VIVIR EL TIEMPO QUE ME QUEDA

© Oliver Sacks, 2015.
Catedrático de Neurología
en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado dos por ciento.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los ochenta años, y esos quince años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba:

“Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto, pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo:

“Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

Este artículo se publicó originalmente en The New York Times. 
Traducción de María Luisa Rodriguez Tapia.


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Lo más conmovedor del artículo en el que Oliver Sacks anuncia su cáncer terminal y su próxima muerte es la modestia del tono, la falta total de engolamiento. El yo, que ocupa tantísimo espacio en nuestras vidas, tiende a tomarse todo lo que le afecta bastante a la tremenda, y desde luego la propia muerte es el acontecimiento mayor de la existencia, así que todos los textos semejantes que he leído con anterioridad sobre la propia finitud, por muy bellos que fueran, tenían siempre un toque de épica, un añadido de lírica, un no sé qué candente de emoción apenas contenida. El artículo de Sacks carece de todo eso; en realidad, es casi ramplón. Y eso es lo que lo convierte en algo único y formidable. Esa es la verdadera voz del héroe, el verdadero mensaje del sabio. Nos dice: Soy poco, sentí y viví todo lo poco que fui con intensidad, sé que es hora de irse. “Donde yo ahora estoy, tú estarás”, vaticina una clásica inscripción funeraria presente en muchas lápidas. El artículo de Sacks, con su sencillez, sirve de espejo. Señala esa desnuda continuidad de vida y muerte y vida.

Siento que su próximo fin es el de alguien cercano. Le he leído tantos libros, esos magníficos trabajos sobre las rarezas de la mente. Verdaderos viajes a los extremos del ser, como Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Él mismo tuvo graves problemas neurológicos o quizá neuróticos; lo cuenta en alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. Dolores de cabeza inhabilitantes, cegueras y parálisis momentáneas. Seguramente ese sufrimiento personal le hizo más apto para comprender el sufrimiento de los otros. A fin de cuentas, todos somos raros de una manera u otra. Esa fue la gran aportación de Sacks: la convicción de que todas las rarezas son normales. Y la celebración constante de la vida, del misterio de la vida, de la fuerza de la vida para adaptarse a todo, para crear un mundo a la medida de tus posibilidades. Ahora, fiel a sí mismo, Sacks nos demuestra que también podemos adaptarnos a la certidumbre de nuestra muerte inminente. Es un ejemplo precioso y tranquilizador, aunque no sé si yo seré capaz de seguir su estela.

Ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, es consolador y relajante

Desde todos los puntos de vista, del más convencional al más personal, Oliver Sacks parece haber tenido una vida de rotundo éxito. Es famoso, es rico, es respetado, es querido, es conocido en todo el mundo, sus libros se venden a millones. Y ha alcanzado la aceptable edad de 81 años, quizá un momento perfecto para despedirse, antes de que la vejez hinque demasiado profundamente los dientes. Pero, enfrentada a la muerte, toda vida, hasta la del personaje más glorioso, se encoge hasta mostrar su microscópica dimensión real. Polvo y cenizas. El barroco español, atormentado por la finitud, llenó los cuadros de calaveras para recordarnos esa nadería, esa futilidad de la vida humana. ¿La pompa del emperador dueño del mundo? Puro espejismo; por debajo del sombrero adornado con plumas de faisán está el pelado cráneo amarillento. Que también acabará desintegrándose. Ya se sabe que nuestra vida es apenas una minúscula gota en el mar del tiempo. En realidad, y si lo piensas bien, ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, que estamos llenos de pretensiones espectaculares sobre nosotros mismos, es consolador y relajante. Si nuestra vida entera, vista en términos globales, es una fruslería, las angustias por las que perdemos la cabeza, el corazón y el resuello cada día son verdaderas necedades. Deberíamos poner más calaveras barrocas en nuestro entorno y vivir más conscientes de nuestra nimiedad.

Esa modestia es la que llena de luz el texto de Oliver Sacks. Me encanta especialmente cuando dice que se siente liberado de muchas cosas, y que en las semanas o meses que le queden de vida no va a ver más informativos de televisión ni va a preocuparse más por el cambio climático. Y no porque no sea importante, sino porque ya no le incumbe. Él está en otra cosa: en la vida esencial, una vida básica de célula, de animal gozoso de sentirse vivo. Es una observación desternillante: ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de no ver más los aterradores telediarios, de cerrar los ojos al dolor y al miedo y volver a ser un inocente niño bajo el sol? La vida también pesa. Tal vez el miedo que le tenemos a la muerte no sea más que otro de esos desquiciados, desordenados miedos que apesadumbran absurdamente nuestras vidas. Sacks navega hacia el final libre de carga, marinero de un barco diminuto.


SARTE VS BEAUVOIR

Artículo de Manuel Longares

publicado en la revista Cambio16. (1987)

La conversación existencial que uniera en vida a Jean Paul Sartre y a Simone de Beauvoir, haciéndoles paradigma de relación amorosa para toda una generación, pervive en su correspondencia publicada en España con el título de «Cartas al castor» 

«Sartre no estaba en absoluto vestido, llegaba con camisas abiertas, dudosamente limpias, más o menos en pantuflas… Lo mirábamos con una especie de terror». Simone de Beauvoir, autora de la cita, refleja su primera impresión de Sartre, en 1929, por los pasillos de la Escuela Normal. Sartre iba siempre con dos amigos, Herbaud y Nizan. «Se decía que el más terrible era Sartre porque se le consideraba libertino, borracho y perverso».

En 1929, Sartre, veinticuatro años, estaba enamorado de Simone Jolivet, a quien escribe la primera misiva recogida en Carta al Castor. Lleva fecha de 1926. Ante esa mujer que se decía discípula de Nietzsche, Sartre dibuja su autorretrato: «Quisiera estar muy por encima de los demás, a los que desprecio. Pero, sobre todo, tengo la ambición de crear… He hecho de todo, desde sistemas filosóficos… hasta sinfonías. Escribí mi primera novela a los ocho años. No puedo ver una hoja en blanco sin sentir ganas de escribir algo encima».

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    Simone de Beauvoir no era una chica corriente, pero tampoco encajada en el caos sartriano. Procedía de una familia bien, venida a menos. Había decidido valerse por sí misma. Audaz para la época, rechazaba, sin embargo, esa confusión de suciedad, libertinaje y violencia que Sartre encarnaba. Su amigo René Maheu le apodó el Castor: «Los castores -dijo- van en manadas y tienen espíritu constructivo.»

Sartre era un torbellino impresentable. Aparecía en las fiestas desnudo, le quemaba el dinero en las manos, cantaba melodías de jazz. Manifestaba despreocuparse de las apariencias cuando se dedicaba voluntariamente a transgredirlas, con la misma contumancia que Beauvoir en preparar oposiciones a cátedra para vivir su vida sin ayuda de nadie. En 1929, el tema de las oposiciones fue Libertad y contingencia. El día de los resultados del exámen escrito, Simone llegó a la Sorbona cuando Sartre salía. Sartre le comunicó: «Has aprobado». E inmediantamente añadió: «A partir de ahora me voy a encargar de ti.»

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Ya no la soltó. Simone descubrió con Sartre la prodigalidad de la vida. Todo era interesante. Chalaban y se deslumbraban mutuamente. Compartían la misma pasión, «tranquila y arrebatada», hacia los libros. Sartre le decía que debía preservar a cualquier precio su amor por la libertad, su curiosidad, su voluntad de escribir. Conversando con Sartre, Simone no tardó en darse cuenta de «que, aunque su vida se prolongara hasta el fin del mundo, el tiempo le parecería demasiado corto».

Era el compañero con el que había soñado, «mi doble, el ser en quien encontraba reflejadas todas mis manías». Sarte, a sus ojos, justificaba el mundo. Entre ambos, según Sartre, acababa de nacer una relación única y su entendimiento duraría lo que ellos mismos». Era un entendimiento peculiar, abierto, no absorbente. Con su precisión habitual, Sartre había definido la situación: «Hay entre nosotros un amor necesario, pero nos conviene también conocer amores contingentes. Fieles a este principio, se concedieron total independencia. Nunca se casarían ni vivirían juntos, no formarían un hogar ni tendrían hijos. Los amigos que adoptaran bajo su protección serían su familia.

Si Sartre salía de viaje, Simone se dedicaba a esquiar o a recorrer kilómetros. A su refugio le llegaban las cartas del amigo. «Mi querido Castor», comenzaban, tras lo cual se reanudaba la conversación que habían interrumpido. Una conversación que al reencontrarse proseguían como si no la hubiesen cortado. Así, cuando Sartre la recibió en Berlín, después de un tiempo sin verse, Sartre la tomó del brazo y sus primeras palabras fueron: «Mi ego es en sí mismo un ser del mundo, igual que el ego de los demás».

Habían convenido en no mentirse ni ocultarse nada. Las Cartas al Castor son el mejor testimonio de esa comunicación imperturbable. El grueso de la correspondencia abarca los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Sartre había hecho la mili como meteorólogo, enchufado por Raymond Aron, y desempeñó el mismo empleo cuando le movilizaron. Asombra en esas cartas la escasísima importancia que concede al ambiente que lo rodea. Si ha de hablar de batallas, alude a la Cartuja de Parma. Porque Sartre está «inundado de amor» a Simone, pero sólo vive para la literatura: «Hay momentos en que el escribir me resulta maníaco y obstinado -dice a Simone- pero ¿qué puedo hacer?… Es contra la liquidación de la democracia… que realizo el acto de escribir. Actuando hasta el final «como si» todo fuera a restablecerse.»

Impermeable a influencias cuarteleras, escribe La edad de la razón y declara: «Le estoy dando vueltas a una idea central que por fin me permitirá suprimir el inconsciente, conciliar Heidegger con Husserl y comprender mi historicidad». Obstinado en el ejercicio literario, cuenta el vuelo de un bombardero alemán como si presenciara una película de Spielberg. Nunca parece asustado, ni siquiera cuando cae prisionero. Empieza a escribir entonces El ser y la nada. Sólo le preocupa el retraso en los permisos o la no llegada de los libros que ha pedido a Simone. Lecturas clásicas -Shakespeare, Cervantes- y las novedades editoriales francesas.

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir hicieron de dos personas una. «Usted es yo mismo», indicó Sartre. «Eramos uno solo» explicó Beauvoir. «Existe una relación en profundidad —comenta Sarte— que en algunos momentos llega casi a crear una individualidad, un nosotros que no es el tú y yo, que es verdaderamente el «nosotros». «Logré ese nosotros con Beauvoir durante toda mi vida». Dos seres iguales y transparentes habían emprendido un proceso de ósmosis, como definió con sencillez Simone de Beauvoir. Nunca se pelearon más que por cosas fútiles. «En más de treinta años, sólo dormimos una noche desunidos» escribió Beauvoir en La fuerza de las cosas. Una conversación inacabada fue su relación. Un amigo, Boost, que comía con frecuencia con la pareja, oía a veces a través de la puerta de la habitación donde estaban Sartre y Simone unas «broncas salvajes». Boost se marchaba a dar una vuelta y cuando regresaba había cesado la discusión. Sartre y Simone continuaban el discurso.

Rompiendo las convenciones, no precisaron la gracia del sacramento matrimonial ni la creación de intereses burgueses para seguir unidos. No alteró su fidelidad sustancial la presencia de otros amores. No modificó su relación el éxito literario. Resistieron compenetrados la fama, la adversidad, los premios. «El jurado ha puesto por las nubes a un sepulturero de Occidente», dijo de Sartre Gabriel Marcel cuando le concedieron el Nobel que, nada más enterarse, rechazó. «Hemos alcanzado literalmente los límites de la abyección» exclamó François Mauriac cuando Beauvoir publicó el primer tomo de «El segundo sexo».

Tampoco los desunió la evolución ideológica respectiva. Mucho menos la enfermedad. Ya al final de su vida, aquel muchacho revoltoso y desaseado que no se recató en contar detalladamente a Simone cómo desfloró a una amiguita, perdió la vista. Era el fin del mundo para Sartre, incapaz ya de leer y escribir. Simone, entonces, le ofreció día a día sus propias fuerzas, su propia salud. Infatigablemente le cuidó y, olvidándose de sus tareas, se dedicó a grabar lo que él quería decir.

Era un acto de fraternidad químicamente puro que sólo podía disolver la desaparición de la vida. El 15 de abril de 1980, en una cama de hospital, Sartre, agonizante, tomó la muñeca de Simone de Beauvoir y le dijo sin abrir los ojos: «Te quiero mucho, mi pequeño Castor.» Le ofreció los labios y ella lo besó. Cuando murió, esa misma noche, Simone advirtió la presencia de un huésped imprevisto: la soledad. Jamás la había experimentado desde que el autor de La naúsea, el depravado Sartre le escribiera con el pudor característico de los estigmatizados por la literatura. «Tengo una solapada necesidad de usted».

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LA BRUJA MARITXU

PUBLICADO EL 

Maritxu Erlanz Mainz de Güller, llamada cariñosamente «La bruja buena de Ulía» fue una de las personas más carismáticas y notables de Donosti. Era su cercanía, su bondad, el brillo sonriente de sus ojos y sus manos lo que te atrapaba nada más conocerla. Al marchar sabías que siempre volverías…

Texto de J.Esteban Reta

No me acuerdo de qué color tenía los ojos y el pelo. Esto me duele. Eran claros los ojos, eso sí, quizás verdes. El cabello recogido y con moño, pudiera ser castaño. Esbelta, de buena estatura, poseía una enorme viveza, y una extraña penetración que imponía. «Me tiene miedo. Este me tiene miedo», solía comentar, riéndose, respecto a mí. Y era verdad. Me amedrentaba porque creía en ella. Sabía que era una bruja de verdad y que podía ver cosas que yo llevaba dentro y que ocultaba a los demás. Cuando vuelva a Donosti -pensaba con frecuencia en fechas pasadas- lo primero que voy a hacer es ir a verla. Enseguida me soltará:

—¡Qué dice el amante!

—Nada, Maritxu, después de 14 años, nada.

Entonces me dará un abrazo de esos especiales que administra para mejorar el aura, que la suelo mostrar casi siempre hecha una pena, y me colocará el ánimo al borde de la euforia.

Es lo que ocurría en otras épocas cuando yo vivía allí y la visitaba en su casa.

«Ven aquí, gorrión -pronunciaba deliberadamente «gurrión»- voy a sacar las cartas». Y me echaba las cartas y la verdad es que lo que aparecía encima de la mesa camilla no era muy allá, pero al final salía el sol. «Mira -señalaba el naipe contenta- el sol, es el sol». Luego con su hermana Victoria, nos poníamos de café negro como tontos.

Una de aquellas tardes desplegó la baraja sobre el tapete, después de los cortes que acostumbraba, y se le iluminó la cara. «Tienes un viaje. Hay una mujer. Es morena. Muy guapa. ¡Qué armonía va a haber entre vosotros dos! Y se cumplió. Vaya si se cumplió. Hasta llenárseme los ojos de estrellas, de pura felicidad, en el interior de un utilitario, por los páramos de Castilla.

Era una vasca -roncalesa- pletórica de energía y coraje. Contaba que lo suyo no se quedaba solamente en predecir el porvenir, sino que, en determinadas circunstancias, podía influir en su desarrollo en ciertas personas. Añadía que jamás había empleado estas facultades con nadie en un sentido negativo, únicamente, en algún caso excepcional, si alguien le originó un daño grave le había dejado cojo. «Sí. Ya puedes tener cuidado, gorrión», continuaba, mirándome. «Si uno me hace una canallada se queda cojo». Yo la observaba, preocupado, y ella se reía con verdaderas ganas.

Realizó el primer tarot español, que lo editó Heraclio Fournier, de Vitoria. Había asumido como lema, para presidir sus tareas un verso de Shakespeare: «Querido Horacio, hay muchos más misterios entre el cielo y la tierra que los que conoce tu humana filosofía».

Primero en su caserío del monte Ulía y más tarde en el piso de la avenida de Ategorrieta, en el transcurso de décadas, recibió a miles de personas. Grandes de la política, el dinero, el arte y la literatura, y también mucha gente de tropa, solicitaron su orientación. Si hubiera publicado todo lo que sabía, el temblor se habría dejado sentir en Europa. Ya hace bastantes años que se pasaba el tiempo declinando invitaciones a congresos, entrevistas y conferencias, aunque, a pesar de ello, aparecía de cuando en cuando en televisión o en algún otro medio. Se dedicaba a trabajar en sus grimorios -libros de magia- y seguía despertando al futuro. «Ese niño que duerme en las rodillas de los dioses».

A mí me serenaba y confortaba el pensar en Maritxu. Me decía a mí mismo: está muy lejos, pero si la necesito, la encuentro. Me echará una mano. Estoy seguro. Ya lo hizo en los peores momentos, como cuando tuve que bailar con lobos.

Ahora sí que me ha dejado cojo marchándose. Ya no me será posible apoyarme en ella. Me ha dejado cojo y con el halo oscuro manga por hombro.

Imagen de portada de internet


PALABRAS PARA JULIA

Fotografía @mjberistain

 

Elijo las palabras que Carme Riera dedica a su amigo Jose Agustín Goytisolo porque a través de su lectura llegué a conocer de cerca al “hombre” que habitó versos que muchas veces me conmovieron.
M.J.B.

En el magma poroso de la memoria se me agolpan imágenes calidoscópicas, convocadas por los recuerdos de los momentos vividos con José Agustín que quisiera compartir con la intención de que todos le queramos más. Digo querer porque me niego a conjugar el verbo del amor en pasado ya que mi afecto por José Agustín sigue en presente. Ahora sé por propia experiencia que el tiempo nos envejece sólo en parte, la muerte de las personas queridas añade de repente años a nuestra edad. Su ausencia permanece dentro de nosotros, crece como un vacío en medio del estómago y nos obliga a encorvarnos. Todos andamos con nuestros muertos a la espalda, y aunque esa inclinación nos acerque más a su reino, la tierra donde descansan y donde habremos de descansar algún día también, trajinar el peso de su recuerdo no es estorbo sino consuelo…

José Agustín se fue por un azar absurdo. “El viaje no le importa” había escrito… en el último verso del poema que cierra su último libro publicado, Las horas quemadas refiriéndose a sí mismo, desdoblándose en otro, un recurso que siempre le gustó emplear y que iba mucho más allá de lo poético. Dos días antes, se habían cumplido sesenta y un años de la muerte de su madre, Julia Gay en el famoso bombardeo del cine Coliseum de Barcelona, y unas secuencias televisivas revivían la tragedia todavía imborrable para muchos barceloneses. Sin duda se trataba de una casualidad, pero esa casualidad: la necesidad de ir al encuentro de la madre muerta planea en la obra de Goytisolo desde su primer libro, El retorno, a ella dedicado, y continúa en Final de un adiós, poemario de 1984 que se inicia precisamente para ir en busca de aquella mujer de muerte sin cuya ausencia —se canta lo que se pierde— es probable que la veta elegíaca que, junto a la irónica vertebra la obra goitysoliana, no constituyera un aspecto tan fundamental.

Del tratamiento poético de la desaparición de la madre voy a hablarles ahora ya que la obsesión por la pérdida materna, asociada a la rememoración de la infancia, es un tema recurrente que llegará hasta los poemas de sus últimas entregas (Como los trenes de la noche (1994) y Las horas quemadas (1996) después de aparecer de manera más esporádica en libros anteriores, como Claridad (1960) o Del tiempo y del olvido (1977). Por eso es fácil concluir que, de los tres hermanos escritores, es José Agustín quien, con más insistencia, y de un modo más dilatado, a lo largo de más de cuarenta años de obra poética, convierte en motivo literario la desaparición de su madre, quizá porque al ser el mayor —no había cumplido aún diez años— pudo vivir el acontecimiento de un modo más consciente, aunque, como es obvio, la muerte de Julia Gay resultara catastrófica para toda su familia. A su inesperada violencia («arrebatada por el odio», escribe en el poema XI de El retorno), a su ausencia insustituible («Y estábamos callados girando / en el dolor en el sencillo y cotidiano / recordarte entre el pan y los manteles» anota en el poema XIV), cabe añadir la enfermedad del padre, de edad algo avanzada (le llevaba trece años a su mujer), agravada por la desgracia. Incapaz de superar el trauma, don José María Goytisolo, exige a la criada que entra a servir después de morir su esposa, que cambie su nombre, Julia, por el de Eulalia, situación que, por cierto, recoge, trastocándola, Luis Goytisolo en Recuento, y prohíbe a los hijos que pronuncien las palabras madre o mamá, lo que, en cierto modo, podría explicar la ausencia de tales términos en los libros de José Agustín y posiblemente los escamoteos en los textos de Luis. José Agustín Goytisolo insistía con frecuencia en que el descubrimiento de los objetos maternos tenía para ellos una significación especial, y, entre esos objetos, los libros predilectos —Lorca, Salinas, Proust o Gide— no sólo sirvieron para seguir el rastro que los ojos de Julia Gay dejaron entre sus páginas sino también para iniciarles en la literatura. En estas circunstancias era del todo esperable que la primera contribución poética del mayor de los hermanos fuera una elegía en la que, al mismo tiempo que mitificaba a su madre mitificaba también la niñez, como él mismo ha señalado: Mi madre fue para mí, como dice Jaime Gil, un reino afortunado; un paraíso donde, sin ella no me era posible ser absolutamente nada —declaraba en 1986—. Esa mitificación de la infancia adquirirá desde los primeros poemas tonos marcadamente nostálgicos que serán constantes en el tratamiento posterior de un tema, igualmente grato a los autores de la llamada generación del medio siglo, quizá porque todos ellos fueron despertados a tiros de una niñez que hasta entonces había sido plácida, y eso habría de marcarles, incluso en el caso (pienso en Gil de Biedma o Barral), de aquellos para quienes los años de lucha fraticida supusieron un hortus libertatis. Para Goytisolo, sin embargo, el recuerdo de la guerra es siempre negativo. Las circunstancias políticas que rodean la pérdida de la madre hacen que ésta sea aún más tremenda puesto que se trata de una muerte inútil, provocada además por los aviones que proceden del bando fascista, a los que alude, aunque veladamente a causa de la censura, puesto que Goytisolo escribe los poemas que integran El retorno en su etapa de mayor concienciación antifranquista, entre los veinte y los treinta años. Cuando a sus cincuenta y pico, en Final de un adiós, vuelva a evocar los acontecimientos que desencadenaron su desgracia, la situación política de la posguerra seguirá siendo el referente de otra serie de poemas. Las acusaciones contra los vencedores son mucho más directas en Final de un adiós que en El retorno y más explícitos los sentimientos «de odio al matador», «odio hacia las banderas del crimen / y de asco a sus uniformes / a sus cantos / de falso alegre paso de la paz» (poema VI, «Amapola única») que genera la parafernalia del régimen fascista, aspectos perfectamente explicables si tenemos en cuenta que Final de un adiós fue escrito tras la muerte de Franco, en plena transición, y que El retorno se gestó en los primeros cincuenta cuando la censura y, en consecuencia, la autocensura, eran más rigurosas. El hecho de que, pese al tiempo transcurrido, el odio del vencido por los vencedores no aparezca mitigado tiene que ver, me parece, con el doble punto de vista adoptado por el sujeto poético que no observa la guerra ni la posguerra con sus ojos actuales, distanciados, sino con los que tuvo en su infancia. En Final de un adiós se combinan, por tanto, dos perspectivas la del niño y la del adulto. El interés por retornar, a los cincuenta años cumplidos, al tema de la orfandad, implícito en la elegía a la madre, constituye el pretexto para volver al territorio de la niñez y a través de ella hacer referencia a la perdida felicidad que coincide con la desaparición materna. La abdicación forzosa de la inocencia se adelanta a consecuencia de la brutalidad traumática de la pérdida que establece una línea divisoria entre un antes y un después. El niño alegre que jugaba bajo la atenta vigilancia de su madre y que siempre encontraba cobijo entre sus brazos se vuelve de repente un ser «sin sonrisa», «infortunado», «lleno de angustia», en un «rey mendigo», en «un príncipe destronado».

El mundo <luminoso>, <alegre>, <claro>, <brillante>, adquiere de pronto tonalidades oscuras y todo se trastoca en <desgracia>, <dolor>, <adversidad>, <odio>, <asco>, <tiempo de inclemencia. La percepción de ese mundo de luz, «mundo sin miedo sin fantasmas, sin castigo, sin cuarto de las ratas», un mundo en el que incluso «el lobo era bueno», será abolida tras la muerte. Dominarán las tinieblas a partir de la pérdida, las notas oscuras se acentuarán y la reiteración de la palabra “noche” («la noche y su castigo», «la oscuridad», «la negra atalaya del solo») será clave sobre todo en Final de un adiós. En cambio, los poemas que se refieren a la vida de Julia Gay presentan campos semánticos cuyo denominador común son las notas positivas, especialmente las que hacen referencia al fulgor, y la claridad que también sirven para describir la belleza de sus ojos —«Claridad / como la de sus ojos / no he visto» (poema II, Final de un adiós)— o la de su pelo —«inexpresable color miel suave y cambiante de sus cabellos» (poema XV, Final de un adiós) en la que insiste para ponderar lo incomparable:

El brillo de la luz en los cabellos
las olas salpicando el traje lila
alegría en los ojos
y tu figura erguida contra el cielo y la espuma.
Nunca vi tal donaire
ni más delicadeza jugando con el mar.

Esa luz que irradia la figura de Julia Gay envuelve, a su vez, todo lo que su presencia ilumina. Goytisolo se acoge a un tópico de antecedentes petrarquescos muy difundido en la literatura castellana. Así, tanto la casa familiar de la ciudad como las de los pueblos de Viladrau, Puigcerdá o Llansá, donde habían pasado los veranos y cuyas referencias aparecen en los poemas, a menudo mezcladas, igual que la de Barcelona, se describen con términos que denotan o connotan luz. El poema III de Final de un adiós me parece en ese sentido muy evidente:

Yo amaba aquella casa sin vientos de desgracia.
Era como mi alegre posesión transparente.
Como la flor blanquísima que en los jarales brilla.
Tal vez yo por entonces desdeñara a los dioses.
Pues ni ellos habitaban en regiones tan claras.
Y así como un castigo perdí lo que era mío.
Un fuego despiadado prendió en aquellos campos
después no quedó nada.
Ni la flor de la jara.

La ruina y la desposesión actual se cimentan en ese pasado definitivamente arrumbado y del que nada queda excepto el recuerdo, pero, gracias a éste, el sujeto poético puede reconocerse en el ayer del que procede y entenderse mejor consigo mismo. La voluntad de introspección y reflexión generará una serie poemas posteriores, el sujeto poético se pregunta, siempre en la noche, por su identidad, el paso del tiempo o qué hay detrás de la muerte. Al tema del recuerdo (qué significa recordar, qué supone el olvido), en Final de un adiós el sujeto poético se plantea la necesidad del olvido y la renuncia a los recuerdos que han marcado de un modo tan intenso su trayectoria vital. Al hecho de recordar, a las arterías y traiciones del tiempo que también ejerce su rigor sobre la piel de la memoria, dedica los poemas <Una voz o un gesto> y <En tiempos de inclemencia>. En ambos plantea una cuestión simple y paradójica: los recuerdos no sólo se transforman al albur de los años, sino que, a medida que nos acercan a las situaciones que los motivaron, nos van alejando de ellas, transformadas por la memoria. Ni siquiera el pasado es consistente:

Los recuerdos de amor
– no los del espanto-
se escapaban
por caminos cambiantes como azogue:
no poderlos fijar me parecía
más cruel que la explosión
que el bombardeo. Y para no sufrir
tratando inútilmente de recuperarlos
preferí muchas veces
salir a medianoche y escribir
con lápiz rojo en las paredes: muera
el tirano abajo los…
Así evitaba
seguirte hasta el inhóspito desmonte
y detenerme allí. Aún hoy
pasados tantos años si no puedo
revivir una voz o un gesto tuyos
me imagino que sigo
pintando en rojo todas las paredes.

Sin embargo, y pese a las traiciones que la memoria nos depara, existencia y transcendencia dependen de ella. Goytisolo lo señala en un verso lapidario: <la evocación perdura; no la vida.>

La rememoración, inherente a la condición humana es quizá rasgo fundamental del quehacer poético y hasta es posible que la literatura no tenga otra misión que fijar en el papel manuscrito o impreso, a través de las palabras, unas pocas vivencias para liberarlas así de las vicisitudes de nuestra memoria, maltratada por la continua erosión del tiempo. José Agustín Goytisolo utiliza la elegía, con una doble finalidad: rendir homenaje a su madre, recuperando su niñez y ganarle terreno a la muerte, rescatando para la pervivencia, es decir, para la poesía lo que, de no mediar la palabra escrita, acabaría por sucumbir bajo el peso de los escombros de la memoria.


La clave del Ambigú

Incierto, elusivo, evasivo, equívoco, ambivalente, indeciso, enigmático, dudoso, turbio, ambiguo, oscuro, inquietante, mitad higo, mitad pasa, ni carne ni pescado, cogido por los pelos…

Las tres nos miramos con cara de poker cuando a alguien se le ocurrió pronunciar la palabra “Ambigú”. Cualquiera sabía a estas alturas que el vocablo estaba relacionado con “ambiguo; con ambigüedad”, así que durante unos minutos nos divertimos, frente a un vinito blanco y unas patatas fritas, desvariando en torno a su etimología. Después de intentar acertar con el origen, la procedencia y los usos que se le habían atribuído a la palabra en cuestión, decidimos consultar a santawikipedia. Nada más lejos de nuestra percepción como definición de algún lugar “cálido, sugerente, vintage, romántico, incluso como privado, con cortinajes de terciopelo color vino y jarrones de cristal y oro, propicio para el placer y el erotismo…”.

¡Su significado se refería a algo tan prosaico como “comida sobre una mesa”! (Por cierto, cogido por los pelos de la lengua francesa, y para más desilusión, de origen desconocido).

Históricamente, Ambigú se llamaba a las “reposterías” de los salones de Cine y Teatro en los que se tomaba un pequeño refrigerio durante los entreactos o descansos.

Hablando de “reposterías»… En la Francia del rey Luis XVI fue Maria Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena, más conocida como María Antonieta y a la sazón esposa del rey, quien con su altanería y sus palabras consiguió levantar al pueblo contra el poder absoluto.

Ella no comprendía el porqué del enfado de su pueblo por no tener pan. “Que coman pasteles”, dicen que dijo…


Artículo de Rosa María Artal

Así, mientras en las tertulias callejeras se comentaba “Pues va la tía y aún dice que comamos pasteles”, los periódicos de la Corte atribuían el disgusto social al catastrofismo sembrado, con muy malas artes, por un grupo radical. Utilizando el catastrofismo, precisamente, como fórmula disuasoria de cualquier cambio inconveniente a sus intereses. Estaban desolados.

Veinte personas de la aristocracia y el comercio poseían tanto dinero como los 14 millones más pobres. Cuesta creerlo, pero así era. En más de 5 millones se cifraban las personas sin trabajo, y lo que costea. 800.000 niños habían entrado en la pobreza desde el aciago día en el que, bajo la excusa de una estrategia a la que llamaron crisis, se habían emprendido “reformas”. Es decir, el eufemismo determinante para quitar de aquí y poner allá, con suma precisión, y aumentar de forma tan insolente la desigualdad.

En poco tiempo el relativo bienestar del que disfrutaba el pueblo se había ido al traste. “Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, les decían desde la camarilla real y sus extensiones. Por eso, establecieron recargos en farmacia o suprimieron el acceso a la sanidad a una serie de personas, encarecieron el acceso a la enseñanza universitaria, elevaron el coste de poder tener luz, fuego o calor, y de todos los servicios. La precariedad entró en la vida de muchas personas que, aunque tardaron y tragaron lo indecible, terminaron por indignarse. Los voceros de la corte insistían: puro catastrofismo. Suicidio programado. Manipulación de masas de manual, aprendida en lejanas tierras o en los tratados del populismo más atroz, representado por Rousseau, Voltaire y Montesquieu y sus peligrosas ideas.

Arcones en B, nepotismo, condesas diabólicas riéndose de todos, sátiras de látigo y mantilla mintiendo por cada palabra dos veces, el príncipe de los hilillos y los cuentos chinos, el bufón de la tijera, los beatos del rosario y la muerte. Y el empobrecimiento, no llegar a fin de mes, huir, ensombrecer el futuro.

La ira de la turba se plasmó en manifestaciones. Acamparon en la Bastilla, hablando de política, economía o urbanismo. “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, coreaban los muy rufianes con profundo afán desestabilizador. La agresividad llegaba ya a su punto culminante cuando se situaban frente a la casa de un desahuciado por el banco y la ley vigente, tratando de impedir el desalojo. ¡Sentados en el suelo!, vulgares sans-culottes. ¡Haciendo cadena humana mano junto a mano! ¿Se ha visto mayor intimidación? La guardia, lógicamente, los freía a palos y multas para que no siguieran perturbando la paz social.

La maquiavélica mente de los violentos ideó nuevas argucias. Distribuyeron entre las élites del país unos salvoconductos ‘black’ con los que podían comprarse desde champagne o caviar a déshabillés de seda, viajar a lugares exóticos, vivir como Luis y María Antonieta, en definitiva. Derechos de clase. Mediante una pistola en el pecho, obligaron a numerosos nobles a robar a manos llenas de las arcas del reino. Por arriba, por abajo, del derecho y del revés. Con bolsas o carros. A todo pasto. Les empujaron a ir a cacerías, en las que se enfrascaban en rituales de sangre, en el juego y el sexo, todo por sacar unas comisiones millonarias que seguían engrosando sus bolsillos.

Los iracundos provocaron –en sutil maldad– que las dos grandes tendencias de la aristocracia se enzarzaran en las Cortes, acusándose mutuamente del descontento popular. El ‘y tú, más’, tan imaginativo y cargante, fue obra de algún populista infiltrado.

Los grandes maleantes que entraban por fin en las mazmorras salían con diligencia. Tres meses, y a la calle. O no llegaban a entrar, fruto de desimputaciones o indultos. Esta argucia –ideada por los antisistema– fue otro de los grandes hallazgos para inducir a la gente a pensar en una justicia de doble rasero.

Porque, en realidad, ¿de qué se quejaba el vulgo?, ¿cómo pudo prestar oídos al catastrofismo de los populistas? Lo peor fue que, en un supremo acto de inmundicia, esta gentuza decidió manifestar su ira en un puro arrebato de cólera ¡concurriendo a las elecciones! Y la plebe escuchó sus cantos de sirena, alejándose del bien que habían disfrutado hasta entonces. ¡Poniendo en peligro el sistema!

Entre desprecios, negaciones y ninguneos, los más clarividentes entre los cortesanos de élite tienden puentes a negociar con las hordas exaltadas dispuestas a votar lo que no deben. ¿Os vais a arriesgar a las incertidumbres que plantean los radicales? No aciertan a comprender que dan mucho más miedo sus certezas.

Maria Antonieta y su marido Luis XVI perdieron la cabeza en su forma más textual y expresiva por no saber bien dónde la tenían. Pasa mucho cuando no se pisa el suelo que transita la gente. El populacho hizo los deberes y acabó con el Antiguo Régimen. Luego –angustiado por la libertad– llamó a un Napoleón a apretar las clavijas, lo que no es nada infrecuente en estos casos. Nada volvió a ser lo mismo, sin embargo. Y así una y otra vez a lo largo de la historia. Los tiranos, déspotas, saqueadores, malnacidos, y su séquito de aduladores y cómplices de hoy, no agradecen lo suficiente que los tiempos hayan cambiado

El artista es creador de belleza. Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte. El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza.

La palabra Ambigú ha desaparecido de nuestro lenguaje y ha sido sustituida por la palabra francesa “Buffet”, encontrada en textos de principios del siglo XII. Designaba una “mesa”. En castellano encontramos las palabras “Bufé” y “Bufete”, la primera refiriéndose a la comida que se dispone de una vez sobre una mesa, y también a los locales, como estaciones, en los que el viajero puede comer. La segunda corresponde a una “mesa de escribir” y por extensión al “despacho de un abogado”.


Fotografía: todocolección.net

Culto y/o inteligente


“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.

De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.

Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.

Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.

¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.

En general no se conoce la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”.
¿Y cuál es esa diferencia?

El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.

Extracto del artículo publicado por Cultura Inquieta a partir de la obra de Samuel Becket.
Imagen de «culturizando.com»