EL FLOW DEL DIRECTOR DE ORQUESTA

Proyecto: Mis cuadernos de Flow
Colección: Silencios y Colores


Me tiene intrigada.

Sigo en mis trece de conseguir dominar el espacio que me separa del estado de Flow. Comprendo que no sepas de qué estoy hablando. Intento darte unas pistas. Por poner un ejemplo, siempre he querido ser un «director de orquesta» que, además de organizar a un selecto y virtuoso grupo de músicos a su dictado, «siente» mientras dirige a Mahler o Beethoven. (Que quede claro que mi envidia no es maligna; es solo creativa).

Se produce un silencio en el auditorio, algunas toses sofocadas por parte del público antes de que la música comience. El director levanta la batuta (o sea, en el caso que analizo sería ese fenómeno de enfrentarse con el papel en blanco), y el aire de la sala cambia. Una especie de éxtasis emocional. Cien músicos y cientos de personas aguantan la respiración, todas las miradas coinciden en el mismo punto, en ese lugar en el que convergen la partitura, la memoria de los ensayos, tantas partituras y páginas coloreadas emborronadas, tantas lágrimas y sueños descoloridos. Sin embargo, ese punto de convergencia es, asimismo, ilusión fundada en horas de dedicación y estudio, es esperanza a la que nunca dejamos escapar. Es una emoción que respira hasta lo más profundo y vuela a lo más alto en equilibrio libre mientras la música va desplegándose en el tiempo.

Dicen que en una sinfonía de Mahler (por cierto uno de mis preferidos), el director se siente como si navegara por un paisaje emocional inmenso donde cada uno de sus gestos pudiera abrir una nueva puerta a otra atmósfera iluminada. Por otra parte si habláramos de Beethoven el director de orquesta quizás siente una energía concentrada, volcánica, empujando la música hacia adelante con una fuerza inevitable.

Son dos poderosos ejemplos. En este caso alguien empieza sintiendo como Beethoven cuando quiere sentir como Mahler. Craso error. El aspirante a artista investiga sobre las razones de su obsesión y el motivo de su disgusto que no comprende, cuando dedica tantas horas de su vida al estudio de las técnicas y a llenar de manchas de colores sus papeles acuarelables.

Ah! Es el estado de flow…

Ese momento íntimo, esa idea de «fluir», algo que acontece, que se alcanza por medio de la concentración, una sensación difícil de describir. Una luminosidad en la quietud perfecta del alma, por la que el director de orquesta siente que la música no está siendo interpretada, sino revelada, y deja de ser un controlador para convertirse en un canal espiritual por el que sucede la única verdad.

Cuando aparece el estado de flow, ocurre algo especial; la conciencia del tiempo se disuelve…

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