Persigo mi centro


Mi mundo se mueve a trompicones de una manera loca desde hace muchos meses. No consigo la «verticalidad» que tanto deseo. Quizá sea por eso que no encuentro palabras adecuadas, ni inspiradoras y felices, ni inteligentes, ni concluyentes para salir del estado ruinoso del que intento salir a flote. Es cierto que hay momentos de luz en los que lo consigo, más con pena que con gloria hasta el momento. Pero, aquí sigo…

Hoy me apoyo en las palabras de una escritora a la que admiro por el rigor de su trabajo y la frescura de su voz. Tomo prestado, en parte, su artículo titulado «Mi taller de estrés». Y, desde aquí quisiera hacerle llegar mi agradecimiento especial por su generosidad al permitir a sus lectores participar de su pensamiento y de su escritura.


Basado en el artículo titulado «Mi taller de estrés» de la Escritora JULIA SANTIBÁÑEZ
a la que admiro por el rigor de su trabajo y la frescura de su voz.


Un año más de sufrir por gusto puro. Uno más de torturarme a la semana. Saber en el cuerpo que tiendo a los extremos y persigo el centro. Saber que nunca voy a dejar de perseguirlo. Tampoco alcanzarlo, pero me acerco.

En mi balanza incómoda, un plato es «la yo» que sabe atascarse de planes, de retos que supuran adrenalina; el otro, es «esa yo» que tan bien conozco, la que demanda silencio, serenidad. Lo adivina y lo dice cabal Caetano Veloso en esa rara canción, “Vaca profana”. Podría traducirse “visto de cerca, nadie es normal”. Conmigo es más cierto, es muy más cierto: soy frontal y furtiva, ansiosa y calma, todo me repele, todo me enamora y me voy de boca. Pero conocí el yoga, mi taller de estrés, mi carpintería y mi té de frutas. La palabreja significa “unión”, concilia lo distante, es arregladora, por eso cada semana voy de vuelta al tapete, al patíbulo, al martirio, a poner a conversar mente y torso, a limpiar las telarañas entre ambos.

La verdad es que la práctica me choca, pero al terminar recupero mi espalda, la siento de nuevo flexible y guapa. Podría hacerle una fiesta sólo por eso. Además me saca un rato de mi mente, la que sobrepiensa, la desmesurada. Qué lujo: una hora sin esta neura, sin el ruido mental, sin el aire grueso. En cambio me centro en la respiración, esa maravilla que tanto olvido.

Nunca me meteré a un concurso de yoguis: las figuras perfectas no son mi meta, tampoco pararme recia en las manos. Sí lo es lograr ese equilibro quieto mientras sostengo una postura de asfixia. Recuerdo que soy un cuerpo, que centímetro a centímetro aprendo a ser flexible. Por un rato solamente estoy aquí.

Ya he hablado antes en esta columna de las similitudes entre mi oficio de escritora y la práctica de yoga. Ambos exigen constancia, administrar el aliento, competir sólo contigo. Hay que tomarlos en serio, con rigores, apostar como si no hubiera riesgo y, sí, puedes estancarte, aburrirte. Pero luego dar un estirón. Por eso no paras, no te das el lujo. Tanto el trabajo interior como las letras piden una cadencia que es intuitiva: existe un ritmo por descifrar acentos, ampollas, tartamudeo y seducción, “bailar como si no hubieras ensayado”, según decía el dios de nombre Fred Astaire, que primero dominaba la técnica, para flotar ya dejado a su aire.

Lleno bolsas de basura con poemas, pero sigo en el intento de aquel verso. Me imagino que tal vez un día llegue. Intenté por años el trikonasana*; un día, no sé cómo, al fin le entendí. Y está lo superior: buscar la belleza, creer que de mis dedos y de mis piernas podría surgir algo sublime. Sutil. Nomás por eso sigo necia en ambos. Nomás por eso son mi vicio feroz.


  • postura de las tres esquinas

Personalizo en la imagen mi «taller de estrés» relacionado con la fotografía

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