LOS ROBADOS


Paisaje sumergido. Entré en ti. En ti, lentamente. Entré con pies descalzos y no me viste. Tú, sin embargo, allí estabas. No teníamos señal con que decirnos nuestra mutua presencia. Cruzarse así, solos, sin verse. Transparencia absoluta de la proximidad. JA, Valente


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HUESCA – Castillo de loarre y alrededores

Un paseo por el Castillo de Loarre, Pantano de la Peña y Los Mallos de Riglos


Castillo de Loarre


El castillo de Loarre o castillo abadía de Loarre es un castillo románico construido en el siglo XI. Su buen estado de conservación hace que sea uno de los mejores ejemplos de arquitectura militar y civil del románico de España. Wikipedia


Pantano de La Peña


Panorámica de Mallos de Riglos


Color


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Selección Color 2022
fotografía@mjberistain

Muros de Piedra

Palacio aragonés del siglo XVIII

El Palacio de Palafox de Zaragoza fue construido hacia 1785 por el arquitecto Agustín Sanz (el mismo que diseñó el Teatro Principal y la Puerta del Carmen), para el padre del General Palafox, don Juan Felipe Rebolledo de Palafox.
Fue renovado en 2014. Situado al lado del Arco del Deán y la Catedral de La Seo, esta antigua mansión tiene la pureza de los palacios neoclásicos y destaca por sus majestuosas fachadas, decoraciones fantasiosas esculpidas en piedra, cerámica y hierro forjado. Está considerado uno de los máximos exponentes del estilo neoclásico en Zaragoza y una de las obras arquitectónicas más valiosa que se erigió en la ciudad durante el siglo XVIII. La impresionante fachada está construida de piedra caliza al igual que el resto del edificio. Destaca desde la distancia el amplio portal, con ocho anchas columnas rematadas en arcos de medio punto, y los balcones del piso superior con todas sus ventanas blancas y azules, coronadas por los vitrales representativos de las edificaciones zaragozanas de la época. Palacio aragonés del siglo XVIII


Colección de Fotografías tomadas por mí, alrededor del Palacio. He recreado los muros tratando de conservar la base de piedra original, es decir, la textura de las piedras, así como las marcas y señales que imprime el tiempo, y destacando en su caso algunos colores, teniendo en cuenta que es un Palacio del siglo XVIII.








LA ELEGANCIA DE UNA HABITACIÓN VACÍA

Mathilda se trasladó a París con veinte años, después de haber sufrido la muerte de su amigo Nick por una sobredosis de heroína mientras recorrían Europa. Era su viaje de iniciación y todo se truncó en un paraje ruinoso de la costa mediterránea, cerca de la frontera con Italia.

Deseó olvidar su última mirada, juró que nunca más lo mencionaría. Su boca no podría olvidar, sin embargo, el último beso en sus labios fríos.

Subió a pie los últimos dos pisos hasta llegar al ático porque el ascensor se quedó en el quinto. Mientras subía despacio, contando los escalones, le dio tiempo a pensar en darse la vuelta, retroceder e intentar buscarse la vida de otra manera. Necesitaba subsistir y no podía imaginarse otro trabajo a corto plazo.

Sonó el carrillón de la iglesia del cementerio. Mathilda se había detenido unos segundos para tocar la superficie de mármol de uno de los panteones. Frío, recordó de nuevo a Nick; el último beso. 

La ronquera del viejo timbre de bronce la hizo reaccionar. Se acicaló el pelo y se ajustó el vestido negro que había adquirido en un mercadillo de barrio para la ocasión. Correcta, sin más —se dijo a sí misma en el preciso momento en que la gran puerta de madera maciza se abría y el hombre, con amabilidad, le tendía una mano a modo de bienvenida—. Mathilda sonrió ligeramente esperando algún tipo de señal. Él, con un gesto preciso, la animó a pasar a una habitación prácticamente vacía.

Una habitación vacía, con luz natural. Tenía una sola ventana que daba al cementerio. El techo alto. Las paredes estaban pintadas de blanco puro con la única decoración de las tres tuberías de acero que bajaban por una de las esquinas. Y una puerta.

Había una pequeña mesa adosada a una de las paredes, con dos sillas de madera antiguas a sus lados. Sobre ella, libros, papeles y una lámpara. Tapizado en gris, cerca de la ventana, había un camastro sobre el que reposaba una tela blanca de lino fino. 

—Tranquila —decía el hombre—. Ahora ponte cómoda. Deja tus cosas en una de estas sillas.

Le ofreció el lienzo de lino.

—Ahora te dejo unos minutos. Mientras, yo cambio el carrete a la cámara. Relájate, todo va a ir muy bien.

—Esto es muy sencillo. Haz lo que quieras. Lentamente. No poses. ¿Te gusta ser fotografiada? Yo solo estoy aquí para capturar algunos instantes. La luz.

Ella, tratando de contener las lágrimas, respondió:

—Es mi primera vez.

—Tranquila, Mathilda, es muy sencillo —le repetía—. Solo tienes que hacer lo que tú desees, muévete despacio. No poses.

—Ya.

—Vamos a hacerlo muy fácil. Son las dos de la tarde. Estamos en una habitación vacía, el día es gris, la luz es bonita. ¡Hummm…! Imagina que estás sola en casa, es domingo y esperas a alguien, o que no esperas a nadie; que estás escuchando una música que te gusta, y estás contenta, de buen humor, o no, quizás estás nerviosa, cansada, o taciturna… Ahí tienes una silla, haz lo que quieras. Yo solo estoy aquí para capturar algunas imágenes. Es posible que, de vez en cuando, te haga alguna indicación acerca de tu mirada, postura o colocación; será para aprovechar mejor la luz. Tú puedes hablarme, o no hablar. Haz lo que desees…

Mathilda asiente; baja la cabeza y mira de soslayo a la ventana, hacia afuera, hacia el cementerio. No se atreve a mirar al fotógrafo; piensa que no debería mirarlo. Busca el apoyo de la pared y deja deslizar lentamente el lienzo que, hasta entonces, ha protegido su desnudez. No le resulta difícil mostrarse abatida y deambular por allí. Ella y la luz. La luz y ella, en aquella habitación vacía y blanca. Se mueve con elegancia, discretamente se detiene, se cubre el pecho con los brazos, busca el contraluz. Es consciente de que está logrando fluir en el espacio vacío. Escucha, como un eco distante, la voz serena del fotógrafo con la instrucción precisa: ¡Bien!, ahí, ladea un poco la cabeza, descansa. Así. ¡Perfecta! Mira a la cámara, sedúcela —le indica—, ahora mira hacia el suelo, como sintiéndote ausente, descansa tu mano derecha en la ventana… un, dos, tres, cuatro…, ¡bien!, quiero capturar esto, espera unos segundos…

¡Voilà!


(PULSAR PARA VER Recreación sobre el vídeo Jean Loup y el desnudo)

Jean Loup Sieff (1933-2000) fue un prestigioso fotógrafo francés de origen polaco.

Inicialmente, trabajó en fotografía de prensa y más tarde se especializó en fotografía de moda, paisaje, retrato y desnudos. Fotografía siempre en blanco y negro, resaltando los contrastes, y acentuando las formas.
Fuente: (Cherry Catalán – Cultura Inquieta)

Capta lo efímero y lo transforma en una realidad duradera.

«La belleza de una mujer está hecha de fragancias de verano en su hombro, de una mirada de claroscuro en sus ojos, pero también de una nuca frágil, de unas encías sonrientes, de una espalda arqueada y de unas nalgas curvadas».

Así se explica Jean Loup la existencia de dios y a ella se entrega y rinde homenaje en su obra a las milagrosas curvas que le han inspirado.

Trabaja en una habitación vacía frente a un cementerio. Cuatro paredes pintadas de blanco puro. Es un estudio pequeño, vacío, pero con luz, la luz está ahí, incluso cuando el día es gris.

«La fotografía es luz; todo es lo mismo…»

«La confluencia en el tiempo de una determinada luz y un determinado momento fugaz».

«Algunas cosas te hacen reaccionar. El momento adecuado puede ser un detalle, una nuca o lo que sea. La fotografía está ahí para inmortalizar esa pequeña y tenue emoción provocada por un cuerpo o una determinada luz».


Su obra está en el Museo Pompidou y en Museo de Arte Moderno en París, así como en el Museo Ludwig en Colonia (Alemania).
Fuentes: Cultura inquieta y Wikipedia.

Paisajes Nocturnos



Todos los sures adonde no has viajado ya no serán el Sur, aunque los veas,
porque no has sido nunca, a este lado de ti y en este espejo, esos otros viajeros de ti mismo.
Y el Sur al que viajaste no es el Sur adonde tú has viajado:
Se quemó con lo que pudo haber sido y lo que ha sido.
Una idéntica hoguera de fuego irreparable consume el desconcierto:
hay mil caminos por cada uno de los que emprendiste;
hay mil noches por cada noche memorable tuya;
hay mil palabras por las que tú has callado y las que has dicho;
Hay mil rostros perdidos por cada rostro que recuerdes hoy,
y ya no existe arreglo para nada, ya nadie puede desandar los rostros,
o desdecir las noches, o desencaminar cualquier palabra.
Todo lo que sucede es el Sur.

A este lado de ti y ante este espejo, todo lo que sucede es para siempre.




A este lado de ti y ante este espejo, todo lo que sucede es para siempre.


Poema de Carlos Marzal
Fotografía@mjberistain

B&N con figuras


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Los consentidos


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DE CERCA

De la Colección Blanco y Negro


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Naturalidad


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Pobladores del Bosque


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ARENAS


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Galería – naturaleza


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Galería 2022 – Naturaleza
fotografía@mjberistain

Escaleras

La escalera es uno de los elementos que me cautiva en muchos de los lugares a los que viajo. En primer lugar, no puedo dejar de referirme a la escalera de doble espiral del Castillo de Chambord en Francia, obra atribuida a Leonardo Da Vinci. (Siglo XVI)

En esta entrada incluyo algunas imágenes de la escalera de caracol del Faro de la Isla de Ré, próximo a La Rochelle, también en Francia. Por su antigüedad y su encanto, en sí misma es un espectáculo mientras se alcanza la cima a más de 50 metros desde tierra para tener una panorámica extraordinaria de los alrededores.


fotografía@mjberistain

GaleríA – Estructuras


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Carnavales de Ituren


Los ioaldunak, comparsa en las que participan los vecinos del pueblo, recorren las calles ataviados con abarcas, enaguas de puntillas, pellizas de oveja por cintura y hombros, pañuelos de colores al cuello, «ttuntturroa» (gorros cónicos con cintas) y un hisopo de crines de caballo en su mano derecha. Los «mozorroak» son otros personajes que les acompañan en el recorrido.

El objetivo de estos peculiares desfiles era ahuyentar los malos espíritus y proteger los campos. Lo conseguían con el sonido de los grandes cencerros o ‘ioareak’, que pesan tres o cuatro kilos y que llevan los mozos colgados a la cintura.