Me apoyo en el regazo de tu vejez
como aquellas tardes de domingo
en las que consolabas mi desdicha infantil.

Y, aquí
ante esta noche dura como un silencio
de siglos
porque tu palabra yace desmayada,
porque se me pierde tu mirada
en los océanos de la nada,
porque tus manos solo aprietan el dolor…

Ante esta noche de abismos
en los que se debaten la vida y la muerte
me siento tan huérfana
que sólo puedo, como entonces, ampararme en tí.

M.J.B.


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