El frío del Ártico


Localicé un pequeño piso dedicado a acoger a estudiantes en una calle cercana al puerto. De puntillas Me acerqué a la pequeña ventana en alto del ático que me ofrecieron como única solución porque todavía no se había acabado el curso; aún quedaban días hasta que la mayor parte de los estudiantes volvieran a sus países de origen y entonces podrían hacerme un hueco más adecuado para un alquiler de largo plazo. La señora Magritt —así le había dicho que la llamara— era la típica mujer nórdica —calculé que tendría alrededor de sesenta años— fuerte, alta, rubia y poderosa parecía una persona dispuesta a acogerme en su casa sin preguntar demasiado. En principio nos habíamos entendido bien. Sin embargo, en aquella habitación el frío del ártico se colaba por el pequeño ventanuco de cristales sencillos, pendientes de limpiar, desde el que podía verse una pequeña franja de mar y el trajín diario del mercado. Es cierto que había una pequeña estufa de hierro negra con una salida directa al tejado que confirmé que estaba en uso y aquello me tranquilizó un poco. Aquel panorama añadido a la acogida de Maggrit consiguieron que la sensación de fría soledad no fuera tan aguda.

Un estremecimiento me recorrió entera  cuando me senté encima de la cama. Apoyé mis pies descalzos sobre la mochila que había dejado tirada de cualquier manera en el suelo de  habitación y no encontré nada dentro de mí para salvarme de la desolación que sentía. Curiosamente me di cuenta de que nunca había necesitado a mi madre y ahora me encontraba perdida, como si uno de los pilares de mi vida se hubieran desmoronado cayendo sobre mí y dejándome atrapada entre sus restos.  Había dejado el armario abierto de par en par pero no me sentía con fuerzas para organizarme. Lo cierto es que tampoco llevaba tanto equipaje como para necesitarlo. Ahora no. Mañana, ¡quien sabe!, pero poco a poco fui entendiendo que estaba ante una etapa nueva en mi vida y que cualquier cosa que hiciera marcaría mi camino hacia un futuro incierto.  Y solo iba a depender de mí hacerlo a mi manera. Por primera vez en la vida tenía que vérmelas conmigo misma a solas. El frío del Ártico dolía, me había pillado sin abrigo.

Hablábamos por teléfono con frecuencia. Nathan retomó rápidamente sus clases en la Universidad, y al atardecer continuaba con sesiones especiales con algunos de sus alumnos que solían celebrar en un bar bastante acogedor y reservado del centro.

—Sé que necesitas tu espacio y sé que también necesitas tiempo. Yo también. —me dijo una tarde de sábado que nos encontramos para pasear con tranquilidad.

—El próximo martes expongo en el Paraninfo de la Universidad un  trabajo sobre el cambio climático —mientras me ofrecía un sobre con una invitación al Acto— Además de que el tema nos concierne a todos, sería interesante que te acercaras —me dijo—.  Y a mí me gustaría especialmente.

—Sonreí. Lo cierto es que me gustó la propuesta. Además todavía no me había comprometido en ninguna de las dos opciones de trabajo que me habían interesado. Valoraba por una parte el quedarme en la ciudad, y por otra, alejarme de él e instalarme en el pequeño pueblo de Flam (donde yo había nacido)  y dedicarme a implementar un interesante proyecto turístico. —No lo había comentado con él—.

—Allí te presentaré a gente con la que estoy seguro que conectarás porque veo que podéis tener aficiones comunes y son grupos muy activos tanto a nivel cultural como deportivo.
Los inviernos aquí son largos, tu lo sabes —me dijo— y tienes tiempo para organizarte si es que tu opción, según dices, va a ser quedarte en Noruega.

—Al terminar habrá un pequeño ágape para favorecer el encuentro y el cambio de impresiones entre los asistentes. Será genial, ya lo verás.

La claridad de la noche de aquel sábado de primavera provocó un tumulto de imágenes cruzadas en mi cabeza. Me levanté mil veces de la cama para ver el cielo que no terminaba de oscurecerse; solo palidecía el azul cobalto…


 

 

 

Toco tu boca


«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad, elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde el aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces, mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llenas de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua».

Julio Cortázar

 

 

 

 

 

La palabra, lugar de encuentro

Dice Amparo Amorós:


El pensamiento de María Zambrano es un pensamiento poético no solo por ser discurso de lo poético y sobre lo poético, sino, ante todo, porque se produce como toda razón que elige la poesía como forma, es decir, avanza en imágenes. Ellas son como las piedras que salpican la corriente del río y permiten al pie, apoyándose de una en otra, ganar la orilla opuesta, esa que nos sitúa del otro lado de las cosas, no para alejarnos de ellas, sino para recuperarlas en la distancia que permite la perspectiva. Y es, además, un pensamiento poético porque en él cuenta menos la meta que el trayecto. Hay pensamientos que nos urgen a seguirlos a determinado punto de arribo, que nos fuerzan a «concluir» (que es, en definitiva, una forma de acabamiento). El de María, en cambio, se diría que se limita a acompañarnos en el camino y, al paso, nos lo sugiere suavemente, sin prisa por llegar a parte alguna, porque ese camino del pensar, como el camino «machadiano», tiene valor en sí mismo y no en función del término al que nos conduce.

 

… Miraba el mar tardes enteras, hasta que me di cuenta de que alguien aguardaba y llamaba calladamente. Alguien que habría de venir, un hombre quizás desde los abismos de las aguas. Siempre me entendí muy bien con los pescadores y con los que habían surcado el mar tantas veces que ya era su patria. Alguien habría de venir sobre las aguas, y cuando la claridad de la primera alba se fundía con el mar dejando oscura la tierra, salía de mis sueños violentamente creyendo que podía venir en ese silencio en que la tierra se retira, se borra. Antes de la luz de la aurora. Antes de la aurora me despertaba. Con el rosa de la aurora resucita la tierra, el mundo de la sangre, del fuego, de la sequedad del deseo y de las cosas opacas. Aparecía ya la sangre en esa luz ni siquiera blanca, unas gotas de sangre celeste diluidas en la aurora y comenzaba el día y la historia, el hombre de la tierra hijo de esa herida celeste. Mientras que el que me despertaba llegaría caído de la luz, nacido de la luz en las profundidades de las aguas. Tan solo un instante haría vibrar el aire. Un pájaro, extendidas sus alas inmensas, por un instante se detuvo suspendido, un ave desconocida y que volví a ver. Pero yo salía de mi sueño por el rumor de sus alas, antes del día y de su luz.


María Zambrano (Fragmento)

 

 

Maldito lunes


 

Se desperezó sin saber muy bien dónde estaba. Solo recordaba el momento de la firma.

—Señorita, puede usted firmar aquí. —sonó su voz aflautada.

—Y usted aquí, Señor. —carraspeó.

Lilith  no había estado en disposición de polemizar con aquel personaje de aspecto aristócrata venido a menos, con su peluquín mal colocado y evitando la mirada directa de los clientes con la excusa de acabar rápido aquel trámite rutinario, debido al exceso de trabajo en su despacho de notario.

La pantalla del ordenador llevaba parpadeando sin parar los últimos días intentando encontrar destinos exóticos para su huída. Lugares imposibles, islas salvajes, desérticos trozos de tierra, de arenas, que nunca antes había sabido situar en los mapas.  No había habido manera de acertar con la música durante la búsqueda de información para su viaje iniciático. Estaba inquieta, excitada. Ni Cohen, ni Queen, ni Mozart ni Celentano la habían inspirado en aquellos momentos. Desistió. Se recogió el pelo en un moño mal hecho  y decidió tomarse un baño de espuma perfumado. Después, se había sentado en la alfombra mordisqueando un pedazo de pan duro mientras en el televisor un documental de viajes de National Geographic había captado su atención. Se quedó allí, apoyada la espalda en el sofá. Enseguida Kaisser se tumbó a su lado.

Un individuo sucio de protuberantes mejillas rojas y nariz aplastada y granulosa, con un palillo asomando de la comisura de su boca sebosa, a donde acudía de vez en cuando alguna mosca, observaba la escena desde una mecedora apostada debajo del típico porche desvencijado de las películas de vaqueros. Los caballos se habían removido relinchando al escuchar los tiros que también les habían despertado a Kaisser y a ella. Eran las dos y cuarto de la madrugada.

—Kaisser… —murmuró somnolienta—.

La miraron unos ojos legañosos, quizás sin verla, pero con afecto, agradeciendo la caricia de la mano que le revolvía la cabeza.

La noche había resultado ser una sucesión de escenas del mejor Western en las que ella interpretaba el papel de «femme fatale». Vestía corpiños ajustados de colores dejando dos botones abiertos en su escote que animaban a los clientes a acercarse y alentaban el consumo continuo de cervezas y de ron hasta que caían rendidos a sus pies. Llevaba las faldas muy amplias y volanderas que dejaban a la vista puntillas de recio algodón blanco. Sus largas piernas semi cubiertas hasta los muslos sugerían con sus movimientos obscenos el deseado trofeo que centelleaba en su ropa íntima con frivolidad.

Le costó despertarse, a pesar de que a través de las persianas de colaban los rayos de una mañana luminosa y fresca. De repente se dio cuenta de que era lunes. ¡Maldito lunes! Ya no llegaba a tiempo a la oficina, se había quedado dormida en el último momento antes de que sonara el despertador con el que nunca se entendía. Pensó en tirarlo por la ventana, pero lo haría al volver del trabajo; no era momento de andar con tonterías. Se lavó como los gatos,  hizo un amago de cepillarse los dientes, —por supuesto que menos de tres minutos—, se ahuecó el pelo con los dedos, cogió el bolso al vuelo y saltó por encima de su perro que, atravesado en el pasillo en posición de alerta máxima, la esperaba para salir a la calle.

—¡Mierda! Tiró el bolso al suelo y cogió la cadena por si se encontraban con algún vecino por el camino. Kaisser ya estaba en el portal cuando ella se precipitó estrellándose contra la pared del descansillo del segundo.

—¡Mierda! —asestó un latigazo a la barandilla de las escaleras con la cadena del perro, lo cual hizo que la vecina del segundo (a la que apodaban «windmill» por su vocación de revolotear por la vecindad, sin cortarse después en contar a los vecinos todo lo que acontecía en aquella comunidad) saliera en camisón arropada con una gran bufanda apolillada atada al cuello para ver qué es lo que había ocurrido.

El perro  subió en dos saltos y se echó encima de la vecina consiguiendo que miss windmill perdiera su precario equilibrio y terminase también sentada en el suelo de la escalera.

—Si, si, —contestó Karla, involuntariamente despótica— el tobillo, si, el tobillo… mientras tiraba del collar de Kaisser intentando evitar un desastre mayor.

—Oh! le duele, verdad?, eso es que se ha hecho un esguince o en el peor de los casos una rotura de ligamentos o quizás se le ha astillado algún hueso o… —por favor cállese de una puta vez, murmuró Karla con los dientes apretados mientras la solícita miss windmill refería los peores pronósticos—. Yo también me caí una vez…  Le ayudaré a entrar en casa y le prepararé un café con unas tostadas y llamaré a un médico para que vengan a buscarle con una ambulancia.

Hubiera gritado con toda su alma. Estaba dolorida, por supuesto, y contrariada y  arrebatada de rabia. Veía desvanecerse sus planes de escaparse del mundo, por lo menos de manera inmediata como había pretendido. Despidió a la señora «windmill» agradeciéndole su ayuda, aunque hubiera preferido pegar un portazo en sus narices. Antes, había tenido que jurarle que ella misma se ocuparía de tomar un taxi e ir a urgencias, lo que le había costado casi tres cuartos de hora para convencerla y quitársela de encima.

Se tumbó en la cama intentando rebajar la tensión del momento. Llamó a la oficina para anunciar que no iría aquella mañana, por lo menos. No era solo que necesitaba unas vacaciones, lo que necesitaba era irse, desaparecer de aquel ambiente obsesivo y viciado que venía siendo su vida. Se había propuesto desmadejar aquella bola de enredos, desanudarla de su cuerpo, desterrar aquella ansiedad que la había acompañado, como una mala conciencia, ocupando el otro lado de su cama los últimos años. No le dio tiempo a dormirse. Sonó el timbre del portal, insistente. No esperaba a nadie, y menos a aquellas horas, así que pensó que no sería nadie conocido. Sin embargo la curiosidad le animó a acercarse a la pantalla del telefonillo para comprobar quién, desde abajo, había llamado a su casa.

—¡Inconfundible! —le dijo a Kaisser.

Apoyaba su brazo izquierdo contra la pared de tal manera que casi ocultaba su cara aunque su gesto le delataba.

—¿Qué demonios hacía allí a esas horas? ¿No había quedado todo meridianamente claro y definitivamente cerrado el día de la firma? El estupor la hizo retroceder unos pasos a la pata coja, y apoyarse en la pared del hall de entrada mientras pensaba en cómo interpretar aquella visita intempestiva y prepararse para lo que pudiera venir. Desde el quicio de la puerta de la cocina Kaisser la miraba con la cabeza ladeada y ojos compasivos.

—Ya habíamos hablado de esto tu y yo, de que podía ocurrir; ¿no es cierto?. El doberman hizo un ademán de complicidad con la pata sin dejar de mirarle.

Pulsó el botón de apertura de la puerta del portal. Esperó a que subiera el ascensor.

—La señora windmill me ha llamado para decirme que me necesitabas…

—Te he despertado, amor?

—¡No!


 

@mjberistain

 

 

 

 

 

 

CONJURO

Chantal Maillard


Están sucediendo cosas…
Imagino un hilo de seda invisible que está rodeándome con sigilo, como si dibujara mi ser con mucha sutileza, su color gris perla apenas distinguible en la realidad. Me empuja con suavidad, silencioso, por caminos nuevos, que mi imaginación no concibió antes.

Una música, un poema, una imagen, una filosofía…

Me reconozco en todo ello, han ido sucediendo durante mi tiempo…

Sin embargo, algo nuevo, como un mensaje interior, aflora a esta superficie que ha estado siempre alerta en la búsqueda de algo muy necesitado. Armonía, Paz, Silencio…



LA OCUPACIÓN

Capítulo de mi libro LA CANCIÓN DE NERTA


Dormíamos hasta que llegaste con tu corazón diminuto a la casa de madera para compartir dentro todo el bienestar,
¿acaso no sabes que es cierto? —Japandia

Los habitantes del pueblo trabajaban en la obra, también los jóvenes de los pueblos de alrededor, incluso algunos llegados del extranjero. Lo llevaban haciendo desde que se habían iniciado los trabajos, en 1924, como carreteros y constructores de vía, días y noches abriendo las montañas con sus manos. Se construirían veinte túneles, a lo largo de un paisaje salvaje, de fuertes desniveles escarpados. Los trabajadores venidos de fuera del pueblo vivían en barracones de madera expresamente construidos para ellos. Se habían organizado en forma de comunidad a la que se habían incorporado también algunas de sus familias. A medida que avanzaba la obra, Myrdal, sin embargo, se convertiría en residencia para los oficiales.

Allí se había instalado el joven ingeniero alemán Mark Terboven, designado para supervisar los trabajos durante el último período de la obra. Era el otoño de 1939 y la puesta en marcha del ferrocarril estaba prevista para el otoño de 1942 —tres años más tarde.

El bar de Fläm acogía a todos por igual. La presencia del viejo dueño Bjorn era permanente, aunque ya solo se dedicaba a departir con sus amigos y vigilar que la comida caliente y el pan tierno de cada día estuvieran asegurados y sus clientes bien atendidos por parte de sus dos hijos Eirik y Frigga.

La Oficial Louise Bauman que llevaba trabajando en el valle varios años, prefirió quedarse a pie de obra en una pequeña casa de madera en la zona de barracones. Era una mujer vital e inquieta; su carácter fuerte y su espíritu conciliador habían hecho de ella una persona admirada y muy respetada por todos los que la conocían. Enseguida había simpatizado con las familias. Sus padres eran judíos de procedencia austríaca. Se habían trasladado a Suecia huyendo de los desórdenes en el centro de Europa, siendo ella aún una niña. Cuando terminó su educación básica, eligió estudiar Biología y sus padres le facilitaron el traslado a la Universidad de Oslo —antigua Real Universidad Federicana— al mismo tiempo que se especializaba en fotografía. Su madre le había inculcado su pasión por la lectura y ella fue descubriendo el placer de la escritura. Lo hacía después del mediodía, cuando ya había oscurecido y hasta bien entrada la noche, en artículos sobre historia natural en los que incluía imágenes tomadas con su Zeiss en sus salidas a la montaña. Consiguió que se los publicaran en la revista mensual de la propia universidad. Una vez terminados sus estudios, se alistó en el ejército noruego como técnico en protección y conservación de recursos naturales. Adoraba su trabajo y el país que había elegido para vivir. Le hacía feliz el contacto con aquella prodigiosa naturaleza: la belleza sobrecogedora de los fiordos, las montañas, las amplias mesetas nevadas o las laderas verticales, los bosques abrigados, los glaciares, las cascadas cayendo en las aguas de archipiélagos y playas de arena blanca. La luz de las noches en las que el sol no se ponía, o el resplandor del ártico sobre el silencio de las inmensas extensiones de hielo. Adoraba especialmente la vida de los pequeños pueblos costeros; y sus gentes.

Se dejó caer agotado en una de las sillas de madera, los brazos del ingeniero colgando a los lados de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos durante varios segundos, o quizás incluso minutos. No se dio cuenta. Le sobresaltó el chirrido inoportuno del vaso de cerveza que Eirik dejaba sobre la mesa. Al verla a ella, sentada enfrente con una sonrisa complaciente, de repente no supo comprender dónde se encontraba. Se incorporó, agitando su cabeza de un lado a otro, pestañeando para desperezarse con toda la dignidad de la que fue capaz ante aquella mujer que le había pillado por sorpresa.

—He debido de quedarme dormido, ¡lo siento! —Bostezó, cubriéndose la boca con ambas manos—

—No hay problema, —sonrió Louise— no quería molestarle y estaba aquí esperando tranquilamente. Este es un lugar perfecto para descansar y reponerse. ¿No es cierto? Yo también suelo hacerlo, pero… es curioso que no hubiéramos coincidido aquí antes.

—Bueno —dijo mirándola sin moverse de su asiento— es un placer. ¿Señora?

—Soy, por si no lo recuerda, Louise Bauman. Nos saludamos en la reunión de oficiales en Myrdal hace solo unos días.

—¡Oh, sí!, me acuerdo perfectamente de usted, aunque debo confesarle que, en algún momento, cuando la conocí, pensé que… —el oficial bajó los ojos y miró al vaso de cerveza intentando justificar la intención de la frase que se le escapaba de la boca, casi sin querer— bueno…, pensé que qué demonios hacía una mujer como usted en un sitio como este…, —y añadió urgente con una cómica inclinación de cabeza— con todos mis respetos, señora Bauman.

A ella le hizo sonreír el comentario y lo aceptó condescendiente.

—De acuerdo, —dijo el hombre— aunque por lo que veo usted ya sabe quién soy yo, en todo caso me presento. Se agitó en la silla, bebió un largo sorbo de cerveza y colocando el vaso en el centro de la mesa, sin soltarlo, dijo: soy Mark Terboven. Trabajo con un equipo de diez personas supervisando las necesidades de los hombres y la obra; los movimientos de tierras, la electrificación, canalización de aguas, la puesta en marcha de la central eléctrica, la colocación de vías…, en fin, soy responsable de que el proyecto llegue a buen fin en las fechas previstas. Así que… —en ese momento se apoyó con los brazos cruzados sobre la mesa para acercarse más a ella y, componiendo en su boca una sonrisa irónica llena de afectación, dijo: probablemente yo sea el hombre que busca…

Se hizo un silencio entre ambos que él rompió levantándose de la silla y ofreciéndole su mano a modo de saludo.

—Ahora…, hablando en serio, ¡déjeme que le invite a una cerveza!

—En realidad —dijo Louise— estoy aquí porque en algún momento tenemos que hablar usted y yo de la estación intermedia de la cascada.

Aquella misma tarde y las siguientes, cuando oscurecía, se encontraban en el bar de los hermanos Eirik y Frigga. Sentados uno al lado del otro, sus conversaciones giraban mayormente en torno a la obra. Un par de cervezas solían conseguir suavizar las tensiones de trabajo que les habían enfrentado durante el día. Hablaban también de la guerra —que se avecinaba— y de aquel futuro próximo que para ellos estaba lleno de interrogantes. Poco a poco fueron introduciendo comentarios personales en sus conversaciones. Se dejaron llevar por el placer de la compañía y de la complicidad, incluso hasta notaban cómo iba creciendo en ellos una cierta dependencia del otro que les salvaba a veces de las noches de miedo, cuando el cielo amenazante se llenaba de destellos de mortíferas bengalas cuyos sigilosos silbidos se escuchaban cada vez más cercanos.

Louise, cuando se retiraba a su casa, se dedicaba a revelar las imágenes que había tomado durante el día y a redactar informes. Cuando el sueño se le resistía escribía artículos sobre naturaleza que se publicaban después en algunos periódicos locales. No era su problema la soledad en aquellos momentos. En su interior, lejos de amilanarse su espíritu, sentía cómo crecía un conflicto que le incitaba a pensar en la acción. Sin embargo, el acercamiento que se estaba produciendo con Mark le impedía hacerlo con determinación. Por su parte, él iba apreciando ciertas señales de que había entre ellos un muro que parecía insalvable, y eso aún a pesar de suponer un misterio, le llevaba a interesarse más por aquella mujer que se le estaba clavando en el alma.

—Hoy háblame de lo que te atormenta. —Dijo Mark con voz severa una de las tardes, mirándola a los ojos—. Se produjo entre ellos un silencio tenso. Mark pasó su brazo sobre los hombros de ella y la apretó contra su costado, quitándole importancia a su negativa de enfrentarse al tema. Amaba a aquella mujer.

Les costó más que otras tardes despedirse hasta el día siguiente. Un haz de luz blanquecina se filtraba por la ventana aquella noche. Louise se quedó adormilada en el sillón al lado de la chimenea, contemplando el leve y lento desplazamiento de aquella estela polvorienta sobre su mesa de trabajo. Pensaba en él, en su último abrazo, que se había demorado más de lo habitual. Se había sentido extraña en sus brazos. No había sido un abrazo fraternal como otras veces, tampoco habían ayudado a entenderlo sus uniformes de oficial, lo sabía. Pero había sido un gesto nuevo en el que se había encontrado en un espacio lleno de cálidas sensaciones a las que no había podido resistirse. Pensaba en él. En cómo se había despegado, sin soltarla de sus brazos, para mirarla a los ojos. Después se habían separado sin decirse nada…  Se dejó invadir por el sopor imaginando cómo sería el color y el calor de su piel desnuda. ¿Cómo podría explicarse? Era capaz de explicar el aire rozando las colinas, el sonido del agua discurriendo por los valles, el grito de algún animal herido desde la lejanía, pero ¿cómo explicar aquel mundo de miradas sugerentes, de gestos equivocados y esquivados tantas veces, de palabras que se dejaban caer como si no tuvieran ningún sentido? Aquella tarde había leído el deseo en sus ojos y ella se había agarrado a él como tratando de evitar caer a un precipicio. ¿Cómo explicarse cómo era él? Se abandonó acordándose de los susurros de su voz cálida, deslizándose en su cuello pronunciando muy despacio su nombre, la humedad de sus labios lamiendo sus ojos, el roce de su mejilla en su cara, sus manos revolviendo su pelo, o el vértigo al puro vacío en sus brazos atrayéndola firme hacía su vientre encendido…

Sentía su presencia cercana en el temblor delirante de su cuerpo, y cómo se iba apoderando de ella y de su sueño en el oscuro silencio.

Le despertaron a mitad de la noche las voces y los golpes en la puerta.

Afuera la noche oscura enmarcaba la palidez sobrenatural de la cara desencajada y sudorosa de Ulma. Llegaba sin resuello, sus manos temblorosas se apretaban con saña a su delantal manchado de sangre.

—Ven conmigo rápido. Louise por favor, te necesito. —consiguió tartamudear de angustia—

Louise no preguntó nada, no se lo pensó y salió corriendo detrás de aquella mujer, horrorizada. Todavía estaban con vida cuando llegaron. La criatura yacía junto a su madre entre toallas y fluidos como un desperdicio gelatinoso y morado, inerte. Las dos mujeres se miraron, no hablaron, intentaron con coraje y manos sabias pero temblorosas, reanimarlas. Cuando la niña lloró, Louise elevó los ojos al cielo, agradeciendo al Creador su ayuda en aquel instante, pero lloró amargamente cuando se desvaneció finalmente el latido de la mujer que le había dado vida a la pequeña.

—No tiene a nadie más, —se escuchó apenas el lamento de Ulma, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y lágrimas imparables, mientras sostenía apretado a su pecho el pequeño fardo con vida que lloraba con desconsuelo—.

Ulma era una mujer muy respetada y querida en el pueblo. Era matrona. Se había quedado viuda hacía varios meses. En aquel momento hubiera querido explicarle a Louise que la joven madre era su propia hija adoptiva. Quiso explicarle cómo se había complicado un parto que en principio no tenía ningún riesgo. Quiso explicarle que el padre de aquella criatura había sido marino y había muerto en febrero de aquel mismo año en los incidentes con el buque alemán Altmark en aguas neutrales. Quiso explicarle que ella los conocía bien, que había querido a aquella mujer desde su nacimiento, cuando milagrosamente había sido encontrada todavía viva, pegada al cuerpo de su madre, en la base de la gran cascada Fjossen. Que los alemanes la pretendieron para su proyecto Lebensborn, pero ella y su marido la habían solicitado en adopción, que les había colmado la vida. Quiso decirle que también la había ayudado durante su tiempo de duelo por la muerte de su marido y con su embarazo. Que era la hija que ella siempre había deseado tener… Pero su voz no pudo.

Aquella noche de urgencias con la devastadora sensación de muerte a su alrededor, las dos mujeres decidieron ocuparse ellas mismas de solucionar los dos problemas; el enterramiento de la joven y el cuidado de la niña hasta que oficialmente se le pudiera dar una solución. Louise fue quien se ocupó de avisar al médico del hospital de campaña para que revisara a la niña y les ayudara con las gestiones de la joven mujer muerta. Convinieron en que, en principio, ella se haría cargo de los gastos necesarios para sacar adelante a la pequeña y contrataría a Ulma y le pagaría un sueldo para que se ocupara de sus cuidados el tiempo que necesitaran hasta poner orden en aquel caos. Se organizó para instalar a Ulma y a la niña en su propia casa. Había espacio suficiente y estarían más cómodas las tres. Las horas se alargaban contemplando la evolución de la pequeña mientras cavilaban en darle un nombre. Convinieron en el de Gunhilda —cuyo significado era «doncella en la batalla»— a ambas les pareció que sería el más adecuado para una mujer que nacía para ser una luchadora en la vida.

Aquel atardecer, Mark se encontró a una Louise conmocionada. Se apretó a su abrazo, exhausta. Se rompió en lágrimas bajo la luz amarilla parpadeante del bar. Entre ellos, ambos vestidos con el uniforme, descubrieron la grandeza del amor; del amor, de la entrega, el de la comprensión, la caridad y del amor carnal. Aquella noche y las siguientes hablando al calor de la lumbre, fueron desatándose las pasiones; el miedo, la rabia, la responsabilidad, la impotencia… Se miraban uno a otro como si fueran náufragos sin historia ni porvenir en una isla desierta. El silencio de los bombardeos cercanos les asustaba más que el amanecer de otro día entre el caos de la tierra herida; les asustaba más que la imagen de mujeres y niños arrastrando la sed y el hambre por las laderas de aquel bellísimo paisaje que estaba siendo ocupado. Solían amanecer abrazados, sus sueños turbulentos se interrumpían varias veces durante las noches por caricias envueltas en el placer de la proximidad inevitable de sus cuerpos. Se amaban desesperadamente, sus ojos se llenaban de lágrimas de emoción y agotamiento. No había lugar para la soledad en aquel hogar de materia parecida a la ternura. Cada amanecer les sorprendía con la rendición escrita en sus miradas frente al campo de batalla; el amor debía de ser algo parecido a la pura necesidad de alguien a tu lado cuando el mundo se desmorona. Les había estallado sigilosamente por sus venas, mientras se amaban arrinconados, contra el muro de la guerra.

Abril llegaba ese año estremecido, con el color de la ceniza en el paisaje. La gente se movía cabizbaja, somnolienta, no había alegrías que contar, el bar parecía un lento corazón siniestro, ocupado por gentes desconocidas hablando en el idioma del horror. Los mayores dejaron de frecuentarlo y se reunían en la casa de alguno de ellos, donde ya solo hablaban en voz muy baja de resistencia. Era la primavera de mil novecientos cuarenta.


Agua de lluvia


La presencia de la carta sobre el piano de cola negro me resultaba casi obscena.

Suponía que también podría serlo para alguien que entrase en el salón y la viera allí encima día tras día, y se preguntara el motivo por el cual yo no la hubiera abierto todavía.

No me reconozco en esta casa, a pesar de que llevo seis meses en ella. No he cambiado nada. No me hace falta. Tía Gabriela tenía mucho estilo. Me gusta la decoración elegante y sencilla de colores neutros, podría decirse que minimalista. Apenas unos pocos muebles antiguos auxiliares y altas cortinas de seda salvaje. Ya no está tía Gabriela, y siento que sigue aquí, a mi lado, aunque yo no la vea. He llegado hasta aquí gracias a ella.

Nací en un grupo familiar, una comuna; crecí rodeada de alegría y música y muchos niños a los que consideraba mis hermanos. Reconocía a mi madre, las demás personas que vivían allí eran mis tíos. Ella muchas veces lloraba, entonces yo la abrazaba y eso la aliviaba. Sonreía de una manera muy triste. No había alegría en sus ojos, su mirada era gris a pesar de que le gustaba cantar. Yo pasaba muchas temporadas viviendo con tía Gabriela, a veces en esta misma casa, otras en su casa de la ciudad. De una familia de diez hijos, tía Gabriela era la mayor, y mi padre había sido el séptimo. Especialmente ellos dos tuvieron una relación muy cercana y, de hecho, a tía Gabriela le encomendaron mi protección cuando a mi padre le ingresaron en un centro de rehabilitación. Después de aquello nunca se recuperó y murió de una sobredosis a los pocos meses. Tampoco volví a ver a mamá.

Estuve interna en lo más parecido a un convento de clausura del que solo podía salir los sábados por la mañana acompañada de una tutora. La mía era la señorita Úrsula, una mujer con un denso flequillo negro que le tapaba los ojos y que daba a su cara un aspecto de perro rottweiler atacando. Era imposible ser feliz así. Muchos sábados renuncié a salir por no verme con ella. Me quedaba en mi cárcel diminuta, sentada en el camastro, mirando por la exigua ventana de cristal sucio que había en lo alto, desde la que únicamente podía ver las nubes o el cielo de color gris oscuro. Se me permitía recibir visitas, aunque la única que solía tener era la de tía Gabriela, que venía de vez en cuando a traerme libros y galletas. Cuando ella llegaba yo notaba un escalofrío que me dejaba el alma helada y la voz se me quedaba atrapada en la garganta, aunque sabía que, para entendernos, no nos hacían falta palabras.

¿Que, cómo pude sobrevivir a aquello?

Tía Gabriela era una mujer menuda, sencilla, briosa, celosa de su independencia y aventurera. En cierto momento de su vida decidió dejar de viajar para instalarse definitivamente con su perra Hannah y sus caballos en esta casa. No había tenido hijos y yo me había convertido en su protegida.

Le atendían dos personas: Helga, una mujer ucraniana, fuerte y grande como un hombre, resolutiva pero discreta, que llevaba años trabajando para ella y se ocupaba de la organización de la casa y de la cocina. Y Damián, un hombre del pueblo que había sido marino mercante y, aunque se había retirado de la mar a los cincuenta años, había decidido seguir trabajando en tierra. Era fuerte, de aspecto atlético, muy simpático y dicharachero; muy cariñoso conmigo. Se ocupaba de los animales y el campo, pero también de las atenciones personales que mi tía necesitaba; era su mayordomo, su chofer y su consultor. Tía Gabriela nunca negó que también fuera su amante.

Él fue quien recogió el certificado que trajo un empleado de correos y el que firmó en mi nombre haberlo recibido porque yo no estaba en casa. —No sé si yo lo hubiera aceptado entonces; lo dudo.

El remitente estaba claro. Pero yo pretendía ignorar cualquier noticia relacionada con él. Cuando me lo entregó Damián, lo recogí con cierto fastidio, y no me detuve a leer el texto que contenía. Por no tirarlo a la basura delante de él, dejé el sobre con displicencia sobre el piano.

Aunque trataba de desentenderme de aquel sobre, cada vez que entraba al salón no podía evitar desviar mi mirada al rincón del piano. No era fácil porque el espacio destinado a aquel piano de cola ocupaba casi la mitad del salón en la planta baja de la casa. Allí estaba el sobre encima de la tapa cerrada del teclado. Me partía el corazón verlo allí, abandonado. Me recordaba a él, y yo me negaba. Me había costado años liberarme del recuerdo de su imagen, o del tono de su voz, con aquella firme delicadeza con la que me había enamorado. Y, de repente, aquella carta. Me encontraba incómoda con ella en casa, como si necesitara una justificación para no leerla y deshacerme de ella; quemarla. Pero no lo hacía.

Habíamos mantenido una íntima relación epistolar, y entonces, apreciaba sus galanterías, pero ahora que el sentimiento amoroso había desaparecido, las consideraba una pedantería. Podía imaginarme su discurso, seguramente apasionado y trasnochado, los trazos de su escritura dibujados con exquisita caligrafía sobre un papel de textura especial, la perfección de su ortografía y sintaxis. Todo ello, y cada letra de mi nombre dibujada con ampulosidad, me producía, decididamente, rechazo.

Porque aquello había sido cuando éramos adolescentes. Se celebraban las fiestas y llegaban de los pueblos cercanos chicos y chicas hasta la casa de tía Gabriela a buscarme. Venían ataviados con vestidos vistosos y sombreros de flores y cintas de colores que venteaba el aire mientras cantábamos y bailábamos al ritmo que marcaba la banda de música de la facultad. 

—¡Era otro tiempo!

Recuerdo que en el gran salón no cabía ni un alma más. El porche lo ocupaba el rumor de la charla desenfadada de todos los amigos que pasábamos las vacaciones en el pueblo; era una alegría con olor a lavanda y a limón de las primeras tardes de verano cuando el sol, como un audaz pintor, viraba su luz hacia colores rojizos y dorados. El azul oscuro del cielo borraba cualquier vestigio del día y se fundía en el horizonte con la noche. Entonces nos recogíamos en el salón, junto a la chimenea encendida. Eran momentos de charla o lectura, fumábamos y bebíamos y nos dejábamos invadir por un ambiente cargado de fragancias dulces, de hierbas, de licor y del humo del tabaco. Cuando ya tía Gabriela y sus amigos se retiraban, la música y el alcohol llenaban nuestras últimas horas de abandono sobre los sofás con el efecto piadoso de una rara ensoñación erótica. 

Los ventanales, por un lado, dan a la cúpula de color rojo oscuro de la iglesia y, por otro, a los campos que en esta época aparecen apretados por la floración de los frutales; almendros y melocotoneros en hileras, perfectamente definidas en la lejanía, entre el verde brillante de la hierba.

Me gusta adornar el interior con pequeños motivos de flores frescas del jardín. Es un ritual rociar los pétalos con agua de lluvia a esa hora de la mañana cuando reciben los primeros rayos de sol a través de las ventanas. Hoy me sorprende el reflejo de mi propia imagen en los cristales. Pienso en él mientras arreglo las flores. Agua de lluvia, así tituló un poema que me dedicó entonces. Vuelve el recuerdo y hace estragos en mí, no puedo evitarlo, después de todos estos años. Y siento una especie de latigazo de deseo inconfesable; un escalofrío que inconscientemente me impulsa a humedecerme los labios con la lengua lentamente, como cuando se acercaba a mí jugando, con sus ojos entrecerrados y me arrebataba en su abrazo con una pasión que violentaba su carne. El agua de lluvia en el vértice vibrante del «Adagio for Strings» de Barber, y el resplandor de la luz atravesando el jardín y filtrándose entre los vidrios de las ventanas hasta posarse como polvo de mármol sobre las alfombras deshilachadas.

Debo de estar soñando. Quizás necesito tranquilizarme. Abro la ventana. Una bocanada de viento fresco llega como un aura de salvación que revoluciona los periódicos y la carta. Me dejo invadir por el intenso aroma de lavanda que cubre los campos. Veo que se acerca Damián que vuelve de las caballerizas con aire preocupado. Las noticias son alarmantes, la borrasca tan temida parece que llega a la zona y se mantendrá durante la próxima semana, bajarán las temperaturas y habrá vientos fuertes y grandes nevadas. Pongo la radio que repite insistente la noticia. La borrasca parece que está entrando en el valle.

—Habrá que prepararse para permanecer a cobijo hasta que pase la alarma— dice Damián sacudiéndose el polvo y la paja de la zamarra y limpiándose la suela de las botas en el felpudo antes de entrar en la casa. Me avisa de que se irá con Helga al pueblo a buscar lo necesario para sobrevivir los días de posible confinamiento.

Me he quedado sola. Observo la fina cuchilla del abrecartas. Abro el sobre, dispuesta a leer la carta. Un fuerte golpe de ventisca en la ventana que se ha quedado entreabierta me interrumpe y hace que me levante para cerrarla. Se me caen al suelo los periódicos y la carta que sostenía sobre mis rodillas. Un estremecimiento me recorre el cuerpo. Ha llegado de repente el frío. La niebla, como un velo, va ocultando el paisaje. Arrecia, y la lluvia golpea en las ventanas. Los cristales parecen volverse líquidos. Apenas puedo distinguir nada más que oscuridad en el exterior. Damián y Helga están tardando.

Un coche gris avanza por el empedrado, cruzando el jardín, despacio…


@mjberistain

A la literatura no le pido que me entretenga…

María Negroni:


Charla con la celebrada escritora argentina a propósito de “Colección permanente”, su nuevo libro, en el que consolida un recorrido por los pliegues de la escritura y la lectura a través del cruce entre el ensayo, la autobiografía, la biografía y la entrevista apócrifa

PorHinde PomeraniecSeguir en

24 Ago, 2025 05:50 a.m.Actualizado: 24 Ago, 2025 03:56 p.m. ESP

En «Colección permanente», Negroni vuelve a ciertas preguntas como qué es escribir, qué es la poesía y qué es un escritor.

María Negroni escribe y hace tiempo que enseña a escribir, pero antes enseña a leer y a distinguir lecturas que ofrecen mucho más que una historia o una anécdota: lo que enseña María es a buscar un lenguaje, una forma de contar, una singularidad allí donde, asegura, no existe una página en blanco porque “todo ya ha sido escrito”.

Maríavolvió recientemente a la Argentina luego de una residencia de un año en Berlín, estancia que le fue otorgada por el DAAD (iniciales de Servicio Alemán de Intercambio Académico, en alemán), el programa de artistas considerado como uno de los más prestigiosos del mundo. Su obra, que fue reconocida con premios y distinciones como la beca Guggenheim y el Konex de Platino, es vasta, variada y cada vez más destacada por la crítica y también por lectores sensibles y exigentes.

Poeta, ensayista, narradora, docente, MaríaNegroni nació en Rosario y vivió muchos años en Nueva York. Es autora de libros como Elegía a Joseph Cornell,Islandia,Objeto SatieEl sueño de Úrsula,La anunciación,Archivo DickinsonPequeño mundo ilustrado,El corazón del daño (un libro que la hizo llegar a nuevos públicos y que tuvo una celebrada versión teatral dirigida por Alejandro Tantanian y protagonizada por Marilú Marini)Cartas extraordinarias.

Muchas de sus obras fueron traducidas a otras lenguas y ella misma tradujo a poetas como Elizabeth Bishop, Sylvia Plath y Marianne Moore entre otras.

María Negroni tiene un doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Columbia y es la creadora y directora de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero (UNTREF). Recientemente Random House publicó Colección permanente, su nuevo libro, en el que una vez más cruza de manera singular el ensayo con la autobiografía y la biografía y suma la entrevista apócrifa como género para consolidar un recorrido por los pliegues de la escritura y la lectura.

De esa ruta literaria que María propone casi desde el comienzo de su carrera se desprenden preguntas que admiten múltiples respuestas como qué es escribir, qué es la poesía, qué es un escritor, y también una vez más retazos de su vida y de su propio recorrido como escritora y lectora. Lo que sigue es una reproducción de la conversación que mantuvimos semanas atrás, durante la grabación de un episodio del podcast Vidas prestadas.

— Cuando se habla de géneros o de formas narrativas, cuando se habla de escribir bien o mal, hay un concepto que repetís y es el de que, como lectora, leés y te interesan las escrituras. Podríamos empezar por ahí. ¿Qué significa exactamente leer “escrituras”?

— A ver, es interesante porque podemos empezar por el revés, lo contrario de eso. Mucha gente te dice “Sí, ese libro me resulta muy entretenido”. Y yo digo: bueno, yo no le pido a la literatura que me entretenga. De hecho, los libros entretenidos me aburren profundamente. Lo que me seduce en un libro es eso, la escritura. ¿Y qué es la escritura? Porque esa sería la pregunta.

— Exacto.

— La escritura es un corrimiento de la anécdota o del tema o de la trama a una especie de incursión al instrumento mismo, que es el lenguaje. Entonces, en algunos libros hay escritura; en otros, no. ¿Sabés quién hablaba de esto?, Marguerite Duras. Ella decía: hay libros que no tienen autor. Autor o autora, ¿no? Que son libros donde no pasa nada a nivel del lenguaje. No hay un temperamento que se tensa de una determinada manera. Ella decía que en realidad existe una subliteratura, la descalificaba absolutamente. O sea que en las mesas de las librerías hay muchos libros que se venden como literatura pero que no lo son: son entretenimientos. Lo que pasa es que para entretenerme, no sé, prefiero otra cosa.

— Estaríamos hablando de literatura/entretenimiento versus literatura/arte. Sería así.

— Sería así, sí. Digamos que la literatura que me interesa, en todo caso, es la literatura que plantea preguntas ¿no? Es como si yo te dijera que en la literatura, así como en las personas, hay niveles de problemas, de problemáticas. O sea, vos podés transitar toda una conversación de media hora sin ir dos segundos más abajo de la banalidad. Entonces te mantenés en una superficie. Eso también pasa en la literatura.

— Y estamos hablando del lenguaje.

— El lenguaje además es una cosa impresionante. El lenguaje es como el mundo. Ya lo decía Wittgenstein, ¿no? La amplitud de mi lenguaje es la amplitud de mi mundo. Entonces, viene muy al caso con lo que está pasando ahora con el lenguaje, que hay una degradación tremenda, a todo nivel. Entonces es como que todo se aplana, los significados se calcifican. No hay espacio para la incertidumbre del sentido, para las dudas, la ambivalencia, la ambigüedad.

— Para la elegancia. Tal vez podríamos conformarnos con una lengua común elegante.

— Elegante, sí. Elegante. Digna..

— Exacto. Ahora, en Colección permanente hay mucha reflexiónacerca de todas estas cosas. Hay mucha cita, mucha paráfrasis. Sos más de reescribir lo que dijeron otros. Eso forma parte de tu estilo, o de tu género, diría, ¿no?

— Sí.»Colección permanente», de María Negroni, fue publicado por Random House.

— En tu libro anterior, Cartas extraordinarias, utilizabas frases, conceptos, ideas de autores en forma de cartas; que es el mismo trabajo, en un punto. Esto me hace pensar en las formas del lenguaje y en la pregunta acerca de qué es un autor. Tal vez es alguien que hace crujir o implosionar el lenguaje. Con lo cual, termina teniendo un lenguaje propio.

— Exacto. Pero con una salvedad, diría, un agregado. Que vos decís que yo parafraseo, lo que sea, la literatura se hace con la literatura. O sea que eso de la página vacía es falso. La página está siempre llena porque todo lo que nosotros pensamos, sentimos, odiamos, etcétera, etcétera, todo ya ha sido pensado, odiado, amado, ¿entendés? O sea, ya se ha escrito. Lo han escrito desde Gilgamesh para acá. Lo que quieras. Entonces, uno no escribe desde la nada.

— Totalmente.

— Ni siquiera la experiencia es absolutamente propia, es humana. O sea, de la condición humana que nos toca, nos ha tocado desde siglos y siglos, que vienen de atrás.

— Es construcción, además, claro.

— Construcción. Entonces, estás trabajando con un material que ya ha sido mil veces manipulado, armado, construido, destruido, reconstruido. Y vos tenés que armarte como un caminito ahí por donde, dos cosas, uno es ir más abajo de vos misma, o sea, como yo digo: el descenso es fundamental. El descenso que hacían los héroes épicos y que todavía hacemos cuando escribimos, que es la desnudez, y después de la desnudez, ir más abajo a ver qué hay. O sea, uno escribe con ese material, que es como un material volcánico que está ahí pero al que no siempre uno accede porque, además, da mucho miedo, ¿no? Entonces, por un lado, eso de bajar. Y, por otro lado, incorporar a todas esas maravillas, porque para mí es una alegría enorme encontrar las voces, las sensibilidades afines.

— Es un festival poder hacerlo.

— Claro, encontrar a alguien que se ha emocionado con lo mismo, que se sintió perturbado por lo mismo. El otro día estaba leyendo un libro que todavía no salió, en donde están compiladas las entrevistas que le hicieron a Néstor Sánchez, que está por publicar su hijo. La investigación es de Federico Barea, un amigo.

— Qué buena noticia ese libro. Un escritor que hay que recuperar, Sánchez.

— Sí, un autor que a mí me encanta. Y en un momento el tipo dice: “Detesto las novelas que se pueden contar por teléfono”. Y yo digo: bueno, qué claridad. Como que en realidad la literatura no pasa por ahí. No pasa por la historia.

— Bueno, claro, porque también lo que aparece en discusión es lo clásico versus la vanguardia. Y también la forma del lenguaje en la narrativa o del ensayo e incluso la poesía dentro del lenguaje con el que se trabaja narrativa y ensayo. Algo sobre lo que hablás todo el tiempo, también, como poeta. En este libro volvés a esta idea ede vincular la poesía con la infancia.

— Y, sí. A ver, la infancia tiene que ver con la imaginación, que es un derecho al que hemos renunciado. Como que parecería que no hay espacio… La imaginación es un territorio maravilloso, de muchísima libertad. Entonces, yo creo que hay algo que perdemos al volvernos, o quizás habría que decir al quedarnos, adultos. Porque la adultez no es algo en lo que uno se vuelve como que crece: uno decrece en la adultez. Se queda adulto. Entonces, a mí me parece que hay algo que perdemos ahí y que el arte es para los adultos un poco el equivalente del juego en la infancia. Es un juego complejo ¿no? Un juego peligroso muchas veces; un juego difícil, contradictorio, complejo. Pero, al fin y al cabo, es un juego que produce mucho placer a cualquier persona que crea.

— Te escuchaba recién cuando hablabas de esto de que no trabajamos con la página en blanco o que no venimos con la cabeza en blanco y que todo ya de algún modo se hizo. Digamos, frases que uno le ha dicho muchas veces a gente que empieza a escribir y que cree que, en realidad, nadie antes escribió sobre ese tema o de esa manera, de pronto, y hay que explicar: no bueno, mirá, hay toda una serie de autores que trabajaron esto. Y no podía dejar de pensar también en la inteligencia artificial, en el sentido de que todo eso que nosotros llevamos incorporado “humanamente” se lo estamos cediendo también a la máquina, ¿no? Porque la máquina tampoco empieza de cero, empieza con todos nuestros insumos.

— Claro, total. Exacto.

— Me alucina.

— No, no, es fascinante. No tengo claridad sobre el tema pero sí podría decir que es interesante, vos usaste la palabra insumo. Entonces todo eso lo tiene, lo que le falta, porque yo te decía ahí, te hablaba del descenso y te hablaba de buscar la fisura adentro de esos insumos. Yo creo que eso todavía la inteligencia artificial no lo hace. No sé si lo hará.

— Cuando estás hablando de ese tema en el libro creo que en algún momento usás, y me gustó, la idea de buscar el caminito, como si uno dijera: la ruta propia.

— Una vez le pregunté a Burucúa qué era la belleza y pensó un momento y me dijo: la belleza es un resplandor.

— Y, sí, tal cual. Sarlo decía que era una iluminación profana, que es muy lindo, también, ¿no? Entonces se produce esa especie de luz inesperada. Inesperada. Eso es fundamental. Para ir a esa luz no es tan fácil porque el vocabulario, la sintaxis, el lenguaje, en general, también tiene mucho de convención y entonces uno tiende a repetir el sentido común, el cliché, lo consabido.

— Cuando escribís, ¿te leés y decís: no, esto es sentido común o esto “es demasiado” y te corregís?

— Me pasa poco eso. Más bien creo que mi riesgo es el contrario. O sea, de repente, no sé, estoy pensando en voz alta… Pero quizás a veces me pregunto si…

— ¿”Me van a entender”?

— Me van a entender, sí.

— ¿Te preocupa eso?

— No. No (risas). No me preocupa.

— Mencionaste a Sarlo, el título de su último libro, No entender, tiene que ver con eso también.

— Claro, claro. Sí, no me preocupa mucho pero sí me lo han dicho: “qué difícil escribís”. Bueno, no sé, no para mí. Yo me entiendo, digamos. Y además, claro, por ejemplo, más que sobre mí, que no importa, por ejemplo, ahora estoy leyendo un libro de un filósofo, un tipo muy erudito, un vasco que se llama Ramón Andrés. Y ha escrito muchísimos libros, entre ellos uno que se llamaPensar y no caer. Y vos lo leés y es muy difícil, lo tengo casi que estudiar. Ahora, a mí ese libro no me aburre en absoluto.

— Te desafía, también.

— Me desafía, digo: ah, este hombre. Y de repente me encuentro con esos resplandores… Una cosa laboriosa porque mezcla la matemática con la filosofía. Es complicado, pero esos momentos a mí me hacen el libro.

— Colección permanente tiene un vínculo importante con El corazón del daño en relación con tu biografía personal -con algo del regreso de los 70- y también con tu biografía como autora y como lectora. Y con un juego entre los fragmentos que son dificultosos, laboriosos, dijiste y me gusta, y esos otros que son más accesibles porque es la historia común, ¿no? Me parece que ahí, en ese juego, conseguís algo muy interesante para el lector.

— Puede ser. Y además también están las entrevistas, que son como, creo yo, los momentos de humor, ¿no? Porque ahí es como que les hago decir a los otros cosas que obviamente pienso yo.

— Lo que pasa es que, al mismo tiempo, es interesante porque para redactar una entrevista apócrifa o una carta apócrifa (como en tu libro anterior) tenés que conocer muy bien la obra y el pensamiento del sujeto protagonista.

— Obvio.

— Es una forma de la biografía lo que estás haciendo.

— Es una forma de la biografía pero digamos que me meto con Huidobro. Por ejemplo, yo sé que a Huidobro no le interesaba Neruda pero hago que le pregunten qué cosas no le gustan, y él dice: los chihuahuas, las artesanías, Neruda, no necesariamente en ese orden. Entonces ahí me divierto mucho, también.

— Estamos hablando de escribir, y en varios momentos del libro hablás de las obsesiones. ¿Las obsesiones se terminan cuando se termina de escribir el libro?

— No, no se terminan. Yo creo que, en primer lugar, las obsesiones no son muchas en cualquier escritor o escritora. Hay como una especie de gama, se cuentan con los dedos de una mano. Y a mí me parece que uno con el tiempo, con la experiencia, con la escritura misma, va a haciendo no un círculo, o sea, no volves a la obsesión en el mismo lugar, sino que vas haciendo una especie de espiral que va más arriba o más abajo pero encontrás la obsesión en otra tonalidad. Como si fuera el teclado del piano, la obsesión vuelve en otra tonalidad. Pero las obsesiones me parece que son siempre las mismas, que se van quizás suavizando, se les baja el un poco. A veces llevan la delantera, otras veces juegan atrás…

— Se asordinan o se hacen más estridentes.

— Exacto. Exacto.

— Sabés que mientras hablás de la figura de espiral pensaba en la estructura de espiral de El limonero real, de Saer.

— Ay, sí, claro. Divino ese libro.

— Esa novela de Saer es algo impresionante. Cada vez que se habla de la literatura difícil versus la literatura que conmueve siempre cuento que la leí hace muchísimos años, y que aún siendo una narración compleja recuerdo haber llorado desconsoladamente con esa novela. O sea, no tiene nada que ver la emoción con la dificultad o la facilidad para leer sino con el modo en que alguien llega a vos con una escritura, ¿no?

— Absolutamente, sí. Y Saer está medio como olvidado en este momento, viste.

— Bueno, depende. Este año, por ejemplo, es un aniversario redondo de su muerte y un poco se vuelve por ese lado. Pero me parece que sí hay algo de lo que hablábamos al comienzo, en relación a cuál es la literatura que gana los espacios.

— Exacto. Y algo que también yo menciono en el libro acerca de la obligación de lo actual

— Bueno, es muy interesante cuando hablás de cómo el mercado termina absorbiendo los márgenes. Cómo algo que arranca en los márgenes es capturado rápidamente por el mercado… Y das como ejemplo la literatura escrita por mujeres y los temas de mujeres en los últimos años. Me interesa eso.

— Es que sí, es impresionante. O sea, lo de las operaciones literarias, ¿no? Que hasta ahora han sido, bueno, el caso del Boom, por ejemplo, y el caso del sexo, droga y rock n’ roll en los 60. Y ahora hay una agenda como muy variada ¿no?

— Ahora, en relación a los temas de género hay en realidad un backlash contra todo aquello de los últimos años.

— Sí, pero todavía no lo hemos visto en la literatura ese backlash.

— Porque en todo caso se sigue publicando lo que se produjo.

— Lo que se había escrito antes, sí, sí. No me asustes porque ya eso sería como para suicidarse (risas).

— Bueno, pero si mirás lo que está pasando en general en términos políticos, sociales y culturales, eso va a llegar también.

— Va a llegar. Sí, tenés razón, no lo había pensado. Bueno, pero lo que ya hubo, lo que hay, también a nosotras nos compete esta especie de auge. Por supuesto que estoy súper a favor de todos los reclamos y las luchas que han hecho las mujeres no ahora, no con la Cuarta Ola, esto ya viene de muchas décadas atrás, y todo eso ha sido extraordinario y necesario, sobre todo en términos de la recepción de la escritura de la mujer. Porque yo no creo que la escritura sea diferente en mujeres y hombres, pero sí la recepción: es una obviedad. Entonces, yo creo que ahí el mercado… y digo el mercado pero no me refiero a las editoriales solamente, ¿eh?

— No, también al gusto.

— Sí. A las universidades. Lo que se enseña, lo que leen las críticas, las mujeres también, críticas literarias. Ahí, de repente, se hace un “deber ser”, ¿no? Agendas supuestamente progresistas vienen a copar el mercado y, dentro de eso, hay cosas que no son tan valiosas. Lo siento, es así. Es como una vez, yo vivía en Estados Unidos, y habían hecho me acuerdo una antología así, de esta altura (Nota de la R.: María hace un gesto con las manos que representa la altura de un libro muy grande), de poetas centroamericanas. Y digo: a ver, cómo puede ser, no hay tantas mujeres de Centroamérica para hacer una antología así, ¿entendés? No hay quizás ni de toda América

«Yo no creo que la escritura sea diferente en mujeres y hombres, pero sí la recepción», dice Negroni, que también sostiene que no toda la literatura escrita por mujeres es sobresaliente.

— Sí. Y lo que estás diciendo también tiene que ver con el tema, con qué contás. Porque lo relevante es cómo lo contás, ¿no? Todos los temas valen de acuerdo a cómo son narrados. Todos podemos tener montones de historias para contar.

— Exacto. Pero con eso no alcanza, tal cual. Pero es un mecanismo un poco perverso, también. Entonces, de repente, a mí me pasa como escritora mujer, que tengo que decirlo porque lo siento así, y es que no todo lo que está escrito por las mujeres es excelente.

— No toda la pintura. No toda la música hecha por mujeres.

— No toda la pintura. No toda la música.

— Pero toda la vida hubo mucho de todo eso, la gran mayoría de lo que se producía se mantenía oculto.

— Que estaba oculto y que es rescatable, claro. Que nadie había leído. No sé, hasta el caso de esta escritora que yo amo que es Emily Dickinson. Pensar que es una mujer que era estrictamente contemporánea de Emerson. Y Thoreau y todos esos grandes. Y ella ni figuró. O sea, en vida no publicó con su nombre un solo poema. Entonces, bueno, eso es gravísimo, también.

— Hay dos hombres de los que quiero hablar con vos.

— A ver.

— Uno es Juan Gelman y otro es la figura del “querido maestro” que aparece en tu libro. Sobre Gelman contás algo muy interesante acerca de cómo lo conociste, cómo incluso se hospedó en tu casa, cómo se siguieron hablando, cómo te llamaba de pronto cuando estaba en Nueva York para leerte algo o para pedirte cierta bibliografía porque no la tenía encima. Tuve la suerte de conocerlo y de entrevistarlo y me gusta eso que contás de que era alguien que hacía reír a tus chicos. La verdad, era una persona encantadora, además de una bestia como poeta.

— Una bestia, sí. Poeta en palabras mayores.

— Era una gran persona. Por eso, empecemos por Juan.

— Bueno, a ver, qué decirte de él. Es mi admiración. Yo además lo he releído hace poquito, no sé si sabías que van a reeditar toda la poesía.

— Qué bien.

— En tres tomos. El primero es la poesía en Argentina, que escribió en Argentina. La segunda es la exiliar. Y la tercera es la que escribió en México. Y a mí me dieron para hacer el prólogo de la exiliar, que es la primera que va a salir. Entonces me di el gusto de volver a leerlo todo. Es una cosa impresionante Gelman como poeta. Eso es para mí ante todo pero, además, haber tenido el placer, el privilegio, cuando Mangieri (N. de la R.: el poeta y enorme editor de poesía José Luis Mangieri) me llamó para decirme ¿vos lo podrías…?

— Hospedar en tu casa…

— Yo dije: ¿dónde está? No nos conocíamos, obviamente. No siempre son placeres con la gente que hospedás, eh. Porque he tenido también otras visitas en mi casa pero con él fue una cosa tan hermosa. Y lo de los llamados telefónicos también era interesante porque él era muy ciclotímico, entonces, por ejemplo, esos llamados en los que me decía: escucha este poema que escribí. A mí me producía pudor, ¿entendés? Gelman leyéndome el poema que acaba de escribir. Entonces estaba amoroso y qué sé yo.

El poeta Juan Gelman esEl poeta Juan Gelman es uno de los personajes del nuevo libro de Negroni. En la foto, con su nieta Macarena, hija de su hijo Marcelo, quien fue secuestrado por la dictadura junto con su esposa embarazada de siete meses. Los restos de Marcelo fueron recuperados en 1990.

— Toda esa intimidad de la escritura, además, ¿no? Un poema que acababa de escribir.

— Esa intimidad, claro. Y después, suponete, yo llamaba al día siguiente y por ahí estaba como muy secote, ¿no? No era siempre, no era parejo. Y sabés que tenía otra cosa muy hermosa, que no era arrogante para nada. Un tipo tan generoso, viste. Yo me acuerdo de ir a México y que me dijera: ¿dónde te estás hospedando? Yo voy a tu hotel a verte. Yo decía: no corresponde, tengo que ir yo. No, no, no, voy yo. Y venía, se tomaba el café. No, siempre para mí él es una figura tutelar, definitivamente. Y además porque compartimos la política, también, y toda su posición, todo lo que hizo de su compromiso, su crítica después, su alejamiento de la organización (N. de la R: Montoneros), después. Cómo él se mantuvo, porque nunca se fue para ningún lado, entendés. Un tipo con una trayectoria y una claridad…

— Y con su historia personal, además. Su hijo y su nuera desaparecidos por la dictadura, ella embarazada. La recuperación de los restos de su hijo, luego el encuentro en Uruguay con su nieta Macarena, nacida en cautiverio.

— Sí, sí, sí. La verdad que es como que me produce un respeto. Y casi te diría una alegría porque hemos visto casos, no quiero mencionar funcionarios públicos actuales, que han hecho unas derivas que vos decís cómo llegaron, ¿no? Y él, no, sin ser condescendiente con nosotros mismos porque también era muy autocrítico y, por ejemplo, me acuerdo de una vez que en la Feria del Libro de Buenos Aires una mujer del público le preguntó: ¿Usted qué piensa del verso que dice: “la poesía es un arma cargada de futuro”? (Nota de la R.: poema del mismo nombre Gabriel Celaya al que Paco Ibañez le puso música? Y él le dice: Vaya a preguntarle a la viuda. Así le contestó.

— ¿Eso dijo?

— Eso dijo. O sea que no era un tipo que te iba a contestar algo para quedar bien, entendés. Decía lo que pensaba.

— Sí, por eso decís que no era condescendiente. Ahora vamos a la otra pregunta: ¿hubo un maestro?

— Maestros hubo muchísimos.

— ¿Y están todos consolidados en esa figura a la que le habla la narradora?

— Soy yo, también, el maestro. La idea del maestro la saqué de Dickinson, eso sí lo sabés. Porque yo trabajé mucho sobre Dickinson y cuando se abrió su correspondencia aparecieron diez cartas que las empezaba con “Dear Master”. Y empecé a averiguar, no solo yo, hay todas unas hipótesis de quién es el maestro. Entonces algunos decían que era un pastor anglicano que ella había conocido en Filadelfia. Otras hipótesis decían que era un crítico que después le pidió matrimonio y ella rechazó. Pero en definitiva no se sabe quién es el maestro. Y acá un poco lo mismo, digo: por qué no. Yo quiero tener mi maestro. Obviamente, a ver, en primer lugar los primeros maestros son los libros. Pero como figuras también he tenido maestros. Gelman es uno, ¿no?Negroni dirige la Maestría de Escritura Creativa de la UNTREF: «Siempre les digo a la gente que está en la maestría: ustedes tienen que desaprender». (Ale López)

— Claro.

— Gelman es uno. Y después he tenido interlocutores.

— Cuando abandonaste el Derecho, cuando decidiste que no ibas a ser abogada como tu padre y comenzó tu carrera en la literatura, ¿fuiste a talleres, tuviste tus maestros?

— No. Estuve, sí, pero el maestro de este libro no es una figura real.

— Vos sos una maestra para muchos, sobre todo a partir de la maestría de la UNTREF, ¿no es cierto? Te reconocen así, como maestra.

— A mí me encanta enseñar, aparte. Me encanta. Y de alguna manera el libro tiene como una idea y por eso lo escribí, porque cuando di ese discurso en el FILBA yo dije…

— Aclaremos un poco, la idea del libro es como un desprendimiento o más bien un engrosamiento de “Seis fragmentos a favor de lo indócil”, el discurso inaugural que diste en el FILBA en 2022.

— Exacto. Entonces yo dije bueno, he pensado mucho sobre todas estas cosas. Aparte, cuando uno da clases viste que las vas como variando y veces me dicen: ¿pero cómo te acordas de las citas? O ¿de dónde sacás las citas, las vas a buscar a los libros? No, las tengo en la cabeza. Me las acuerdo porque las repito en las clases. Entonces, te decía que tuve varias frustraciones en esos talleres de cuando empecé. Me acuerdo de que además yo tenía a mis hijos chiquititos en esa época y había unos talleres, como te diría, bohemios, que empezaban suponete a las 8 de la noche y terminaban a las 12.

— No contemplaban que si eras madre tenías horarios diferentes, que había que bañar a los chicos y llevarlos a dormir, por ejemplo.

— Claro. Y yo decía: esto no es para mí. Y después me fui muy rápido de acá, de Argentina, también. Apenas salió mi primer libro me fui.

— ¿Qué año?

— 85. Cuando apenas había llegado la democracia, o sea, no llegué a participar del mundo de las revistas literarias, de las lecturas. A veces me hablan de cosas o gente que no conozco. Después he ido conociendo, qué sé yo, pero hay mucha gente que no he llegado a conocer. Que nunca me las topé, digamos.

— Claro, es como un paréntesis en tu vida. Un paréntesis importante.

— Importante, sí. Muy importante. Así que el maestro creo que es un poco un diálogo interno. Un maestro al que además me gusta pensar también como un maestro abandonado, ¿no? Porque a mí me parece que uno tiene esas figuras, también, y lo que uno aprende, lo tiene que dejar. Yo siempre les digo a la gente que está en la maestría: ustedes tienen que desaprender. No aprender nada. Tienen que sacarse todo lo que saben.

— Te escucho y pienso en la frase de esa novela que fue tan inspiradora para los adolescentes de varias generaciones, Demian, de Herman Hesse, “Quien quiere nacer tiene que romper un mundo”.

— “El pájaro rompe el cascarón, el cascarón es el mundo”. Ese fue mi primer descubrimiento. ¿El tuyo también?

— Sí, claro. Por supuesto.

— Ah, qué maravilla. Ahí hay un maestro, también.

— Y, sí.

— También está en esa novela de Fleur Jaeggy que ella escribió, Los hermosos años del castigo, que también tiene una maestra, tiene una amiga mayor. Yo también tuve una amiga mayor, la que me lleva al centro de salud mental.

— Sí.

— Es una tipa que me enseñó muchísimas cosas.

— Y también aparecen en el libro tus encuentros en el café con la poeta norteamericana, cuando estás en Nueva York, y encaran una traducción que, en realidad, lo que hacen es traducir pero a la vez enseñar y aprender la lengua de la otra.

— Eso fue maravilloso.

— Hermoso, ¿no?

— Hermoso. Hermoso. Es una gran poeta, Sophie, sí.

— La traducción también es otra forma de la escritura. Traducir la lengua de los otros.

— Sí. Y una escuela, porque aprendés muchísimo traduciendo. Te das cuenta de que no existe nada que copiar. No hay, ¿entendés? Así como no hay una realidad para copiar, no hay un texto para copiar. Te lo tenés que inventar.


EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Cuento de Gabriel García Márquez


SinopsisEl ahogado más hermoso del mundo es un cuento de Gabriel García Márquez, publicado en 1972 en la recopilación La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. La historia comienza cuando unos niños descubren un cuerpo varado en la playa de un pequeño pueblo costero. Al llevarlo al interior, los habitantes quedan asombrados por su descomunal tamaño y presencia imponente. Mientras las mujeres lo limpian y lo preparan, imaginan quién fue en vida y qué significó su existencia. A partir de este hallazgo, el pueblo empieza a transformarse interiormente, tocado por la misteriosa grandeza del ahogado.

Gabriel García Márquez - El ahogado más hermoso del mundo3

LOS PRIMEROS niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor a que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que arrojarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con hierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la Tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la Tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta que estaba avergonzado, que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora, de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en alta mar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

[1968]


Agujeros negros

SUEÑO DE ADOLESCENCIA


Me encontré ayer con Mar. Hacía más de treinta años que no nos veíamos y la conexión tardó en revivirse, aunque sentadas ante un largo café fueron apareciendo recuerdos comunes, excusas, sentencias, hasta que llegamos a los abrazos y las risas, y a fondos de los que ninguna hasta ayer había sido capaz de pronunciar ante la otra. Hablábamos de adolescencia:

Me contaba que…

Hubo un tiempo en el que dormía entre las raíces de los grandes árboles de su pueblo. Entonces todavía no sabía darles nombre, pero sí reconocía sus imponentes ramas oscuras, sus hojas lobuladas, su sombra poderosa y la grandeza de su tronco que sus pequeños brazos no conseguían rodear…

Eran su refugio, allí se sentía abrigada, segura ante las inclemencias del tiempo, de la fuerza de los vientos, de lo tormentoso de las ciudades, de la velocidad con la que se movían los coches y las personas, del fuerte olor a alcohol de los bares, del vacío de las palabras verdaderas, de la incomprensión de la religión, del pudor de los trece años. Ese momento del despertar del ser, o mejor, del «ego», con ideas, ilusiones y deseos, que se desarrollaban en la mente lejos de la posibilidad de alcanzarlos, y que daban cabida a temores, a situaciones de inseguridad e impotencia, como pequeños seres dañinos ocultos entre las neuronas dispuestos a enjuiciarla. Y «miedo».

Agujeros Negros

Caminaba sola por una carretera, estrecha y larga, hasta un horizonte infinito. El suelo era de asfalto, rugoso, había que caminar sorteando irregularidades que hacía que se descarnara la piel de sus pies descalzos. Seguía la única ruta transitable que existía en aquel paisaje, necesitaba llegar al horizonte donde esperaba encontrar lo más valioso de lo desconocido; el conocimiento y aceptación de su Ser en el mundo. A lo largo de aquella ruta interminable iban abriéndose pequeñas grietas generando círculos, cada vez mayores de agujeros negros que, a medida que avanzaba, limitaban su espacio para caminar. Ella trataba de esquivarlos dando saltos inicialmente, a modo de juego, pero el miedo se instalaba en su cuerpo, lo que hacía más difícil y perturbador el avance. La sensación de desasosiego se convertiría en angustia y más tarde en un sentimiento irrespirable de terror hasta que lograba despertar volando hacia el vacío…

El sueño, su frecuencia, fue desapareciendo lentamente. Nunca pretendió conocer su significado en relación con sus vivencias. Sentía miedo a compartirlo y miedo a descubrir más daño. Era la época de la atormentada adolescencia…


Imagen de portada, Pintura de mi colección «Tinta China»

El poder del ARTE


Mientras Hamás entrega a la Cruz Roja a los otros 13 secuestrados
y completa la liberación de los rehenes vivos…


La Academia Sueca ha anunciado este jueves en Estocolmo que el Premio Nobel de Literatura 2025 es para el húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 71 años) al escritor húngaro László Krasznahorkai“ por su obra cautivadora y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del ARTE”

Alto y con una expresiva mirada de ojos achinados azules, siempre viste de negro —como le explicó hace décadas a Kovacsics en su primer encuentro— y su proximidad a la filosofía oriental es patente no solo en su obra, sino también en su ademán calmado. Criado en una familia burguesa judía, su aproximación a la literatura llegó tras varios años de vagabundeo por Hungría, en los que buscaba la compañía de aquellos que vivían en los márgenes —”quería estar entre los más pobres porque pensaba que ellos eran quienes vivían la realidad”—. Rechazaba entonces la idea de convertirse en algo, de construirse un futuro en el régimen comunista donde nació y creció. “En esas dictaduras uno pensaba que el mundo era así y así sería mañana, y pasado mañana, el tiempo no tenía importancia”, recordó en Pamplona. Tras esa primera etapa de inconformista errante, quiso dedicarse a la música y acabó escribiendo una primera novela en 1985, que tituló Tango satánico. La idea de “arreglar” ese libro y alcanzar lo que realmente se había propuesto es lo que le ha empujado a seguir intentándolo una y otra vez, aseguró el ganador del Man Booker Internacional en 2015. Desde hace casi tres años reside en Trieste, aunque pasa largas temporadas en Hungría y en Viena, “el triángulo austro-húngaro”.

Es el gran cronista de la Hungría comunista y la que emergió después, el retratista perfecto de ese país imperfecto que heredó las cenizas de un imperio deshecho en el siglo XX con graves heridas para sus pueblos, y del universo indefinido en que se convirtió esa nación tras abrazar la democracia, aún renqueante.

Krasznahorkai es un hombre tranquilo, afable, apasionado de la conversación y dueño de una literatura sin prisa y de cocción lenta que hoy choca frontalmente con el ritmo de nuestras vidas.

El máximo galardón universal premia así la hondura, la capacidad de profundizar y un alto en el camino en este modo de vida de aceleración sin fin.


Breve extracto del artículo de Berna González Harbour publicado en el Diario El País para descubrir de un primer vistazo al merecedor del NOBEL DE LITERATURA otorgado por La Academia Sueca este año 2025.


Imagen de portada: @mjberistain

METÁFORA

Reblogueo de Trozos de Papel – Úrsula Romero


Las LETRAS sin metáfora serían un mapa sin montañas ni ríos, apenas un desierto de signos desnudos.

La metáfora es ese puente secreto entre lo que decimos y lo que sentimos, el atajo poético que convierte una emoción en imagen, y un pensamiento en paisaje.

La literatura sin ella quedaría reducida a una lista de instrucciones, eficaz…pero sin una pizca de asombro.

Con ella, en cambio, la palabra se abre en abanico: la tristeza puede ser un pájaro herido, la esperanza un faro que titubea en la niebla…y el amor —ese misterio inagotable— una hoguera que nunca arde por igual, que tantas veces te da la vida y otras te abrasa o te deja sólo humo cuando se va.

Y además de embellecer, la metáfora nos permite comprender lo que de otro modo sería inabarcable.

Hablamos del tiempo como un río, de la muerte como un sueño o de la memoria como un cofre, para tocar lo intangible.

Porque, en el fondo, la metáfora es la respiración más honda del lenguaje, y nos recuerda que sirve también para inventar mundos.

© Úrsula G. Romero


Imagen de portada, @mjb_acuarela

La novia del viento


Azul explosivo en el color de la tristeza
pasión y tormenta
sublime sexo
de miradas ausentes
recostado en el lienzo.

Cuerpo y Alma enlazados
Cuerpo y Alma abandonados
a su último gesto de ternura
Su amor se acaba,
o quizás se acabó ya, no hay más…

 Artículo de Julián González Gómez: Oskar Kokoschka, «La novia del viento»

Dos amantes que reposan después de hacer el amor, dos almas unidas por una tempestad que se desata alrededor de sus cuerpos y aun así parecen ajenos a ella. ¿Es una pasión que acaba de desbordarse y se acabó súbitamente con el clímax? Ella está dormida, recostada sobre el hombro de su amante y es la encarnación de la entrega satisfecha. Él tiene la mirada ausente, como si sus pensamientos no estuvieran ahí; entrecruza sus dedos en un gesto de pausada angustia. Este cuadro se puede interpretar de muchas formas, pero en todas ellas está presente el elemento central, el tema por decirlo así y es la angustia. El viento, una verdadera tempestad, ha barrido con todo, hasta con su amor.

El tormentoso y apasionado romance entre Alma Mahler y Oskar Kokoschka está aquí representado con toda su grandeza y también con toda su crueldad. El sexo fue el elemento que los unió, no hubo ternura, tampoco abandono sublime o todas esas fruslerías de las que hacen gala los amores de las películas o las novelas rosas. Por supuesto, el amor entre un hombre y una mujer no solo se expresa a través del sexo, aunque muchos solo así lo entienden y otros no lo puedan entender y aunque la industria del entretenimiento nos lo pretenda hacer creer así y los cándidos le hagan caso. El amor tiene muchas facetas y muchas más que hay que descubrir entre los dos amantes, pero aquí parece ser que ya están mucho más lejos del tiempo de la búsqueda y la aventura. Ya conocen todo sobre sí mismos, sobre el otro y sobre ambos.

Su amor se acaba, o ya se acabó, no hay más… y eso sólo puede ser trágico y angustioso. Cuando Kokoschka pintó este cuadro ya sabía lo que estaba pasando y seguramente Alma también, pero ella, a diferencia de la congoja que él muestra, ha decidido abandonarse a la inconsciencia, como para no afrontar amargamente esta realidad. Ambos son jóvenes, ya que Kokoschka tenía unos veintiocho años cuando lo pintó, mientras que Alma, que era algo mayor, tenía treinta y cinco años. Ella había dejado atrás un desdichado matrimonio con el gran compositor Gustav Mahler, quien era veinte años mayor y había fallecido en 1911 y él estaba en plena fase de expansión de sus metas artísticas, destacando cada vez más en los círculos de la sofisticada Viena.

Kokoschka nació en 1886 en Pöchlarn, Austria, en una familia humilde que vivía precariamente. Su padre, de origen checo, se dedicaba a la orfebrería. Desde la adolescencia mostró inclinaciones al arte y la literatura, pero necesitaba ganarse la vida y aplicó para inscribirse en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. En 1904, a los 19 años ingresó en esta prestigiosa institución, donde estuvo hasta 1909. Al salir, su primer trabajo fue como delineante en la oficina del prestigioso arquitecto Josef Hoffmann y empezó a relacionarse con el ambiente intelectual y artístico de la capital del Danubio, por aquel entonces uno de los más vibrantes de Europa. El mismo año que entró a trabajar con Hoffmann publicó su primer libro de poemas, que él mismo ilustró y se llamó Los Muchachos soñadores. También realiza una serie de carteles y postales para los Talleres Vieneses, pero sus obras fueron mal acogidas, tanto por el público como por la crítica. Kokoschka ingresó por un tiempo al círculo de los allegados al que por entonces era el principal artista de la ciudad: Gustav Klimt, de quien aprendió sobre todo acerca del manejo del color y la textura como medios expresivos.

En 1909 conoce a otro importante arquitecto vienés: Adolf Loos, quien se convierte en su mecenas, ya que el arte de Kokoschka le pareció que abría las puertas a una nueva sensibilidad. Sus retratos, pintados de forma nerviosa y vibrante, fueron del gusto de los círculos intelectuales de la ciudad, por lo que empezó a tener éxito. Por esta época se estaba formando el expresionismo, aunque Kokoschka debía más al Judgenstihl austriaco y a la influencia de Klimt, que a los pintores de Dresde o Munich, abiertamente expresionistas. A partir de 1912 empezó el tormentoso romance con Alma Mahler, el cual continuó intermitentemente durante varios años, hasta que ella decidió romperlo, lo cual lo afectó profundamente. En el ínterin pintó este cuadro.

Al estallar la Primera Guerra Mundial Kokoschka se enlistó en el ejército y fue seriamente herido en el frente en 1915. Durante su larga recuperación mostró síntomas de desequilibrio mental a juicio de los doctores que lo atendían, pero se recuperó y al salir se reintegró a la vida artística vienesa, ya fuertemente mermada por la guerra. Posteriormente viajó por diversos países, donde su arte fue cada vez más apreciado y más comprometido con el expresionismo europeo. En cambio, sus obras de teatro fueron rechazadas por un público que veía en la crudeza expresionista el remanente de una guerra que se quería olvidar a toda costa.

Su arte, al igual que el de todas las vanguardias que por ese entonces se desenvolvían en Europa, fue considerado por los nazis como “degenerado”, por lo que fue retirado de todas las galerías donde estaba expuesto. Durante la Segunda Guerra Mundial, Kokoschka y su esposa, con la que contrajo nupcias en los años 20, se trasladaron a vivir a Inglaterra, país del cual obtuvo la nacionalidad en 1946. Desde 1947 vivió en Suiza, país en el cual desarrolló la última fase de su carrera y murió en 1980.

La novia del viento pertenece a la época en que Kokoschka estaba destacando en el ámbito vienés, inmediatamente previo a la Primera Guerra Mundial. El expresionismo que muestra lo liga con la búsqueda que por ese entonces estaban haciendo artistas como Schiele y Beckmann, ambos, al igual que Kokoschka, retirados de los círculos centrales del expresionismo de esa época. Aquí no se ven las alegorías de los miembros del grupo El Jinete Azul, o los tormentos de impetuoso color de Nolde y Pechstein. Kokoschka se había formado en los círculos cercanos a Klimt y por eso su paleta era más mesurada y su expresividad más contenida, aunque aquí se permite ciertas licencias en lo que se refiere a esto último.

Este cuadro está pintado con colores suaves y tiernos, donde predomina el azul, el color de la tristeza. El cuerpo de Alma muestra pinceladas suaves, como si fuese el único gesto de ternura que el autor dirigió hacia ella porque todo lo demás que hay está hecho a base de gestos bruscos. La armonía cromática está regida por los contrastes luminosos entre los rosas y amarillos con el azul predominante, del que hay un sinfín de variaciones. Aunque la composición parece a primera vista caótica, luego de observarla por un rato notamos que su estructura, a base de diagonales, delimita cinco grandes zonas en el cuadro. La expresividad de las pinceladas es el elemento plástico más impactante, pues se dirigen simultáneamente en todas direcciones. Es esta una pintura sublime y triste, muestra de los logros del expresionismo, encarnado aquí por Oskar Kokoschka, uno de sus mejores exponentes.


 

NARRAR EN EL SIGLO XXI

BLOG LO REAL MARAVILLOSO


El desafío de narrar en el siglo XXI: el elefante y la hormiga.

Publicado el  por Volfredo


Las palabras siempre han sido frágiles. Desde que el primer sumerio garabateó signos cuneiformes en una tablilla de barro, hasta que Marcel Proust se encerró entre cortinas gruesas para escribir “En busca del tiempo perdido”, la palabra escrita ha sobrevivido como puede: acosada por las guerras, ignorada por los poderosos, combatida por el ruido de la publicidad. Hoy, en pleno siglo XXI, esa fragilidad se acentúa. No porque escaseen los escritores —hay más que nunca—, sino porque sobran los estímulos. Nunca fue tan difícil narrar y ser escuchado, y nunca fue, al mismo tiempo, tan urgente.

Lo que vivimos no es la muerte de la literatura, sino su desplazamiento. El lector ilustrado, ese que se deleitaba en la lentitud, que marcaba con lápiz pasajes de Madame Bovary o subrayaba con fervor a Cervantes, se ha vuelto una especie en peligro de extinción. En su lugar ha emergido otra criatura: el espectador disperso, adicto a las historias breves, deslumbrado por los íconos centelleantes de los “me gusta”, y con una capacidad de atención que, según estudios recientes, ya compite con la de un pez dorado. No en sentido figurado: literalmente.

En este nuevo escenario, el elefante pisa fuerte. Tiene el tamaño de un continente, el olor del dinero y el apetito insaciable de las cifras. Es YouTube, TikTok, Netflix, Spotify, Instagram… es MrBeast regalando islas y PewDiePie burlándose de sí mismo ante millones de cómplices digitales. Es, en esencia, el mercado global del entretenimiento, donde la narrativa se convierte en mercancía y el arte, en algoritmo.

¿Y quién puede competir con eso? ¿Cómo puede un humilde narrador, que aún cree en la belleza de una frase bien construida, sobrevivir entre alaridos de carátulas sensacionalistas y desafíos virales?

Este elefante no es maligno, ni mucho menos. Es simplemente eficaz. Produce contenidos concebidos para ser devorados, no digeridos. Su fortaleza es la repetición, la inmediatez, la adicción medida por segundos de atención. Cada clic cuenta. Cada segundo que un espectador no abandona el video es una victoria. No importa la verdad, la belleza o la profundidad: importa el tiempo de permanencia.

Y, sin embargo, entre tanto brillo, hay sombras. Porque, aunque el elefante arrasa, no puede amar. No puede recordar. No puede susurrar. Solo embiste.

La hormiga: un blog, un lector.

Frente a este coloso de datos y pantallas, aparece la hormiga. Frágil, modesta, minúscula. Su fuerza no está en la cantidad, sino en el contenido. No vive de viralidad, sino de la comunicación íntima. Su espacio no es una plataforma de moda, sino una trinchera. Y en esa trinchera —llamada Lo Real Maravilloso— todavía se escribe para quienes leen con la pausa de un monje medieval y el goce de un sibarita de la lengua.

La hormiga no ofrece sorteos ni acrobacias digitales. Ofrece ideas. Ofrece historia, arte, literatura. Habla de Magritte y de Caravaggio, de Lezama Lima y de Borges, de la Resurrección de Cristo como un acto simultáneo de la pintura y la carne. Escribe para un lector que tal vez no habite en TikTok, pero que aún se estremece al releer una frase de Paulo Coelho o al contemplar, en silencio, Las Meninas.

Escribir desde la hormiga es un acto de fe. Es renunciar a la popularidad para abrazar la profundidad. Es escribir sin saber si alguien llegará hasta la última palabra. Pero también es encontrar, de tanto en tanto, un lector verdadero. Uno solo. Y eso, en tiempos de ruido, es un milagro.

¿Hacia dónde va el lector moderno?

Esta serie, que hoy llamamos hilo, —iniciada con MrBeast y seguida por PewDiePie— nos ha mostrado dos modelos opuestos de comunicación: el espectáculo filantrópico y la ironía participativa. Ambos, con millones de seguidores, representan apenas la punta de un gigantesco témpano: la nueva cultura digital. Una cultura que no desprecia la narrativa, pero la trastoca. Ya no se cuenta lo profundo: se exhibe lo fugaz. No se describe: se exagera.

Sin embargo, incluso entre los seguidores de estos titanes digitales, persiste un anhelo sordo. Una nostalgia no dicha por las palabras que respiran. Muchos de esos jóvenes hiperconectados no saben aún que también pueden amar la literatura. Que hay un espacio —pequeño e íntimo— donde la inteligencia no se disfraza de sarcasmo, sino que brilla con luz propia.

Contar una historia en el siglo XXI es un acto de resistencia cultural. Es oponerse al vértigo con calma. Es preferir la metáfora al alarido, el matiz a la consigna. Es escribir sabiendo que tal vez no se obtendrá dinero, pero sí el disfrute de la literatura verdadera.

Un blog como Lo Real Maravilloso no tiene patrocinios de gaseosas internacionales, ni cámaras de alta definición, ni millones de clics por segundo. Tiene algo más escaso: una comunidad de lectores. Lectores verdaderos. Gente que, como el buen catador de vinos antiguos, saborea la palabra con lentitud, halla deleite en una digresión, se detiene en una frase como quien acaricia un cuadro.

Este blog no compite. No vocifera. No hace piruetas frente a la cámara. Pero ofrece algo que ya casi nadie ofrece: una conversación real. Una conversación que atraviesa siglos, que une a Homero con García Márquez, a Carpentier con Eco, que enlaza al lector cubano con el lector universal.

¿Y qué debe hacer el escritor frente a este panorama? ¿Callar? ¿Convertirse en influencer? ¿Abandonar la sintaxis por el chascarrillo visual?

No. El escritor debe volverse alquimista. Debe transformar la experiencia en palabra, y la palabra en asombro. Debe comprender los nuevos códigos, sin rendirse a ellos. Puede usar las redes, sí, pero no ser devorado por ellas. Puede dialogar con los nuevos formatos, pero sin mutilar la complejidad. Debe recordar que su oficio no es distraer: es sembrar ideas.

Y en esa labor silenciosa, casi artesanal, puede que halle lectores. Pocos, sí. Pero fieles. Lectores que llegan por curiosidad y se quedan por el atractivo de una entrada de 1200 palabras a un cortometraje de 12 segundos. Lectores que aman los buenos libros, las buenas pinturas, las buenas historias.

Tal vez el elefante lo consuma todo. Tal vez las máquinas escriban novelas que simulan llorar. Tal vez los jóvenes ya no lean nada que no venga con emoticonos y sonido de notificación. Pero también es posible —y aquí la esperanza— que, en medio del bullicio, alguien escuche una voz tenue, una historia bien contada, un texto publicado en un blog sin anuncios, y diga: “Esto es lo que buscaba”.

Si eso ocurre, aunque sea una sola vez, habrá valido la pena.

Porque narrar, al fin y al cabo, no es ganar una carrera. Es encender una luz.

Y mientras exista Lo Real Maravilloso, esa luz será nuestro interés primordial, mantenerla viva.

Viene de:


REBLOGUEADO DE LO REAL MARAVILLOSO

ME HE DEJADO LOS PELOS COMO ESCARPIAS

MIKEL BARCELÓ – MONDONGOS


Me he dejado los pelos como escarpias. Tal es la identificación que siento con Mikel en esta etapa de mi vida. Lo admiro desde que descubrí, hace ya mucho tiempo, que pintaba tirado en el suelo sobre el lienzo. Estoy en la etapa más directa para llegar al cielo o al infierno. Eso ya lo veremos. En el infierno se dice que será más divertido… Pienso en el Papa Francisco, tan cercano, humano y simpático que, posiblemente en el cielo, donde estará él, pudiera no ser tan aburrido…

De cualquier manera, me he cortado el pelo esta mañana de principios de primavera, y me lo he peinado en plan escarpias.

Mi perro no me mira a la cara…


Pepa Bueno

Entrevista de Pepa Bueno en EL PAÍS
Madrid – 23 MAR 2025 – 05:30 CET


Los pelos como escarpias, como si fuera él mismo uno de los bichos marinos de ese mundo bajo el agua donde pasa horas buceando siempre que puede. La mirada alerta, curiosa, tremendamente joven, con un punto de ironía que, en ocasiones, parece timidez. Nos citamos con Miquel Barceló (Felanitx, 68 años) en la Galería Elvira González, donde expone hasta el próximo sábado Flores, peces, toros, un recorrido por sus temas más recurrentes. Pintor, dibujante, escultor, ceramista y performer escénico, el artista español de más relevancia y mayor cotización en el plano internacional, tiene una larga relación con EL PAÍS y desde hace casi cuatro años sus dibujos enmarcan las Cartas a la Directora. En ese marco de confianza se produjo esta charla, más que una entrevista, tras sellar un nuevo compromiso.

Pregunta. En el 40º aniversario de EL PAÍS dijiste que no recordabas si habías comprado el primer número del periódico en el año 76, pero que sí te recordabas comprando el periódico en aquel momento. Y hasta hoy.

Respuesta. Me recuerdo incluso caminando lejos en París para comprar EL PAÍS. Yo lo sigo leyendo en papel cada día, sobre todo en Mallorca. Me gusta mucho el objeto periódico. Es muy de pintor. Yo lo uso mucho para hacer collage, para recortar, para dibujar encima. Una cosa que he hecho toda la vida es dibujar encima de las fotos, eso de poner bigotes [a las caras]. Dibujar sobre las fotos es una forma de comentario, ¿no? Se hace casi sin pensar.


Reproducción de la obra de Miquel Barceló de los próximos premios Ortega y Gasset.
Reproducción de la obra de Miquel Barceló de los próximos premios Ortega y Gasset.Gianluca Battista

P. Dices que prefieres leer en papel porque retienes mejor el contenido.

R. Cuando empecé a viajar por el Himalaya y a hacer grandes caminatas, todo peso era demasiado. Empecé a llevarme los libros en un iPad. Pero me di cuenta de que se me olvidaba lo que había leído. Leí las novelas de James Salter y se me olvidaron. Luego las leí en papel otra vez y ahora puedo decirte fragmentos enteros de memoria. Hablé con un neurocientífico en París y me dijo que sí, que lo impreso se queda en el cerebro. La pantalla deja una huella frágil y pasajera, y para mí la memoria es esencial. El conocimiento nos viene por la palabra impresa.

Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo”

P. Ahora que EL PAÍS está a punto de cumplir 50 años, tomas el relevo de Eduardo Chillida, cuya obra ha sido, desde 1984, el galardón que entregábamos en los Ortega y Gasset, y nos has hecho el grabado iluminado a mano que vamos a entregar a partir de este año.

R. ¿Sabes? Conocí a Chillida cuando yo era muy muy joven y enseguida me adoptó. Tenía esa mirada… Mira que nuestros trabajos eran muy distintos, pero tuvimos una empatía inmediata. Desde luego, es un gran honor seguirlo y poder hacer un premio que en este mundo complicado representa lo que representa el Premio Ortega y Gasset.

P. Nosotros estamos muy emocionados porque era un relevo muy importante. Pero qué significa para ti que una obra tuya cuelgue en la casa de un periodista que se está jugando la vida en algún país por contar lo que pasa.

R. Por eso mismo hice una obra que contiene muchas obras, que no es una imagen única, sino polimorfa, a la que puedes mirar muchísimas veces. Quería que tuviera esa concentración. Tuvo varias versiones. La primera era una bola como un mapamundi, como un antitrofeo, pero acabó siendo lo mismo en un grabado con más colores. Tiene que ser un premio. Es complejo, pero no es desolador.


Miquel Barceló, en Farrutx, Mallorca, el 30 de noviembre 2024.
Miquel Barceló, en Farrutx, Mallorca, el 30 de noviembre 2024.JEAN MARIE DEL MORAL

P. ¿Por qué lo bautizas como Mondongo?

R. Porque un poco todo lo que representa está dentro. Yo estaba intentando hacer morcilla y me di cuenta de que en los pueblos de Burgos que conozco llaman mondongo a lo que contiene la morcilla. Me gustó porque es esa especie de combinación de muchísimas cosas que es un mundo agitado. Y me gusta mucho cómo suena la palabra.*

P. Sobre el mundo agitado. Has dejado de ir a Malí por la guerra y el terrorismo, y ahora suenan tambores de guerra por todas partes. ¿Cómo lo estás viviendo?

R. Con perplejidad y con inquietud. Cada vez que abres el teléfono te esperas una imagen terrible de verdad. Ya sé que han sucedido siempre, pero es que ahora es exponencial. También está la sospecha de que todo es una atroz manipulación.

P. Que no sabemos el juego al que asistimos.

R. Eso es. Y lo que ves es que hay muchos tahúres.

P. ¿Influye en tu obra?

R. Soy bastante poroso al mundo. No vivo para nada aislado. Cuando vivía en Malí, tenía siempre radios con onda corta para captar las noticias. O sea que enterado estoy. No sé si eso tiene una influencia directa en lo que pinto porque no hago comentarios de lo que pasa en el mundo, pero marca mi forma de estar en el mundo.

P. Eres un artista universal pero te expresas fundamentalmente en catalán, en castellano y en francés. ¿Te sientes europeo ahora que ser europeo se pone en cuestión?

R. Siempre, y ahora tal vez más, porque creo que tiene más sentido. Yo iba a Francia incluso cuando hacía falta pasaporte y a mí no me lo daban porque no había hecho la mili. Siempre me he sentido europeo, por intuición, como pintor, porque te haces tu patria con la pinturas que te gustan. Europa es un ámbito cultural que yo comprendí enseguida. He vivido en Nueva York y muchísimo en África, un poco en Asia y desde hace poco en Australia porque mi esposa es de allí. Y voy a Australia como europeo y como mallorquín, sin duda. Ahora me parece muy reivindicable la europeidad. Me parece la única esperanza de Europa: imponerse como un ámbito cultural y de pensamiento. No ganaremos con otra marca que no sea esta.

P. ¿La ves en riesgo?

R. Sí, porque está muy amenazada. Por esos tahúres.

Tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción de Notre Dame es una suerte y un honor”

P. Tahúres que ganan en las urnas. El mundo, y particularmente el mundo occidental, parece empeñado cada 80 años en asomarse al abismo. Como si no hubiéramos aprendido nada.

R. Eso de Marx de que la historia se repite en forma de farsa parece literal. Casi con los mismos personajes, cambian los detalles pero el drama es el mismo. Y seguimos dándonos garrotazos. Dando garrotazos sobre todo a los pobres.

P. Estás preparando tapices para Notre Dame. ¿Puedes contarnos algo de esos tapices?

R. Yo estaba en París cuando se quemaba Notre Dame. Mi hijo me llamó y salimos a la calle, era desolador. En mi estudio caía la ceniza de Notre Dame. Nunca he sido muy creyente, pero me pareció que tener la oportunidad de colaborar en la reconstrucción era una suerte y un honor. Y en eso estoy. Primero con el Noé del Arca de Noé, que estoy bastante adelantado ya. Lo hacemos con la Real Fábrica de Tapices de Francia, que no ha parado desde el siglo XVI y hacen tapices gigantescos, de seis por ocho metros, aunque los míos son grandes pero no tanto.

Miquel Barceló, en Farrutx (Mallorca), en febrero de 2024.
Miquel Barceló, en Farrutx (Mallorca), en febrero de 2024.JEAN MARIE DEL MORAL

P. ¿Y después del Arca de Noé?

R. El sacrificio de Isaac, Elías con el carro de fuego, que es fantástico, y el paso del mar Rojo. Pero mi Arca de Noé es muy modesta. Es una especie de laúd con una oveja, un perro, un gato y un cordero. No haces un catálogo de todos los animales del mundo, salvas la vida.

P. Cuando uno es Miquel Barceló y el molde es tan poderoso, ¿uno ya no puede salirse de él o está dispuesto a romper el molde? A investigar, a equivocarse.

R. Hay que equivocarse todos los días, y en eso de equivocarme soy un especialista. No adrede, pero lo normal es hacer cosas que difícilmente salen bien. Es una paradoja porque siempre acaba saliendo alguna otra cosa que no pretendías.

P. ¿Qué te provoca curiosidad? ¿Qué te sorprende todavía, aparte de tus temas recurrentes?

R. En los libros encuentro siempre sorpresas. Cosas que me sobrecogen. Ahora estoy leyendo el último libro de Juan Manuel de Prada, que me parece fantástico. No solo cosas nuevas, porque el mundo es una repetición de historias. Cada vez estoy más puesto en arte prehistórico. Cada vez voy más a ver cuevas. Eso es algo que he aprendido tarde.

P. Entre lo moderno y lo arcaico, ¿dónde colocamos a Barceló?

R. Es que lo arcaico es lo más moderno. Muchas veces he tenido la sensación de que hacía una carrera fulgurante hacia atrás. Es una elección, también una intuición. Las cosas más radicalmente modernas son cosas que están ahí antes de que seamos capaces de decirlas. Me interesa poco lo que se puede decir. Si se puede decir no hace falta pintarlo.

P. ¿Qué pensamiento te provoca la inteligencia artificial, pensar que hay artistas que ya la están usando?

R. Yo pienso usarla. Igual que la fotocopia. Me acuerdo que cuando surgió el vídeo decían que iba a acabar con el cine y cuando surgió la fotografía, que acabaría con la pintura, pero Degas hacía fotos y las usaba para sus cuadros. Eso sí, el nombre es feo: inteligencia artificial. Se irá adaptando, como cualquier herramienta. Hace falta gobernanza porque se pueden hacer trampas, aunque no hay que tenerle miedo. Yo todavía no le he dicho “píntame un cuadro con mi perfil”, pero porque me gusta hacer las cosas. Me gustan las cosas que pasan, y que no pasarán más, porque no se pueden repetir.

La 42ª edición de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo

Este lunes 24 de marzo, el jurado de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo se reunirá para decidir los ganadores de esta edición en sus cuatro categorías: Mejor historia o investigación periodística, Mejor cobertura multimedia, Mejor fotografía y Trayectoria profesional. La nueva web de los premios, premiosortega.com, recogerá toda la información relativa a los ganadores y sobre la ceremonia anual de reconocimiento a lo mejor del periodismo en español. La gala de premios celebrará el 5 de mayo su 42ª edición en Barcelona.


Fotografía de portada: Lourdes Rocher

  • Sonrío a propósito de una conversación con mi hija mayor. Para mi horror, ella llamaba «mondongos» a los trozos de tierra y piedra mineral que escarbé con mis manos durante los días de Retiro —para utilizar como pigmento natural en mis acuarelas— y que, cuidadosamente guardaba en una rústica y ridícula (es cierto) bolsa de plástico del super. Hoy me reconcilio con su significado gracias al Maestro Mikel Barceló.

AGUA DE LLUVIA


La presencia de la carta sobre el piano de cola negro me resultaba obscena.

Suponía que también podría serlo para alguien que entrase en el salón y la viera allí encima día tras día, y se preguntara el motivo por el cual yo no la hubiera abierto todavía.

No me reconozco en esta casa, a pesar de que llevo seis meses en ella. No he cambiado nada. No me hace falta. Tía Gabriela tenía mucho estilo. Me gusta la decoración elegante y sencilla de colores neutros, podría decirse que minimalista. Apenas unos pocos muebles antiguos auxiliares y altas cortinas de seda salvaje. Ya no está tía Gabriela, y siento que sigue aquí, a mi lado, aunque yo no la vea. He llegado hasta aquí gracias a ella.

Nací en un grupo familiar, una comuna; crecí rodeada de alegría y música y muchos niños a los que consideraba mis hermanos. Reconocía a mi madre, las demás personas que vivían allí eran mis tíos. Ella muchas veces lloraba, entonces yo la abrazaba y eso la aliviaba. Sonreía de una manera muy triste. No había alegría en sus ojos, su mirada era gris a pesar de que le gustaba cantar. Yo pasaba muchas temporadas viviendo con tía Gabriela, a veces en esta misma casa, otras en su casa de la ciudad. De una familia de diez hijos, tía Gabriela era la mayor, y mi padre había sido el séptimo. Especialmente ellos dos tuvieron una relación muy cercana y, de hecho, a tía Gabriela le encomendaron mi protección cuando a mi padre le ingresaron en un centro de rehabilitación. Después de aquello nunca se recuperó y murió de una sobredosis a los pocos meses. Tampoco volví a ver a mamá.

Estuve interna en lo más parecido a un convento de clausura del que solo podía salir los sábados por la mañana acompañada de una tutora. La mía era la señorita Úrsula, una mujer con un denso flequillo negro que le tapaba los ojos y que daba a su cara un aspecto de perro rottweiler atacando. Era imposible ser feliz así. Muchos sábados renuncié a salir por no verme con ella. Me quedaba en mi cárcel diminuta, sentada en el camastro, mirando por la exigua ventana de cristal sucio que había en lo alto, desde la que únicamente podía ver las nubes o el cielo de color gris oscuro. Se me permitía recibir visitas, aunque la única que solía tener era la de tía Gabriela, que venía de vez en cuando a traerme libros y galletas. Cuando ella llegaba yo notaba un escalofrío que me dejaba el alma helada y la voz se me quedaba atrapada en la garganta, aunque sabía que, para entendernos, no nos hacían falta palabras.

¿Que, cómo pude sobrevivir a aquello?

Tía Gabriela era una mujer menuda, sencilla, briosa, celosa de su independencia y aventurera. En cierto momento de su vida decidió dejar de viajar para instalarse definitivamente con su perra Hannah y sus caballos en esta casa. No había tenido hijos y yo me había convertido en su protegida.

Le atendían dos personas: Helga, una mujer ucraniana, fuerte y grande como un hombre, resolutiva pero discreta, que llevaba años trabajando para ella y se ocupaba de la organización de la casa y de la cocina. Y Damián, un hombre del pueblo que había sido marino mercante y, aunque se había retirado de la mar a los cincuenta años, había decidido seguir trabajando en tierra. Era fuerte, de aspecto atlético, muy simpático y dicharachero; muy cariñoso conmigo. Se ocupaba de los animales y el campo, pero también de las atenciones personales que mi tía necesitaba; era su mayordomo, su chofer y su consultor. Tía Gabriela nunca negó que también fuera su amante.

Él fue quien recogió el certificado que trajo un empleado de correos, y el que firmó en mi nombre haberlo recibido, porque yo no estaba en casa. —No sé si yo lo hubiera aceptado entonces; lo dudo.

El remitente estaba claro. Pero yo pretendía ignorar cualquier noticia relacionada con él. Cuando me lo entregó Damián, lo recogí con cierto fastidio, y no me detuve a leer el texto que contenía. Por no tirarlo a la basura delante de él, dejé el sobre con displicencia sobre el piano.

Aunque trataba de desentenderme de aquel sobre, cada vez que entraba al salón no podía evitar desviar mi mirada al rincón del piano. No era fácil porque el espacio destinado a aquel piano de cola ocupaba la mitad del salón en la planta baja de la casa. Allí estaba el sobre encima de la tapa cerrada del teclado. Me partía el corazón verlo allí, abandonado. Me recordaba a él, y yo me negaba. Me había costado años liberarme del recuerdo de su imagen, o del tono de su voz, con aquella firme delicadeza con la que me había enamorado. Y, de repente, aquella carta. Me encontraba incómoda con ella en casa, como si necesitara una justificación para no leerla y deshacerme de ella; quemarla. Pero no lo hacía.

Habíamos mantenido una íntima relación epistolar, y entonces, apreciaba sus galanterías, pero ahora que el sentimiento amoroso había desaparecido, sus escritos me sonaban a pedantería. Podía imaginarme su discurso, seguramente apasionado y trasnochado, los trazos de su escritura dibujados con exquisita caligrafía sobre un papel de textura especial, la perfección de su ortografía y sintaxis. Todo ello, y cada letra de mi nombre dibujada con ampulosidad, me producía, decididamente, rechazo.

Porque aquello había sido cuando éramos adolescentes. Se celebraban las fiestas y llegaban de los pueblos cercanos chicos y chicas hasta la casa de tía Gabriela a buscarme. Venían ataviados con vestidos vistosos y sombreros de flores y cintas de colores que venteaba el aire mientras cantábamos y bailábamos al ritmo que marcaba la banda de música de la facultad. 

—¡Era otro tiempo!

Recuerdo que en el gran salón no cabía ni un alma más. El porche lo ocupaba el rumor de la charla desenfadada de todos los amigos que pasábamos las vacaciones en el pueblo; era una alegría con olor a lavanda y a limón de las primeras tardes de verano cuando el sol, como un audaz pintor, viraba su luz hacia colores rojizos y dorados. El azul oscuro del cielo borraba cualquier vestigio del día y se fundía en el horizonte con la noche. Entonces nos recogíamos en el salón, junto a la chimenea encendida. Eran momentos de charla o lectura, fumábamos y bebíamos y nos dejábamos invadir por un ambiente cargado de fragancias dulces, de hierbas, de licor y del humo del tabaco. Cuando ya tía Gabriela y sus amigos se retiraban, la música y el alcohol llenaban nuestras últimas horas de abandono sobre los sofás con el efecto piadoso de una rara ensoñación erótica. 

Los ventanales, por un lado dan a la cúpula de color rojo oscuro de la iglesia y, por otro, a los campos que en esta época aparecen apretados por la floración de los frutales; almendros y melocotoneros en hileras, perfectamente definidas en la lejanía, entre el verde brillante de la hierba.

Me gusta adornar el interior con pequeños motivos de ramas y flores frescas del jardín. Es un ritual rociar los pétalos con agua de lluvia a esa hora de la mañana cuando reciben los primeros rayos de sol atravesando las ventanas. Hoy me sorprende el reflejo de mi propia imagen en los cristales. Pienso en él mientras arreglo las flores. Agua de lluvia, así tituló un poema que me dedicó entonces. Vuelve el recuerdo y hace estragos en mí, no puedo evitarlo, después de todos estos años. Y siento una especie de latigazo de deseo inconfesable; un escalofrío que inconscientemente me impulsa a humedecerme los labios con la lengua lentamente, como cuando se acercaba a mí jugando, con sus ojos entrecerrados y me arrebataba en su abrazo con una pasión que violentaba su carne. El agua de lluvia en el vértice vibrante del «Adagio for Strings» de Barber, y el resplandor de la luz del jardín filtrándose como polvo de mármol sobre las alfombras deshilachadas.

Debo de estar soñando. Quizás necesito tranquilizarme. Abro la ventana. Una bocanada de viento fresco llega como un aura de salvación que revoluciona los periódicos y la carta. Me dejo invadir por el intenso aroma de lavanda que cubre los campos. Veo que se acerca Damián que vuelve de las caballerizas con aire preocupado. Las noticias son alarmantes, la borrasca tan temida parece que llega a la zona y se mantendrá durante la próxima semana, bajarán las temperaturas y habrá vientos fuertes y grandes nevadas. Pongo la radio que repite insistente la noticia. La borrasca parece que está entrando en el valle.

—Habrá que prepararse para permanecer a cobijo hasta que pase la alarma— dice Damián sacudiéndose el polvo y la paja de la zamarra y limpiándose la suela de las botas en el felpudo antes de entrar en la casa. Me avisa de que se irá con Helga al pueblo a buscar lo necesario para sobrevivir los días de posible confinamiento.

Me he quedado sola. Observo la fina cuchilla del abrecartas. Abro el sobre, dispuesta a leer la carta. Un fuerte golpe de ventisca en la ventana que se ha quedado entreabierta me interrumpe y hace que me levante para cerrarla. Se me caen al suelo los periódicos y la carta que sostenía sobre mis rodillas. Un estremecimiento me recorre el cuerpo. Ha llegado de repente el frío. La niebla, como un velo, va ocultando el paisaje. Arrecia, y la lluvia golpea sin compasión en las ventanas. Los cristales parecen volverse líquidos. Apenas puedo distinguir nada más que oscuridad en el exterior. Damián y Helga están tardando.

Un coche gris avanza por el empedrado, cruzando el jardín, despacio…


Publicado originalmente en 2020
@mjberistain

Desafío


Conquistaré un reino de sombras. Inauguraré una nueva era en el alma, una obsesión de alegría y tormento, una nueva danza que alcanzará un día su plenitud.

Me desprenderé de la armadura que me acompañara hasta hoy y desnudaré la oscuridad de las palabras para cobijarme en el gris del color sin color, acromáticamente sola entre la lluvia, como un gris cansado que diría Lorca, o una luz negra como la de nuestra Tierra, que diría Chillida.

Me moveré entre la sutileza y esa mirada finísima de las sentencias, ese ave que sobrevuela por encima de las brumas y se mueve con levedad.

Algún día abriré mis ventanas a ese paisaje único que ahuyente soledades de colores, mis desvelos envolviendo a la luna y dibujando sus contornos de luz.


A mis tutores de Fotografía MariJose Cueli y Juan Cid
Con mi cariño y eterna gratitud

LA CASTAÑERA


Es noche de luna llena. Las tribus indias la llamaban luna de hielo, luna vieja o luna del lobo. Era cuando los lobos aullaban más en las zonas cercanas a las aldeas.

Hace frío, voy protegida por un abrigo raído que heredé de mis hermanos mayores. Gracias a que llevo una gran bufanda y un gorro de lana que tejió alguna de mis abuelas, consigo escapar del destemple que me hace llorar cada vez que se levanta una racha de viento y azota la ciudad.

Llevo días sin comer apenas, solo castañas, y algunas flores marchitas. Si puedo, evito ir a las parroquias a pedir, supongo que tienen emergencias más importantes. Al fin y al cabo, yo estoy acostumbrada a vivir así.

Mantengo conversaciones con el señor Manuel, el de la esquina de la Catedral, para sustituirle cuando se jubile. El hombre está muy abotargado por el efecto de la «quimio» y la radioterapia, y siente que le quedan pocos días. Aunque está muy enfermo y vive solo, no quiere morir. Todos los inviernos, desde que no está su padre, ha abierto el pequeño puesto de castañas que le ayuda a vivir, además de que le ha hecho muy feliz.

Desde que le conocí en Nochebuena, le visito cada día. Hemos llegado a tener una bonita relación de amistad. Yo le traigo castañas que he ido acumulando en un saco durante el otoño para que él no tenga que salir al monte. Últimamente, va necesitando menos cantidad porque la gente ya no consume tantas como cuando empezó en esta profesión. Ahora se compran castañas por capricho y porque son baratas —diez castañas por un euro—, ya no se comen por necesidad de calentarse las manos y el estómago como era entonces. Don Manuel las mantiene crujientes y calientes, las revuelve continuamente con su vieja espumadera negra, para tenerlas a punto cuando algún cliente se acerca a su caseta.  Aprendo muchas cosas con él, me enseña a preparar las brasas, a cortar y asar las castañas, a ser amable, a sonreír a las personas que pasan a nuestro lado, a no ser huraña a pesar de que mi vida siempre haya estado rodeada de negro.

Cada noche cuando cierra la caseta me anima a que, si vuelvo a verle algún día, venga con una florecilla de cualquier jardín público, o una hoja caída de algún árbol, o una fina brizna de hierba. Él está convencido de que llevo una luz muy especial dentro de mi corazón y eso es lo que me va a servir para ser feliz de aquí en adelante, que tengo que aprender a sonreír —me dice siempre, con la inmensa ternura de sus ojos negros—. Y él, cada vez que pasa alguien cerca, me da un pequeño empujón con su brazo para recordármelo. Eso sí que me hace sonreír.

Es un hombre bueno, don Manuel. Cuando le conocí le ofrecí mi cuerpo a cambio de un poco de dinero y se negó. Cerró la caseta y me trajo un bocadillo caliente del bar más próximo. A mí también me da pena que se tenga que morir ahora. Es como un ángel de la guarda conmigo, ahí enrollado en su gran abrigo negro, con sus manos hinchadas y rotas de heridas que oculta debajo de sus gruesos guantes de lana. Ahora prefiere que sea yo quien prepare los conos de papel de periódico con las castañas calientes para los clientes. Él se ocupa de guardar el dinero en una caja negra que, según me explicó, era de madera de ébano que le había traído un cliente de uno de sus viajes a la India. Porque a don Manuel le gusta trabajar la madera en sus ratos libres, haciendo pequeñas tallas, sobre todo de flores, que luego las regala a los niños. Hoy me ha regalado sus guantes cortados. Aunque me quedan tan grandes, me abrigan mucho. Me ha permitido darle un abrazo.

—¿Por qué te marchaste del pueblo? Allí tendrías comida y trabajo en la granja, con los animales y la huerta, y seguramente con el cariño de tus hermanos.

Don Manuel espera que le conteste, aunque le hago una mueca de contrariedad.

Después de lo que me está ayudando creo que le debo una explicación, así que un poco a mi pesar le explico que me escapé de la escuela porque la directora decía que me quería. Cuando se terminaban las clases me llevaba a su despacho y me pegaba.

—Ay, niña, —me dice, moviendo la cabeza a un lado y al otro— algo mal habrías hecho…

—No, don Manuel, se lo prometo. Ella decía que era para que aprendiera a portarme como una buena mujer, y que si no me servían sus golpes aprendería con los que me iba a dar mi marido cuando me casara si seguía siendo tan terca.

—Mis hermanos se reían de mí, yo era la única chica de la familia y me hacían ocuparme de la casa y de sus cosas porque no teníamos padres. Mi madre había muerto durante mi parto y mi padre se ahogó, unos años más tarde, intentando salvar a las personas de los pueblos de los alrededores durante la gran inundación que arrasó la comarca.

Don Manuel se calla cuando hablamos de estas cosas, y su mirada se pierde en la nada y yo entonces no sé lo que piensa, pero estoy segura de que tiene que ser algo bueno.

—Mañana, —me dice— tendrás que abrir tú la caseta, están las llaves y toda la documentación en orden en el fondo de la caja negra. También están las tallas de madera para los niños y las flores que me traes y que guardo secas. Abrígate bien. Ocúpate de abrir las castañas, acuérdate cómo; con un par de cortes como si fueran cruces mientras prende el fuego y preparas las brasas. Haz bien las cuentas cada noche. No tengas prisa, despacio pequeña, tienes toda una vida por delante.

Hace frío mientras camino hacia el albergue. Acaricio la cabeza a un perro lobo que parece perdido y que ladra lastimosamente al lado de un banco vacío. Una luna de hielo ilumina la plaza y la caseta en la esquina de la Catedral.


@mjberistain

¿CRISIS DE VALORES?


A lo largo de la historia, el lamento más repetido es el de una generación sobre la degradación moral de la siguiente. Un estudio analiza las respuestas de 12 millones de personas en 60 países para explicar las razones de esta ilusión.

La maldad se extiende sin fin. El hombre amable se ha desvanecido». Con estas palabras se lamentaba un poeta egipcio en los tiempos del Imperio Medio, unos dos mil años antes de nuestra era. Desde entonces, el diagnóstico pesimista se ha oído o leído sin cesar: en la Ilíada, de Homero, o en la barra del bar; desde Livio, que auspiciaba «el derrumbe del edificio» por el proceso de declive moral, a Madonna, que aseguraba en las redes sociales que «hemos olvidado nuestra humanidad».

«Durante toda mi vida he oído a la gente lamentarse por el fin de la bondad humana. Me entran ganas de cogerlos de la solapa y preguntarles: ‘¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto en una temporada de Mad Men? ¿O es por una anécdota aleatoria que te contó tu abuelo?’». En lugar de hacer esto, el psicólogo Adam Mastroianni –que realiza en la actualidad sus investigaciones posdoctorales en la Universidad de Columbia (antes en Harvard)– decidió estudiar qué se esconde tras estos discursos pesimistas… Si responden o no a una realidad y si subyace algún mecanismo en nuestra psique que explique su abundancia. Spoiler: es una ilusión. Con este título –La ilusión del declive moral– acaba de publicarse su investigación en la revista Nature.

Tendemos a pensar que los jóvenes están peor en las cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído mucho, insistirá en que se ha perdido el hábito de lectura

Para ello ha buceado en encuestas realizadas entre 1949 y 2019, que incluyen a casi 12,5 millones de personas de 60 países. Y la respuesta, se pregunte a quien se pregunte, es siempre la misma: los valores morales están en declive, cada generación es peor que la anterior. Menos solidaria, menos respetuosa, más materialista y egoísta…

No hay datos españoles en su estudio, pero las encuestas demuestran que no somos una excepción. Un sondeo del CIS en 2000 preguntaba: «En comparación con hace 25 años, ¿opina usted que los españoles son más, igual o menos respetuosos hacia los demás?». El 41,4 por ciento pensaba que eran menos respetuosos, y solo una cuarta parte afirmaba lo contrario. A finales de 2017, la respuesta era similar: un 44,2 por ciento consideraba a los españoles menos respetuosos que cinco años antes.

«Preguntes a quien preguntes, donde y cuando sea, las personas dan la misma respuesta –concluye Adam Mastroianni–. La gente es menos amable que antes». El diagnóstico es algo peor entre quienes se autodefinen políticamente como conservadores, pero, por lo demás, poco importa la edad, el género o el estrato social. Algunos investigadores han bautizado el fenómeno como el ‘efecto los chicos de hoy en día’ (KTD effect, en las siglas inglesas de kids this day).

El sesgo se produce no solo porque las noticias negativas captan más nuestra atención, también es porque recordamos mejor los episodios positivos del pasado

Y añaden otro dato: tendemos a pensar que los chicos de hoy están peor en cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído muchos libros, pensará que se está perdiendo el hábito de lectura. Y, aunque no estemos tan leídos… tenderemos igualmente a pensar que los siguientes abrirán menos libros que nosotros porque tendemos a vernos con buenos ojos… y cuesta menos ver la viga en los ajenos.

Pero ¿de verdad existe este declive continuo? Lo curioso es que las cifras cambian poco con los años. Si las cosas fuesen constantemente a peor, cada año debería arrojar resultados más pesimistas en las encuestas. Sin embargo, repasando más de 100 sondeos realizados entre 1965 y 2020, Mastroianni y su equipo han visto que no existe una variación. En torno a un 70 por ciento de los encuestados afirma, año tras año, que los valores morales de la sociedad están empeorando. Y al mismo tiempo ofrecen respuestas contradictorias con esa aseveración: el 90 por ciento afirmaba haber sido tratado con respeto el día anterior…

Y la afirmación se mantiene estable entre 2006 y 2019. Un metaanálisis publicado el año pasado que analizaba más de 500 experimentos realizados específicamente para medir la predisposición a cooperar mostró que esta se ha incrementado en un 10 por ciento entre 1961 y 2017. Sin embargo, en las encuestas realizadas por Mastroianni y su equipo, el resultado es el inverso: la gente percibe que ha caído un 10 por ciento.

¿Por qué ocurre esto? En su exitoso libro Factfulness, Hans Rosling ofrecía algunas explicaciones, relacionadas en parte con nuestra tendencia a fijarnos en lo negativo, alimentada en parte por los medios de comunicación y las redes sociales. El drama y la sorpresa venden más que la rutina y la bondad. El economista canadiense John Keneth Galbraith, fallecido en 2006, lo explicó de otro modo cuando dijo que todo editor quiere publicar un libro llamado La crisis de la democracia, porque sabe que eso vende. Los autores del reciente artículo publicado en Nature lo atribuyen a un doble factor psicológico, que han bautizado como BEAM, siglas inglesas de ‘exposición y memoria sesgadas’.

Afirman que es la suma de la exposición a noticias negativas, que captan nuestra atención más que las positivas, y un sesgo de nuestra memoria, que tiende a difuminar con mayor rapidez los recuerdos negativos que los positivos. Así, al volver la vista atrás, recordaremos con mayor intensidad los episodios que nos hicieron estar bien. Pero, al observar el presente, serán las malas noticias las que más atrapen nuestra atención.

La combinación de ambas cosas explica esa tendencia a caer en la tentación de pensar que la sociedad está perdiendo sus valores. «Hay muchos problemas en la sociedad actual –concluye Mastroianni–. Por suerte, la crisis moral es una mera ilusión y no hay que invertir mucho esfuerzo en revertirla». Porque las cosas no están tan mal, quizá sean nuestros propios prejuicios los que hemos de revisar».


Ellos lo dijeron antes…

texto alternativo

Asiria. «Los jóvenes ociosos»


En una tablilla de arcilla encontrada en las ruinas de lo que fuera Babilonia (hoy, Irak), alguien había escrito hace más de tres mil años: «Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura».

texto alternativo

Sócrates. «Muchachos malcriados»


Sócrates, siglo IV a. C.: «La juventud actual ama el lujo, es maliciosa y malcriada, se burla de la autoridad y no tiene ningún respeto por los mayores. Nuestros muchachos de hoy son unos tiranos que no se levantan cuando un anciano entra a alguna parte y que responden con altanería a sus padres».

texto alternativo

Aristóteles. «Creen que lo saben todo»


Aristóteles escribió sobre los jóvenes en su Retórica, escrita en el siglo IV antes de nuestra era: «Se pasan en todo, todo lo hacen exageradamente, lo suyo es por doquier la demasía. Se creen que lo saben todo y hacen siempre afirmaciones contundentes, de lo que deriva su conducta exorbitante y descomedida».

Charles Baudelaire. «Una sociedad estúpida»


Charles Baudelaire, el gran poeta maldito, escribió que «el progreso ha atrofiado todo lo que es espiritual en nosotros». Afirmaba que la suya era «la más estúpida de las sociedades».

texto alternativo

Friedrich Nietzsche. La decadencia


Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán, paradigma del nihilismo, tachaba a la sociedad europea de su época de enferma y decadente. «Hay un elemento de decadencia en todo lo que se refiere al hombre moderno», escribió en 1885. 


No recuerdo ni cuándo ni dónde encontré este «estudio».
Tema de permanente actualidad. Lo actualizo enero 2024.

The shape of my heart


¿Puede la música traducir las emociones?

A Carmen le gustaba viajar en tren, como lo hacía ahora, por si al final del trayecto le encontraba a él esperándole en la estación. No hacía un problema de elegir destino.

Viajaba con una mochila casi vacía, apenas un ligero vestido y ropa íntima de recambio; su música preferida dibujando en su sonrisa sus ganas de vivir siempre, y una vez más, de imaginar su reencuentro.

Le volvía loca pensarle al otro lado de la ventana del tren con el brillo instalado en su mirada expectante, sus paseos impacientes andén arriba, andén abajo. —Se acordaba ahora de cuando aprendieron juntos a interpretar las últimas líneas de «el amor en los tiempos del cólera» de García Márquez. Nunca les había importado el destino de su viaje cuando le pedía vivir con ella el resto de sus días navegando río arriba, río abajo—. Se imaginaba sus brazos recogiéndola del salto de los escasos dos peldaños que les separaban, volteándola amorosamente, sintiendo solamente el choque tierno de sus cuerpos hasta encontrar, en un nuevo abismo, sus ojos; esa mirada soñada durante tantas noches de soledad y borrachera. Cómo se apretaba después a sus caderas, su cuerpo implacable dibujándole violetas desnudas y partituras de pasión en cada poro de su piel hasta hacerla llorar de risa y de pudor a esa hora en la que ya no quedaba nadie en la estación.

En el regazo de un café sus manos entrelazadas y serenas, la música de Sting «The Shape of my Heart» sonando levemente y la pureza de un amor fuera de dudas permaneciendo intacto a pesar del polvo de las guerras, del sexo ciñendo soledades, de la gloria de unos minutos miserables, de la fiebre del fracaso, de las venganzas desapasionadas, de la incertidumbre de los corazones en ruinas, de lo abstracto y obstinado del pensamiento, de la apariencia de lo cotidiano, de los desencuentros, de las frases estúpidas que se nos ocurren a veces y del arrepentimiento, de la tibieza de la desgana, de las mentiras más infelices, de  las insignificancias de las penas y los rencores, de los recuerdos ya olvidados, de la tristeza de la lluvia, de todo lo que ya está escrito en las paredes y en todos los libros, y de las miles de noches a cielo abierto esperándose…


actualizado 6 enero 2023
Fotografía Sieff