GARRAPIÑADAS

Llevaba tiempo deseando tener unos cuantos días libres para perderme por las rutas de los frutales en flor que pueden contemplarse en esta época por nuestra geografía; Cerezos en la zona de Extremadura, Almendros en Tenerife y Aragón o en la zona del Mediterráneo… Maquiné un plan que parecía perfecto. Estaba siendo una infernal despedida del invierno. Habían llegado tarde pero con fuerza los vientos de más de cien kilómetros por hora, la lluvia arreciaba sin compasión, anegando paisajes que hasta entonces eran de puro secano, y la nieve anunciaba su llegada antes de tiempo; nieve deseada pero que atrapaba con su bellísimo manto blanco cualquier tipo de tráfico —animal o humano— a pie o por medio de cualquier artilugio mecánico de transporte conocido tipo tren, coche, camión o avión. De verdad que yo andaba necesitada de huir del gris oscuro que envolvía con saña mi cuerpo y mi espíritu.

Optamos por la zona de Levante, por cercanía y por asegurarnos algo de sol o temperaturas amigables para poder disfrutar del bellísimo paisaje de la «floración» en estas fechas. Todo encajaba.

«La producción del almendro en España se concentra en las comunidades del litoral mediterráneo. Es el segundo país productor mundial de almendra después de Estados Unidos. El almendro es un árbol muy robusto y de larga vida, que en la cuenca mediterránea puede vivir entre sesenta y ochenta años, incluso hasta un siglo. Es, junto al olivo, uno de los principales árboles cultivados con fin industrial en el litoral mediterráneo. Ambos toleran climas extremos de inviernos húmedos y veranos calurosos y requieren terrenos pobres. Actualmente, se cultivan más de cien variedades debido a la gran riqueza genética, pero existen cinco tipos comerciales definidos y seleccionados entre las variedades de mayor calidad, que son Marcona, Largueta, Planeta, Comunas o Valencias y Mallorca.»

Llegamos tarde. La floración se había adelantado debido a la rara climatología de ese año y los árboles se estaban cargando ya de almendras. Había una gran preocupación en la zona porque se calculaba que todavía haría frío y ello podría arruinar el fruto. ¡Nuestro gozo en un pozo! Recorrimos los valles por sinuosas carreteras, esta vez con una belleza diferente a la que habíamos albergado encontrar, pero el sol y la vista del mar en el horizonte aliviaron nuestra desilusión.

¡Pues… compraríamos almendras!

Encontramos en Guadalest —un pueblo caprichoso encaramado en la sierra como una gran ventana al Mediterráneo—, una tienda de productos de la zona.

La producción de almendros se vendía íntegramente a la Cooperativa. Con suerte, quizá podríamos encontrar algún vecino que quisiera vendernos almendra natural —con cáscara— a «dos coma cinco euros el kilo» aproximadamente (que era el precio de venta al por mayor). El amable dueño de la tienda, propietario también de algunas de las parcelas de almendros de la zona, nos atendía como excusándose. Le compramos pasta de almendras para postres y otros usos y él, en su ánimo de aliviar nuestro desaliento, nos regaló unas pequeñas bolsitas de plástico transparente con unos cuantos gramos de almendras garrapiñadas.

¡Garrapiñadas!

No puedo acordarme de cuándo fue la última vez que comí garrapiñadas, pero debió de ser en el parque de atracciones del Monte Igueldo cuando todavía era una niña.

Volviendo, de camino a casa, tuvimos que conformarnos con hacer algunas fotografías de las flores por los alrededores, mientras mordisqueábamos algunas garrapiñadas que nos quedaban por los bolsillos.





Texto y fotografía@mjberistain

2 comentarios sobre “GARRAPIÑADAS

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