Los ojos de la noche son de agua; el campo dormido tiembla el caballo en tus ojos de agua secreta. De agua de sombra, de pozo, de sueño. Silencio y soledad. Solo la luna bebe en tus aguas, abre puertas de musgo. Un río de corriente dulce y silenciosa moja riberas en el alma.
Inspirado en poema de Octavio .Paz
—Esas lágrimas salobres ¿de dónde vienen, madre? —Lloro, señor, el agua de los mares. García Lorca
Canta el agua donde los montes rozan el cielo. donde las rocas, trozos de cielo, cayeron un día al vacío…
Anabel Torres – Colombiausar imagen de Lourdes
Gotas de agua amanecen en las flores lágrimas de la luna que la noche llora.
PoesiaVersión inspirada en poema de Miguel Sánchez Gatel
Quiero saber en qué consiste el agua, o por qué las palabras se me quedan colgando a veces; sonámbulas, inútiles, aisladas, imperfectas.
Quiero saber por qué es tan difícil tocarte en un mundo que no arde, o no necesitar la absoluta densidad del silencio para pedir a gritos un horizonte de agua.
Tu pulso acantilado de ternura, inevitable referirme una vez más a ti, a la perfecta serenidad de tus manos abiertas, al crepúsculo de tu transparencia.
Lo demás solo es cielo. Dejadme hablar, escarbar el barro con el barro, romperme, despedazar mi sangre sobre la tierra.
Me he dejado los pelos como escarpias. Tal es la identificación que siento con Mikel en esta etapa de mi vida. Lo admiro desde que descubrí, hace ya mucho tiempo, que pintaba tirado en el suelo sobre el lienzo. Estoy en la etapa más directa para llegar al cielo o al infierno. Eso ya lo veremos. En el infierno se dice que será más divertido… Pienso en el Papa Francisco, tan cercano, humano y simpático que, posiblemente en el cielo, donde estará él, pudiera no ser tan aburrido…
De cualquier manera, me he cortado el pelo esta mañana de principios de primavera, y me lo he peinado en plan escarpias.
Los pelos como escarpias, como si fuera él mismo uno de los bichos marinos de ese mundo bajo el agua donde pasa horas buceando siempre que puede. La mirada alerta, curiosa, tremendamente joven, con un punto de ironía que, en ocasiones, parece timidez. Nos citamos con Miquel Barceló (Felanitx, 68 años) en la Galería Elvira González, donde expone hasta el próximo sábado Flores, peces, toros, un recorrido por sus temas más recurrentes. Pintor, dibujante, escultor, ceramista y performer escénico, el artista español de más relevancia y mayor cotización en el plano internacional, tiene una larga relación con EL PAÍS y desde hace casi cuatro años sus dibujos enmarcan las Cartas a la Directora. En ese marco de confianza se produjo esta charla, más que una entrevista, tras sellar un nuevo compromiso.
Pregunta. En el 40º aniversario de EL PAÍS dijiste que no recordabas si habías comprado el primer número del periódico en el año 76, pero que sí te recordabas comprando el periódico en aquel momento. Y hasta hoy.
Respuesta. Me recuerdo incluso caminando lejos en París para comprar EL PAÍS. Yo lo sigo leyendo en papel cada día, sobre todo en Mallorca. Me gusta mucho el objeto periódico. Es muy de pintor. Yo lo uso mucho para hacer collage, para recortar, para dibujar encima. Una cosa que he hecho toda la vida es dibujar encima de las fotos, eso de poner bigotes [a las caras]. Dibujar sobre las fotos es una forma de comentario, ¿no? Se hace casi sin pensar.
Reproducción de la obra de Miquel Barceló de los próximos premios Ortega y Gasset.Gianluca Battista
P. Dices que prefieres leer en papel porque retienes mejor el contenido.
R. Cuando empecé a viajar por el Himalaya y a hacer grandes caminatas, todo peso era demasiado. Empecé a llevarme los libros en un iPad. Pero me di cuenta de que se me olvidaba lo que había leído. Leí las novelas de James Salter y se me olvidaron. Luego las leí en papel otra vez y ahora puedo decirte fragmentos enteros de memoria. Hablé con un neurocientífico en París y me dijo que sí, que lo impreso se queda en el cerebro. La pantalla deja una huella frágil y pasajera, y para mí la memoria es esencial. El conocimiento nos viene por la palabra impresa.
Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo”
P. Ahora que EL PAÍS está a punto de cumplir 50 años, tomas el relevo de Eduardo Chillida, cuya obra ha sido, desde 1984, el galardón que entregábamos en los Ortega y Gasset, y nos has hecho el grabado iluminado a mano que vamos a entregar a partir de este año.
R. ¿Sabes? Conocí a Chillida cuando yo era muy muy joven y enseguida me adoptó. Tenía esa mirada… Mira que nuestros trabajos eran muy distintos, pero tuvimos una empatía inmediata. Desde luego, es un gran honor seguirlo y poder hacer un premio que en este mundo complicado representa lo que representa el Premio Ortega y Gasset.
P. Nosotros estamos muy emocionados porque era un relevo muy importante. Pero qué significa para ti que una obra tuya cuelgue en la casa de un periodista que se está jugando la vida en algún país por contar lo que pasa.
R. Por eso mismo hice una obra que contiene muchas obras, que no es una imagen única, sino polimorfa, a la que puedes mirar muchísimas veces. Quería que tuviera esa concentración. Tuvo varias versiones. La primera era una bola como un mapamundi, como un antitrofeo, pero acabó siendo lo mismo en un grabado con más colores. Tiene que ser un premio. Es complejo, pero no es desolador.
Miquel Barceló, en Farrutx, Mallorca, el 30 de noviembre 2024.JEAN MARIE DEL MORAL
P. ¿Por qué lo bautizas como Mondongo?
R. Porque un poco todo lo que representa está dentro. Yo estaba intentando hacer morcilla y me di cuenta de que en los pueblos de Burgos que conozco llaman mondongo a lo que contiene la morcilla. Me gustó porque es esa especie de combinación de muchísimas cosas que es un mundo agitado. Y me gusta mucho cómo suena la palabra.*
P. Sobre el mundo agitado. Has dejado de ir a Malí por la guerra y el terrorismo, y ahora suenan tambores de guerra por todas partes. ¿Cómo lo estás viviendo?
R. Con perplejidad y con inquietud. Cada vez que abres el teléfono te esperas una imagen terrible de verdad. Ya sé que han sucedido siempre, pero es que ahora es exponencial. También está la sospecha de que todo es una atroz manipulación.
P. Que no sabemos el juego al que asistimos.
R. Eso es. Y lo que ves es que hay muchos tahúres.
P. ¿Influye en tu obra?
R. Soy bastante poroso al mundo. No vivo para nada aislado. Cuando vivía en Malí, tenía siempre radios con onda corta para captar las noticias. O sea que enterado estoy. No sé si eso tiene una influencia directa en lo que pinto porque no hago comentarios de lo que pasa en el mundo, pero marca mi forma de estar en el mundo.
P. Eres un artista universal pero te expresas fundamentalmente en catalán, en castellano y en francés. ¿Te sientes europeo ahora que ser europeo se pone en cuestión?
R. Siempre, y ahora tal vez más, porque creo que tiene más sentido. Yo iba a Francia incluso cuando hacía falta pasaporte y a mí no me lo daban porque no había hecho la mili. Siempre me he sentido europeo, por intuición, como pintor, porque te haces tu patria con la pinturas que te gustan. Europa es un ámbito cultural que yo comprendí enseguida. He vivido en Nueva York y muchísimo en África, un poco en Asia y desde hace poco en Australia porque mi esposa es de allí. Y voy a Australia como europeo y como mallorquín, sin duda. Ahora me parece muy reivindicable la europeidad. Me parece la única esperanza de Europa: imponerse como un ámbito cultural y de pensamiento. No ganaremos con otra marca que no sea esta.
P. ¿La ves en riesgo?
R. Sí, porque está muy amenazada. Por esos tahúres.
Tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción de Notre Dame es una suerte y un honor”
P. Tahúres que ganan en las urnas. El mundo, y particularmente el mundo occidental, parece empeñado cada 80 años en asomarse al abismo. Como si no hubiéramos aprendido nada.
R. Eso de Marx de que la historia se repite en forma de farsa parece literal. Casi con los mismos personajes, cambian los detalles pero el drama es el mismo. Y seguimos dándonos garrotazos. Dando garrotazos sobre todo a los pobres.
P. Estás preparando tapices para Notre Dame. ¿Puedes contarnos algo de esos tapices?
R. Yo estaba en París cuando se quemaba Notre Dame. Mi hijo me llamó y salimos a la calle, era desolador. En mi estudio caía la ceniza de Notre Dame. Nunca he sido muy creyente, pero me pareció que tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción era una suerte y un honor. Y en eso estoy. Primero con el Noé del Arca de Noé, que estoy bastante adelantado ya. Lo hacemos con la Real Fábrica de Tapices de Francia, que no ha parado desde el siglo XVI y hacen tapices gigantescos, de seis por ocho metros, aunque los míos son grandes pero no tanto.
Miquel Barceló, en Farrutx (Mallorca), en febrero de 2024.JEAN MARIE DEL MORAL
P. ¿Y después del Arca de Noé?
R. El sacrificio de Isaac, Elías con el carro de fuego, que es fantástico, y el paso del mar Rojo. Pero mi Arca de Noé es muy modesta. Es una especie de laúd con una oveja, un perro, un gato y un cordero. No haces un catálogo de todos los animales del mundo, salvas la vida.
P. Cuando uno es Miquel Barceló y el molde es tan poderoso, ¿uno ya no puede salirse de él o está dispuesto a romper el molde? A investigar, a equivocarse.
R. Hay que equivocarse todos los días, y en eso de equivocarme soy un especialista. No adrede, pero lo normal es hacer cosas que difícilmente salen bien. Es una paradoja porque siempre acaba saliendo alguna otra cosa que no pretendías.
P. ¿Qué te provoca curiosidad? ¿Qué te sorprende todavía, aparte de tus temas recurrentes?
R. En los libros encuentro siempre sorpresas. Cosas que me sobrecogen. Ahora estoy leyendo el último libro de Juan Manuel de Prada, que me parece fantástico. No solo cosas nuevas, porque el mundo es una repetición de historias. Cada vez estoy más puesto en arte prehistórico. Cada vez voy más a ver cuevas. Eso es algo que he aprendido tarde.
P. Entre lo moderno y lo arcaico, ¿dónde colocamos a Barceló?
R. Es que lo arcaico es lo más moderno. Muchas veces he tenido la sensación de que hacía una carrera fulgurante hacia atrás. Es una elección, también una intuición. Las cosas más radicalmente modernas son cosas que están ahí antes de que seamos capaces de decirlas. Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo.
P. ¿Qué pensamiento te provoca la inteligencia artificial, pensar que hay artistas que ya la están usando?
R. Yo pienso usarla. Igual que la fotocopia. Me acuerdo que cuando surgió el vídeo decían que iba a acabar con el cine y cuando surgió la fotografía, que acabaría con la pintura, pero Degas hacía fotos y las usaba para sus cuadros. Eso sí, el nombre es feo: inteligencia artificial. Se irá adaptando, como cualquier herramienta. Hace falta gobernanza porque se pueden hacer trampas, aunque no hay que tenerle miedo. Yo todavía no le he dicho “píntame un cuadro con mi perfil”, pero porque me gusta hacer las cosas. Me gustan las cosas que pasan, y que no pasarán más, porque no se pueden repetir.
La 42ª edición de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo
Este lunes 24 de marzo, el jurado de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo se reunirá para decidir los ganadores de esta edición en sus cuatro categorías: Mejor historia o investigación periodística, Mejor cobertura multimedia, Mejor fotografía y Trayectoria profesional. La nueva web de los premios, premiosortega.com, recogerá toda la información relativa a los ganadores y sobre la ceremonia anual de reconocimiento a lo mejor del periodismo en español. La gala de premios celebrará el 5 de mayo su 42ª edición en Barcelona.
Fotografía de portada: Lourdes Rocher
Sonrío a propósito de una conversación con mi hija mayor. Para mi horror, ella llamaba «mondongos» a los trozos de tierra y piedra mineral que escarbé con mis manos durante los días de Retiro —para utilizar como pigmento natural en mis acuarelas— y que, cuidadosamente guardaba en una rústica y ridícula (es cierto) bolsa de plástico del super. Hoy me reconcilio con su significado gracias al Maestro Mikel Barceló.
Sentí que algo o alguien me seguía con pequeños pasos rápidos, fue como si me hubieran hecho cosquillas en la espalda con una pluma de paloma.
Me sorprendió, me seguía muy de cerca con pasos pequeños, a su ritmo. Aunque intenté hacer maniobras de despiste girando en redondo, acelerando el paso o quedándome quieta, seguía mis piruetas. Pensé que necesitaba un poco de cariño, agua, o algo de comida. Parecía agotada. Cogí unas migas del bocadillo que llevaba en la bolsa de deporte y puse un poco de agua en la tapa de una cajita de caramelos para que, una vez repuesta, pudiera continuar su vuelo. Allí estuve un buen rato observándola, y ella a mí, mientras se atrevía a acercarse al festín.
La recogí haciéndole un hueco en mis manos, sentía el arrullo de sus plumas entre mis dedos, sin moverse apenas. Decidí llevármela a casa dispuesta a cuidarla el tiempo que necesitara, sin tener nada claro que ella quisiera quedarse unos días conmigo. La verdad es que no domino el lenguaje de las palomas, pero algo había en aquella situación que parecía que nos entendiéramos. Le preparé un txoko en el invernadero, dejé la ventana abierta para que se sintiera libre de entrar y salir, y cada mañana la visitaba, le llevaba galletas picadas, agua, migas de pan mojadas en leche… y me quedaba a su lado preguntándome qué más se podía hacer por una paloma mensajera cansada. ¿Cómo podría ayudarle a recuperar su rumbo?
Yo me movía poco a poco, mirándola, por si se sentía con fuerzas para seguirme, ella intentaba acercarse hacia mí aunque no conseguía mucho más. Lentamente llegó un momento en el que inició el vuelo.
Se posó sobre mi hombro izquierdo.
Después de aquel día salíamos juntas al jardín. A medida que pasaban las horas y ella se sentía más segura, volaba de mi hombro a una de las ramas del roble más próximo y al rato volvía a mi hombro. Yo notaba que iba mejorando porque había más osadía en sus tímidos escarceos al aire libre, se alejaba un poco más cada día, y volvía para posarse en mi hombro; en mi hombro izquierdo.
Aquella mañana fue distinta. La madrugada inundaba de luz las horas difíciles de un derrotado septiembre.
Desde la ventana abierta del invernadero volvió la cabeza para mirarme un instante, y alzó el vuelo hacia el cielo.
Supe que aquél era un vuelo sin retorno, con rumbo preciso, cuando cruzaba ante mis ojos la fina línea que nos separa de la vida. Me quedé sin aliento mirando cómo se alejaba de mí, con serena elegancia, volando hacia un nuevo horizonte esta vez infinito.
Abrigada por la soledad de un prematuro vacío dejé caer, como una sonata triste de lluvia, todas las caricias que, con la ilusión de una niña, guardaba en mis manos y que entonces, vacías, enjugaban mi llanto.
Texto e imagen @mjberistain In Memoriam 2004
ALGUIEN COMO TÚ
Cada vez que te miro, caprichosamente, desde el otro lado del espejo, pienso en alguien como tú… Tus ojos son del color de la miel y tienen la dulzura de las almendras.
Contigo las mañanas son una celebración con el aroma de un buen café, mantequilla y panecillos tiernos, o como un paseo por caminos de hierba rezumante, entre el calor y las sombras.
Eres como esa fruta madura que se ofrece sensual a unos labios y pronuncia despacio los nombres de volcanes dormidos.
Te quiero. Te quiero porque hay tardes en que me llega de tí el olor a chimenea encendida en un pueblo pequeño… Nunca un cobijo fué tan cálido como tu abrazo en las horas de siesta.
Desde el otro lado del espejo te observo, te observo y te respiro con la melancolía de las lunas blancas de mi pasado. Luego… dejo que broten los versos que no pudieron nacer a tiempo y vuelvo, vuelvo una y mil veces a mirarme en el cauce de tus aguas limpias.
La presencia de la carta sobre el piano de cola negro me resultaba obscena.
Suponía que también podría serlo para alguien que entrase en el salón y la viera allí encima día tras día, y se preguntara el motivo por el cual yo no la hubiera abierto todavía.
No me reconozco en esta casa, a pesar de que llevo seis meses en ella. No he cambiado nada. No me hace falta. Tía Gabriela tenía mucho estilo. Me gusta la decoración elegante y sencilla de colores neutros, podría decirse que minimalista. Apenas unos pocos muebles antiguos auxiliares y altas cortinas de seda salvaje. Ya no está tía Gabriela, y siento que sigue aquí, a mi lado, aunque yo no la vea. He llegado hasta aquí gracias a ella.
Nací en un grupo familiar, una comuna; crecí rodeada de alegría y música y muchos niños a los que consideraba mis hermanos. Reconocía a mi madre, las demás personas que vivían allí eran mis tíos. Ella muchas veces lloraba, entonces yo la abrazaba y eso la aliviaba. Sonreía de una manera muy triste. No había alegría en sus ojos, su mirada era gris a pesar de que le gustaba cantar. Yo pasaba muchas temporadas viviendo con tía Gabriela, a veces en esta misma casa, otras en su casa de la ciudad. De una familia de diez hijos, tía Gabriela era la mayor, y mi padre había sido el séptimo. Especialmente ellos dos tuvieron una relación muy cercana y, de hecho, a tía Gabriela le encomendaron mi protección cuando a mi padre le ingresaron en un centro de rehabilitación. Después de aquello nunca se recuperó y murió de una sobredosis a los pocos meses. Tampoco volví a ver a mamá.
Estuve interna en lo más parecido a un convento de clausura del que solo podía salir los sábados por la mañana acompañada de una tutora. La mía era la señorita Úrsula, una mujer con un denso flequillo negro que le tapaba los ojos y que daba a su cara un aspecto de perro rottweiler atacando. Era imposible ser feliz así. Muchos sábados renuncié a salir por no verme con ella. Me quedaba en mi cárcel diminuta, sentada en el camastro, mirando por la exigua ventana de cristal sucio que había en lo alto, desde la que únicamente podía ver las nubes o el cielo de color gris oscuro. Se me permitía recibir visitas, aunque la única que solía tener era la de tía Gabriela, que venía de vez en cuando a traerme libros y galletas. Cuando ella llegaba yo notaba un escalofrío que me dejaba el alma helada y la voz se me quedaba atrapada en la garganta, aunque sabía que, para entendernos, no nos hacían falta palabras.
¿Que, cómo pude sobrevivir a aquello?
Tía Gabriela era una mujer menuda, sencilla, briosa, celosa de su independencia y aventurera. En cierto momento de su vida decidió dejar de viajar para instalarse definitivamente con su perra Hannah y sus caballos en esta casa. No había tenido hijos y yo me había convertido en su protegida.
Le atendían dos personas: Helga, una mujer ucraniana, fuerte y grande como un hombre, resolutiva pero discreta, que llevaba años trabajando para ella y se ocupaba de la organización de la casa y de la cocina. Y Damián, un hombre del pueblo que había sido marino mercante y, aunque se había retirado de la mar a los cincuenta años, había decidido seguir trabajando en tierra. Era fuerte, de aspecto atlético, muy simpático y dicharachero; muy cariñoso conmigo. Se ocupaba de los animales y el campo, pero también de las atenciones personales que mi tía necesitaba; era su mayordomo, su chofer y su consultor. Tía Gabriela nunca negó que también fuera su amante.
Él fue quien recogió el certificado que trajo un empleado de correos, y el que firmó en mi nombre haberlo recibido, porque yo no estaba en casa. —No sé si yo lo hubiera aceptado entonces; lo dudo.
El remitente estaba claro. Pero yo pretendía ignorar cualquier noticia relacionada con él. Cuando me lo entregó Damián, lo recogí con cierto fastidio, y no me detuve a leer el texto que contenía. Por no tirarlo a la basura delante de él, dejé el sobre con displicencia sobre el piano.
Aunque trataba de desentenderme de aquel sobre, cada vez que entraba al salón no podía evitar desviar mi mirada al rincón del piano. No era fácil porque el espacio destinado a aquel piano de cola ocupaba la mitad del salón en la planta baja de la casa. Allí estaba el sobre encima de la tapa cerrada del teclado. Me partía el corazón verlo allí, abandonado. Me recordaba a él, y yo me negaba. Me había costado años liberarme del recuerdo de su imagen, o del tono de su voz, con aquella firme delicadeza con la que me había enamorado. Y, de repente, aquella carta. Me encontraba incómoda con ella en casa, como si necesitara una justificación para no leerla y deshacerme de ella; quemarla. Pero no lo hacía.
Habíamos mantenido una íntima relación epistolar, y entonces, apreciaba sus galanterías, pero ahora que el sentimiento amoroso había desaparecido, sus escritos me sonaban a pedantería. Podía imaginarme su discurso, seguramente apasionado y trasnochado, los trazos de su escritura dibujados con exquisita caligrafía sobre un papel de textura especial, la perfección de su ortografía y sintaxis. Todo ello, y cada letra de mi nombre dibujada con ampulosidad, me producía, decididamente, rechazo.
Porque aquello había sido cuando éramos adolescentes. Se celebraban las fiestas y llegaban de los pueblos cercanos chicos y chicas hasta la casa de tía Gabriela a buscarme. Venían ataviados con vestidos vistosos y sombreros de flores y cintas de colores que venteaba el aire mientras cantábamos y bailábamos al ritmo que marcaba la banda de música de la facultad.
—¡Era otro tiempo!
Recuerdo que en el gran salón no cabía ni un alma más. El porche lo ocupaba el rumor de la charla desenfadada de todos los amigos que pasábamos las vacaciones en el pueblo; era una alegría con olor a lavanda y a limón de las primeras tardes de verano cuando el sol, como un audaz pintor, viraba su luz hacia colores rojizos y dorados. El azul oscuro del cielo borraba cualquier vestigio del día y se fundía en el horizonte con la noche. Entonces nos recogíamos en el salón, junto a la chimenea encendida. Eran momentos de charla o lectura, fumábamos y bebíamos y nos dejábamos invadir por un ambiente cargado de fragancias dulces, de hierbas, de licor y del humo del tabaco. Cuando ya tía Gabriela y sus amigos se retiraban, la música y el alcohol llenaban nuestras últimas horas de abandono sobre los sofás con el efecto piadoso de una rara ensoñación erótica.
Los ventanales, por un lado dan a la cúpula de color rojo oscuro de la iglesia y, por otro, a los campos que en esta época aparecen apretados por la floración de los frutales; almendros y melocotoneros en hileras, perfectamente definidas en la lejanía, entre el verde brillante de la hierba.
Me gusta adornar el interior con pequeños motivos de ramas y flores frescas del jardín. Es un ritual rociar los pétalos con agua de lluvia a esa hora de la mañana cuando reciben los primeros rayos de sol atravesando las ventanas. Hoy me sorprende el reflejo de mi propia imagen en los cristales. Pienso en él mientras arreglo las flores. Agua de lluvia, así tituló un poema que me dedicó entonces. Vuelve el recuerdo y hace estragos en mí, no puedo evitarlo, después de todos estos años. Y siento una especie de latigazo de deseo inconfesable; un escalofrío que inconscientemente me impulsa a humedecerme los labios con la lengua lentamente, como cuando se acercaba a mí jugando, con sus ojos entrecerrados y me arrebataba en su abrazo con una pasión que violentaba su carne. El agua de lluvia en el vértice vibrante del «Adagio for Strings» de Barber, y el resplandor de la luz del jardín filtrándose como polvo de mármol sobre las alfombras deshilachadas.
Debo de estar soñando. Quizás necesito tranquilizarme. Abro la ventana. Una bocanada de viento fresco llega como un aura de salvación que revoluciona los periódicos y la carta. Me dejo invadir por el intenso aroma de lavanda que cubre los campos. Veo que se acerca Damián que vuelve de las caballerizas con aire preocupado. Las noticias son alarmantes, la borrasca tan temida parece que llega a la zona y se mantendrá durante la próxima semana, bajarán las temperaturas y habrá vientos fuertes y grandes nevadas. Pongo la radio que repite insistente la noticia. La borrasca parece que está entrando en el valle.
—Habrá que prepararse para permanecer a cobijo hasta que pase la alarma— dice Damián sacudiéndose el polvo y la paja de la zamarra y limpiándose la suela de las botas en el felpudo antes de entrar en la casa. Me avisa de que se irá con Helga al pueblo a buscar lo necesario para sobrevivir los días de posible confinamiento.
Me he quedado sola. Observo la fina cuchilla del abrecartas. Abro el sobre, dispuesta a leer la carta. Un fuerte golpe de ventisca en la ventana que se ha quedado entreabierta me interrumpe y hace que me levante para cerrarla. Se me caen al suelo los periódicos y la carta que sostenía sobre mis rodillas. Un estremecimiento me recorre el cuerpo. Ha llegado de repente el frío. La niebla, como un velo, va ocultando el paisaje. Arrecia, y la lluvia golpea sin compasión en las ventanas. Los cristales parecen volverse líquidos. Apenas puedo distinguir nada más que oscuridad en el exterior. Damián y Helga están tardando.
Un coche gris avanza por el empedrado, cruzando el jardín, despacio…
Hay una sombra en el lienzo. Pienso que debe de ser el mar…
La nieve cubre mis manos hay un silencio que se instala donde ya no importan respuestas a las preguntas verdaderas.
Mi nombre es un abismo, distinto cada día, que dibuja en la arena de una playa perdida el azul horizonte de la nada; noches que llegan con su rumor muerto.
En algún momento perdí mis gafas de sol negras y mi reloj de arena sé que solo dejé huellas vacías, no sé dónde desvivirme.
Qué camino seguir después de las heridas? ¿Dónde perdí la alegría de mi pie izquierdo?
Año 2000. La autora de estas palabras era consultora de la ONU en resolución de conflictos.
La edad de mi cuerpo es de 50 años; ideal para gozar de los recuerdos e ilusionarme por el futuro, pero mi espíritu es eterno.
Supongamos que soy mediador en un conflicto armado…
Para empezar, silencio. Guarden unos minutos de recogimiento antes de empezar a hablar; el que crea en Dios, que rece…
¿Y si son ateos?
Deben meditar. La disciplina de pensamiento de la meditación beneficia a todos. Recuerde que toda actividad creativa comienza en silencio.
El que no rece, que medite. Traten todos de concentrarse en el objetivo de la paz.
No es fácil, pero piensen que la especie humana ha sobrevivido porque ha sabido encontrar más motivos para la paz que para aniquilarse. Esa conciencia universal y biológica se encuentra en todos nosotros: es una evidencia científica. Hay que dejar que fluya.
Hay que aislarse al negociar. Evitar las presiones cotidianas. Creo que la paz exterior depende de que cada uno consiga un mínimo de paz interior.
¿Y un terrorista?
Sufre una guerra en su interior. Contra el terrorismo hay que lograr esa paz interior. Nadie puede matar sin padecer ese desgarramiento en su conciencia. Y está necesitando ponerle fin y alcanzar la paz.
De acuerdo, todos meditamos
Si consigue que los reunidos guarden silencio en comunión, tendrá medio acuerdo alcanzado. Le puedo dar un consejo personal que a mí me funciona. Imagínese un punto en la frente de su interlocutor… aunque usted no lo soporte. Imagínese que ese punto es luz y amor, visualícelo. Téngalo presente durante todo el diálogo. Haga ese esfuerzo.
En una discusión no se trata de lo que dices, sino de lo que comunicas. Si ese truco neutraliza su hostilidad hacia el interlocutor su mímica será más positiva y, aunque repitan otra vez argumentos de reuniones fracasadas, avanzarán juntos hacia el acuerdo.
Hagan pausas para el silencio y la reflexión. Así permitirá que trabaje la intuición. Es la intuición la que encuentra caminos donde la razón se pierde. La intuición descubrirá las causas profundas y ocultas del conflicto.
¿Cuándo se aplican esas prácticas?
La globalización hasta ahora sólo es un concepto materialista… pero pensamos que pronto tiene que haber una globalización del espíritu.
¿Consiguen detener algún conflicto con la oración o la meditación?
Voy a referirme a alguno de ellos…
Fue en Sudáfrica. Se presentía una guerra civil y miles de personas de organizaciones no gubernamentales meditamos con los sudafricanos en la buena dirección. No trajo directamente la paz, pero ayudó, desde luego. La paz en Sudáfrica es mérito de Mandela porque ha demostrado que un solo hombre que renuncia a la venganza puede eliminar el odio del corazón de todo un país. Un hombre bueno. Sí.
Un gran hombre es quien consigue extraer lo mejor de cada uno y encuentra bondad incluso en el peor criminal. Mandela logró que millones de personas brutalizadas y esclavizadas como él perdonaran con él y miraran al futuro.
…O el día que me vi rodeada de 14 convictos de homicidio que me recibieron con una flor al llegar a la prisión de Londres y con los que medité después hasta que los vi llorar de alivio. Necesitaban encontrarse a sí mismos…
Galletitas
La maleta de Jayanti Kirpalani, esta señora de la paz contiene una túnica de recambio, papeles y muchos paquetitos de galletas. Obtiene la concordia universal a base de pastitas.
Lleva consigo siempre una maleta llena de pastitas.
Me obliga a deglutir una, aunque acabo de desayunar, y me llena los bolsillos de ellas para mis colegas.
«Los dulces llegan directos al corazón»
El dulce mensaje es que nuestra paciencia conseguirá mucho más que nuestra fuerza.
Extractado de la entrevista y artículo de Lluis Amiguet
Conquistaré un reino de sombras. Inauguraré una nueva era en el alma, una obsesión de alegría y tormento, una nueva danza que alcanzará un día su plenitud.
Me desprenderé de la armadura que me acompañara hasta hoy y desnudaré la oscuridad de las palabras para cobijarme en el gris del color sin color, acromáticamente sola entre la lluvia, como un gris cansado que diría Lorca, o una luz negra como la de nuestra Tierra, que diría Chillida.
Me moveré entre la sutileza y esa mirada finísima de las sentencias, ese ave que sobrevuela por encima de las brumas y se mueve con levedad.
Algún día abriré mis ventanas a ese paisaje único que ahuyente soledades de colores, mis desvelos envolviendo a la luna y dibujando sus contornos de luz.
A mis tutores de Fotografía MariJose Cueli y Juan Cid Con mi cariño y eterna gratitud
Poesía es sinónimo de belleza realizada y sensible, y por eso, ampliando metafóricamente su acepción estricta, el uso común extiende el nombre de poesía y de poético a todo lo que es bello, a todo lo que produce emoción estética. Así se dice: ¡Qué poético paisaje! ¡Cuánta poesía hay en este bosque!, y, frases semejantes, con que se da a entender que los objetos a que tales palabras se aplican producen en el alma una impresión poética, esto es, estética.
112
Estas dos maneras generales de producción, propias de la poesía objetiva, se manifiestan: la primera en la mayor parte de los poemas épicos y en las novelas y dramas históricos; la segunda en los poemas épicos de carácter filosófico (como el Fausto de Goethe) y en las composiciones dramáticas y novelescas que no se fundan en ningún hecho real, pero que representan o narran hechos posibles en lo humano.
113
En los géneros poéticos objetivos (épica, dramática, novela, etc.), la forma inmediata y primera del fondo (la forma conceptiva) es un conjunto de hechos y personajes, una acción ficticia, y en este caso la narración, la descripción, el diálogo, etc., son meras formas expositivas de esta forma primera, que en cierto modo se convierte en fondo de la obra. Pero en la Poesía subjetiva suele acontecer que la forma expositiva es la primera, pues el poeta no hace otra cosa que exponer directamente el estado de su alma, o enunciar un pensamiento determinado.
114
Fácil sería mostrar con numerosos ejemplos la verdad de estas afirmaciones. La manera distinta con que consideran la realidad el científico y el poeta es evidente. La idea de la relatividad del conocimiento inspirará al filósofo un minucioso análisis psicológico y crítico, cuyo resultado será una fórmula árida y descarnada, semejante a esta: Todo conocimiento es relativo, y varía según las condiciones características de cada inteligencia individual, La misma idea, convertida en pintoresca imagen por el poeta, le inspirará esta breve y gráfica sentencia:
En este mundo traidor nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira.
El científico, examinando una flor, hará una descripción detallada de todos sus órganos, y declarará fríamente que es bella o huele bien; el poeta, sin cuidarse de describirla, ensalzará la delicadeza de su aroma, la belleza de sus colores, y buscando relaciones y analogías que el científico no advierte, verá en ella una imagen de la brevedad de la vida, imaginará que el sonrosado de sus hojas es un símbolo del pudor, la comparará con una virgen tímida, si es una violeta, o con una orgullosa hermosura si es una camelia, etc. Un historiador, al relatar un hecho, se cuidará, ante todo, de exponerlo fielmente en todos sus detalles; un poeta lo modificará según exigencias estéticas, y solo buscará en él lo que tenga de dramático.
115
No hay que confundir esta idea y asunto puramente artísticos, con el fin moral que el poeta puede proponerse. Fuera de que la idea moral o trascendente no es absolutamente necesaria en la obra poética, su concepción puede ser motivo determinante, pero no primer momento de la producción artística. La elección de una tesis que se quiera probar por medio de una acción dramática o novelesca no es todavía un acto de producción artística; esta comienza al concebir el pensamiento dramático (la idea general de la acción) de cuyo planteamiento y desarrollo ha de deducirse la demostración de la tesis moral.
116
Decimos sean o no bellas porque no siempre es bello lo expresado por el poeta subjetivo o lírico. La duda, la desesperación, el escepticismo, la ira, el amor puramente sensual no son ciertamente estados bellos del espíritu, y, sin embargo, puede su expresión poética ofrecer verdadera belleza, merced a la forma de que el poeta los reviste. En la poesía filosófica y razonadora esto se muestra a cada paso.
117
Preferimos a esta denominación la de mixtos o compuestos, porque la palabra transición indica una relación de continuidad que no siempre revela entre ellos la experiencia. Un género de transición debe ser el que siga a uno y preceda a otro, de los géneros simples en el desenvolvimiento histórico del Arte, o al menos el que represente un conato de trasformación de un género en otro. Nada de esto se observa en la historia de dichos géneros ni lo revela el estudio de su naturaleza. La sátira, género épico-lírico, no sigue a un desarrollo épico ni precede a otro lírico, sino que es coetánea de ambos géneros, ni representa un conato de lo épico para convertirse en lírico o viceversa. Lo que hay en estos géneros es una compenetración o composición de elementos propios de los géneros simples, y por esto el nombre que mejor les cuadra es el que hemos adoptado.
118
Hay algunos poemas épicos escritos en prosa (el Telémaco de Fénelon, los Mártires y los Natchez de Chateaubriand, el Ahasverus de Quinet, etc.); pero estos ensayos no han tenido éxito. La grandeza y solemnidad de la concepción épica no se avienen con la forma prosaica.
119
Esta es la principal razón de la decadencia de la Poesía épica en la época presente. Debilitada la fe en lo sobrenatural, o al menos restringida a muy reducidos límites; sustituida la explicación poética de los fenómenos naturales por teorías científicas que difícilmente se prestan a la inspiración; imposibilitada por multitud de circunstancias, la formación de mitos y leyendas históricas; rebajada la talla de los héroes y de los sucesos; -la Poesía épica tiene que circunscribirse hoy a esfera muy estrecha, y no puede remontarse adonde llegó en otro tiempo. Por eso la ha sustituido la Novela, mezcla de lo épico y lo dramático, que, en formas prosaicas, pero con mayor interés y verdad que la Poesía épica, expresa los ideales y narra los hechos de estos tiempos. Poemas de breves dimensiones, tanto líricos como épicos, y no pocas veces dramáticos, que con frecuencia entrañan tendencias humorísticas, son hoy los únicos y degenerados representantes de este género, llamado, si no a extinguirse, por lo menos, a sufrir una trasformación profunda.
120
Dante, que cantó todas las grandezas de la teología católica en su Divina Comedia; Milton, que narró hechos tan portentosos como la caída de los ángeles y el pecado de Adán; Klopstock y Hojeda, que relataron el drama del Calvario, cumplieron este precepto fundamental en el terreno de la Poesía épico-religiosa, como Valmiki, Homero, Virgilio, Tasso y Camóens en la heroica. Pero no tuvieron igual acierto en la elección. Virués en su Monserrate, Ercilla en su Araucana, Voltaire, en su Henriada, y otros muchos. Un hecho milagroso, que da origen a la fundación de un monasterio, una lucha con una tribu salvaje, una guerra civil desastrosa, no son asuntos que ofrecen la grandeza o interés propios del verdadero poema épico.
Me asomo al vacío. Llueve. Será este otoño el octubre de la intemperie De lejos llega la voz entrecortada de las noticias repitiendo insistentes su desolación, techumbres caídas y el sonido del vacío en el silencio. No recuerdo rendijas de luz en las palabras.
Llueve. Conozco su impacto de quejumbre incandescente que emerge como caudal creativo rasgando el velo negro transparente de la noche. El silencio afónico reclama su sentido. En el desierto nadie escucha nuestro ruido.
Palabras de Acróstico Ver Blog de Azurea Texto y Fotografía @mjberistain
Como un huésped accidental has desgarrado las cortinas de mi alcoba. Quizá fuera un viento ebrio; un vendaval quien se atrevió en el calor de la noche a escudriñar el aroma de las horas, o los pliegues de las sábanas blancas sobre mi cuerpo desnudo en los espejos.
Deja que deshaga de mis dedos la urdimbre de caricias y que mis manos palpen ciegas y ajenas la larga tela fría del desengaño.
Desnuda estoy frente a mis sueños, y te temo.
Pequeña variación sobre un poema de Pablo García BaenaVer TRIANARTS Imagen: Tsuguharu Fujita
Título de un poema del libro de isabel fernández bernaldo de quirós
A veces necesitamos un respiro; a medida que el tiempo se va deshilando alrededor nuestro, es más necesario. Yo suelo decir que necesito un poco de por favor. Desconectar de la inquietud que conforma lo externo, de la velocidad de imágenes y contenidos que la actualidad obliga a manejar con soltura, del bullicio del éxito, de la naturaleza del fracaso humano de las guerras…
Un poquito de por favor. Puede ser que ya no pertenezca al futuro inquietante que cada mañana ocupa mis zapatillas de andar por casa. ¡Pues andaré descalza lo que me quede de vida!
Van diluyéndose en la memoria los nombres de los que alguna vez estuvimos enamorados, las oraciones litúrgicas, las definiciones y conceptos aprendidos, no sin llanto, cuando fuimos niños.
CESURA
Abrazada a la luz
mi mano roza las flores.
En el caos del dolor,
la escarcha se desvanece entre los dedos.
Almizcle el alba
Débilmente,
débilmente,
el sufrimiento se hace olvido.
Cesura la vida.
Poema de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós del libro La inquietud de las flores
Y reconoces algunas de las palabras que, con tanta sabiduría dedica a Isabel en su prólogo el autor Jose María Muñoz Quirós.
Sucede que… «en este libro, las flores son la caricia de la búsqueda y, también el desarrollo de una mirada que sepa escoger, en el territorio de la naturaleza, el lenguaje que en su ocultamiento esconde la vida secreta de sus límites más profundos, la audacia que plantea la vivencia en la armonía y en la necesidad de crear, de conformar un universo personal, una voz propia que sepa pronunciar lo que el mundo la ofrece».
En el prólogo vas descubriendo además a Isabel, a esa voz propia a la que todo poeta aspira y que en este libro se manifiesta especialmente, «desde la intensidad y verdad de su universo secreto y misterioso, desde el lado más claro de su corazón, desde la última orilla de su ser. Hay momentos en los que Isabel, deja al lector solo frente a sí mismo y sus pensamientos, en el filo de la palabra líquida del silencio«, en la emoción extrema, al reconocerse él mismo parte de la belleza del poema.
Solo por ello se me hace necesario abrir sus páginas y dedicar un tiempo de sosiego a disfrutar de la belleza de las palabras, y a emocionarme con su sentido, como si se tratara de una conversación íntima con mi gran amiga Isabel.
Abrir las páginas de un libro por puro azar, y sentir, o imaginar que sus palabras se están dirigiendo a ti.
¿Por qué he elegido hoy este libro de formato especial, de encuadernación exclusiva y papel satinado con páginas llenas de imágenes antiguas de viajes, barcos, trenes, aviones y de «pasajeros», cuyo modo de vida elegido es viajar solos?
Página cuarenta ocho y cuarenta y nueve. ¿Qué significado tiene? No voy a pensar más en ello. Voy a dedicarme a leer y a ver si descubro su mensaje.
Suele pasarme que cuando abro un libro —cualquiera que sea, y ya sea en mi propia biblioteca o en la biblioteca de algún amigo o en cualquier librería a la que no pueda evitar entrar— en cualquier página, me aguarda un mensaje que el destino tiene preparado para mí en aquél justo momento.
Esto me fascina.
Hoy mi viaje ha llegado hasta aquí y he topado con este texto que me acerca al sentimiento del amor, desde la otra orilla.
Hay pocas sensaciones y pocos estados mejores que los que se viven durante un viaje. Nada como ir de un lugar a otro, sin más compañía que las vueltas de tu imaginación y de tu memoria, y sin más arma que la capacidad que tengas en cada momento de relacionarte con la gente, con el paisaje, con el clima, con las costumbres, con los pequeños hábitos, las comidas, las formas de cortesía, las formas de soledad, los modos de estar con otros…
La soledad del viajero es una soledad llena de estímulos. Es una soledad acicateada, pellizcada. Es una soledad libre.
El viaje ayuda a la introspección, a la inmersión, y, a la vez, uno se puede ver desde fuera. Como si cruzara hasta la orilla de enfrente, se mirase desde allí, y descubriera, con nitidez, y con cercanía, nada de la borrosa lejanía que pudiera sospecharse, perfiles, ángulos, profundidades, que no había imaginado nunca.
Yo soy pocas veces más yo que cuando viajo. Amo estar sin otras coordenadas y sin otra identidad que la que soy capaz de agrupar durante el trayecto.
Decía Elias Canetti que el buen viajero es despiadado, porque viajando los prejuicios se quedan en casa. «Se observa, se escucha, se siente uno fascinado ante lo atroz porque es nuevo».
.
¿Qué oculta la mar cuando la noche la viste de plata?
.
Despierto bajo cielos donde dormitan brújulas
la ebriedad del salitre entre mis venas.
¿Y si dejara de soñar?
Tus rasgos, el atardecer en tus ojos
del color de la arena
Tu ceño fruncido, y una alarma
encendida en la noche
cuando echas a volar seductora
la vieja mueca para una nueva bienvenida.
.
Desde la otra orilla
La mar me envuelve en una nube de borrosa lejanía,
Se establecieron varios grupos, de chicos fundamentalmente, y apenas alguna chica (entre ellas, yo). Después de las presentaciones y de la adjudicación de parejas, mi compañero, un chico con un físico atractivo, moreno, de facciones varoniles y espléndidos ojos de color azul cobalto, se dirigió a mí y con su imperiosa voz preguntó incrédulo: ¿tu sabes jugar al mus?, a lo que contesté afirmativamente.
—Bueno, pues tú callada. Yo llevo la partida.
Éramos muy jóvenes, componentes de un equipo que viajaba a Suiza a participar en una competición de ski. El autobús se desplazaba animado por la pericia de Manolo el conductor, un hombre algo mayor que los componentes del grupo, pasado de alegría y vitalidad, o aún afectado por la resaca del día anterior que le mantenía hiperactivo, por lo que resultó ser un viaje memorable.
No soy una perdedora, y, aunque la humillación hervía en mi interior, no fui capaz de negarme a jugar. Me alegré de verdad de perder aquella partida.
Esto es una pequeña anécdota vivida de cómo hemos sido tratadas las mujeres «a las que se les ha cortado la lengua de forma literal y metafórica a lo largo de la historia».
Además de cortarles la lengua había otras maneras de silenciarlas.También se les dormía o se les ninguneaba haciendo caso omiso a sus palabras. Como fue el caso de Casandra, hija de Príamo, que predijo que su hermano Paris causaría la destrucción de Troya y que el caballo de madera que los griegos dejaron en las puertas de la muralla era una trampa. Nadie le hizo caso. Cuenta el mito que el dios Apolo, furioso porque ella no quiso entregarse a él, le dio el don de la clarividencia con el tormento de que sus advertencias serían ignoradas. No pudo violarla, pero ejerció sobre ella una forma perversa de violencia: despojarle de credibilidad. Ridiculizó su voz hasta reducirla a un blablabla.
Así mismo, el caso de María Moliner, a quien no se le reconoció autoridad al rechazarse su candidatura en la RAE en 1972 después de haber escrito el diccionario de uso español más completo, útil, acucioso y divertido de la lengua castellana.
LA GUERRA DE TROYA FUE SIEMPRE LA GUERRA DE LAS MUJERES
La ganadora del Man Booker Prize Pat Barker ahonda en la leyenda intemporal de la Ilíada y narra las últimas semanas de la guerra de Troya desde la perspectiva de las no combatientes; una novela poderosa y memorable sobre el más grande de los mitos griegos…
Pat Barker nos ofrece una obra maestra de dimensiones colosales, ambientada en el epicentro de la guerra más famosa de la literatura. El silencio de las mujeres se erige sobre su estudio de la guerra, al que ha dedicado décadas, y el impacto que tiene en la vida de las personas.
«En la Ilíada, esa oda a la destrucción causada por la agresión masculina, las mujeres son el objeto a través del cual los hombres luchan entre sí para afirmar su estatus. Las diosas siempre tienen algo que decir, pero las mortales suelen permanecer en silencio y si hablan es solo para lamentarse: por la caída de Troya, por sus hijos, padres y esposos muertos, y por su propia libertad, tomada a la fuerza tanto por los vencedores como por los vencidos». The Guardian
«Siempre nos quedará mañana». Película italiana. Una buena película recientemente estrenada que, por el tema controvertido del que trata, ha despertado críticas diversas.
LLoro, como cuando llueve, sin motivo ninguno. L.M.Malo Macaya
Es el tiempo de perder los papeles, la memoria se desmorona en abstractas pinceladas de colores desvaídos.
En algún momento dejé de leer mis antiguos cuadernos de poemas, fue el paso inclemente del tiempo quien borró la inocencia de sus huellas.
Soy una ausencia en el nuevo lenguaje del mundo, vivo en un sueño profundo. No recuerdo dónde olvidé mis gafas, ni las alas de mi pañuelos blancos.
He roto mis cuadernos ¿Cuándo, dónde olvidé tus nombres, amor?
Ayer fue un día muy especial. Llevo días acordándome de mi madre. El 14 de mayo hubiera sido su cumpleaños. Tenía 19 años más que yo. A medida que avanza el tiempo, pienso más en ella, y en mi padre, que ya no están conmigo. Coincide que estoy leyendo el poemario de Luis Miguel Malo Macaya (regalo que agradezco a la Editorial Macaya) que con gran acierto, respeto y lirismo toca el tema del desconsuelo y la espera, de las incertezas del futuro y las deudas con el pasado. Coincidió que TV1 reponía ayer la película El Padre protagonizada por el magistral Anthony Hopkins. Sin querer abundar en el tema «penoso aunque cercano a todos», incluyo reseña tomada de internet, escrita por andres suarezfernandez.
«Todo en esta película me es dolorosamente familiar. Me ha tocado vivirlo. Gracias a la portentosa actuación de Anthony Hopkins, arropado por el resto de los actores, entre los que sobresale poderosamente Olivia Colman, he podido tener un atisbo de lo que podría haber sentido mi madre, mientras se iba hundiendo día tras día en el abismo de la demencia. La confusión del espectador es continua y desasosegante, porque es la misma que sufre el protagonista, que no distingue, a partir de determinado momento, entre las mañanas y las tardes, su casa y la de su hija, su hija y su cuidadora… Especialmente duras son las escenas en las que aparece su yerno, figura amenazadora que (hasta el propio espectador llega a creerlo) llega a agredir físicamente al anciano, o, al menos, eso cree éste. Es terrible para el enfermo y (puedo asegurarlo) para sus cuidadores, sobre todo, en estadios avanzados de la enfermedad, cuando los episodios de lucidez mental son cada vez más escasos. Son los momentos más dolorosos para la familia, porque le traen a la memoria quién era su madre (o su padre) antes de la enfermedad. El montaje ha sido magistral y el transcurso de las escenas, en interiores casi exclusivamente, sumergen al espectador en esa atmósfera irreal e inquietante que destila toda la película. Obra maestra».
Mi mundo se mueve a trompicones de una manera loca desde hace muchos meses. No consigo la «verticalidad» que tanto deseo. Quizá sea por eso que no encuentro palabras adecuadas, ni inspiradoras y felices, ni inteligentes, ni concluyentes para salir del estado ruinoso del que intento salir a flote. Es cierto que hay momentos de luz en los que lo consigo, más con pena que con gloria hasta el momento. Pero, aquí sigo…
Hoy me apoyo en las palabras de una escritora a la que admiro por el rigor de su trabajo y la frescura de su voz. Tomo prestado, en parte, su artículo titulado «Mi taller de estrés». Y, desde aquí quisiera hacerle llegar mi agradecimiento especial por su generosidad al permitir a sus lectores participar de su pensamiento y de su escritura.
Basado en el artículo titulado «Mi taller de estrés» de la Escritora JULIA SANTIBÁÑEZ a la que admiro por el rigor de su trabajo y la frescura de su voz.
Un año más de sufrir por gusto puro. Uno más de torturarme a la semana. Saber en el cuerpo que tiendo a los extremos y persigo el centro. Saber que nunca voy a dejar de perseguirlo. Tampoco alcanzarlo, pero me acerco.
En mi balanza incómoda, un plato es «la yo» que sabe atascarse de planes, de retos que supuran adrenalina; el otro, es «esa yo» que tan bien conozco, la que demanda silencio, serenidad. Lo adivina y lo dice cabal Caetano Veloso en esa rara canción, “Vaca profana”. Podría traducirse “visto de cerca, nadie es normal”. Conmigo es más cierto, es muy más cierto: soy frontal y furtiva, ansiosa y calma, todo me repele, todo me enamora y me voy de boca. Pero conocí el yoga, mi taller de estrés, mi carpintería y mi té de frutas. La palabreja significa “unión”, concilia lo distante, es arregladora, por eso cada semana voy de vuelta al tapete, al patíbulo, al martirio, a poner a conversar mente y torso, a limpiar las telarañas entre ambos.
La verdad es que la práctica me choca, pero al terminar recupero mi espalda, la siento de nuevo flexible y guapa. Podría hacerle una fiesta sólo por eso. Además me saca un rato de mi mente, la que sobrepiensa, la desmesurada. Qué lujo: una hora sin esta neura, sin el ruido mental, sin el aire grueso. En cambio me centro en la respiración, esa maravilla que tanto olvido.
Nunca me meteré a un concurso de yoguis: las figuras perfectas no son mi meta, tampoco pararme recia en las manos. Sí lo es lograr ese equilibro quieto mientras sostengo una postura de asfixia. Recuerdo que soy un cuerpo, que centímetro a centímetro aprendo a ser flexible. Por un rato solamente estoy aquí.
Ya he hablado antes en esta columna de las similitudes entre mi oficio de escritora y la práctica de yoga. Ambos exigen constancia, administrar el aliento, competir sólo contigo. Hay que tomarlos en serio, con rigores, apostar como si no hubiera riesgo y, sí, puedes estancarte, aburrirte. Pero luego dar un estirón. Por eso no paras, no te das el lujo. Tanto el trabajo interior como las letras piden una cadencia que es intuitiva: existe un ritmo por descifrar acentos, ampollas, tartamudeo y seducción, “bailar como si no hubieras ensayado”, según decía el dios de nombre Fred Astaire, que primero dominaba la técnica, para flotar ya dejado a su aire.
Lleno bolsas de basura con poemas, pero sigo en el intento de aquel verso. Me imagino que tal vez un día llegue. Intenté por años el trikonasana*; un día, no sé cómo, al fin le entendí. Y está lo superior: buscar la belleza, creer que de mis dedos y de mis piernas podría surgir algo sublime. Sutil. Nomás por eso sigo necia en ambos. Nomás por eso son mi vicio feroz.
postura de las tres esquinas
Personalizo en la imagen mi «taller de estrés» relacionado con la fotografía
Reconozco a estas alturas que soy una persona discreta, poco comunicativa, y que me falta una pizca de curiosidad que por los motivos anteriores no he desarrollado especialmente. Así que, me doy cuenta ahora. Me he perdido detalles que debería de haber, al menos, observado con un poco más de interés, o, voy a decir, «picardía». Tampoco ha sido para tanto, en realidad el número de «gintónics» que me he tomado, como suele decirse, podría contarlos con los dedos de una mano, y esto creo que ha sido porque la primera vez que tomé uno yo estaba con mi grupo de amigos en el «Store». El bar de copas más famoso de la ciudad al que solíamos acudir los jóvenes en fin de semana. Un bar de moda al que había que bajar por una solemne oscuridad a un sótano, a una profundidad de cinco metros de escaleras. Sonaba la música de tal manera que era imposible mantener una conversación, ni tan siquiera cruzar unas breves palabras para el entendimiento, con nadie. Se trataba de beber, bailar, observar (o nó) y sonreír, hasta morir en el intento. Al cabo de una hora de estar de pie, eso me pasó a mí. Con mi «gintonic» en una mano sentí que mi cabeza se licuaba, y que todo a mi alrededor se movía en oleadas al ritmo de los hielos que iban deshaciéndose en mi gran copa transparente. Debí de irme al suelo. No os voy a hablar del «rescate», de cómo me subieron a la superficie etcétera. Y yo juré que nunca más bebería una pócima parecida. ¡Qué ilusa era entonces! Lo que sí es cierto es que, a pesar de mi parquedad, me convertí en una persona famosa en la sala de baile.
Y, quizá fue por aquella falta de interés en «el gintonic» por lo que nunca se me ocurrió asociarlo al Enebro.
Por Gemma Bargues (Extracto)
Gran parte de la fama de las bayas de enebro se la debemos a uno de los destilados más consumidos, la ginebra. Pero los usos, propiedades y beneficios de esta planta van mucho más allá. ¡Lo descubrimos!
Es la base de cualquier ginebra y el ingrediente estrella de uno de los cócteles más solicitados, el gin tonic. Te hablamos del enebro, cuyo fruto -las bayas de enebro- da vida, sabor y exotismo a este combinado predilecto en las barras de medio mundo. Sin embargo, ¿qué más puede ofrecernos esta planta?
Qué es y para qué sirve el enebro
El enebro, cuyo nombre científico es Juniperus communis, es un árbol originario de Europa, América del Norte y algunas zonas de Asia que pertenece a la familia de las Cupresáceas (Cupressaceae). Los frutos que nacen de él son muy utilizados como condimento en gastronomía, pero también como ingrediente en medicina tradicional.
Por las condiciones ambientales que requiere, el árbol del enebro (conocido también como ajarje, jinebro, cimbro o anavio) crece en amplias y elevadas zonas montañosas donde las temperaturas son muy frías y hay mucha humedad. Se calcula que el tamaño de esta planta leñosa-del que existen entre 60 y 70 variedades en todo el mundo– puede variar entre uno y dos metros de altura, aunque dependiendo de la zona y del clima puede ser más alto.
En cuanto a su apariencia, las hojas del árbol del enebro son inconfundibles: son muy finas, alargadas y tienen forma de agujas puntiagudas. Sus frutos o bayas son de tamaño muy pequeño, tienen forma esférica y presentan un color verde grisáceo que, al madurar, se torna azulado, púrpura o negro, similar al arándano.
Las bayas de enebro se utilizaron inicialmente con fines medicinales desde la antigüedad por sus propiedades digestivas, purificadoras, desinfectantes y expectorantes entre otras muchas. Además, el extracto de bayas de enebro es un producto común en perfumería y otras industrias relacionadas con la estética. Y, aunque el árbol no produce mucha madera, en muchos países nórdicos se utiliza para elaborar distintos productos como cajas para productos lácteos o empuñaduras para cuchillos. También es común su uso ornamental o incluso como producto de esoterismo. Son precisamente ellas, las bayas, las que después se utilizan por ejemplo para la elaboración de bebidas tan famosas como la ginebra. Sin embargo, el enebro no solo sirve para aromatizar destilados y crear exóticas combinaciones en el mundo de la coctelería, sino que en las cocinas de medio mundo se utiliza en seco para condimentar infinidad de platos como carnes, guisos, salsas, etc., o para elaborar deliciosos tés e infusiones.
Propiedades y beneficios del enebro
Además, el enebro aromatiza, condimenta, embriaga y hasta es capaz de sanar y aliviar multitud de patologías gracias a las propiedades y beneficios que se le han atribuido desde la antigüedad.
El tratamiento de dolores musculares es una de las principales bondades de esta planta, en concreto de su fruto. Tanto tomado en infusión como aplicado en masajes en forma de aceite esencial, el enebro ayuda a calmar procesos inflamatorios como dolor de articulaciones, lesiones deportivas o contracturas musculares. También posee efectos diuréticos que favorecen el buen funcionamiento renal, así como la prevención de afecciones como la cistitis.
Es conocido también el poder anti-bacteriano del enebro, actúa también como un efectivo expectorante y antiespasmódico.
Nuestra piel y nuestro cabello son otros de los grandes beneficiados por los efectos del enebro, debido a que posee importantes propiedades antisépticas, astringentes y cicatrizantes. Las personas que tienen acné, dermatitis, piel sensible, cuero cabelludo graso, caspa o incluso caída capilar, etc., encuentran en el enebro un gran aliado. De ahí que muchos cosméticos y tratamientos-tanto faciales como capilares incluyan el extracto de las bayas de enebro en su composición.
El enebro es rico en tiamina y vitamina B3, así como en calcio, zinc, selenio, sodio, cobalto, hierro, potasio o fibra. Además, ayuda a fortalecer el sistema inmunitario gracias a su alto contenido en vitamina C, la cual contribuye también a la producción natural de colágeno y a que nuestro organismo esté más protegido frente a posibles agentes externos. El enebro también alivia tensiones, pues se dice que, tomado en infusión, ayuda a calmar la ansiedad o el estrés, de ahí que se suela usar en baños relajantes. Asimismo sirve para regular los niveles altos de glucosa en sangre. Esto es debido a que el fruto del enebro es muy rico en propiedades antioxidantes, las cuales favorecen la buena salud cardiovascular. Sin embargo, estos efectos no deben utilizarse nunca como tratamiento en casos de personas con patologías como la diabetes, ni mucho menos sin la consulta previa a un médico especialista.