Tamarindos o Tamarices

 

Tamarindos o Tamarices. Los tamarices que adornan muchos paseos marítimos nada tienen que ver con el árbol que crece en los trópicos

FELIX IBARGUTXI

 

SAN SEBASTIÁN. DV. Cualquier aficionado a la botánica sabe que los árboles del Paseo de la Concha y otras calles de Donostia son tamarices, y no tamarindos. Son tamarices y, por lo tanto, no dan ningún fruto comestible, al contrario del tamarindo. El tamarindo es un árbol corpulento, el tamariz es una planta que generalmente no pasa de ser un arbusto, y sólo tras la acción humana alcanza un porte de un par de metros. Ya hace más de 50 años, en 1956, en la revista Munibe de la sociedad de ciencias Aranzadi, se publicó un artículo titulado «Tamarindo, no; tamariz, tarisco, taray». Lo firmaba una persona que usaba el sobrenombre de Mendizar, y se refería a que en años anteriores ya había habido varias polémicas en la prensa donostiarra en torno a este tema. Pero, décadas más tarde, y pese al empeño más o menos cíclico de la clase científica, en San Sebastián al tamariz se le sigue diciendo tamarindo.

Estas referencias nos las ha facilitado Iñaki Larrañaga, un técnico de la Diputación Foral de Gipuzkoa, especialista en jardines históricos, y que lleva también años empeñado en enmendar el error en torno al tamariz.

Aquella famosa canción de Los Tres Sudamericanos que se titulaba Pulpa de tamarindo hablaba de una pulpa comestible y además sabrosa. Realmente, el tamarindo es -pese a su gran porte- una leguminosa, con hojas dispuestas al modo de las de una acacia, y con frutos en el interior de una vaina. Esos frutos poseen una pulpa de sabor agradable que durante siglos se usó como purgante suave, y con ella se hacen refrescos, confituras y helados en numerosos países de varios continentes, sobre todo en la India y varios países africanos.

El tamarindo es mayor

Se trata de un árbol que, generalmente, alcanza una altura de 15 metros, pero puede llegar a los 20. Nativo de las sabanas secas del África tropical, en ese continente ocupa una franja ancha al sur del Sahara, desde Sudán hasta Senegal. La capital de este país, Dakar, debe su nombre precisamente al tamarindo. Hace siglos fue llevado tanto a Asia como a América, y se desarrolla bien en las zonas tropicales de estos dos continentes. Particularmente en la India

El tamariz, en cambio, es aquí una planta autóctona, que incluso tiene su nombre en euskera (milazka), y muy abundante en el sur de Navarra. Hay diferentes variedades, y la de nuestros lares es la Tamarix gallica. Claro está que también tiene su fruto, que tiene forma de cápsula pequeña y sin ningún interés culinario.

El creador de esos paseos de tamarices que la gente dice «de tamarindos» es el gran jardinero Pierre Ducasse, el autor entre otros de los jardines de la Plaza de Gipuzkoa y de los palacios de Miramar y Aiete, en San Sebastián. Al parecer fue en 1885 cuando se plantaron los primeros tamarices en Donostia, y según parece por el empeño de un concejal que quería emular los paseos que observó en la Costa Azul. Esos tamarices resisten bien el ambiente salino de la costa. En su hábitat natural, en la Ribera navarra, también deben hacer frente a unos suelos muy salinos.

Los tamarices no han nacido para tener forma de árbol. Son los viveristas y los jardineros quienes obligan a ese arbusto dotado de múltiples troncos que se inclinan hacia el suelo a desarrollarse hacia arriba mediante un único tronco. Esa violación de las leyes naturales del arbusto, más el hecho de que no es una especie de vida larga, hace que allá donde haya un paseo o una calle adornado con tamarices nos encontremos con ejemplares que siguen en pie a duras penas, mediante refuerzos verticales (postes, rellenos de cemento…) o laterales (tanto metálicos como de goma). Además, los tamarices tienen que batallar contra un hongo con aspecto de yesca, denominado Inonotus tamaricis, que como su nombre indica ataca sobre todo a esta especie arbórea.

Esta planta es muy útil para fijar dunas y terrenos litorales en movimiento, y para contener arrastres y derrumbamientos en las márgenes de los grandes ríos. Por su resistencia a la salinidad del suelo está indicadísima para plantaciones en marismas y saladares.

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