Imposible dar con el interruptor de la luz cuando fui a encender el ordenador. No había amanecido y la pantalla me deslumbró con un mensaje que no esperaba y menos a esas horas. Me imaginé sufrir un atraco a mano armada; fue como encontrarte de frente con un personaje sucio, desaliñado y con cara de «mala follá »—como dicen en el sur— y notar que el temblor de tu cuerpo se vuelve incontrolable cuando se acerca y te espeta: «La escritura o la vida, muñeca»
Pensé en aquel mensaje unos cuantos días, inquieta. «Las inquietudes suelen animarme a explorar caminos nuevos, pero ¿a quién se le había ocurrido la idea loca de aprender a escribir a estas alturas de mi vida?». Nunca me había enfrentado a una página en blanco, ni lo había pretendido.
—¿Qué puede hacerse cuando a uno le llega una invitación?, «rezaba el mensaje».
Tuve que leerlo varias veces. Soy mujer de aceptar retos y no suelo dejar que las oportunidades se desvanezcan en el tiempo como humo recargando la letanía de los «si hubiera…». Decliné la invitación, sin embargo.
—¿Qué pasa contigo?, oía decir a la voz de mi conciencia.
—¿Qué pasa conmigo?, pensaba yo.
Elaboraba razonamientos que me pudieran servir de excusa a la vez que me dedicaba a comprar más libros. Leía, leía deprisa, leía todo; incluso leí la etiqueta de la botella de agua mineral que antes no me había interesado.
El cansancio consiguió detener aquel tiovivo despiadado y desquiciante. Contesté al mensaje aceptando la propuesta con una seguridad absoluta sólo unas horas antes de ver cómo se tambaleaba frente al espejo del lavabo, entre los hipos de mis dudas y los restos del rímel a prueba de lágrimas.
—¡Que os sea leve!— habían escrito, en la carta de inicio del curso, los profesores del taller de escritura.
@mjberistain
Cuando uno lee hasta las etiquetas de las botellas de agua, esta en el camino, bonito relato
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Gracias anónimo.
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