Me interesa la historia de nuestros pueblos; de sus gentes. Cuando llegué a Aragón descubrí el alto grado de despoblación en sus pueblos pequeños. Aún quedan muchos abandonados… La noticia buena es que las generaciones que tuvieron que salir de sus hogares en busca de un mejor nivel de vida, son hoy familias que se van acercando a ellos de nuevo con la ilusión de volver a poner sus piedras en pié, y de disfrutar de los beneficios de una vida en armonía con la Naturaleza.
Los primeros datos sobre Montañana aparecen en el año 987 en el cartulario del monasterio de Alaón. El pueblo fue antiguamente una plaza amurallada pensada para sobrevivir en la frontera musulmana del siglo XI. Sus habitantes compartían espacio con las órdenes militares de los hospitalarios. Con la despoblación del medio rural de la década de los años 1960, el Ayuntamiento se trasladó a Puente de Montañana y comenzó su declive.
Durante nuestro recorrido por el pueblo, nos resultó curioso el pequeño tamaño de las puertas de acceso a las viviendas, cuando según las películas que hemos visto de la edad media, pensábamos que eran gente con cuerpos de gran envergadura. Javier, un trabajador de la zona, nos habló de «La historia del vano»…
Durante la Edad Media, siglos XVII y XVIII, procedente del Reino Unido, estuvo en vigor un impuesto a las ventanas «Window-tax» (impuesto a ventanas). Para compensar las pérdidas derivadas de la degradación de las monedas, Guillermo IIIplanteó un impuesto a la propiedad basado en el número de ventanas de una casa. En el siglo XVII no había registros para calcular la riqueza de los habitantes, se hacía según el número de chimeneas o escaleras de una casa, pero la población consideraba esta inspección como una intromisión en sus hogares. Por lo que se decidió dejar de entrar en las casas para comprobarlo. La fórmula, que nunca fue perfecta, fue la de contar el número de ventanas, dado que estaban a la vista de todos. La tasa se convirtió en «un infierno tapiado de buenas intenciones» o «el robo de la luz y el aire». La gente tapiaba sus ventanas y reducía el tamaño de sus puertas de acceso a las casas… La Ley fue derogada en 1851. Extractado de Xataka.com
Dejo algunas imágenes de nuestro recorrido por sus estrechos caminos desordenados, por el laberinto de pasadizos, porches, y por sus empinadas rampas de piedra que suben más allá de las murallas desde donde puede apreciarse la belleza de los tejados y de sus ruinas y de la vegetación que envuelve al paisaje.
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Aínsa es en sí mismo un monumento declarado Conjunto Histórico Artístico
De ruta por los Pirineos, en esta ocasión volviendo de Benasque, la ruta por carretera es lenta, estrecha, sinuosa y magnífica por su vegetación y el discurrir del rio Esera. Nos acercamos a Ainsa. Es uno de esos lugares que merece la pena visitar una o más veces.
Sus edificios, las piedras que los configuraron son del románico, entre los siglos XI al XVII. El pueblo está situado en el Pirineo de Huesca. Es la capital, junto con Boltaña, del antiguo condado de Sobrarbe. Parte de su territorio lo ocupa el parque natural de la Sierra y los Cañones de Guara.
Berdugos de madera retorcidos utilizados en las almadías o barcazas que transportaban los troncos por los ríos
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Imágenes recuerdo de nuestro reciente viaje por Los Pirineos, Ruta de Ribagorza y Sobrarbe – Huesca – Aragón
En varias ocasiones antes habíamos disfrutado de aquella excursión magnífica y con mucho sentido espiritual para un vasco. Iniciamos la ruta con un día casi perfecto. Una primera visita a la Virgen de Arantzazu y en marcha. Después de tres kilómetros por un mundo mágico de hayedos, llegamos a las campas de Urbia. Desde allí continuamos el camino por una zona pedregosa, un estrecho sendero rocoso que iba ganando altura en lazadas con mucha pendiente. No fue la parte más dura de la ruta…
El encuentro con la Pastora supuso un muy amable descanso en la subida. Nos ofreció no solo un hamaiketako —queso, pan y txakoli—, sino un rato inolvidable de interesante conversación al lado de la chimenea encendida. También su casa, por si en algún momento del día necesitábamos cobijo. Aunque dudando, decidimos seguir la excursión, las nubes iban rodeándonos…
No fue hasta que llegamos a la cima cuando una niebla densa nos cubrió por completo la visibilidad. Pensar en bajar por donde habíamos subido era impensable. Anduvimos cresteando por la cima rocosa como pudimos, intentando llegar a la ermita y al refugio que se encuentra a su lado pensando que, en el peor de los casos, podríamos quedarnos allí a pasar la noche. Pero se hacía extremadamente peligroso calcular el punto de acceso para cruzar la cresta por un estrecho camino en bajada hasta lograrlo. Dos montañeros buenos conocedores de la zona, muy experimentados, que aparecieron de entre la niebla con el mismo problema nos hicieron desistir porque el intento era demasiado peligroso. Con ellos estuvimos haciendo tiempo a que la niebla se disipara. Decidieron que debíamos intentar juntos la bajada por el bosque. A duras penas conseguimos llegar hasta él y comenzar un descenso suicida. No había otra manera en aquella situación. Cada paso que intentábamos dar suponía resbalarnos inevitablemente sobre la gruesa capa de hojas húmedas; muertas. La caída nos llevaba varios metros pendiente abajo golpeándonos entre los árboles, hasta que conseguíamos agarrarnos a alguno de ellos como a un clavo ardiendo. Hubo momentos de desesperación por el esfuerzo, las heridas y la falta de fuerzas.
Habíamos llegado a la cima cerca de las dos de la tarde. Y, cuando de mala manera conseguimos salir de la niebla, eran las nueve de la noche y todavía estábamos en las campas de Urbia. Aún nos quedaba (entonces ya por ruta de montaña) una bajada de unos tres kilómetros en la oscuridad para llegar a La Fonda. Después de una desgarradora experiencia, conseguimos encontrarnos a salvo gracias al favor de la Virgen de Aranzazu.
Era temprano y tenía todo el día libre por delante. Mi coche se deslizaba silencioso por aquella carretera poco transitada, estrecha y cuesta arriba. En algún momento temí desviarme y darme contra el monte, o por el contrario, caer al precipicio. La confianza de saber que era difícil cruzarme con algún otro vehículo permitía que mi mirada se perdiera por segundos en el paisaje. Hasta que, en una de las curvas, me crucé con un ciclista bajando que me alertó seriamente. Supongo que él, acostumbrado a la ruta y cuesta abajo tenía la prudencia educada, y yo, cuesta arriba y enamorada del paisaje no pasaba de veinte kilómetros por hora. Tenía todo el día por delante. Fui parando en todos los rincones posibles para contemplar con más detenimiento aquella naturaleza que me susurraba brisas y trinos de madrugada.
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Prometí no hacer más fotografía de postal, pero la tentación llega cuando salgo a pasear por cualquier rincón de mi país vasco y siento la necesidad de llevarme en el bolsillo algún pedazo de su paisaje, ramas de sus bosques o el sabor del salitre para deleitarme despacio con su recuerdo cuando estoy lejos.
Esto no es un documento del pueblo que alberga, en el corazón de su casco antiguo, las casas de los pescadores preciosamente pintadas de colores, restos de su industria, astilleros, iglesias de estilo barroco donde encontrar al Cristo de Bonanza, patrono de pescadores, mercantes y corsarios. Además de su Castillo fortaleza edificado en 1621 por orden de Carlos I para proteger el puerto.
Son miradas de un tranquilo recorrido de unos quince minutos por su calle principal, atravesando la plaza donde se encuentra el Ayuntamiento, hasta llegar a la bocana que sale al mar Cantábrico en el Golfo de Bizkaia, imágenes queridas que no puedo obviar por muchas veces que las haya disfrutado a lo largo de mi vida. Así es que, ahí quedan, una vez más…
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Cuando voy al museo y siento que su lenguaje tiene algo distinto que decirme en esta ocasión. Es entonces cuando me despisto de las obras de arte que contiene y me dedico a mirar a lo alto, como si buscara un pájaro que se me resiste porque está escondido entre las ramas de un frondoso árbol. Yo lo siento aletear, escucho la sinfonía silvestre de sus trinos, repetidos como un mantra que me envuelve… Y me dejo llevar por el embrujo del museo, sus líneas y ángulos blancos, los vacíos saciados de la luz de un día gris que arremete contra las cristaleras creando espacios nuevos, sombras que albergan hilos de colores.
…Y, todo está bien.
Imagen portada de Mari Jose Cueli
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Caminábamos a la altura de las tranquilas aguas del río, entre esa difícil «bosquedad» en la que cualquier movimiento o ruido sorprende o incluso atemoriza por ser desconocido. Sin embargo, la curiosidad hace que nos detengamos unos segundos a escudriñar la maleza.
Así me encontré en el silencio. Mis compañeros de excursión habían seguido la marcha y yo me había quedado atrás, perpleja, observando aquellas cicatrices en los troncos de algunos árboles. Me llevé algunas imágenes con la intención de conocer algo más sobre ello…
Al cabo de unas cuantas semanas en las que mis fotografías continuaban en el rincón de las cosas pendientes, saltó hasta mí el blog «Senderos de Savia». Un valioso tesoro para disfrutar aprendiendo y aprender disfrutando de la comunión del ser humano con la Naturaleza.
Muchas gracias, Aina S. Erice por divulgar esta parte de tu conocimiento con tanta generosidad.
Érase una vez un grupo de árboles de porte elegante que amaban el agua y el viento, que refrescaban plazas con su sombra y saciaban el hambre del ganado. Proporcionaban madera sumergible y fibras para hilar, tejer o trenzar canastos, o chaquetas bordadas con sueños en tierras lejanas.
Las primeras referencias escritas a los Olmos aparecen en las listas de equipo militar de Cnosos, en el periodo micénico. La civilización micénica (1700-1100 a. C.) floreció a finales de la Edad del Bronce, alcanzando su apogeo entre los siglos XV y XIII a. C. (ref: World Historic Encyclopedia) Varios de los carros son de olmo, y las listas mencionan en dos ocasiones ruedas de madera de olmo. Hesíodo afirma que los arados de la antigua Grecia también se fabricaban en parte con olmo.
Érase una vez un árbol pionero prehistórico tras la última glaciación. Érase una vez un gigante con pies de barro… Tan imponente como vulnerable. Los olmos fueron devastados en toda Europa por la grafiosis, una enorme enfermedad que los llevó al borde del exterminio y al abismo de la casi extinción.
Textos: Aina S. Erice (Bióloga y Escritora) Ver su Blog: «https://imaginandovegetales.wordpress.com/» fotografía: mjberistain.com
Extractado de el.Diario (Cantabria). Autor: Jose Maria Navajas Puerta
Fue una científica holandesa Christine Buisman, quien demostró en 1927 que la grave dolencia que afectaba a los olmos era causada por un hongo, Ophiostoma ulmi. según lo demuestra a través de las fotografías en su estudio sobre la grafiosis, enfermedad del árbol que ya comenzaba a afectar las regiones europeas.
Esta grave enfermedad, que afecta con enorme virulencia a los olmos, se extiende a través de un pequeño insecto, una especie de escarabajos llamados escolitinos. Estos insectos portan en su cuerpo las esporas del hongo y, al alimentarse de la madera del árbol, las van diseminando por el interior del mismo. El hongo colapsa los vasos conductores de savia, por lo que el árbol comienza a marchitarse. En pocos meses las verdes copas se secan y el árbol muere.
Prácticamente, el 90% de los olmos desaparecieron en España en las últimas décadas, hasta convertirse hoy día en una especie en peligro de extinción. Las nuevas generaciones lo desconocen por completo, pues difícilmente pueden ya encontrarse olmos en el paisaje, ni siquiera rural, que nos den testigo del importante papel que tuvieron estos árboles en la vida cotidiana de nuestros antepasados.
A pesar de ello, el olmo siguió siendo parte del paisaje, de la vida cotidiana y la economía rural, hasta hace apenas medio siglo. Su duro tronco y raíz pivotante lo hizo ideal para contener la tierra en construcciones viarias, diques y canales. Su resistencia a la humedad y podredumbre lo convirtió en materia prima para la industria naval, y las olmedas se extendieron en el siglo XVIII por la Península para surtir los astilleros de material de construcción de navíos. Fue viga de techos y pilar de puentes, banco y borriqueta de talleres, apero de labranza y yugo de bueyes. Y en las plazas de las villas su abundante sombra mitigó fatigas.
Desde los años 80 se intentó poner remedio a la enfermedad. Recientemente y tras largas investigaciones lideradas por la Universidad Politécnica de Madrid, se han logrado obtener algunos ejemplares de olmo resistente a la grafiosis. Diversos programas como el Proyecto Europeo Life + Olmos Vivos están en marcha para recuperar a la especie y devolver su hábitat, la olmeda, al paisaje ibérico.
Quizás en un futuro cercano los olmos vuelvan a poblar las riberas, y sus frondosas copas cubran con agradable sombra las plazas y parques. Pues, como ya advirtió Enrique Loriente en su Obra «El árbol de los pueblos» (Historia del valor simbólico y material que este casi extinto árbol ha tenido a lo largo del tiempo).
«No debemos privar a las generaciones futuras de un paisaje, de un espectáculo como el que nuestros mayores y nosotros mismos hemos contemplado».
De la publicación de Jose María Navajas Puerta en elDiario.es de Cantabria
El Verde, recortado, entra por el marco de mi ventana y siento que crece por encima de mi mesa, por entre los lápices a los que intenta convencer de que broten…
Que broten por entre el teclado del ordenador, orgulloso de ser su arado.
Sus briznas forman sombras fantasmales sobre las páginas, malas hierbas encadenadas como las letras de un texto de mal augurio
Como algunas imágenes de futuros abismos que anhelo.
Texto: Icono verde de Ana Blandiana (Revista Litoral) Fotogorafía@mjberistain
Os explicaré cómo me asalta el deseo de hacer una fotografía. A veces es como la continuación de un sueño. Una mañana me despierto con una extraordinaria alegría de vivir. El Mar es el color de mis sueños Robert Doisneau
Tengo un sueño de mar, de olas tranquilas, de rocas milenarias, de espumas y sal.
Puedo confundir tu cuerpo con la ola rompiente y esa dicha efervescente, de amor, poesía y sueños.
Vienes a mis pies con la súplica del viento, te deshaces lento como el perfume fiel
En el amanecer pareces ola golpeas mi hombro una y otra vez tus besos como en la roca tus labios.
Anclada te miro, vienes y vas como los sueños de una fotografía en el mar, donde tu corazón es la Luz.
MI AGRADECIMIENTO POR LA COLABORACIÓN POÉTICA DE POETAS NUEVOS
Fantasmas perdidos en un sueño que dejó de soñarse no se sabe ya cuándo… El destino tal vez consista en eso: ser una sombra más de un retrato de grupo, en el que nadie sepa qué estamos mirando, ni por qué mantenemos esa sonrisa tonta.
Me acerqué al rio con un violento deseo, sus orillas abrazaron mi cuerpo y, sin más tiempo para pedir ayuda, me fui al fondo de la noche.
Es extraño. Si trato de recordar el fuego de las noches sagradas, un verano violento —como cualquier verano—, con su luna de sangre y crepitar de brasas, recuerdo esa violencia y la felicidad, recuerdo el fuego, pero aquí no está el fuego, aunque yo sé que ardía en esas noches…
En el amor no había nada distinto al resto de las cosas, pero sí era distinto ese juego violento al que apostar la vida, y que a veces movía las estrellas, la luz de la conciencia, y al que hoy sigo jugando, y en él me va la vida.
Ya se durmió la sangre vida arriba. Soledad de futuro, sin futuro. Ya tus palabras hablan de ti de aquello que soñabas, y en el más allá de ti sueñan contigo.
Hay un lugar en medio de la Luz donde se reconstruyen las ruinas de este mundo. Y un acorde que logra convertir las edades y las sangres vertidas en un preciso artefacto melodioso. Hay un número en donde está reunido lo disperso, y una llave que cierra las puertas tenebrosas. Existe una moneda suficiente para el pago de todos nuestros sueños. Una flor de metal que vive para siempre, y un verso que arrastra la esperanza al primer día.
Caminamos por las orillas del Canal Imperial de Aragón. El camino es pedregoso y polvoriento, se abre entre hierbas silvestres y bosques de pinos. Nos llevará hacia las antiguas esclusas, hoy abandonadas de Valdegurriana.
Extraigo la sencilla belleza de las espigas de avena silvestre magnificada por la luz del sol de mediodía.
El calor que guardan los canales es sofocante.
Fotografiar la calma, la soledad enardecida, la mudez que grita, el cielo que nadie vuela, las flores de loto entregadas al sol y a sus amantes…
Ha merecido la pena vivir la intemporalidad de la Naturaleza detenida. Siento, una vez más.
Texto: Isabel Fernández Bernaldo de Quirós del Libro La senda hacia lo diáfano (extracto)
Principio de invierno, la mañana es fría, la luz blanquecina, algunas nieblas en el valle. Decido salir con mi cámara de fotografía por la Ruta del Románico del Valle de Tena (Pirineos)
Fotografías tomadas en el recorrido por la ruta del Serrablo. Esta ruta agrupa varias iglesias románicas datadas a mediados de los siglos X y XI. Es un bellísimo e interesante recorrido a lo largo del río Gállego entre los pueblos de Sallent y Sabiñanigo.
Así te veo, rostro casi vivo. Miras desde tu mundo lejano y llegas hasta mí.
Te tengo. Nunca huirás para siempre, mi prisionero eres, o soy yo. Fotografía o amor, imagen material o cuerpo ausente.
Ahora me miras, desde tu superficie sin fondo, ojos que nada deberían decir, y, sin embargo, desde sus engañosas luces, cansancio o amor dicen mientras resbalan sueños.
Oscuro cambio, o realidad aparente; aire, luz descompuesta en rayos, bridas de seda, ébanos, cabellos en las olas sujetan navíos de marfil sobre la oscuridad del mar.
Así amor, dulzura o amargo recuerdo fundido en lágrimas que el viento disgrega, tiempo feliz, porvenir azaroso o presente incoloro, tal eres, solamente.
Una fotografía, una fecha, un nombre y sus aristas, un suspiro de plomo al papel de tus labios…
Suelo pasear sin rumbo… desde un lugar impreciso hacia un destino incierto. Solo me concentro en el camino. Estoy lejos de todo lo conocido.
No sé muy bien hacia dónde voy, camino y respiro, aspiro los olores que llegan fugaces hasta mí, observo el movimiento y las formas de las nubes, intento imitar el canto de los pájaros hasta que me doy cuenta de que no sé silbar…
Quizás juego a encontrarme. ¿Dónde estoy?. ¿Quién soy?
Un aroma intenso me interrumpe, me paraliza y no puedo resistirme. Vuelvo a él como si alguien hubiera tocado, discretamente pero con determinación, mi hombro…
Te toqué… y se detuvo mi vida. (Neruda)
—¡Ah, eres tú!
Me dejo conquistar por lo que veo y siento a mi alrededor. Poco a poco voy descubriendo, dentro de mí, una sensación de alivio, algo parecido a la felicidad a pequeños sorbos que la vida me regala en mis paseos cuando estoy lejos…