Santa Sofía

Santa Sofía. La Divina Sabiduría.

 

Artículo perteneciente a la sección Huellas de Cultura de la revista Letras de Parnaso nº 60.

     Existen estilos arquitectónicos que casi se definen solo por una obra. Ese “casi” es el margen de error con el que siempre se debe contar en todo lo referente a las Humanidades que, afortunadamente, no son una ciencia exacta. No sería justo obviar La Catedral de San Marcos (de la que ya hablamos en este viaje), la Catedral de San Basilio en Moscú o la iglesia de San Vital en Venecia a la hora de adentrarnos en el preciosista arte bizantino, pero si tuviéramos que quedarnos (y tenemos que hacerlo por aquello de las leyes espacio-temporales) solo con una obra, con un edificio significativo para comprender dicho arte, esta sería sin lugar a dudas, Santa Sofía de Constantinopla (actual Estambul).

Comencemos diciendo que esta basílica no se concibe como un templo de oración para el pueblo, sino como la gran obra del emperador Justiniano, casi como una gran “capilla” junto a su palacio. De hecho, cuenta la leyenda que el “modesto” emperador exclamó al verla terminada, “¡Salomón, te he superado!”. Obviamente, Justiniano, hacía referencia a la construcción del Templo de Jerusalén, aunque la frase cargada de soberbia podría tener un doble sentido más profundo. Salomón era conocido como un rey sabio y la nueva basílica justiniana estaría bajo la advocación de Santa Sofía, termino griego que significa sabiduría, por lo que fue conocida como la “Iglesia de la Divina Sabiduría”.  Esto, obviamente, podía hacer referencia a una sabiduría etérea, abstracta, intangible…o a una bien clara y definida, la sabiduría necesaria para la planificación y alzamiento del templo, en especial de su sistema de transmisión de empujes y sostén de la Cúpula Mayor que marca un hito en la historia de la arquitectura.

La planta consta de tres naves, pero inscritas en una planta de cruz griega que centraliza todo el conjunto bajo la gran cúpula. Se aunaba así la planta basilical de tradición occidental y la centralizada oriental. La cúpula, al exterior, traslada su empuje longitudinalmente a dos grandes exedras que a su vez descansan respectivamente sobre otras dos de menor radio y situadas en diagonal. Al interior, se articula como una concha gallonada de cuarenta nervios y cuarenta plementos, apoyándose sobre cuatro pechinas, carece de tambor y en el arranque de la cúpula, en cada plemento, se abren vanos de medio punto que, al recibir la luz exterior, provocan el característico efecto de simular que la cúpula flota en el vacío. Su efectismo es, sin duda, espectacular.
Al interior, las naves laterales se separan de la central por arcos de medio punto sostenidos por columnas y pilares, igualmente de una considerable altura, lo que de nuevo incide en una concepción espacial única para la época.

En cuanto su historia, no descubrimos nada al decir qué desde su inauguración en el 537, muchos han sido los avatares que ha sufrido el templo. Primero tuvo que soportar las tristemente célebres guerras iconoclastas bizantinas, posteriormente los ataques de los cristianos latinos durante las cruzadas, los saqueos musulmanes, su conversión en mezquita, terremotos, incendios…,y sin embargo, como ocurre con tantos y tantos edificios de la antigüedad, ahí persiste, ahí se mantiene, aparentemente impertérrita al paso del tiempo y de los hombres, como si esa luz de divina sabiduría que inunda su interior, fuera devuelta al exterior en forma de protección frente a nuestras torpezas.
Es esa la sensación que ya desde el exterior imbuye en el viajero (en el turista no, el turista está haciendo fotos para el “istagran”), la sensación de estar en un lugar atemporal, un lugar de quietud y calma, un lugar de sabiduría y de divinidad… ¿serán la misma cosa?.

Fuente Imagen: Pixabay