The shape of my heart

¿Puede la música traducir las emociones?

A Carmen le gustaba viajar en tren, como lo hacía ahora, por si al final del trayecto le encontraba a él esperándole en la estación. No hacía un problema de elegir destino.

Viajaba con una mochila casi vacía, apenas un ligero vestido y ropa íntima de recambio; su música preferida dibujando en su sonrisa sus ganas de vivir siempre, y una vez más, de imaginar su reencuentro.

Le volvía loca pensarle al otro lado de la ventana del tren con el brillo instalado en su mirada expectante, sus paseos impacientes andén arriba, andén abajo. —Se acordaba ahora de cuando aprendieron juntos a interpretar las últimas líneas de “el amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Nunca les había importado el destino de su viaje cuando le pedía vivir con ella el resto de sus días navegando río arriba, río abajo—. Se imaginaba sus brazos recogiéndola del salto de los escasos dos peldaños que les separaban, volteándola amorosamente, sintiendo solamente el choque tierno de sus cuerpos hasta encontrar, en un nuevo abismo, sus ojos; esa mirada soñada durante tantas noches de soledad y borrachera. Cómo se apretaba después a sus caderas, su cuerpo implacable dibujándole violetas desnudas y partituras de pasión en cada poro de su piel hasta hacerla llorar de risa y de pudor a esa hora en la que ya no quedaba nadie en la estación.

En el regazo de un café sus manos entrelazadas y serenas, la música de Sting “The Shape of my Heart” sonando levemente y la pureza de un amor fuera de dudas permaneciendo intacto a pesar del polvo de las guerras, del sexo ciñendo soledades, de todo lo que ya está escrito en todas las paredes y en todos los libros, de lo que todavía queda al hombre por descubrir, de la gloria de unos minutos miserables, de la fiebre del fracaso, de la incertidumbre de los corazones en ruinas, de lo abstracto y obstinado del pensamiento, de la apariencia de lo cotidiano, de los desencuentros, de las frases estúpidas que se nos ocurren a veces y del arrepentimiento, de la tibieza de la desgana, de la tristeza de la lluvia, de las mentiras más infelices, de las venganzas desapasionadas, de los secretos infectados, de los recuerdos ya olvidados, de  las insignificancias de las penas y los rencores, de las constelaciones de nombres imperfectos y de las miles de noches a cielo abierto esperándose…

@mjberistain
Fotografía Sieff


14 comentarios sobre “The shape of my heart”

  1. Xabier Novella dice:EDITARQué prosa tan profunda y poética, me sumo a los comentarios anteriores, maravilloso.Un abrazoMe gustaRESPONDER
  2. elcorazondelmar dice:EDITAREl relato ya es bueno, pero sublime con esa música de fondo. Feliz miércoles.Te gusta a tiRESPONDER
    1. MJBeristain dice:EDITARFeliz, miércoles y el resto de días de tu vida. También aprovecho para felicitarte la Navidad. Gracias corazón por tus palabras, siempre. Un beso entrañable.Le gusta a 1 personaRESPONDER
  3. cristinafra dice:EDITARTus palabras forman un relato muy bien descriptivo y junto a la música que le acompañas lo llevas a una gran belleza. Me encantaTe gusta a tiRESPONDER
    1. MJBeristain dice:EDITARCristina, yo sí que estoy encantada de leer tus letras al punto de la mañana… Hoy ya he crecido un poco más… Que disfrutes de estos días de Navidad. Un abrazo muy fuerte.Le gusta a 1 personaRESPONDER
  4. Julie Sopetrán dice:EDITAREs una prosa poética romántica, apasionada, llena de melancolía y nostalgia, pesadumbre, añoranza…
    Me encanta tu entrega, tu sinceridad tu rememorar el recuerdo en cada línea. Muy buena prosa María Jesús. Me ha gustado mucho. Un fuerte abrazo navideño.Te gusta a tiRESPONDER
    1. MJBeristain dice:EDITARJulie, tus palabras me llevan a un lugar alto del que no quisiera caer nunca… Te deseo felices momentos de Navidad. Gracias por estar siempre a mi lado. Te abrazo con cariño.Le gusta a 1 personaRESPONDER
  5. Rubén Garcia García – Sendero dice:EDITARBelleza de prosa, tristeza intima, que apoyas con frases largas y repeticiones tipo existencia lista. Hermoso texto amigo, que abre puertas a al futilidad de la vida, a pesar del sexo y el amor.Te gusta a tiRESPONDER
    1. MJBeristain dice:EDITARNunca encuentro las palabras adecuadas para expresar la intensidad de las emociones cuando éstas se hacen dueñas del corazón. Por ello aprecio muchísimo tu valoración. Te llenaría de rosas y abrazos…Le gusta a 1 personaRESPONDER
  6. lucesysombras dice:EDITARcreo que ya te lo han dicho todo ene el comentario anterior…
    precioso
    y la musica….
    besoTe gusta a tiRESPONDER
    1. MJBeristain dice:EDITARLuces y sombras, me alegro un montón de que te guste. He cambiado la foto y ahora es más yo de lo que ue en su día. Gracias por estar aquí, conmigo. Otro beso.Le gusta a 1 personaRESPONDER
      1. lucesysombras dice:EDITARya he visto la foto… y me había despistado un pocode nada!!Te gusta a tiRESPONDER
  7. hilosfinitos dice:EDITARDeberia existir el “me encanta”. María, tu prosa en este texto es pura poesía, el deseo más bello, el amor casi perfecto, y una melancolía que te atrapa desde el vestido hasta esas miles de noches en los que a todos nos atrapa la ausencia.Te gusta a tiRESPONDER
    1. MJBeristain dice:EDITARCompartir contigo la belleza de unas palabras es un “plan” perfecto para mi espíritu. Gracias por quedarte un rato entre mis líneas, sabes que eres bienvenida. Un abrazo fuerte.Le gusta a 1 personaRESPONDER

POMPEYA

EL: Día caluroso de setiembre. Excursión en grupo a Pompeya. Le horrorizaba la idea de visita en grupo turístico a Pompeya. No había alternativa: si quería conocer un lugar arqueológico que siempre le había interesado, tendría que convivir unas horas con desconocidos, gente de provincias, algunos latinoamericanos y soportar las gracias de la guía y las preguntas y comentarios naifs de todos ellos. No se sorprendió, lo sabía desde siempre, era un asocial.”

—¡Ya sabes como es esta gente! —me decía mi amiga.

Aunque nunca había sido amigo de participar en viajes en los que tuviera que compartir vuelo y autobús y hotel y excursiones con gente a la que él no había elegido, en esta ocasión por una rara conexión astral obvió ese pequeño inconveniente. Seguramente pasaría varias horas después lamentándose de ello sin poder expresarlo, pero pensó que lo peor que podría ocurrirle sería tener una incontinencia intestinal dolorosa y que temiendo que fuera algo así como una perforación le llevaran en ambulancia, atravesando el caótico tráfico de Nápoles, a urgencias. Y allí hubiera terminado su problema. Estaría atendido como un rey, como a él le gustaba que lo trataran. Habría enfermeras atentas y preciosas que se acercarían solícitas algo más de lo normal, porque tenía mucha facilidad para hacerse el sordo cuando le convenía y, podría ser una ocasión para tener más cerca de su rostro los labios de alguna mujer que le gustara especialmente. También tenía un punto de hipocondría, bastante acusado a juzgar por él mismo y sus más cercanos, aunque se le podía perdonar porque, en sociedad, no hacía alarde de ello. Tenía una mirada afilada, algunas fobias y un fino sarcasmo que era capaz de arremeter contra todo y contra todos. Pero era un hombre familiar, más bien serio pero ingenioso, culto, elegante y callado.

EL: La vi sacando fotos con afición. Delgada, pantalón corto, pelo recogido en una coleta. Le recordó a Cate Blanchett, una de sus diosas. Se fue entrecruzando con ella durante la visita, igual que con todos los demás. No intercambié ni una palabra con ella. Ni siquiera cuando tropezó y cayó al suelo. Al terminar la visita y mientras se redistribuían los grupos de turistas para el resto del día, a él le pareció que la única persona que merecía la pena era ella. No buscaba nada ni tenía una segunda intención, pero le hizo algún comentario para hablar un poco. A lo mejor cómo se encontraba de su caída. Dos palabras sin más. <pero ¡oh, gran error!, decidió ir al baño preventivamente y cuando volvió donde él la había dejado tres minutos antes, ella ya no estaba…

—¡No, ¡qué va!  Yo no lo conocía entonces.

El grupo no era muy numeroso, unas quince personas, se puede decir que era un grupo homogéneo. Excepto él. Durante el trayecto, sería porque todavía no nos conocíamos, no había más ruido que el del motor del vehículo. Sin pretenderlo, mi cabeza se quedó anclada en una conversación entre tres hombres, sentados en la parte trasera del autobús, que estaban poniendo a parir a los franceses. A mí, que he vivido en la frontera con Francia y conozco la cierta aversión que se tienen los ciudadanos de uno y otro país con respecto a sus vecinos, no me extrañaba, pero me divirtió escucharla. La persona que hablaba lo hacía con mucho conocimiento porque, según él mismo explicaba, y daba todo tipo de detalles, había mantenido relaciones profesionales con franceses; personas y empresas, y, —ya se sabe— la experiencia siempre es un grado. Tuve curiosidad de saber cual de los tres individuos era el que hablaba con voz poderosa, no tanto potente, pero se notaba que dominaba la dicción, el discurso y que, especialmente, se sabía merecedor de la atención de los demás. No me atreví, por supuesto, a mirar hacia atrás. Sí me demoré a salir del autobús para dejar pasar por delante de mí a los tres señores cuando llegamos a Pompeya, aunque no supe identificar entonces quién de los tres era el hombre al que había escuchado con cierto interés.

El día era perfecto. Pensé que no sería la última vez que me apuntaría a una excursión organizada porque me gustó la idea al encontrarme con un grupo reducido. Hasta que llegamos a las taquillas de entrada donde casi me da un pasmo al ver que teníamos que colocarnos en una de las cuatro filas que se habían formado porque éramos cientos o miles a los que iban a repartirnos, durante todo el día, en otros tantos grupos para visitar las ruinas. ¡Me quedé horrorizada! Y allí estuve, estoicamente esperando.

Aquel hombre del autobús —deduje— sería la primera vez en su vida que se había apuntado a una excursión en grupo. Habría viajado por todo el mundo en plan profesional. A todo lujo y a gastos pagados. Y ahora que se habría jubilado, pues, probablemente, sería otra cosa. No solo por lo de viajar solo. También por lo de llegar a cualquier destino y que nadie, ni una bellísima azafata, le esperase en el aeropuerto para acompañarle hasta el chofer que, al verle, se quitaría la gorra de plato y se la pegaría al pecho mientras abriría la puerta trasera de su brillante coche blindado negro y, después de introducir su maleta en el capó, se despediría de la azafata con una simpática inclinación excesiva de su cuerpo, perfectamente aprendida.

Solo una pequeña parte de las ruinas estaba abierta al público, y a pesar de ello bien mereció la pena la visita. A pesar del barullo de gente, grupos que se cruzan entre calles, que a veces hay que esperar en una esquina a que termine el grupo anterior, o el siguiente ya te está pisando los talones, o que uno se pierde porque se demora en sacar una fotografía, o varias… En una de esas a mí me pasó, que quise recuperar el paso del grupo y di un mal paso, o, mejor dicho, di un mal salto y me caí de bruces, con mi cámara de fotos colgando del cuello, lo que afortunadamente evitó que me diera de narices contra el suelo y que terminase con la cara pegada a los pies de una señora que me miraba compungida. ¡Qué afortunada, fui! Aunque a partir de ese momento la guía, antes de continuar la visita, me buscaba para que no volviera a perderme, y llamaba: ¡A ver, la señora que se ha caído!, ¿dónde está? lo cual se convirtió en un pequeño divertimento a mi costa.

—En fin, ya sabes, que siempre me ha gustado destacar… —Las dos nos reímos; yo siempre pensé que así era.

Entre las nubes podía verse el Vesubio. No sé por qué me trajo recuerdos de infancia. Esas cosas que aprendes de memoria y cuando tienes la oportunidad de conocerlas en persona te parecen familiares, como una escena que hubieras vivido antes…

Los tres hombres del autobús no continuaron la excursión. Apenas cruzamos un saludo general cuando nos despedimos y el grupo se disgregó, unos de vuelta a la ciudad, el resto hacia el Vesubio.

ÉL: A partir de ese instante, le entró una sensación de pérdida, ansiedad y desazón. Ya no la volvería a ver, no sabía nada de ella, ni nombre ni teléfono, ni hotel, nada. Ella hubiera podido ser…, con ella hubiera podido surgir… Tenía que encontrarla. Entró en modo angustia.

—¡Claro, y tú eras de las que subían al Vesubio! —¡Cómo no!, sabes que me encanta la aventura. Y es cierto, aunque ésta tampoco era para tanto; un paseo de aproximadamente tres cuartos de hora de subida, por camino de piedra volcánica, por supuesto. Hermoso panorama a lo lejos, aunque una vez arriba, mi ilusión infantil se desvaneció enseguida porque el volcán no estaba ardiendo; como tampoco hervía el Teide cuando lo visité hacía mucho tiempo.

ÉL: No se le ocurrió otra cosa que llamar a la agencia que organizaba los tours y, con el pretexto de interesarse por su estado físico, conseguir su número de teléfono. Tuvo suerte de que el interlocutor sospechó que había un interés “amoroso” y le dio el número con una especie de complicidad masculina y donjuanesca.

Una vez más me había quedado retrasada con respecto al grupo. Compré unas postales con el matasellos del volcán escupiendo lava en otro tiempo, me entretuve hablando con el hijo del dueño de la tienda de recuerdos. Cuando le di la dirección de destino de las postales, se emocionó porque él solía pasar temporadas en mi tierra en casa de un amigo. Al salir de allí descubrí que, en la explanada de tierra donde a primera hora de la tarde habían aparcado todos los autobuses de los turistas, no quedaba ninguno. Me entró la risa, una risa floja. Miré a mi alrededor, me habría confundido de explanada, miré monte arriba, monte abajo y nada, ni sombra, ni polvareda de tráfico por la serpenteante carretera que bajaba, nada. Al oeste, una preciosa puesta de sol brillaba sobre el mar con reflejos de plata. ¡Cuánta belleza! Pero…, ¡cómo era posible que se hubieran marchado sin mí! ¡cómo era posible que nadie me hubiera echado en falta! ¡me habían dejado abandonada! Y yo, allí, atontada, con cara de espantada, quieta.

El hijo de la tienda que me había vendido las postales, cuando se dio cuenta de mi situación, salió a decirme que me tranquilizara; que iban a llegar, en breve, dos autobuses públicos para recoger al personal empleado. Uno de los chóferes se avino amablemente a bajarme de allí.

ÉL: La telefoneó varias veces, pero había poca cobertura en el Vesubio, y ella tampoco sabía bien quién la estaba llamando. No paró de llamarla cada diez minutos, pero con resultados infructuosos. Esto no hizo más que acelerar su angustia y la sensación de que no la encontraría. Cuando por fin pudieron hablar y entenderse, ella estaba regresando de su excursión al cráter.

Sentí la vibración en el bolsillo de mi mochila que llevaba apretada entre mis piernas. Por mucho esfuerzo que hice de zafarme de ella para atender la llamada pensando que me llamaba la guía, no llegué a tiempo. ¡Mierda! Leí en la pantalla del móvil, pero no reconocí el número; era lo normal, estaba en Italia. Al menos me tranquilicé un poco al pensar que alguien, por fin, se había dado cuenta de que faltaba. La siguiente llamada me cogió con él en las manos. Pero esta vez solo se oían ruidos y rápidamente la comunicación quedó cortada. Allí, en pleno monte, era normal que hubiera problemas de cobertura. Nueva llamada, más ruidos y en la lejanía una voz preguntando por mi nombre que, más que entenderlo, creo que quise imaginarlo. Escuché algo así como una “francesa” pero no entendía nada, se oía muy lejos, apenas. Ni siquiera me había comunicado con ninguna francesa en el grupo; había otra vasca, gente de Madrid, otros de Palma de Mallorca, pero francesa… no; no que yo supiera. Volvió a cortarse la comunicación en varias ocasiones durante el trayecto hasta la ciudad. Por fin alguien preguntaba por mí, si, alguien que no era la guía. En principio me asusté, hasta que comprendí que era una de las personas con las que había coincidido en las ruinas pero que no habían subido al volcán.

—¡Ah, si, ahora me doy cuenta! —Exclamé, no tanto emocionada sino todavía asustada.

Me dio una explicación improbable a la que atendí con mi mejor actitud, pero sin enterarme de nada.

—¿Se puede saber quién le ha dado mi número de móvil? —pregunté, más por curiosidad que por otra cosa. Estos italianos —pensé— se toman a chiste lo de la confidencialidad y la protección de datos de sus clientes. Seguro que ha sido la guía. Pero ¿por qué demonios no me ha llamado ella? No me encajaba nada—.

—Bueno… balbuceó su voz al otro lado. Ya te explicaré en cuanto tenga oportunidad. Solo llamaba para interesarme por tu salud.

—¿Yo? ¡estoy estupenda! —que es una frase que suelo decir en plan de coña.

—Quiero decir… —continuó amable, sin darse por enterado de mi tono irónico— después de la caída de esta mañana. Saber si te has recuperado bien, o…

No me lo podía creer.

—En fin, se oye fatal este móvil, hay muchas interferencias…, ¿sería posible vernos y tomarnos una cerveza y te cuento lo que ha pasado?

Intenté explicarle que estaba muy nerviosa, que me había quedado tirada, que no sabía dónde estaba, que bajaba en un autobús público hacia el centro de la ciudad, que los del tour me habían dejado en el monte abandonada, que quería irme a mi casa. Pero el autobús paró en ese momento en una plaza donde se bajaron algunas personas. Salté del asiento, todavía con el móvil abierto, y me acerqué al chofer para preguntarle dónde estábamos y a dónde íbamos. Al otro lado del móvil se oyó la voz del hombre diciendo: estoy en la plaza de Cesú, a lo que el chofer asintió, iluminado…

—¡Eccoci qui signora!

—¡Per favore, aspetta, aspetta signore! —decía yo nerviosa mientras intentaba recuperar mi mochila. ¡Que voglio scendere, que me bajo del autobús, grazie mille signore! mientras él me miraba como si yo fuera una extraterrestre. Debía de parecerlo entonces, porque en cuanto toqué tierra y lo vi frente al autobús, me lancé a sus brazos como a una tabla de salvación.


ÉL: Bajó del autocar nerviosa y acelerada y se vieron de frente. Resultó que se encontraba a veinte metros de donde él estaba. Se acercó a él y le abrazó sin saber muy bien por qué.

Inmediatamente pensé: ¿qué hago yo aquí en los brazos de este hombre?


                  El empleado de la agencia que había organizado la excursión, aunque había hecho alusión a la Ley de protección de datos, se había dejado convencer por las dotes de persuasión de aquel hombre que le explicaba que había ocurrido un accidente por la mañana y que no habían podido contactar conmigo y que quería interesarse por mí salud, por si necesitaba algún tipo de ayuda…
                  —Totalmente d’accordo signore. Capisco.

Él había mantenido el abrazo y cuando nos separamos y conseguimos mirarnos a la cara, nos dimos cuenta de que ninguno de los dos entendíamos nada.


ÉL: Fue la primera de las muchas conjunciones astrales que sazonaron sus vidas de ahí en adelante. Sin saberlo coincidieron frente a la iglesia del Cesú. ¡La había encontrado! Pasaron juntos esa tarde y los días siguientes. Habían quedado para visitar el Museo Arqueológico a primera hora de la mañana. La vió sentada en la escalinata. Dedicaron un par de horas a visitar el museo con especial atención al calendario horóscopo. Tomaron un taxi y un café en una de las mesas privilegiadas del Café Gambrinus. Después, con mucha fortuna compraron entradas para el ensayo general de la ópera La Traviata que se celebraba aquella tarde en el Teatro San Carlo. Comieron en la trattoría “da Nennella” típica y ruidosa. —Ella más que él—. Al atardecer les permitieron entrar en el Teatro San Carlo sin importarles no cumplir con ningún código de vestimenta, ya que todavía iban en bermudas. Cenaron más tarde en una pizzería muy antigua llamada Brandi. A medida que se acercaba el final de la velada a él se le aceleraba el corazón porque no sabía cómo proponer lo que él deseaba sin que ella se sintiera ofendida. Él era muy tímido, cortado e inseguro. Temía no gustarle y arruinar lo que podría ser el inicio de algo que le ilusionaba. Por suerte sus dudas se resolvieron mientras tomaban un limoncello. Él la acompañó a su apartamento, pero decidió frenar, ser paciente, y se despidieron afectuosamente hasta el día siguiente.


ÉL: Amaneció lluvioso el día de la festividad de San Genaro. La ciudad se había llenado de gente ataviada con trajes de domingo, las señoras vestidas de negro y las niñas con vestidos de enormes lazos de colores. Todo muy kitsch y felliniano. Visitaron las librerías de viejo, Él la llevó al Convento de Santa Chiara y a la iglesia de San Severo para ver al Cristo Velato. Comieron en un restaurante “trendy” con la comida vendida al peso y pudieron sentarse en una mesa en la acera, a pesar de que la lluvia, que había parado, seguía amenazando.

Él: Había mantenido el abrazo y cuando se separaron y consiguieron mirarse a la cara, se dieron cuenta de que ninguno de los dos entendía nada.


Quizá la astrología hubiera podido explicarlo.

@mjberistain
De “Crónicas Astrales”


Cuando perdí mi futuro

Cuando llegaba el verano y mamá guardaba los uniformes, los libros, las maletas y los zapatos de cuero en el desván, para que pudieran utilizarse el curso siguiente, se organizaban encuentros de amigos en el descampado del barrio. Los chicos sacábamos nuestros juguetes a la calle y las chicas se vestían de colores porque también sus madres habían guardado los largos uniformes azules para que los utilizaran el curso siguiente sus hermanas menores.

A mí me gustaba Laura, tenía una larga melena rubia que cuando la aventaba la brisa del sur a mí me parecía que volaban con ella todos mis sueños. Se parecía a mamá. No era la más simpática del grupo, en realidad era la más seria, pero yo no dejaba de mirarla cuando estábamos sentados haciendo corro, porque procuraba ponerme, si no podía ser junto a ella, por lo menos tenerla a un lado para poder verla de vez en cuando mirándola de reojo. La verdad es que no me atrevía a hacerlo de frente. Mi corazón latía más fuerte cuando ella salía a jugar con nosotros. De vez en cuando nuestras miradas se encontraban y me sonreía con sus ojos azules brillando, el problema era que a veces, en vez de a mí, yo le veía sonreír de la misma forma a mi hermano. Pero yo pensaba que solo era porque, en realidad, no nos reconocía. Xabi había nacido antes que yo y eso le otorgaba cierto rango, un aire imponente y de listo que yo admiraba, y le dejaba hacer, aunque no aguantaba que se hiciera más amigo que yo de Laura. Cuando íbamos hacia casa discutíamos, pero él negaba que estuviera enamorado.

En el grupo le llamábamos el txapas. No le costaba ningún esfuerzo hacerse querer, era simpático, juguetón, era el que decidía a qué íbamos a jugar cada día; a guardias y a ladrones, o al txorromorropikotaioke, al escondite o a txapas. Lo del pañuelito era lo que yo prefería porque podía coincidir que me tocara salir corriendo para pillarlo antes de que llegara a la línea del centro del campo la niña contraria —porque solíamos jugar chicos contra chicas—. Cuando le tocaba el turno de salir a Laura, me emocionaba verla venir corriendo hacia mí desde el otro lado y, como yo era más rápido, solía quedarme unos segundos tocando el pañuelo esperando, sin llevármelo. Solo hacía un leve amago y dejaba que ella lo agarrara de verdad y se lo llevara corriendo orgullosa hacia su lado. Lo mejor era traspasar la línea central, perseguirla y pillarla por detrás y que me mirara de cerca sofocada y sonriente. Era la suerte la única oportunidad que yo tenía de tocarla. Cuando jugábamos a txapas las chicas no jugaban con nosotros, se marchaban a jugar a txingos o a la comba o a cromos y mi hermano, como sabía que yo me aburría un poco, para animarme me regalaba una de las txapas que él había fabricado. Las de mi hermano eran las mejores, las hacía con cromos de colores de equipos de ciclistas. Dibujábamos carreteras y hacíamos montañas con la tierra, a modo de circuito, que tenían que recorrer los equipos hasta llegar a la meta. Muchas veces ganaba Xabi y eso me gustaba porque, como ya he dicho, yo le admiraba y le quería porque después me regalaba a mí la mitad de las nuevas que había ganado. Nos queríamos mucho, a veces íbamos al colegio agarrados del hombro, yo me sentía entonces muy orgulloso y tan importante, al menos, como él.

Aquella tarde Laura se quejaba de que no estaba bien. Mi hermano al levantarse rápidamente del suelo para acompañarla a casa se dio un resbalón en la tierra que deshizo la pista de carreras. Nos dejó allí fastidiados, viéndo cómo desaparecían los dos juntos entre calles. Al cabo de un rato empezamos a inquietarnos porque Xabi no aparecía, se estaba haciendo de noche. Me fui a por él antes de que mi madre saliera a buscarnos. Desde el cuarto piso la madre de Laura me gritó que la niña estaba con fiebre en la cama pero que mi hermano se había marchado hacía un buen rato. Pensé que podíamos habernos cruzado por el camino y volví esperando encontrármelo allí con los demás chavales en el descampado.

Quise morir cuando vi a Xabi debajo de las grandes ruedas de —lo que años más tarde me enteraría de que había sido— un camión Pegaso 3046, rodeado de gente que gritaba y lloraba. Las txapas que él solía guardar en el bolsillo izquierdo de su pantalón estaban esparcidas por el suelo entre charcos de gasolina. A su lado vi con espanto a mi madre destrozada por el llanto y, como si hubieran sido macabras pistas de carreras, las trazas alargadas y negras del frenazo. Hacía mucho frío cuando me acosté en el asfalto a su lado. Quise decirle que le dejaba a Laura para él solo, que él era el líder, y que se la merecía más que yo, pero que no era justo que se separara así de mí. Le pedí que me dejara un hueco allí, debajo del camión en su lugar, y que él corriera a jugar porque todos los amigos le estaban esperando.

Total, nadie nos distinguiría…

II

Hoy es el día de mi cumpleaños y no soy practicante. Me he despertado muy temprano, bueno, eso no es verdad, en realidad, es que no he podido dormir casi durante la noche. He dado un beso suave a mi mujer y a mis hijos y he salido sigiloso de casa para no despertarles. Las calles, ya se sabe, están en silencio a esas horas, estremece el ruido del motor de cualquier vehículo, incluso el de un híbrido que pase cerca, y las luces de los semáforos parpadean ansiosas de que llegue el día para poder lucirse con todos sus colores. Hoy es el día de mi cumpleaños y el de mi hermano Xabi.

Estoy solo, sentado en el tercer banco de la iglesia, el sacerdote que hacía guardia ha comprendido mi extraña visita y ha encendido unas pocas luces en el altar mayor para que me sintiera más tranquilo. Las vírgenes y los santos de mi alrededor dan vueltas en mi cabeza en una especie de danza descabellada con sus túnicas volando vertiginosamente como si fueran murciélagos. Tampoco sonríen. Yo intento no hacerles caso porque desconozco las costumbres de los murciélagos y de los santos, o, mejor dicho, desconozco las de los murciélagos y he olvidado las de los santos. Me mantengo en silencio. Cuando han vuelto a sus pedestales miro al buen pastor, allí arriba, de pie dentro de su hornacina escasamente iluminada por el párroco. —Sé que era el párroco porque él mismo me lo ha dicho cuando me ha explicado que estaba allí porque el sacerdote al que le tocaba hacer la guardia era un anciano y ese día, que llovía, le había excusado de levantarse tan temprano. —Me ha parecido bien—.  Observo a Jesús, con su oveja preferida. Solo observo, sin pensar en nada. Unos segundos más tarde, me doy cuenta de que me voy encolerizando y no puedo evitarlo. Necesito acusarle y no me atrevo.

—Hijo mío, tienes que ser siempre agradecido a la vida —me decían—, Dios nos la da y Dios nos la quita—.

Dejé de estar de acuerdo con aquella frase el mismo día que murió mi hermano.  —Aunque tenga que reconocer que mi vida es un regalo sin que entienda todavía muy bien a quién, además de a mis padres, deba de agradecérselo—. He sido respetuoso con las leyes y con el ejemplo que he recibido de mis mayores hasta hoy, y es lo que intento inculcar también a mis hijos. Pero, después de muchos años, que no sé cómo se puede perdonar a un dios, siento la necesidad de encararme con él y acusarle de que me robó lo que más quería y que sigo sintiéndome como si solo fuera la mitad de mí mismo. Que no sé si soy capaz de olvidar la faena que me hizo el día que el camión aplastó a mi hermano. 

Agarraba la mano de mamá pensando que, en cualquier momento mi hermano aparecería, se agarraría de su otra mano y nos marcharíamos juntos los tres a casa.
—Porque papá tampoco estaba. Se lo llevó, al año de nacer nosotros, una rara enfermedad que no se pudo diagnosticar a tiempo—. Evitaba mirar a nadie, no quería besos ni abrazos de esos pegajosos que dan los mayores a los niños intentando consolarles o hacerles sonreir. Mantenía mi cabeza gacha, había admitido salir a la calle con aquella horrible gabardina, sin capucha para la lluvia, que había sido de mi padre, con la que mamá, por no desprenderse de ella porque, según decía, era de muy buen tejido, había cosido dos pequeñas, iguales, para nosotros. Admití ponérmela aquel día, aunque me sentía como un fantasma. Desde que no estaba mi hermano, yo procuraba no hacer llorar a mamá, así que, en principio, casi siempre hacía lo que ella decía.

No entiendo por qué no nos marchamos de la iglesia al terminar la misa. Ella quiso quedarse a recibir el pésame de los presentes y, además, que yo me quedara con ella, quieto, a su lado. Yo entendí que necesitaba mi protección y, curiosamente, me sentí importante, Las telas húmedas de las chaquetas y gabardinas de la gente me rozaban la cara al ir a abrazarla. Desde mi altura yo solo veía los zapatos recién embetunados y brillantes de los que se acercaban a acompañarle en el sentimiento. Un movimiento extraño, una leve presión de su mano me hizo levantar la mirada y la vi. Laura venía despacio por el pasillo cuando ya no quedaba prácticamente nadie en la iglesia. Ella sola. A cierta distancia le seguían sus padres. No puedo decir de qué color eran sus zapatos o si eran de charol, ni si llevaba sombrero ni collar de ámbar colgando del cuello sobre su pecho, ni lazos de raso rodeando su cintura cayendo sobre su vestido almidonado, como cuando coincidíamos los domingos en la misa mayor de las doce. Descubrí que su mirada había perdido el brillo que yo recordaba, que su melena larga y rubia caía oscura y lacia por sus hombros. No nos dijimos nada, nuestras madres se besaron. Mamá lloraba muy suave cuando se dirigió a mí, y abrazándome, me dijo con su voz debilitada; hijo, vámonos a casa.

La tía Úrsula, que era religiosa, no se separaba de nosotros. Había pedido un permiso en el convento para acompañarnos y cuidar de nosotros, al menos, durante los primeros días de duelo. Mamá se negaba sin fuerzas. En un momento de despiste de mi tía, tiré de la mano de mi madre y al oído le dije que quería estar solo con ella. A pesar de su sonrisa triste, recuperó un poco su determinación. —Creo que fue aquella una de las más bellas sonrisas que le he visto dirigirme a la cara desde que tengo uso de razón. De nuevo sentí que yo, especialmente para ella, era importante—.

No fui al colegio los días siguientes. Todos me parecían días de fiesta, aunque no teníamos nada que celebrar. Los amigos llamaban al timbre de casa por las tardes para que saliera a jugar, pero me escondía debajo de la cama porque sabía que mamá vendría enseguida a avisarme, por si acaso no me había enterado. Yo lloraba y le decía que me dolía la pierna y que no podría correr. Me miraba con una mueca simpática de incredulidad, como para hacerme dudar, pero me lo consentía todo. No quería comer. Ni tan siquiera quería la merienda, hasta que conseguí que, de acuerdo con el médico, me metieran en el cuerpo fuertes dosis de jarabe de hígado de bacalao porque, solo así se conseguiría que recuperara el ánimo y las fuerzas. Ver a mamá que compartía conmigo el asqueroso líquido oscuro de aquel frasco pegajoso me hizo más soportable la medicina, además, porque la farmacéutica me había dicho en secreto, que también ella la necesitaba.

Hoy es mi cumpleaños y el recuerdo más fuerte que tengo de mi vida de niño, aparte de la muerte de mi hermano, es el del primer día que salí a jugar al descampado.

—¡Xabi!, ¡Xabi!… —corrían emocionados todos a mi encuentro.

Su nombre, aquel sonido sibilante, que en otras ocasiones había relacionado con la música, se clavaba en mi pequeño estómago como una fina cuchilla cortante, cada vez que lo escuchaba de sus voces inocentes, paralizándome. A duras penas había conseguido mantenerme en pie mientras me abrazaban. —Si hubiera sido yo, solo hubiera deseado el abrazo de Laura—, pero, aquel día, Laura se había quedado apartada del grupo, mirándome con el azul de sus ojos apagado, y yo me había quedado callado, sin saber qué hacer, compungido.

—¡Venga Xabi!, que te estábamos esperando, a qué quieres que juguemos hoy —dijo Tontxu con falso desparpajo, para conseguir animarme.

Los demás, poco a poco fueron uniéndose a su iniciativa. Yo los miraba en silencio. No me salían las palabras. Mientras se ponían de acuerdo mi ánimo volaba como una paloma blanca hacia el cielo. Allí estaba mi hermano.

—¡Vamos!, —escuché que me decía como si estuviera a mi lado gritándome al oído.

Sentí el poder de su fuerza en aquellas palabras alentándome a que continuara con el juego. Pero, aquel mensaje, como un destello sobrenatural me invadió de tal manera que consiguió desestabilizarme por completo. Debí de caerme al suelo, desmayado. En urgencias le dijeron a mamá que solo había sido un susto porque me estaba quedando muy débil. Nada importante.

Yo escuchaba, sin decir nada.

III

El accidente no había provocado derramamiento de sangre del cuerpo de mi hermano. La mía se había quedado helada, petrificada, como todos los órganos de mi cuerpo, asustados hasta el infinito. Pero, recostado a su lado en el asfalto, había podido sentir cómo una nueva sangre fluía con lentitud en mi interior. Como si la de Xabi se estuviera adueñando de mi cuerpo y estuviera invadiendo mis venas para salvarme —él a mi— ofreciéndome la calidez de la suya.

Sentado en el banco de la tercera fila de la iglesia, permanezco ido, mis pensamientos se entrecruzan alocados en hilarante danza con la de los murciélagos. Me pregunté muchas veces durante mis años de mudo que, cómo era posible que un ser humano muriera, si su cuerpo no se había vaciado de sangre.

Me espantaba de mí mismo, porque, a partir de quedarme sin habla, mi mente proponía pensamientos que yo no había sido capaz de elaborar antes. Seguía siendo todo muy confuso. Me afanaba en recuperar mi voz, pero solo podía hacerme entender por mi diario. Mamá sabía interpretar mis gestos y me ayudaba con sus palabras y yo solo tenía que asentir o negar lo que ella proponía. Me abrazaba cuando me notaba en dificultades. Yo no entendía lo que pasaba y peleaba por vivir mi verdadera vida, ¿pero a quién podría decírselo si me había quedado sin palabras que expresaran mi profunda incoherencia? La angustia se había instalado en mi retorciendo los cables en mi cerebro de niño. Me sentía incomprendido y estaba desolado en el silencio en el que me había sumido. Sentía que había perdido mi futuro cuando, acostado en el asfalto al lado de mi hermano, acepté el regalo de su sangre.

—¿Quién sería yo ahora, si hubiera continuado con mi vida verdadera? —me lo he preguntado muchas veces durante todos estos años.

—Es terrible, ¡pobre niño! —decían las vecinas— que se haya quedado de repente sin habla; seguramente habrá sido por la impresión que recibió al presenciar la escena del cuerpo desarticulado de su hermano debajo de las ruedas del camión.

—Esa pobre criatura tan alegre, tan espontáneo él, y tan risueño, tan buen estudiante; es que lo tenía todo, ¡pobrecito!, y ahora mudo. ¡Lo que le faltaba a esa mujer!

Todavía lo recuerdo —decía otra— cómo los mandaba su madre al colegio, que iban siempre juntos de la mano, tan relimpios y recién peinados. Era una delicia verlos.

Los profesores me protegían a su modo confiando en que el problema fuera pasajero. Yo escribía cada día en mi diario. No solo me iba dando cuenta de que no podría recuperar mi futuro, sino que tenía la cruda certeza de que jamás volvería a ver a mi hermano. Lloraba por las noches, porque en mi interior era incapaz de imaginar en qué tipo de monstruo me estaba convirtiendo al haber aceptado el empujón que me dio mi hermano cuando me había dicho ¡vamos!, y yo entendí que siguiera adelante con la farsa de suplantarle, y ser él, como los demás querían. Y yo mudo, aceptando aquel regalo envenenado. Sé que lo hizo pensando en mi bien, pero yo me había equivocado al aceptarlo, porque la realidad —visto desde ahora— es que me hizo mucho daño—. Yo sé que se habrá arrepentido muchas veces de ello, pero en aquellos momentos ya no podía discutir con él sobre ello, y solo me quedaba polemizar con mi diario.

Crecía con la angustia de no ser yo, algo así como la idea de estar usurpando su recuerdo en el corazón de los demás. Mi cerebro era incapaz de ordenar los continuos estallidos de neuronas que producían un humo cegador, parecido al que vi en televisión, años más tarde, cuando despegaban los cohetes que se enviaban al espacio. Lloraba y escribía por las noches, cuando me llegaba desde la oscuridad el sonido de la fuerte respiración de mamá en la habitación de al lado, y yo entendía entonces que estaba dormida. Pasaba muchas horas, apostado en la ventana de mi cuarto, mirando al vacío. En el silencio, sin embargo, me calmaba escuchar, como en sordina, el latido de las campanas de la iglesia que silenciaba el párroco por las noches, para no perturbar el sueño de los vecinos.

Soñaba con la ingravidez, con volar como lo hacían los cohetes de la Nasa, para salir al espacio a buscar a Xabi. Creo que así se me ocurrió la idea de ser astronauta. A veces, incluso me pareció escuchar sus carcajadas.

—¡Astronauta! —me llamaban los amigos—. De vez en cuando conseguía responder con gestos de simpatía, porque aquella palabra me hacía menos daño que el que me llamaran por el nombre de mi hermano.

Solo a mí se me había ocurrido ser astronauta, aunque nunca expliqué el por qué. Los demás, elegían cosas más vulgares, como policía o bombero. Lo normal. En el caso de las chicas era querer ser bailarinas o azafatas para viajar por todo el mundo. Bueno, aquello era otra fórmula que se parecía algo más a lo mío, aunque no fuera tan exótico.

Cuando sentía las ganas de morir, pensaba en mamá. No deseaba dejarla más sola aún de lo que se quedaría si yo me marchaba. Así es que tuve que acostumbrarme a vivir sin pedir más, porque, en aquella época, yo estaba muy enfadado con Dios.

Sigo en silencio. Y sigo sentado en el tercer banco de la iglesia. Estoy agotado. Necesito darme un respiro, aunque no pueda evitar seguir pensando. Puedo oír el tañido silenciado de las campanas de menos cuarto, aún me quedan unos minutos para llegar a tiempo al trabajo.

IV

Yo solo venía a hablar con Dios.

No pretendía pensar en nada especial esta mañana, cuando el cura me ha dejado entrar en la iglesia y ha encendido la lúgubre luz en la hornacina para que me sintiera más tranquilo.

Pero, me siguen llegando a la mente los ecos de las vecinas.

—¡Pobrecito! Este niño no parece recuperarse a pesar de los tratamientos, ¡qué pena!, después de tantos meses de psicólogos—decían las brujas del tercero—.

Era a primera hora de algunas mañanas, cuando las oía hablar mientras fregaban la escalera. Yo entonces bajaba sigiloso las que había desde el quinto hasta el tercero. Me daba tiempo de escuchar sus conversaciones hasta que advertían mi presencia, y entonces me sonreían, y me hablaban con esa voz afectada que utilizan los mayores cuando se dirigen a los niños. Yo no decía nada, bajaba la cabeza y, simplemente, hacía un leve gesto de saludo. ¡Brujas!, —pensaba, mientras pasaba entre ellas— las odiaba, las imaginaba con las caras arrugadas y verrugas en las narices como las de los cuentos que nos contaba cada noche mamá antes de que nos quedáramos dormidos.

—Y su madre, tanta desgracia junta, es que es para morirse. —Si no le hubiera quedado este hijo mudo de quien cuidar, vaya usted a saber qué disparate hubiera hecho—.

Sus comentarios me hacían sentir más culpable todavía. Culpable por no haber muerto en lugar de mi hermano. Culpable por haber admitido suplantarle. Culpable por no ser capaz de confesarlo. Pero entonces yo era un niño, y, además de mi propio dolor, tenía muchas dificultades para hacerme entender por los mayores. No sabía cómo interpretar el futuro de mi hermano. Quería morirme. Pero también pensaba en mamá. Mamá, tan triste. Yo era su única razón para seguir viviendo. Y ¡cómo iba a abandonarla! No quería verla morir. Algunas noches la encontraba abrazada a la almohada, pretendiendo esconder allí su llanto. Entonces, me hacía un hueco a su lado, y me rodeaba con sus brazos y me apretaba a su pecho tan fuerte que yo sentía estar recibiendo el amor que no había podido dar en vida a mi padre y a mi hermano. De nuevo me sentía como estar usurpando su recuerdo en el corazón de los demás.

Nos trasladamos a un piso más pequeño en el centro de la ciudad y me cambió de colegio a uno de educación especial. Fueron años durante los que recibí distintos tratamientos porque decían que, en mi caso, la pérdida del habla había sido selectiva, motivada por un fuerte trauma. Los médicos tenían confianza en mi curación, aunque no podía determinarse en qué plazo se conseguiría.

Meses más tarde me llevó al despacho de una psicopedagoga. Desde los ventanales de su casa se veía el río y el sol de los atardeceres. Yo solía ir cuando salía del colegio. Los primeros días, ella me hablaba, pero no me preguntaba nada. O tarareaba alguna canción que yo conocía y me invitaba a seguir el ritmo con la cabeza, como hacía ella. Dibujaba y pintaba muy bien, me animaba a coger pinturas para que yo le hiciera algún dibujo de lo que veía por la ventana; árboles, un perro jugando o personas sentadas en los bancos o paseando por los jardines. Tenía un gran libro de juegos infantiles, en él me hacía identificar los que más me gustaban. Con ella aprendí a pronunciar palabras sin voz. También me hacía soplar muy fuerte para comprobar si me salía el sonido por la boca. Recuerdo que nos reíamos mucho intentándolo juntos. Nos dábamos abrazos de alegría cada vez que era capaz de articular alguna palabra. Así fue como hizo que fuera descubriéndome de nuevo a mí mismo, poco a poco, gracias a su gran paciencia, hasta que por fin me atreví con el “no”.

A mamá se le saltaban las lágrimas cuando escuchaba mi nueva voz.  Aquella mujer con su sensibilidad y su cercanía, con su paciencia y su alegría hizo que volviera a descubrir, dentro de mí, todo lo que se me había quedado paralizado de repente. Ahora puedo decir con inmenso agradecimiento que fue ella la que me salvó de un futuro equivocado, y que me ayudó a reconciliarme con el mío propio. Aunque seguían quedando algunas resistencias, sin embargo, por la confianza que llegamos a tener, recurrí a ella en determinadas ocasiones después de terminado el tratamiento. Sus consejos y las conversaciones que mantuvimos a lo largo de los años fueron definitivas y me sirvieron siempre de ayuda para reafirmarme en lo que soy ahora. Sigo admirándola como profesional y como gran persona que es, a la que quiero como parte de mi propia familia.

Gracias a ella fui capaz de disfrutar de mi adolescencia, aunque yo seguía hablando con mi diario. Me apasionaba la música, el baloncesto y las chicas. No quise apuntarme a la congregación mariana que entonces hacía excursiones y organizaban cine forum en el colegio, porque, como ya he dicho, en el fondo, estaba muy enfadado con Dios. Así que me apunté a los boy scouts, que pensaba que eran más divertidos. Yo tocaba la guitarra y cantaba a mi manera, pero me convertí en el alma de todos los saraos. ¡Tantas veces pensaba en mi hermano!, Sin embargo, fue una parte de mi vida muy feliz.

Y estudié Derecho, como quería mamá. Conocí a mi mujer en el viaje de fin de estudios y, a los pocos meses, ya teníamos muy claro que queríamos formar una familia juntos. Para entonces, ya me había curado. Bueno, es un decir, porque todavía estoy aquí, sentado en este banco de la iglesia, intentando hablar con Dios, porque parece que algo se me debió de haber quedado pendiente, y todavía lo tengo sin resolver.

Respiro hondo. Pasa el rato y empiezo a estar cansado.

Hoy es el día de mi cumpleaños, es viernes, y también es el cumpleaños de mi hermano. Soy un hombre solo en mi intimidad, en la que no caben, desde que murió mi madre, ni mi mujer ni mis hijos, ni, por supuesto, los amigos de la playa de los domingos. Supongo que debo de andar por la mitad de la vida, más o menos. Posiblemente no llegue a vivir completa la otra mitad, porque pienso que el castigo que han tenido que soportar mis neuronas aparecerá, en forma de desgaste de cerebro, o de alguna rara enfermedad como le pasó a papá.

Se fue mamá y el gran vacío que me dejó anegó todas mis penas, igual que lo hace un tsunami consiguiendo arrasar todos los signos del tiempo pasado. Creo que lo de marcharse, lo hizo a propósito, cuando se dio cuenta de que yo ya no la necesitaba tanto. Al final, sí, había estudiado Derecho. Durante unos años compaginé mis estudios de leyes con la física, porque en mi mente, supongo que aún infantil, se mantenía la ilusión de ser astronauta para viajar al cielo a ver a mi hermano. Pero la vida, que nunca sabes por dónde te lleva, me ayudó, porque, cuando fuí consciente de que mi pasado estaba arrasado, decidí, con el orgullo y la determinación que le hubiera gustado a ella verme, que volvería a empezar desde cero; que seguiría viviendo.

Todavía no me he reconciliado con Dios. Miro al reloj. Creía que estaba perdiendo la noción del tiempo, pero me doy cuenta de que la he perdido hace ya un buen rato. Me quedan cuatro minutos para llegar a tiempo al trabajo. Tengo mi propio despacho con ayuda de otros dos abogados. Dejé de pensar en ser astronauta. —Supongo que me curé a tiempo—.

Continúo en silencio. Miro hacia el altar mayor y observo, ahora con detenimiento. Ahí siguen el buen pastor y junto a él su oveja preferida. Después de unos segundos comprendo. Rezaría una oración, pero no sería suficiente. Bajo la mirada, me cuesta decírselo a la cara. Pero necesito hacerlo. Hacerle saber que hoy venía a acusarle de que cuando me robó, no solo el futuro, sino además a mi hermano, me sentí traicionado. Que quiero acabar con esto, y que necesito su ayuda. Que le pido perdón por la osadía de haber entrado en su casa con toda mi decepción y mi coraje, con el orgullo y el rencor que me han mantenido alejado de él durante estos años, odiándole tanto.

Desdoblo despacio el pañuelo blanco de fino lino con mis iniciales, —las propias— que mi mujer se ocupa de regalarme cada cumpleaños y me seco de nuevo las lágrimas que se me han escapado.

Decido llamar al despacho para decirles que no me esperen, que la noche ha sido dura y muy larga.

Me levanto y camino despacio por el gran pasillo de la iglesia vacía. Las campanadas ya se escuchan por la ciudad anunciando la celebración de la primera misa del día. Al llegar a la puerta de salida, me vuelvo, ahora ya me siento capaz de mirarle a Dios a los ojos. Le pido que cuide de él, como cuida a esa oveja que tiene a su lado. Me marcho convencido de que en el lomo lleva tatuado el nombre de mi hermano.

Por fin siento una gran calma y una profunda alegría, respiro hondo, y me dejo invadir por la suave brisa de la mañana. Quiero volver a mi casa para abrazar a mi mujer y a mis hijos, ahora sí, con toda mi alma.

@mjberistain


Poesía; ese verbo hecho tango

En algún sitio, que he olvidado, leí esta frase que utilizo como título.

Labios ardientes, ya no me acuerdo de ti. Me he abrochado el abrigo, ojalá hubieras llegado antes. He robado una botella de bourbón en la vinatería de la esquina y al salir el tendero me ha lanzado una dura mirada que me ha paralizado. Luego me ha sonreído y me ha guiñado un ojo. He apretado la botella de licor contra mi pecho y he salido corriendo.

La música, ese tango que sonaba en su almacén me ha transportado a otro tiempo,

Trabajaba en los aseos de uno de los parkings de la ciudad. Llevaba un uniforme blanco y un chaleco amarillo fosforescente con una gruesa raya gris alrededor del pecho. En mi recuerdo empujo un carro de útiles de limpieza, incluidos escoba, fregona, cubos y  trapos de colores. Y un pequeño transistor con el volumen de la música muy bajo, que prefiero a los auriculares, porque así atiendo mejor a la megafonía y a los clientes.

— Buenos días. ¿Cómo dice?, —le pido que me lo repita porque me ha extrañado su pregunta— . ¿Que si me gusta mi trabajo? —repito sus palabras, sorprendida—.

— Pues, sinceramente, no. Pero necesito un trabajo a tiempo parcial para poder dedicarme a lo que verdaderamente me interesa.

— Interesante. —dice pensativo— ¿Y, si no es indiscreción, a qué se dedica, aparte de a este trabajo?

— Soy madre.

— Bueno… —hace un gesto elevando los hombros como dando a entender que eso es lo normal…, pero no comprendo la necesidad repentina que he sentido por justificarme—

— Y escritora.

— Cómo dice?

—Sí, ha oído bien. Soy escritora, también a tiempo parcial, porque cuando salgo de aquí me ocupo de mis tres hijos y cuando ellos duermen yo escribo.

— Y, esa vida le hace feliz?

—Es todo lo que tengo, todo lo que soy y sí, soy feliz.

— ¡Yo creo que usted es un fantasma!

Sonríe.

Después de unos instantes de breve silencio, me relajo. Y sonrío, yo también.

— Vengo habitualmente por aquí y, cada mañana, cuando la veo dirigirse a su puesto de trabajo, empujando el carro, pienso que es usted la persona más profesional, más encantadora y más bonita que he visto nunca. Esa dignidad…, esa música de tango que apenas puede escucharse de ese pequeño aparato y que a mí tanto me gusta. Pareciera que a usted le gusta su trabajo, no me diga que no.

— Y, qué es lo que escribe? —perdone, o le molesta que se lo pregunte?

Le hago un gesto de despedida, saludándole con la mano, tratando de evitar responderle. Hablaremos en otro momento —le digo— y entro en el baño de señoras.

Desenrollo unos cuantos metros de papel higiénico y me siento en el banco de madera y escribo:

Poesía,
verbo hecho tango
robas mi sueño y me salvas,
a dentelladas, de la obsesión.

Borrachera de amor,
demencial escarnio
girando hipnótico
en lances de locura.

Porque llegaste tarde
sucumbí
al agrio sabor en mi boca
de la indignidad,

muéveme milonga,
muéveme
punzada pasajera, milonga,
hasta que desee acabar contigo
de una vez para todas.

Hoy he robado por ti.

@mjberistain
imagen: ARSOmnibus

Back to Black

He soñado que llevaba una pistola encima…

Alguien había colocado un arma debajo de mi almohada y al despertar, además de salir aterrorizado de mi habitación, me he lanzado a la calle tratando de ocultar como podía aquel arma que no entendía cómo había llegado hasta mi cama. Sujetándola con mi mano derecha la ocultaba detrás de mí, a la altura de mis lumbares, entre la primera camiseta que he encontrado en el vestidor a oscuras y un ancho cinturón que mi mujer dejó anoche tirado en el suelo, intentando que el arma pasara desapercibida. De ninguna manera quería quedarme en casa con ella. Sabía que yo era el elegido. Sin embargo yo sólo quería huir, huir de mí, deshacerme de ella…, y deshacerme de mí en aquella situación desequilibrante. Sobre todo quería deshacerme de ellos; escapar de aquel pasado que me torturaba una vez y otra y me obligaba a enfrentarme cara a cara con la maldad, esa oscura pasión siempre al acecho entre los cables retorcidos de mi cerebro.

En el silencio podía escuchar lejanamente sus carcajadas de jokers, podía imaginar sus caras pintarrajeadas de blanco sucio, sus miradas hirientemente perversas, sus sonrisas rasgadas manchadas de sangre fresca representando ante el mundo una farsa en la que sus víctimas caían deshumanizadas en la locura. Maldad, maldad, sinuosa serpiente cobijada entre escamas ardientes de amor lacerante.

Había sido educado para enfrentarme a los problemas, saber analizarlos con detenimiento, discernir entre aquello que pudiera ser tóxico y tratar de evitarlo. Lo cierto es que la vida, más allá de toda la educación, los buenos consejos, las reflexiones personales, las ayudas buscadas y pagadas a doblón, las desinteresadas y fundamentales, había discurrido por mares no siempre gentiles. Fue un milagro salir —no precisamente airoso, sino dañado íntimamente con rasguños hasta en las pestañas— de algunas relaciones que, por otra parte, habían formado parte de mi historia durante muchos años.

Yo y mi pistola; mi pistola y yo borrachos de pánico intentando no pagar un precio demasiado alto por nuestra libertad.

Siempre relacioné volar con libertad, pero en mi sueño iba sentado en el compartimento de un tren, solo, con mi pistola, viendo pasar las imágenes de mi vida a través del cristal sucio de una vulgar ventanilla que se abría y cerraba de manera intermitente,  sin coraje para saltar al vacío.

No debí disparar entonces la pistola contra mi sien, supongo que en algún momento pensé que era tan difícil como sencillo salir de aquella situación. No recuerdo haber disparado el arma porque todavía siento el afán de mis dedos sobre el teclado mientras escribo y,  ya que estoy aquí, decido con todos mis sentidos enterrar en la negrura de esta noche la pistola y el lado oscuro de mi pasado.  Q.D.P.

Música Amy Winehouse – BACK to BLACK


La china

“Al salir, pagó el café que se le había olvidado tomar…” (Truman Capote)

Una lluvia aburrida se había instalado en la ciudad cayendo incansable desde lo alto de un cielo plomizo como el de ayer y el de anteayer, como posiblemente el de la próxima semana según los partes meteorológicos que ya no sabían cómo explicarlo de forma diferente cada día. Se había hecho de noche. Al volver la esquina vomitó. Tiró el periódico empapado en una papelera y se dejó allí colgado el paraguas. No tuvo la precaución de arrancar la página de los anuncios antes, pero tampoco le importó.

Pasaban los días y por muchos esfuerzos que hacía no veía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo como el que pensaba que merecía de acuerdo con su historial profesional, su preparación académica y el estatus de su familia. Le quedaban pocos días para cumplir cincuenta años y aunque ese aspecto, en condiciones normales de mercado, hubiera podido ser considerado, en un hombre, como un buen fichaje para cualquier empresa, se encontraba defraudado, solo, como una isla desierta en mitad de un océano hostil. Tampoco había querido llamar a las puertas de los amigos. La realidad era que no había dicho que se encontraba en semejante situación. Cómo iba a imaginárselo nadie a su alrededor. Era del todo increíble aún admitiendo que entonces los puestos directivos de las empresas se regían más por movimientos políticos y eran menos estables o más dinámicos que en otros tiempos. Ya no servía de nada el pasado. Servía saber venderse para un futuro impredecible. Alguna vez escuchó que era fundamental saber vender humo…

Ocupaba un apartamento en el decimoquinto piso de uno de los miles de horribles edificios a los que llamaban rascacielos que se amontonaban en un barrio bajo de las afueras de la ciudad. Se miró al espejo del ascensor, estaba roto, y sus trozos garabateados con frases y dibujos obscenos. Aún pudo darse cuenta de que su aspecto físico era demoledor. Su calvicie prematura, su piel y su mirada desvaídas, sus cejas caídas en diagonal que le daban un aspecto de desolación, sus hombros deformados por el peso de los días sin ver el sol. Todo ello no solo maltrataba su espíritu sino que, además, anulaban su poder de camuflaje; traspasaban todas las líneas de fuego de sus tripas y de sus venas hasta asomarse al exterior de su cuerpo sin condescendencia. Sin embargo aquella tarde oscura la china del último bar al que había llegado tambaleándose para tomarse un café bien cargado le había mirado con detenimiento, con piedad o conmiseración, o, no sabía muy bien cómo interpretar aquella mirada apaisada que apenas dejaba entrever lo que él pensó que eran unos seductores ojos negros que le habían aturdido durante un instante. Quizás, para ella, era imposible mirar de otra manera. Se demoró después aferrado a la barra del bar observándola mirar al resto del personal que se movía alrededor de él entrando deprisa, consumiendo deprisa y saliendo deprisa, y pensó que se estaba volviendo loco. Además, Margot había decidido quedarse a vivir en un pueblo del sur en una comunidad de gente bohemia, artistas en su mayoría. Se había dedicado a la danza, había sido bailarina  profesional y ahora estaba retirada por una lesión de espalda. Su vida de pareja definitivamente estaba rota. Afortunadamente les habían unido pocas cosas durante su vida juntos, aparte del buen sexo mientras vivieron el encanto de los primeros meses. Se habían conocido en un viaje de empresa descubriendo la Antártida en un crucero de lujo, pero pronto aquel hielo imponente, aquél azul frío, y el silencio como un gran vacío de cristales afilados se habían instalado en su relación irremediablemente.

Se sintió viejo por primera vez en su vida. Había escogido aquel país, aquella ciudad para comenzar de nuevo porque nadie le conocía. Se sentía un tanto ofuscado, era cierto,  pero aquel mundo que le rodeaba se le antojaba un campo de exterminio, la gente uniformada en gris caminando lóbregamente sobre el polvo de un satélite desconocido que estaba cubierto con una gran bola de plástico reciclado, como un cielo plateado del que se desprendían como lluvia punzantes hilos de lava y de ceniza.

El bar estaba cerrado, la china oliendo a perfume de Pachuli, permanecía sentada en el zócalo de la puerta a su lado. Sujetaba con sus dos manos una jarra llena de café bien cargado, y miraba a los viandantes que se apresuraban, intentando evitar los charcos, bajo la luz todavía mortecina de otra madrugada lluviosa, para llegar a tiempo a sus quehaceres diarios. Cuando le sintió moverse, aventuró:

—Buenos días señor, le estaba esperando. Ayer se marchó usted sin tomarse el café…

La castañera

Es Enero, esta noche es luna llena. Las tribus indias la llamaban luna de hielo, luna vieja o luna del lobo porque era cuando los lobos aullaban más en las zonas cercanas a las aldeas.

Hace frío, camino protegida por un abrigo raído que heredé de mis hermanos mayores. Es gracias a que llevo una gran bufanda y un gorro de lana que tejió alguna de las abuelas que tuvimos, y a las que yo no conocí porque soy la menor de diez hermanos, que escapo del destemple que me hace llorar cada vez que se levanta una racha de viento y azota la ciudad. Llevo días sin comer apenas, solo castañas, y algunas flores destempladas. Si puedo, evito ir a las parroquias a pedir, supongo que tienen otras emergencias. Al fin y al cabo yo estoy acostumbrada a vivir así.

Estoy en tratos con el señor Manuel, el de la esquina de la Catedral, para sustituirle cuando se jubile. El hombre está muy abotargado ya por el efecto de la “quimio” y la radioterapia, y siente que le quedan pocos días. Aunque vive solo, le da pena morirse porque todos los inviernos, desde que no está su padre, ha abierto el pequeño puesto de castañas con el que se ha ganado la vida, y además, le ha hecho muy feliz. Desde que le conocí en Nochebuena, le visito cada día. Hemos llegado a tener una bonita relación de amistad. Yo le traigo castañas que he ido acumulando en un saco durante el otoño. Últimamente va necesitando menos cantidad porque la gente ya no consume como cuando empezó en esta profesión. Ahora se compran castañas por capricho y porque son baratas —diez castañas por un euro—, ya no se comen por necesidad de calentarse las manos y el estómago como era entonces. Don Manuel las mantiene calientes y crujientes, revolviéndolas de vez en cuando con su vieja espumadera negra, para tenerlas a punto cuando algún cliente se acerca a su caseta. Aprendo muchas cosas con él, me enseña a preparar las brasas, a cortar y asar las castañas, a ser amable, a sonreír a las personas que pasan alrededor, a no ser huraña a pesar de que mi vida siempre haya estado rodeada de negro. Cada noche cuando cierra la caseta me anima a que, si vuelvo a verle algún día, venga con una florecilla de cualquier jardín público, o una hoja caída de algún árbol, o una fina brizna de hierba. Él está convencido de que llevo una luz muy especial dentro de mi corazón y eso es lo que me va a servir para ser feliz de aquí en adelante, pero tengo que aprender a sonreír —me dice siempre, con la inmensa ternura de sus ojos negros—. Y él, cada vez que pasa alguien cerca de nosotros, me da un pequeño empujón con su brazo para recordármelo. Eso sí que me hace sonreír. Es un hombre bueno Don Manuel. Cuando le conocí le ofrecí mi cuerpo a cambio de un poco de dinero y se negó. Cerró la caseta y me trajo un bocadillo caliente del bar de al lado. A mí también me da pena que se tenga que morir ahora. Es como un ángel de la guarda conmigo, ahí enrollado en su gran abrigo negro, con sus manos hinchadas y rotas de heridas que oculta debajo de sus gruesos guantes de lana. Ahora prefiere que sea yo quien prepare los conos de papel de periódico con las castañas calientes para los clientes, y él se ocupa de guardar el dinero en una caja negra que, según me explicó, era de madera de ébano, y que le había traído un cliente de uno de sus viajes a la India. Porque a Don Manuel le gusta trabajar la madera en sus ratos libres haciendo pequeñas tallas en madera, sobre todo de flores, que luego se las regala a los niños. Hoy me ha regalado sus guantes cortados que, como me quedan tan grandes, me abrigan mucho. Me ha permitido darle un abrazo.

—¿Por qué te marchaste del pueblo? Allí tendrías comida y trabajo en la granja, con los animales y la huerta, y seguramente con el cariño de tus hermanos.

Don Manuel espera que le conteste, aunque le hago una mueca de contrariedad.

Después de lo que me está ayudando creo que le debo una explicación, así que un poco a mi pesar le explico que me escapé de la escuela porque la directora decía que me quería. Cuando se terminaban las clases me llevaba a su despacho y me pegaba.

—Ay, niña, —dice, moviendo la cabeza a un lado y al otro Don Manuel— algo mal habrías hecho…

—No, Don Manuel, se lo prometo. Ella decía que era para que aprendiera a portarme como una buena mujer, y que si no me servían sus golpes aprendería con los que me iba a dar mi marido cuando me casara si seguía siendo tan terca.

—Mis hermanos se reían de mí, yo era la única chica de la familia y me hacían ocuparme de la casa y de sus cosas porque no teníamos padres. Mi madre había muerto durante mi parto y mi padre se ahogó, unos años más tarde, intentando salvar a las personas de los pueblos de los alrededores durante la gran inundación que arrasó la comarca.

Don Manuel se calla cuando hablamos de estas cosas, y su mirada se pierde en la nada y yo entonces no sé lo que piensa, pero estoy segura de que tiene que ser algo bueno.

—Mañana —me dice— tendrás que abrir tu la caseta, están las llaves y toda la documentación en orden en el fondo de la caja negra. También están las tallas de madera para los niños y las flores que tu me traes y que guardo secas. Abrígate bien. Ocúpate de abrir las castañas, acuérdate cómo; con un par de cortes como si fueran cruces mientras prende el fuego y preparas las brasas. Haz bien las cuentas cada noche. No tengas prisa, despacio pequeña, tienes toda una vida por delante…

Hace frío mientras camino hacia el albergue. Acaricio la cabeza a un perro lobo que parece perdido y que ladra lastimosamente al lado de un banco vacío. Una luna de hielo ilumina la plaza y la caseta en la esquina de la Catedral.


En qué lío me ha metido mi vecino!

Nada más cerrar la puerta de mi casa anhelando un descanso después de varios días de viajar en plan nómada por el desierto del Sahara, sonó el timbre.

Casi no me había dado tiempo a soltar la gran mochila y las bolsas con las últimas compras inevitables hechas en el aeropuerto antes de tomar el avión de vuelta. Ni el abrigo. Lo dejé todo en el suelo y abrí porque la llamada me resultaba familiar.

Allí estaba él, con el pelo alborotado, como siempre, con esa mirada entre torva y simpática, como pidiendo permiso para entrar y casi entrando sin pedir permiso. Llevaba entre manos varios recortes de periódicos que me entregó mientras declaraba que aquella noticia era uno de los mayores descubrimientos de la historia. (?)

Ah, y una botella de vino tinto Rivera de Duero, Reserva del 2014.

No entiendo por qué curiosa razón últimamente me estoy encontrando o relacionando con personas a las que les interesa mucho el tema del universo; Astronomía, Astrofísica, Cosmología. De verdad que no sé qué ven en mí que les anime a darme conversación sobre estas cosas más allá de que haya podido dedicarme algunas noches a contemplar e intentar fotografiar las estrellas desde los campamentos del desierto.

¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

Así titula el diario “El Mundo”, en concreto el científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía D. Jose Luis Gómez el texto que acompaña a la fotografía de un “agujero negro” tomada por una red de telescopios repartidos por toda la superficie terrestre (Chile, la Antártida, Hawai, México, Estados Unidos y en España Sierra Nevada en Granada) —lo que equivale a tener un telescopio tan grande como la tierra—.

¿Que se siente ante la imagen de lo invisible?

“Alegría, emoción contenida y satisfacción por un trabajo impecable que nos ha permitido enseñarle al mundo que los agujeros negros ya no son sólo cosas de películas de ciencia ficción, sino de ciencia de la de verdad. De la que se hace cuando juntas los esfuerzos de más de doscientos investigadores por todo el mundo trabajando el unísono para un objetivo común.

Cómo expresar con palabras aquel momento histórico del 25 de julio de 2018 en el “Black Hole Initiative” de la Universidad de Harvard, en Boston, cuando por primera vez vimos la primera imagen de la sombra de un agujero negro. La imagen de lo invisible, de la completa ausencia de luz rodeada de un anillo luminoso.

Sentí escalofríos al ver que una de las predicciones más extravagantes de la teoría de la relatividad, los agujeros negros, existen de verdad. Una puerta sin retorno fuera de nuestro universo. Seguimos ilusionados por el trabajo que queda, encaminado a la obtención de mejores imágenes, de otros agujeros negros, y de esta manera entender cada vez mejor cómo funciona la gravedad”.

Confieso que vivo en la ignorancia sobre el mundo del que formo parte, del que quizás yo misma sea una pequeñísima partícula de algo que no llego a comprender por mucho que me empeñe en ello. Y de la misma forma que pueda temerse a la muerte evitando hablar de ella, o viceversa, que se pueda convivir espiritualmente con la idea de una vida sucesiva en diferentes estratos, mis reflexiones y razonamientos únicamente alcanzan para compartir esa expresión del autor de este texto cuando se refiere a las emociones que le embargan ante la confirmación de la existencia de agujeros negros que abren nuevos horizontes más allá de nuestro universo. Habla de alegría, de emoción contenida y satisfacción por el trabajo impecable de la ciencia…

Yo, de verdad que, de momento siento “escalofríos”…

Puaff… en qué lío me ha metido mi vecino…

Tomado de astroyciencia.com

La astronomía es una ciencia que estudia los objetos del espacio exterior a la Tierra.
La cosmología investiga el origen y la evolución del universo con las herramientas que le proporcionan la física y las matemáticas.
Y la astrología no es estrictamente una ciencia, sino una tradición milenaria que se propone interpretar los sucesos de la vida humana a la luz de los astros.

Ver: El Mundo, Teresa Guerrero, Salud y Ciencia. y Artículo de Rafael Bachiller

El jardín de senderos

Tengo que contaros algo.

Empecé a AMAR la Literatura cuando tenía diecisiete años. Entonces yo era una niña. Era la mayor de cuatro hermanas y la educación en mi casa era muy exigente. Sentía cómo crecía dentro de mí una cada vez más aguda necesidad de escaparme de aquella atmósfera un tanto sofocante para mi adolescencia y quise buscar en el exterior una vida que me permitiera “crecer” como persona. —Así pensaba yo— porque en aquél momento todo me era negado salvo asumir unas responsabilidades dictadas con devoción y corrección. El resultado de los esfuerzos que hiciera nunca sería el suficiente.

Mister Evans era una soñador; un filósofo, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre admirable con sus casi dos metros de altura que movía con una especie de desgana engañosa. Como su sonrisa. Como su mirada. Durante los años que estuvimos en contacto, él no olvidó nunca de vestir su vieja gabardina que llevaba desabrochada de forma permanente. Quizás fuese una seña de identidad. Otra, su pajarita, siempre de color verde oliva, que rodeaba y anudaba al cuello de su camisa arrugada y blanquecina. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Todos y cada uno de nosotros representábamos para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se extendía más allá de los horarios lectivos.

Supongo que en aquella época estábamos todos agradecidos de tener una persona con un cierto carisma paternal, un líder a quien admirar y seguir, siendo que estábamos todos muy lejos de nuestras familias.

Sus alumnos le adorábamos.

Empecé entonces a interpretar y comprender los textos más complejos y difíciles que había leído hasta entonces. Me atreví a delirar, lápiz en mano, frente a cientos de hojas de papel en blanco.

La vida me llevó más tarde a interpretar las historias que leía, o quizás era que mis vivencias, mis obsesiones, mis sueños, mis desvaríos los encontraba curiosamente en libros escritos por otros autores mucho antes de que yo hubiera nacido.

Notas poéticas encontradas en
“El jardín de senderos que se bifurcan”

Cuento escrito en 1941 por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges.

Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis.

Reflexioné que “todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…”

Mi voz humana era muy pobre…

Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio… como si alguien estuviera acechándome.

Un soldado herido y feliz.

El tren corría con dulzura, entre fresnos…

El camino solitario… lentamente bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.

La música era china. Por eso yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención.

Un farol de papel que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.

Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre…


Ver: Resumen del cuento
Imagen de Relatos caóticos


Café amargo

Llegó hasta allí sola. Se sentó en una silla y sintió el frío del metal bajo sus muslos como una sorpresa placentera. Hacía calor y aquella sensación le hizo sonreir tristemente.

No prestó atención al camarero que esperaba mientras ella sacaba su móvil del gran bolso que solía llevar siempre colgado de su hombro izquierdo.  Pero no lo miró, se quedó pensativa con la cabeza baja y absorta en sus pensamientos como sin atreverse a tomar una decisión importante.

El camarero se inclinó hacia ella educadamente y anotó en su cuadernillo: un café americano, sin leche, sin azúcar, solo. El nudo en la garganta le apretaba cada vez más, casi hasta llegar a la asfixia, pero ella se negaba a darse por vencida. El día era caluroso, demasiado para lo que acostumbraba a ser en esta época del año y en aquella zona del planeta. Mientras esperaba a que le sirvieran el café detuvo su mirada en la gran pantalla de uno de los edificios de enfrente, al otro lado del río. Imágenes grandiosas y coloridas, píxeles enormes se solapaban uno sobre otro a gran velocidad anunciando los próximos eventos culturales en la ciudad. Las escasas diez personas que ocupaban el local leían el diario de la mañana con calma. Pensó que quizás tendría que comprarse el periódico y quedarse un rato leyendo aunque solo fueran las columnas de opinión o la guía del ocio para relajarse, porque no estaba dispuesta a leer nada que tuviera que ver con los acuerdos y desacuerdos de los partidos políticos ante el nombramiento del nuevo presidente de la nación. Había dejado de creer también en las negociaciones, especialmente en las de conveniencia para unos, y no para otros. No se movió. Estaba mejor paralizada. O, mejor dicho, quizás hubiera estado mejor paralizada, porque de repente, sin pensarlo más, escribió tres frases en el móvil que no quiso revisar, simplemente las lanzó con la furia de una loba herida.

El café estaba amargo.

La noche anterior, finalmente, se había olvidado de sacar dinero. Soltó sobre la mesa toda la calderilla que llevaba y que tanto le pesaba y se dispuso a utilizar las pequeñas monedas hasta llegar a acumular el importe del precio del café.

—Dos veinte, por favor.

—Si, si. Ya voy —respondió un tanto contrariada, más consigo misma que con la cajera que le atendía amablemente tratando de evitarle la dificultad al pretender leer el recibo en aquel mínimo papel lleno de caracteres minúsculos impresos por una máquina a falta de tinta negra—.

Cruzó el puente deprisa. Pensó que el calor del sol podría reblandecer el asfalto y abrir agujeros negros a su paso como en sus sueños de adolescente. Y buscó la sombra por el paseo, solitario e inhóspito a esas horas. Le llegó el sonido del timbre de una bicicleta que venía por detrás de ella y que pasó a su lado a toda velocidad rozándole el costado hasta casi conseguir desequilibrarla del todo. Estaba abatida y ni siquiera le importó el incidente. Su orgullo, su dignidad, ¿dónde los había olvidado?

El aire era denso y no llegaba a respirar bien, se apoyó en una de las verjas de hierro de las casas señoriales del paseo y esperó unos minutos a recuperarse.

Se revolvían en su cerebro las imágenes. Diosas del sexo con pañuelos blancos ocultando sus ojos alumbraban con velas rojas la gran estancia mostrándose desnudas. El roce de sus pies descalzos al moverse a su alrededor atenuaba el rumor de la marea creciente no muy lejos de su cama. Estaba atada. Largos lazos de tul la envolvían sujetándola de pies y manos a los barrotes de hierro de una descomunal cama en la que solo un hombre sentado con las piernas cruzadas la observaba mientras ella se revolvía con violencia, su pecho y su vientre intentando ahuyentar su sueño y salir de aquella trampa morbosa.

Dos segundos de ternura. Solo le había faltado eso…


El viaje

Hay nubes que rompe en finos hilos la madrugada,
nácar que cubre el paisaje de húmedas fragancias
como llanto que se desborda  silente
al límite de miradas sospechosas.

Pensaba en el viaje.

Toda la semana había estado pensando en marcharme. Los viajes tienen algo de renovación, siempre. De búsqueda (inquietud) de nuevos espacios y personas, de vivencias nuevas, de encuentros, incluso y especialmente con uno mismo (de hablar solo), de que sonreir no sea solo una respuesta a algo amable o divertido que a alguien se le ocurra expresar en tu presencia, sino a una íntima sensación de agradecimiento a la vida, de una liberación íntima (sin excusas).

De un viaje se vuelve, o puede ocurrir también que uno no vuelva…

Fue la pastora quien dijo: “ése es el único viaje que no quiero hacer”. Se refería a llevarle a Joxé a una residencia de ancianos. Dijo: mientras yo pueda con él… Y podía con él al que aseaba con mimo cada día y conseguía sacarlo del dormitorio y casi arrastrarlo hasta el porche y sentarlo en su silla preferida de toda la vida, eso sí, ahora lo dejaba atado para que no se deslizara sin darse cuenta y se cayera al suelo y se hiciera daño mientras ella atendía a los animales. Y podía cada día con sus cuatrocientas ovejas y con su perro viejo al que adoraba; y él a ella. Y así llevaban más de cincuenta años, pastoreando por los valles del país, monte arriba, monte abajo.

Un precioso rincón con flores al lado de un hayedo era su pequeña parcela —sin acotar— en las inmensas campas al pie del Aitzkorri*. Allí habían construido una pequeña borda para el verano —porque el invierno lo pasaban a refugio en el caserío a varios pueblos de distancia de la montaña—. En ella podían abrigarse de la lluvia, de la niebla y de las tormentas que les visitaban con frecuencia. También sus hijos y sus nietas les visitaban con frecuencia. En la chimenea de piedra  latían los rescoldos de un buen fuego. Afuera, solo una valla liviana marcaba el territorio de los animales desde donde nos miraban apacibles. También era su hogar.

El camino es duro, pendiente y rocoso. Me digo: —el viaje es el camino.

Y dice mi conciencia: —Atrévete…

Atreverse, atreverse… a andar, a compartir, atreverse a amar… “La medida del amor es amar sin medida” frase que llevo tatuada desde niña en el corazón. (Esto lo dijo un hombre conocido por su santidad, quizás fuera San Francisco de Sales)

¿Y la niebla?

Después vendrán las consecuencias. Magulladuras…

“Arriesgas mucho en todo y luego pasan estas cosas, pero eres fuerte y lo superas, sabrás salir adelante” —me dirá mi gran amigo Iñaki—.

Zuk zer dezu Arantzazu, amets kabi, otoitz leku………*

El bosque de hayas está cubierto de hojarasca húmeda y brillante que el viento ha ido acumulando. Cae al abismo entre trozos de árboles rotos y rocas sueltas.

Nadie antes ha pasado por aquí…

Viajar de vuelta, hacia mí misma… lejos, a salvo de mí


*Aitzkorri.
Montaña de 1.528 metros de altitud situada en Guipúzcoa, País Vasco.
A sus pies se encuentra el Santuario de la Virgen de Arantzazu y el pueblo de Oñate

¿Qué tienes Arantzazu, nido de sueños, lugar de oración…?

@mjberistain