EL MAR EN MÍ, VIVENCIAS, SEDUCCIÓN, SENSACIONES, SENTIMIENTOS, RITMOS, ECOS, BÚSQUEDA, AUSENCIA, MISTERIO. Lo que ocurre y ha ocurrido dentro y fuera de mi, a mi alrededor.
En 1930, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos adoptó el sistema de color Munsell para la determinación del color (elaborado por el profesor de arte Albert Henry Munsell). El sistema tiene tres componentes:
El matiz o tono. Es la longitud de onda dominante en la radiación reflejada. Tiene cinco colores básicos (rojo, amarillo, verde, azul y púrpura) y cinco intermedios.
El brillo. Indica el grado de claridad / oscuridad relativa del color, comparado con el blanco absoluto.
El croma. Expresa la pureza relativa del color.
Se utiliza una tabla de colores Munsell (basada en ese sistema) para comparar con el suelo a estudiar. Así se evitan imprecisiones al describir el color y se unifican los criterios para todos los científicos del mundo.
Para ello, se toma una porción de suelo y se mantiene junto a los distintos rectángulos de color de las tablas hasta encontrar una coincidencia visual. Entonces se le asigna la notación Munsell correspondiente. Por ejemplo, un suelo pardo rojizo puede indicarse como: valor de matiz croma/brillo (2YR 4/6), según se observa en la figura 1.
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Al finalizar el Máster de Acuarela me he encontrado con estas imágenes que, pienso, algún sentido tienen que tener. Decido que también tienen su «valor» y un nivel que no les concedí en ningún momento anterior. Han sobrevivido en mis archivos, forman parte de mis cuadernos íntimos digitales como archivos fotográficos aunque fue el papel en blanco el que recibió originalmente la impronta de sus «hilos de silencio» en forma de trazos temblorosos de miedos y de dudas…
Despierto a una realidad nueva llena de ilusión por continuar por este camino que un día se abrió ante mí, que elegí confiada, y del que nunca me arrepentiré a pesar de la dureza del proceso creativo.
Mi agradecimiento a las personas que lo hicieron posible, Araceli García y Cruz Ciudad, y a todos mis compañer@s de curso a los que admiro y aprecio de verdad. Gracias por haber estado al otro lado de las pantallas compartiendo con generosidad vuestro trabajo y cercanía.
Vibra mi vida en un azul misterioso, asombrado a veces, profundo siempre,
primario, necesario en latitudes adversas
Azul de nieve corrompida, azul vertiginoso, esencia de la nada en mi delirio, azul crispante, azul aguerrido en la batalla, azul, siempre marino.
Azul de un cielo nubloso, rezagado, azul compasivo, azul de los sueños más niños.
Quise ser poeta y solo encontre retazos de ternura en las márgenes de los ríos,
pensé que se apiadarían de mi los horizontes y no encontré la llave de mi propio discurso que abriera en penumbra siquiera un hilo de paz para el camino.
Llame a mis amigos y todos habían huido, sometí mi amor a figuras de corazón vacío
y me rendí a los sueños virtuosos de alboradas en todos los lugares del mundo.
Saqué de la mochila unas últimas palabras que me quedaban, descarnadas,
y lloré como un rio en la maldita oscuridad de tu ausencia.
Después todo se tiñó de azul, azul oscuro.
Navego despacio, el viento es mi futuro hacia la orilla de la última playa,
allá donde el mar amamantó los apuntes de salitre de mis primeros versos.
PoesiaVersión inspirada en poema de Miguel Sánchez Gatel
Quiero saber en qué consiste el agua, o por qué las palabras se me quedan colgando a veces; sonámbulas, inútiles, aisladas, imperfectas.
Quiero saber por qué es tan difícil tocarte en un mundo que no arde, o no necesitar la absoluta densidad del silencio para pedir a gritos un horizonte de agua.
Tu pulso acantilado de ternura, inevitable referirme una vez más a ti, a la perfecta serenidad de tus manos abiertas, al crepúsculo de tu transparencia.
Lo demás solo es cielo. Dejadme hablar, escarbar el barro con el barro, romperme, despedazar mi sangre sobre la tierra.
Me he dejado los pelos como escarpias. Tal es la identificación que siento con Mikel en esta etapa de mi vida. Lo admiro desde que descubrí, hace ya mucho tiempo, que pintaba tirado en el suelo sobre el lienzo. Estoy en la etapa más directa para llegar al cielo o al infierno. Eso ya lo veremos. En el infierno se dice que será más divertido… Pienso en el Papa Francisco, tan cercano, humano y simpático que, posiblemente en el cielo, donde estará él, pudiera no ser tan aburrido…
De cualquier manera, me he cortado el pelo esta mañana de principios de primavera, y me lo he peinado en plan escarpias.
Los pelos como escarpias, como si fuera él mismo uno de los bichos marinos de ese mundo bajo el agua donde pasa horas buceando siempre que puede. La mirada alerta, curiosa, tremendamente joven, con un punto de ironía que, en ocasiones, parece timidez. Nos citamos con Miquel Barceló (Felanitx, 68 años) en la Galería Elvira González, donde expone hasta el próximo sábado Flores, peces, toros, un recorrido por sus temas más recurrentes. Pintor, dibujante, escultor, ceramista y performer escénico, el artista español de más relevancia y mayor cotización en el plano internacional, tiene una larga relación con EL PAÍS y desde hace casi cuatro años sus dibujos enmarcan las Cartas a la Directora. En ese marco de confianza se produjo esta charla, más que una entrevista, tras sellar un nuevo compromiso.
Pregunta. En el 40º aniversario de EL PAÍS dijiste que no recordabas si habías comprado el primer número del periódico en el año 76, pero que sí te recordabas comprando el periódico en aquel momento. Y hasta hoy.
Respuesta. Me recuerdo incluso caminando lejos en París para comprar EL PAÍS. Yo lo sigo leyendo en papel cada día, sobre todo en Mallorca. Me gusta mucho el objeto periódico. Es muy de pintor. Yo lo uso mucho para hacer collage, para recortar, para dibujar encima. Una cosa que he hecho toda la vida es dibujar encima de las fotos, eso de poner bigotes [a las caras]. Dibujar sobre las fotos es una forma de comentario, ¿no? Se hace casi sin pensar.
Reproducción de la obra de Miquel Barceló de los próximos premios Ortega y Gasset.Gianluca Battista
P. Dices que prefieres leer en papel porque retienes mejor el contenido.
R. Cuando empecé a viajar por el Himalaya y a hacer grandes caminatas, todo peso era demasiado. Empecé a llevarme los libros en un iPad. Pero me di cuenta de que se me olvidaba lo que había leído. Leí las novelas de James Salter y se me olvidaron. Luego las leí en papel otra vez y ahora puedo decirte fragmentos enteros de memoria. Hablé con un neurocientífico en París y me dijo que sí, que lo impreso se queda en el cerebro. La pantalla deja una huella frágil y pasajera, y para mí la memoria es esencial. El conocimiento nos viene por la palabra impresa.
Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo”
P. Ahora que EL PAÍS está a punto de cumplir 50 años, tomas el relevo de Eduardo Chillida, cuya obra ha sido, desde 1984, el galardón que entregábamos en los Ortega y Gasset, y nos has hecho el grabado iluminado a mano que vamos a entregar a partir de este año.
R. ¿Sabes? Conocí a Chillida cuando yo era muy muy joven y enseguida me adoptó. Tenía esa mirada… Mira que nuestros trabajos eran muy distintos, pero tuvimos una empatía inmediata. Desde luego, es un gran honor seguirlo y poder hacer un premio que en este mundo complicado representa lo que representa el Premio Ortega y Gasset.
P. Nosotros estamos muy emocionados porque era un relevo muy importante. Pero qué significa para ti que una obra tuya cuelgue en la casa de un periodista que se está jugando la vida en algún país por contar lo que pasa.
R. Por eso mismo hice una obra que contiene muchas obras, que no es una imagen única, sino polimorfa, a la que puedes mirar muchísimas veces. Quería que tuviera esa concentración. Tuvo varias versiones. La primera era una bola como un mapamundi, como un antitrofeo, pero acabó siendo lo mismo en un grabado con más colores. Tiene que ser un premio. Es complejo, pero no es desolador.
Miquel Barceló, en Farrutx, Mallorca, el 30 de noviembre 2024.JEAN MARIE DEL MORAL
P. ¿Por qué lo bautizas como Mondongo?
R. Porque un poco todo lo que representa está dentro. Yo estaba intentando hacer morcilla y me di cuenta de que en los pueblos de Burgos que conozco llaman mondongo a lo que contiene la morcilla. Me gustó porque es esa especie de combinación de muchísimas cosas que es un mundo agitado. Y me gusta mucho cómo suena la palabra.*
P. Sobre el mundo agitado. Has dejado de ir a Malí por la guerra y el terrorismo, y ahora suenan tambores de guerra por todas partes. ¿Cómo lo estás viviendo?
R. Con perplejidad y con inquietud. Cada vez que abres el teléfono te esperas una imagen terrible de verdad. Ya sé que han sucedido siempre, pero es que ahora es exponencial. También está la sospecha de que todo es una atroz manipulación.
P. Que no sabemos el juego al que asistimos.
R. Eso es. Y lo que ves es que hay muchos tahúres.
P. ¿Influye en tu obra?
R. Soy bastante poroso al mundo. No vivo para nada aislado. Cuando vivía en Malí, tenía siempre radios con onda corta para captar las noticias. O sea que enterado estoy. No sé si eso tiene una influencia directa en lo que pinto porque no hago comentarios de lo que pasa en el mundo, pero marca mi forma de estar en el mundo.
P. Eres un artista universal pero te expresas fundamentalmente en catalán, en castellano y en francés. ¿Te sientes europeo ahora que ser europeo se pone en cuestión?
R. Siempre, y ahora tal vez más, porque creo que tiene más sentido. Yo iba a Francia incluso cuando hacía falta pasaporte y a mí no me lo daban porque no había hecho la mili. Siempre me he sentido europeo, por intuición, como pintor, porque te haces tu patria con la pinturas que te gustan. Europa es un ámbito cultural que yo comprendí enseguida. He vivido en Nueva York y muchísimo en África, un poco en Asia y desde hace poco en Australia porque mi esposa es de allí. Y voy a Australia como europeo y como mallorquín, sin duda. Ahora me parece muy reivindicable la europeidad. Me parece la única esperanza de Europa: imponerse como un ámbito cultural y de pensamiento. No ganaremos con otra marca que no sea esta.
P. ¿La ves en riesgo?
R. Sí, porque está muy amenazada. Por esos tahúres.
Tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción de Notre Dame es una suerte y un honor”
P. Tahúres que ganan en las urnas. El mundo, y particularmente el mundo occidental, parece empeñado cada 80 años en asomarse al abismo. Como si no hubiéramos aprendido nada.
R. Eso de Marx de que la historia se repite en forma de farsa parece literal. Casi con los mismos personajes, cambian los detalles pero el drama es el mismo. Y seguimos dándonos garrotazos. Dando garrotazos sobre todo a los pobres.
P. Estás preparando tapices para Notre Dame. ¿Puedes contarnos algo de esos tapices?
R. Yo estaba en París cuando se quemaba Notre Dame. Mi hijo me llamó y salimos a la calle, era desolador. En mi estudio caía la ceniza de Notre Dame. Nunca he sido muy creyente, pero me pareció que tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción era una suerte y un honor. Y en eso estoy. Primero con el Noé del Arca de Noé, que estoy bastante adelantado ya. Lo hacemos con la Real Fábrica de Tapices de Francia, que no ha parado desde el siglo XVI y hacen tapices gigantescos, de seis por ocho metros, aunque los míos son grandes pero no tanto.
Miquel Barceló, en Farrutx (Mallorca), en febrero de 2024.JEAN MARIE DEL MORAL
P. ¿Y después del Arca de Noé?
R. El sacrificio de Isaac, Elías con el carro de fuego, que es fantástico, y el paso del mar Rojo. Pero mi Arca de Noé es muy modesta. Es una especie de laúd con una oveja, un perro, un gato y un cordero. No haces un catálogo de todos los animales del mundo, salvas la vida.
P. Cuando uno es Miquel Barceló y el molde es tan poderoso, ¿uno ya no puede salirse de él o está dispuesto a romper el molde? A investigar, a equivocarse.
R. Hay que equivocarse todos los días, y en eso de equivocarme soy un especialista. No adrede, pero lo normal es hacer cosas que difícilmente salen bien. Es una paradoja porque siempre acaba saliendo alguna otra cosa que no pretendías.
P. ¿Qué te provoca curiosidad? ¿Qué te sorprende todavía, aparte de tus temas recurrentes?
R. En los libros encuentro siempre sorpresas. Cosas que me sobrecogen. Ahora estoy leyendo el último libro de Juan Manuel de Prada, que me parece fantástico. No solo cosas nuevas, porque el mundo es una repetición de historias. Cada vez estoy más puesto en arte prehistórico. Cada vez voy más a ver cuevas. Eso es algo que he aprendido tarde.
P. Entre lo moderno y lo arcaico, ¿dónde colocamos a Barceló?
R. Es que lo arcaico es lo más moderno. Muchas veces he tenido la sensación de que hacía una carrera fulgurante hacia atrás. Es una elección, también una intuición. Las cosas más radicalmente modernas son cosas que están ahí antes de que seamos capaces de decirlas. Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo.
P. ¿Qué pensamiento te provoca la inteligencia artificial, pensar que hay artistas que ya la están usando?
R. Yo pienso usarla. Igual que la fotocopia. Me acuerdo que cuando surgió el vídeo decían que iba a acabar con el cine y cuando surgió la fotografía, que acabaría con la pintura, pero Degas hacía fotos y las usaba para sus cuadros. Eso sí, el nombre es feo: inteligencia artificial. Se irá adaptando, como cualquier herramienta. Hace falta gobernanza porque se pueden hacer trampas, aunque no hay que tenerle miedo. Yo todavía no le he dicho “píntame un cuadro con mi perfil”, pero porque me gusta hacer las cosas. Me gustan las cosas que pasan, y que no pasarán más, porque no se pueden repetir.
La 42ª edición de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo
Este lunes 24 de marzo, el jurado de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo se reunirá para decidir los ganadores de esta edición en sus cuatro categorías: Mejor historia o investigación periodística, Mejor cobertura multimedia, Mejor fotografía y Trayectoria profesional. La nueva web de los premios, premiosortega.com, recogerá toda la información relativa a los ganadores y sobre la ceremonia anual de reconocimiento a lo mejor del periodismo en español. La gala de premios celebrará el 5 de mayo su 42ª edición en Barcelona.
Fotografía de portada: Lourdes Rocher
Sonrío a propósito de una conversación con mi hija mayor. Para mi horror, ella llamaba «mondongos» a los trozos de tierra y piedra mineral que escarbé con mis manos durante los días de Retiro —para utilizar como pigmento natural en mis acuarelas— y que, cuidadosamente guardaba en una rústica y ridícula (es cierto) bolsa de plástico del super. Hoy me reconcilio con su significado gracias al Maestro Mikel Barceló.
Reproduzco el CUENTO que hoy recibo de una persona a la que admiro desde estas páginas y desde hace varios años. Lo tenía perdido y hoy repentinamente aparece entre mis textos. Me llega un sentimiento de proximidad. Puede ser una casualidad cuando me encuentro en una situación similar, a las puertas de un retiro que culminará en un Monasterio donde la forma de expresión será la acuarela con un sentido de espiritualidad. Me alegra mucho la coincidencia. Bienvenido de nuevo a mis páginas.
La última pincelada (Cuento de BORGEANO)
El pincel se deslizaba con suavidad sobre el papel de arroz, dejando tras de sí un trazo negro y delgado, como la sombra de un bambú al amanecer. El maestro Akihiro observó su trabajo con una leve sonrisa y dejó el pincel sobre la mesa.
—Ahora es tu turno —dijo, sin apartar la vista de la pintura.
Haruto asintió con respeto. El joven aprendiz tomó el pincel entre sus dedos, imitando la postura del maestro. Frente a ellos, un paisaje apenas delineado con manchas aguadas de tinta mostraba una cadena de montañas que se perdían en la distancia; un sendero por el cual un hombre acarreaba agua en dos baldes, los que sostenía de un palo que apoyaba en sus hombros y, en primer plano, una rama de cerezo que ingresaba al cuadro desde algún lugar indefinido de la derecha. En el ángulo izquierdo, un poema ocupaba una columna vertical. El resto, como es habitual, era un gran vacío que completaba y daba balance a los elementos pintados. Las únicas notas de color eran cinco cuadrados rojos: dos al final del poema y tres en la parte inferior. Una de estas estampas correspondía al artista que diseñó la imagen; otra, al que talló la madera a partir de ese diseño; la tercera, al que la imprimió. Las dos que estaban al pie del poema correspondían al poeta y al calígrafo. Con el paso del tiempo, esas obras podían ir llenándose de sellos, en la medida en que otros artistas, e incluso los propietarios, dejaran señalado allí sus nombres.
Haruto, aún con el pincel en la mano, observó la totalidad de la imagen. El delicado equilibrio entre las formas que, de una mancha aguada, hacía aparecer una montaña más alta que las demás; la brisa insinuada en la curvatura de una rama; el vuelo de una grulla atrapado en un solo gesto de tinta. También observó los cinco Chió yín, los cuadrados de color rojo que encerraban los nombres de todos los artistas que habían participado en la confección de la obra; y notó que allí faltaba un sexto sello: el de su maestro Akihiro.
—Maestro, ¿por qué nunca firmas tu trabajo? —preguntó Haruto mientras sumergía el pincel en el cuenco de tinta.
Akihiro sonrió y cruzó las manos detrás de la espalda.
—Porque mi trabajo no es mío, Haruto; es parte de algo más grande, de lago mayor que yo, que tú, y que cualquier otro que conozcamos.
El joven inclinó la cabeza, meditando en lo que acababa de oír.
—¿No deseas ser recordado?
El maestro negó con calma.
—Ser recordado es una sombra que el ego persigue. Lo importante no es mi nombre, sino la enseñanza que queda en cada pincelada. Lo que pinto se funde con las pinceladas de otros, como una corriente de agua que no tiene dueño.
Haruto guardó silencio. Luego, con mano firme y con un solo movimiento de su muñeca, trazó las alas de una golondrina en la esquina superior derecha, sobre la última montaña que ya se desdibujaba en la distancia.
El maestro observó el resultado y asintió con satisfacción.
—Bien. Ahora guarda el pincel. Otro vendrá después a terminar el trabajo.
Haruto obedeció, sintiendo que, por primera vez comprendía la verdadera naturaleza del arte. No importaba el autor, importaba la huella efímera de su trabajo; no la diferencia que se plasma en el nombre, sino la enseñanza silenciosa.
Al día siguiente, al volver al estudio, Haruto encontró el lugar vacío. El maestro Akihiro se había ido en silencio; sin despedirse, y sin dejar ni ningún rastro, como la última pincelada de una pintura que jamás se termina.
*Cada una de las sustancias indivisibles, pero de naturaleza distinta, que componen el universo, según el sistema de Leibniz, filósofo y matemático alemán del siglo XVII.
… sobre el pintor MODIGLIANI, en lo que se refiere a una parte de su biografía y a su estilo artístico, que me resulta muy sugerente en esta etapa de vida en la que me relaciono más de cerca con la pintura.
«Amedeo Modigliani nació en Livorno, Italia (1884-1920) en el seno de una familia judía, Modigliani mostró desde muy joven una inclinación natural hacia el arte. Su talento lo llevó a formarse en varias academias italianas, donde absorbió las influencias del Renacimiento, un periodo que dejaría una huella imborrable en su estilo. En 1906 se trasladó a París, allí se sumergió en el vibrante círculo de artistas intelectuales, influenciado por el arte africano, el cubismo y el clasicismo italiano, forjó un estilo inconfundible que lo distinguió de sus contemporáneos.
El estilo de Modigliani es una sinfonía de formas alargadas, rostros ovalados y ojos almendrados que, con frecuencia, carecen de pupilas, otorgando a sus figuras un aura de misterio e introspección, una melancolía que parece trascender el tiempo. Sus desnudos, considerados audaces e incluso escandalosos en su época, son hoy celebrados como obras maestras que desafían las convenciones y exploran la sensualidad con una elegancia sin igual.
El legado de Amedeo Modigliani en el arte moderno radica en su capacidad para fusionar la tradición con la vanguardia. Sus retratos y desnudos, con rostros alargados, miradas vacías y líneas elegantes, capturan una profunda melancolía y sensualidad. Aunque marginado en vida, su obra influyó en generaciones de artistas por su expresividad y su enfoque humanista, demostrando que la modernidad no solo reside en la ruptura radical, sino también en la reinterpretación de la belleza atemporal.»
Algunas de sus obras, pulsar sobre cualquiera para verlas en mayor tamaño
EL MISTERIO Y LA POÉTICA DE NUESTRO ENTORNO MÁS INMEDIATO
Está considerada una de las mejores fotógrafas contemporáneas en blanco y negro. Gabrielle Duplantier (Bayona, Lapurdi, 1978) es una experta en retratar mujeres, paisajes y animales con un toque enigmático y abstracto.
Su estética predominantemente oscura, melancólica y misteriosa convierte su narrativa visual en una forma de ensoñación, aun cuando lo que fotografía son seres y lugares muy reales. Así, su alejamiento y desinterés por lo realista hacen que sus imágenes irradien atemporalidad y una belleza sutilmente arrebatadora.
Duplantier se inspira en su propio entorno de Lapurdi y sus alrededores, y también en las aldeas perdidas de Portugal, país que visita con frecuencia, ya que es allí donde reside su abuela. En el país luso encuentra lugares completamente fuera del tiempo en los que las personas viven igual que lo hacían en el pasado.
Mi inspiración viene de cosas simples y, a menudo, de mi vida diaria. Siempre me ha gustado fotografiar mujeres, niños, la naturaleza que me rodea, escenas interiores que me resultan interesantes y, por supuesto, la luz, que puede transformar incluso una simple pared. Pero creo que sigue siendo un misterio. No sé por qué ciertas cosas me conmueven. De todos modos, los temas son solo pretextos para explorar mi propio mundo emocional, no la realidad. Mis imágenes no cuentan ninguna historia concreta, son ficciones abiertas.
Nunca estudié fotografía. Estudié Historia del Arte y Bellas Artes en la Universidad de Burdeos. Al mismo tiempo, empecé a hacer fotos con una cámara de segunda mano. Alguien me prestó un libro con las primeras fotografías en blanco y negro de principios de siglo, me fascinó; allí encontré la fuente de inspiración para mi propio trabajo.
En casa teníamos un cuarto oscuro, mi padre me enseñó los conceptos básicos del revelado. Pasé la mayor parte de mi tiempo libre, experimentando, buscando … Aprendí prácticamente todo yo sola, con mi imaginación, mi profunda ignorancia, pero con ese poderoso deseo de lograr algo que me hiciera sentir satisfecha.
A pesar de llevar mucho tiempo haciendo muchas fotos, me costó considerarme fotógrafa. Trabajé por mi cuenta explorando algunos temas solo por placer personal. Entonces, un día tuve ganas de mostrar mi trabajo y participé en algunos concursos de fotografía. Hice mi primera exposición personal en el País Vasco y no esperaba que nadie comprara mis fotos, pero terminé vendiendo alrededor de veinte. Fue una especie de punto de inflexión.
No soy nada noctámbula, no salgo de noche, no estoy muy cómoda, pero me doy cuenta de que los paisajes nocturnos me fascinan y me electrizan, todo parece más maravilloso. Las figuras y los edificios arrancados de la oscuridad se vuelven monumentales, incluso místicos, a mis ojos. El blanco y negro se ha convertido en un automatismo, no me lo cuestiono, me ayuda a crear una distancia con lo real, porque yo no trato de captar la realidad.
Mi estilo puede definirse como irreal, algo oscuro y poco técnico. A veces diría incluso que es accidental.
Hay dos fotógrafos que me han influido desde mis comienzos: Julia Margaret Cameron y Michael Ackerman. De todos modos, suelo aconsejar a los que empiezan en esto que no miren demasiado las fotografías de otros. Lo mejor es que se tomen mucho tiempo para estar solos y trabajar. Y que no les preocupe equivocarse, yo cometo muchos errores y aprendo de ellos constantemente.
Cuando Inge Morath (Graz, Austria, 1923- Nueva York, 2002) llegó a Magnum no sabía fotografiar. La joven era entonces una experimentada editora y redactora. Fue contratada para editar y escribir textos, entre ellos los preciados y explicativos pies de fotos que obligatoriamente debían acompañar a las imágenes. De hecho, “leer los textos de Morath es un recordatorio de que la escritura y la fotografía no están tan distantes: ambos dependen de saber ver, no solamente mirar, sino percatarse, discernir los patrones y las revelaciones que normalmente pasan desapercibidas”, escribe Linda Gordon. Cuatro años más tarde la artista se incorporaba a la prestigiosa agencia como miembro asociado. Comenzaba así una trayectoria de más de cuatro décadas, que la llevaría por caminos que harían de su vida algo tan excepcional como sus imágenes, y de ella una verdadera ciudadana del mundo, capaz de ver simultáneamente lo universal y lo personal.
Gordon nos guía por la vida y obra de la artista través de una biografía ilustrada: Inge Morath: Magnum legacympublicada por la editorial británica Prestel. El libro fue idea de Magnum. La historiadora reconoce que nunca había oído hablar de la fotógrafa hasta que recibió el encargo. “Lo que más me sedujo fue la historia de su vida. Se desarrollaba dentro del marco de algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX”. Nació en Austria, sus padres apoyaban el régimen nazi. Estudió arte en la Universidad de Berlín y durante la guerra trabajó para una fábrica de piezas de aviación. En uno de los bombardeos decidió escapar de la ciudad para reunirse con su familia en Salzsburgo. Recorrería 732 kilómetros a pie entre refugiados y soldados. “Todos estaban muertos, o medio muertos. Anduve entre caballos muertos, y mujeres que portaban niños muertos en sus brazos. Por eso no puedo fotografiar la guerra”, diría años más tarde. Trabajó como traductora y editora para el Servicio de Información de los Estados Unidos, y como redactora para varias publicaciones. Fue una historia sobre los prisioneros de guerra austriacos en Rusia, publicada en Life e ilustrada con fotografías de Ernst Haas, la que llamó la atención del carismático Robert Capa, uno de los fundadores de Magnum.
“Solo besé a Robert Capa una vez”, escribía Morath recordando sus días en la prestigiosa agencia formada por miembros notoriamente antifascistas, muchos de ellos judíos. “Su aversión por los nazis y los fascistas expresaba no solo un anti-anti-semitismo, sino una repugnancia holística a la derecha política, que amenazaba todos los valores que ellos estimaban: el arte, la modernidad, la libre expresión, la libertad sexual, una visión cosmopolita del mundo y el valor de la diversidad cultural”, escribe Gordon. Sin embargo, desde sus primeros días Morath fue consciente del trato desigual que recibían las mujeres: “Ser una de sus mujeres fotógrafas, algo bastante raro entonces,… era con frecuencia difícil, por el simple hecho de que nadie te tomaba en serio (¿qué quiere una chica guapa como tú de una profesión como esta?). Demasiada condescendencia masculina”.
Llegó a la fotografía cuando, recién casada con el escritor Lionel Birch, comenzó a sentir el gusanillo que le habían inculcado sus colegas. Fue Capa quien la animó. Aprendió baja la tutela de Simon Guttman, fundador de la agencia Dephot. Pero, fue Henri Cartier-Bresson, su mentor y amante, quien más la influyó. Esto queda claro en sus elegantes composiciones. Ambos compartían un sentido pictórico de la composición. De él aprendió la economía y la precisión a la hora de definir los sujetos. Destaca de su fotografía el precoz y sutil uso del color.
“Otra de sus características es que nunca fotografió nada político, ni relacionado con la injusticia social, característica que dominaba en Magnum, formado por grandes fotógrafos de guerra”, apunta Gordon. “Tampoco lo hizo cuando se casó con el escritor Arthur Miller, cuya personalidad tenía un claro componente político. Creo que tiene que ver con la complejidad de crecer en una familia a la que adoraba y que apoyaba al régimen nazi. Todo el mundo entendía su oposición personal frente al nazismo y cualquier nacionalismo, así como su sensibilidad frente a los más débiles y desfavorecidos. Pero nunca expresaba sus posiciones políticas abiertamente, ni en su fotografía, ni en sus escritos”. Quizás esto fue el motivo por el que le gustaba hacer un tipo de fotografía que muchos no consideraban serio; encargos de tono claramente sexista, que ella desarrollaba complaciente, donde se incluía la moda, los retratos de celebridades, rodajes de películas, o distintos eventos sociales. “El único reportaje claramente reivindicativo es el que presentó a Magnum para conseguir su admisión como miembro, Prêtres ouvriers (Sacerdotes obreros), donde muestra abiertamente su simpatía hacia ellos y su afinidad con las causas progresistas y liberales”, destaca la biógrafa.
Las paradojas de una mujer avanzada a su época, que defiende su libertad sexual y su independencia, pero que al tiempo parece claramente predispuesta a evitar el conflicto, quedan expuestas a lo largo de su biografía y noquean al lector cuando llegado el episodio de su matrimonio con Miller se encuentra con la siguiente cita de la fotógrafa: “Debía cuidar de mi marido, cuyos talentos superiores con frecuencia requerían de mi cocina de forma más urgente que de mi fotografía”. “Morath era muy consciente de la discriminación de la mujer”, señala Gordon, “pero pertenece a una generación en la que muchas mujeres creían que la solución estaba en esforzarse duramente para destacar. No le interesaba involucrarse en un movimiento feminista colectivo. Cuando se casa con Miller, de alguna forma se sintió apabullada por la fama del personaje. ¿Qué debía suponer ser la mujer de Arthur Miller, inmediatamente después de haber estado casado con la que fue la mujer más glamurosa de América para muchos, Marilyn Monroe?”. Hasta 1962 se había dedicado a recorrer el mundo. Acostumbrada al ambiente bohemio y cosmopolita de París se instaló con el autor en Roxbury, Connecticut. “Era una mujer con una extraordinaria disciplina y decidió que era una lección, casarse con un hombre famoso y cuidarle. Le amaba. Él era egocéntrico, y no estaba acostumbrado a una relación con una mujer tan fuerte e independiente. Hubo de pasar mucho tiempo hasta que Morath volvió a viajar y a recuperar su tino fotográfico”, explica la historiadora.
Antonio Ordóñez vistiéndose para salir al ruedo, San Fermín, Pamplona,1954 INGE MORATH / MAGNUM PHOTOS
Uno de los episodios más sombríos de su vida es el relacionado con su hijo Daniel, su segundo hijo. Nació con síndrome de Down y fue inmediatamente internado en una institución. “Lo peor que hicieron no fue llevarle a un centro, muchos estarán en contra, pero es cierto que era común en esa época”, apunta Gordon. “El problema está en su falta de franqueza, en cómo lo ocultaron. Me sorprendió que Miller no mencionará a su hijo en su autobiografía, ni tampoco Morath en sus escritos. Ella solía visitar al niño. Pero incluso sus amigos más cercanos desconocían qué había pasado. Es extraordinario hasta qué grado era un secreto. Obviamente debido a su ocultación, cuando salió a relucir la verdad supuso un escándalo. No creo que hubiese sido tan grande de haber sido más honestos”.
“Me gusta referirme a ella como una etnógrafa visual”, dice Gordon. Le gustaba mostrar cómo vivía y trabajaba la gente y tenía mucho respeto por todas las culturas. En cada una de ellas encontraba belleza e interés. En sus retratos refleja la máxima defendida por Miller, según la cual un retrato engloba dos puntos de vista: el del sujeto y el del artista. Así, solía citar a los protagonistas en aquellos lugares que hubiesen “absorbido algo de la persona”. La composición debía ser viva. Tal y como le había enseñado Cartier-Bresson, el cuerpo resulta a veces más importante que la cara a la hora de expresar un carácter.
Soldados en la escultura de Buda de la dinastía Yuan, cerca de Hangzhou, China, 1978INGE MORATH / MAGNUM PHOTOS
Su amor por España lo conservó durante toda su vida. Vino por primera vez en 1953, acompañada de Cartier Bresson, “Era la localidad que mayor disfrute la aportaba como fotógrafa”, cuenta su biógrafa. “Representaba un tipo de salvajismo y de libertad que admiraba. Resulta curioso que le encantaran las corridas de toros, donde existe un tipo de violencia, cuando evitaba esta en cualquier otro tema. Había algo en España que le permitía ser menos convencional, más aventurera”. Ciertamente, su obra resulta mucho más folclórica en comparación con la visión de otros fotógrafos extranjeros, como la de Eugene Smith o Robert Frank que pasaron un tiempo en nuestro país en los años cincuenta, o Joel Meyerowitz en los sesenta. No hay ninguna alusión al franquismo. “Le gustaba rodearse de la élite, Conoció a Balenciaga. Se comprometió con Gonzalo Figueroa, Duque de La Torre. Uno de sus encargos fue retratar a Mercedes Formica, miembro de La Falange y – contradictoriamente- defensora de los derechos de la mujer, quien la introdujo en los círculos adecuados y lo suficientemente poco convencionales como para simpatizar con la fotógrafa”. Le gustaba el drama, también lo exótico de España a ojos de los europeos.
“Fue una mujer fundamentalmente valiente”, concluye Gordon. Viajó sola a lugares lejanos, algo no muy común entonces. Pretender ser aceptada y conseguirlo en un mundo de hombres presuponía no solo una enorme valentía , sino también una excelente capacidad de trabajo. Sus cualidades, combinadas con su ambición, hicieron de ella una gran fotógrafa.
Libro: Inge Morath: Magnum Legacy. Linda Gordon. Prestel Books.
Ganas de decir: ¡basta! Ganas de gritar… Me niego a ser un Ser de sufrimiento.
De acuerdo con la filosofía griega, pienso que estoy a punto de reencontrarme con el Origen. Deseo fluir en los elementos según el orden natural: la tierra, fuente de sustento y civilización; el agua, asociada a la vida, la purificación y la emoción; el aire, elemento esencial para la vida y a menudo asociado con el espíritu y el intelecto; y el fuego, símbolo de la transformación y purificación.
Aceptar la belleza del sufrimiento desde el deseo de que algo cambie no es fácil. El sufrimiento, el concepto de sufrimiento ligado a lo cognitivo y emocional del ser humano, es siempre consciente. Podemos «manejarlo».
Es lo que experimento cuando hay algo que deseo que sea de otra manera. Es lo que llevo viviendo desde hace unos meses mientras me empeño en hacer fluir el agua hacia donde pretendo que forme una figura sugerente en mi aprendizaje de pintar a la acuarela.
La distorsión del agua es belleza pura, es arrolladora
Más allá del bien y del mal hay algo…
Una especie de catarsis sucede al volcar lo que sucede en el arte. Encontrar la belleza de la Naturaleza, también en lo que es incómodo o desagradable sentir. Más allá del bien o del mal late la belleza, el amor. Podemos ver más, traspasar la visión de los ojos, sentir más allá de las emociones y pensamientos, ver más allá. Esa luz que late, esa vida que late en la materia, que se despliega hacia el encuentro con la aceptación de lo que es nuevo y diferente.
Idear nuevos trazos, capas, sedimentos de pinturas frescas. Hay una energía en el movimiento. A veces en calma, a veces en contra, o enredada como nudos, o arrastrada. Los colores conviven entre juegos de luz y sombras, erosión, rasgaduras del pigmento, corrosión, fluyendo en el lenguaje del agua. Mundos que afloran a través del pincel con trazos de líneas suaves o fuertes que surgen y se van cruzando, generando texturas angulosas o difusas, más allá del entendimiento visual. Destrucción y construcción configurando volúmenes, profundidad y trama, creando y recreando mundos fantásticos donde no existieron antes. Vibraciones del agua, de lo emocional. Lo definido y lo indefinido. Intuición.
Recreado de mensajes relacionados con El Movimiento en el Paisaje. Del Master «De lo Espiritual en el Arte» – Araceli García
Dedicado a mi gran amiga Isabel Fernández Bernaldo de Quirós y, con especial GRATITUD a Araceli García Formadora y mentora de proyectos artísticos, entre ellos «De lo Espiritual en el Arte«
Julia Margaret Cameron está considerada como una gran excéntrica de la fotografía. Nació en Ceilán el 11 de junio de 1815 en Calcuta (India), en el seno de una familia de diez hermanos. Hija de escocés y francesa pertenecientes a la sociedad bengalí, fue educada en Francia hasta los 19 años, donde regresó de nuevo a la India.
Casada con un hombre veinte años mayor que ella, excelente jurista y plantador de té, vivió en la India hasta los treinta y tres años, después se trasladó con toda su familia a la Isla de Wight, en Inglaterra.
Julia Margaret Cameron tuvo seis hijos y otros adoptados, por este motivo vivía en un gran caserón, que siempre se encontraba lleno de poetas, artistas y científicos de la época victoriana.
Ted Preuss es un fotógrafo autodidacta nacido en 1962 en Colorado. Se recuerda a sí mismo tomando fotografías desde que tiene conciencia. Consiguió su primera cámara a los siete años y, directamente, se obsesionó con la naturaleza del medio. Tras varios años haciendo fotos familiares durante sus vacaciones, su pasión le llevó a convertirse en fotógrafo profesional freelance. Durante una década se dedicó a fotografiar arquitectura en Boston y San Francisco. Después, decidió tomar un descanso y explorar el mundo del diseño de muebles en Chicago. Tras varios años, se dio cuenta de que echaba en falta la fotografía y lo intentó de nuevo, esta vez dedicándose a la fotografía artística. De cualquier manera, retuvo lo que había aprendido sobre líneas y sombras, convirtiéndolo en lo que actualmente es una parte intrínseca de su arte.
Otra gran pasión en su vida es el siglo XIX y las antigüedades. A menudo siente que su alma vive en ese período. Es por lo que su creatividad le lleva a tomar fotografías con cámaras vintage de gran formato y a explorar los procesos fotográficos de entonces, como a hacer impresiones en platino paladio. Sus imágenes son de una cálida belleza interior con un particular toque vintage. Preuss describe su estilo fotográfico como poético y atemporal. Su estética es sencilla elegancia, la simplicidad la consigue como una síntesis de todas las dimensiones del medio, cada una de las cuales la lleva a un punto de alta complejidad. Línea, luz y sombra tienen la misma importancia para él. Las imágenes evidencian su equilibrado aprecio, compromiso y respeto por el rango completo de posibilidades fotográficas.
Mi agradecimiento a mastersofphotography por compartir el magnífico contenido de su Blog, del que extraigo algunas de sus imágenes.
Texto original
Ted Preuss, a self-taught photographer was born 1962 in Colorado. For as long as he can remember, he has been taking photographs. He picked up his first camera at the age of seven and instantly became obsessed with the nature of the medium. After spending many years photographing during family vacations his passion for photography led to a career as a freelance architectural photographer for a decade in Boston and San Francisco. Preuss decided to take a break from photography and explored the world of furniture design in Chicago. After several years he realized how much he missed photography and decided to seek it out once again, this time as an art form. However, the things that he learned about lines and shapes stayed with him and became an integral part of his art today. Another great passion in his life is 19th century art and antiques. Often he feels his soul is in this period of time. This is probably why he creates his photographs with vintage large-format cameras and explores 19th century photographic processes such as platinum palladium printing. Consequently the images he captures have a warm inner beauty with a distinct vintage feel to them. Preuss describes his photographic style as poetic and timeless. His photographic aesthetic is simple elegance, the simplicity is achieved by a synthesis of all of the dimensions of his medium, each one of which he carries to a point of high complexity. Line, light and shape are of equal importance to him; Preuss’ images evince his balanced appreciation of and concern and respect for the full range of photography’s possibilities.
Hay una sombra en el lienzo. Pienso que debe de ser el mar…
La nieve cubre mis manos hay un silencio que se instala donde ya no importan respuestas a las preguntas verdaderas.
Mi nombre es un abismo, distinto cada día, que dibuja en la arena de una playa perdida el azul horizonte de la nada; noches que llegan con su rumor muerto.
En algún momento perdí mis gafas de sol negras y mi reloj de arena sé que solo dejé huellas vacías, no sé dónde desvivirme.
Qué camino seguir después de las heridas? ¿Dónde perdí la alegría de mi pie izquierdo?