El impermeable azul


La última vez que te vi fue hace más de dos años.

Esta mañana he releído este pequeño texto que escribí entonces. Aparto las lágrimas que me asaltan y recibo tu abrazo de silencio con respeto.

Caminabas despacio, embutido en tu viejo impermeable azul de hombros gastados; las manos siempre en los bolsillos. Te imaginé con una rama de tamarindo finísima entre los labios.

Entre una sombra y otra, la luz amarillenta de las farolas del paseo iluminaba tu figura. Una lluvia persistente escurría desde tu gorro hasta la bruma de tus ojos, casi cerrados contra el viento. Arrastrabas tus pasos con ritmo lento como el de las viejas canciones de piano bar. Luchabas, tal vez, a corazón abierto, contra un futuro comprometido.

En un artículo de Rosa Montero leí estas palabras:

… La enfermedad solo adelantó cruelmente esa decadencia que todos los humanos hemos de afrontar. A medida que cumples años, a medida que envejeces, te vas acercando a los confines del mundo. El pasado tira de ti como si llevaras a la espalda una mochila de piedras y empieza a asustarte mirar hacia adelante. Dentro de poco comenzará la edad de la heroicidad.

Todavía estamos a tiempo. Quiero decirte que respeto tu silencio, sin ganas. Comprende que, a alguien necesito decirle que me gustaría acompañarte en el camino, también en esta etapa de la vida, como durante aquellos años en los que nos crecían pequeños poemas por cualquier esquina, y subrayábamos con tinta temblorosa frases que nos identificaban, y que nos hubiera gustado poder firmar.

¿Te acuerdas?

En realidad, esto es solo una reflexión. Soy consciente de que esta pregunta es pura retórica porque se la estoy haciendo a la página en blanco, con quien mantengo una relación de soledad estrecha desde que tú no revisas mis papeles.

Porque, escribir era como subirte a una cometa con cintas de colores en manos de un niño sin saber hacia dónde te llevaría el aire. Volar muy alto y caer de bruces y remontar el vuelo, una vez y otra con las alas hechas trizas, hacia una nueva dimensión.

Jugábamos a ser poetas, —si es que se puede llamar poesía a escribir en líneas que no llegan al borde de la cuartilla—. Había algo misterioso y bello en envolver con endecasílabos las cenizas de la vida que quemábamos. Compartíamos versos, espacios en blanco e incluso los puntos suspensivos hasta que la tristeza, la desilusión o los miedos caían derrotados.

Sé que prefieres hacer el camino en silencio, a solas, —ya me lo has dicho—.  A pesar de que reconozco un punto de dolor y decepción en mi amistad, respeto tu libertad. 

Me gustaría acompañarte en el camino…

Prometería no incomodarte. Llevarte té caliente y pastas de naranja para cuando tu ánimo flaqueara. No te daría conversación, me sentaría cerca de ti algún rato a escuchar tu silencio, o a leerte poemas conocidos, y cuando te recuperaras, tu sonrisa sería mi amuleto. Me marcharía despacio en dirección contraria a tu destino.

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@mjberistain

4 comentarios sobre “El impermeable azul

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