La Albufera

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Ernesto, hombre serio pero afable, curtido por años de trabajo al sol, fue el Barquero que nos contó la historia de La Albufera mientras nos daba un paseo en su pequeña barca de madera, accionada actualmente por un pequeño motor. Toda su vida y la de sus antepasados trabajando allí, adaptándose primero a la pesca en las salinas y más tarde al cultivo del arroz en el agua dulce. Conoce bien todos los recovecos y secretos del lago.

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DSC_0321Zonas acotadas donde se pescan las anguilas

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Antiguamente las viejas barcas eran impulsadas por velas latinas ayudándose los barqueros por las llamadas “perchas” (palo alargado que el barquero apoyaba a modo de remo en el suelo del lago).

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Embarcadero

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Garceta en los Arrozales

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La Barraca

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«La Albufera la transformaban los hombres con sus cultivos y desfigurábanse las familias, como si las tradiciones del lago se perdiesen para siempre». Con estas proféticas palabras describía Blasco Ibáñez, a comienzos del siglo XX, la lenta agonía de un modo de vida y de un ecosistema, amenazados ante la expansión descontrolada del cultivo del arroz, en su conocida obra ‘Cañas y barro’. Aunque el problema venía de lejos.

El ecosistema y el paisaje que todos conocemos tiene poco de natural y mucho de cultural, fruto de la intervención humana y la explotación intensiva de este medio físico, especialmente durante los últimos 250 años. El aprovechamiento de los recursos que ofrecía la Albufera ha sido una constante a lo largo de la historia. Sin embargo, podemos distinguir dos etapas claramente diferenciadas en la gestión de este espacio lacustre, definidas por Carles Sanchis (uno de las voces más autorizadas al respecto) como el paso de La Albufera de los pescadores a la de los arrozales.

Un aspecto que incidió significativamente sobre la gestión de este humedal fueron los cambios en su titularidad. Propiedad del rey desde el siglo XIII, pasó a gestión señorial a comienzos del siglo XVIII, para revertir posteriormente a la Corona en 1761 y hasta 1865. En este momento, Isabel II cedió la propiedad de La Albufera al Estado, cumpliéndose precisamente el 150 aniversario de este traspaso, que puso fin a seis siglos de pertenencia al patrimonio regio. Sin embargo, éste no fue el último vaivén, ya que en 1911 La Albufera nuevamente cambió de manos, al ser vendida, junto a la Dehesa, al Ayuntamiento de Valencia, actual propietario de la misma.

Tras la conquista, Jaume I incorporó este espacio al patrimonio real, considerando La Albufera como una fuente constante de rentas, derivadas principalmente de dos actividades: la pesca y la producción de sal. Esta situación se mantuvo prácticamente inalterable hasta el siglo XVI, desarrollándose un modelo de gestión sostenible, con un impacto escaso sobre el medio natural. Durante este largo periodo las aguas de La Albufera se caracterizaban por su elevada salinidad, fruto de la apertura al mar y los aportes constantes de agua salada, a través de la gola, favoreciendo este aprovechamiento tradicional.

Sin embargo, este equilibrio sostenible comenzó a resquebrajarse ante los vaivenes políticos y las necesidades fiscales de la monarquía durante el reinado de los Austrias. La fuerte expansión del regadío en la Ribera Baja del Júcar durante el siglo XVI comenzó a incrementar los aportes de agua dulce (afectando directamente a la pesca y las salinas), aunque las transformaciones fundamentales se produjeron en el siglo XVIII. A la presión generada por el incremento del regadío en el entorno de La Albufera se sumó la comunicación artificial con el mar, a través de la apertura de nuevas golas, cuya función principal era el drenaje y la desecación de zonas pantanosas, imprescindible ante la imparable expansión arrocera que se puso en marcha durante el siglo XVIII y continuó en los siglos XIX y XX. Desde este momento, la regulación del régimen hídrico fue un motivo constante de litigio que aún se mantiene vivo, ya que el amo de la gola se convirtió en el amo de La Albufera.

El impacto derivado de este proceso fue enorme, transformando por completo el antiguo humedal. Entre 1761 y 1927 se redujo drásticamente su tamaño y la biodiversidad de su ecosistema, transformando por completo el paisaje. El arroz y el regadío sustituyeron a la pesca y las salinas, alterando no sólo el entorno ambiental, sino también el modo de vida de las gentes de La Albufera.

Extracto del Artículo de Daniel Muñoz.
Fotografía M.J.B.


 

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