ARANTZAZU
En varias ocasiones antes habíamos disfrutado de aquella excursión magnífica y con mucho sentido espiritual para un vasco. Iniciamos la ruta con un día casi perfecto. Una primera visita a la Virgen de Arantzazu y en marcha. Después de tres kilómetros por un mundo mágico de hayedos, llegamos a las campas de Urbia. Desde allí continuamos el camino por una zona pedregosa, un estrecho sendero rocoso que iba ganando altura en lazadas con mucha pendiente. No fue la parte más dura de la ruta…
El encuentro con la Pastora supuso un muy amable descanso en la subida. Nos ofreció no solo un hamaiketako —queso, pan y txakoli—, sino un rato inolvidable de interesante conversación al lado de la chimenea encendida. También su casa, por si en algún momento del día necesitábamos cobijo. Aunque dudando, decidimos seguir la excursión, las nubes iban rodeándonos…
No fue hasta que llegamos a la cima cuando una niebla densa nos cubrió por completo la visibilidad. Pensar en bajar por donde habíamos subido era impensable. Anduvimos cresteando por la cima rocosa como pudimos, intentando llegar a la ermita y al refugio que se encuentra a su lado pensando que, en el peor de los casos, podríamos quedarnos allí a pasar la noche. Pero se hacía extremadamente peligroso calcular el punto de acceso para cruzar la cresta por un estrecho camino en bajada hasta lograrlo. Dos montañeros buenos conocedores de la zona, muy experimentados, que aparecieron de entre la niebla con el mismo problema nos hicieron desistir porque el intento era demasiado peligroso. Con ellos estuvimos haciendo tiempo a que la niebla se disipara. Decidieron que debíamos intentar juntos la bajada por el bosque. A duras penas conseguimos llegar hasta él y comenzar un descenso suicida. No había otra manera en aquella situación. Cada paso que intentábamos dar suponía resbalarnos inevitablemente sobre la gruesa capa de hojas húmedas; muertas. La caída nos llevaba varios metros pendiente abajo golpeándonos entre los árboles, hasta que conseguíamos agarrarnos a alguno de ellos como a un clavo ardiendo. Hubo momentos de desesperación por el esfuerzo, las heridas y la falta de fuerzas.
Habíamos llegado a la cima cerca de las dos de la tarde. Y, cuando de mala manera conseguimos salir de la niebla, eran las nueve de la noche y todavía estábamos en las campas de Urbia. Aún nos quedaba (entonces ya por ruta de montaña) una bajada de unos tres kilómetros en la oscuridad para llegar a La Fonda. Después de una desgarradora experiencia, conseguimos encontrarnos a salvo gracias al favor de la Virgen de Aranzazu.










