SUSURROS DEL VIENTO


He amanecido muy despacio entre los susurros del viento. Las cortinas blancas me acechaban, se acercaban y llegaban hasta mi, sedas vaporosas con el glamour de los fantasmas silenciosos, dibujando signos de lenguajes fantásticos, inventando nuevas músicas de palabras preciosas por las paredes.

Era muy temprano. Lloraba el mar en los ojos de la noche, el horizonte casi a oscuras era un espacio inexorable.

No me he preguntado si era tarde o temprano para levantarme de la cama. ¡Qué más daba! La soledad tiene estas cosas… Esa especie de libertad que permite fluir en la locura, en la paz de la nada.

«Tierra de sed, cuando no sufras, podrás florecer.»
Estas palabras las he tomado de la antología del poeta Karl Lubomirski

He sentido un calor extremo pensando en los incendios voraces que campan a sus anchas muy cerca de cada uno de nosotros, y al esfuerzo y ayuda inconmensurable de las personas que están trabajando días y noches para dominarlos. No dejo de pensar en ese futuro que dejaremos a nuestros hijos con el cambio climático como una amenaza real para la supervivencia de las especies de este planeta Tierra. Pero no era eso de lo que quería hablar.

Me calzo las sandalias de flores de almendro y avanzo por un camino de piedras y de árboles frondosos. Caen algunas hojas abrasadas que nadie arrastra, yo dejo que me despeine una brisa mañanera favorable que me ayudará a prepararme para soportar el calor que se concentrará en la ciudad en pocas horas. Como alas de mariposas revoloteando aquí y allá imagino palabras de saludo al día que nace. Las aguas del canal cambian a un destello color plata cada vez más extenso. El cielo ha terminado por conquistar a las estrellas.

Vuelvo a casa. Mi nieto que acaba de despertarse, me reta a que acierte el título del libro que está leyendo, recomendado por su padre. Me pilla, yo le invito a salir al aire fresco de la terraza y le hablo del «susurro del viento», un humilde texto que pensaba escribir esta mañana. Sus ojos se agrandan y brillan como la luz de una bonita palabra.

Se titula «El nombre del Viento», qué coincidencia! Nos damos un abrazo amoroso y desayunamos juntos.

Vibro con la belleza de estos momentos que se mezclan con mis imaginaciones, y soy un poco más feliz.


Imagen: De mi colección «sketchbook» o cuaderno de ejercicios de pintura

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