Metáfora del infinito

Ansié volver al desierto con una melancolía venenosa. Por eso, unos meses después de mi llegada al Sahara —una tierra a la que había jurado no volver— mi obsesión por el desierto llegó a su punto más extremo. Tuve que reflexionar sobre la causa del poder de seducción que aquel lugar ejercía sobre mí. ¿La soledad? ¿La vastedad de los espacios? ¿La infinitud del horizonte? ¿Por qué parece bello lo desolado?, necesitaba saber. ¿Por qué me había enamorado de aquella tierra llena de nada y polvo? Aquello era tan distinto de todo lo que conocía y, sin embargo, tan parecido a mí…

Anhelaba esa pobreza y necesaria desnudez a la que el desierto parecía invitarme.

¿Qué quiero decir cuando digo que amo el desierto? ¿Qué digo estar amando? ¿La arena ardiente por el día y helada por la noche? ¿Las muchas y variadas formas de las dunas? ¿El cielo estrellado y la luna enorme, como un astro vivo y equivocado? ¿La soledad? ¿El vacío? Quizá solo ame el concepto del desierto, y quizá lo ame porque quiero ser como él. Amo el desierto porque es el lugar de la posibilidad absoluta: el lugar en que el horizonte tiene la amplitud que el hombre merece y necesita. El desierto: esa metáfora del infinito.

Pablo D’Ors

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