Maldito lunes


 

Se desperezó sin saber muy bien dónde estaba. Solo recordaba el momento de la firma.

—Señorita, puede usted firmar aquí. —sonó su voz aflautada.

—Y usted aquí, Señor. —carraspeó.

Lilith  no había estado en disposición de polemizar con aquel personaje de aspecto aristócrata venido a menos, con su peluquín mal colocado y evitando la mirada directa de los clientes con la excusa de acabar rápido aquel trámite rutinario, debido al exceso de trabajo en su despacho de notario.

La pantalla del ordenador llevaba parpadeando sin parar los últimos días intentando encontrar destinos exóticos para su huída. Lugares imposibles, islas salvajes, desérticos trozos de tierra, de arenas, que nunca antes había sabido situar en los mapas.  No había habido manera de acertar con la música durante la búsqueda de información para su viaje iniciático. Estaba inquieta, excitada. Ni Cohen, ni Queen, ni Mozart ni Celentano la habían inspirado en aquellos momentos. Desistió. Se recogió el pelo en un moño mal hecho  y decidió tomarse un baño de espuma perfumado. Después, se había sentado en la alfombra mordisqueando un pedazo de pan duro mientras en el televisor un documental de viajes de National Geographic había captado su atención. Se quedó allí, apoyada la espalda en el sofá. Enseguida Kaisser se tumbó a su lado.

Un individuo sucio de protuberantes mejillas rojas y nariz aplastada y granulosa, con un palillo asomando de la comisura de su boca sebosa, a donde acudía de vez en cuando alguna mosca, observaba la escena desde una mecedora apostada debajo del típico porche desvencijado de las películas de vaqueros. Los caballos se habían removido relinchando al escuchar los tiros que también les habían despertado a Kaisser y a ella. Eran las dos y cuarto de la madrugada.

—Kaisser… —murmuró somnolienta—.

La miraron unos ojos legañosos, quizás sin verla, pero con afecto, agradeciendo la caricia de la mano que le revolvía la cabeza.

La noche había resultado ser una sucesión de escenas del mejor Western en las que ella interpretaba el papel de «femme fatale». Vestía corpiños ajustados de colores dejando dos botones abiertos en su escote que animaban a los clientes a acercarse y alentaban el consumo continuo de cervezas y de ron hasta que caían rendidos a sus pies. Llevaba las faldas muy amplias y volanderas que dejaban a la vista puntillas de recio algodón blanco. Sus largas piernas semi cubiertas hasta los muslos sugerían con sus movimientos obscenos el deseado trofeo que centelleaba en su ropa íntima con frivolidad.

Le costó despertarse, a pesar de que a través de las persianas de colaban los rayos de una mañana luminosa y fresca. De repente se dio cuenta de que era lunes. ¡Maldito lunes! Ya no llegaba a tiempo a la oficina, se había quedado dormida en el último momento antes de que sonara el despertador con el que nunca se entendía. Pensó en tirarlo por la ventana, pero lo haría al volver del trabajo; no era momento de andar con tonterías. Se lavó como los gatos,  hizo un amago de cepillarse los dientes, —por supuesto que menos de tres minutos—, se ahuecó el pelo con los dedos, cogió el bolso al vuelo y saltó por encima de su perro que, atravesado en el pasillo en posición de alerta máxima, la esperaba para salir a la calle.

—¡Mierda! Tiró el bolso al suelo y cogió la cadena por si se encontraban con algún vecino por el camino. Kaisser ya estaba en el portal cuando ella se precipitó estrellándose contra la pared del descansillo del segundo.

—¡Mierda! —asestó un latigazo a la barandilla de las escaleras con la cadena del perro, lo cual hizo que la vecina del segundo (a la que apodaban «windmill» por su vocación de revolotear por la vecindad, sin cortarse después en contar a los vecinos todo lo que acontecía en aquella comunidad) saliera en camisón arropada con una gran bufanda apolillada atada al cuello para ver qué es lo que había ocurrido.

El perro  subió en dos saltos y se echó encima de la vecina consiguiendo que miss windmill perdiera su precario equilibrio y terminase también sentada en el suelo de la escalera.

—Si, si, —contestó Karla, involuntariamente despótica— el tobillo, si, el tobillo… mientras tiraba del collar de Kaisser intentando evitar un desastre mayor.

—Oh! le duele, verdad?, eso es que se ha hecho un esguince o en el peor de los casos una rotura de ligamentos o quizás se le ha astillado algún hueso o… —por favor cállese de una puta vez, murmuró Karla con los dientes apretados mientras la solícita miss windmill refería los peores pronósticos—. Yo también me caí una vez…  Le ayudaré a entrar en casa y le prepararé un café con unas tostadas y llamaré a un médico para que vengan a buscarle con una ambulancia.

Hubiera gritado con toda su alma. Estaba dolorida, por supuesto, y contrariada y  arrebatada de rabia. Veía desvanecerse sus planes de escaparse del mundo, por lo menos de manera inmediata como había pretendido. Despidió a la señora «windmill» agradeciéndole su ayuda, aunque hubiera preferido pegar un portazo en sus narices. Antes, había tenido que jurarle que ella misma se ocuparía de tomar un taxi e ir a urgencias, lo que le había costado casi tres cuartos de hora para convencerla y quitársela de encima.

Se tumbó en la cama intentando rebajar la tensión del momento. Llamó a la oficina para anunciar que no iría aquella mañana, por lo menos. No era solo que necesitaba unas vacaciones, lo que necesitaba era irse, desaparecer de aquel ambiente obsesivo y viciado que venía siendo su vida. Se había propuesto desmadejar aquella bola de enredos, desanudarla de su cuerpo, desterrar aquella ansiedad que la había acompañado, como una mala conciencia, ocupando el otro lado de su cama los últimos años. No le dio tiempo a dormirse. Sonó el timbre del portal, insistente. No esperaba a nadie, y menos a aquellas horas, así que pensó que no sería nadie conocido. Sin embargo la curiosidad le animó a acercarse a la pantalla del telefonillo para comprobar quién, desde abajo, había llamado a su casa.

—¡Inconfundible! —le dijo a Kaisser.

Apoyaba su brazo izquierdo contra la pared de tal manera que casi ocultaba su cara aunque su gesto le delataba.

—¿Qué demonios hacía allí a esas horas? ¿No había quedado todo meridianamente claro y definitivamente cerrado el día de la firma? El estupor la hizo retroceder unos pasos a la pata coja, y apoyarse en la pared del hall de entrada mientras pensaba en cómo interpretar aquella visita intempestiva y prepararse para lo que pudiera venir. Desde el quicio de la puerta de la cocina Kaisser la miraba con la cabeza ladeada y ojos compasivos.

—Ya habíamos hablado de esto tu y yo, de que podía ocurrir; ¿no es cierto?. El doberman hizo un ademán de complicidad con la pata sin dejar de mirarle.

Pulsó el botón de apertura de la puerta del portal. Esperó a que subiera el ascensor.

—La señora windmill me ha llamado para decirme que me necesitabas…

—Te he despertado, amor?

—¡No!


 

@mjberistain

 

 

 

 

 

 

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