POMPEYA

EL: Día caluroso de setiembre. Excursión en grupo a Pompeya. Le horrorizaba la idea de visita en grupo turístico a Pompeya. No había alternativa: si quería conocer un lugar arqueológico que siempre le había interesado, tendría que convivir unas horas con desconocidos, gente de provincias, algunos latinoamericanos y soportar las gracias de la guía y las preguntas y comentarios naifs de todos ellos. No se sorprendió, lo sabía desde siempre, era un asocial.”

—¡Ya sabes como es esta gente! —me decía mi amiga.

Aunque nunca había sido amigo de participar en viajes en los que tuviera que compartir vuelo y autobús y hotel y excursiones con gente a la que él no había elegido, en esta ocasión por una rara conexión astral obvió ese pequeño inconveniente. Seguramente pasaría varias horas después lamentándose de ello sin poder expresarlo, pero pensó que lo peor que podría ocurrirle sería tener una incontinencia intestinal dolorosa y que temiendo que fuera algo así como una perforación le llevaran en ambulancia, atravesando el caótico tráfico de Nápoles, a urgencias. Y allí hubiera terminado su problema. Estaría atendido como un rey, como a él le gustaba que lo trataran. Habría enfermeras atentas y preciosas que se acercarían solícitas algo más de lo normal, porque tenía mucha facilidad para hacerse el sordo cuando le convenía y, podría ser una ocasión para tener más cerca de su rostro los labios de alguna mujer que le gustara especialmente. También tenía un punto de hipocondría, bastante acusado a juzgar por él mismo y sus más cercanos, aunque se le podía perdonar porque, en sociedad, no hacía alarde de ello. Tenía una mirada afilada, algunas fobias y un fino sarcasmo que era capaz de arremeter contra todo y contra todos. Pero era un hombre familiar, más bien serio pero ingenioso, culto, elegante y callado.

EL: La vi sacando fotos con afición. Delgada, pantalón corto, pelo recogido en una coleta. Le recordó a Cate Blanchett, una de sus diosas. Se fue entrecruzando con ella durante la visita, igual que con todos los demás. No intercambié ni una palabra con ella. Ni siquiera cuando tropezó y cayó al suelo. Al terminar la visita y mientras se redistribuían los grupos de turistas para el resto del día, a él le pareció que la única persona que merecía la pena era ella. No buscaba nada ni tenía una segunda intención, pero le hizo algún comentario para hablar un poco. A lo mejor cómo se encontraba de su caída. Dos palabras sin más. <pero ¡oh, gran error!, decidió ir al baño preventivamente y cuando volvió donde él la había dejado tres minutos antes, ella ya no estaba…

—¡No, ¡qué va!  Yo no lo conocía entonces.

El grupo no era muy numeroso, unas quince personas, se puede decir que era un grupo homogéneo. Excepto él. Durante el trayecto, sería porque todavía no nos conocíamos, no había más ruido que el del motor del vehículo. Sin pretenderlo, mi cabeza se quedó anclada en una conversación entre tres hombres, sentados en la parte trasera del autobús, que estaban poniendo a parir a los franceses. A mí, que he vivido en la frontera con Francia y conozco la cierta aversión que se tienen los ciudadanos de uno y otro país con respecto a sus vecinos, no me extrañaba, pero me divirtió escucharla. La persona que hablaba lo hacía con mucho conocimiento porque, según él mismo explicaba, y daba todo tipo de detalles, había mantenido relaciones profesionales con franceses; personas y empresas, y, —ya se sabe— la experiencia siempre es un grado. Tuve curiosidad de saber cual de los tres individuos era el que hablaba con voz poderosa, no tanto potente, pero se notaba que dominaba la dicción, el discurso y que, especialmente, se sabía merecedor de la atención de los demás. No me atreví, por supuesto, a mirar hacia atrás. Sí me demoré a salir del autobús para dejar pasar por delante de mí a los tres señores cuando llegamos a Pompeya, aunque no supe identificar entonces quién de los tres era el hombre al que había escuchado con cierto interés.

El día era perfecto. Pensé que no sería la última vez que me apuntaría a una excursión organizada porque me gustó la idea al encontrarme con un grupo reducido. Hasta que llegamos a las taquillas de entrada donde casi me da un pasmo al ver que teníamos que colocarnos en una de las cuatro filas que se habían formado porque éramos cientos o miles a los que iban a repartirnos, durante todo el día, en otros tantos grupos para visitar las ruinas. ¡Me quedé horrorizada! Y allí estuve, estoicamente esperando.

Aquel hombre del autobús —deduje— sería la primera vez en su vida que se había apuntado a una excursión en grupo. Habría viajado por todo el mundo en plan profesional. A todo lujo y a gastos pagados. Y ahora que se habría jubilado, pues, probablemente, sería otra cosa. No solo por lo de viajar solo. También por lo de llegar a cualquier destino y que nadie, ni una bellísima azafata, le esperase en el aeropuerto para acompañarle hasta el chofer que, al verle, se quitaría la gorra de plato y se la pegaría al pecho mientras abriría la puerta trasera de su brillante coche blindado negro y, después de introducir su maleta en el capó, se despediría de la azafata con una simpática inclinación excesiva de su cuerpo, perfectamente aprendida.

Solo una pequeña parte de las ruinas estaba abierta al público, y a pesar de ello bien mereció la pena la visita. A pesar del barullo de gente, grupos que se cruzan entre calles, que a veces hay que esperar en una esquina a que termine el grupo anterior, o el siguiente ya te está pisando los talones, o que uno se pierde porque se demora en sacar una fotografía, o varias… En una de esas a mí me pasó, que quise recuperar el paso del grupo y di un mal paso, o, mejor dicho, di un mal salto y me caí de bruces, con mi cámara de fotos colgando del cuello, lo que afortunadamente evitó que me diera de narices contra el suelo y que terminase con la cara pegada a los pies de una señora que me miraba compungida. ¡Qué afortunada, fui! Aunque a partir de ese momento la guía, antes de continuar la visita, me buscaba para que no volviera a perderme, y llamaba: ¡A ver, la señora que se ha caído!, ¿dónde está? lo cual se convirtió en un pequeño divertimento a mi costa.

—En fin, ya sabes, que siempre me ha gustado destacar… —Las dos nos reímos; yo siempre pensé que así era.

Entre las nubes podía verse el Vesubio. No sé por qué me trajo recuerdos de infancia. Esas cosas que aprendes de memoria y cuando tienes la oportunidad de conocerlas en persona te parecen familiares, como una escena que hubieras vivido antes…

Los tres hombres del autobús no continuaron la excursión. Apenas cruzamos un saludo general cuando nos despedimos y el grupo se disgregó, unos de vuelta a la ciudad, el resto hacia el Vesubio.

ÉL: A partir de ese instante, le entró una sensación de pérdida, ansiedad y desazón. Ya no la volvería a ver, no sabía nada de ella, ni nombre ni teléfono, ni hotel, nada. Ella hubiera podido ser…, con ella hubiera podido surgir… Tenía que encontrarla. Entró en modo angustia.

—¡Claro, y tú eras de las que subían al Vesubio! —¡Cómo no!, sabes que me encanta la aventura. Y es cierto, aunque ésta tampoco era para tanto; un paseo de aproximadamente tres cuartos de hora de subida, por camino de piedra volcánica, por supuesto. Hermoso panorama a lo lejos, aunque una vez arriba, mi ilusión infantil se desvaneció enseguida porque el volcán no estaba ardiendo; como tampoco hervía el Teide cuando lo visité hacía mucho tiempo.

ÉL: No se le ocurrió otra cosa que llamar a la agencia que organizaba los tours y, con el pretexto de interesarse por su estado físico, conseguir su número de teléfono. Tuvo suerte de que el interlocutor sospechó que había un interés “amoroso” y le dio el número con una especie de complicidad masculina y donjuanesca.

Una vez más me había quedado retrasada con respecto al grupo. Compré unas postales con el matasellos del volcán escupiendo lava en otro tiempo, me entretuve hablando con el hijo del dueño de la tienda de recuerdos. Cuando le di la dirección de destino de las postales, se emocionó porque él solía pasar temporadas en mi tierra en casa de un amigo. Al salir de allí descubrí que, en la explanada de tierra donde a primera hora de la tarde habían aparcado todos los autobuses de los turistas, no quedaba ninguno. Me entró la risa, una risa floja. Miré a mi alrededor, me habría confundido de explanada, miré monte arriba, monte abajo y nada, ni sombra, ni polvareda de tráfico por la serpenteante carretera que bajaba, nada. Al oeste, una preciosa puesta de sol brillaba sobre el mar con reflejos de plata. ¡Cuánta belleza! Pero…, ¡cómo era posible que se hubieran marchado sin mí! ¡cómo era posible que nadie me hubiera echado en falta! ¡me habían dejado abandonada! Y yo, allí, atontada, con cara de espantada, quieta.

El hijo de la tienda que me había vendido las postales, cuando se dio cuenta de mi situación, salió a decirme que me tranquilizara; que iban a llegar, en breve, dos autobuses públicos para recoger al personal empleado. Uno de los chóferes se avino amablemente a bajarme de allí.

ÉL: La telefoneó varias veces, pero había poca cobertura en el Vesubio, y ella tampoco sabía bien quién la estaba llamando. No paró de llamarla cada diez minutos, pero con resultados infructuosos. Esto no hizo más que acelerar su angustia y la sensación de que no la encontraría. Cuando por fin pudieron hablar y entenderse, ella estaba regresando de su excursión al cráter.

Sentí la vibración en el bolsillo de mi mochila que llevaba apretada entre mis piernas. Por mucho esfuerzo que hice de zafarme de ella para atender la llamada pensando que me llamaba la guía, no llegué a tiempo. ¡Mierda! Leí en la pantalla del móvil, pero no reconocí el número; era lo normal, estaba en Italia. Al menos me tranquilicé un poco al pensar que alguien, por fin, se había dado cuenta de que faltaba. La siguiente llamada me cogió con él en las manos. Pero esta vez solo se oían ruidos y rápidamente la comunicación quedó cortada. Allí, en pleno monte, era normal que hubiera problemas de cobertura. Nueva llamada, más ruidos y en la lejanía una voz preguntando por mi nombre que, más que entenderlo, creo que quise imaginarlo. Escuché algo así como una “francesa” pero no entendía nada, se oía muy lejos, apenas. Ni siquiera me había comunicado con ninguna francesa en el grupo; había otra vasca, gente de Madrid, otros de Palma de Mallorca, pero francesa… no; no que yo supiera. Volvió a cortarse la comunicación en varias ocasiones durante el trayecto hasta la ciudad. Por fin alguien preguntaba por mí, si, alguien que no era la guía. En principio me asusté, hasta que comprendí que era una de las personas con las que había coincidido en las ruinas pero que no habían subido al volcán.

—¡Ah, si, ahora me doy cuenta! —Exclamé, no tanto emocionada sino todavía asustada.

Me dio una explicación improbable a la que atendí con mi mejor actitud, pero sin enterarme de nada.

—¿Se puede saber quién le ha dado mi número de móvil? —pregunté, más por curiosidad que por otra cosa. Estos italianos —pensé— se toman a chiste lo de la confidencialidad y la protección de datos de sus clientes. Seguro que ha sido la guía. Pero ¿por qué demonios no me ha llamado ella? No me encajaba nada—.

—Bueno… balbuceó su voz al otro lado. Ya te explicaré en cuanto tenga oportunidad. Solo llamaba para interesarme por tu salud.

—¿Yo? ¡estoy estupenda! —que es una frase que suelo decir en plan de coña.

—Quiero decir… —continuó amable, sin darse por enterado de mi tono irónico— después de la caída de esta mañana. Saber si te has recuperado bien, o…

No me lo podía creer.

—En fin, se oye fatal este móvil, hay muchas interferencias…, ¿sería posible vernos y tomarnos una cerveza y te cuento lo que ha pasado?

Intenté explicarle que estaba muy nerviosa, que me había quedado tirada, que no sabía dónde estaba, que bajaba en un autobús público hacia el centro de la ciudad, que los del tour me habían dejado en el monte abandonada, que quería irme a mi casa. Pero el autobús paró en ese momento en una plaza donde se bajaron algunas personas. Salté del asiento, todavía con el móvil abierto, y me acerqué al chofer para preguntarle dónde estábamos y a dónde íbamos. Al otro lado del móvil se oyó la voz del hombre diciendo: estoy en la plaza de Cesú, a lo que el chofer asintió, iluminado…

—¡Eccoci qui signora!

—¡Per favore, aspetta, aspetta signore! —decía yo nerviosa mientras intentaba recuperar mi mochila. ¡Que voglio scendere, que me bajo del autobús, grazie mille signore! mientras él me miraba como si yo fuera una extraterrestre. Debía de parecerlo entonces, porque en cuanto toqué tierra y lo vi frente al autobús, me lancé a sus brazos como a una tabla de salvación.


ÉL: Bajó del autocar nerviosa y acelerada y se vieron de frente. Resultó que se encontraba a veinte metros de donde él estaba. Se acercó a él y le abrazó sin saber muy bien por qué.

Inmediatamente pensé: ¿qué hago yo aquí en los brazos de este hombre?


                  El empleado de la agencia que había organizado la excursión, aunque había hecho alusión a la Ley de protección de datos, se había dejado convencer por las dotes de persuasión de aquel hombre que le explicaba que había ocurrido un accidente por la mañana y que no habían podido contactar conmigo y que quería interesarse por mí salud, por si necesitaba algún tipo de ayuda…
                  —Totalmente d’accordo signore. Capisco.

Él había mantenido el abrazo y cuando nos separamos y conseguimos mirarnos a la cara, nos dimos cuenta de que ninguno de los dos entendíamos nada.


ÉL: Fue la primera de las muchas conjunciones astrales que sazonaron sus vidas de ahí en adelante. Sin saberlo coincidieron frente a la iglesia del Cesú. ¡La había encontrado! Pasaron juntos esa tarde y los días siguientes. Habían quedado para visitar el Museo Arqueológico a primera hora de la mañana. La vió sentada en la escalinata. Dedicaron un par de horas a visitar el museo con especial atención al calendario horóscopo. Tomaron un taxi y un café en una de las mesas privilegiadas del Café Gambrinus. Después, con mucha fortuna compraron entradas para el ensayo general de la ópera La Traviata que se celebraba aquella tarde en el Teatro San Carlo. Comieron en la trattoría “da Nennella” típica y ruidosa. —Ella más que él—. Al atardecer les permitieron entrar en el Teatro San Carlo sin importarles no cumplir con ningún código de vestimenta, ya que todavía iban en bermudas. Cenaron más tarde en una pizzería muy antigua llamada Brandi. A medida que se acercaba el final de la velada a él se le aceleraba el corazón porque no sabía cómo proponer lo que él deseaba sin que ella se sintiera ofendida. Él era muy tímido, cortado e inseguro. Temía no gustarle y arruinar lo que podría ser el inicio de algo que le ilusionaba. Por suerte sus dudas se resolvieron mientras tomaban un limoncello. Él la acompañó a su apartamento, pero decidió frenar, ser paciente, y se despidieron afectuosamente hasta el día siguiente.


ÉL: Amaneció lluvioso el día de la festividad de San Genaro. La ciudad se había llenado de gente ataviada con trajes de domingo, las señoras vestidas de negro y las niñas con vestidos de enormes lazos de colores. Todo muy kitsch y felliniano. Visitaron las librerías de viejo, Él la llevó al Convento de Santa Chiara y a la iglesia de San Severo para ver al Cristo Velato. Comieron en un restaurante “trendy” con la comida vendida al peso y pudieron sentarse en una mesa en la acera, a pesar de que la lluvia, que había parado, seguía amenazando.

Él: Había mantenido el abrazo y cuando se separaron y consiguieron mirarse a la cara, se dieron cuenta de que ninguno de los dos entendía nada.


Quizá la astrología hubiera podido explicarlo.

@mjberistain
De “Crónicas Astrales”


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