Como hacía a veces

Vuelves con tu recuerdo al costado del invierno
vestida la mirada de escarcha y frutos nuevos.

Amanecí —sería ayer— lejos de los siglos
de los espejos y de los libros
con una perezosa rutina de horas quietas.

Miraba los cuadros colgados de las paredes,
el mar sonaba como hacía a veces
desde la atalaya de tus pies dormidos.
Quise  parar el viento en la ventana,
las hordas de lluvia que clamaban
como caballos aventurados por las playas
desabrigadas. Pero no pude.

Vuelves con tu recuerdo y sin abrigo
—tus pies descalzos, tus pies fríos—
a la escasa luz blanca de este enero tardío
que viste de sol las orillas de las alfombras.

Yo te espero tras la ternura de los espejos
donde el mar suena como hacía a veces…






@mariajesusberistain

Goruntz – III

 

De quién fueron los gestos,
de quién las palabras sonoras y los elocuentes silencios,
de quién las miradas impúdicas y salvajes
de qué desesperados la fuerza de las pasiones
más oprobiosas y delirantes.

Y vos que miráis con recelo, sin admitir que los dioses
no defienden a los pobres, a los inocentes ni a los niños
¿de qué vais vestidos?, vuestras túnicas de sedas
y doradas cadenas hacen a vuestro paso demasiado ruido.

Mejor comprendierais la alegría de l@s muert@s
antes de que llegaran a vuestras salas de altos techos
y maderas nobles. Vuestras gafas llevan a veces niebla
en los cristales y los libros, que fueron escritos
hace siglos, duermen en los estantes.

De quién es el pecado, de quién la inocencia,
de quién la indiferencia, solo Dios lo sabe.

Yo solo pido:
abrir las ventanas que cerráis a cal y canto,
bajad al asfalto, a las cantinas, a los arrozales,
escuchad el rumor de los corazones apagados
y unir vuestras fuerzas al clamor de las calles.

 

 

 

Estado de Alarma…

Ana nos invita a la reflexión con el texto de la sicóloga italiana F. Morelli. Gracias por compartirlo.

escribir desde el corazon

Esta tarde, viernes 13 de Marzo de 2020, me siento a escribir como pocas veces lo he hecho antes, con el alma rota 😭; pero seré breve (también como pocas veces 😉).
Tengo el alma rota por lo que está ocurriendo en todo el mundo pero, sobre todo, en mi propio país.
Tengo el alma rota por ver lo que está pasando y también por pensar en lo que nos queda.
Tengo el alma rota porque la gente está muy cansada de una situación que apenas acaba de empezar pero que tiene ya a toda la población con hastío, aburrimiento, enfado, ansiedad, histeria…

Sin embargo, como siempre hay un rayo de sol en medio de una tormenta, hoy no hubiera escrito nada si no llega a ser porque ha caído en mis manos el texto de una psicóloga italiana, F. Morelli, que en apenas unas pocas líneas me ha dado un…

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El vermut

 

Me pasé el brazo izquierdo por la cara cubierta por mis pelos. Estaba húmeda, aprisionada.

Dios mío, ¿qué hacía yo allí? Abrí los ojos y me imaginé una alcachofa de ducha amenazadora en lo alto sobre mi cabeza. La lluvia no cesaba y, como pude, enfoqué mejor la mirada. Efectivamente, era una alcachofa de ducha que chorreaba con estruendo y sin parar sobre mí; estaba metida en la bañera, hasta el cuello de agua. Me propuse apoyarme en las agarraderas de los lados para conseguir incorporarme antes de ahogarme, pero especialmente para pensar en dónde demonios estaba, y qué hacía yo allí.

Últimamente me había tocado viajar mucho y comprendí que el exceso de trabajo me estaba produciendo cierto estrés, pero de ahí a aparecer de esa guisa en nosabíamuybiendónde, había una cierta diferencia.

Por supuesto que estaba desnuda, veía mis pezones aflorar en el agua si me movía. Me paré a observarlos intentando hacerme dueña de mis pechos de nuevo. Levanté una pierna y allí al fondo había un pie, que supuse que también sería mío. Bueno, esto me tranquilizaba. Saqué el otro pie y me atreví a tocarme la tripa. ¿Bien?

¡Bien! Por fin me encontré. Era yo.

Recordé que al llegar de viaje me habían visto tan agotada que habían querido obsequiarme con algo fuerte, un vermut por ejemplo, para que repusiera fuerzas. Mi imaginación me llevó a un Martini seco glamoroso y sofisticado, con bien de ginebra, un poco de vodka y vermut blanco, aderezado con un poco de piel de limón retorcida y agitado en coctelera con mucho hielo, —que no removido— servido en copa de cóctel de fino cristal. Lo pensé unos minutos, porque yo lo que en realidad necesitaba con urgencia, era relajarme en un buen baño con espuma o, incluso me hubiera conformado con que hubiera sido solo jabonoso.

Reconocí que esta idea era una utopía en una casa con niños pequeños que revoloteaban por todas las habitaciones con sus cochecitos, excavadoras, piezas de lego y otros objetos minúsculos de colores vivos, y atropellándole al personal con sus animalitos, especialmente con los del tipo dinosaurio a los que, por cierto, ya me tenían acostumbrada y hasta habían conseguido que aprendiera nombres y características de algunos, hasta llegar a considerarlos, casi, como si fueran de la familia. Así que aprecié tomarme ese vermut.

El primer trago me hizo retroceder. Horrorizada, pregunté que ¿qué era aquello de color rojo amarronado con burbujas y sabor a caramelo de cola? Me explicaron que era una mezcla rebajada de vermut especialmente preparada para mí. —No sé por qué diantres en alguna conversación había comentado que había dejado de beber alcohol hacía unos días—. No hubo problema, muy solícitos me lo sustituyeron por un vermut de verdad del tipo de los que se habían visto siempre en las películas de James Bond.

¡Aquello era otra cosa!

Y aquí estaba yo, intentando salir de la bañera de mis nietos, después del tropezón con el cocodrilo y su cola de más de treinta centímetros de largo, con el que, por lo visto, había tenido que compartir baño.

A pesar de mi sofoco cuando lo vi, y de mis gritos, el cocodrilo seguía mirándome impertérrito. Intenté serenarme y conseguí entender que era un nuevo miembro de la familia a quien todavía no me habían presentado.

En unos segundos me vi rodeada de toda la familia, mientras mi nieto mayor de cinco años recién cumplidos me tranquilizaba con sus explicaciones para que no me preocupara, que se trataba de un tipo de cocodrilo supergrande y terrible de nombre Deinosuchus que había convivido con los dinosaurios, y que incluso se los podía comer…, y muchos detalles más…

Yo le creí, y el cocodrilo y yo nos hicimos amigos…

 

Cuando tuve frío

No hubo tiempo de beber de sus pechos
conmovidos; era cuando tuve frío

vagaba errante el placer por todas partes
suspirando silvestres encajes
de caricias bajo la brisa de los sauces,
yo sólo preguntaba

¿quién, y dónde?

más allá de los inviernos,
ciega a los labios inflamados de las flores,

sombras saciadas de tristeza se esfumaban
con cuencos de lluvia entre las manos
mientras yo bajaba al río para atarme las sandalias.

 

@mjberistain
imagen: Juan Carlos Mestre de la exposición “Amanecidos por el agua”


 

Fugitivos

 

 

Mientras seamos fugitivos

que apaguen la luna y las leyes
que se inclinen los faros
de todos los puertos,
que estalle el corazón en mil pedazos
y el sol cubra de cobre las calles
y mis zapatos.

dame un jugoso rayo de luz
y seguiré navegando.

 

@mjberistain