Tempestades

 

 

Me enfrento al brillo voraz de tus ojos
mientras sucede
algo más que el deseo
y las contradicciones.

Se van rompiendo las horas
en pequeños despertares
que perpetúan, en el angosto camino del miedo
a abandonar, la dulce desdicha de las sábanas.

Cada uno tiene sus propias tempestades…

 

@mjberistain


 

Nunca más, Amor

 

Fui la sed
y tu el agua inalcanzable.
Bebí la lluvia ardiente
de mis propias lágrimas.

Fui ofrenda.

Hubiera querido todo
pero también nada de ti.
Fui vertiente y fui vacío
aullando como una loba
en el bosque de las ciudades
deshabitadas

Nunca más, Amor

No soy un ser. Soy una sombra
que persigue el viento, el cuerpo
curvado de una nube errante
y la secreta humedad de su tormenta.

Nunca más, Amor


 

 

 

Si me das a elegir…

 

A esta hora inocente
la luz se sienta
en el umbral de las miradas

A esta hora inocente
los rostros no tienen nombre
mas la soledad no está sola

Hemos nacido y muerto
tantas veces,
tantas veces hemos vuelto
brindando con los vasos vacíos
en la ausencia
que es nunca y es ahora.

Nada tiene sentido,
ni los abrazos crispados
de placer ni el dolor insumiso de la sangre,

A esta hora inocente
si me das a elegir, me quedo contigo.

@mjberistain

 

Poesía; ese verbo hecho tango

 

En algún sitio, que he olvidado, leí esta frase que utilizo como título.

 

Labios ardientes, ya no me acuerdo de ti. Me he abrochado el abrigo, ojalá hubieras llegado antes. He robado una botella de bourbón en la vinatería de la esquina y al salir el tendero me ha lanzado una dura mirada que me ha paralizado. Luego me ha sonreído y me ha guiñado un ojo. He apretado la botella de licor contra mi pecho y he salido corriendo.

La música, ese tango que sonaba en su almacén me ha transportado a otro tiempo,

Trabajaba en los aseos de uno de los parkings de la ciudad. Llevaba un uniforme blanco y un chaleco amarillo fosforescente con una gruesa raya gris alrededor del pecho. En mi recuerdo empujo un carro de útiles de limpieza, incluidos escoba, fregona, cubos y  trapos de colores. Y un pequeño transistor con música y el volumen muy bajo, que prefiero a los auriculares, porque así atiendo mejor a la megafonía y a los clientes.

— Buenos días. ¿Que si me gusta mi trabajo?

— Pues, sinceramente, no. Pero necesito un trabajo a tiempo parcial para poder dedicarme a lo que verdaderamente me interesa.

— Interesante. ¿Y a qué se dedica, aparte de a este trabajo?

— Soy madre.

— Bueno…

— Y escritora.

— Cómo dice?

—Sí, ha oído bien. Soy escritora, también a tiempo parcial, porque cuando salgo de aquí me ocupo de mis tres hijos y cuando ellos duermen yo escribo.

— Y, esa vida le hace feliz?

—Es todo lo que tengo, todo lo que soy y sí, soy feliz.

— Yo creo que usted es un fantasma.

Sonríe.

Después de unos instantes, yo también.

— Vengo habitualmente por aquí y, cada mañana, cuando la veo dirigirse a su puesto de trabajo, empujando su carro, pienso que es usted la persona más profesional, más encantadora y más bonita que he visto nunca. Esa dignidad…, esa música de tango que apenas puede escucharse de ese pequeño aparato y que a mí tanto me gusta. Pareciera que a usted le gusta su trabajo, no me diga que no.

— Y, qué es lo que escribe? —perdone, o le molesta que se lo pregunte?

Le sonrío y le hago un gesto de despedida saludándole con la mano, tratando de evitar responderle. Hablaremos en otro momento —le digo— y entro en el baño de señoras.

Desenrollo unos cuantos metros de papel higiénico y me siento en el banco de madera y escribo:

 

Poesía,
verbo hecho tango
robas mi sueño y me salvas,
a dentelladas, de la obsesión.

Borrachera de amor,
demencial escarnio
girando hipnótico
en lances de locura.

Porque llegaste tarde
sucumbí
al agrio sabor en mi boca
de la indignidad,

muéveme milonga,
muéveme
punzada pasajera, milonga,
hasta que desee acabar contigo
de una vez para todas.

Hoy he robado por ti.

 

@mjberistain
imagen: internet autor desconocido


 

Intento eternizar lo huidizo

 

… lo decía Peter Handke en su “Poema a la Duración”

Era el año 1991 cuando conocí su obra. Desde entonces lo leo de vez en cuando porque me mantiene en esa duración que es la vida como un despertar. Se dijo entonces en su presentación (El País Año VII, Nº 305) que se trataba de una poesía meditativa, reflexiva, que razona y celebra al mismo tiempo, de lenguaje sobrio, nada aparatoso, nada especialmente lírico, y que busca explicar desde varios ángulos el contenido y el sentido de una experiencia singular y profunda.

El que no ha sabido lo que es la duración es que no ha vivido —dice en el prólogo del libro Eustaquio Barjau quien también se ha ocupado de la traducción—. La felicidad no es algo que pueda venirnos de la voluntad, es muchas veces algo que está muy cerca y de lo que pasamos de largo por no haberlo advertido, una gracia imprevisible, huidiza; algo a lo que solo cabe responder con una actitud y un modo de vida que pueda favorecer su llegada. Dice él mismo: El Poema a la duración es una obra que puede —no se sabe si pretende— producir un efecto saludable en un lector atento y empático. En definitiva una de las posibles funciones de la literatura.

Algunos versos… al azar:

Quería meter la cabeza en la hélice del barco,
del mismo modo como una vez quise meter la cabeza
por el cristal de la ventana de un mirador;
de esta forma quería apartarme de la belleza,
de la tierra, del paraíso,
de la ciudad santa, del amor engañoso.
Y este estado no pasó.
El resto del viaje seguí estando ausente,
con los ojos abiertos de par en par, de tristeza;
el corazón, un tic-tac de debilidad maligna,
un espíritu de vida, como tantas veces, trabajando,
en mi rincón cotidiano,
inclinado sobre las palabras,
las denominaciones originarias,
las protopalabras del hijo del hombre;
“la Tierra, la madre total”, “la sonrisa innumerable de las olas del mar”,…

***

Una vez más lo he sabido
el éxtasis es siempre demasiado.

***

La Duración no está vinculada al amor de los sexos.
Puede de la misma manera,
envolverte en el amor que ofreces ininterrumpidamente a un hijo;
y allí no necesariamente en las caricias,
pasándole la mano por la cara, besándolo,
sino, una vez más,
solo dando un rodeo por las cosas que no tienen importancia.

***

La duración no desplaza,
me coloca donde debo estar,
Saliendo de la luz del foco del diario acontecer,
huyo decidido al incierto campo de la duración.

Ocurre la duración
cuando en el niño,
que ya no es un niño
—tal vez ya un anciano—,
reencuentro los ojos del niño.

La duración no está nunca en la piedra imperecedera
de tiempos remotos,
sino en lo temporal,
en lo maleable.

Lágrimas de la duración, ¡tan poco frecuentes!
lágrimas de alegría…

***

Concluyo con unos versos que hice míos a lo largo de mi vida cuando, en varias ocasiones, he tenido que volver a empezar en destinos distintos.

Y, al fin
Feliz aquel que tiene sus lugares de duración;

ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño,
sin perspectivas de volver a su mundo,
nadie a quien han expulsado del paraíso*

Peter Handke 

(*) también referido a “su patria”


 

La castañera

 

Es Enero, esta noche es luna llena. Las tribus indias la llamaban luna de hielo, luna vieja o luna del lobo porque era cuando los lobos aullaban más en las zonas cercanas a las aldeas.

Hace frío, camino protegida por un abrigo raído que heredé de mis hermanos mayores. Es gracias a que llevo una gran bufanda y un gorro de lana que tejió alguna de las abuelas que tuvimos, y a las que yo no conocí porque soy la menor de diez hermanos, que escapo del destemple que me hace llorar cada vez que se levanta una racha de viento y azota la ciudad. Llevo días sin comer apenas, solo castañas. Si puedo, evito ir a las parroquias a pedir, supongo que tienen otras emergencias. Al fin y al cabo yo estoy acostumbrada a vivir así.

Estoy en tratos con el señor Manuel, el de la esquina de la Catedral, para sustituirle cuando se jubile. El hombre está muy abotargado ya por el efecto de la “quimio” y la radioterapia, y siente que le quedan pocos días. Aunque vive solo, le da pena morirse porque todos los inviernos, desde que no está su padre, ha abierto el pequeño puesto de castañas con el que se ha ganado la vida y le ha hecho muy feliz. Desde que le conocí en Nochebuena, le visito cada día. Hemos llegado a tener una bonita relación de amistad. Yo le traigo castañas que he ido acumulando en un saco durante el otoño. Últimamente va necesitando menos cantidad porque la gente ya no consume como cuando empezó en esta profesión. Ahora se compran castañas por capricho y porque son baratas —diez castañas por un euro—, ya no se consumen por necesidad de calentarse las manos y el estómago como era entonces. Don Manuel las mantiene, revolviéndolas de vez en cuando con su vieja espumadera negra, calientes y crujientes para cuando algún cliente se acerca a su caseta. Aprendo muchas cosas con él, me enseña a preparar las brasas, a cortar y asar castañas, a ser amable, a sonreír a las personas que pasan alrededor, a no ser huraña a pesar de que mi vida siempre haya estado rodeada de negro. Él está convencido de que llevo una luz muy especial dentro de mi corazón y eso es lo que me va a servir para ser feliz de aquí en adelante, pero tengo que aprender a sonreír —me dice siempre, con la inmensa ternura de sus ojos también negros—. Y él, cada vez que pasa alguien cerca de nosotros, me da un pequeño empujón con su brazo para recordármelo. Eso sí que me hace sonreír. Es un hombre bueno Don Manuel. Cuando le conocí le ofrecí mi cuerpo a cambio de un poco de dinero y se negó. Cerró la caseta y me trajo un bocadillo caliente del bar de al lado. A mí también me da pena que se tenga que morir ahora. Es como un ángel de la guarda conmigo, ahí enrollado en su gran abrigo negro, con sus manos hinchadas y rotas, llenas de heridas que oculta debajo de sus gruesos guantes de lana. Ahora prefiere que sea yo quien prepare los conos de papel de periódico con las castañas calientes para los clientes, y él se ocupa de guardar el dinero en una caja negra que, según me explicó, era madera de ébano que le había traído un cliente de uno de sus viajes a la India—, porque a Don Manuel le gusta trabajar la madera en sus ratos libres. Hoy me ha regalado sus guantes cortados que, como me quedan tan grandes, me abrigan mucho. Me ha permitido darle un abrazo.

—¿Por qué te marchaste del pueblo? Allí tendrías comida y trabajo en la granja, con los animales y la huerta, y seguramente con el cariño de tus hermanos.

Don Manuel espera que le conteste, aunque le hago una mueca de contrariedad.

Después de lo que me está ayudando creo que le debo una explicación, así que un poco a mi pesar le explico que me escapé de la escuela porque la directora decía que me quería. Cuando se terminaban las clases me llevaba a su despacho y me pegaba.

—Ay, niña, —dice, moviendo la cabeza a un lado y al otro Don Manuel— algo mal habrías hecho…

—No, Don Manuel, se lo prometo. Ella decía que era para que aprendiera a portarme como una buena mujer, y que si no me servían sus golpes aprendería con los que me iba a dar mi marido cuando me casara si seguía siendo tan terca.

—Mis hermanos se reían de mi, yo era la única chica de la familia y me hacían ocuparme de la casa y de sus cosas porque no teníamos padres. Mi madre había muerto durante mi parto y mi padre se ahogó, unos años más tarde, intentando salvar a la gente durante la gran inundación que arrasó la comarca.

Don Manuel se calla cuando hablamos de estas cosas, y su mirada se pierde en la nada y yo entonces no sé lo que piensa, pero estoy segura de que tiene que ser algo bueno.

—Mañana —me dice— tendrás que abrir tu la caseta, están las llaves y toda la documentación en orden en el fondo de la caja negra. Abrígate bien. Ocúpate de abrir las castañas, acuérdate cómo; con un par de cortes como si fueran cruces mientras prende el fuego y preparas las brasas. Haz bien las cuentas cada noche. No tengas prisa, despacio pequeña, tienes toda una vida por delante…

Hace frío mientras camino hacia el albergue. Acaricio la cabeza a un perro lobo que parece perdido y que ladra lastimosamente al lado de un banco vacío. Una luna de hielo ilumina la plaza y la caseta en la esquina de la Catedral.

 

@mjberistain
Fotografía de Macarena Azqueta


 

 

 

 

 

 

Como si fuera la primera vez

 

Hubiera deseado dejar de amarte,
dejar que las gaviotas marcharan
a otros acantilados
y volaran lejos como sueños inmaduros
hacia el sur de la templanza,
a los márgenes de la lluvia colgada por los  cristales.
Hubiera deseado
que huyeran de la humedad y el frío incrustados en las paredes
y no sentir la ambigüedad de las despedidas en la sangre.

Pero no dejé de amarte y vuelves
a la mar,
como si fuera la primera vez,
el agua como espejo donde se miraban
los barcos cuando soñaban la penumbra.

@mjberistain

 

Nota: los versos en cursiva son de Isabel Fdez. Bernaldo de Quirós