Maria Victoria Atencia

Hablando de…

Escribe en el prólogo de «Ex Libris» el poeta Guillermo Carnero refiriéndose a la evolución de la escritura de la poeta; en su segundo momento creativo.

«Ha desaparecido todo rastro de pensamiento «idílico». Su característica más evidente es la inmediatez expresiva, la sinceridad directa, la falta de distanciamiento entre el autor y la percepción de los asuntos poéticos. Actitud propia del poeta en su primera juventud, cuando todo, en la realidad y en la escritura, es nuevo y deslumbrante; cuando nombrar algo y sumergirse en ello son actitudes parejas. Exaltación vital, percepción de la Naturaleza, evocación de infancia y adolescencia… Todo ello en trance jubiloso hasta que se va a quebrar ante la experiencia de la muerte.

Ha habido importantes transformaciones como son cierta desazón imprecisable, la constatación del transcurso del tiempo, en lo que tiene de pérdida de vida propia, y el predominio de la reflexión ética sobre la contemplación del mundo externo.

Además, existe una persistente ocultación de las motivaciones reales y biográficas, que dan razón de mayor calidad y elaboración literaria (no en cuanto a manipulaciones retóricas, sino a una elaboración intuitiva que realiza la sensibilidad en una labor de connotación de referentes biográficos que, sin embargo, no van a ser nombrados directamente).

El poema se vuelve breve y sintético, se hace parábola y símbolo.

Así se llega a la clave de la poesía contemporánea —continúa Guillermo Carnero—:

Decirse el autor a sí mismo sin nombrar directamente ni el yo ni su propia historia. El lenguaje romántico es omitido en su manifestación más elemental, presente, sin embargo, en la selección de determinados elementos objetivos desde una perspectiva de resonancias afectivas.

La expresión literaria se ve enriquecida tanto para el autor como para el lector, evitando la reincidencia en los tópicos del lenguaje del yo lírico enfrentado a permanentes cuestiones propias de la existencia humana. Precisamente, la expresión poética existe gracias a la distancia entre esas cuestiones y su formulación indirecta. De la tensión entre decirse y no nombrarse; ese doble juego de fuerzas.

El poema no existiría si el yo del autor no seleccionara intuitivamente los disfraces por medio de los que va a expresarse ocultándose, como tampoco existiría si el recurso a la no subjetividad llevara tan solo a la instalación de un decorado desprovisto de motivaciones personales.

Por qué leer Ulises

La literatura no es un entretenimiento, sino una experiencia. Pisar la cima de la obra de Joyce nos permite contemplar los abismos sobre los que están suspendidas nuestras vidas

Rafael Narbona

Un 2 de febrero de 1922 se publicó Ulises, una de las cumbres más inaccesibles de la historia de la literatura. Cabe preguntarse si hay razones que justifiquen el penoso esfuerzo de escalar por sus páginas, sorteando misteriosas analogías, aberraciones semánticas y sintácticas, premeditadas negligencias, ironías maliciosas, y, sobre todo, avalanchas de palabras perversamente entrelazadas o discontinuadas. ¿Es Ulises «una idiotez» que provee a los críticos de los enigmas necesarios para perorar sin descanso, como llegó a decir Borges en una conversación privada con Bioy Casares, o un feliz laberinto gracias al cual comprendemos que somos lenguaje, logos, dialéctica, juego, palabra que se expande y se contrae, interrogándose sin fin sobre sus límites y posibilidades?

Ulises es una idiotez, si por tal entendemos los arrebatos de extraña y gélida lucidez de esos idiotas («fools«) de las tragedias de Shakespeare. Los idiotas del dramaturgo inglés explican la realidad desde la perspectiva de una mente enredada en paradojas, antítesis, paralogismos y delirios. Su clarividencia brota de su capacidad de fracturar la razón. Podemos decir algo similar de Ulisesuna pirueta irreverente contra los ídolos del pensamiento lógico. Frente a la noción de causa, Joyce opone el imperio del azar. Frente al principio de identidad individual, las máscaras sucesivas por las que transita el ser humano. Frente al tiempo lineal, la circularidad infinita, que destruye las distinciones entre pasado, presente y futuro.

Ulises es un laberinto. Logra una y otra vez que nos perdamos en sus meandros, pero cada extravío constituye un hallazgo, casi una teofanía sobre el poder del lenguaje para crear sentido y a la vez destruirlo con ferocidad. Creo que ningún escritor ha usurpado el lugar de Dios de una forma tan perfecta, pues Joyce primero nos muestra el Edén, con las palabras desprendiendo luz, y luego nos expulsa de él, arrebatando al lenguaje su poder clarificador. Nos deja entrever el paraíso de lo inteligible, una ficción que solo existe como ideal, y después nos sumerge en lo ininteligible, lo verdaderamente real.

‘Ulises’ no es solo lenguaje. También es historia y una epifanía

No es una simple reflexión filosófica, que invierte el significado del mito platónico de la caverna, sino una profecía: la cultura occidental se aproxima a su ocaso y el arte solo puede certificar ese desenlace. Ya no se puede afirmar que el papel del arte es conocer y expresar la verdad, pues la verdad es un espejismo, un fetiche podrido. Así lo entiende Joyce tras la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. Aunque vivió la contienda desde su exilio en Suiza y cuando le preguntaron por ella respondió con aparente desinterés («sí, algo he oído»), Ulises es un despiadado retrato de la decadencia de un continente incapaz de sacudirse el virus nacionalista y la superstición religiosa. Así lo comprendió Ezra Pound, tan clarividente como incorrecto y uno de los mayores promotores y exégetas de la obra.

Ulises no es solo lenguaje. También es historia y una epifanía. Viene a anunciarnos una mala nueva: que la vida es un desgraciado accidente, la broma siniestra de un demiurgo torpe y bárbaro, una enfermedad a la que absurdamente nos obstinamos en buscarle un sentido. La tragedia del ser humano en el umbral del siglo XX es que ya no tiene una Ítaca a la que regresar, ni una fiel Penélope que le espere, animándole a dejar atrás las regiones más inhóspitas. El 16 de junio de 1904 en Dublín -el Bloomsday- no es una fecha más, sino el punto de no retorno de una Europa sin otro horizonte que el barro de las trincheras.

Se ha dicho que Ulises es un ejemplo de realismo psicológico extremo, pues reproduce la inmediatez de la conciencia en su flujo natural, libre del corsé de la gramática y la razón, pero Leopold Bloom, esa especie de judío errante que deambula por el dédalo de la fantasía homérica y cuyo paladar se embriaga con «el sutil sabor de orina levemente olorosa», no es un hombre común, sino uno de esos bufones de Shakespeare capaces de apreciar la belleza y a continuación pisotearla. Tras leer en una letrina un relato premiado, lo utiliza como papel higiénico, pues entiende que es un ejemplo de la impotencia del arte para erradicar el mal o el absurdo. Joyce narra este incidente en el capítulo cuarto de los dieciocho de Ulises. Antes de prescindir del andamio que forjó con materiales de la Odisea, lo tituló «Calipso», la ninfa que retuvo a Ulises. ¿Por qué? Porque Calipso, hija de Atlas y reina de la isla de Ogigia, logró mantener a su lado a Ulises durante siete años, prodigándole toda clase de placeres: comida exquisita, bebida deliciosa, placer sexual, paisajes exuberantes. Esos siete años simbolizan la búsqueda de placer y satisfacción que Kierkegaard describió como «etapa estética».

Joyce no propone ninguna conclusión. No es un moralista. No pretende enseñar nada

El arte, la literatura, la belleza, simbolizados por ese relato que Bloom lee en una letrina, nos mantienen en un limbo de sensaciones gratificantes, pero se trata de una ilusión fraudulenta, pues el placer estético solo es un fino barniz que oculta un doloroso vacío. Leopold Bloom comprende el engaño, descartando avanzar hacia la ética o la religión, las etapas que Kierkegaard propone como fases sucesivas hacia la verdad. Más allá del arte, no hay nada. Dios y el Bien solo son falacias. Por eso Bloom, un agente comercial con una existencia ingrata y anodina, asigna al cuento premiado un destino degradante. Es su forma de romper con el embrujo de Calipso, iniciando el viaje de regreso hacia un hogar que ya no existe. Su gesto evoca la nostalgia de Atenas, un sentimiento que palpita en el inconsciente colectivo de Europa. La añorada polis ya solo es una colección de ruinas, pero pervive el anhelo de peregrinar a ella.

Leopold Bloom no reconoce otra patria que el desarraigo. Sabe que no pertenece a ninguna parte. Cuando en el capítulo doce se topa en un pub con un Ciudadano que agita la bandera del patriotismo irlandés, experimenta el mismo malestar que Ulises ante Polifemo. Sus consignas le resultan tan hirientes como las rocas lanzadas por el gigante. El capítulo quince –para muchos, el corazón de Ulises– es una apoteosis del lenguaje como referencia insustituible de la experiencia humana. La novela –o, si se prefiere, la anti-novela- de Joyce comienza a mirar hacia dentro, utilizando aspectos de capítulos anteriores. No le interesa ser un espejo del mundo, sino un eco de su propio existir. Lenguaje que se alimenta de lenguaje, palabras que denotan otras palabras, símbolos que se nutren de otros símbolos.

El capítulo dieciséis refleja el desencanto de Bloom. El estilo incurre deliberadamente en un tedioso prosaísmo preludiando el capítulo diecisiete –el preferido de Joyce-, una epopeya de la mediocridad donde la memoria se pone en marcha mediante un objeto nauseabundo: un trozo de uña del pie. En ese ejercicio de memoria involuntaria, queda muy claro que Ítaca no es la patria anhelada, sino un lecho que desprende el hedor del adulterio. El último capítulo –el dieciocho, una alusión paródica a los dieciocho escenarios de la Odisea– incluye el célebre monólogo de Molly Bloom, una confusa divagación que oscila entre las cuestiones domésticas y un erotismo desinhibido. No es Penélope, sino una mujer infiel que vive hundida en la insatisfacción y que no ha logrado superar el espanto de perder un hijo. Aunque engendró otra hija, se pregunta qué sentido tiene arrojar al mundo seres abocados a disiparse en el olvido. Bloom también sufre por la hija perdida, pero su intento de ejercer una paternidad vicaria sobre Stephen Dedalus fracasa tristemente. No ya de una forma épica, sino sin grandeza, como sucede con todo lo que acontece en el siglo XX.

Su novela nos muestra cómo sería el mundo en ausencia de ese idealismo metafísico exaltado por Platón, san Agustín y Pascal

José María Valverde, espléndido traductor de Ulises y un gran estudioso de la obra de Joyce, afirma que la novela debe leerse como un desnudo integral. Del cuerpo y del alma, pues el libro –según apuntó su autor- reproduce los ciclos de nuestro organismo y escarba en los estratos más profundos de nuestra conciencia. Joyce no propone ninguna conclusión. No es un moralista. No pretende enseñar nada. Solo le interesa divagar por la selva del lenguaje, explorando sus frutos. Joyce no busca a Dios, ni sueña con formular una moral. Solo nos muestra que la palabra acaba autodestruyéndose, tras comprender que es inútil como forma de comunicación. Bloom durmiendo al lado de una esposa adúltera que ya no mantiene relaciones sexuales con él es una excelente metáfora del fracaso de las relaciones humanas. La civilización europea sufre convulsiones agónicas porque cada vez hay más vidas como las de Gregorio Samsa y no se atisba otra alternativa que un gregarismo embrutecedor.

Leopold Bloom es un autorretrato paródico de Joyce, pero sobre todo es una radiografía de la condición humana en los inicios del siglo XX. ¿Y qué muestra esa radiografía? Que el fascismo y el comunismo prosperan porque ofrecen una identidad sólida a masas de excluidos sin rostro. «Nadie» ya no es tan solo el nombre que se atribuye Ulises para engañar a Polifemo, sino el de una humanidad sin atributos. Lo biológico ha aniquilado lo espiritual. Para Joyce no es una desgracia, pero su novela nos muestra cómo sería el mundo en ausencia de ese idealismo metafísico exaltado por Platónsan Agustín y Pascal.

¿Por qué leer Ulises? Por la misma razón que alegó George Mallory cuando le preguntaron por qué quería escalar hasta la cima del Everest: porque está ahí. La literatura no es un entretenimiento, sino una experiencia. Pisar la cima de Ulises nos permite contemplar los abismos sobre los que están suspendidas nuestras vidas: el lenguaje, el tiempo, la psique, los falsos absolutos, el cuerpo, la historia, el espacio, el sexo. Podemos aplazar el reto o incluso descartarlo, pero nuestra mirada se perderá una de las perspectivas más asombrosas que han brotado del ingenio humano.


Publicado en «El cultural» del diario El español.

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Con emoción y mi agradecimiento más sincero a mi amiga Isabel por este Texto, en relación a mi último libro publicado «Cuerpos Acantilados».

Transcribo:

Hoy dejo paso en este deambular mío por los caminos de la buena poesía a la gran amiga y poeta María Jesús Beristain. «Cuerpos acantilados» es su segundo poemario («Apuntes de salitre» era el primero, también editado por Vitruvio) y del que pudimos gozar de su presentación el pasado mes de febrero vía online en www.nuevoateneoonline.com y que podemos seguir actualmente en la plataforma de Youtube.

Si intensa y pasional fue su primera obra, si ya no nos dejó indiferentes su elegancia y madurez poética, no podíamos esperar menos de CUERPOS ACANTILADOS, libro que comienza citando unos versos de José Hierro que ya nos preparan para los que han de venir: «Imaginar y recordar/ Hay un momento que no es mío / …»

El libro está dividido en dos apartados: «Alma de blues» y «Clamor». En el primero de ellos alterna o integra —según los casos— la prosa poética con el verso y es el mas amplio en títulos. La poesía de María Jesús es el cuerpo del acantilado sobre el que las olas de la vida rompen con la fuerza de una resaca emocional, pero también arena en la que el mar se remansa. En ella, el recuerdo, la experiencia, y el amor, son faros confesionales que evitan naufragios. Con su voz de mar, su lenguaje desnudo, su hondura y autenticidad, María Jesús Beristain ha logrado que «Cuerpos acantilados» sea un libro de imprescindible lectura. De ahí mi recomendación.

Querida María Jesús, alma de blues, enhorabuena, mucho éxito, y gracias por este maravilloso libro.

Comparto dos poemas:

LITORAL

No dejaré que me deslumbre la luz
del imposible,
ni su queja, ni su congoja,
ni el valor de su palabra escrita
en los márgenes de cualquier poema.

Vivo
como litoral errante,
aquí y ahora,
en la voz desgarrada de la palabra libertad,
y sangro salitre entre las altas crestas
y la tragedia de los bajos fondos
del mar y sus silencios.

MIGRACIÓN

Llevo una herida que no sangra,
a veces duele dulcemente
cuando me miro en los espejos
y pienso que la vida es solo un capítulo
breve de algo que nadie entiende,
a veces duele sin compasión,
tiñe el día con el color plomizo
de las bombas agazapadas
entre las ruinas de la memoria
y se hace difícil respirar.
Llega otro amanecer batiendo aguas;
niños solos, mujeres, hombres
que lamen las costas, las rocas,
las playas hoyadas por el hambre,
sucias de sol y soledad.

La muerte acecha y jirones de banderas ondean lacias
por los pasillos y salones en fiestas de guardar
entre baúles y ataúdes de abrazos abandonados.

María Jesús Beristain es autora de un interesantísimo blog (MJB Literaria / mjberistain.com). Si no habéis tenido ocasión de visitarlo os recomiendo que lo hagáis; en él encontraréis su pequeño-gran mundo artístico, el personal, como núcleo de su creatividad tanto literaria como fotográfica, así como el mundo artístico de otros autores. Toda una joya. Según su autora «mi blog es como el diario que no escribo».

Gracias, mi querida amiga
Isabel Fernández Bernaldo de Quirós


Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma es uno de mis poetas de culto. Leo y releo sus textos, su tormentosa y corta vida poética y sin embargo de tal intensidad… —no es el único, pero sí muy interesante para mi—. He encontrado esta reseña de la reedición de “Las personas del verbo” que dejo entre mis apuntes por si a alguien pudiera interesarle. Ver el texto completo en el Blog Encuentros de Lecturas.


¿Noche aún?
Mas de antemano todo converge hacia el día.
Para exaltar su verano, el Alba, dudosa,
fía su claridad de rocío en tanto pálpito umbrío
bajo el azul, que después —lo sé bien— presidirá.

Canta el reloj. ¿Qué hora es?
La hora de una verdad.

Jaime Gil de Biedma
Poema titulado “Fe del Alba”
 del libro “Retrato del Artista”


El volumen del libro “Las personas del verbo” comprende los libros Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968) y se completa con un apéndice con los Versos a Carlos Barral por su poema Las aguas reiteradas, que incluye seis poemas dedicados a su amigo.

La mayor novedad de esta reedición es el prólogo de James Valender, algo más de 30 páginas que constituyen un intenso e indispensable análisis de la poesía de Gil de Biedma, un poeta esencial en la literatura española de los últimos cuarenta años. Hay además en ese estudio introductorio una visión global de la evolución armónica e integrada de los tres libros que constituyen Las personas del verbo y una explicación contundente de las razones que le llevaron a dejar de escribir poesía después de los cuarenta años.

“En el campo de la reflexión ética – señala Valender en su prólogo- su actitud difícilmente podría ser más trangresora. De hecho, junto con Cernuda, y siguiendo la tradición crítica de figuras como Baudelaire, Nietzsche y Proust, el autor de Poemas póstumos es uno de los grandes moralistas que ha tenido la lírica española moderna: sus implacables indagaciones en la conducta humana, sus despiadadas exploraciones del trato que cada quien establece consigo mismo y con los demás, permiten muy pocas ilusiones al respecto, al revelar un panorama de egoísmo, de inconsciencia y de hipocresía del todo desolador.”

La búsqueda del tono, de una voz propia, le plantea un reto a Gil de Biedma. Su preocupación poética es conseguir una modulación expresiva en la que se reconcilien el lenguaje hablado y el lenguaje poético y para ello tuvo muy presentes los modelos de la poesía moderna francesa, de Gérard de Nerval a Baudelaire, y de la lírica inglesa de Wordsworth, Browning, Yeats, Eliot o Auden.

Browning o Tennysson, y después Pessoa, Eliot o Borges crearon personajes para atribuirles otra vida, para explorar otras dimensiones de lo humano. Gil de Biedma tuvo bastante con ese complejo personaje que se llamaba Jaime Gil de Biedma, con el que practica un juego de espejos, de ironía y de máscaras. Eso explica – para empezar- el título que el autor elige para su obra. Esas personas que viven en el poema y a las que se refería al sesgo en su conocida declaración: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.”

Al integrarse en esa tradición, que es en gran medida también la de Luis Cernuda, el autor de Las personas del verbo se suma a la llamada poesía de la experiencia, entendida no como mera imitación de la realidad, sino como el simulacro de una experiencia.

Hay un artículo de Gil de Biedma, “Como en sí mismo al fin”, que está recogido en El pie de la letra, su volumen de ensayos, y que debería figurar como prólogo o epílogo de cualquier edición de su poesía. Allí se pueden leer estas líneas:

“Un poema moderno no consiste en una imitación de la realidad o de un sistema de ideas acerca de la realidad – lo que los clásicos llamaban una imitación de la naturaleza-, sino en el simulacro de una experiencia real.”

“Lo que pasa en un poema- declaraba Gil de Biedma en una entrevista – jamás le ha pasado a uno. Como decía Auden, los poemas son anteproyectos verbales de vida personal.”

De algo parecido hablaba Miguel J. Flys cuando se refería a la biografía espiritual adulterada de Cernuda en la primera edición de La realidad y el deseo.

Y como en Cernuda, encontrar una voz personal es sobre todo cuestión de tono. Encontrar ese tono, modular la voz que habla en el poema es, junto con el desarrollo rítmico de su unidad melódica, la clave de un buen texto poético.

Y esa es también una clave esencial para ver su evolución: la búsqueda y el desarrollo de esa tonalidad. Si Compañeros de viaje es la historia de una despertar, el viaje a la madurez vital, Moralidades representa su madurez poética, el logro de ese tono que se proyecta en Poemas póstumos sobre la conciencia del tiempo y la pérdida de la juventud.

A partir de ese momento muere el personaje, es decir, calla el poeta. Ahora, veinticinco años después de que Gil de Biedma dejara de escribir, se reedita este libro fundamental en el que se siguen mirando muchos lectores y muchos poetas jóvenes.

Autor del texto Santos Domínguez

Intento eternizar lo huidizo

… lo decía Peter Handke en su «Poema a la Duración»

Era el año 1991 cuando conocí su obra. Desde entonces lo leo de vez en cuando porque me mantiene en esa duración que es la vida como un despertar. Se dijo entonces en su presentación (El País Año VII, Nº 305) que se trataba de una poesía meditativa, reflexiva, que razona y celebra al mismo tiempo, de lenguaje sobrio, nada aparatoso, nada especialmente lírico, y que busca explicar desde varios ángulos el contenido y el sentido de una experiencia singular y profunda.

El que no ha sabido lo que es la duración es que no ha vivido —dice en el prólogo del libro Eustaquio Barjau quien también se ha ocupado de la traducción—. La felicidad no es algo que pueda venirnos de la voluntad, es muchas veces algo que está muy cerca y de lo que pasamos de largo por no haberlo advertido, una gracia imprevisible, huidiza; algo a lo que solo cabe responder con una actitud y un modo de vida que pueda favorecer su llegada. Dice él mismo: El Poema a la duración es una obra que puede —no se sabe si pretende— producir un efecto saludable en un lector atento y empático. En definitiva una de las posibles funciones de la literatura.

Algunos versos… al azar:

Quería meter la cabeza en la hélice del barco,
del mismo modo como una vez quise meter la cabeza
por el cristal de la ventana de un mirador;
de esta forma quería apartarme de la belleza,
de la tierra, del paraíso,
de la ciudad santa, del amor engañoso.
Y este estado no pasó.
El resto del viaje seguí estando ausente,
con los ojos abiertos de par en par, de tristeza;
el corazón, un tic-tac de debilidad maligna,
un espíritu de vida, como tantas veces, trabajando,
en mi rincón cotidiano,
inclinado sobre las palabras,
las denominaciones originarias,
las protopalabras del hijo del hombre;
«la Tierra, la madre total», «la sonrisa innumerable de las olas del mar»,…

***

Una vez más lo he sabido
el éxtasis es siempre demasiado.

***

La Duración no está vinculada al amor de los sexos.
Puede de la misma manera,
envolverte en el amor que ofreces ininterrumpidamente a un hijo;
y allí no necesariamente en las caricias,
pasándole la mano por la cara, besándolo,
sino, una vez más,
solo dando un rodeo por las cosas que no tienen importancia.

***

La duración no desplaza,
me coloca donde debo estar,
Saliendo de la luz del foco del diario acontecer,
huyo decidido al incierto campo de la duración.

Ocurre la duración
cuando en el niño,
que ya no es un niño
—tal vez ya un anciano—,
reencuentro los ojos del niño.

La duración no está nunca en la piedra imperecedera
de tiempos remotos,
sino en lo temporal,
en lo maleable.

Lágrimas de la duración, ¡tan poco frecuentes!
lágrimas de alegría…

***

Concluyo con unos versos que hice míos a lo largo de mi vida cuando, en varias ocasiones, he tenido que volver a empezar en destinos distintos.

Y, al fin
Feliz aquel que tiene sus lugares de duración;

ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño,
sin perspectivas de volver a su mundo,
nadie a quien han expulsado del paraíso*

Peter Handke 

(*) también referido a «su patria»

La mitad de mí

Lo malo de sobrevivir es que consiste en perder tanto como ganas. Lo malo de ir avanzando es todo lo que dejas atrás. Llegas a cualquier parte y el sitio del que saliste empieza a parecerte mentira.

Separarse de algo es como partirse por la mitad, te convierte en dos personas diferentes, una que se queda con su propia historia, con los los recuerdos; tuvo amigos y quizás  enemigos, escribió algún libro, viajó bastante por ciudades de otro tiempo, estuvo a punto de morir dos veces, alguna tarde conoció a Lou Reed…

Y la otra parte que no tiene nada, pero que se ha quedado con su nombre, con sus libros, con su casa, con sus dudas…

Y ya vale para empezar de cero y no querer ser la parte de nada.

Quizás escriba alguna vez sobre algo que la otra parte dijo que soñó una noche: estaba en un lugar desconocido y había una tormenta de nieve: la vio caer durante horas, tal vez durante años; la vio tomar las calles y los tejados, acumularse poco a poco sobre sí misma; al fin salió el sol y al deshacerse la nieve apareció debajo una ciudad distinta, un mundo nuevo, más limpio, idéntico a un poema sin tachaduras o a un cuerpo sin cicatrices…

variaciones sobre texto de Benjamín Prado
Escultura Chillida


Fruta madura

frutasbella-del-senor

La fruta madura es más jugosa y tiene más aroma que en agraz,
el vino envejecido más matices y más intensidad,
la cadencia es el alma del poema,
La palabra decadencia invita a aferrar la mano amiga,
al abrazo apretado, a una pasión de otoño,
a apurar el jarro de la vida hasta quedar ahítos,
exahustos de belleza,
sin sed de más vivir.

Autor Gervasio Alegría


Belleza y Decadencia

¿Es posible que coexistan belleza y decadencia?.

Pienso mientras voy recogiendo del suelo pequeños pétalos de estas flores, casi marchitas.

¿Qué encuentro en ellas que me hacen dejarlo todo y buscar mi nikon para dedicarles unos minutos antes de que vuelvan a la tierra que un día dio vida a su belleza…?

No busco nada, solo observo, ellas me hablan. Algo quieren decirme antes de entregarse a los brazos de la muerte. ¿Qué fue de sus jugosos labios rosados, de su intensa mirada azul, del verde esperanza de sus ropajes? Respeto su momento; su duelo. Respeto el duelo de su estética; sus venas arrugadas, su carmín descolorido, las ocres puntillas rematando sus galas de ceremonia, sin transparencias.  Respeto el gris destello de sus incertidumbres, su débil respiración entrecortada, sus vagos movimientos rozándose en silencios  trascendentes… Su mirada opaca evocando lo efímero, la fugacidad de todo…

Pero no existe deterioro en sus almas.
Viven el capricho de una nueva realidad, más sutil, más delicada, más despaciosa…

Schopenhauer defendía que en la contemplación estética el sujeto, frente al espectáculo que tiene ante sí, puede escaparse un momento de los sufrimientos de su existencia.

Y termino con una frase que recuerdo de un artículo de Tania Marrero:

«La decadencia solo es el epílogo de la contemplación de la belleza sublime.»


@mjberistain


Los corazones recios

Reseña de FRANCISCO J. CASTAÑON en la web TODO LITERATURA


Los corazones recios
«
 es el título del poemario más reciente del escritor Antonio Daganzo, publicado bajo el sello de Ediciones Vitruvio. Un nuevo libro que viene a consolidar la reconocida trayectoria poética de una de las voces más interesantes y originales de nuestra poesía contemporánea. De esta forma, Los corazones recios se une a libros como Que en limpidez se encuentreMientras viva el dolienteLlamarse por encima de la noche o Juventud todavía. Un elenco de poemarios que han venido recibiendo una excelente acogida por parte del público lector y la crítica.

Dos citas, una de Juan Ramón Jiménez y otra de Jorge Guillén, hacen las veces de pórtico de un libro que comienza con los espléndidos versos del poema Los corazones recios, donde hallamos varias ideas que merecen ser destacadas. Por un lado, estamos ante un canto a la siempre ardua existencia: …‘vivir a sangre limpia y ancha, / ser árbol del valor pese a las ramas muertas, / pese al cuajado viento / de la duda.’ Por otro, desvela una creencia firme en el amor como respuesta vital de esos ‘recios corazones’ de los que ‘la vida se enardece’. Un elevado sentir para afrontar el mundo que nos circunda: ‘Y por amor tan solo / -y por amor tan alto- / vibra este aliento aún.’

Las páginas de este nuevo libro de Daganzo poseen una gran riqueza temática: la búsqueda del ser humano, el misterio de la vida, la recuperación de los ancestros del poeta, el desarraigo de la gran ciudad, el arte, el amor, los ámbitos propicios, el alcance de lo chileno en el devenir del poeta… y la música, sobre todo la música. No debemos olvidar que este escritor, además de poeta y novelista, es musicógrafo y autor del imprescindible ensayo musical Clásicos a contratiempo.

Antonio Daganzo nos convoca así, en el poema Felicidad, a exaltar ese difícil vivir que tiene fecha de caducidad, ‘a la dicha de sabernos efímeros’. También va a hablarnos de sí mismo, visto en el presente desde un ayer cercano: ‘Ved a ese hombre que recuerdo / tan solo entre las gentes, / tan lejos del amor aunque creyese mirarlo / a diez zancadas, /…’. Para anotar más tarde: ‘Ahora ved que soy yo quien ha abierto los ojos,’.

La palabra poética es en estos versos búsqueda y memoria. En este sentido, poemas como Alborada o Castro de Baroña recuperan la ascendencia gallega del poeta. Señas de identidad que Daganzo no desea arrinconar: ‘Raigambre: soy gallego, vuelvo siempre, vivo.’, escribe al principio del poema, y unos versos después continúa: ‘Ancestros, ancestros ya invisibles, vuelvo siempre: / vibra Galicia en mí como alborada’. En el segundo poema, incorpora al discurso poético resonancias aún más lejanas: ‘En mi sueño hay unos celtas aguerridos / que sólo al mar se entregan.’

Por otro lado, la música, como tema y trasfondo, se revela en esta obra como un eje fundamental en torno al cual giran diversos poemas. En el titulado Todavía Chaikovski surge el célebre maestro ruso con su ‘Ortografía del relámpago en lo oscuro’, y en De Francis para Isaac el poeta rinde tributo a ese gran compositor que fue Albéniz, creador para el poeta de ‘la música imposible de mi vida, / la que tú fecundaste en los pianos / y nacerá del aire’.

Entre estos poemas de temática musical destaca Suite ingenua, escrito como homenaje al compositor Antonio José Martínez Palacios, cuya vida pronto se vio truncada durante la Guerra Civil al ser fusilado en octubre de 1936. Una figura fundamental de la música española que Daganzo recupera en este poema, como ha hecho en su reciente artículo El mozo de mulas, por fin: un hito en la recuperación del legado de Antonio José. En el poema dedicado al músico burgalés hallamos dolor en numerosos versos: ‘Amigo, llegan ya, / que han venido a buscarte envidia, infamia y odio / de fácil madrugada,’. Aunque atisbamos un resquicio de esperanza que llega con ‘la danza que suena ágil, / traviesa incluso, / última y breve como el adiós de un pájaro / (…) para encontrar el alba que tú le has entregado, / Antonio invicto’.

La música aparece igualmente en poemas como El director de orquestaMúsica y tacto o Pequeña historia de la palabra y la música, donde podemos leer versos hilvanados con maestría: ‘Canta en la noche ahora la palabra, / cuando todo reposa, / y no cesa su asombro por tan cierta pasión’. Junto a la música hacen también acto de presencia la danza y el baile, ‘cuando la pasión no es fuerza sino música’ (del poema Bailar la noche).

Asimismo, quiero referirme a un sobresaliente poema que tiene un significado primordial en este libro, Panorama del ardor. Quizá esté aquí la esencia de esos corazones recios a los que canta Daganzo, corazones que ‘han aprendido a amar / después de odiar, tras el temer, con el dolor’. Han aprendido a amar, sí, ‘…al límite del verbo, áspero, / mordaz como niebla sin su aire’ o ‘sobre los torpes surcos abiertos por las lágrimas / en el valor de amar’; esos corazones recios que ‘…en derredor admiran / cuanto quema’.

En este poemario tienen su lugar varios poemas donde el poeta evoca su vínculo con Chile. De este modo, en Mañana en Valdivia leemos: ‘Valdivia transigente / mojada hasta las nubes pero fácil, / navegable de vientos saturados al bies.’ Y en el poema Palta reina escribe: ‘Chilena está mi boca de pensarte.’

El libro es, sin duda, una unidad más allá de la variedad de temas que emergen en los diferentes poemas. Sus versos, compuestos con un léxico escogido, poseen el ritmo interno y la musicalidad precisa. Quehacer poético que en ocasiones toma forma desde el propio bagaje cultural del poeta. Una escultura de la artista francesa Camille Claudel, otra del rumano Constantin Brancusi, un cuadro del pintor francés Nicolás Poussin, el personaje Antoine Doinel del cineasta François Truffaut o la Santa Capilla de París son el origen de diversos poemas que leemos con agrado en este libro.

En otra línea diferente, el libro contiene poemas deliciosos como Función de títeres, donde la magia del pequeño teatro para niños y adultos se cuela en versos como ‘Sencillos y joviales, / promesa de la risa con los ojos, / sus días tan veraces de colores sin pausa / precipitan / el sol de la ternura, / que es paz de los ingenios.’

Una cita de Vicente Aleixandre encabeza el último poema de Los corazones recios, titulado La sangre sabia. Un poema excelente. Versos que brotan de lo vivido, para configurar un discurso poético lleno de fuerza expresiva. Versos que conmueven y aportan, como tantos otros en este libro, una idea sobre la existencia que puede sucumbir, como escribe el autor, hasta ‘Vivirme derrotado: / que no hay alternativa para el alma / que vive sin amor / y se cree amante’ o descubrir ‘…la piel del entusiasmo’, cuando se admite el enigma y ‘la imperfección sublime / de sabernos efímeros en el destino vasto’.

A modo de epílogo, los versos finales de este poema y del libro son, en cualquier caso, una promesa colmada de tenaz e inquebrantable aliento: ‘Como un verso a su lumbre / avanzo decidido: / mi recio corazón canta por todos’. Para concluir, cabe apuntar que adentrarnos en estos Corazones recios de Antonio Daganzo supone experimentar una poesía elaborada con brillantez, que mantiene intacta la capacidad de sorprender.

Nota: Enlace de poemas de Antonio Daganzo del Blog de otro gran Poeta David Minayo.


Teoría del cangrejo

La escritura de Julio Cortázar se repliega sobre sí misma, se replantea continuamente,
se corta bruscamente y se pone en duda en este breve relato.

Teoría del cangrejo, un cuento de Julio Cortázar

Habían levantado la casa en el límite de la selva, orientada al sur para evitar que la humedad de los vientos de marzo se sumara al calor que apenas mitigaba la sombra de los árboles.

Cuando Winnie llegaba

Dejó el párrafo en suspenso, apartó la máquina de escribir y encendió la pipa. Winnie. El problema, como siempre, era Winnie. Apenas se ocupaba de ella la fluidez se coagulaba en una especie de

Suspirando, borró en una especie de, porque detestaba las facilidades del idioma, y pensó que ya no podría seguir trabajando hasta después de cenar; pronto llegarían los niños de la escuela y habría que ocuparse de los baños, de prepararles la comida y ayudarlos en sus

¿Por qué en mitad de una enumeración tan sencilla había como un agujero, una imposibilidad de seguir? Le resultaba incomprensible, puesto que había escrito pasajes mucho más arduos que se armaban sin ningún esfuerzo, como si de alguna manera estuvieran ya preparados para incidir en el lenguaje. Por supuesto, en esos casos lo mejor era

Tirando el lápiz, se dijo que todo se volvía demasiado abstracto; los por supuesto y los en esos casos, la vieja tendencia a huir de situaciones definidas. Tenía la impresión de alejarse cada vez más de las fuentes, de organizar puzzles de palabras que a su vez

Cerró bruscamente el cuaderno y salió a la veranda.

Imposible dejar esa palabra, veranda.


Sentir que alguna vez, Cortázar pudiera sufrir estas cosas… y que compartiera la sensación y el sentimiento.

(Me ayuda…)