ANDRÉ GIDE

«Escribo poesía porque no escribo un Diario», contesté cuando me preguntaron por qué escribía. MJB

Rescato de Babelia la voz de una de las mujeres que se dedica a la investigación, estudio y divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

Del texto de ANNA CABALLÉ escritora, crítica literaria y profesora universitaria española. Su línea de investigación es el estudio y la divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

ANDRÉ GIDE FUE NOVELISTA, POETA, VIAJERO Y PREMIO NOBEL (1947) LA OBRA DE SU VIDA FUE SU MONUMENTAL DIARIO ÍNTIMO

André Gide logró dejar una huella imborrable en la literatura autobiográfica del siglo XX. En España, nombres como Jaime Gilde Biedma, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Terenci Moix fueron deudores de su obra, en la que alternó la crónica política del tiempo convulso que le tocó vivir con la exposición de sus dilemas mas íntimos. Gide reflejó en su escritura el conflicto entre deber y placer, “Lejos de negar o de ocultar su uranismo, lo declara, y casi podría decirse que se jacta de él. Dice que las mujeres nunca le han gustado más que espiritualmente, y que solo ha conocido el amor con los hombres”

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André Gide (1869-1951) tiene 18 años y está en clase de retórica en París, en la Escuela Alsaciana. Lleva un diario desde el 4 de octubre (1887). Es su primer cuaderno. Meses después mantiene una importante conversación con un compañero de clase que, como él, siente con intensidad su vocación literaria. Se llama Pierre Louis. Los dos jóvenes intercambian confidencias sobre sus respectivos proyectos y Louis le lee algunos pasajes de su diario. Gide queda vivamente impresionado y se reprochará no haberse tomado con la debida seriedad su vocación: “Ayer noche vi a Louis y me dio vergüenza. Tiene el valor de escribir y yo no me atrevo. ¿Qué es lo que me falta? Y, sin embargo, cuántas cosas bullen en mí y reclaman cristalizar en el papel. ¡Tengo miedo! Tengo miedo de que al poner por escrito la frágil y fugaz idea la eche a perder, le dé la rigidez de la muerte, como esas mariposas a las que se extienden las alas sobre la mesa y que solo son bellas cuando vuelan” (15 de mayo de 1888). Louis también dará cuenta de la conversación con Gide en su diario y ahora disponemos de la oportunidad de conocer los dos ecos generados por un mismo encuentro. Pero es que el diario de Gide es uno de los casos más fantásticos que se conocen en relación con los estudios sobre el género, pues una amiga suya, Maria Van Rysselberghe (la Petite Dame), tomaría la decisión en 1918 de llevar un diario paralelo al del autor de El inmoralista y lo mantuvo hasta la muerte del escritor, en 1951, asumiendo el papel de un Eckermann frente a Goethe. La función de sus cuadernos queda definida en una anotación de1927: “He emprendido estas anotaciones con la idea de que puedan servir de fuente, de referencia, de testimonio a aquellos que un día quieran escribir la verdadera historia de André Gide”. Es decir, que el Diario del escritor se convierte en el centro generador de una pléyade de otros diarios Charles du Bos, Martin du Gard, Eugène Dabit, Pierre Herbart, Louis Guilloux…— en los que resuena tanto su voz autorial como su influencia. Incluso la que en 1895 sería su esposa, Madeleine Rondeaux, llevó un diario en su adolescencia donde aparece su primo, del que estaba profundamente enamorada. Cuántas veces la realidad va más allá de la ficción y es más interesante, pues esa sinergia creada en torno al diario gideano realiza espontáneamente, como señala Philippe Lejeune en Un journal à soi, el sistema del “punto de vista múltiple” que se halla en el centro narrativo no solo de su obra más reconocida, Los monederos falsos (1925), sino de muchos otros ejercicios narrativos: anteriormente, por ejemplo, había remodelado su diario de adolescencia atribuyéndoselo a su héroe y alter ego en los Cahiers d’André Walter (1891). Es decir, estamos ante un caso verdaderamente prodigioso de irradiación del diario gideano; uno de los esfuerzos más completos que han podido tentar a un hombre para comprenderse a sí mismo y explicarse ante los demás. Una simple muestra de su vasta influencia nos la proporcionan poetas como Carlos Barral y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma, ambos autores de sendos diarios escritos bajo su modelo e inspiración, por no hablar de Juan Goytisolo o Terenci Moix. Soy una entusiasta defensora de las ediciones íntegras de los diarios, aunque tengan miles de páginas (casi diría que mejor). Es la única manera de hacerse con el verdadero ritmo de una práctica caracterizada por la reflexividad. La única manera de ahondar en la frecuencia, los hábitos, el ritmo, la modulación de los temas que van surgiendo y las constantes que vertebran la escritura. Nada mas fluctuante que el ritmo de un diario, sometido a todas las variaciones de la vida cotidiana: la única manera de poder apreciarlo es dejarse llevar por sus ondulaciones, sus reiteraciones, sus caídas de ánimo, los éxtasis, las incertidumbres. “No vale la pena escribir el diario cada día, cada año; lo que importa es que en determinado periodo de la vida sea muy preciso y escrupuloso. Si he dejado de escribirlo durante largo tiempo es porque mis emociones se estaban volviendo demasiado complicadas” (3 de junio de 1893). Complicación para Gide significa riesgo de caer en una excesiva elaboración de sus sentimientos y, por tanto, falta de autenticidad. El que fue poeta de la vida y de la energía se interrogará siempre sobre la sinceridad de su escritura. Y es que la máquina gideana no conoce el reposo, la satisfacción, la tranquila explotación de los logros. De modo que su diario todo lo admite, todos los temas y vivencias caben en él, porque a todo estaba abierta su mente: “Recurro a este cuaderno para aprender a exigirme más”. En el caso de Gide, basta leerle para que nos guíe hasta el fondo de lo que nos dice, —al no distinguir entre la vida y la obra, concibe esta última como “la vida de la vida”— se libra a la entrega moral de ser quien es hasta las últimas consecuencias. Además de sus muchas lecturas y viajes —incluidos los que hizo al Congo y a la URSS para terminar denunciando el colonialismo y el estalinismo—, de sus encuentros con figuras como Oscar Wilde o Marcel Proust, su amistad con Paul Valéry y Francis Jammes, y su papel al frente de La Nouvelle Revue Française, cruzando su Diario de punta a cabo descubrimos el conflicto que le condujo a convertirse en un pensador sobre la moral recibida y en un escritor implacable consigo mismo: la vivencia de la (homo) sexualidad. Educado bajo la férula de su madre, la adinerada Julie Rondeaux, una mujer inteligente, suprema gobernanta de todo lo que ocurría en la casa familiar y acostumbrada a regirse por el principio del deber, Gide recibirá una educación basada en el aprendizaje de la sumisión. Del acatamiento a las normas exigidas por el conformismo burgués y que su madre representa como nadie. Negro sobre blanco: en este contexto de excelso puritanismo, el sexo es pecado, la carne es impura por naturaleza y la ley cristiana impone considerar el cuerpo como un saco de inmundicia. He aquí el drama íntimo de Gide: si no quiere perder el amor de su reverenciada madre, debe odiar tanto su cuerpo como la voluptuosidad que muy tempranamente anida en él. O bien debe aprender a mentir, a disimular, a enfrentarse a la pena negra que siempre causa lo que sabemos que debemos ocultar a los demás. Principio del deber vs. instinto del placer. Tanto en un caso como en el otro, Gide es o se ve culpable, es decir, un traidor a la gran causa familiar y de clase.

El largo ejercicio de desdoblamiento del yo que cruza su escritura le conducirá en un primer momento a una solución de compromiso por la que se siente feliz: deseo y amor, se dirá, son dimensiones distintas, mientras el primero aspira a la consumación, el segundo busca la duración. El deseo le conducirá a los brazos de jóvenes con los que experimentará la alegría del encuentro; el amor se lo garantiza el matrimonio contraído con su prima Madeleine Rondeaux, una especie de ancla antela lava ardiente de su pasión. Esta es la teoría. En la práctica, la esperada comunión espiritual absoluta con su esposa —un matrimonio nunca consumado—exigiría enormes sacrificios y frustraciones por ambas partes. Exigiría el silencio. El hombre capaz de librarse a la aventura y a la franqueza de la amistad con una audacia inaudita, expuesta en «Si la semilla no muere», es el mismo que practicará la diplomacia, la censura y la prudencia con su esposa —lo define como una “mutilación impía”—. Ambos sufren y callan, aunque Gide hará de su nomadismo el reverso de la frustración conyugal: “Solo deseo viajar”.

Consecuencia de la explosión diarística en Francia en torno a 1880, en algunos escritores germinaría la idea de escribir un diario y publicarlo “en caliente” (el caso paradigmático es el de Léon Bloy), convirtiéndose en cierto modo aquella escritura privada en una obra literaria. Indudablemente supuso una actitud moderna que conllevaría, sin embargo, un cambio estructural —una obra se construye, dispone de comienzo y cierre, tiene en cuenta el horizonte de lectura de su tiempo, mientras que un diario se acumula y puede no contemplarlo en absoluto—. Gide no pudo resistirse a la posibilidad de publicar sus cuadernos en vida, porque le permitía proyectar su voz en otro registro, aumentando la potencia de la polifonía literaria que constituye toda su obra y, en definitiva, seguir experimentando. De modo que en 1939 el Diario se publicaba, cuidadosamente censurado, en La Pléiade. Fue necesario un añadido póstumo en 1954, pero aquella edición contenía deturpaciones textuales de todo tipo. La edición de Debolsillo nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en aquel proyecto existencial que para el gran moralista francés fue explicarse y explicar a los demás las muchas contradicciones de su vida.

Ver el texto completo en la publicación de ANNA CABALLÉ en Babelia, El País. marzo 2021

 


Mi vida querida

Extracto de su biografía (wikipedia)

Mi vida querida es el libro que he leído estos últimos días. Se trata de un conjunto de cuentos escritos por la merecedora del Nobel de Literatura de 2013 Alice Munro.

¿Qué puedo decir yo que no esté ya recogido en artículos, críticas y entrevistas sobre ella y su obra?


¿Bastan un beso robado, un salto desde un tren en marcha, la sombra de una mujer que me rodea alrededor de una casa, una borrachera de media tarde o las preguntas arriesgadas de una niña para conformar un mundo que se baste a sí mismo y cuente la vida entera? Si quien escribe es Alice Munro un simple adjetivo sirve para cruzar las fronteras de la anécdota y colocarnos en el lugar donde nacen los sentimientos y las emociones. La gran autora canadiense nos sorprende de nuevo con Mi vida querida, una colección de cuentos donde vemos a hombres y mujeres obligados a traficar con la vida sin más recursos que su humanidad. Comienzos, finales, virajes del destino… y de repente, cuando creíamos que el relato llegaría a su obvia conclusión, Munro nos invita a dar otra vuelta de tuerca que cambia el fluir de los acontecimientos y emociona al lector, mostrando hasta qué punto esa vida cotidiana que tanto nos cansa puede llegar a ser extraordinaria. Cierran el volumen unas páginas que Munro dedica a su propia vida, unas notas espléndidas donde lo personal se funde con la ficción, pues, en palabras de la misma autora «la autobiografía vive en la forma, más que en el contenido.» La lectura que piden los cuentos de Mi vida querida no es la de la prosa sino la de la poesía… una revelación de algo que no se agota porque está en las palabras y un poco más allá de ellas.

Antonio Muñoz Molina


ALICE ANN MUNRO (1931) es una narradora canadiense, sobre todo de relatos. Está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa.

Entre su obra, iniciada de muy joven (1950) encontramos cuentos, recopilaciones de relatos, y novelas: Dance of the Happy Shades (1968), Las vidas de las mujeres (1971), y los relatos entrelazados Something I’ve Been Meaning to Tell You (1974). The Beggar Maid (1978), Las lunas de Júpiter, El progreso del amor (1986), Amistad de juventud y Secretos a voces (1994).

Empezó a ser conocida definitivamente en el siglo XXI, con los relatos de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) y luego con los de Escapada (2004), que facilitaron la recuperación de su obra precedente. Se había mantenido hasta entonces como una escritora algo secreta, pero muy reconocida por algunos.

En La vista desde Castle Rock, 2006, Munro hizo un balance de la historia remota de su familia, en parte escocesa, emigrada al Canadá, y describió ampliamente las dificultades de sus padres. Su libro se alejaba un punto de su modo expresivo anterior. Por entonces, habló de retirarse, pero la publicación del excelente Demasiada felicidad (nuevos cuentos, aparecidos en 2009), lo desmintió.

Dear Life (Mi vida querida) fue publicado en 2012. Son cuentos más despojados y más centrados en el pretérito. En su última sección se detiene en un puñado de recuerdos personales, que pueden verse como una especie de confesión definitiva de la autora, pues son «las primeras y últimas cosas -también las más fieles- que tengo que decir sobre mi propia vida».

Munro ha reconocido el influjo inicial de grandes escritoras —Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor, Carson McCullers o Eudora Welty—, así como de dos narradores: James Agee y especialmente William Maxwell. Sus relatos breves se centran en las relaciones humanas analizadas a través de la lente de la vida cotidiana. Por esto, y por su alta calidad, ha sido llamada «la Chéjov (1) canadiense».

Fue entrevistada extensamente por The Paris Review, en 1994.


(1) Antón Pávlovich Chéjov fue un médico, escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente Realista Psicológica, fue maestro del relato corto, siendo considerado como uno de los más importantes escritores de cuentos de la historia de la Literatura.

Polvo enamorado (JLSampedro)

José Luis Sampedro Sáez ​​​ (1917-2013) fue un escritor, humanista y economista español que abogó por una economía «más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos».

Artículo de Luz Sánchez-Mellado

José Luis Sampedro ha logrado la que fue, quizá, su mayor ambición en los últimos años de su vida: “Morir dulcemente, como muere un río en el mar”. Hace dos años, ya notaba en sus labios resecos el saborcillo acre de la sal. No le amargaba esa certeza. No tenía miedo, en absoluto. Tampoco prisa ninguna. Se dejaba morir día a día viviendo intensamente su último amor con su esposa, la filósofa Olga Lucas, 30 años más joven. Disfrutando como un chiquillo de su idilio con los jóvenes a los que animó a rebelarse. Y sufriendo en privado las servidumbres de su vejez con un estoicismo y un humor a prueba de sus más íntimas calamidades. “Míreme usted: estoy hecho un despojo”, bromeaba a medias, “pero mientras me rija la cabeza y pueda ir al baño solo, aquí estoy, tan campante”.

Cierto era. Nunca he visto a nadie más frágil ni más fuerte. Las cataratas que nublaban sus ojos no le cegaban al sufrimiento ajeno. La sordera no le impedía oír el pulso de la calle y los aldabonazos de su conciencia. Su declive físico no era óbice para amar la vida como un adolescente. Ese amor, esa alegría y esa compasión por el prójimo que le acompañaron durante toda su vida, no le habrán abandonado, seguro, hasta su último aliento. “¿Por qué voy a estar triste, si estamos rodeados de milagros?”, contestó a la estúpida pregunta de si no le daba pena la partida. “Piense en un huevo. Un gran invento sin técnica, sin científicos, sin nada. El huevo es una maravilla”. A ver quién era el guapo que le llevaba la contraria.

Nos recibió en su apartamento alquilado frente a la playa de Mijas, en la costa de Málaga. El mar y la luz se colaban hasta la cocina. Estaba escribiendo algo, a mano, el folio sobre una tabilla, de espaldas frente a la ventana y, al levantarse, se alzó ante nosotros un gigante místico. Una calavera animada por el aura de sus cuatro pelos blancos y el fulgor de sus ojos azulísimos. Puro hueso y espíritu. Pero espíritu enamorado. Fue lo primero que quiso decir. Pregonar su devoción a su esposa —“mis ojos, mis oídos, mis manos. Por ella vivo; sin ella, estaría muerto”—, con la que acababa de escribir Cuarteto para un solista (Plaza y Janés, 2011), una especie de testamento de su visión del mundo, del hombre y de la vida.

Luego nos embarcamos en una conversación río. Se le preguntara lo que se le preguntase, volvía por meandros inverosímiles a la esencia de su pensamiento. Somos naturaleza. Estamos jugando con fuego. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe. Entre su sordera y su verborrea y mi torpeza y mis nervios, creí, ilusa y soberbia, que tendríamos que repetir el encuentro para poder entender aquel torrente. Cuánta ignorancia. Al oír la grabación, ahí estaba todo. Todo Sampedro. Un tesoro sencillo, compacto, brillante sin estridencias, como el acero viejo.

Al despedirnos, en el rellano de su puerta bautizado por él como “calle de la República”, escogió, entre todos, el ascensor como el mejor invento del siglo XX. Y del XXI. Quizá porque las escaleras de su casa le impedían bajar más a menudo de lo que quería a la arena de la playa que veía desde su ventana. Se conformaba, decía, con ver a los gorriones picar las migas del chiringuito. Así se consideraba. Un ave de paso. Un río que siempre es el mismo y siempre es distinto. Su única ambición, nos dijo, era morirse sin molestar a nadie. Así ha sido. Nos enteramos ayer de su muerte cuando Sampedro ya era polvo. Pero polvo enamorado.


Autora: Luz Sánchez-Mellado, reportera, entrevistadora y columnista, es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Autora de ‘Ciudadano Cortés’ y ‘Estereotipas’ (Plaza y Janés), centra su interés en la trastienda de las tendencias sociales, culturales y políticas y el acercamiento a sus protagonistas.

Por qué leer Ulises

La literatura no es un entretenimiento, sino una experiencia. Pisar la cima de la obra de Joyce nos permite contemplar los abismos sobre los que están suspendidas nuestras vidas

Rafael Narbona

Un 2 de febrero de 1922 se publicó Ulises, una de las cumbres más inaccesibles de la historia de la literatura. Cabe preguntarse si hay razones que justifiquen el penoso esfuerzo de escalar por sus páginas, sorteando misteriosas analogías, aberraciones semánticas y sintácticas, premeditadas negligencias, ironías maliciosas, y, sobre todo, avalanchas de palabras perversamente entrelazadas o discontinuadas. ¿Es Ulises «una idiotez» que provee a los críticos de los enigmas necesarios para perorar sin descanso, como llegó a decir Borges en una conversación privada con Bioy Casares, o un feliz laberinto gracias al cual comprendemos que somos lenguaje, logos, dialéctica, juego, palabra que se expande y se contrae, interrogándose sin fin sobre sus límites y posibilidades?

Ulises es una idiotez, si por tal entendemos los arrebatos de extraña y gélida lucidez de esos idiotas («fools«) de las tragedias de Shakespeare. Los idiotas del dramaturgo inglés explican la realidad desde la perspectiva de una mente enredada en paradojas, antítesis, paralogismos y delirios. Su clarividencia brota de su capacidad de fracturar la razón. Podemos decir algo similar de Ulisesuna pirueta irreverente contra los ídolos del pensamiento lógico. Frente a la noción de causa, Joyce opone el imperio del azar. Frente al principio de identidad individual, las máscaras sucesivas por las que transita el ser humano. Frente al tiempo lineal, la circularidad infinita, que destruye las distinciones entre pasado, presente y futuro.

Ulises es un laberinto. Logra una y otra vez que nos perdamos en sus meandros, pero cada extravío constituye un hallazgo, casi una teofanía sobre el poder del lenguaje para crear sentido y a la vez destruirlo con ferocidad. Creo que ningún escritor ha usurpado el lugar de Dios de una forma tan perfecta, pues Joyce primero nos muestra el Edén, con las palabras desprendiendo luz, y luego nos expulsa de él, arrebatando al lenguaje su poder clarificador. Nos deja entrever el paraíso de lo inteligible, una ficción que solo existe como ideal, y después nos sumerge en lo ininteligible, lo verdaderamente real.

‘Ulises’ no es solo lenguaje. También es historia y una epifanía

No es una simple reflexión filosófica, que invierte el significado del mito platónico de la caverna, sino una profecía: la cultura occidental se aproxima a su ocaso y el arte solo puede certificar ese desenlace. Ya no se puede afirmar que el papel del arte es conocer y expresar la verdad, pues la verdad es un espejismo, un fetiche podrido. Así lo entiende Joyce tras la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. Aunque vivió la contienda desde su exilio en Suiza y cuando le preguntaron por ella respondió con aparente desinterés («sí, algo he oído»), Ulises es un despiadado retrato de la decadencia de un continente incapaz de sacudirse el virus nacionalista y la superstición religiosa. Así lo comprendió Ezra Pound, tan clarividente como incorrecto y uno de los mayores promotores y exégetas de la obra.

Ulises no es solo lenguaje. También es historia y una epifanía. Viene a anunciarnos una mala nueva: que la vida es un desgraciado accidente, la broma siniestra de un demiurgo torpe y bárbaro, una enfermedad a la que absurdamente nos obstinamos en buscarle un sentido. La tragedia del ser humano en el umbral del siglo XX es que ya no tiene una Ítaca a la que regresar, ni una fiel Penélope que le espere, animándole a dejar atrás las regiones más inhóspitas. El 16 de junio de 1904 en Dublín -el Bloomsday- no es una fecha más, sino el punto de no retorno de una Europa sin otro horizonte que el barro de las trincheras.

Se ha dicho que Ulises es un ejemplo de realismo psicológico extremo, pues reproduce la inmediatez de la conciencia en su flujo natural, libre del corsé de la gramática y la razón, pero Leopold Bloom, esa especie de judío errante que deambula por el dédalo de la fantasía homérica y cuyo paladar se embriaga con «el sutil sabor de orina levemente olorosa», no es un hombre común, sino uno de esos bufones de Shakespeare capaces de apreciar la belleza y a continuación pisotearla. Tras leer en una letrina un relato premiado, lo utiliza como papel higiénico, pues entiende que es un ejemplo de la impotencia del arte para erradicar el mal o el absurdo. Joyce narra este incidente en el capítulo cuarto de los dieciocho de Ulises. Antes de prescindir del andamio que forjó con materiales de la Odisea, lo tituló «Calipso», la ninfa que retuvo a Ulises. ¿Por qué? Porque Calipso, hija de Atlas y reina de la isla de Ogigia, logró mantener a su lado a Ulises durante siete años, prodigándole toda clase de placeres: comida exquisita, bebida deliciosa, placer sexual, paisajes exuberantes. Esos siete años simbolizan la búsqueda de placer y satisfacción que Kierkegaard describió como «etapa estética».

Joyce no propone ninguna conclusión. No es un moralista. No pretende enseñar nada

El arte, la literatura, la belleza, simbolizados por ese relato que Bloom lee en una letrina, nos mantienen en un limbo de sensaciones gratificantes, pero se trata de una ilusión fraudulenta, pues el placer estético solo es un fino barniz que oculta un doloroso vacío. Leopold Bloom comprende el engaño, descartando avanzar hacia la ética o la religión, las etapas que Kierkegaard propone como fases sucesivas hacia la verdad. Más allá del arte, no hay nada. Dios y el Bien solo son falacias. Por eso Bloom, un agente comercial con una existencia ingrata y anodina, asigna al cuento premiado un destino degradante. Es su forma de romper con el embrujo de Calipso, iniciando el viaje de regreso hacia un hogar que ya no existe. Su gesto evoca la nostalgia de Atenas, un sentimiento que palpita en el inconsciente colectivo de Europa. La añorada polis ya solo es una colección de ruinas, pero pervive el anhelo de peregrinar a ella.

Leopold Bloom no reconoce otra patria que el desarraigo. Sabe que no pertenece a ninguna parte. Cuando en el capítulo doce se topa en un pub con un Ciudadano que agita la bandera del patriotismo irlandés, experimenta el mismo malestar que Ulises ante Polifemo. Sus consignas le resultan tan hirientes como las rocas lanzadas por el gigante. El capítulo quince –para muchos, el corazón de Ulises– es una apoteosis del lenguaje como referencia insustituible de la experiencia humana. La novela –o, si se prefiere, la anti-novela- de Joyce comienza a mirar hacia dentro, utilizando aspectos de capítulos anteriores. No le interesa ser un espejo del mundo, sino un eco de su propio existir. Lenguaje que se alimenta de lenguaje, palabras que denotan otras palabras, símbolos que se nutren de otros símbolos.

El capítulo dieciséis refleja el desencanto de Bloom. El estilo incurre deliberadamente en un tedioso prosaísmo preludiando el capítulo diecisiete –el preferido de Joyce-, una epopeya de la mediocridad donde la memoria se pone en marcha mediante un objeto nauseabundo: un trozo de uña del pie. En ese ejercicio de memoria involuntaria, queda muy claro que Ítaca no es la patria anhelada, sino un lecho que desprende el hedor del adulterio. El último capítulo –el dieciocho, una alusión paródica a los dieciocho escenarios de la Odisea– incluye el célebre monólogo de Molly Bloom, una confusa divagación que oscila entre las cuestiones domésticas y un erotismo desinhibido. No es Penélope, sino una mujer infiel que vive hundida en la insatisfacción y que no ha logrado superar el espanto de perder un hijo. Aunque engendró otra hija, se pregunta qué sentido tiene arrojar al mundo seres abocados a disiparse en el olvido. Bloom también sufre por la hija perdida, pero su intento de ejercer una paternidad vicaria sobre Stephen Dedalus fracasa tristemente. No ya de una forma épica, sino sin grandeza, como sucede con todo lo que acontece en el siglo XX.

Su novela nos muestra cómo sería el mundo en ausencia de ese idealismo metafísico exaltado por Platón, san Agustín y Pascal

José María Valverde, espléndido traductor de Ulises y un gran estudioso de la obra de Joyce, afirma que la novela debe leerse como un desnudo integral. Del cuerpo y del alma, pues el libro –según apuntó su autor- reproduce los ciclos de nuestro organismo y escarba en los estratos más profundos de nuestra conciencia. Joyce no propone ninguna conclusión. No es un moralista. No pretende enseñar nada. Solo le interesa divagar por la selva del lenguaje, explorando sus frutos. Joyce no busca a Dios, ni sueña con formular una moral. Solo nos muestra que la palabra acaba autodestruyéndose, tras comprender que es inútil como forma de comunicación. Bloom durmiendo al lado de una esposa adúltera que ya no mantiene relaciones sexuales con él es una excelente metáfora del fracaso de las relaciones humanas. La civilización europea sufre convulsiones agónicas porque cada vez hay más vidas como las de Gregorio Samsa y no se atisba otra alternativa que un gregarismo embrutecedor.

Leopold Bloom es un autorretrato paródico de Joyce, pero sobre todo es una radiografía de la condición humana en los inicios del siglo XX. ¿Y qué muestra esa radiografía? Que el fascismo y el comunismo prosperan porque ofrecen una identidad sólida a masas de excluidos sin rostro. «Nadie» ya no es tan solo el nombre que se atribuye Ulises para engañar a Polifemo, sino el de una humanidad sin atributos. Lo biológico ha aniquilado lo espiritual. Para Joyce no es una desgracia, pero su novela nos muestra cómo sería el mundo en ausencia de ese idealismo metafísico exaltado por Platónsan Agustín y Pascal.

¿Por qué leer Ulises? Por la misma razón que alegó George Mallory cuando le preguntaron por qué quería escalar hasta la cima del Everest: porque está ahí. La literatura no es un entretenimiento, sino una experiencia. Pisar la cima de Ulises nos permite contemplar los abismos sobre los que están suspendidas nuestras vidas: el lenguaje, el tiempo, la psique, los falsos absolutos, el cuerpo, la historia, el espacio, el sexo. Podemos aplazar el reto o incluso descartarlo, pero nuestra mirada se perderá una de las perspectivas más asombrosas que han brotado del ingenio humano.


Publicado en «El cultural» del diario El español.

Los corazones recios

Reseña de FRANCISCO J. CASTAÑON en la web TODO LITERATURA


Los corazones recios
«
 es el título del poemario más reciente del escritor Antonio Daganzo, publicado bajo el sello de Ediciones Vitruvio. Un nuevo libro que viene a consolidar la reconocida trayectoria poética de una de las voces más interesantes y originales de nuestra poesía contemporánea. De esta forma, Los corazones recios se une a libros como Que en limpidez se encuentreMientras viva el dolienteLlamarse por encima de la noche o Juventud todavía. Un elenco de poemarios que han venido recibiendo una excelente acogida por parte del público lector y la crítica.

Dos citas, una de Juan Ramón Jiménez y otra de Jorge Guillén, hacen las veces de pórtico de un libro que comienza con los espléndidos versos del poema Los corazones recios, donde hallamos varias ideas que merecen ser destacadas. Por un lado, estamos ante un canto a la siempre ardua existencia: …‘vivir a sangre limpia y ancha, / ser árbol del valor pese a las ramas muertas, / pese al cuajado viento / de la duda.’ Por otro, desvela una creencia firme en el amor como respuesta vital de esos ‘recios corazones’ de los que ‘la vida se enardece’. Un elevado sentir para afrontar el mundo que nos circunda: ‘Y por amor tan solo / -y por amor tan alto- / vibra este aliento aún.’

Las páginas de este nuevo libro de Daganzo poseen una gran riqueza temática: la búsqueda del ser humano, el misterio de la vida, la recuperación de los ancestros del poeta, el desarraigo de la gran ciudad, el arte, el amor, los ámbitos propicios, el alcance de lo chileno en el devenir del poeta… y la música, sobre todo la música. No debemos olvidar que este escritor, además de poeta y novelista, es musicógrafo y autor del imprescindible ensayo musical Clásicos a contratiempo.

Antonio Daganzo nos convoca así, en el poema Felicidad, a exaltar ese difícil vivir que tiene fecha de caducidad, ‘a la dicha de sabernos efímeros’. También va a hablarnos de sí mismo, visto en el presente desde un ayer cercano: ‘Ved a ese hombre que recuerdo / tan solo entre las gentes, / tan lejos del amor aunque creyese mirarlo / a diez zancadas, /…’. Para anotar más tarde: ‘Ahora ved que soy yo quien ha abierto los ojos,’.

La palabra poética es en estos versos búsqueda y memoria. En este sentido, poemas como Alborada o Castro de Baroña recuperan la ascendencia gallega del poeta. Señas de identidad que Daganzo no desea arrinconar: ‘Raigambre: soy gallego, vuelvo siempre, vivo.’, escribe al principio del poema, y unos versos después continúa: ‘Ancestros, ancestros ya invisibles, vuelvo siempre: / vibra Galicia en mí como alborada’. En el segundo poema, incorpora al discurso poético resonancias aún más lejanas: ‘En mi sueño hay unos celtas aguerridos / que sólo al mar se entregan.’

Por otro lado, la música, como tema y trasfondo, se revela en esta obra como un eje fundamental en torno al cual giran diversos poemas. En el titulado Todavía Chaikovski surge el célebre maestro ruso con su ‘Ortografía del relámpago en lo oscuro’, y en De Francis para Isaac el poeta rinde tributo a ese gran compositor que fue Albéniz, creador para el poeta de ‘la música imposible de mi vida, / la que tú fecundaste en los pianos / y nacerá del aire’.

Entre estos poemas de temática musical destaca Suite ingenua, escrito como homenaje al compositor Antonio José Martínez Palacios, cuya vida pronto se vio truncada durante la Guerra Civil al ser fusilado en octubre de 1936. Una figura fundamental de la música española que Daganzo recupera en este poema, como ha hecho en su reciente artículo El mozo de mulas, por fin: un hito en la recuperación del legado de Antonio José. En el poema dedicado al músico burgalés hallamos dolor en numerosos versos: ‘Amigo, llegan ya, / que han venido a buscarte envidia, infamia y odio / de fácil madrugada,’. Aunque atisbamos un resquicio de esperanza que llega con ‘la danza que suena ágil, / traviesa incluso, / última y breve como el adiós de un pájaro / (…) para encontrar el alba que tú le has entregado, / Antonio invicto’.

La música aparece igualmente en poemas como El director de orquestaMúsica y tacto o Pequeña historia de la palabra y la música, donde podemos leer versos hilvanados con maestría: ‘Canta en la noche ahora la palabra, / cuando todo reposa, / y no cesa su asombro por tan cierta pasión’. Junto a la música hacen también acto de presencia la danza y el baile, ‘cuando la pasión no es fuerza sino música’ (del poema Bailar la noche).

Asimismo, quiero referirme a un sobresaliente poema que tiene un significado primordial en este libro, Panorama del ardor. Quizá esté aquí la esencia de esos corazones recios a los que canta Daganzo, corazones que ‘han aprendido a amar / después de odiar, tras el temer, con el dolor’. Han aprendido a amar, sí, ‘…al límite del verbo, áspero, / mordaz como niebla sin su aire’ o ‘sobre los torpes surcos abiertos por las lágrimas / en el valor de amar’; esos corazones recios que ‘…en derredor admiran / cuanto quema’.

En este poemario tienen su lugar varios poemas donde el poeta evoca su vínculo con Chile. De este modo, en Mañana en Valdivia leemos: ‘Valdivia transigente / mojada hasta las nubes pero fácil, / navegable de vientos saturados al bies.’ Y en el poema Palta reina escribe: ‘Chilena está mi boca de pensarte.’

El libro es, sin duda, una unidad más allá de la variedad de temas que emergen en los diferentes poemas. Sus versos, compuestos con un léxico escogido, poseen el ritmo interno y la musicalidad precisa. Quehacer poético que en ocasiones toma forma desde el propio bagaje cultural del poeta. Una escultura de la artista francesa Camille Claudel, otra del rumano Constantin Brancusi, un cuadro del pintor francés Nicolás Poussin, el personaje Antoine Doinel del cineasta François Truffaut o la Santa Capilla de París son el origen de diversos poemas que leemos con agrado en este libro.

En otra línea diferente, el libro contiene poemas deliciosos como Función de títeres, donde la magia del pequeño teatro para niños y adultos se cuela en versos como ‘Sencillos y joviales, / promesa de la risa con los ojos, / sus días tan veraces de colores sin pausa / precipitan / el sol de la ternura, / que es paz de los ingenios.’

Una cita de Vicente Aleixandre encabeza el último poema de Los corazones recios, titulado La sangre sabia. Un poema excelente. Versos que brotan de lo vivido, para configurar un discurso poético lleno de fuerza expresiva. Versos que conmueven y aportan, como tantos otros en este libro, una idea sobre la existencia que puede sucumbir, como escribe el autor, hasta ‘Vivirme derrotado: / que no hay alternativa para el alma / que vive sin amor / y se cree amante’ o descubrir ‘…la piel del entusiasmo’, cuando se admite el enigma y ‘la imperfección sublime / de sabernos efímeros en el destino vasto’.

A modo de epílogo, los versos finales de este poema y del libro son, en cualquier caso, una promesa colmada de tenaz e inquebrantable aliento: ‘Como un verso a su lumbre / avanzo decidido: / mi recio corazón canta por todos’. Para concluir, cabe apuntar que adentrarnos en estos Corazones recios de Antonio Daganzo supone experimentar una poesía elaborada con brillantez, que mantiene intacta la capacidad de sorprender.

Nota: Enlace de poemas de Antonio Daganzo del Blog de otro gran Poeta David Minayo.


Teoría del cangrejo

La escritura de Julio Cortázar se repliega sobre sí misma, se replantea continuamente,
se corta bruscamente y se pone en duda en este breve relato.

Teoría del cangrejo, un cuento de Julio Cortázar

Habían levantado la casa en el límite de la selva, orientada al sur para evitar que la humedad de los vientos de marzo se sumara al calor que apenas mitigaba la sombra de los árboles.

Cuando Winnie llegaba

Dejó el párrafo en suspenso, apartó la máquina de escribir y encendió la pipa. Winnie. El problema, como siempre, era Winnie. Apenas se ocupaba de ella la fluidez se coagulaba en una especie de

Suspirando, borró en una especie de, porque detestaba las facilidades del idioma, y pensó que ya no podría seguir trabajando hasta después de cenar; pronto llegarían los niños de la escuela y habría que ocuparse de los baños, de prepararles la comida y ayudarlos en sus

¿Por qué en mitad de una enumeración tan sencilla había como un agujero, una imposibilidad de seguir? Le resultaba incomprensible, puesto que había escrito pasajes mucho más arduos que se armaban sin ningún esfuerzo, como si de alguna manera estuvieran ya preparados para incidir en el lenguaje. Por supuesto, en esos casos lo mejor era

Tirando el lápiz, se dijo que todo se volvía demasiado abstracto; los por supuesto y los en esos casos, la vieja tendencia a huir de situaciones definidas. Tenía la impresión de alejarse cada vez más de las fuentes, de organizar puzzles de palabras que a su vez

Cerró bruscamente el cuaderno y salió a la veranda.

Imposible dejar esa palabra, veranda.


Sentir que alguna vez, Cortázar pudiera sufrir estas cosas… y que compartiera la sensación y el sentimiento.

(Me ayuda…)