AVE FÉNIX

Poema de José Emilio Pacheco


Arde en la hoguera de su propio vuelo.

Bajo el cuerpo de lumbre ella es sol.
Su resplandor la atrae y la convierte en ceniza.

Viaja a su íntima noche, se asimila
al leve polvo errante de los muertos.

Pero entre lo deshecho se rehace.
Toma fuerzas del caos, se teje en luz

y amanece en la llama indestructible.


Texto: José Emilio Pacheco
Imagen de portada: Acuarela @mjberistain

El frío del Ártico


Localicé un pequeño piso dedicado a acoger a estudiantes en una calle cercana al puerto. De puntillas Me acerqué a la pequeña ventana en alto del ático que me ofrecieron como única solución porque todavía no se había acabado el curso; aún quedaban días hasta que la mayor parte de los estudiantes volvieran a sus países de origen y entonces podrían hacerme un hueco más adecuado para un alquiler de largo plazo. La señora Magritt —así le había dicho que la llamara— era la típica mujer nórdica —calculé que tendría alrededor de sesenta años— fuerte, alta, rubia y poderosa parecía una persona dispuesta a acogerme en su casa sin preguntar demasiado. En principio nos habíamos entendido bien. Sin embargo, en aquella habitación el frío del ártico se colaba por el pequeño ventanuco de cristales sencillos, pendientes de limpiar, desde el que podía verse una pequeña franja de mar y el trajín diario del mercado. Es cierto que había una pequeña estufa de hierro negra con una salida directa al tejado que confirmé que estaba en uso y aquello me tranquilizó un poco. Aquel panorama añadido a la acogida de Maggrit consiguieron que la sensación de fría soledad no fuera tan aguda.

Un estremecimiento me recorrió entera  cuando me senté encima de la cama. Apoyé mis pies descalzos sobre la mochila que había dejado tirada de cualquier manera en el suelo de  habitación y no encontré nada dentro de mí para salvarme de la desolación que sentía. Curiosamente me di cuenta de que nunca había necesitado a mi madre y ahora me encontraba perdida, como si uno de los pilares de mi vida se hubieran desmoronado cayendo sobre mí y dejándome atrapada entre sus restos.  Había dejado el armario abierto de par en par pero no me sentía con fuerzas para organizarme. Lo cierto es que tampoco llevaba tanto equipaje como para necesitarlo. Ahora no. Mañana, ¡quien sabe!, pero poco a poco fui entendiendo que estaba ante una etapa nueva en mi vida y que cualquier cosa que hiciera marcaría mi camino hacia un futuro incierto.  Y solo iba a depender de mí hacerlo a mi manera. Por primera vez en la vida tenía que vérmelas conmigo misma a solas. El frío del Ártico dolía, me había pillado sin abrigo.

Hablábamos por teléfono con frecuencia. Nathan retomó rápidamente sus clases en la Universidad, y al atardecer continuaba con sesiones especiales con algunos de sus alumnos que solían celebrar en un bar bastante acogedor y reservado del centro.

—Sé que necesitas tu espacio y sé que también necesitas tiempo. Yo también. —me dijo una tarde de sábado que nos encontramos para pasear con tranquilidad.

—El próximo martes expongo en el Paraninfo de la Universidad un  trabajo sobre el cambio climático —mientras me ofrecía un sobre con una invitación al Acto— Además de que el tema nos concierne a todos, sería interesante que te acercaras —me dijo—.  Y a mí me gustaría especialmente.

—Sonreí. Lo cierto es que me gustó la propuesta. Además todavía no me había comprometido en ninguna de las dos opciones de trabajo que me habían interesado. Valoraba por una parte el quedarme en la ciudad, y por otra, alejarme de él e instalarme en el pequeño pueblo de Flam (donde yo había nacido)  y dedicarme a implementar un interesante proyecto turístico. —No lo había comentado con él—.

—Allí te presentaré a gente con la que estoy seguro que conectarás porque veo que podéis tener aficiones comunes y son grupos muy activos tanto a nivel cultural como deportivo.
Los inviernos aquí son largos, tu lo sabes —me dijo— y tienes tiempo para organizarte si es que tu opción, según dices, va a ser quedarte en Noruega.

—Al terminar habrá un pequeño ágape para favorecer el encuentro y el cambio de impresiones entre los asistentes. Será genial, ya lo verás.

La claridad de la noche de aquel sábado de primavera provocó un tumulto de imágenes cruzadas en mi cabeza. Me levanté mil veces de la cama para ver el cielo que no terminaba de oscurecerse; solo palidecía el azul cobalto…


 

 

 

La palabra, lugar de encuentro

Dice Amparo Amorós:


El pensamiento de María Zambrano es un pensamiento poético no solo por ser discurso de lo poético y sobre lo poético, sino, ante todo, porque se produce como toda razón que elige la poesía como forma, es decir, avanza en imágenes. Ellas son como las piedras que salpican la corriente del río y permiten al pie, apoyándose de una en otra, ganar la orilla opuesta, esa que nos sitúa del otro lado de las cosas, no para alejarnos de ellas, sino para recuperarlas en la distancia que permite la perspectiva. Y es, además, un pensamiento poético porque en él cuenta menos la meta que el trayecto. Hay pensamientos que nos urgen a seguirlos a determinado punto de arribo, que nos fuerzan a «concluir» (que es, en definitiva, una forma de acabamiento). El de María, en cambio, se diría que se limita a acompañarnos en el camino y, al paso, nos lo sugiere suavemente, sin prisa por llegar a parte alguna, porque ese camino del pensar, como el camino «machadiano», tiene valor en sí mismo y no en función del término al que nos conduce.

 

… Miraba el mar tardes enteras, hasta que me di cuenta de que alguien aguardaba y llamaba calladamente. Alguien que habría de venir, un hombre quizás desde los abismos de las aguas. Siempre me entendí muy bien con los pescadores y con los que habían surcado el mar tantas veces que ya era su patria. Alguien habría de venir sobre las aguas, y cuando la claridad de la primera alba se fundía con el mar dejando oscura la tierra, salía de mis sueños violentamente creyendo que podía venir en ese silencio en que la tierra se retira, se borra. Antes de la luz de la aurora. Antes de la aurora me despertaba. Con el rosa de la aurora resucita la tierra, el mundo de la sangre, del fuego, de la sequedad del deseo y de las cosas opacas. Aparecía ya la sangre en esa luz ni siquiera blanca, unas gotas de sangre celeste diluidas en la aurora y comenzaba el día y la historia, el hombre de la tierra hijo de esa herida celeste. Mientras que el que me despertaba llegaría caído de la luz, nacido de la luz en las profundidades de las aguas. Tan solo un instante haría vibrar el aire. Un pájaro, extendidas sus alas inmensas, por un instante se detuvo suspendido, un ave desconocida y que volví a ver. Pero yo salía de mi sueño por el rumor de sus alas, antes del día y de su luz.


María Zambrano (Fragmento)

 

 

BONJOUR, JE T’AIME


No es tiempo de dormir para siempre,
levantaré las persianas —yo te hablaba—
para que vuelvas a ver el sol y la lluvia
el mar y los caballos correr por las laderas.

Prometía cumplir mis promesas.
Hubo dioses que obraron el milagro.
A ellos cada nueva mirada y la nueva vida
al ver que se abrían tus ojos sin lágrimas.

Miré al cielo —bonjour je t’aime—


 Imagen, obra de Picasso
Poema @mjberistain

Maldito lunes


 

Se desperezó sin saber muy bien dónde estaba. Solo recordaba el momento de la firma.

—Señorita, puede usted firmar aquí. —sonó su voz aflautada.

—Y usted aquí, Señor. —carraspeó.

Lilith  no había estado en disposición de polemizar con aquel personaje de aspecto aristócrata venido a menos, con su peluquín mal colocado y evitando la mirada directa de los clientes con la excusa de acabar rápido aquel trámite rutinario, debido al exceso de trabajo en su despacho de notario.

La pantalla del ordenador llevaba parpadeando sin parar los últimos días intentando encontrar destinos exóticos para su huída. Lugares imposibles, islas salvajes, desérticos trozos de tierra, de arenas, que nunca antes había sabido situar en los mapas.  No había habido manera de acertar con la música durante la búsqueda de información para su viaje iniciático. Estaba inquieta, excitada. Ni Cohen, ni Queen, ni Mozart ni Celentano la habían inspirado en aquellos momentos. Desistió. Se recogió el pelo en un moño mal hecho  y decidió tomarse un baño de espuma perfumado. Después, se había sentado en la alfombra mordisqueando un pedazo de pan duro mientras en el televisor un documental de viajes de National Geographic había captado su atención. Se quedó allí, apoyada la espalda en el sofá. Enseguida Kaisser se tumbó a su lado.

Un individuo sucio de protuberantes mejillas rojas y nariz aplastada y granulosa, con un palillo asomando de la comisura de su boca sebosa, a donde acudía de vez en cuando alguna mosca, observaba la escena desde una mecedora apostada debajo del típico porche desvencijado de las películas de vaqueros. Los caballos se habían removido relinchando al escuchar los tiros que también les habían despertado a Kaisser y a ella. Eran las dos y cuarto de la madrugada.

—Kaisser… —murmuró somnolienta—.

La miraron unos ojos legañosos, quizás sin verla, pero con afecto, agradeciendo la caricia de la mano que le revolvía la cabeza.

La noche había resultado ser una sucesión de escenas del mejor Western en las que ella interpretaba el papel de «femme fatale». Vestía corpiños ajustados de colores dejando dos botones abiertos en su escote que animaban a los clientes a acercarse y alentaban el consumo continuo de cervezas y de ron hasta que caían rendidos a sus pies. Llevaba las faldas muy amplias y volanderas que dejaban a la vista puntillas de recio algodón blanco. Sus largas piernas semi cubiertas hasta los muslos sugerían con sus movimientos obscenos el deseado trofeo que centelleaba en su ropa íntima con frivolidad.

Le costó despertarse, a pesar de que a través de las persianas de colaban los rayos de una mañana luminosa y fresca. De repente se dio cuenta de que era lunes. ¡Maldito lunes! Ya no llegaba a tiempo a la oficina, se había quedado dormida en el último momento antes de que sonara el despertador con el que nunca se entendía. Pensó en tirarlo por la ventana, pero lo haría al volver del trabajo; no era momento de andar con tonterías. Se lavó como los gatos,  hizo un amago de cepillarse los dientes, —por supuesto que menos de tres minutos—, se ahuecó el pelo con los dedos, cogió el bolso al vuelo y saltó por encima de su perro que, atravesado en el pasillo en posición de alerta máxima, la esperaba para salir a la calle.

—¡Mierda! Tiró el bolso al suelo y cogió la cadena por si se encontraban con algún vecino por el camino. Kaisser ya estaba en el portal cuando ella se precipitó estrellándose contra la pared del descansillo del segundo.

—¡Mierda! —asestó un latigazo a la barandilla de las escaleras con la cadena del perro, lo cual hizo que la vecina del segundo (a la que apodaban «windmill» por su vocación de revolotear por la vecindad, sin cortarse después en contar a los vecinos todo lo que acontecía en aquella comunidad) saliera en camisón arropada con una gran bufanda apolillada atada al cuello para ver qué es lo que había ocurrido.

El perro  subió en dos saltos y se echó encima de la vecina consiguiendo que miss windmill perdiera su precario equilibrio y terminase también sentada en el suelo de la escalera.

—Si, si, —contestó Karla, involuntariamente despótica— el tobillo, si, el tobillo… mientras tiraba del collar de Kaisser intentando evitar un desastre mayor.

—Oh! le duele, verdad?, eso es que se ha hecho un esguince o en el peor de los casos una rotura de ligamentos o quizás se le ha astillado algún hueso o… —por favor cállese de una puta vez, murmuró Karla con los dientes apretados mientras la solícita miss windmill refería los peores pronósticos—. Yo también me caí una vez…  Le ayudaré a entrar en casa y le prepararé un café con unas tostadas y llamaré a un médico para que vengan a buscarle con una ambulancia.

Hubiera gritado con toda su alma. Estaba dolorida, por supuesto, y contrariada y  arrebatada de rabia. Veía desvanecerse sus planes de escaparse del mundo, por lo menos de manera inmediata como había pretendido. Despidió a la señora «windmill» agradeciéndole su ayuda, aunque hubiera preferido pegar un portazo en sus narices. Antes, había tenido que jurarle que ella misma se ocuparía de tomar un taxi e ir a urgencias, lo que le había costado casi tres cuartos de hora para convencerla y quitársela de encima.

Se tumbó en la cama intentando rebajar la tensión del momento. Llamó a la oficina para anunciar que no iría aquella mañana, por lo menos. No era solo que necesitaba unas vacaciones, lo que necesitaba era irse, desaparecer de aquel ambiente obsesivo y viciado que venía siendo su vida. Se había propuesto desmadejar aquella bola de enredos, desanudarla de su cuerpo, desterrar aquella ansiedad que la había acompañado, como una mala conciencia, ocupando el otro lado de su cama los últimos años. No le dio tiempo a dormirse. Sonó el timbre del portal, insistente. No esperaba a nadie, y menos a aquellas horas, así que pensó que no sería nadie conocido. Sin embargo la curiosidad le animó a acercarse a la pantalla del telefonillo para comprobar quién, desde abajo, había llamado a su casa.

—¡Inconfundible! —le dijo a Kaisser.

Apoyaba su brazo izquierdo contra la pared de tal manera que casi ocultaba su cara aunque su gesto le delataba.

—¿Qué demonios hacía allí a esas horas? ¿No había quedado todo meridianamente claro y definitivamente cerrado el día de la firma? El estupor la hizo retroceder unos pasos a la pata coja, y apoyarse en la pared del hall de entrada mientras pensaba en cómo interpretar aquella visita intempestiva y prepararse para lo que pudiera venir. Desde el quicio de la puerta de la cocina Kaisser la miraba con la cabeza ladeada y ojos compasivos.

—Ya habíamos hablado de esto tu y yo, de que podía ocurrir; ¿no es cierto?. El doberman hizo un ademán de complicidad con la pata sin dejar de mirarle.

Pulsó el botón de apertura de la puerta del portal. Esperó a que subiera el ascensor.

—La señora windmill me ha llamado para decirme que me necesitabas…

—Te he despertado, amor?

—¡No!


 

@mjberistain

 

 

 

 

 

 

LA BELLEZA DE LO ABSTRACTO

Recreación poética



TEXTO: Recreación @mjb de un poema de Patrick Jenings
IMAGEN DE PORTADA: @mjb_arts

Yves Klein


Este francés fue un artista, hombre del espectáculo e inventor que creó un tono que nunca había existido antes. ¿Cómo pudo lograrlo?

Un día de verano en 1947, tres muchachos estaban sentados en una playa de Niza en el sur de Francia. Para matar el tiempo, decidieron hacer un juego y repartir el mundo entre ellos. Uno eligió el reino animal, otro el reino de las plantas.

Antes de tumbarse y contemplar el infinito azul del cielo, el tercer joven escogió el reino mineral. Luego, con la alegría de alguien que ha decidido repentinamente qué destino darle a su vida, se dirigió a sus amigos y anunció: «El cielo azul es mi primera obra de arte».

Ese hombre era Yves Klein, a quien el crítico de arte Peter Schjeldahl de la revista estadounidense New Yorker describió en 2010 como «el último artista francés de gran impacto internacional». En un período de creatividad prodigiosa que duró desde 1954 hasta su muerte en 1962, por un tercer ataque cardíaco, a los 34 años, Klein definió el curso del arte occidental.

Lo hizo gracias a su compromiso con el poder espiritualmente edificante del color: dorado, rosa, pero sobre todo azul. De hecho, su devoción cromática era tan profunda que en 1960 patentó un color de su invención, que llamó International Klein Blue (azul Klein internacional, en español).

Nacido en 1928, hijo de padres pintores, Klein siempre mostró una tendencia por la espectacularidad. Le encantaba la magia así como los rituales arcanos de la mística orden Rosacruz —un movimiento esotérico de origen medieval— cuya influencia se manifestó posteriormente en su trabajo. Después de pasar un año y medio aprendiendo judo en Japón a principios de 1950, finalmente se instaló en París y se dedicó al arte. Su primera exposición de pinturas monocromáticas en varios colores se llevó a cabo en las salas de exhibición de una casa editorial parisina en 1955.

Su corta carrera se caracterizó por la abundancia de gestos radicales, muchas veces con el toque de su talento para el espectáculo. Por ejemplo, para celebrar la inauguración de una exposición individual en 1957 lanzó 1001 globos azules llenos de helio en el distrito de St-Germain-des-Prés de París.

Al año siguiente, hizo una exposición que ahora se conoce como ‘The Void’, que consistía sólo en una galería vacía pero que atrajo a una multitud de 2.500 personas, que tuvo que ser dispersada por la policía.

«Salto al vacío», su famosa fotografía en blanco y negro de 1960, muestra a Klein elevándose desde el parapeto de un edificio como un superhombre. Y como todos los actos de magia, la fotografía es en realidad un truco en el que la lona que en realidad sostenía a Klein no se ve.

Tal vez su performance más notorio tuvo lugar en marzo de 1960, en la inauguración de su exposición «Antropometrías de la Época Azul» en París. En esa ocasión Klein apareció ante el público vestido con un frac blanco, dirigiendo a tres modelos desnudas que se cubrían con una pintura azul pegajosa.

Mientras tanto, nueve músicos tocaban su Sinfonía monótona-silencio, que consistía en una sola nota interpretada durante 20 minutos, seguida por otros 20 minutos de silencio. Los cuerpos de las modelos pintadas eran impresos en un lienzo blanco, lo que Klein describió como «pinceles vivientes».

«El genio de Klein es cada vez más evidente», dice Catherine Wood, curadora de arte contemporáneo y performance del conocido museo londinense Tate Modern. «Ha sido tildado por algunos historiadores de arte como un charlatán o, debido al uso que hacía de modelos desnudas, como convencional y sexista, pero sus estrategias eran juguetonamente críticas y han adquirido una influencia significativa para las nuevas generaciones, Se podría decir que era un bromista crítico como Duchamp».

Ampliando el espectro

A pesar de su influencia en el arte conceptual, Klein estaba más preocupado por el color. En 1956, mientras estaba de vacaciones en Niza, hizo experimentos con un aglutinante polimérico para preservar la luminiscencia y la textura en polvo de un pigmento ultramarino en crudo todavía inestable, su patentado International Klein Blue (IKB) en 1960.

En 1957 Klein inauguró una exposición en Milán, que incluía 11 pinturas monocromáticas azules sin enmarcar, que marcó el comienzo de su «Revolución Azul». A partir de este momento el francés empezó a incorporar el IKB en todo tipo de objetos, como esponjas, globos y bustos de Venus. Incluso sus ‘pinceles vivientes’ sumergieron su carne en el IKB.

Yves Klein
El ministro del Interior francés, Manuel Vallas, visitó una exposición de Yves Klein
en Saint-Paul-de-Vence, en el sur de Francia en 2013.

Los historiadores de arte siguen debatiendo la importancia del azul ultramarino de Klein. Para algunos, representa una ruptura con la abstracción llena de angustia, tan popular después de la Segunda Guerra Mundial. Las pinturas monocromáticas planas en blanco, pintadas mecánicamente utilizando un rodillo, parecían repeler el arte expresionista.

Para otros expertos las pinturas monocromáticas sin profundidad de Klein y la obsesión con ‘el vacío’ son expresiones de la amenaza de un holocausto nuclear. «Es absolutamente necesario darse cuenta de que, sin exageración alguna, vivimos en la era atómica», dijo Klein una vez, «En la que toda la materia física puede desaparecer de la noche a la mañana para dejar su lugar a lo que podemos imaginar como lo más abstracto».

Como el artista dijo una vez: «Al principio no hay nada, luego hay un profundo vacío y después de eso una profundidad azul».

Sin duda, sus pinturas monocromáticas ricas y radiantes comparten una característica singular: todas tienen una calidad vertiginosa que parece que nos succiona de la realidad hacia otra dimensión inmaterial. Mirarlas es comparable a meditar bajo un cielo azul profundo, algo que Klein quizás intuyó cuando era joven, en esa playa de Niza en 1947.

«De todos los colores que utilizó Klein, el azul ultramar se convirtió en el más importante. A diferencia de muchos otros colores, que crean bloqueos opacos, el azul ultramar reluce y brilla, aparentemente abriéndose a reinos inmateriales. Las pinturas monocromáticas azules de Klein no son pinturas, sino experiencias, pasadizos que conducen hacia el vacío», explica Kerry Brougher, curador de la gran retrospectiva Yves Klein: With the Void, Full Powers, en el Museo Hirshhorn de Washington DC, en 2010.



*Alastair Sooke es crítico de arte de The Daily Telegraph. Escribe ampliamente pero no exclusivamente sobre arte moderno y contemporáneo y escribe y presenta documentales en televisión y radio para la BBC.

Puedes leer la nota original en inglés en BBC Culture

CONJURO

Chantal Maillard


Están sucediendo cosas…
Imagino un hilo de seda invisible que está rodeándome con sigilo, como si dibujara mi ser con mucha sutileza, su color gris perla apenas distinguible en la realidad. Me empuja con suavidad, silencioso, por caminos nuevos, que mi imaginación no concibió antes.

Una música, un poema, una imagen, una filosofía…

Me reconozco en todo ello, han ido sucediendo durante mi tiempo…

Sin embargo, algo nuevo, como un mensaje interior, aflora a esta superficie que ha estado siempre alerta en la búsqueda de algo muy necesitado. Armonía, Paz, Silencio…



LA OCUPACIÓN

Capítulo de mi libro LA CANCIÓN DE NERTA


Dormíamos hasta que llegaste con tu corazón diminuto a la casa de madera para compartir dentro todo el bienestar,
¿acaso no sabes que es cierto? —Japandia

Los habitantes del pueblo trabajaban en la obra, también los jóvenes de los pueblos de alrededor, incluso algunos llegados del extranjero. Lo llevaban haciendo desde que se habían iniciado los trabajos, en 1924, como carreteros y constructores de vía, días y noches abriendo las montañas con sus manos. Se construirían veinte túneles, a lo largo de un paisaje salvaje, de fuertes desniveles escarpados. Los trabajadores venidos de fuera del pueblo vivían en barracones de madera expresamente construidos para ellos. Se habían organizado en forma de comunidad a la que se habían incorporado también algunas de sus familias. A medida que avanzaba la obra, Myrdal, sin embargo, se convertiría en residencia para los oficiales.

Allí se había instalado el joven ingeniero alemán Mark Terboven, designado para supervisar los trabajos durante el último período de la obra. Era el otoño de 1939 y la puesta en marcha del ferrocarril estaba prevista para el otoño de 1942 —tres años más tarde.

El bar de Fläm acogía a todos por igual. La presencia del viejo dueño Bjorn era permanente, aunque ya solo se dedicaba a departir con sus amigos y vigilar que la comida caliente y el pan tierno de cada día estuvieran asegurados y sus clientes bien atendidos por parte de sus dos hijos Eirik y Frigga.

La Oficial Louise Bauman que llevaba trabajando en el valle varios años, prefirió quedarse a pie de obra en una pequeña casa de madera en la zona de barracones. Era una mujer vital e inquieta; su carácter fuerte y su espíritu conciliador habían hecho de ella una persona admirada y muy respetada por todos los que la conocían. Enseguida había simpatizado con las familias. Sus padres eran judíos de procedencia austríaca. Se habían trasladado a Suecia huyendo de los desórdenes en el centro de Europa, siendo ella aún una niña. Cuando terminó su educación básica, eligió estudiar Biología y sus padres le facilitaron el traslado a la Universidad de Oslo —antigua Real Universidad Federicana— al mismo tiempo que se especializaba en fotografía. Su madre le había inculcado su pasión por la lectura y ella fue descubriendo el placer de la escritura. Lo hacía después del mediodía, cuando ya había oscurecido y hasta bien entrada la noche, en artículos sobre historia natural en los que incluía imágenes tomadas con su Zeiss en sus salidas a la montaña. Consiguió que se los publicaran en la revista mensual de la propia universidad. Una vez terminados sus estudios, se alistó en el ejército noruego como técnico en protección y conservación de recursos naturales. Adoraba su trabajo y el país que había elegido para vivir. Le hacía feliz el contacto con aquella prodigiosa naturaleza: la belleza sobrecogedora de los fiordos, las montañas, las amplias mesetas nevadas o las laderas verticales, los bosques abrigados, los glaciares, las cascadas cayendo en las aguas de archipiélagos y playas de arena blanca. La luz de las noches en las que el sol no se ponía, o el resplandor del ártico sobre el silencio de las inmensas extensiones de hielo. Adoraba especialmente la vida de los pequeños pueblos costeros; y sus gentes.

Se dejó caer agotado en una de las sillas de madera, los brazos del ingeniero colgando a los lados de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos durante varios segundos, o quizás incluso minutos. No se dio cuenta. Le sobresaltó el chirrido inoportuno del vaso de cerveza que Eirik dejaba sobre la mesa. Al verla a ella, sentada enfrente con una sonrisa complaciente, de repente no supo comprender dónde se encontraba. Se incorporó, agitando su cabeza de un lado a otro, pestañeando para desperezarse con toda la dignidad de la que fue capaz ante aquella mujer que le había pillado por sorpresa.

—He debido de quedarme dormido, ¡lo siento! —Bostezó, cubriéndose la boca con ambas manos—

—No hay problema, —sonrió Louise— no quería molestarle y estaba aquí esperando tranquilamente. Este es un lugar perfecto para descansar y reponerse. ¿No es cierto? Yo también suelo hacerlo, pero… es curioso que no hubiéramos coincidido aquí antes.

—Bueno —dijo mirándola sin moverse de su asiento— es un placer. ¿Señora?

—Soy, por si no lo recuerda, Louise Bauman. Nos saludamos en la reunión de oficiales en Myrdal hace solo unos días.

—¡Oh, sí!, me acuerdo perfectamente de usted, aunque debo confesarle que, en algún momento, cuando la conocí, pensé que… —el oficial bajó los ojos y miró al vaso de cerveza intentando justificar la intención de la frase que se le escapaba de la boca, casi sin querer— bueno…, pensé que qué demonios hacía una mujer como usted en un sitio como este…, —y añadió urgente con una cómica inclinación de cabeza— con todos mis respetos, señora Bauman.

A ella le hizo sonreír el comentario y lo aceptó condescendiente.

—De acuerdo, —dijo el hombre— aunque por lo que veo usted ya sabe quién soy yo, en todo caso me presento. Se agitó en la silla, bebió un largo sorbo de cerveza y colocando el vaso en el centro de la mesa, sin soltarlo, dijo: soy Mark Terboven. Trabajo con un equipo de diez personas supervisando las necesidades de los hombres y la obra; los movimientos de tierras, la electrificación, canalización de aguas, la puesta en marcha de la central eléctrica, la colocación de vías…, en fin, soy responsable de que el proyecto llegue a buen fin en las fechas previstas. Así que… —en ese momento se apoyó con los brazos cruzados sobre la mesa para acercarse más a ella y, componiendo en su boca una sonrisa irónica llena de afectación, dijo: probablemente yo sea el hombre que busca…

Se hizo un silencio entre ambos que él rompió levantándose de la silla y ofreciéndole su mano a modo de saludo.

—Ahora…, hablando en serio, ¡déjeme que le invite a una cerveza!

—En realidad —dijo Louise— estoy aquí porque en algún momento tenemos que hablar usted y yo de la estación intermedia de la cascada.

Aquella misma tarde y las siguientes, cuando oscurecía, se encontraban en el bar de los hermanos Eirik y Frigga. Sentados uno al lado del otro, sus conversaciones giraban mayormente en torno a la obra. Un par de cervezas solían conseguir suavizar las tensiones de trabajo que les habían enfrentado durante el día. Hablaban también de la guerra —que se avecinaba— y de aquel futuro próximo que para ellos estaba lleno de interrogantes. Poco a poco fueron introduciendo comentarios personales en sus conversaciones. Se dejaron llevar por el placer de la compañía y de la complicidad, incluso hasta notaban cómo iba creciendo en ellos una cierta dependencia del otro que les salvaba a veces de las noches de miedo, cuando el cielo amenazante se llenaba de destellos de mortíferas bengalas cuyos sigilosos silbidos se escuchaban cada vez más cercanos.

Louise, cuando se retiraba a su casa, se dedicaba a revelar las imágenes que había tomado durante el día y a redactar informes. Cuando el sueño se le resistía escribía artículos sobre naturaleza que se publicaban después en algunos periódicos locales. No era su problema la soledad en aquellos momentos. En su interior, lejos de amilanarse su espíritu, sentía cómo crecía un conflicto que le incitaba a pensar en la acción. Sin embargo, el acercamiento que se estaba produciendo con Mark le impedía hacerlo con determinación. Por su parte, él iba apreciando ciertas señales de que había entre ellos un muro que parecía insalvable, y eso aún a pesar de suponer un misterio, le llevaba a interesarse más por aquella mujer que se le estaba clavando en el alma.

—Hoy háblame de lo que te atormenta. —Dijo Mark con voz severa una de las tardes, mirándola a los ojos—. Se produjo entre ellos un silencio tenso. Mark pasó su brazo sobre los hombros de ella y la apretó contra su costado, quitándole importancia a su negativa de enfrentarse al tema. Amaba a aquella mujer.

Les costó más que otras tardes despedirse hasta el día siguiente. Un haz de luz blanquecina se filtraba por la ventana aquella noche. Louise se quedó adormilada en el sillón al lado de la chimenea, contemplando el leve y lento desplazamiento de aquella estela polvorienta sobre su mesa de trabajo. Pensaba en él, en su último abrazo, que se había demorado más de lo habitual. Se había sentido extraña en sus brazos. No había sido un abrazo fraternal como otras veces, tampoco habían ayudado a entenderlo sus uniformes de oficial, lo sabía. Pero había sido un gesto nuevo en el que se había encontrado en un espacio lleno de cálidas sensaciones a las que no había podido resistirse. Pensaba en él. En cómo se había despegado, sin soltarla de sus brazos, para mirarla a los ojos. Después se habían separado sin decirse nada…  Se dejó invadir por el sopor imaginando cómo sería el color y el calor de su piel desnuda. ¿Cómo podría explicarse? Era capaz de explicar el aire rozando las colinas, el sonido del agua discurriendo por los valles, el grito de algún animal herido desde la lejanía, pero ¿cómo explicar aquel mundo de miradas sugerentes, de gestos equivocados y esquivados tantas veces, de palabras que se dejaban caer como si no tuvieran ningún sentido? Aquella tarde había leído el deseo en sus ojos y ella se había agarrado a él como tratando de evitar caer a un precipicio. ¿Cómo explicarse cómo era él? Se abandonó acordándose de los susurros de su voz cálida, deslizándose en su cuello pronunciando muy despacio su nombre, la humedad de sus labios lamiendo sus ojos, el roce de su mejilla en su cara, sus manos revolviendo su pelo, o el vértigo al puro vacío en sus brazos atrayéndola firme hacía su vientre encendido…

Sentía su presencia cercana en el temblor delirante de su cuerpo, y cómo se iba apoderando de ella y de su sueño en el oscuro silencio.

Le despertaron a mitad de la noche las voces y los golpes en la puerta.

Afuera la noche oscura enmarcaba la palidez sobrenatural de la cara desencajada y sudorosa de Ulma. Llegaba sin resuello, sus manos temblorosas se apretaban con saña a su delantal manchado de sangre.

—Ven conmigo rápido. Louise por favor, te necesito. —consiguió tartamudear de angustia—

Louise no preguntó nada, no se lo pensó y salió corriendo detrás de aquella mujer, horrorizada. Todavía estaban con vida cuando llegaron. La criatura yacía junto a su madre entre toallas y fluidos como un desperdicio gelatinoso y morado, inerte. Las dos mujeres se miraron, no hablaron, intentaron con coraje y manos sabias pero temblorosas, reanimarlas. Cuando la niña lloró, Louise elevó los ojos al cielo, agradeciendo al Creador su ayuda en aquel instante, pero lloró amargamente cuando se desvaneció finalmente el latido de la mujer que le había dado vida a la pequeña.

—No tiene a nadie más, —se escuchó apenas el lamento de Ulma, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y lágrimas imparables, mientras sostenía apretado a su pecho el pequeño fardo con vida que lloraba con desconsuelo—.

Ulma era una mujer muy respetada y querida en el pueblo. Era matrona. Se había quedado viuda hacía varios meses. En aquel momento hubiera querido explicarle a Louise que la joven madre era su propia hija adoptiva. Quiso explicarle cómo se había complicado un parto que en principio no tenía ningún riesgo. Quiso explicarle que el padre de aquella criatura había sido marino y había muerto en febrero de aquel mismo año en los incidentes con el buque alemán Altmark en aguas neutrales. Quiso explicarle que ella los conocía bien, que había querido a aquella mujer desde su nacimiento, cuando milagrosamente había sido encontrada todavía viva, pegada al cuerpo de su madre, en la base de la gran cascada Fjossen. Que los alemanes la pretendieron para su proyecto Lebensborn, pero ella y su marido la habían solicitado en adopción, que les había colmado la vida. Quiso decirle que también la había ayudado durante su tiempo de duelo por la muerte de su marido y con su embarazo. Que era la hija que ella siempre había deseado tener… Pero su voz no pudo.

Aquella noche de urgencias con la devastadora sensación de muerte a su alrededor, las dos mujeres decidieron ocuparse ellas mismas de solucionar los dos problemas; el enterramiento de la joven y el cuidado de la niña hasta que oficialmente se le pudiera dar una solución. Louise fue quien se ocupó de avisar al médico del hospital de campaña para que revisara a la niña y les ayudara con las gestiones de la joven mujer muerta. Convinieron en que, en principio, ella se haría cargo de los gastos necesarios para sacar adelante a la pequeña y contrataría a Ulma y le pagaría un sueldo para que se ocupara de sus cuidados el tiempo que necesitaran hasta poner orden en aquel caos. Se organizó para instalar a Ulma y a la niña en su propia casa. Había espacio suficiente y estarían más cómodas las tres. Las horas se alargaban contemplando la evolución de la pequeña mientras cavilaban en darle un nombre. Convinieron en el de Gunhilda —cuyo significado era «doncella en la batalla»— a ambas les pareció que sería el más adecuado para una mujer que nacía para ser una luchadora en la vida.

Aquel atardecer, Mark se encontró a una Louise conmocionada. Se apretó a su abrazo, exhausta. Se rompió en lágrimas bajo la luz amarilla parpadeante del bar. Entre ellos, ambos vestidos con el uniforme, descubrieron la grandeza del amor; del amor, de la entrega, el de la comprensión, la caridad y del amor carnal. Aquella noche y las siguientes hablando al calor de la lumbre, fueron desatándose las pasiones; el miedo, la rabia, la responsabilidad, la impotencia… Se miraban uno a otro como si fueran náufragos sin historia ni porvenir en una isla desierta. El silencio de los bombardeos cercanos les asustaba más que el amanecer de otro día entre el caos de la tierra herida; les asustaba más que la imagen de mujeres y niños arrastrando la sed y el hambre por las laderas de aquel bellísimo paisaje que estaba siendo ocupado. Solían amanecer abrazados, sus sueños turbulentos se interrumpían varias veces durante las noches por caricias envueltas en el placer de la proximidad inevitable de sus cuerpos. Se amaban desesperadamente, sus ojos se llenaban de lágrimas de emoción y agotamiento. No había lugar para la soledad en aquel hogar de materia parecida a la ternura. Cada amanecer les sorprendía con la rendición escrita en sus miradas frente al campo de batalla; el amor debía de ser algo parecido a la pura necesidad de alguien a tu lado cuando el mundo se desmorona. Les había estallado sigilosamente por sus venas, mientras se amaban arrinconados, contra el muro de la guerra.

Abril llegaba ese año estremecido, con el color de la ceniza en el paisaje. La gente se movía cabizbaja, somnolienta, no había alegrías que contar, el bar parecía un lento corazón siniestro, ocupado por gentes desconocidas hablando en el idioma del horror. Los mayores dejaron de frecuentarlo y se reunían en la casa de alguno de ellos, donde ya solo hablaban en voz muy baja de resistencia. Era la primavera de mil novecientos cuarenta.


LA BELLEZA DE LAS NIEBLAS

Subida a Monteperdido


No puedo ocultar una cierta debilidad y deleite cuando la meteorología anuncia nieblas en mi zona. Armo mi mochila, cargo las baterías de la cámara, y preparo mi ropa y mis botas de invierno para enfrentarme al frio antes de irme a dormir. Salgo de madrugada donde quiera que me encuentre y me pierdo en el algodón que difumina, ocultándolo, el paisaje tan sugerente…

Estas imágenes fueron tomadas durante la subida a Monteperdido
con un grupo de Asafona (Asociación Aragonesa de Fotógrafos de Naturaleza)

Pulsa sobre cualquiera de ellas para verlas en forma de carrusel en mayor tamaño



A la literatura no le pido que me entretenga…

María Negroni:


Charla con la celebrada escritora argentina a propósito de “Colección permanente”, su nuevo libro, en el que consolida un recorrido por los pliegues de la escritura y la lectura a través del cruce entre el ensayo, la autobiografía, la biografía y la entrevista apócrifa

PorHinde PomeraniecSeguir en

24 Ago, 2025 05:50 a.m.Actualizado: 24 Ago, 2025 03:56 p.m. ESP

En «Colección permanente», Negroni vuelve a ciertas preguntas como qué es escribir, qué es la poesía y qué es un escritor.

María Negroni escribe y hace tiempo que enseña a escribir, pero antes enseña a leer y a distinguir lecturas que ofrecen mucho más que una historia o una anécdota: lo que enseña María es a buscar un lenguaje, una forma de contar, una singularidad allí donde, asegura, no existe una página en blanco porque “todo ya ha sido escrito”.

Maríavolvió recientemente a la Argentina luego de una residencia de un año en Berlín, estancia que le fue otorgada por el DAAD (iniciales de Servicio Alemán de Intercambio Académico, en alemán), el programa de artistas considerado como uno de los más prestigiosos del mundo. Su obra, que fue reconocida con premios y distinciones como la beca Guggenheim y el Konex de Platino, es vasta, variada y cada vez más destacada por la crítica y también por lectores sensibles y exigentes.

Poeta, ensayista, narradora, docente, MaríaNegroni nació en Rosario y vivió muchos años en Nueva York. Es autora de libros como Elegía a Joseph Cornell,Islandia,Objeto SatieEl sueño de Úrsula,La anunciación,Archivo DickinsonPequeño mundo ilustrado,El corazón del daño (un libro que la hizo llegar a nuevos públicos y que tuvo una celebrada versión teatral dirigida por Alejandro Tantanian y protagonizada por Marilú Marini)Cartas extraordinarias.

Muchas de sus obras fueron traducidas a otras lenguas y ella misma tradujo a poetas como Elizabeth Bishop, Sylvia Plath y Marianne Moore entre otras.

María Negroni tiene un doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Columbia y es la creadora y directora de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF). Recientemente Random House publicó Colección permanente, su nuevo libro, en el que una vez más cruza de manera singular el ensayo con la autobiografía y la biografía y suma la entrevista apócrifa como género para consolidar un recorrido por los pliegues de la escritura y la lectura.

De esa ruta literaria que María propone casi desde el comienzo de su carrera se desprenden preguntas que admiten múltiples respuestas como qué es escribir, qué es la poesía, qué es un escritor, y también una vez más retazos de su vida y de su propio recorrido como escritora y lectora. Lo que sigue es una reproducción de la conversación que mantuvimos semanas atrás, durante la grabación de un episodio del podcast Vidas prestadas.

— Cuando se habla de géneros o de formas narrativas, cuando se habla de escribir bien o mal, hay un concepto que repetís y es el de que, como lectora, leés y te interesan las escrituras. Podríamos empezar por ahí. ¿Qué significa exactamente leer “escrituras”?

— A ver, es interesante porque podemos empezar por el revés, lo contrario de eso. Mucha gente te dice “Sí, ese libro me resulta muy entretenido”. Y yo digo: bueno, yo no le pido a la literatura que me entretenga. De hecho, los libros entretenidos me aburren profundamente. Lo que me seduce en un libro es eso, la escritura. ¿Y qué es la escritura? Porque esa sería la pregunta.

— Exacto.

— La escritura es un corrimiento de la anécdota o del tema o de la trama a una especie de incursión al instrumento mismo, que es el lenguaje. Entonces, en algunos libros hay escritura; en otros, no. ¿Sabés quién hablaba de esto?, Marguerite Duras. Ella decía: hay libros que no tienen autor. Autor o autora, ¿no? Que son libros donde no pasa nada a nivel del lenguaje. No hay un temperamento que se tensa de una determinada manera. Ella decía que en realidad existe una subliteratura, la descalificaba absolutamente. O sea que en las mesas de las librerías hay muchos libros que se venden como literatura pero que no lo son: son entretenimientos. Lo que pasa es que para entretenerme, no sé, prefiero otra cosa.

— Estaríamos hablando de literatura/entretenimiento versus literatura/arte. Sería así.

— Sería así, sí. Digamos que la literatura que me interesa, en todo caso, es la literatura que plantea preguntas ¿no? Es como si yo te dijera que en la literatura, así como en las personas, hay niveles de problemas, de problemáticas. O sea, vos podés transitar toda una conversación de media hora sin ir dos segundos más abajo de la banalidad. Entonces te mantenés en una superficie. Eso también pasa en la literatura.

— Y estamos hablando del lenguaje.

— El lenguaje además es una cosa impresionante. El lenguaje es como el mundo. Ya lo decía Wittgenstein, ¿no? La amplitud de mi lenguaje es la amplitud de mi mundo. Entonces, viene muy al caso con lo que está pasando ahora con el lenguaje, que hay una degradación tremenda, a todo nivel. Entonces es como que todo se aplana, los significados se calcifican. No hay espacio para la incertidumbre del sentido, para las dudas, la ambivalencia, la ambigüedad.

— Para la elegancia. Tal vez podríamos conformarnos con una lengua común elegante.

— Elegante, sí. Elegante. Digna..

— Exacto. Ahora, en Colección permanente hay mucha reflexiónacerca de todas estas cosas. Hay mucha cita, mucha paráfrasis. Sos más de reescribir lo que dijeron otros. Eso forma parte de tu estilo, o de tu género, diría, ¿no?

— Sí.»Colección permanente», de María Negroni, fue publicado por Random House.

— En tu libro anterior, Cartas extraordinarias, utilizabas frases, conceptos, ideas de autores en forma de cartas; que es el mismo trabajo, en un punto. Esto me hace pensar en las formas del lenguaje y en la pregunta acerca de qué es un autor. Tal vez es alguien que hace crujir o implosionar el lenguaje. Con lo cual, termina teniendo un lenguaje propio.

— Exacto. Pero con una salvedad, diría, un agregado. Que vos decís que yo parafraseo, lo que sea, la literatura se hace con la literatura. O sea que eso de la página vacía es falso. La página está siempre llena porque todo lo que nosotros pensamos, sentimos, odiamos, etcétera, etcétera, todo ya ha sido pensado, odiado, amado, ¿entendés? O sea, ya se ha escrito. Lo han escrito desde Gilgamesh para acá. Lo que quieras. Entonces, uno no escribe desde la nada.

— Totalmente.

— Ni siquiera la experiencia es absolutamente propia, es humana. O sea, de la condición humana que nos toca, nos ha tocado desde siglos y siglos, que vienen de atrás.

— Es construcción, además, claro.

— Construcción. Entonces, estás trabajando con un material que ya ha sido mil veces manipulado, armado, construido, destruido, reconstruido. Y vos tenés que armarte como un caminito ahí por donde, dos cosas, uno es ir más abajo de vos misma, o sea, como yo digo: el descenso es fundamental. El descenso que hacían los héroes épicos y que todavía hacemos cuando escribimos, que es la desnudez, y después de la desnudez, ir más abajo a ver qué hay. O sea, uno escribe con ese material, que es como un material volcánico que está ahí pero al que no siempre uno accede porque, además, da mucho miedo, ¿no? Entonces, por un lado, eso de bajar. Y, por otro lado, incorporar a todas esas maravillas, porque para mí es una alegría enorme encontrar las voces, las sensibilidades afines.

— Es un festival poder hacerlo.

— Claro, encontrar a alguien que se ha emocionado con lo mismo, que se sintió perturbado por lo mismo. El otro día estaba leyendo un libro que todavía no salió, en donde están compiladas las entrevistas que le hicieron a Néstor Sánchez, que está por publicar su hijo. La investigación es de Federico Barea, un amigo.

— Qué buena noticia ese libro. Un escritor que hay que recuperar, Sánchez.

— Sí, un autor que a mí me encanta. Y en un momento el tipo dice: “Detesto las novelas que se pueden contar por teléfono”. Y yo digo: bueno, qué claridad. Como que en realidad la literatura no pasa por ahí. No pasa por la historia.

— Bueno, claro, porque también lo que aparece en discusión es lo clásico versus la vanguardia. Y también la forma del lenguaje en la narrativa o del ensayo e incluso la poesía dentro del lenguaje con el que se trabaja narrativa y ensayo. Algo sobre lo que hablás todo el tiempo, también, como poeta. En este libro volvés a esta idea ede vincular la poesía con la infancia.

— Y, sí. A ver, la infancia tiene que ver con la imaginación, que es un derecho al que hemos renunciado. Como que parecería que no hay espacio… La imaginación es un territorio maravilloso, de muchísima libertad. Entonces, yo creo que hay algo que perdemos al volvernos, o quizás habría que decir al quedarnos, adultos. Porque la adultez no es algo en lo que uno se vuelve como que crece: uno decrece en la adultez. Se queda adulto. Entonces, a mí me parece que hay algo que perdemos ahí y que el arte es para los adultos un poco el equivalente del juego en la infancia. Es un juego complejo ¿no? Un juego peligroso muchas veces; un juego difícil, contradictorio, complejo. Pero, al fin y al cabo, es un juego que produce mucho placer a cualquier persona que crea.

— Te escuchaba recién cuando hablabas de esto de que no trabajamos con la página en blanco o que no venimos con la cabeza en blanco y que todo ya de algún modo se hizo. Digamos, frases que uno le ha dicho muchas veces a gente que empieza a escribir y que cree que, en realidad, nadie antes escribió sobre ese tema o de esa manera, de pronto, y hay que explicar: no bueno, mirá, hay toda una serie de autores que trabajaron esto. Y no podía dejar de pensar también en la inteligencia artificial, en el sentido de que todo eso que nosotros llevamos incorporado “humanamente” se lo estamos cediendo también a la máquina, ¿no? Porque la máquina tampoco empieza de cero, empieza con todos nuestros insumos.

— Claro, total. Exacto.

— Me alucina.

— No, no, es fascinante. No tengo claridad sobre el tema pero sí podría decir que es interesante, vos usaste la palabra insumo. Entonces todo eso lo tiene, lo que le falta, porque yo te decía ahí, te hablaba del descenso y te hablaba de buscar la fisura adentro de esos insumos. Yo creo que eso todavía la inteligencia artificial no lo hace. No sé si lo hará.

— Cuando estás hablando de ese tema en el libro creo que en algún momento usás, y me gustó, la idea de buscar el caminito, como si uno dijera: la ruta propia.

— Una vez le pregunté a Burucúa qué era la belleza y pensó un momento y me dijo: la belleza es un resplandor.

— Y, sí, tal cual. Sarlo decía que era una iluminación profana, que es muy lindo, también, ¿no? Entonces se produce esa especie de luz inesperada. Inesperada. Eso es fundamental. Para ir a esa luz no es tan fácil porque el vocabulario, la sintaxis, el lenguaje, en general, también tiene mucho de convención y entonces uno tiende a repetir el sentido común, el cliché, lo consabido.

— Cuando escribís, ¿te leés y decís: no, esto es sentido común o esto “es demasiado” y te corregís?

— Me pasa poco eso. Más bien creo que mi riesgo es el contrario. O sea, de repente, no sé, estoy pensando en voz alta… Pero quizás a veces me pregunto si…

— ¿”Me van a entender”?

— Me van a entender, sí.

— ¿Te preocupa eso?

— No. No (risas). No me preocupa.

— Mencionaste a Sarlo, el título de su último libro, No entender, tiene que ver con eso también.

— Claro, claro. Sí, no me preocupa mucho pero sí me lo han dicho: “qué difícil escribís”. Bueno, no sé, no para mí. Yo me entiendo, digamos. Y además, claro, por ejemplo, más que sobre mí, que no importa, por ejemplo, ahora estoy leyendo un libro de un filósofo, un tipo muy erudito, un vasco que se llama Ramón Andrés. Y ha escrito muchísimos libros, entre ellos uno que se llamaPensar y no caer. Y vos lo leés y es muy difícil, lo tengo casi que estudiar. Ahora, a mí ese libro no me aburre en absoluto.

— Te desafía, también.

— Me desafía, digo: ah, este hombre. Y de repente me encuentro con esos resplandores… Una cosa laboriosa porque mezcla la matemática con la filosofía. Es complicado, pero esos momentos a mí me hacen el libro.

— Colección permanente tiene un vínculo importante con El corazón del daño en relación con tu biografía personal -con algo del regreso de los 70- y también con tu biografía como autora y como lectora. Y con un juego entre los fragmentos que son dificultosos, laboriosos, dijiste y me gusta, y esos otros que son más accesibles porque es la historia común, ¿no? Me parece que ahí, en ese juego, conseguís algo muy interesante para el lector.

— Puede ser. Y además también están las entrevistas, que son como, creo yo, los momentos de humor, ¿no? Porque ahí es como que les hago decir a los otros cosas que obviamente pienso yo.

— Lo que pasa es que, al mismo tiempo, es interesante porque para redactar una entrevista apócrifa o una carta apócrifa (como en tu libro anterior) tenés que conocer muy bien la obra y el pensamiento del sujeto protagonista.

— Obvio.

— Es una forma de la biografía lo que estás haciendo.

— Es una forma de la biografía pero digamos que me meto con Huidobro. Por ejemplo, yo sé que a Huidobro no le interesaba Neruda pero hago que le pregunten qué cosas no le gustan, y él dice: los chihuahuas, las artesanías, Neruda, no necesariamente en ese orden. Entonces ahí me divierto mucho, también.

— Estamos hablando de escribir, y en varios momentos del libro hablás de las obsesiones. ¿Las obsesiones se terminan cuando se termina de escribir el libro?

— No, no se terminan. Yo creo que, en primer lugar, las obsesiones no son muchas en cualquier escritor o escritora. Hay como una especie de gama, se cuentan con los dedos de una mano. Y a mí me parece que uno con el tiempo, con la experiencia, con la escritura misma, va a haciendo no un círculo, o sea, no volves a la obsesión en el mismo lugar, sino que vas haciendo una especie de espiral que va más arriba o más abajo pero encontrás la obsesión en otra tonalidad. Como si fuera el teclado del piano, la obsesión vuelve en otra tonalidad. Pero las obsesiones me parece que son siempre las mismas, que se van quizás suavizando, se les baja el un poco. A veces llevan la delantera, otras veces juegan atrás…

— Se asordinan o se hacen más estridentes.

— Exacto. Exacto.

— Sabés que mientras hablás de la figura de espiral pensaba en la estructura de espiral de El limonero real, de Saer.

— Ay, sí, claro. Divino ese libro.

— Esa novela de Saer es algo impresionante. Cada vez que se habla de la literatura difícil versus la literatura que conmueve siempre cuento que la leí hace muchísimos años, y que aún siendo una narración compleja recuerdo haber llorado desconsoladamente con esa novela. O sea, no tiene nada que ver la emoción con la dificultad o la facilidad para leer sino con el modo en que alguien llega a vos con una escritura, ¿no?

— Absolutamente, sí. Y Saer está medio como olvidado en este momento, viste.

— Bueno, depende. Este año, por ejemplo, es un aniversario redondo de su muerte y un poco se vuelve por ese lado. Pero me parece que sí hay algo de lo que hablábamos al comienzo, en relación a cuál es la literatura que gana los espacios.

— Exacto. Y algo que también yo menciono en el libro acerca de la obligación de lo actual

— Bueno, es muy interesante cuando hablás de cómo el mercado termina absorbiendo los márgenes. Cómo algo que arranca en los márgenes es capturado rápidamente por el mercado… Y das como ejemplo la literatura escrita por mujeres y los temas de mujeres en los últimos años. Me interesa eso.

— Es que sí, es impresionante. O sea, lo de las operaciones literarias, ¿no? Que hasta ahora han sido, bueno, el caso del Boom, por ejemplo, y el caso del sexo, droga y rock n’ roll en los 60. Y ahora hay una agenda como muy variada ¿no?

— Ahora, en relación a los temas de género hay en realidad un backlash contra todo aquello de los últimos años.

— Sí, pero todavía no lo hemos visto en la literatura ese backlash.

— Porque en todo caso se sigue publicando lo que se produjo.

— Lo que se había escrito antes, sí, sí. No me asustes porque ya eso sería como para suicidarse (risas).

— Bueno, pero si mirás lo que está pasando en general en términos políticos, sociales y culturales, eso va a llegar también.

— Va a llegar. Sí, tenés razón, no lo había pensado. Bueno, pero lo que ya hubo, lo que hay, también a nosotras nos compete esta especie de auge. Por supuesto que estoy súper a favor de todos los reclamos y las luchas que han hecho las mujeres no ahora, no con la Cuarta Ola, esto ya viene de muchas décadas atrás, y todo eso ha sido extraordinario y necesario, sobre todo en términos de la recepción de la escritura de la mujer. Porque yo no creo que la escritura sea diferente en mujeres y hombres, pero sí la recepción: es una obviedad. Entonces, yo creo que ahí el mercado… y digo el mercado pero no me refiero a las editoriales solamente, ¿eh?

— No, también al gusto.

— Sí. A las universidades. Lo que se enseña, lo que leen las críticas, las mujeres también, críticas literarias. Ahí, de repente, se hace un “deber ser”, ¿no? Agendas supuestamente progresistas vienen a copar el mercado y, dentro de eso, hay cosas que no son tan valiosas. Lo siento, es así. Es como una vez, yo vivía en Estados Unidos, y habían hecho me acuerdo una antología así, de esta altura (Nota de la R.: María hace un gesto con las manos que representa la altura de un libro muy grande), de poetas centroamericanas. Y digo: a ver, cómo puede ser, no hay tantas mujeres de Centroamérica para hacer una antología así, ¿entendés? No hay quizás ni de toda América

«Yo no creo que la escritura sea diferente en mujeres y hombres, pero sí la recepción», dice Negroni, que también sostiene que no toda la literatura escrita por mujeres es sobresaliente.

— Sí. Y lo que estás diciendo también tiene que ver con el tema, con qué contás. Porque lo relevante es cómo lo contás, ¿no? Todos los temas valen de acuerdo a cómo son narrados. Todos podemos tener montones de historias para contar.

— Exacto. Pero con eso no alcanza, tal cual. Pero es un mecanismo un poco perverso, también. Entonces, de repente, a mí me pasa como escritora mujer, que tengo que decirlo porque lo siento así, y es que no todo lo que está escrito por las mujeres es excelente.

— No toda la pintura. No toda la música hecha por mujeres.

— No toda la pintura. No toda la música.

— Pero toda la vida hubo mucho de todo eso, la gran mayoría de lo que se producía se mantenía oculto.

— Que estaba oculto y que es rescatable, claro. Que nadie había leído. No sé, hasta el caso de esta escritora que yo amo que es Emily Dickinson. Pensar que es una mujer que era estrictamente contemporánea de Emerson. Y Thoreau y todos esos grandes. Y ella ni figuró. O sea, en vida no publicó con su nombre un solo poema. Entonces, bueno, eso es gravísimo, también.

— Hay dos hombres de los que quiero hablar con vos.

— A ver.

— Uno es Juan Gelman y otro es la figura del “querido maestro” que aparece en tu libro. Sobre Gelman contás algo muy interesante acerca de cómo lo conociste, cómo incluso se hospedó en tu casa, cómo se siguieron hablando, cómo te llamaba de pronto cuando estaba en Nueva York para leerte algo o para pedirte cierta bibliografía porque no la tenía encima. Tuve la suerte de conocerlo y de entrevistarlo y me gusta eso que contás de que era alguien que hacía reír a tus chicos. La verdad, era una persona encantadora, además de una bestia como poeta.

— Una bestia, sí. Poeta en palabras mayores.

— Era una gran persona. Por eso, empecemos por Juan.

— Bueno, a ver, qué decirte de él. Es mi admiración. Yo además lo he releído hace poquito, no sé si sabías que van a reeditar toda la poesía.

— Qué bien.

— En tres tomos. El primero es la poesía en Argentina, que escribió en Argentina. La segunda es la exiliar. Y la tercera es la que escribió en México. Y a mí me dieron para hacer el prólogo de la exiliar, que es la primera que va a salir. Entonces me di el gusto de volver a leerlo todo. Es una cosa impresionante Gelman como poeta. Eso es para mí ante todo pero, además, haber tenido el placer, el privilegio, cuando Mangieri (N. de la R.: el poeta y enorme editor de poesía José Luis Mangieri) me llamó para decirme ¿vos lo podrías…?

— Hospedar en tu casa…

— Yo dije: ¿dónde está? No nos conocíamos, obviamente. No siempre son placeres con la gente que hospedás, eh. Porque he tenido también otras visitas en mi casa pero con él fue una cosa tan hermosa. Y lo de los llamados telefónicos también era interesante porque él era muy ciclotímico, entonces, por ejemplo, esos llamados en los que me decía: escucha este poema que escribí. A mí me producía pudor, ¿entendés? Gelman leyéndome el poema que acaba de escribir. Entonces estaba amoroso y qué sé yo.

El poeta Juan Gelman esEl poeta Juan Gelman es uno de los personajes del nuevo libro de Negroni. En la foto, con su nieta Macarena, hija de su hijo Marcelo, quien fue secuestrado por la dictadura junto con su esposa embarazada de siete meses. Los restos de Marcelo fueron recuperados en 1990.

— Toda esa intimidad de la escritura, además, ¿no? Un poema que acababa de escribir.

— Esa intimidad, claro. Y después, suponete, yo llamaba al día siguiente y por ahí estaba como muy secote, ¿no? No era siempre, no era parejo. Y sabés que tenía otra cosa muy hermosa, que no era arrogante para nada. Un tipo tan generoso, viste. Yo me acuerdo de ir a México y que me dijera: ¿dónde te estás hospedando? Yo voy a tu hotel a verte. Yo decía: no corresponde, tengo que ir yo. No, no, no, voy yo. Y venía, se tomaba el café. No, siempre para mí él es una figura tutelar, definitivamente. Y además porque compartimos la política, también, y toda su posición, todo lo que hizo de su compromiso, su crítica después, su alejamiento de la organización (N. de la R: Montoneros), después. Cómo él se mantuvo, porque nunca se fue para ningún lado, entendés. Un tipo con una trayectoria y una claridad…

— Y con su historia personal, además. Su hijo y su nuera desaparecidos por la dictadura, ella embarazada. La recuperación de los restos de su hijo, luego el encuentro en Uruguay con su nieta Macarena, nacida en cautiverio.

— Sí, sí, sí. La verdad que es como que me produce un respeto. Y casi te diría una alegría porque hemos visto casos, no quiero mencionar funcionarios públicos actuales, que han hecho unas derivas que vos decís cómo llegaron, ¿no? Y él, no, sin ser condescendiente con nosotros mismos porque también era muy autocrítico y, por ejemplo, me acuerdo de una vez que en la Feria del Libro de Buenos Aires una mujer del público le preguntó: ¿Usted qué piensa del verso que dice: “la poesía es un arma cargada de futuro”? (Nota de la R.: poema del mismo nombre Gabriel Celaya al que Paco Ibañez le puso música? Y él le dice: Vaya a preguntarle a la viuda. Así le contestó.

— ¿Eso dijo?

— Eso dijo. O sea que no era un tipo que te iba a contestar algo para quedar bien, entendés. Decía lo que pensaba.

— Sí, por eso decís que no era condescendiente. Ahora vamos a la otra pregunta: ¿hubo un maestro?

— Maestros hubo muchísimos.

— ¿Y están todos consolidados en esa figura a la que le habla la narradora?

— Soy yo, también, el maestro. La idea del maestro la saqué de Dickinson, eso sí lo sabés. Porque yo trabajé mucho sobre Dickinson y cuando se abrió su correspondencia aparecieron diez cartas que las empezaba con “Dear Master”. Y empecé a averiguar, no solo yo, hay todas unas hipótesis de quién es el maestro. Entonces algunos decían que era un pastor anglicano que ella había conocido en Filadelfia. Otras hipótesis decían que era un crítico que después le pidió matrimonio y ella rechazó. Pero en definitiva no se sabe quién es el maestro. Y acá un poco lo mismo, digo: por qué no. Yo quiero tener mi maestro. Obviamente, a ver, en primer lugar los primeros maestros son los libros. Pero como figuras también he tenido maestros. Gelman es uno, ¿no?Negroni dirige la Maestría de Escritura Creativa de la UNTREF: «Siempre les digo a la gente que está en la maestría: ustedes tienen que desaprender». (Ale López)

— Claro.

— Gelman es uno. Y después he tenido interlocutores.

— Cuando abandonaste el Derecho, cuando decidiste que no ibas a ser abogada como tu padre y comenzó tu carrera en la literatura, ¿fuiste a talleres, tuviste tus maestros?

— No. Estuve, sí, pero el maestro de este libro no es una figura real.

— Vos sos una maestra para muchos, sobre todo a partir de la maestría de la UNTREF, ¿no es cierto? Te reconocen así, como maestra.

— A mí me encanta enseñar, aparte. Me encanta. Y de alguna manera el libro tiene como una idea y por eso lo escribí, porque cuando di ese discurso en el FILBA yo dije…

— Aclaremos un poco, la idea del libro es como un desprendimiento o más bien un engrosamiento de “Seis fragmentos a favor de lo indócil”, el discurso inaugural que diste en el FILBA en 2022.

— Exacto. Entonces yo dije bueno, he pensado mucho sobre todas estas cosas. Aparte, cuando uno da clases viste que las vas como variando y veces me dicen: ¿pero cómo te acordas de las citas? O ¿de dónde sacás las citas, las vas a buscar a los libros? No, las tengo en la cabeza. Me las acuerdo porque las repito en las clases. Entonces, te decía que tuve varias frustraciones en esos talleres de cuando empecé. Me acuerdo de que además yo tenía a mis hijos chiquititos en esa época y había unos talleres, como te diría, bohemios, que empezaban suponete a las 8 de la noche y terminaban a las 12.

— No contemplaban que si eras madre tenías horarios diferentes, que había que bañar a los chicos y llevarlos a dormir, por ejemplo.

— Claro. Y yo decía: esto no es para mí. Y después me fui muy rápido de acá, de Argentina, también. Apenas salió mi primer libro me fui.

— ¿Qué año?

— 85. Cuando apenas había llegado la democracia, o sea, no llegué a participar del mundo de las revistas literarias, de las lecturas. A veces me hablan de cosas o gente que no conozco. Después he ido conociendo, qué sé yo, pero hay mucha gente que no he llegado a conocer. Que nunca me las topé, digamos.

— Claro, es como un paréntesis en tu vida. Un paréntesis importante.

— Importante, sí. Muy importante. Así que el maestro creo que es un poco un diálogo interno. Un maestro al que además me gusta pensar también como un maestro abandonado, ¿no? Porque a mí me parece que uno tiene esas figuras, también, y lo que uno aprende, lo tiene que dejar. Yo siempre les digo a la gente que está en la maestría: ustedes tienen que desaprender. No aprender nada. Tienen que sacarse todo lo que saben.

— Te escucho y pienso en la frase de esa novela que fue tan inspiradora para los adolescentes de varias generaciones, Demian, de Herman Hesse, “Quien quiere nacer tiene que romper un mundo”.

— “El pájaro rompe el cascarón, el cascarón es el mundo”. Ese fue mi primer descubrimiento. ¿El tuyo también?

— Sí, claro. Por supuesto.

— Ah, qué maravilla. Ahí hay un maestro, también.

— Y, sí.

— También está en esa novela de Fleur Jaeggy que ella escribió, Los hermosos años del castigo, que también tiene una maestra, tiene una amiga mayor. Yo también tuve una amiga mayor, la que me lleva al centro de salud mental.

— Sí.

— Es una tipa que me enseñó muchísimas cosas.

— Y también aparecen en el libro tus encuentros en el café con la poeta norteamericana, cuando estás en Nueva York, y encaran una traducción que, en realidad, lo que hacen es traducir pero a la vez enseñar y aprender la lengua de la otra.

— Eso fue maravilloso.

— Hermoso, ¿no?

— Hermoso. Hermoso. Es una gran poeta, Sophie, sí.

— La traducción también es otra forma de la escritura. Traducir la lengua de los otros.

— Sí. Y una escuela, porque aprendés muchísimo traduciendo. Te das cuenta de que no existe nada que copiar. No hay, ¿entendés? Así como no hay una realidad para copiar, no hay un texto para copiar. Te lo tenés que inventar.


VIENTO SUR

Sinfonía de los juguetes rotos


Amanece un jueves de Diciembre en el Norte.

Dejo que el viento sur me acaricie el alma y me lleve volando entre sus hilos lejos, hacia atrás, sobre la distancia de un Tiempo pasado, feliz, entre estas nubes desgajadas.

Viento Sur fue el nombre primerizo de una historia que aún continúa reflejándose en este blog desde aquel momento…

Invadida por una íntima desazón, no puedo evitar sentir el paisaje de mi vida decorado aquí y allá con los restos de mis juguetes rotos…



Texto e imágenes @mjberistain

LAGUNA DE GALLOCANTA

Salida con ASAFONA (Asociación Aragonesa de Fotógrafos de Naturaleza)


LÍQUENES


Los líquenes son organismos que resultan de la simbiosis de hongos y algas. Normalmente crecen en lugares luminosos y se extienden sobre rocas o cortezas de los árboles formando pequeñas hojuelas o costras grises, pardas o rojizas. (RAE)

Naturaleza simbiótica

  • Los líquenes son una asociación entre un hongo (el componente principal) y un alga o cianobacteria.
  • El hongo proporciona al alga humedad y protección, y el alga le proporciona alimento a través de la fotosíntesis. 

Beneficios

  • Indicador de aire limpio: Son muy sensibles a la contaminación, por lo que su presencia suele indicar un aire de buena calidad. 
  • Protección: Protegen la corteza de los rayos UV y las temperaturas extremas, y ayudan a retener la humedad. 
  • Soporte: Proporcionan alimento y refugio para otros animales pequeños. 
  • Fijación de nitrógeno: Algunos tipos fijan nitrógeno del aire, lo que es beneficioso para el ecosistema. 

Paisaje


Fotografía @mjberistain

Agujeros negros

SUEÑO DE ADOLESCENCIA


Me encontré ayer con Mar. Hacía más de treinta años que no nos veíamos y la conexión tardó en revivirse, aunque sentadas ante un largo café fueron apareciendo recuerdos comunes, excusas, sentencias, hasta que llegamos a los abrazos y las risas, y a fondos de los que ninguna hasta ayer había sido capaz de pronunciar ante la otra. Hablábamos de adolescencia:

Me contaba que…

Hubo un tiempo en el que dormía entre las raíces de los grandes árboles de su pueblo. Entonces todavía no sabía darles nombre, pero sí reconocía sus imponentes ramas oscuras, sus hojas lobuladas, su sombra poderosa y la grandeza de su tronco que sus pequeños brazos no conseguían rodear…

Eran su refugio, allí se sentía abrigada, segura ante las inclemencias del tiempo, de la fuerza de los vientos, de lo tormentoso de las ciudades, de la velocidad con la que se movían los coches y las personas, del fuerte olor a alcohol de los bares, del vacío de las palabras verdaderas, de la incomprensión de la religión, del pudor de los trece años. Ese momento del despertar del ser, o mejor, del «ego», con ideas, ilusiones y deseos, que se desarrollaban en la mente lejos de la posibilidad de alcanzarlos, y que daban cabida a temores, a situaciones de inseguridad e impotencia, como pequeños seres dañinos ocultos entre las neuronas dispuestos a enjuiciarla. Y «miedo».

Agujeros Negros

Caminaba sola por una carretera, estrecha y larga, hasta un horizonte infinito. El suelo era de asfalto, rugoso, había que caminar sorteando irregularidades que hacía que se descarnara la piel de sus pies descalzos. Seguía la única ruta transitable que existía en aquel paisaje, necesitaba llegar al horizonte donde esperaba encontrar lo más valioso de lo desconocido; el conocimiento y aceptación de su Ser en el mundo. A lo largo de aquella ruta interminable iban abriéndose pequeñas grietas generando círculos, cada vez mayores de agujeros negros que, a medida que avanzaba, limitaban su espacio para caminar. Ella trataba de esquivarlos dando saltos inicialmente, a modo de juego, pero el miedo se instalaba en su cuerpo, lo que hacía más difícil y perturbador el avance. La sensación de desasosiego se convertiría en angustia y más tarde en un sentimiento irrespirable de terror hasta que lograba despertar volando hacia el vacío…

El sueño, su frecuencia, fue desapareciendo lentamente. Nunca pretendió conocer su significado en relación con sus vivencias. Sentía miedo a compartirlo y miedo a descubrir más daño. Era la época de la atormentada adolescencia…


Imagen de portada, Pintura de mi colección «Tinta China»

KANDINSKY

VER LA MÚSICA, REINVENTAR LA PINTURA


BOTADURA DEL SAN JUAN

REPLICA DEL BALLENERO VASCO 1557-2025


Casi todo empieza y termina en las personas…

La nao San Juan, réplica científica del ballenero vasco del siglo XVI, culmina así la etapa de construcción en tierra y abre su etapa de mar, marcando un hito para el patrimonio marítimo internacional. La botadura estará precedida por un acto institucional en el interior de Albaola Itsas Kultur Faktoria, con la presencia de autoridades locales y autonómicas, entre ellas el Lehendakari, Imanol Pradales, y la Diputada General de Gipuzkoa, Eider Mendoza, así como representantes del Gobierno de España y del Gobierno de Canadá, además de colaboradores de diversas disciplinas que han participado del proyecto. Impulsada por Xabier Agote desde la asociación sin ánimo de lucro Albaola, la construcción de esta réplica combina construcción naval tradicional e investigación rigurosa de la tecnología marítima vasca del renacimiento. El proyecto ha requerido la creación de una infraestructura humana y material capaz de reactivar oficios casi desaparecidos como la carpintería de ribera, la herrería, la velería o la cordelería, y se ha desarrollado frente al público en un espacio vivo de investigación, divulgación y transmisión de conocimiento. El pecio del San Juan fue localizado en 1978 en Red Bay (Labrador, Canadá) gracias a las pesquisas realizadas por la historiadora Selma Huxley y a las campañas del Servicio de Arqueología Subacuática de Parks Canada dirigido por Robert Grenier. El estudio y catalogación de miles de piezas permitió definir con precisión el casco y las técnicas constructivas del siglo XVI, convirtiendo al San Juan en referencia internacional para la arqueología subacuática. Albaola abordó la construcción de la réplica científica tras recibir el minucioso informe realizado por Parcs Canada.



EL COLOR DE LA MÚSICA

GÉNESIS – NOTAS DE INFANCIA



Inicio un nuevo viaje. Un viaje hacia el origen de mi tiempo, buscaré sensaciones, ilusiones, emociones que en su día quedaron reflejadas en imágenes. Abro mi corazón para dejarme invadir de nuevo, ahora  desde el silencio de mi subconsciente, y que vuelvan a florecer los sonidos familiares y las melodías que aprendí de mis mayores en una especial armonía de voces queridas en torno a ancestrales canciones vascas.  

Hoy ha sido posible. Con mi nieto de doce años ayer hablábamos de música. En su lista de canciones preferidas estaba «Aurtxo polita». Una delicada canción de cuna con la que me arrullaba el susurro de la voz de mi madre cada noche. Yo lo hice con mis hijas, y ellas con mis nietos… Por eso me he despertado hoy con esta canción en los labios…


MATISSE (algunos apuntes)

PINTURA Y ESCULTURA


Con motivo de la exposición de MATISSE que presenta Caixa Forum en Madrid, me permito acoger en mi blog algunas de las frases que más me han interesado de su PROCESO ARTÍSTICO.

«El arte moderno es un arrebato del corazón«.
Así definía Henri Matisse (1869-1954) la esencia de su pintura articulada sobre la emoción. 

La muestra también incluye cuatro esculturas de bronce del artista que al final de su vida «pintaba con tijeras» y se pasó a las obras de gran formato al perder precisión en el pulso.

No pinto cosas, sino sólo las relaciones que las conectan”.

Matisse revolucionó la pintura europea con una idea explosiva del color. En los años cincuenta, sus collages transformaron la idea del espacio pictórico. Más de cinco decenios de experimentación plástica que convirtieron a Matisse en un punto de encuentro. De ahí el título, Chez Matisse, que ponía el acento en la hospitalidad y las interrelaciones entre los artistas de distintas generaciones.

«La esencia del arte moderno es formar parte de nuestra vida«

Nacido en el Norte de Francia, se mudó a Niza en busca de la luz del Mediterráneo y construyó su carrera paso a paso.

Díscipulo de Gustave Moureau, hacia 1900, Matisse revolucionó la pintura europea con una idea explosiva del color. En los años cincuenta, sus collages transformaron la idea del espacio pictórico.

En 1910, el pintor francés viaja a Italia, descubre los mosaicos de Rávena y asimila la fuerza plástica de los iconos ortodoxos.

En los años de la Primera Guerra Mundial, su paleta se oscurece. Matisse define un espacio íntimo e incorpora el motivo de la puerta y la ventana —umbral de un mundo inquietante—, que encuentra un eco en la obra de otros artistas.

En agosto de 1914, mientras reside en Colliure, crea Puerta-ventana en Colliure, una obra clave que, aunque inacabada, marca su primer acercamiento al concepto de «negro luz» utilizando planos cromáticos intensos que anticipan nuevos caminos en su pintura.

Matisse introduce la mirada femenina que reflexiona sobre los límites de la pintura, el lugar de lo femenino y el valor de lo decorativo. Matisse defendía en una entrevista en 1945 que un cuadro «propaga a su alrededor, a través de los colores, una alegría que nos aligera«.

Lo femenino en Matisse adquiere un carácter «trasgresor», sus figuras irradian «fuerza plástica» con reminiscencias arcaicas a las venus prehistóricas a la par que son inequívocamente modernas. De acuerdo con la opinión de la comisaria de la exposición el artista no posa sobre sus modelos «una mirada masculina» que las «objetualiza», sino que tiene vínculos emocionales profundos con las mujeres que plasma en sus esculturas. Así, se produce «una interpenetración» con lo que el escultor convierte a sus figuras femeninas en una suerte de «autorretratos del propio Matisse».

La obra de Matisse es hija de su tiempo: desde la angustia y la introspección de los años de guerra, hasta la explosión de sensualidad de sus pinturas y collages de madurez, pasando por el descubrimiento del arte africano o ciertos devaneos con el puntillismo o el fauvismo.

En los últimos años de su vida, Matisse se vio obligado a abandonar los pinceles. Esta contrariedad estimuló su instinto artístico. Algunas de sus creaciones del último periodo, elaboradas con papeles pintados y recortados, son obras clásicas del arte del siglo XX. La obra de Matisse desencadena una sensación óptica de múltiples posibilidades expresivas y conceptuales, en la que el color siempre es clave.

«Un metro cuadrado de azul es más azul que un centímetro cuadrado del mismo azul«, Henri Matisse, 1907.

ESCULTURA

Más allá del collage, el color y las figuras planas que se asocian a Henri Matisse (1869-1954), su producción escultórica permite descubrir a un artista  intenso, dramático e introspectivo. «La fuerza expresiva de sus esculturas es ambigua, no proviene de la solidez, sino de la fragilidad. Muestra la huella de su mano, el trabajo sobre la materia, eso es lo específico de su obra escultórica». Las series desvelan su proceso creativo de ida y vuelta, desde el academicismo hacia la abstracción, con una repetición constante y obsesiva.

Con toda la intención, a Matisse le interesa el PROCESO DE TRABAJO ARTÍSTICO y en sus esculturas se pueden observar las marcas de las herramientas e incluso sus huellas dactilares, frente a la tradición que intenta ocultar el boceto, el pintor francés no lo borra, sino que lo incorpora al resultado final, como se ve en sus dibujos. Tampoco le importa «abrazar» sucesos como una caída fortuita que fractura el brazo de una figura o el metal que abre una brecha en la cintura de otra. Un defecto se convierte en una línea que refuerza la simetría de la pieza…

Lo femenino en Matisse adquiere un carácter «trasgresor», sus figuras irradian «fuerza plástica» con reminiscencias arcaicas a las venus prehistóricas a la par que son inequívocamente modernas.


Henri Matisse en su casa, Vence, Francia, 1944
Henri Matisse en su casa, Vence, Francia, 1944 © Fondation Henri Cartier-Bresson / Magnum Photos

Una curiosidad de la exposición es un hermoso libro de Ronsard ilustrado por Matisse. El pintor tenía dudas sobre si sus dibujos eran demasiado osados y escribe a un amigo acerca de si eran apropiados, en uno de ellos perfila el pubis de una mujer en primer plano: «Hay algunas cosas que son un poco atrevidas, ya me dirás si es apropiado para Ronsard, simplemente nadé en sus aguas como ilustrador. No puedo hacer las cosas a medias. Mis abrazos son ardientes […]«.

Cuando el artista creía que había agotado las posibilidades expresivas de la pintura o sentía que había llegado a un callejón sin salida volvía a la materia y a esculpir. La llama y la fuerza expresiva de Matisse siguen vibrando en sus esculturas.


De re-Conocer a Beethoven


Alguna inquietud interior ha hecho que hoy despierte con Beethoven. Algo que estaba necesitado de salir del obstracismo al que le tenía sometido. No porque no lo admire, al contrario. Profundamente lo hago y sus Sinfonías me acompañan a menudo, siempre y cuando mantenga una concentración extrema en su escucha. No vale estar ocupada en otras actividades.

Hoy me he encontrado con este vídeo que me ha resultado interesante para profundizar un poco más y continuar disfrutando del genio y de su obra.



MONTE PERDIDO

VIAJES, RUTAS, PUEBLOS


Monte Perdido en el Valle de Pineta (3.355 mts.)

Se espera lluvia este fin de semana. Nuestros ánimos se encuentran en alta porque esperamos capturar las mejores fotografías del otoño. Destino El Valle de Bielsa, un amplio territorio de montaña en el corazón de los Pirineos donde profundos y exuberantes valles de origen glaciar ofrecen paisajes de una belleza extrema a la sombra de grandes tresmiles. Se esperan nieblas y ello añade atractivo al largo y tortuoso viaje de cientos de curvas, hay que decir que la ruta está en buenas condiciones.

Gran mochila imaginando frio, lluvia, y nieblas, además del equipo fotográfico a cuestas…

¡Perfecto! La fotografía tiene mucho más interés cuando la meteo se nos enfrenta. Con máximo cuidado conducimos por una escasa pista de piedras hasta la zona del Parador del Valle (a unos 2.000 mts), después caminando lo que cada uno pueda… hasta llegar al circo de Pineta al fondo del Valle, punto de partida para la ascensión a la cima de Monte Perdido.

Me quedo con unas pocas imágenes de recuerdo que nunca darán la talla de lo que la Naturaleza nos ofrece «al natural».


Pulsar sobre cualquiera de las imágenes para verlas en mayor tamaño

Organizado por ASAFONA Asociación Aragonesa de Fotógrafos de Naturaleza
Fotografía @mjberistain