La canción de Nerta

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Agarrada a la botella de bourbon la mujer observaba, con mirada extraviada, al resto de clientes que bebían y hablaban escandalosamente en el bar del pueblo. Situado unos cientos de metros por encima de las casas, desde sus ventanucos podía contemplarse un paisaje escarpado, escasamente habitado, y un estrecho camino de piedras y barro que discurría en zig-zag pendiente abajo. La vegetación salvaje y la nieve de los inviernos se habían ocupado de ocultar la antigua carretera de asfalto que conectaba con la ruta a la gran ciudad, así que las provisiones llegaban, con dudosa puntualidad, una vez al mes excepto durante la época de las grandes nevadas, cuando el pueblo quedaba totalmente aislado. Bill y sus caballos desaparecían durante ese tiempo hasta que volvían a escucharse los hilos de agua discurrir por las vertientes empinadas de las montañas anunciando la llegada de una nueva primavera.

Llegué hasta allí un verano con un grupo de amigos. El objetivo del viaje era hacer treeking por la zona. Entre la documentación que consulté llamó mi atención una leyenda en torno al pueblo de Fläm. Una mañana de mal tiempo, mientras el resto del grupo se quedaba descansando en las tiendas, me acerqué andando con la intención de enterarme de primera mano de su historia. La primera persona con la que me encontré fue Gunilda, una mujer alta y fuerte de origen germano —según me explicó más tarde— de belleza áspera y entrada en años.

—¡Buenos días!. Usted podría indicarme con qué persona debo de hablar en el pueblo para poder visitar la antigua iglesia de madera?

—Pues… siento decirle que solo se abre cuando hay enterramientos; de cualquier manera actualmente tiene más valor el exterior que el interior porque hace años fue saqueada y solo quedan viejas vigas negras soportando la estructura.

—¡Ah!, lástima… —No me dejó decir más. Me acogió con tantas ganas de hablar que me propuso subir paseando hasta el bar y contarme la leyenda que, según me dijo, tenía mucho de historia.

Nerta había sido en algún tiempo la más bella del lugar. La muerte se llevó a su familia y prefirió quedarse en el pueblo, sola, a raíz de la diáspora que se produjo después de la gran inundación. Cada tarde, cuando el sol desaparecía entre las montañas, se acercaba hasta la cascada. Necesitaba escuchar el sonido ronco del agua hasta que su imaginación lo adormecía y su música le hablaba como las voces familiares de su infancia.

Era una persona muy querida y protegida por los mayores del pueblo. De ojos avispados color miel y sonrisa franca, sus mejillas se iluminaban sonrosadas cuando su pulso se aceleraba; entonces se despojaba de su gorro de lana gris y soltaba al viento la melena rubia que había mantenido oculta, recogida en una larga trenza, durante los meses de bloqueo invernal.

—¡Hola Nerta!, saludó Bill secándose el sudor de la cara con un trapo negruzco en una mano mientras con la otra daba palmadas en el lomo a uno de sus caballos.

—¡Bill…!, respondió ella con una tímida sonrisa.

Acudían hombres y mujeres a celebrar la llegada del joven al pueblo. Se organizaban en una especie de romería bulliciosa que les llevaba cuesta arriba hasta el bar para escuchar ansiosos las noticias que traía del otro lado de las montañas. Los ánimos se disparaban, la alegría invitaba a bailar al ritmo del acordeón de Rufo el ciego. Casi todo estaba permitido, se abrazaban con júbilo, se besaban, gozaban sin pudor en aquél lúgubre bar de montaña tan entrañable para ellos. Cantaban a coro las mismas canciones de siempre mientras la noche se alargaba bebiendo hasta el amanecer.

—¿Nerta?, Se puso serio mientras clavaba su mirada imponente en ella acorralando sus gestos en un abrazo espacioso y tierno.

Habían pasado juntos toda la noche sentados en la escalera de madera que daba al zaguán, hablando en un idioma tan antiguo como el amor.

—No repetiré lo que voy a decirte. —Su voz susurró imperativa produciendo en ella un repentino hormigueo, como la picadura de una ortiga, que se adueñó de cada célula de su ser.

Nerta sintió que se estaba librando en su interior la batalla definitiva contra su pasado. El enorme peso de su corazón estaba siendo vapuleado ahora por el miedo; no estaba preparada para dejar aquel lugar en el que descansaban sus antepasados. Ella sabía que formaba parte de la leyenda y allí seguiría, aún con el inmenso rencor que sentía hacia sí misma por dejar partir a aquel hombre al que amaba desde que era una niña.

Su vida se convirtió en una sombría sucesión de noches vacías entre paredes desconchadas y maderas que crujían intempestivas. Las semanas y los meses pasaban formando una confusión de soles tibios, nubes y nieblas, bajo el amparo de un cielo azul abatido. Los vientos del otoño llegaron aquel año con la violencia de una rara premonición. Salió del pueblo de madrugada, para evitar cualquier encuentro con los vecinos, y se dirigió al antiguo camino que le llevaría a la gran ciudad. Cruzó ríos entre profundos barrancos, subió por laderas escarpadas hasta lo más alto de las montañas, bajó a los valles, perdió el norte y la cuenta de los días y de las noches que pasaban. Cuando le sorprendió el tiempo de las nieves solo su espíritu deshilachado seguía obedeciendo a los impulsos de su corazón. La crecida de la primavera arrastró su cuerpo dormido y cuentan que los espíritus del valle lo depositaron al pie de la gran cascada al borde del Fiordo de los Sueños.

—Gunilda separaba cada párrafo de su discurso con un trago de la botella pegajosa, que no paraba de acariciar con sus dos manos. Su mirada extraviada denotaba que había dejado de hablar conmigo hacía un buen rato, inmersa en la leyenda que —según insistía— acabaría en su boca porque “ya no queda gente joven interesada en contar nuestra historia”.

Cada primavera puede escucharse el eco de la voz de Nerta entre el murmullo del agua de la cascada; incluso dicen que en las noches de luna llena puede verse a lo lejos su larga túnica roja y su melena danzando entre las rocas. Los vecinos agotan su vida sentados en el pretil de la iglesia de madera. Bill sigue llegando puntual al pueblo con su cabello gris, sus viejos caballos y las cada vez más escasas provisiones a cuestas. Su abundante barba blanca impide apreciar el temblor de sus labios cuando recuerdan los viejos tiempos.

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M.J.B para el Taller de Escritura
Octubre 2016

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