Localicé un pequeño piso dedicado a acoger a estudiantes en una calle cercana al puerto. De puntillas Me acerqué a la pequeña ventana en alto del ático que me ofrecieron como única solución porque todavía no se había acabado el curso; aún quedaban días hasta que la mayor parte de los estudiantes volvieran a sus países de origen y entonces podrían hacerme un hueco más adecuado para un alquiler de largo plazo. La señora Magritt —así le había dicho que la llamara— era la típica mujer nórdica —calculé que tendría alrededor de sesenta años— fuerte, alta, rubia y poderosa parecía una persona dispuesta a acogerme en su casa sin preguntar demasiado. En principio nos habíamos entendido bien. Sin embargo, en aquella habitación el frío del ártico se colaba por el pequeño ventanuco de cristales sencillos, pendientes de limpiar, desde el que podía verse una pequeña franja de mar y el trajín diario del mercado. Es cierto que había una pequeña estufa de hierro negra con una salida directa al tejado que confirmé que estaba en uso y aquello me tranquilizó un poco. Aquel panorama añadido a la acogida de Maggrit consiguieron que la sensación de fría soledad no fuera tan aguda.
Un estremecimiento me recorrió entera cuando me senté encima de la cama. Apoyé mis pies descalzos sobre la mochila que había dejado tirada de cualquier manera en el suelo de habitación y no encontré nada dentro de mí para salvarme de la desolación que sentía. Curiosamente me di cuenta de que nunca había necesitado a mi madre y ahora me encontraba perdida, como si uno de los pilares de mi vida se hubieran desmoronado cayendo sobre mí y dejándome atrapada entre sus restos. Había dejado el armario abierto de par en par pero no me sentía con fuerzas para organizarme. Lo cierto es que tampoco llevaba tanto equipaje como para necesitarlo. Ahora no. Mañana, ¡quien sabe!, pero poco a poco fui entendiendo que estaba ante una etapa nueva en mi vida y que cualquier cosa que hiciera marcaría mi camino hacia un futuro incierto. Y solo iba a depender de mí hacerlo a mi manera. Por primera vez en la vida tenía que vérmelas conmigo misma a solas. El frío del Ártico dolía, me había pillado sin abrigo.
Hablábamos por teléfono con frecuencia. Nathan retomó rápidamente sus clases en la Universidad, y al atardecer continuaba con sesiones especiales con algunos de sus alumnos que solían celebrar en un bar bastante acogedor y reservado del centro.
—Sé que necesitas tu espacio y sé que también necesitas tiempo. Yo también. —me dijo una tarde de sábado que nos encontramos para pasear con tranquilidad.
—El próximo martes expongo en el Paraninfo de la Universidad un trabajo sobre el cambio climático —mientras me ofrecía un sobre con una invitación al Acto— Además de que el tema nos concierne a todos, sería interesante que te acercaras —me dijo—. Y a mí me gustaría especialmente.
—Sonreí. Lo cierto es que me gustó la propuesta. Además todavía no me había comprometido en ninguna de las dos opciones de trabajo que me habían interesado. Valoraba por una parte el quedarme en la ciudad, y por otra, alejarme de él e instalarme en el pequeño pueblo de Flam (donde yo había nacido) y dedicarme a implementar un interesante proyecto turístico. —No lo había comentado con él—.
—Allí te presentaré a gente con la que estoy seguro que conectarás porque veo que podéis tener aficiones comunes y son grupos muy activos tanto a nivel cultural como deportivo.
Los inviernos aquí son largos, tu lo sabes —me dijo— y tienes tiempo para organizarte si es que tu opción, según dices, va a ser quedarte en Noruega.
—Al terminar habrá un pequeño ágape para favorecer el encuentro y el cambio de impresiones entre los asistentes. Será genial, ya lo verás.
La claridad de la noche de aquel sábado de primavera provocó un tumulto de imágenes cruzadas en mi cabeza. Me levanté mil veces de la cama para ver el cielo que no terminaba de oscurecerse; solo palidecía el azul cobalto…
