves a la obsesión en el mismo lugar, sino que vas haciendo una especie de espiral que va más arriba o más abajo pero encontrás la obsesión en otra tonalidad. Como si fuera el teclado del piano, la obsesión vuelve en otra tonalidad. Pero las obsesiones me parece que son siempre las mismas, que se van quizás suavizando, se les baja el un poco. A veces llevan la delantera, otras veces juegan atrás…

— Se asordinan o se hacen más estridentes.

— Exacto. Exacto.

— Sabés que mientras hablás de la figura de espiral pensaba en la estructura de espiral de El limonero real, de Saer.

— Ay, sí, claro. Divino ese libro.

— Esa novela de Saer es algo impresionante. Cada vez que se habla de la literatura difícil versus la literatura que conmueve siempre cuento que la leí hace muchísimos años, y que aún siendo una narración compleja recuerdo haber llorado desconsoladamente con esa novela. O sea, no tiene nada que ver la emoción con la dificultad o la facilidad para leer sino con el modo en que alguien llega a vos con una escritura, ¿no?

— Absolutamente, sí. Y Saer está medio como olvidado en este momento, viste.

— Bueno, depende. Este año, por ejemplo, es un aniversario redondo de su muerte y un poco se vuelve por ese lado. Pero me parece que sí hay algo de lo que hablábamos al comienzo, en relación a cuál es la literatura que gana los espacios.

— Exacto. Y algo que también yo menciono en el libro acerca de la obligación de lo actual

— Bueno, es muy interesante cuando hablás de cómo el mercado termina absorbiendo los márgenes. Cómo algo que arranca en los márgenes es capturado rápidamente por el mercado… Y das como ejemplo la literatura escrita por mujeres y los temas de mujeres en los últimos años. Me interesa eso.

— Es que sí, es impresionante. O sea, lo de las operaciones literarias, ¿no? Que hasta ahora han sido, bueno, el caso del Boom, por ejemplo, y el caso del sexo, droga y rock n’ roll en los 60. Y ahora hay una agenda como muy variada ¿no?

— Ahora, en relación a los temas de género hay en realidad un backlash contra todo aquello de los últimos años.

— Sí, pero todavía no lo hemos visto en la literatura ese backlash.

— Porque en todo caso se sigue publicando lo que se produjo.

— Lo que se había escrito antes, sí, sí. No me asustes porque ya eso sería como para suicidarse (risas).

— Bueno, pero si mirás lo que está pasando en general en términos políticos, sociales y culturales, eso va a llegar también.

— Va a llegar. Sí, tenés razón, no lo había pensado. Bueno, pero lo que ya hubo, lo que hay, también a nosotras nos compete esta especie de auge. Por supuesto que estoy súper a favor de todos los reclamos y las luchas que han hecho las mujeres no ahora, no con la Cuarta Ola, esto ya viene de muchas décadas atrás, y todo eso ha sido extraordinario y necesario, sobre todo en términos de la recepción de la escritura de la mujer. Porque yo no creo que la escritura sea diferente en mujeres y hombres, pero sí la recepción: es una obviedad. Entonces, yo creo que ahí el mercado… y digo el mercado pero no me refiero a las editoriales solamente, ¿eh?

— No, también al gusto.

— Sí. A las universidades. Lo que se enseña, lo que leen las críticas, las mujeres también, críticas literarias. Ahí, de repente, se hace un “deber ser”, ¿no? Agendas supuestamente progresistas vienen a copar el mercado y, dentro de eso, hay cosas que no son tan valiosas. Lo siento, es así. Es como una vez, yo vivía en Estados Unidos, y habían hecho me acuerdo una antología así, de esta altura (Nota de la R.: María hace un gesto con las manos que representa la altura de un libro muy grande), de poetas centroamericanas. Y digo: a ver, cómo puede ser, no hay tantas mujeres de Centroamérica para hacer una antología así, ¿entendés? No hay quizás ni de toda América

«Yo no creo que la escritura sea diferente en mujeres y hombres, pero sí la recepción», dice Negroni, que también sostiene que no toda la literatura escrita por mujeres es sobresaliente.

— Sí. Y lo que estás diciendo también tiene que ver con el tema, con qué contás. Porque lo relevante es cómo lo contás, ¿no? Todos los temas valen de acuerdo a cómo son narrados. Todos podemos tener montones de historias para contar.

— Exacto. Pero con eso no alcanza, tal cual. Pero es un mecanismo un poco perverso, también. Entonces, de repente, a mí me pasa como escritora mujer, que tengo que decirlo porque lo siento así, y es que no todo lo que está escrito por las mujeres es excelente.

— No toda la pintura. No toda la música hecha por mujeres.

— No toda la pintura. No toda la música.

— Pero toda la vida hubo mucho de todo eso, la gran mayoría de lo que se producía se mantenía oculto.

— Que estaba oculto y que es rescatable, claro. Que nadie había leído. No sé, hasta el caso de esta escritora que yo amo que es Emily Dickinson. Pensar que es una mujer que era estrictamente contemporánea de Emerson. Y Thoreau y todos esos grandes. Y ella ni figuró. O sea, en vida no publicó con su nombre un solo poema. Entonces, bueno, eso es gravísimo, también.

— Hay dos hombres de los que quiero hablar con vos.

— A ver.

— Uno es Juan Gelman y otro es la figura del “querido maestro” que aparece en tu libro. Sobre Gelman contás algo muy interesante acerca de cómo lo conociste, cómo incluso se hospedó en tu casa, cómo se siguieron hablando, cómo te llamaba de pronto cuando estaba en Nueva York para leerte algo o para pedirte cierta bibliografía porque no la tenía encima. Tuve la suerte de conocerlo y de entrevistarlo y me gusta eso que contás de que era alguien que hacía reír a tus chicos. La verdad, era una persona encantadora, además de una bestia como poeta.

— Una bestia, sí. Poeta en palabras mayores.

— Era una gran persona. Por eso, empecemos por Juan.

— Bueno, a ver, qué decirte de él. Es mi admiración. Yo además lo he releído hace poquito, no sé si sabías que van a reeditar toda la poesía.

— Qué bien.

— En tres tomos. El primero es la poesía en Argentina, que escribió en Argentina. La segunda es la exiliar. Y la tercera es la que escribió en México. Y a mí me dieron para hacer el prólogo de la exiliar, que es la primera que va a salir. Entonces me di el gusto de volver a leerlo todo. Es una cosa impresionante Gelman como poeta. Eso es para mí ante todo pero, además, haber tenido el placer, el privilegio, cuando Mangieri (N. de la R.: el poeta y enorme editor de poesía José Luis Mangieri) me llamó para decirme ¿vos lo podrías…?

— Hospedar en tu casa…

— Yo dije: ¿dónde está? No nos conocíamos, obviamente. No siempre son placeres con la gente que hospedás, eh. Porque he tenido también otras visitas en mi casa pero con él fue una cosa tan hermosa. Y lo de los llamados telefónicos también era interesante porque él era muy ciclotímico, entonces, por ejemplo, esos llamados en los que me decía: escucha este poema que escribí. A mí me producía pudor, ¿entendés? Gelman leyéndome el poema que acaba de escribir. Entonces estaba amoroso y qué sé yo.

El poeta Juan Gelman esEl poeta Juan Gelman es uno de los personajes del nuevo libro de Negroni. En la foto, con su nieta Macarena, hija de su hijo Marcelo, quien fue secuestrado por la dictadura junto con su esposa embarazada de siete meses. Los restos de Marcelo fueron recuperados en 1990.

— Toda esa intimidad de la escritura, además, ¿no? Un poema que acababa de escribir.

— Esa intimidad, claro. Y después, suponete, yo llamaba al día siguiente y por ahí estaba como muy secote, ¿no? No era siempre, no era parejo. Y sabés que tenía otra cosa muy hermosa, que no era arrogante para nada. Un tipo tan generoso, viste. Yo me acuerdo de ir a México y que me dijera: ¿dónde te estás hospedando? Yo voy a tu hotel a verte. Yo decía: no corresponde, tengo que ir yo. No, no, no, voy yo. Y venía, se tomaba el café. No, siempre para mí él es una figura tutelar, definitivamente. Y además porque compartimos la política, también, y toda su posición, todo lo que hizo de su compromiso, su crítica después, su alejamiento de la organización (N. de la R: Montoneros), después. Cómo él se mantuvo, porque nunca se fue para ningún lado, entendés. Un tipo con una trayectoria y una claridad…

— Y con su historia personal, además. Su hijo y su nuera desaparecidos por la dictadura, ella embarazada. La recuperación de los restos de su hijo, luego el encuentro en Uruguay con su nieta Macarena, nacida en cautiverio.

— Sí, sí, sí. La verdad que es como que me produce un respeto. Y casi te diría una alegría porque hemos visto casos, no quiero mencionar funcionarios públicos actuales, que han hecho unas derivas que vos decís cómo llegaron, ¿no? Y él, no, sin ser condescendiente con nosotros mismos porque también era muy autocrítico y, por ejemplo, me acuerdo de una vez que en la Feria del Libro de Buenos Aires una mujer del público le preguntó: ¿Usted qué piensa del verso que dice: “la poesía es un arma cargada de futuro”? (Nota de la R.: poema del mismo nombre Gabriel Celaya al que Paco Ibañez le puso música? Y él le dice: Vaya a preguntarle a la viuda. Así le contestó.

— ¿Eso dijo?

— Eso dijo. O sea que no era un tipo que te iba a contestar algo para quedar bien, entendés. Decía lo que pensaba.

— Sí, por eso decís que no era condescendiente. Ahora vamos a la otra pregunta: ¿hubo un maestro?

— Maestros hubo muchísimos.

— ¿Y están todos consolidados en esa figura a la que le habla la narradora?

— Soy yo, también, el maestro. La idea del maestro la saqué de Dickinson, eso sí lo sabés. Porque yo trabajé mucho sobre Dickinson y cuando se abrió su correspondencia aparecieron diez cartas que las empezaba con “Dear Master”. Y empecé a averiguar, no solo yo, hay todas unas hipótesis de quién es el maestro. Entonces algunos decían que era un pastor anglicano que ella había conocido en Filadelfia. Otras hipótesis decían que era un crítico que después le pidió matrimonio y ella rechazó. Pero en definitiva no se sabe quién es el maestro. Y acá un poco lo mismo, digo: por qué no. Yo quiero tener mi maestro. Obviamente, a ver, en primer lugar los primeros maestros son los libros. Pero como figuras también he tenido maestros. Gelman es uno, ¿no?Negroni dirige la Maestría de Escritura Creativa de la UNTREF: «Siempre les digo a la gente que está en la maestría: ustedes tienen que desaprender». (Ale López)

— Claro.

— Gelman es uno. Y después he tenido interlocutores.

— Cuando abandonaste el Derecho, cuando decidiste que no ibas a ser abogada como tu padre y comenzó tu carrera en la literatura, ¿fuiste a talleres, tuviste tus maestros?

— No. Estuve, sí, pero el maestro de este libro no es una figura real.

— Vos sos una maestra para muchos, sobre todo a partir de la maestría de la UNTREF, ¿no es cierto? Te reconocen así, como maestra.

— A mí me encanta enseñar, aparte. Me encanta. Y de alguna manera el libro tiene como una idea y por eso lo escribí, porque cuando di ese discurso en el FILBA yo dije…

— Aclaremos un poco, la idea del libro es como un desprendimiento o más bien un engrosamiento de “Seis fragmentos a favor de lo indócil”, el discurso inaugural que diste en el FILBA en 2022.

— Exacto. Entonces yo dije bueno, he pensado mucho sobre todas estas cosas. Aparte, cuando uno da clases viste que las vas como variando y veces me dicen: ¿pero cómo te acordas de las citas? O ¿de dónde sacás las citas, las vas a buscar a los libros? No, las tengo en la cabeza. Me las acuerdo porque las repito en las clases. Entonces, te decía que tuve varias frustraciones en esos talleres de cuando empecé. Me acuerdo de que además yo tenía a mis hijos chiquititos en esa época y había unos talleres, como te diría, bohemios, que empezaban suponete a las 8 de la noche y terminaban a las 12.

— No contemplaban que si eras madre tenías horarios diferentes, que había que bañar a los chicos y llevarlos a dormir, por ejemplo.

— Claro. Y yo decía: esto no es para mí. Y después me fui muy rápido de acá, de Argentina, también. Apenas salió mi primer libro me fui.

— ¿Qué año?

— 85. Cuando apenas había llegado la democracia, o sea, no llegué a participar del mundo de las revistas literarias, de las lecturas. A veces me hablan de cosas o gente que no conozco. Después he ido conociendo, qué sé yo, pero hay mucha gente que no he llegado a conocer. Que nunca me las topé, digamos.

— Claro, es como un paréntesis en tu vida. Un paréntesis importante.

— Importante, sí. Muy importante. Así que el maestro creo que es un poco un diálogo interno. Un maestro al que además me gusta pensar también como un maestro abandonado, ¿no? Porque a mí me parece que uno tiene esas figuras, también, y lo que uno aprende, lo tiene que dejar. Yo siempre les digo a la gente que está en la maestría: ustedes tienen que desaprender. No aprender nada. Tienen que sacarse todo lo que saben.

— Te escucho y pienso en la frase de esa novela que fue tan inspiradora para los adolescentes de varias generaciones, Demian, de Herman Hesse, “Quien quiere nacer tiene que romper un mundo”.

— “El pájaro rompe el cascarón, el cascarón es el mundo”. Ese fue mi primer descubrimiento. ¿El tuyo también?

— Sí, claro. Por supuesto.

— Ah, qué maravilla. Ahí hay un maestro, también.

— Y, sí.

— También está en esa novela de Fleur Jaeggy que ella escribió, Los hermosos años del castigo, que también tiene una maestra, tiene una amiga mayor. Yo también tuve una amiga mayor, la que me lleva al centro de salud mental.

— Sí.

— Es una tipa que me enseñó muchísimas cosas.

— Y también aparecen en el libro tus encuentros en el café con la poeta norteamericana, cuando estás en Nueva York, y encaran una traducción que, en realidad, lo que hacen es traducir pero a la vez enseñar y aprender la lengua de la otra.

— Eso fue maravilloso.

— Hermoso, ¿no?

— Hermoso. Hermoso. Es una gran poeta, Sophie, sí.

— La traducción también es otra forma de la escritura. Traducir la lengua de los otros.

— Sí. Y una escuela, porque aprendés muchísimo traduciendo. Te das cuenta de que no existe nada que copiar. No hay, ¿entendés? Así como no hay una realidad para copiar, no hay un texto para copiar. Te lo tenés que inventar.


Agujeros negros

SUEÑO DE ADOLESCENCIA


Me encontré ayer con Mar. Hacía más de treinta años que no nos veíamos y la conexión tardó en revivirse, aunque sentadas ante un largo café fueron apareciendo recuerdos comunes, excusas, sentencias, hasta que llegamos a los abrazos y las risas, y a fondos de los que ninguna hasta ayer había sido capaz de pronunciar ante la otra. Hablábamos de adolescencia:

Me contaba que…

Hubo un tiempo en el que dormía entre las raíces de los grandes árboles de su pueblo. Entonces todavía no sabía darles nombre, pero sí reconocía sus imponentes ramas oscuras, sus hojas lobuladas, su sombra poderosa y la grandeza de su tronco que sus pequeños brazos no conseguían rodear…

Eran su refugio, allí se sentía abrigada, segura ante las inclemencias del tiempo, de la fuerza de los vientos, de lo tormentoso de las ciudades, de la velocidad con la que se movían los coches y las personas, del fuerte olor a alcohol de los bares, del vacío de las palabras verdaderas, de la incomprensión de la religión, del pudor de los trece años. Ese momento del despertar del ser, o mejor, del «ego», con ideas, ilusiones y deseos, que se desarrollaban en la mente lejos de la posibilidad de alcanzarlos, y que daban cabida a temores, a situaciones de inseguridad e impotencia, como pequeños seres dañinos ocultos entre las neuronas dispuestos a enjuiciarla. Y «miedo».

Agujeros Negros

Caminaba sola por una carretera, estrecha y larga, hasta un horizonte infinito. El suelo era de asfalto, rugoso, había que caminar sorteando irregularidades que hacía que se descarnara la piel de sus pies descalzos. Seguía la única ruta transitable que existía en aquel paisaje, necesitaba llegar al horizonte donde esperaba encontrar lo más valioso de lo desconocido; el conocimiento y aceptación de su Ser en el mundo. A lo largo de aquella ruta interminable iban abriéndose pequeñas grietas generando círculos, cada vez mayores de agujeros negros que, a medida que avanzaba, limitaban su espacio para caminar. Ella trataba de esquivarlos dando saltos inicialmente, a modo de juego, pero el miedo se instalaba en su cuerpo, lo que hacía más difícil y perturbador el avance. La sensación de desasosiego se convertiría en angustia y más tarde en un sentimiento irrespirable de terror hasta que lograba despertar volando hacia el vacío…

El sueño, su frecuencia, fue desapareciendo lentamente. Nunca pretendió conocer su significado en relación con sus vivencias. Sentía miedo a compartirlo y miedo a descubrir más daño. Era la época de la atormentada adolescencia…


Imagen de portada, Pintura de mi colección «Tinta China»

PROCESO CREATIVO 2025

Presentación


No tengo más voz que la del silencio
en esta hora de marea alta,
en este paisaje del no ver, no tener
ni casi ser…
(Saramago 151 Piedra de Luna)


«El mar no es azul —dijiste— El mar es del color que tú quieras que sea…»

Quise ahondar en la memoria
imaginar pigmentos,
colores que antes no existieron
para el mar. Ese mar que siempre es el mismo
que permanece en mi mente, en movimiento
entre abismos inciertos.

Yo encontraba hilos de silencio, veladuras, nieblas,
reflejos que mecían mi locura.
Había algas que jugaban con mis pies desnudos,
sus lazos de agua entre las aguas,
como delicadas pinceladas sucedían
y se alejaban de mi con besos de pez hacia la nada.

Con el sabor del salitre entre los labios te buscaba,
desde la zozobra de mis desvaríos
entre los espejos en desuso por las terrazas de Alejandría.
Te buscaba en la arquitectura de las tormentas,
en el reverso azul de las espumas, o suspendido
entre las lluvias de fugaces amapolas que inventaba.

Ah! ¡Mar de mis silencios!
A veces te encuentro y a veces te pierdo…


Texto y Acuarela de portada @mjberistain

El poder del ARTE


Mientras Hamás entrega a la Cruz Roja a los otros 13 secuestrados
y completa la liberación de los rehenes vivos…


La Academia Sueca ha anunciado este jueves en Estocolmo que el Premio Nobel de Literatura 2025 es para el húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 71 años) al escritor húngaro László Krasznahorkai“ por su obra cautivadora y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del ARTE”

Alto y con una expresiva mirada de ojos achinados azules, siempre viste de negro —como le explicó hace décadas a Kovacsics en su primer encuentro— y su proximidad a la filosofía oriental es patente no solo en su obra, sino también en su ademán calmado. Criado en una familia burguesa judía, su aproximación a la literatura llegó tras varios años de vagabundeo por Hungría, en los que buscaba la compañía de aquellos que vivían en los márgenes —”quería estar entre los más pobres porque pensaba que ellos eran quienes vivían la realidad”—. Rechazaba entonces la idea de convertirse en algo, de construirse un futuro en el régimen comunista donde nació y creció. “En esas dictaduras uno pensaba que el mundo era así y así sería mañana, y pasado mañana, el tiempo no tenía importancia”, recordó en Pamplona. Tras esa primera etapa de inconformista errante, quiso dedicarse a la música y acabó escribiendo una primera novela en 1985, que tituló Tango satánico. La idea de “arreglar” ese libro y alcanzar lo que realmente se había propuesto es lo que le ha empujado a seguir intentándolo una y otra vez, aseguró el ganador del Man Booker Internacional en 2015. Desde hace casi tres años reside en Trieste, aunque pasa largas temporadas en Hungría y en Viena, “el triángulo austro-húngaro”.

Es el gran cronista de la Hungría comunista y la que emergió después, el retratista perfecto de ese país imperfecto que heredó las cenizas de un imperio deshecho en el siglo XX con graves heridas para sus pueblos, y del universo indefinido en que se convirtió esa nación tras abrazar la democracia, aún renqueante.

Krasznahorkai es un hombre tranquilo, afable, apasionado de la conversación y dueño de una literatura sin prisa y de cocción lenta que hoy choca frontalmente con el ritmo de nuestras vidas.

El máximo galardón universal premia así la hondura, la capacidad de profundizar y un alto en el camino en este modo de vida de aceleración sin fin.


Breve extracto del artículo de Berna González Harbour publicado en el Diario El País para descubrir de un primer vistazo al merecedor del NOBEL DE LITERATURA otorgado por La Academia Sueca este año 2025.


Imagen de portada: @mjberistain

METÁFORA

Reblogueo de Trozos de Papel – Úrsula Romero


Las LETRAS sin metáfora serían un mapa sin montañas ni ríos, apenas un desierto de signos desnudos.

La metáfora es ese puente secreto entre lo que decimos y lo que sentimos, el atajo poético que convierte una emoción en imagen, y un pensamiento en paisaje.

La literatura sin ella quedaría reducida a una lista de instrucciones, eficaz…pero sin una pizca de asombro.

Con ella, en cambio, la palabra se abre en abanico: la tristeza puede ser un pájaro herido, la esperanza un faro que titubea en la niebla…y el amor —ese misterio inagotable— una hoguera que nunca arde por igual, que tantas veces te da la vida y otras te abrasa o te deja sólo humo cuando se va.

Y además de embellecer, la metáfora nos permite comprender lo que de otro modo sería inabarcable.

Hablamos del tiempo como un río, de la muerte como un sueño o de la memoria como un cofre, para tocar lo intangible.

Porque, en el fondo, la metáfora es la respiración más honda del lenguaje, y nos recuerda que sirve también para inventar mundos.

© Úrsula G. Romero


Imagen de portada, @mjb_acuarela

DAME TU PALABRA


 De nuevo tu palabra…


 Tercera Dimensión

 

La novia del viento


Azul explosivo en el color de la tristeza
pasión y tormenta
sublime sexo
de miradas ausentes
recostado en el lienzo.

Cuerpo y Alma enlazados
Cuerpo y Alma abandonados
a su último gesto de ternura
Su amor se acaba,
o quizás se acabó ya, no hay más…

 Artículo de Julián González Gómez: Oskar Kokoschka, «La novia del viento»

Dos amantes que reposan después de hacer el amor, dos almas unidas por una tempestad que se desata alrededor de sus cuerpos y aun así parecen ajenos a ella. ¿Es una pasión que acaba de desbordarse y se acabó súbitamente con el clímax? Ella está dormida, recostada sobre el hombro de su amante y es la encarnación de la entrega satisfecha. Él tiene la mirada ausente, como si sus pensamientos no estuvieran ahí; entrecruza sus dedos en un gesto de pausada angustia. Este cuadro se puede interpretar de muchas formas, pero en todas ellas está presente el elemento central, el tema por decirlo así y es la angustia. El viento, una verdadera tempestad, ha barrido con todo, hasta con su amor.

El tormentoso y apasionado romance entre Alma Mahler y Oskar Kokoschka está aquí representado con toda su grandeza y también con toda su crueldad. El sexo fue el elemento que los unió, no hubo ternura, tampoco abandono sublime o todas esas fruslerías de las que hacen gala los amores de las películas o las novelas rosas. Por supuesto, el amor entre un hombre y una mujer no solo se expresa a través del sexo, aunque muchos solo así lo entienden y otros no lo puedan entender y aunque la industria del entretenimiento nos lo pretenda hacer creer así y los cándidos le hagan caso. El amor tiene muchas facetas y muchas más que hay que descubrir entre los dos amantes, pero aquí parece ser que ya están mucho más lejos del tiempo de la búsqueda y la aventura. Ya conocen todo sobre sí mismos, sobre el otro y sobre ambos.

Su amor se acaba, o ya se acabó, no hay más… y eso sólo puede ser trágico y angustioso. Cuando Kokoschka pintó este cuadro ya sabía lo que estaba pasando y seguramente Alma también, pero ella, a diferencia de la congoja que él muestra, ha decidido abandonarse a la inconsciencia, como para no afrontar amargamente esta realidad. Ambos son jóvenes, ya que Kokoschka tenía unos veintiocho años cuando lo pintó, mientras que Alma, que era algo mayor, tenía treinta y cinco años. Ella había dejado atrás un desdichado matrimonio con el gran compositor Gustav Mahler, quien era veinte años mayor y había fallecido en 1911 y él estaba en plena fase de expansión de sus metas artísticas, destacando cada vez más en los círculos de la sofisticada Viena.

Kokoschka nació en 1886 en Pöchlarn, Austria, en una familia humilde que vivía precariamente. Su padre, de origen checo, se dedicaba a la orfebrería. Desde la adolescencia mostró inclinaciones al arte y la literatura, pero necesitaba ganarse la vida y aplicó para inscribirse en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. En 1904, a los 19 años ingresó en esta prestigiosa institución, donde estuvo hasta 1909. Al salir, su primer trabajo fue como delineante en la oficina del prestigioso arquitecto Josef Hoffmann y empezó a relacionarse con el ambiente intelectual y artístico de la capital del Danubio, por aquel entonces uno de los más vibrantes de Europa. El mismo año que entró a trabajar con Hoffmann publicó su primer libro de poemas, que él mismo ilustró y se llamó Los Muchachos soñadores. También realiza una serie de carteles y postales para los Talleres Vieneses, pero sus obras fueron mal acogidas, tanto por el público como por la crítica. Kokoschka ingresó por un tiempo al círculo de los allegados al que por entonces era el principal artista de la ciudad: Gustav Klimt, de quien aprendió sobre todo acerca del manejo del color y la textura como medios expresivos.

En 1909 conoce a otro importante arquitecto vienés: Adolf Loos, quien se convierte en su mecenas, ya que el arte de Kokoschka le pareció que abría las puertas a una nueva sensibilidad. Sus retratos, pintados de forma nerviosa y vibrante, fueron del gusto de los círculos intelectuales de la ciudad, por lo que empezó a tener éxito. Por esta época se estaba formando el expresionismo, aunque Kokoschka debía más al Judgenstihl austriaco y a la influencia de Klimt, que a los pintores de Dresde o Munich, abiertamente expresionistas. A partir de 1912 empezó el tormentoso romance con Alma Mahler, el cual continuó intermitentemente durante varios años, hasta que ella decidió romperlo, lo cual lo afectó profundamente. En el ínterin pintó este cuadro.

Al estallar la Primera Guerra Mundial Kokoschka se enlistó en el ejército y fue seriamente herido en el frente en 1915. Durante su larga recuperación mostró síntomas de desequilibrio mental a juicio de los doctores que lo atendían, pero se recuperó y al salir se reintegró a la vida artística vienesa, ya fuertemente mermada por la guerra. Posteriormente viajó por diversos países, donde su arte fue cada vez más apreciado y más comprometido con el expresionismo europeo. En cambio, sus obras de teatro fueron rechazadas por un público que veía en la crudeza expresionista el remanente de una guerra que se quería olvidar a toda costa.

Su arte, al igual que el de todas las vanguardias que por ese entonces se desenvolvían en Europa, fue considerado por los nazis como “degenerado”, por lo que fue retirado de todas las galerías donde estaba expuesto. Durante la Segunda Guerra Mundial, Kokoschka y su esposa, con la que contrajo nupcias en los años 20, se trasladaron a vivir a Inglaterra, país del cual obtuvo la nacionalidad en 1946. Desde 1947 vivió en Suiza, país en el cual desarrolló la última fase de su carrera y murió en 1980.

La novia del viento pertenece a la época en que Kokoschka estaba destacando en el ámbito vienés, inmediatamente previo a la Primera Guerra Mundial. El expresionismo que muestra lo liga con la búsqueda que por ese entonces estaban haciendo artistas como Schiele y Beckmann, ambos, al igual que Kokoschka, retirados de los círculos centrales del expresionismo de esa época. Aquí no se ven las alegorías de los miembros del grupo El Jinete Azul, o los tormentos de impetuoso color de Nolde y Pechstein. Kokoschka se había formado en los círculos cercanos a Klimt y por eso su paleta era más mesurada y su expresividad más contenida, aunque aquí se permite ciertas licencias en lo que se refiere a esto último.

Este cuadro está pintado con colores suaves y tiernos, donde predomina el azul, el color de la tristeza. El cuerpo de Alma muestra pinceladas suaves, como si fuese el único gesto de ternura que el autor dirigió hacia ella porque todo lo demás que hay está hecho a base de gestos bruscos. La armonía cromática está regida por los contrastes luminosos entre los rosas y amarillos con el azul predominante, del que hay un sinfín de variaciones. Aunque la composición parece a primera vista caótica, luego de observarla por un rato notamos que su estructura, a base de diagonales, delimita cinco grandes zonas en el cuadro. La expresividad de las pinceladas es el elemento plástico más impactante, pues se dirigen simultáneamente en todas direcciones. Es esta una pintura sublime y triste, muestra de los logros del expresionismo, encarnado aquí por Oskar Kokoschka, uno de sus mejores exponentes.


 

NARRAR EN EL SIGLO XXI

BLOG LO REAL MARAVILLOSO


El desafío de narrar en el siglo XXI: el elefante y la hormiga.

Publicado el  por Volfredo


Las palabras siempre han sido frágiles. Desde que el primer sumerio garabateó signos cuneiformes en una tablilla de barro, hasta que Marcel Proust se encerró entre cortinas gruesas para escribir “En busca del tiempo perdido”, la palabra escrita ha sobrevivido como puede: acosada por las guerras, ignorada por los poderosos, combatida por el ruido de la publicidad. Hoy, en pleno siglo XXI, esa fragilidad se acentúa. No porque escaseen los escritores —hay más que nunca—, sino porque sobran los estímulos. Nunca fue tan difícil narrar y ser escuchado, y nunca fue, al mismo tiempo, tan urgente.

Lo que vivimos no es la muerte de la literatura, sino su desplazamiento. El lector ilustrado, ese que se deleitaba en la lentitud, que marcaba con lápiz pasajes de Madame Bovary o subrayaba con fervor a Cervantes, se ha vuelto una especie en peligro de extinción. En su lugar ha emergido otra criatura: el espectador disperso, adicto a las historias breves, deslumbrado por los íconos centelleantes de los “me gusta”, y con una capacidad de atención que, según estudios recientes, ya compite con la de un pez dorado. No en sentido figurado: literalmente.

En este nuevo escenario, el elefante pisa fuerte. Tiene el tamaño de un continente, el olor del dinero y el apetito insaciable de las cifras. Es YouTube, TikTok, Netflix, Spotify, Instagram… es MrBeast regalando islas y PewDiePie burlándose de sí mismo ante millones de cómplices digitales. Es, en esencia, el mercado global del entretenimiento, donde la narrativa se convierte en mercancía y el arte, en algoritmo.

¿Y quién puede competir con eso? ¿Cómo puede un humilde narrador, que aún cree en la belleza de una frase bien construida, sobrevivir entre alaridos de carátulas sensacionalistas y desafíos virales?

Este elefante no es maligno, ni mucho menos. Es simplemente eficaz. Produce contenidos concebidos para ser devorados, no digeridos. Su fortaleza es la repetición, la inmediatez, la adicción medida por segundos de atención. Cada clic cuenta. Cada segundo que un espectador no abandona el video es una victoria. No importa la verdad, la belleza o la profundidad: importa el tiempo de permanencia.

Y, sin embargo, entre tanto brillo, hay sombras. Porque, aunque el elefante arrasa, no puede amar. No puede recordar. No puede susurrar. Solo embiste.

La hormiga: un blog, un lector.

Frente a este coloso de datos y pantallas, aparece la hormiga. Frágil, modesta, minúscula. Su fuerza no está en la cantidad, sino en el contenido. No vive de viralidad, sino de la comunicación íntima. Su espacio no es una plataforma de moda, sino una trinchera. Y en esa trinchera —llamada Lo Real Maravilloso— todavía se escribe para quienes leen con la pausa de un monje medieval y el goce de un sibarita de la lengua.

La hormiga no ofrece sorteos ni acrobacias digitales. Ofrece ideas. Ofrece historia, arte, literatura. Habla de Magritte y de Caravaggio, de Lezama Lima y de Borges, de la Resurrección de Cristo como un acto simultáneo de la pintura y la carne. Escribe para un lector que tal vez no habite en TikTok, pero que aún se estremece al releer una frase de Paulo Coelho o al contemplar, en silencio, Las Meninas.

Escribir desde la hormiga es un acto de fe. Es renunciar a la popularidad para abrazar la profundidad. Es escribir sin saber si alguien llegará hasta la última palabra. Pero también es encontrar, de tanto en tanto, un lector verdadero. Uno solo. Y eso, en tiempos de ruido, es un milagro.

¿Hacia dónde va el lector moderno?

Esta serie, que hoy llamamos hilo, —iniciada con MrBeast y seguida por PewDiePie— nos ha mostrado dos modelos opuestos de comunicación: el espectáculo filantrópico y la ironía participativa. Ambos, con millones de seguidores, representan apenas la punta de un gigantesco témpano: la nueva cultura digital. Una cultura que no desprecia la narrativa, pero la trastoca. Ya no se cuenta lo profundo: se exhibe lo fugaz. No se describe: se exagera.

Sin embargo, incluso entre los seguidores de estos titanes digitales, persiste un anhelo sordo. Una nostalgia no dicha por las palabras que respiran. Muchos de esos jóvenes hiperconectados no saben aún que también pueden amar la literatura. Que hay un espacio —pequeño e íntimo— donde la inteligencia no se disfraza de sarcasmo, sino que brilla con luz propia.

Contar una historia en el siglo XXI es un acto de resistencia cultural. Es oponerse al vértigo con calma. Es preferir la metáfora al alarido, el matiz a la consigna. Es escribir sabiendo que tal vez no se obtendrá dinero, pero sí el disfrute de la literatura verdadera.

Un blog como Lo Real Maravilloso no tiene patrocinios de gaseosas internacionales, ni cámaras de alta definición, ni millones de clics por segundo. Tiene algo más escaso: una comunidad de lectores. Lectores verdaderos. Gente que, como el buen catador de vinos antiguos, saborea la palabra con lentitud, halla deleite en una digresión, se detiene en una frase como quien acaricia un cuadro.

Este blog no compite. No vocifera. No hace piruetas frente a la cámara. Pero ofrece algo que ya casi nadie ofrece: una conversación real. Una conversación que atraviesa siglos, que une a Homero con García Márquez, a Carpentier con Eco, que enlaza al lector cubano con el lector universal.

¿Y qué debe hacer el escritor frente a este panorama? ¿Callar? ¿Convertirse en influencer? ¿Abandonar la sintaxis por el chascarrillo visual?

No. El escritor debe volverse alquimista. Debe transformar la experiencia en palabra, y la palabra en asombro. Debe comprender los nuevos códigos, sin rendirse a ellos. Puede usar las redes, sí, pero no ser devorado por ellas. Puede dialogar con los nuevos formatos, pero sin mutilar la complejidad. Debe recordar que su oficio no es distraer: es sembrar ideas.

Y en esa labor silenciosa, casi artesanal, puede que halle lectores. Pocos, sí. Pero fieles. Lectores que llegan por curiosidad y se quedan por el atractivo de una entrada de 1200 palabras a un cortometraje de 12 segundos. Lectores que aman los buenos libros, las buenas pinturas, las buenas historias.

Tal vez el elefante lo consuma todo. Tal vez las máquinas escriban novelas que simulan llorar. Tal vez los jóvenes ya no lean nada que no venga con emoticonos y sonido de notificación. Pero también es posible —y aquí la esperanza— que, en medio del bullicio, alguien escuche una voz tenue, una historia bien contada, un texto publicado en un blog sin anuncios, y diga: “Esto es lo que buscaba”.

Si eso ocurre, aunque sea una sola vez, habrá valido la pena.

Porque narrar, al fin y al cabo, no es ganar una carrera. Es encender una luz.

Y mientras exista Lo Real Maravilloso, esa luz será nuestro interés primordial, mantenerla viva.

Viene de:


REBLOGUEADO DE LO REAL MARAVILLOSO

SOBRE LAS AGUAS

Caminábamos


Sobre las aguas, como dioses
de una antigua leyenda caminábamos
descalzos,

unidas nuestras manos dibujaron
un arco de sagrada transparencia
para un amor de azules trazos,

Tocábamos el río, el mar antiguo,
rodaban piedras como lluvia lenta
de un seísmo irrevocable en los labios.

Sobre las aguas, caminábamos
no hubo palabras, ni poemas,
solo silencio en el camino
fronterizo, y promesas que dormitan
como algas, como lenguas agitadas
en el mar de la memoria,
tempestad que mordió el alma y perdura
calladamente entre páginas blancas…


@mjberistain


AZUL OSCURO

Vibra mi vida…


Vibra mi vida en un azul misterioso, asombrado a veces, profundo siempre,

primario, necesario en latitudes adversas

Azul de nieve corrompida, azul vertiginoso, esencia de la nada en mi delirio, azul crispante,
azul aguerrido en la batalla, azul, siempre marino.

Azul de un cielo nubloso, rezagado, azul compasivo, azul de los sueños más niños. 


Quise ser poeta y solo encontre retazos de ternura en las márgenes de los ríos, 

pensé que se apiadarían de mi los horizontes y no encontré la llave de mi propio discurso  que abriera en penumbra siquiera un hilo de paz para el camino. 

Llame a mis amigos y todos habían huido, sometí mi amor a figuras de corazón vacío 

y me rendí a los sueños virtuosos de alboradas en todos los lugares del mundo. 

Saqué de la mochila unas últimas palabras que me quedaban, descarnadas, 

y lloré como un rio en la maldita oscuridad de tu ausencia. 

Después todo se tiñó de azul, azul oscuro.

Navego despacio, el viento es mi futuro hacia la orilla de la última playa, 

allá donde el mar amamantó los apuntes de salitre de mis primeros versos. 


Texto y fotografía @mjberistain

DEL MAR AL FONDO


Llevo tibios los sueños
bajo la piel esperanzada.

Del mar al fondo brotan ventanas
de mi cintura olas
porque me salva el amor
al que me condenas

cuando me llenas de besos
húmedos los ojos
cada vez que se duerme la primavera
y yo estoy triste.


Texto e imagen @mjberistain

QUÉ TENGO DEL AIRE


Qué tengo del aire
qué del agua
que lluevo.

Qué tengo del aire
que baja y que sube
que baja las nubes
por los ríos que fluyen
en mi cuerpo.

Qué tengo del sol
que me quemo
qué tengo en el alma
que crezco
como planta quebrada
a la fuerza
subiendo un instante
y bajando, bajando
a la tierra…


Palabras de Julie Sopetrán
Imagen de portada Pintura en acrílico @mjb_arts

EN MI SANGRE


El mar en mi sangre
lágrimas salobres
áspera agua de vida.

Agua de silencios
de sueños, de soledades
fuentes…

Cuando la luna alta
alumbra las mareas
sé que es primavera.


Texto y Acuarela de portada @mjberistain

EL RIO

Historias…


El río es vida y es ausencia

Vuelven a poblarse las palabras de palomas
cuando rozas mi espalda, casi ajena,
y hundes, como entonces, tus besos
en el cuello de mi abrigo.

Me recuerdas historias casi exactas
y adivino de nuevo en tus labios
el prodigio lento y húmedo
de tu corazón de río…


Pintura de portada, acrílico sobre lienzo @mjb
Texto de mi libro Apuntes de salitre