El Profesor

 

Miraba con la agudeza de un ave rapaz frente a su próxima víctima. De sonrisa amplia y gesto de bufón se sabía el rey de la fiesta en todos los saraos, era de los que no reparaba en los demás sino para servirse de ellos y encumbrarse a sí mismo. Llevaba gafas de intelectual decadente que sabía le añadían prestigio entre los cientos de alumnos que se acercaban con curiosidad a sus clases por la fama de raro personaje de interés en el ámbito del arte de jugar con las palabras.

Por su parte, Julia no comprendía muy bien el atractivo que encontraban sus amigos en frecuentar “El chusco” —el bar cutre donde se congregaban a última hora de la tarde del viernes muchos de sus compañeros de clase en un ambiente teatral en el que, después de unas cuantas copas, conseguían acaparar la atención de aquel hombre y representar una especie de obra en la que hacían de él el personaje principal sin que opusiera ninguna resistencia. Se jactaba entonces con deleite de su capacidad de convocatoria y alentaba a su público a participar activamente en diálogos absurdos y cáusticos para divertimento de todos-.

Aún recordaba que la tarde que le conoció, iba vestida de manera informal con unos tejanos raídos y una camisa ancha, mochila y zapatillas deportivas, el pelo desordenado pinzado en una especie de moño que solía recoger su melena rizada. Había sonado el móvil en el momento en el que estaba esperando al autobús para irse a casa después de un día agotador. Era Raúl, su amigo del alma, quien le pedía que le acompañara un rato para deshacerse de los demonios que le torturaban después de haber tomado la decisión de asumir su homosexualidad en público.

-¡Puaff!. No podía negarse.

La abrazó con la pasión de un hombre enamorado cuando se encontraron, la apretó contra su cuerpo –solía hacerlo y ella no lo evitaba- le soltó el moño escudriñando entre su pelo el aroma a hembra que tanto le gustaba y le propuso asistir juntos a la fiesta que daba su padre a propósito de la visita de un amigo suyo, profesor en la Universidad de Columbia, que estaba allí de paso impartiendo unos cursos presenciales de Comunicación Audiovisual. Julia torció el gesto señalando su cuerpo e invitándole a Raúl a comprender que su “estilismo”, nada distinguido, no era el más adecuado para asistir a un encuentro social comprometido. Raúl la rodeó con sus brazos por la cintura y en volandas la besó satisfecho y feliz de poder contar siempre con ella. Aceptó solo por hacerle un favor. Pensó sobre la marcha hacer de su naturalidad su mejor arma aquella noche.

Hechas las presentaciones de rigor, se situó discretamente cerca de uno de los grandes ventanales que le permitían entretenerse con el paisaje y pasar un tanto desapercibida, medio camuflada, entre el vuelo denso de las amplias cortinas de terciopelo bermellón. Desde allí observaba el movimiento y los gestos de los invitados evolucionando por la estancia de toque minimalista, captaba su atención la espléndida lámpara de lágrimas de cristal colgando del centro de una gran claraboya. De vez en cuando se acercaba Raúl y ella se apretaba cómplice a su abrazo jurándole odio eterno mientras se reían relajados brindando por esa clase de amor/amistad tan especial que les unía.

En algún momento se dió cuenta, a través del espejo de encima de la repisa de la chimenea en la que había dejado la copa de vino blanco a medio terminar de que, estaba tratando de evitar aquella mirada con la que sus ojos se encontraban cada vez que se movía del sitio. Le incomodaba y le excitaba a la vez sentir el influjo de aquellos finos hilos azules que serpenteaban a su alrededor sorteando las figuras de los invitados para recorrer en zigzag la distancia que les separaba hasta alcanzar los suyos con la fiereza de un rayo en una noche sin luna.

Trataba de evitar su mirada, pero no pudo evitar que él se acercara y susurrándole al oído le preguntara, a bocajarro, si podía abrazar allí mismo su cuerpo sugerentemente oculto o si por el contrario prefería que se diera media vuelta y la olvidara… Su voz seductora consiguió que Julia despertara de su ensimismamiento soltando una sonora carcajada. Todas las miradas se dirigieron a ella y la observaron. Admiraron su delicada figura de tierna belleza natural, su sonrisa luminosa, los rizos desordenados cayendo en cascada por su cuello hasta posarse en la insolencia de su deseo declarado en sus pechos contra su camiseta. Ella se giró, desde la terraza le llegó el dulce azote de la brisa y el soplo de un beso inflamado de Raúl despidiéndose de la oscuridad…

 

 

 

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