Cuerpos acantilados/Vídeo

Presentación oficial de mi nuevo libro de Poesía en
NUEVO ATENEO ON LINE
Editorial VITRUVIO

El libro está disponible en:
nuevoateneoonline.com
La casa del libro
Amazon

El vídeo puede encontrarse también buscando en:
Youtube Maria Jesus Beristain


El prólogo

Un prólogo (del griego πρόλογος prólogos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’)1​ es un breve texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura. Sirve para justificar la aportación al haberla compuesto y al lector para orientarse en la lectura o disfrute de ella. El prólogo es además el escalón previo que sirve para juzgar, expresar o mostrar algunas circunstancias importantes sobre la obra, que el prologuista quiere destacar o desea hacer énfasis para animar a la lectura.

BRADBURY

El hombre ha llegado a Marte; ya lo he dicho anteriormente. También he dicho que tengo una amiga que debió de estar allí unos días antes de la llegada del Perseverance. Hoy me he encontrado de nuevo con Bradbury. Y no he dicho todavía, pero ahora confieso que no he prestado demasiada atención a la ciencia ficción hasta el jueves pasado.

He huido durante años de las películas sobre ese tema, aunque vi Odisea 2001 en el “sesenta y ocho”. Y no me dejó indiferente. Pero ha habido siempre en mí una especie de pudor, de temor o de terror, de rechazo por lo espeluznante de las imágenes que llenaban de horribles y temibles personajes el futuro en el que yo, previsiblemente, estaba condenada a vivir… Eso para mí era la “ciencia ficción”. Supongo que mis neuronas quedaron enquistadas voluntariamente ante alguna de las películas a las que acudí haciendo un favor, es decir, ofreciendo mi compañía, a alguien muy querido. Y no permití que evolucionaran…

Hace unos meses quise esquivar la película MATRIX que había visto un par de veces. No fue posible. Pero escuché con gran respeto y atención la recomendación de mi querido yerno Gonzalo quien se afanó en conseguir que yo la comprendiera. Y lo consiguió, y, después de su magnífica exposición, vi de nuevo la película. Sorprendente, él me abrió una grieta en la mente y por allí se coló el tema de lo distópico —Término opuesto a utopía. Como tal, designa un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o el cine, que se considera indeseable. La palabra distopía se forma a partir del término utopía, al que se agrega el prefijo dis-, que denota ‘oposición o negación’.

¿Por qué demonios hoy estoy hablando de esto?

Hace dos días hemos tocado Marte, he amanecido con Bradbury gracias al comentario de mi amigo de web Xabier a quien le gusta más Bradbury que la NASA, y me he encontrado con Borges en el prólogo de su libro Crónicas Marcianas…

Así que para hoy tengo trabajo de exploración y de “reordenación” de mis neuronas. Abrirles las ventanas que tanto tiempo han tenido cerradas. (Sé que me odian por ello, pero les digo que nunca es tarde, y, aunque me siguen odiando yo sé que hoy se sentirán felices conmigo).

-.-.-

Comparto el prólogo de Jorge Luis Borges:

Prólogo de Jorge Luis Borges a la edición española de Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

“En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer.

Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era un símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de Un mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la Posibilidad de una Travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba en el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.

Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo —que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena.

Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado -el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.

¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main street.

Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo.

Hacia 1900 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables temores.


Ojalá después de estos meses de confusión, de confinamiento y de reflexión seamos capaces de “amar” y “pasar” por la vida que nos es dada haciendo el bien a nuestros semejantes, al planeta que ocupamos, al universo que vislumbramos, y dejemos para las nuevas generaciones un futuro mejor del que encontramos.

Imagen de: istockphoto.com


MARTE

Quizás Ella estuvo allí.

Un hecho histórico, ayer jueves dieciocho de febrero del año dosmilveintiuno el hombre aterriza en el planeta Marte, busca si hay vida, si hay “marcianos” que, por otra parte sabemos que siempre los hemos tenido a nuestro lado, en nuestra imaginación, entre nosotros. Quizás nosotros mismos somos unos marcianos, quién sabe de dónde procedemos. Quién sabe si nuestros orígenes están más allá del universo que está a nuestro alcance, al alcance de nuestra ciencia, esa ciencia que va descubriendo que hace muchos millones de años “alguien” dejó algunos trazos, rastros y restos de su paso por nuestro pequeño planeta.

La mayor misión a Marte de la historia llegó anoche a la superficie del Planeta Rojo, donde la NASA buscará restos de vida pasada.

El vehículo de exploración Perseverance, el más grande y sofisticado del mundo, se posaba ayer a las 21.55 hora peninsular española en el cráter Jezero, un lugar en el que se cree que hace 3.500 millones de años había un gran lago. Pocos minutos después enviaba su primera fotografía, esa que ves más arriba. El principal objetivo de la misión es buscar evidencias de vida antigua, aunque también profundizará en el conocimiento de Marte y ayudará a plantear los próximos pasos para una eventual exploración humana. El Perseverance es el quinto vehículo marciano de la NASA y ha sido desarrollado en Estados Unidos con la colaboración de diversos países, entre ellos, España. Nuestro país aporta a la expedición una avanzada estación medioambiental y un instrumento de análisis de rocas y minerales. Tras superar los siete minutos de terror que supone atravesar la atmósfera marciana para llegar con éxito al Planeta Rojo, los responsables de la expedición se tomarán dos meses para comprobar que el Perseverance funciona correctamente y, a continuación, se pondrán manos a la obra.

Quizás Ella estuvo hace muy pocos meses allí. Me refiero a mi amiga y artista MariJoseCueli. Desapareció un día y cuando la esperábamos de vuelta no vino. Solo mandó unas burbujas como las de agua con jabón que soplan nuestros niños. Eso sí, impregnadas del colores de mundos imposibles, como ella nos dijo que existían “Lejos de la Tierra”. No dejamos de esperarla, hasta que otro día, ya de vuelta entre nosotros, nos regaló algo de su imaginario.

Visitar su web, os sorprenderá
marijosecueli.com

Pulsar sobre cualquiera de las imágenes para verlas en mayor tamaño


Entre cables y cristales

He vuelto a ser como la niña
con zapatos nuevos
mirando al mar
desde la barandilla
de la bahía
en un atardecer
de luces cálidas
que encendían
la tarde y la llenaban de sueños.

En el horizonte
del cielo azul de la pantalla,
entre cables y cristales
yo os buscaba
para sentiros cerca,
muy cerca,
a mi sangre llegaba
el calor de vuestra sangre
palpitando, alcanzándome
como una marea silenciosa
invadiendo invisible,
desbordando, el corazón
a la deriva del viento a favor.

Entonces, yo era una barca pequeña…

Gracias infinitas mis queridos amigos. Os quiero

@mjberistain






La Voz que lee…

Esa Voz,
esa magnífica y suave…
elegante, poderosa y susurrante Voz es la de Ella.


A Begoña Zamacona llegué a través de su Voz. Y no me defraudó conocerla en persona; al contrario. Begoña es mucho más que su Voz. Es la sensibilidad, el sentimiento y su generosidad que le permiten trabajarla con pasión, técnica y cercanía al contenido de la palabra escrita.

Nos tomamos un café mientras hablábamos de la vida y del Arte, ese camino por el que nos gusta transitar como observadoras y, por qué no, de vez en cuando, a participar como autoras de algo que tenga que ver con la búsqueda de la Belleza.

CORAZÓN DE HOJALATA

Es muy poco decir que estoy emocionada y que me gustaría transmitirle mi profundo agradecimiento por este precioso trabajo que ha dedicado a uno de los poemas que contiene mi nuevo libro CUERPOS ACANTILADOS que saldrá publicado en muy pocas horas.


Podéis encontrar más sobre su trabajo en YOUTUBE https://www.youtube.com/user/berokba

The hill we climb

Que una “poeta” participe recitando un poema en la cita anual de la Super Bowl en Estados Unidos no deja de sorprenderme. Por una parte lo entiendo como una táctica electoralista —no deja de parecerme válido— en un evento con una gran repercusión a nivel mundial, especialmente entre la población joven, pero, “me chirría” de alguna manera. Sin embargo, por otra parte, y al margen de lo dicho, la idea de que algo esté cambiando en el mundo me complace, incluso me alegra, deseo de verdad que podamos desprendernos del peligroso efecto de la dramática desunión en un país que puede utilizar su “soberano” poder, ejemplo y/o referencia, sobre el resto del mundo.

Es mujer, negra, afroamericana, comprometida con la justicia racial, inspirada en los discursos de otros líderes americanos como lo fueron Abraham Lincoln y Martin Luther King.

Incluyo “The hill we climb” (La colina que subimos) escrito y leído por ella en el acto de toma de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos, y una traducción (hecha por mi) al final del poema.


When day comes, we ask ourselves, where can we find light in this never-ending shade?
The loss we carry. A sea we must wade.
We braved the belly of the beast.
We’ve learned that quiet isn’t always peace, and the norms and notions of what “just” is isn’t always justice.
And yet the dawn is ours before we knew it.
Somehow, we do it.
Somehow, we weathered and witnessed a nation that isn’t broken, but simply unfinished.
We, the successors of a country and a time where a skinny Black girl descended from slaves and raised by a single mother can dream of becoming president, only to find herself reciting for one.
And, yes, we are far from polished, far from pristine, but that doesn’t mean we are striving to form a union that is perfect.
We are striving to forge our union with purpose.
To compose a country committed to all cultures, colors, characters and conditions of man.
And so we lift our gaze, not to what stands between us, but what stands before us.
We close the divide because we know to put our future first, we must first put our differences aside.
We lay down our arms so we can reach out our arms to one another.
We seek harm to none and harmony for all.
Let the globe, if nothing else, say this is true.
That even as we grieved, we grew.
That even as we hurt, we hoped.
That even as we tired, we tried.
That we’ll forever be tied together, victorious.
Not because we will never again know defeat, but because we will never again sow division.
Scripture tells us to envision that everyone shall sit under their own vine and fig tree, and no one shall make them afraid.
If we’re to live up to our own time, then victory won’t lie in the blade, but in all the bridges we’ve made.
That is the promise to glade, the hill we climb, if only we dare.
It’s because being American is more than a pride we inherit.
It’s the past we step into and how we repair it.
We’ve seen a force that would shatter our nation, rather than share it.
Would destroy our country if it meant delaying democracy.
And this effort very nearly succeeded.
But while democracy can be periodically delayed, it can never be permanently defeated.
In this truth, in this faith we trust, for while we have our eyes on the future, history has its eyes on us.
This is the era of just redemption.
We feared at its inception.
We did not feel prepared to be the heirs of such a terrifying hour.
But within it we found the power to author a new chapter, to offer hope and laughter to ourselves.
So, while once we asked, how could we possibly prevail over catastrophe, now we assert, how could catastrophe possibly prevail over us?
We will not march back to what was, but, move to what shall be: a country that is bruised but whole, benevolent but bold, fierce and free.
We will not be turned around or interrupted by intimidation because we know our inaction and inertia will be the inheritance of the next generation, become the future.
Our blunders become their burdens.
But one thing is certain.
If we merge mercy with might, and might with right, then love becomes our legacy and change our children’s birthright.
So, let us leave behind a country better than the one we were left.
Every breath from my bronze-pounded chest, we will raise this wounded world into a wondrous one.
We will rise from the golden hills of the West.
We will rise from the windswept Northeast where our forefathers first realized revolution.
We will rise from the lake-rimmed cities of the Midwestern states.
We will rise from the sun baked South.
We will rebuild, reconcile, and recover.
And every known nook of our nation and every corner called our country, our people diverse and beautiful, will emerge battered and beautiful.
When day comes, we step out of the shade of flame and unafraid.
The new dawn balloons as we free it.
For there is always light, if only we’re brave enough to see it.
If only we’re brave enough to be it.

Cada mañana nos preguntamos dónde encontraremos luz para tanta sombra.
Las pérdidas que soportamos,
El mar que navegamos,
El tener que desafiar al vientre de la bestia.
Hemos aprendido que la quietud no siempre es la paz
Y que las normas y nociones sobre lo justo no siempre son justicia
Y, aún así, amanece aunque no nos demos cuenta
Y, lo hacemos,
De alguna manera resistimos
Somos testigos de una nación que no está rota, sino inacabada
Los sucesores de una niña de piel negra descendiente de esclavos
Criada por una madre soltera que puede soñar con ser presidente,
Aunque solo sea por optar a ello.
Cierto que estamos lejos de estar pulidos y de ser prístinos
Lo que no significa que no nos esforcemos por una unión perfecta
Para conseguir un país que se comprometa con todas las culturas,
Colores, caracteres y condiciones del hombre
Levantamos la mirada no para ver lo que está entre nosotros
Sino delante de nosotros
Nos unimos porque para poner nuestro futuro por delante
Primero tenemos que dejar las diferencias a un lado
Bajamos nuestros brazos para abrazarnos unos a otros
No buscamos el daño para nadie, sino la armonía para todos
Conseguir que el mundo comprenda que esto es cierto
Que, aún cuando lloramos, crecemos
Que, mientras nos duele seguimos esperanzados
Que, aún cuando nos cansa no dejamos de intentarlo
Que, unidos saldremos victoriosos
No porque nunca vayamos a sentirnos derrotados
Sino porque nunca más sembraremos desunión
Las escrituras nos dicen que imaginemos
Cada uno tendrá su lugar entre sus higueras y viñedos
Y nadie será atemorizado
Si estamos a la altura de nuestro tiempo
La victoria no se quedará en el filo de la espada
Sino en los puentes que habremos construido
Esta es la promesa a cumplir, la colina a subir, si nos atrevemos
Ser de nuestro país es más que un orgullo que heredamos
Es un pasado que repararemos
Hemos vivido una fuerza que más que compartir nuestra nación
Hubiera podido destrozarla
Casi ha ocurrido, retrasando la democracia
Mas, aunque la democracia pueda ser retrasada
no puede ser derrotada
Esta es la verdad en la que confiamos, esta es nuestra fe
Porque mientras miremos al futuro, la historia velará por nosotros.
Es el momento de una justa redención, temimos que no llegara
No estábamos preparados para heredar tan terrible momento
A pesar de ello, encontramos la fuerza para iniciar un capítulo nuevo
Para ofrecernos esperanza y alegría a nosotros mismos
En algún momento nos preguntamos cómo podríamos evitar la catástrofe,
Ahora aseveramos que la catástrofe no podrá prevalecer sobre nosotros.
No retrocederemos sino que avanzaremos a lo que deberá ser
Un país magullado pero entero,
Benevolente pero audaz, feroz y libre.
No nos cambiarán ni nos intimidarán porque sabemos
Que la inacción y la inercia sería la que dejaríamos
A la próxima generación que será el futuro
Nuestros errores se convertirían en cargas
Una cosa es cierta
Si unimos misericordia y fuerza con derecho,
el amor se convertirá en legado y cambiará
los derechos fundamentales de nuestros hijos
Por ello dejaremos un país mejor que el que encontramos
El aliento de este pecho de bronce magullado convertirá el mundo herido
en algo maravilloso
Nos alzaremos desde las colinas del Oeste,
del Nordeste azotado por los vientos donde nuestros mayores iniciaron la revolución
de las ciudades bordeadas por los lagos de los estados del medio Oeste
desde el sur bañado por el sol
Reconstruiremos, reconciliaremos y recuperaremos cada rincón de nuestra nación
Cada esquina a la que llamamos nuestro país, nuestra gente diversa y maravillosa
emergerá maltratada pero maravillosa
Cuando llegue el día saldremos de las sombras de las llamas sin miedo
Habrá nuevas luces de amaneceres a medida que seamos más libres
Siempre hay luz si somos valientes para mirarla

si somos valientes para ser luz.




¡Te lo dije!

—¡Te lo dije!

Gritaba mi abuela desde el tercer piso, dando órdenes, moviendo sus brazos de forma grotesca como en los momentos que me amenazaba con darme una paliza.

—¡No va a entrar! —te has empeñado, pero no va a ser posible.

Los trabajadores se afanaban en mover aquel bulto de dimensiones descomunales mientras el conductor, atento al tráfico que levantaba polvaredas envolviéndole en nubes de vapor de monóxido de carbono, sujetaba la gran puerta del camión sin poder evitar mirar a los coches que pasaban, ceñidos a su cuerpo a gran velocidad, especialmente a los de gran cilindrada que le obsesionaban desde que era un niño: los viejos “bemeuves” de segunda mano conducidos por jóvenes a toda máquina, los jaguares majestuosos, algún ceremonioso bentley con chofer, los porches que se habían convertido ya casi en vulgares, los estrepitosos bugattis negros de líneas rojas, y alguna que otra camioneta de reparto que a esas horas de la mañana se afanaba por llegar puntual a entregar la carga en los mercados. Se había quedado absorto con la maniobra del mustang amarillo y su bramido mientras aparcaba en la acera de enfrente.

—Quiyo, tira p’ayá que megtafisiando con el burto en lo cojone!!! —gritaba el bajito calvo a su compañero, un atlético individuo de casi dos metros de alto y uno cuarenta de ancho mientras se atusaba el flequillo que le caía sobre el ojo izquierdo.

La maniobra no podía ser más caótica. El jefe había aceptado la primera hora de la mañana para hacer la descarga a petición de su cliente. Pero las cosas y las calles y las carreteras van tomando aspectos diferentes con más rapidez que antaño, y la calle de los Orcos se había convertido en un estrecho y sinuoso atajo perfecto para evitar los cuatro kilómetros de semáforos que hacían del camino al centro de la ciudad una procesión dolorosa cada día.

—¡Eh, Joaquí, egpera tío! que me tengo que soná.

El alto deslizó el bulto sobre sus rodillas y, a pulso, lo colocó en el suelo asegurándose de que no se dañara por ninguna esquina. Le había costado indemnizar por su cuenta a un cliente porque en una ocasión había entregado un bulto menor con una esquina rota y había querido hacerse el loco argumentando que lo había recibido así. Su chulería le costó la friolera de trescientos pavos que le descontaron de su paupérrimo sueldo, además, coincidiendo con su época de vacaciones, lo que hizo que tuviera que reducir en alta proporción la cantidad de gin-tonics que solían alegrarle las noches de farra.

—¡Quiyo!, —¿passa ahora?

Para disimular, el alto, mientras sacaba el móvil de uno de los bolsillos de su buzo para mirar en la pequeña pantalla quién le llamaba, sacó un pañuelo y simuló un estornudo. El pequeño hizo un gesto de fastidio y lanzó una mirada asesina a su jefe —el conductor— que seguía mirando al tráfico, embobado, haciendo caso omiso de lo que se pergeñaba en la trasera del camión.

Había movido todos los muebles del único espacio posible de la casa para colocarlo. La mesa de escritorio con el ordenador delante de la ventana, la estantería de los libros la había apretujado contra la pared, unos centímetros, todos los que se pudieron, y vaciado y desarmado el armario verde de Ikea que, después, ya pensaría en cómo hacerle hueco. Me llegaban como en sordina, lejanamente, los sonidos del tráfico, bocinas y voces de los trabajadores en una caótica amalgama en hervor. Había conseguido no ir al colegio ese día para hacerme cargo de la llegada del bulto. Reconozco que mi abuela estaba mucho más nerviosa que yo. No hacía nada más que lavarse las manos y frotárselas en el delantal y dar vueltas por la casa quitando el polvo y moviendo de un lado a otro cosas que siempre habían tenido su sitio perfecto hasta aquel momento.

Había soñado tantas veces con ello que más que una ilusión, mis sueños se habían convertido en una obsesión.

No cabía en el ascensor. No era la primera vez que los transportistas se habían encontrado con una situación parecida, era lo normal en esos casos. Sofocados en el portal, mirando hacia las escaleras, juraban en hebreo y discutían la forma de hacerlo entre los tres; el jefe el pequeño y el largo.

Mi abuela me llamó para que me asomara a la barandilla de la escalera, pero no fui capaz. Miraba y medía los espacios de mi habitación en la esperanza de que me hubiera equivocado en algunos centímetros y todo terminara como yo había soñado. Había llamado al afinador —un chico estupendo, según me habían comentado mis amigas, todas enamoradas de él—. Yo me rizaba las pestañas frente al espejo del baño y pensaba que en último término siempre habría un espacio posible quitando el bidet de su sitio.

—Buenos días. ¿Dónde se supone que tenemos que colocarlo? —preguntó el jefe.

—Por aquí, por aquí, salí presurosa a medio vestir con la barrita de rímel en las manos. —¡Siganme!

Los trabajadores miraban al pasillo haciéndose cábalas sobre dónde iba a caber aquel bulto en aquella casa, esperanzados de que se abriera un gran salón a su paso donde colocar lo que fuera que hubiera dentro del cajón. Pero no. No había un gran salón esperando. Había una pequeña habitación de escasos diez metros cuadrados casi descuartizada con libros apilados por los suelos y una alfombra peluda que nadie había tenido la intuición de quitar para facilitar la maniobra. Me abracé a mi abuela no tanto con la alegría de ver mi sueño cumplido, sino con el convencimiento de que ahí acabaría el fin del mundo.

Sigo escuchando la música de Beethoven, de Bach, de Chopin, y observando con admiración las manos de los pianistas, especialmente las del chico estupendo que vino aquel día a casa para afinar mi piano.

Mis amigas no me dirigen la palabra desde entonces.

@mjberistain
imagen de la colección de Karlos Giménez


Quieto

Quédate quieto,
quieto
como un recuerdo
en el tiempo de arena
que la sed nunca sacia

quieto
en los oscuros cristales
de la tarde,
quieto

en lo profundo del deseo
donde el amor no sangra
y suena una música
de agua;
arpegios de un mar rizado
entre el sueño y la vida

@mjberistain