En esta web encontrarás temas relacionados con la literatura que he ido recopilando a lo largo de los años. Si algo de lo que encuentras aquí te interesa o te resulta agradable para disfrutar unos minutos, eres bienvenido a mi mundo. Gracias por tu aprecio. María Jesús
Se espera lluvia este fin de semana. Nuestros ánimos se encuentran en alta porque esperamos capturar las mejores fotografías del otoño. Destino El Valle de Bielsa, un amplio territorio de montaña en el corazón de los Pirineos donde profundos y exuberantes valles de origen glaciar ofrecen paisajes de una belleza extrema a la sombra de grandes tresmiles. Se esperan nieblas y ello añade atractivo al largo y tortuoso viaje de cientos de curvas, hay que decir que la ruta está en buenas condiciones.
Gran mochila imaginando frio, lluvia, y nieblas, además del equipo fotográfico a cuestas…
¡Perfecto! La fotografía tiene mucho más interés cuando la meteo se nos enfrenta. Con máximo cuidado conducimos por una escasa pista de piedras hasta la zona del Parador del Valle (a unos 2.000 mts), después caminando lo que cada uno pueda… hasta llegar al circo de Pineta al fondo del Valle, punto de partida para la ascensión a la cima de Monte Perdido.
Me quedo con unas pocas imágenes de recuerdo que nunca darán la talla de lo que la Naturaleza nos ofrece «al natural».
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Organizado porASAFONA Asociación Aragonesa de Fotógrafos de Naturaleza Fotografía @mjberistain
No tengo más voz que la del silencio en esta hora de marea alta, en este paisaje del no ver, no tener ni casi ser… (Saramago 151 Piedra de Luna)
«El mar no es azul —dijiste— El mar es del color que tú quieras que sea…»
Quise ahondar en la memoria imaginar pigmentos, colores que antes no existieron para el mar. Ese mar que siempre es el mismo que permanece en mi mente, en movimiento entre abismos inciertos.
Yo encontraba hilos de silencio, veladuras, nieblas, reflejos que mecían mi locura. Había algas que jugaban con mis pies desnudos, sus lazos de agua entre las aguas, como delicadas pinceladas sucedían y se alejaban de mi con besos de pez hacia la nada.
Con el sabor del salitre entre los labios te buscaba, desde la zozobra de mis desvaríos entre los espejos en desuso por las terrazas de Alejandría. Te buscaba en la arquitectura de las tormentas, en el reverso azul de las espumas, o suspendido entre las lluvias de fugaces amapolas que inventaba.
Ah! ¡Mar de mis silencios! A veces te encuentro y a veces te pierdo…
Proyecto Artístico Sobre mi proyecto anterior, aunque trabajé durante todo el año, es cierto que me centré más en la búsqueda de una voz propia en base a la exploración y aprendizaje de las técnicas y conocimiento de materiales, que en idear y consolidar un Proyecto de Obra Pictórica definido con coherencia. El año discurrió entre bloqueos y frustraciones fundamentalmente. Dificultades en cohesionar la parte mental y espiritual con la experiencia creativa. No presenté proyecto, aunque consideré positivo el progreso.
Progreso de Ejercicios Artísticos A medida que avanzaba el curso mermó mi interés en alcanzar los objetivos de los ejercicios. No comprendía ni aceptaba el resultado de mi trabajo, no obtuve correcciones, ni análisis, y se manifestó una larga crisis. Estuve desorientada. Actualmente y después de haber hablado directamente con la profesora, comprendo que: 1) La obra que expresa mi interior tiene un significado, se trata de meditarlo y, con humildad, admitirlo (darle amor y buscar su belleza) y reconocerme en él. 2) Aceptar la «obra», como un vaciado del espíritu, liberación de difíciles situaciones vividas, y temas dolorosos ocultos.
Se describen dos tipos de artistas: los que se enfocan más en investigar y probar distintos materiales y técnicas, y los que son más directos y finalizadores, sugiriendo que el ideal sería tener una mezcla de ambos enfoques.
Pinturas y Técnica En el análisis de una serie de pinturas de una alumna se elogió la técnica de veladura, la paleta de colores neutros y la sensibilidad en las combinaciones. Para ésta, la inspiración le llega de la conexión corporal con la música y el movimiento, más que de la meditación estática. Expresó su deseo de trascender hacia un nivel más elevado en su trabajo artístico.
Conexión Antropológica con Máscaras La profesora propuso que abriera la investigación a la conexión antropológica del ser humano con la tierra y esté atenta a mensajes y símbolos visuales que surjan en su vida cotidiana. La alumna expresó interés en trabajar con el tema de las máscaras y el diálogo interior, específicamente sobre cómo las personas se comportan con diferentes máscaras en diferentes grupos sociales. Se sugirió el trabajo con las capas y la opacidad de las máscaras en lugar de utilizar únicamente dos colores,además de explorar cómo las máscaras se perciben desde la perspectiva de los demás.
Proyecto Artístico Palimpsesto Visual Se propuso una idea creativa para un proyecto artístico que involucra la escritura, sugiriendo usar letras superpuestas que se puedan leer como un «ruido» visual a través de líneas y materiales como acrílicos. El concepto de palimpsesto, se refiere a pergaminos con textos superpuestos que han sido descubiertos tecnológicamente, recomendó explorar esta línea de investigación para descubrir qué podría surgir del diálogo interior, enfatizando que el trabajo artístico debe centrarse en lo que queremos descubrir en lugar de solo buscar formas en las nubes.
Desarrollo del Lenguaje Artístico Personal Se habló de las experiencias con el arte y la expresión creativa, mencionando los desafíos técnicos que ha enfrentado como las veladuras y la integración de líneas en sus formas y colores. La profesora la alentó a continuar explorando y desarrollando su propio lenguaje artístico personal, explicando que la formación está diseñada para ayudar a los participantes a encontrar su estilo único sin limitarse a técnicas específicas.
Libro de Artista Consulta Sobre el libro de artista, se recomendó usarlo como herramienta inicial para experimentar y documentar el proceso creativo. Se le sugirió usar papel de calidad como el de algodón o bambú para las pruebas iniciales.
Un lunes triste de setiembre, —ha habido otros— la melancolía se mueve por mi casa como un pequeño fantasma blanquecino con apenas fuerzas para volar. Merodeo sin sentido, sin rumbo, no existe el tiempo, en un podcast de algún vecino oigo decir que la creatividad es amor, lo escucho mientras «el cielo» proyecta una preciosa Luz que atraviesa mis ventanas con desparpajo. Yo… doy gracias por continuar viviendo.
Pienso en Génesis. El nombre que me gustaría darle a mi próximo proyecto de Acuarela.
Génesis mientras pienso en mi Camino de Agua, en el Lenguaje del Mar, y siento el Salitre como fuerza de espíritu que me conecta íntimamente al origen, como materia y sangre que fluye por mis venas.
Mi piel, impregnada de salitre y de sombras…
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Mientras Hamás entrega a la Cruz Roja a los otros 13 secuestrados y completa la liberación de los rehenes vivos…
La Academia Sueca ha anunciado este jueves en Estocolmo que el Premio Nobel de Literatura 2025 es para el húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 71 años) al escritor húngaro László Krasznahorkai“ por su obra cautivadora y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del ARTE”
Alto y con una expresiva mirada de ojos achinados azules, siempre viste de negro —como le explicó hace décadas a Kovacsics en su primer encuentro— y su proximidad a la filosofía oriental es patente no solo en su obra, sino también en su ademán calmado. Criado en una familia burguesa judía, su aproximación a la literatura llegó tras varios años de vagabundeo por Hungría, en los que buscaba la compañía de aquellos que vivían en los márgenes —”quería estar entre los más pobres porque pensaba que ellos eran quienes vivían la realidad”—. Rechazaba entonces la idea de convertirse en algo, de construirse un futuro en el régimen comunista donde nació y creció. “En esas dictaduras uno pensaba que el mundo era así y así sería mañana, y pasado mañana, el tiempo no tenía importancia”, recordó en Pamplona. Tras esa primera etapa de inconformista errante, quiso dedicarse a la música y acabó escribiendo una primera novela en 1985, que tituló Tango satánico. La idea de “arreglar” ese libro y alcanzar lo que realmente se había propuesto es lo que le ha empujado a seguir intentándolo una y otra vez, aseguró el ganador del Man Booker Internacional en 2015. Desde hace casi tres años reside en Trieste, aunque pasa largas temporadas en Hungría y en Viena, “el triángulo austro-húngaro”.
Es el gran cronista de la Hungría comunista y la que emergió después, el retratista perfecto de ese país imperfecto que heredó las cenizas de un imperio deshecho en el siglo XX con graves heridas para sus pueblos, y del universo indefinido en que se convirtió esa nación tras abrazar la democracia, aún renqueante.
Krasznahorkai es un hombre tranquilo, afable, apasionado de la conversación y dueño de una literatura sin prisa y de cocción lenta que hoy choca frontalmente con el ritmo de nuestras vidas.
El máximo galardón universal premia así la hondura, la capacidad de profundizar y un alto en el camino en este modo de vida de aceleración sin fin.
Las LETRAS sin metáfora serían un mapa sin montañas ni ríos, apenas un desierto de signos desnudos.
La metáfora es ese puente secreto entre lo que decimos y lo que sentimos, el atajo poético que convierte una emoción en imagen, y un pensamiento en paisaje.
La literatura sin ella quedaría reducida a una lista de instrucciones, eficaz…pero sin una pizca de asombro.
Con ella, en cambio, la palabra se abre en abanico: la tristeza puede ser un pájaro herido, la esperanza un faro que titubea en la niebla…y el amor —ese misterio inagotable— una hoguera que nunca arde por igual, que tantas veces te da la vida y otras te abrasa o te deja sólo humo cuando se va.
Y además de embellecer, la metáfora nos permite comprender lo que de otro modo sería inabarcable.
Hablamos del tiempo como un río, de la muerte como un sueño o de la memoria como un cofre, para tocar lo intangible.
Porque, en el fondo, la metáfora es la respiración más honda del lenguaje, y nos recuerda que sirve también para inventar mundos.
Hay creaciones que no buscan representar nada externo. Surgen como un reflejo de lo que no siempre sabemos nombrar. Cuando dejamos que la mirada se pose hacia dentro, los gestos se vuelven más lentos, la atención se expande, y la obra se convierte en un espacio de silencio.
Caminar hacia adentro En la abstracción, no seguimos un mapa. Cada mancha, cada textura, es una señal que se revela en el momento. No hay prisa por llegar a una imagen final. Solo permanecer en ese diálogo íntimo entre lo que sientes y lo que aparece en el papel.
“El color es un medio para influir directamente en el alma.” — Wassily Kandinsky
El papel como lugar de encuentro Es en el papel donde cada elección habla de ti, incluso las que parecen pequeñas.
El tono que suavizas, la mancha que decides no borrar, la frontera que dejas difusa para que respire. En cada una de estas decisiones se revela tu manera de mirar. No como un gesto aislado, sino como parte de un lenguaje propio. Y, sin darte cuenta, la obra se convierte en el lugar donde vuelves a ti. No importa si alguien más entiende lo que ve. Lo esencial es que, al mirarla, reconozcas en ella una parte de ti que antes no tenía forma.
En el estudio, hay momentos en los que no quiero pensar demasiado. Preparo el papel, la acuarela, la tinta… y dejo que el agua tome sus propias decisiones. En esos instantes, la mano no empuja, acompaña. La forma aparece en el movimiento del pigmento. La línea, si llega, lo hace después.
No se trata de forzar un resultado,
sino de observar cómo interactúan,
y desde ahí decidir el siguiente gesto.
Instantes que solo se viven desde dentro.
Hay momentos que vivimos desde dentro. La mesa preparada, los botes de agua quietos, la luz entrando suave… Y de pronto, una gota de tinta toca el papel húmedo y empieza a expandirse como si supiera exactamente a dónde quiere ir. En ese momento, no somos nosotros quienes guiamos. Es la materia la que propone, y nosotros respondemos. Cuando la obra te dice por dónde seguir, dejar que los materiales interactúen por sí mismos es una forma de escuchar. El impulso creativo no es una idea repentina que llega de la nada: es la respuesta a lo que sucede delante de ti. Es un diálogo sin prisa, donde la observación y la acción se alternan.
Trabajar así enseña a no querer terminar demasiado pronto. A mantener la frescura de lo que está vivo en el papel, sin cubrirlo todo. A aceptar que a veces, lo más poderoso es lo que no se ha tocado.
Azul explosivo en el color de la tristeza pasión y tormenta sublime sexo de miradas ausentes recostado en el lienzo.
Cuerpo y Alma enlazados Cuerpo y Alma abandonados a su último gesto de ternura Su amor se acaba, o quizás se acabó ya, no hay más…
…
Artículo de Julián González Gómez: Oskar Kokoschka, «La novia del viento»
Dos amantes que reposan después de hacer el amor, dos almas unidas por una tempestad que se desata alrededor de sus cuerpos y aun así parecen ajenos a ella. ¿Es una pasión que acaba de desbordarse y se acabó súbitamente con el clímax? Ella está dormida, recostada sobre el hombro de su amante y es la encarnación de la entrega satisfecha. Él tiene la mirada ausente, como si sus pensamientos no estuvieran ahí; entrecruza sus dedos en un gesto de pausada angustia. Este cuadro se puede interpretar de muchas formas, pero en todas ellas está presente el elemento central, el tema por decirlo así y es la angustia. El viento, una verdadera tempestad, ha barrido con todo, hasta con su amor.
El tormentoso y apasionado romance entre Alma Mahler y Oskar Kokoschka está aquí representado con toda su grandeza y también con toda su crueldad. El sexo fue el elemento que los unió, no hubo ternura, tampoco abandono sublime o todas esas fruslerías de las que hacen gala los amores de las películas o las novelas rosas. Por supuesto, el amor entre un hombre y una mujer no solo se expresa a través del sexo, aunque muchos solo así lo entienden y otros no lo puedan entender y aunque la industria del entretenimiento nos lo pretenda hacer creer así y los cándidos le hagan caso. El amor tiene muchas facetas y muchas más que hay que descubrir entre los dos amantes, pero aquí parece ser que ya están mucho más lejos del tiempo de la búsqueda y la aventura. Ya conocen todo sobre sí mismos, sobre el otro y sobre ambos.
Su amor se acaba, o ya se acabó, no hay más… y eso sólo puede ser trágico y angustioso. Cuando Kokoschka pintó este cuadro ya sabía lo que estaba pasando y seguramente Alma también, pero ella, a diferencia de la congoja que él muestra, ha decidido abandonarse a la inconsciencia, como para no afrontar amargamente esta realidad. Ambos son jóvenes, ya que Kokoschka tenía unos veintiocho años cuando lo pintó, mientras que Alma, que era algo mayor, tenía treinta y cinco años. Ella había dejado atrás un desdichado matrimonio con el gran compositor Gustav Mahler, quien era veinte años mayor y había fallecido en 1911 y él estaba en plena fase de expansión de sus metas artísticas, destacando cada vez más en los círculos de la sofisticada Viena.
Kokoschka nació en 1886 en Pöchlarn, Austria, en una familia humilde que vivía precariamente. Su padre, de origen checo, se dedicaba a la orfebrería. Desde la adolescencia mostró inclinaciones al arte y la literatura, pero necesitaba ganarse la vida y aplicó para inscribirse en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. En 1904, a los 19 años ingresó en esta prestigiosa institución, donde estuvo hasta 1909. Al salir, su primer trabajo fue como delineante en la oficina del prestigioso arquitecto Josef Hoffmann y empezó a relacionarse con el ambiente intelectual y artístico de la capital del Danubio, por aquel entonces uno de los más vibrantes de Europa. El mismo año que entró a trabajar con Hoffmann publicó su primer libro de poemas, que él mismo ilustró y se llamó Los Muchachos soñadores. También realiza una serie de carteles y postales para los Talleres Vieneses, pero sus obras fueron mal acogidas, tanto por el público como por la crítica. Kokoschka ingresó por un tiempo al círculo de los allegados al que por entonces era el principal artista de la ciudad: Gustav Klimt, de quien aprendió sobre todo acerca del manejo del color y la textura como medios expresivos.
En 1909 conoce a otro importante arquitecto vienés: Adolf Loos, quien se convierte en su mecenas, ya que el arte de Kokoschka le pareció que abría las puertas a una nueva sensibilidad. Sus retratos, pintados de forma nerviosa y vibrante, fueron del gusto de los círculos intelectuales de la ciudad, por lo que empezó a tener éxito. Por esta época se estaba formando el expresionismo, aunque Kokoschka debía más al Judgenstihl austriaco y a la influencia de Klimt, que a los pintores de Dresde o Munich, abiertamente expresionistas. A partir de 1912 empezó el tormentoso romance con Alma Mahler, el cual continuó intermitentemente durante varios años, hasta que ella decidió romperlo, lo cual lo afectó profundamente. En el ínterin pintó este cuadro.
Al estallar la Primera Guerra Mundial Kokoschka se enlistó en el ejército y fue seriamente herido en el frente en 1915. Durante su larga recuperación mostró síntomas de desequilibrio mental a juicio de los doctores que lo atendían, pero se recuperó y al salir se reintegró a la vida artística vienesa, ya fuertemente mermada por la guerra. Posteriormente viajó por diversos países, donde su arte fue cada vez más apreciado y más comprometido con el expresionismo europeo. En cambio, sus obras de teatro fueron rechazadas por un público que veía en la crudeza expresionista el remanente de una guerra que se quería olvidar a toda costa.
Su arte, al igual que el de todas las vanguardias que por ese entonces se desenvolvían en Europa, fue considerado por los nazis como “degenerado”, por lo que fue retirado de todas las galerías donde estaba expuesto. Durante la Segunda Guerra Mundial, Kokoschka y su esposa, con la que contrajo nupcias en los años 20, se trasladaron a vivir a Inglaterra, país del cual obtuvo la nacionalidad en 1946. Desde 1947 vivió en Suiza, país en el cual desarrolló la última fase de su carrera y murió en 1980.
La novia del viento pertenece a la época en que Kokoschka estaba destacando en el ámbito vienés, inmediatamente previo a la Primera Guerra Mundial. El expresionismo que muestra lo liga con la búsqueda que por ese entonces estaban haciendo artistas como Schiele y Beckmann, ambos, al igual que Kokoschka, retirados de los círculos centrales del expresionismo de esa época. Aquí no se ven las alegorías de los miembros del grupo El Jinete Azul, o los tormentos de impetuoso color de Nolde y Pechstein. Kokoschka se había formado en los círculos cercanos a Klimt y por eso su paleta era más mesurada y su expresividad más contenida, aunque aquí se permite ciertas licencias en lo que se refiere a esto último.
Este cuadro está pintado con colores suaves y tiernos, donde predomina el azul, el color de la tristeza. El cuerpo de Alma muestra pinceladas suaves, como si fuese el único gesto de ternura que el autor dirigió hacia ella porque todo lo demás que hay está hecho a base de gestos bruscos. La armonía cromática está regida por los contrastes luminosos entre los rosas y amarillos con el azul predominante, del que hay un sinfín de variaciones. Aunque la composición parece a primera vista caótica, luego de observarla por un rato notamos que su estructura, a base de diagonales, delimita cinco grandes zonas en el cuadro. La expresividad de las pinceladas es el elemento plástico más impactante, pues se dirigen simultáneamente en todas direcciones. Es esta una pintura sublime y triste, muestra de los logros del expresionismo, encarnado aquí por Oskar Kokoschka, uno de sus mejores exponentes.
Composición fotográfica a partir de tres fotografías del Puente Colgante de Bilbao editadas en Blanco y Negro. Trabajo de fusión y desenfoque. Tamaño 38×29 cm., resolución 300 ppp.
El puente de Vizcaya (Bizkaiko zubia en euskera), también conocido como puente Bizkaia, puente Colgante, puente de Portugalete, o puente Colgante de Portugalete, es un puente transbordador de peaje, concebido, diseñado y construido por iniciativa privada entre 1887 y 1893, que une las dos márgenes de la ría de Bilbao en Vizcaya (España). Esta construcción de ingeniería civil fue inaugurada el 28 de julio de 1893,[1] siendo el primer puente de su tipología en el mundo[2] y uno de los ocho que aún se conservan.[3]
El puente recibe varios nombres. El nombre que consta en su página web oficial es «Puente Bizkaia», aunque su denominación más popular y extendida sea la de «Puente colgante» al que a veces se suele añadir la extensión «de Portugalete«. También suele recibir el nombres de «Puente de Portugalete», ya que originalmente unía Portugalete con Las arenas de Portugalete (ambas márgenes se consideraban del mismo municipio), y «Puente Palacio», en honor de Alberto de Palacio y Elissague, el ingeniero que lo proyectó.
El puente enlaza la villa de Portugalete con el barrio de Las Arenas, que pertenece al municipio de Guecho, así como las dos márgenes de la ría de Bilbao. Su construcción se debió a la necesidad de unir los balnearios existentes en ambas márgenes de la ría, destinados a la burguesía industrial y a los turistas de finales del siglo XIX.[4]Bilbao – Puente Colgante de Portugalete. El puente tiene 61 metros de altura y 160 metros de longitud es un puente transbordador de peaje, concebido, diseñado y construido por iniciativa privada entre 1887 y 1893, que une las dos márgenes de la ría de Bilbao en Vizcaya (España). Esta construcción de ingeniería civil fue inaugurada el 28 de julio de 1893,[1] siendo el primer puente de su tipología en el mundo[2] y uno de los ocho que aún se conservan.[3 Wikipedia.
Composición fotográfica de la obra del escultor Nestor Basterretxea titulada Paloma por la Paz, fue creada en 1980 y situada en el Paseo de la Zurriola de San Sebastián.
El procesado combina varias fotografías en color de la escultura, conposterior desaturación, fusión, desenfoque y virado a blanco y negro, aportándole un terminado en tonos azules. Tamaño 70x 41,2 cm.
Autoría: Macarena Azqueta y Maria Jesus Beristain con la colaboración de María José Cueli en el procesado.
Museo Pablo Serrano, febrero 2025
Nota: Obra donada a la Asamblea de cooperación para la Paz de Zaragoza, expuesta en el Museo Pablo Serrano y vendida en subasta.
En 1930, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos adoptó el sistema de color Munsell para la determinación del color (elaborado por el profesor de arte Albert Henry Munsell). El sistema tiene tres componentes:
El matiz o tono. Es la longitud de onda dominante en la radiación reflejada. Tiene cinco colores básicos (rojo, amarillo, verde, azul y púrpura) y cinco intermedios.
El brillo. Indica el grado de claridad / oscuridad relativa del color, comparado con el blanco absoluto.
El croma. Expresa la pureza relativa del color.
Se utiliza una tabla de colores Munsell (basada en ese sistema) para comparar con el suelo a estudiar. Así se evitan imprecisiones al describir el color y se unifican los criterios para todos los científicos del mundo.
Para ello, se toma una porción de suelo y se mantiene junto a los distintos rectángulos de color de las tablas hasta encontrar una coincidencia visual. Entonces se le asigna la notación Munsell correspondiente. Por ejemplo, un suelo pardo rojizo puede indicarse como: valor de matiz croma/brillo (2YR 4/6), según se observa en la figura 1.
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Al finalizar el Máster de Acuarela me he encontrado con estas imágenes que, pienso, algún sentido tienen que tener. Decido que también tienen su «valor» y un nivel que no les concedí en ningún momento anterior. Han sobrevivido en mis archivos, forman parte de mis cuadernos íntimos digitales como archivos fotográficos aunque fue el papel en blanco el que recibió originalmente la impronta de sus «hilos de silencio» en forma de trazos temblorosos de miedos y de dudas…
Despierto a una realidad nueva llena de ilusión por continuar por este camino que un día se abrió ante mí, que elegí confiada, y del que nunca me arrepentiré a pesar de la dureza del proceso creativo.
Mi agradecimiento a las personas que lo hicieron posible, Araceli García y Cruz Ciudad, y a todos mis compañer@s de curso a los que admiro y aprecio de verdad. Gracias por haber estado al otro lado de las pantallas compartiendo con generosidad vuestro trabajo y cercanía.
Las palabras siempre han sido frágiles. Desde que el primer sumerio garabateó signos cuneiformes en una tablilla de barro, hasta que Marcel Proust se encerró entre cortinas gruesas para escribir “En busca del tiempo perdido”, la palabra escrita ha sobrevivido como puede: acosada por las guerras, ignorada por los poderosos, combatida por el ruido de la publicidad. Hoy, en pleno siglo XXI, esa fragilidad se acentúa. No porque escaseen los escritores —hay más que nunca—, sino porque sobran los estímulos. Nunca fue tan difícil narrar y ser escuchado, y nunca fue, al mismo tiempo, tan urgente.
Lo que vivimos no es la muerte de la literatura, sino su desplazamiento. El lector ilustrado, ese que se deleitaba en la lentitud, que marcaba con lápiz pasajes de Madame Bovary o subrayaba con fervor a Cervantes, se ha vuelto una especie en peligro de extinción. En su lugar ha emergido otra criatura: el espectador disperso, adicto a las historias breves, deslumbrado por los íconos centelleantes de los “me gusta”, y con una capacidad de atención que, según estudios recientes, ya compite con la de un pez dorado. No en sentido figurado: literalmente.
En este nuevo escenario, el elefante pisa fuerte. Tiene el tamaño de un continente, el olor del dinero y el apetito insaciable de las cifras. Es YouTube, TikTok, Netflix, Spotify, Instagram… es MrBeast regalando islas y PewDiePie burlándose de sí mismo ante millones de cómplices digitales. Es, en esencia, el mercado global del entretenimiento, donde la narrativa se convierte en mercancía y el arte, en algoritmo.
¿Y quién puede competir con eso? ¿Cómo puede un humilde narrador, que aún cree en la belleza de una frase bien construida, sobrevivir entre alaridos de carátulas sensacionalistas y desafíos virales?
Este elefante no es maligno, ni mucho menos. Es simplemente eficaz. Produce contenidos concebidos para ser devorados, no digeridos. Su fortaleza es la repetición, la inmediatez, la adicción medida por segundos de atención. Cada clic cuenta. Cada segundo que un espectador no abandona el video es una victoria. No importa la verdad, la belleza o la profundidad: importa el tiempo de permanencia.
Y, sin embargo, entre tanto brillo, hay sombras. Porque, aunque el elefante arrasa, no puede amar. No puede recordar. No puede susurrar. Solo embiste.
La hormiga: un blog, un lector.
Frente a este coloso de datos y pantallas, aparece la hormiga. Frágil, modesta, minúscula. Su fuerza no está en la cantidad, sino en el contenido. No vive de viralidad, sino de la comunicación íntima. Su espacio no es una plataforma de moda, sino una trinchera. Y en esa trinchera —llamada Lo Real Maravilloso— todavía se escribe para quienes leen con la pausa de un monje medieval y el goce de un sibarita de la lengua.
La hormiga no ofrece sorteos ni acrobacias digitales. Ofrece ideas. Ofrece historia, arte, literatura. Habla de Magritte y de Caravaggio, de Lezama Lima y de Borges, de la Resurrección de Cristo como un acto simultáneo de la pintura y la carne. Escribe para un lector que tal vez no habite en TikTok, pero que aún se estremece al releer una frase de Paulo Coelho o al contemplar, en silencio, Las Meninas.
Escribir desde la hormiga es un acto de fe. Es renunciar a la popularidad para abrazar la profundidad. Es escribir sin saber si alguien llegará hasta la última palabra. Pero también es encontrar, de tanto en tanto, un lector verdadero. Uno solo. Y eso, en tiempos de ruido, es un milagro.
¿Hacia dónde va el lector moderno?
Esta serie, que hoy llamamos hilo, —iniciada con MrBeast y seguida por PewDiePie— nos ha mostrado dos modelos opuestos de comunicación: el espectáculo filantrópico y la ironía participativa. Ambos, con millones de seguidores, representan apenas la punta de un gigantesco témpano: la nueva cultura digital. Una cultura que no desprecia la narrativa, pero la trastoca. Ya no se cuenta lo profundo: se exhibe lo fugaz. No se describe: se exagera.
Sin embargo, incluso entre los seguidores de estos titanes digitales, persiste un anhelo sordo. Una nostalgia no dicha por las palabras que respiran. Muchos de esos jóvenes hiperconectados no saben aún que también pueden amar la literatura. Que hay un espacio —pequeño e íntimo— donde la inteligencia no se disfraza de sarcasmo, sino que brilla con luz propia.
Contar una historia en el siglo XXI es un acto de resistencia cultural. Es oponerse al vértigo con calma. Es preferir la metáfora al alarido, el matiz a la consigna. Es escribir sabiendo que tal vez no se obtendrá dinero, pero sí el disfrute de la literatura verdadera.
Un blog como Lo Real Maravilloso no tiene patrocinios de gaseosas internacionales, ni cámaras de alta definición, ni millones de clics por segundo. Tiene algo más escaso: una comunidad de lectores. Lectores verdaderos. Gente que, como el buen catador de vinos antiguos, saborea la palabra con lentitud, halla deleite en una digresión, se detiene en una frase como quien acaricia un cuadro.
Este blog no compite. No vocifera. No hace piruetas frente a la cámara. Pero ofrece algo que ya casi nadie ofrece: una conversación real. Una conversación que atraviesa siglos, que une a Homero con García Márquez, a Carpentier con Eco, que enlaza al lector cubano con el lector universal.
¿Y qué debe hacer el escritor frente a este panorama? ¿Callar? ¿Convertirse en influencer? ¿Abandonar la sintaxis por el chascarrillo visual?
No. El escritor debe volverse alquimista. Debe transformar la experiencia en palabra, y la palabra en asombro. Debe comprender los nuevos códigos, sin rendirse a ellos. Puede usar las redes, sí, pero no ser devorado por ellas. Puede dialogar con los nuevos formatos, pero sin mutilar la complejidad. Debe recordar que su oficio no es distraer: es sembrar ideas.
Y en esa labor silenciosa, casi artesanal, puede que halle lectores. Pocos, sí. Pero fieles. Lectores que llegan por curiosidad y se quedan por el atractivo de una entrada de 1200 palabras a un cortometraje de 12 segundos. Lectores que aman los buenos libros, las buenas pinturas, las buenas historias.
Tal vez el elefante lo consuma todo. Tal vez las máquinas escriban novelas que simulan llorar. Tal vez los jóvenes ya no lean nada que no venga con emoticonos y sonido de notificación. Pero también es posible —y aquí la esperanza— que, en medio del bullicio, alguien escuche una voz tenue, una historia bien contada, un texto publicado en un blog sin anuncios, y diga: “Esto es lo que buscaba”.
Si eso ocurre, aunque sea una sola vez, habrá valido la pena.
Porque narrar, al fin y al cabo, no es ganar una carrera. Es encender una luz.
Y mientras exista Lo Real Maravilloso, esa luz será nuestro interés primordial, mantenerla viva.
Sobre las aguas, como dioses de una antigua leyenda caminábamos descalzos,
unidas nuestras manos dibujaron un arco de sagrada transparencia para un amor de azules trazos,
Tocábamos el río, el mar antiguo, rodaban piedras como lluvia lenta de un seísmo irrevocable en los labios.
Sobre las aguas, caminábamos no hubo palabras, ni poemas, solo silencio en el camino fronterizo, y promesas que dormitan como algas, como lenguas agitadas en el mar de la memoria, tempestad que mordió el alma y perdura calladamente entre páginas blancas…
Vibra mi vida en un azul misterioso, asombrado a veces, profundo siempre,
primario, necesario en latitudes adversas
Azul de nieve corrompida, azul vertiginoso, esencia de la nada en mi delirio, azul crispante, azul aguerrido en la batalla, azul, siempre marino.
Azul de un cielo nubloso, rezagado, azul compasivo, azul de los sueños más niños.
Quise ser poeta y solo encontre retazos de ternura en las márgenes de los ríos,
pensé que se apiadarían de mi los horizontes y no encontré la llave de mi propio discurso que abriera en penumbra siquiera un hilo de paz para el camino.
Llame a mis amigos y todos habían huido, sometí mi amor a figuras de corazón vacío
y me rendí a los sueños virtuosos de alboradas en todos los lugares del mundo.
Saqué de la mochila unas últimas palabras que me quedaban, descarnadas,
y lloré como un rio en la maldita oscuridad de tu ausencia.
Después todo se tiñó de azul, azul oscuro.
Navego despacio, el viento es mi futuro hacia la orilla de la última playa,
allá donde el mar amamantó los apuntes de salitre de mis primeros versos.