El lenguaje del viento

 

Afuera,
suena la música de los acantilados
grita la noche,
juega a oírse cantar .

Adentro,
la lluvia alumbra la calle vacía
cae dentro de mi como yo caigo
en la sed de la pequeña muerte.

Un niño llora,
lejos
viendo cómo se hunde su barco
de sueños y papel,
ya se fueron los pájaros
con el mudo lenguaje del viento

También nosotros marcharemos
como se va yendo la oscuridad
en la madrugada de ojos húmedos…


@mjberistain
Imagen de Chajarialdia.com

 


 

 

 

El costado de la Trini

 

Había perdido la noción del tiempo y de lo ocurrido. ¿A dónde iba?. ¿De dónde venía? No sabía contestar a las preguntas del camillero que le acompañaba, tampoco tenía ganas de sonreirle. Quizás si hubiera sido una mujer…  No, no, tampoco lo hubiera intentado.

Hastiado. Esa era la palabra más próxima que se le ocurría pensar para la situación en la que le había colocado ella. Había conseguido zafarse de sus arrumacos, tan poderosos y posesivos, tan extenuantes después de toda una noche de sexo, hierba y garrafón de agua, —lo del agua era porque hacía ya unos meses que no probaba una gota de alcohol, a alguien le había prometido que lo dejaría—. Y aquí se encontraba, —después de haber empotrado su seiscientos nuevo contra un muro— en una camilla cubierto hasta el cuello con una sábana amarillenta que probablemente a alguien se le había olvidado echar al carretillo de la lavandería el día anterior.

Sus pensamientos comenzaron a dispararse en sentidos opuestos. Mariano era un hombre que alardeaba, aunque discretamente, de ser una de las pocas personas —que conocía— que tenía las ideas superclaras. Nunca reconocería ante nadie que en determinadas ocasiones se dejaba influenciar por las opiniones de otros aunque ello, a la larga, le llevara a arrepentirse siempre. Era un hombre  fino, le gustaba cuidar su lenguaje, sus maneras y los detalles ante sus amigos y también en su vida social. Había dejado de fumar y recientemente se había hecho la promesa de dejar su adicción al chocolate. En fin, que ya no sabía de qué más prescindir para seguir considerándose el héroe que siempre quiso ser ante el común de los mortales. Pero no, no en absoluto. No estaba dispuesto a dejar de follar. Y decía follar porque lo de hacer el amor era para los débiles de espíritu, no para hombres libres como él.

Entreabrió los ojos cuando sintió que la camilla se movía pero no supo orientarse, no comprendía si iba hacia adelante o hacia atrás, lo cual, aquella falta de orientación, le descolocaba más aún. El camillero le tocó el brazo y le dijo con solemnidad:

—Señor, supongo que está usted preparado… van a ser unos segundos y empezamos.

En su interior se activó un resorte de terror. No podía hablar pero sintió una súbita repulsión al olor a orina rancia de aquel pasillo. Y quiso rememorar, para contrarrestarlo, el aroma de la Trini cuando en sus mejores momentos solía dormirse apostado a su costado. Estuvo a punto de que se le saltaran las lágrimas. ¿Qué demonios estaba pasando? Un ácido sabor a vomitina le produjo una arcada y no pudo evitar expulsar una bocanada de babas espumosas sobre la sábana amarilla. Lo habían aparcado en una sala sencilla, solo tres paredes blancas iluminadas por una bombilla de luz mortecina colgando del centro del techo, y en la cuarta pared una ancha puerta, cerrada. Estaba a punto de desmayarse, lo notaba, y su único pensamiento era no dormirse porque pensaba que si se abandonaba moriría irremediablemente, y aquello no entraba en sus planes para aquel día.

Le deslumbró la gran lámpara del quirófano y sintió el pinchazo en el brazo izquierdo mientras se le nublaba la cara de la anestesista en una mueca estúpida.

Cuando despertó y, con bastantes dificultades vislumbró a la enfermera que a su lado le acariciaba la mano izquierda, hizo un esfuerzo ímprobo por comunicarse con ella a pesar de su conciencia adormilada y consiguió decir:

—Perdone, pero me gustaría miccionar.

 

@mjberistain


 

Pasajero de la noche

 

Quisiera ser aventura
en el fondo de tus ojos,
a media luz,
entre los restos de las galernas

un poco antes de la medianoche
cuando los vivos
van desapareciendo
y vuelve a llover
y no hay más música
que el aliento cansado
de otros pasajeros
que esperan
pegados a los escaparates
a que escampe

entre las heridas de la lluvia
candentes en el asfalto.


@mjberistain


 

 

 

Café amargo

 

Llegó hasta allí sola. Se sentó en una silla y sintió el frío del metal bajo sus muslos como una sorpresa placentera. Hacía calor y aquella sensación le hizo sonreir tristemente.

No prestó atención al camarero que esperaba mientras ella sacaba su móvil del gran bolso que solía llevar siempre colgado de su hombro izquierdo.  Pero no lo miró, se quedó pensativa con la cabeza baja y absorta en sus pensamientos como sin atreverse a tomar una decisión importante.

El camarero se inclinó hacia ella educadamente y anotó en su cuadernillo: un café americano, sin leche, sin azúcar, solo. El nudo en la garganta le apretaba cada vez más, casi hasta llegar a la asfixia, pero ella se negaba a darse por vencida. El día era caluroso, demasiado para lo que acostumbraba a ser en esta época del año y en aquella zona del planeta. Mientras esperaba a que le sirvieran el café detuvo su mirada en la gran pantalla de uno de los edificios de enfrente, al otro lado del río. Imágenes grandiosas y coloridas, píxeles enormes se solapaban uno sobre otro a gran velocidad anunciando los próximos eventos culturales en la ciudad. Las escasas diez personas que ocupaban el local leían el diario de la mañana con calma. Pensó que quizás tendría que comprarse el periódico y quedarse un rato leyendo aunque solo fueran las columnas de opinión o la guía del ocio para relajarse, porque no estaba dispuesta a leer nada que tuviera que ver con los acuerdos y desacuerdos de los partidos políticos ante el nombramiento del nuevo presidente de la nación. Había dejado de creer también en las negociaciones, especialmente en las de conveniencia para unos, y no para otros. No se movió. Estaba mejor paralizada. O, mejor dicho, quizás hubiera estado mejor paralizada, porque de repente, sin pensarlo más, escribió tres frases en el móvil que no quiso revisar, simplemente las lanzó con la furia de una loba herida.

El café estaba amargo.

La noche anterior, finalmente, se había olvidado de sacar dinero. Soltó sobre la mesa toda la calderilla que llevaba y que tanto le pesaba y se dispuso a utilizar las pequeñas monedas hasta llegar a acumular el importe del precio del café.

—Dos veinte, por favor.

—Si, si. Ya voy —respondió un tanto contrariada, más consigo misma que con la cajera que le atendía amablemente tratando de evitarle la dificultad al pretender leer el recibo en aquel mínimo papel lleno de caracteres minúsculos impresos por una máquina a falta de tinta negra—.

Cruzó el puente deprisa. Pensó que el calor del sol podría reblandecer el asfalto y abrir agujeros negros a su paso como en sus sueños de adolescente. Y buscó la sombra por el paseo, solitario e inhóspito a esas horas. Le llegó el sonido del timbre de una bicicleta que venía por detrás de ella y que pasó a su lado a toda velocidad rozándole el costado hasta casi conseguir desequilibrarla del todo. Estaba abatida y ni siquiera le importó el incidente. Su orgullo, su dignidad, ¿dónde los había olvidado?

El aire era denso y no llegaba a respirar bien, se apoyó en una de las verjas de hierro de las casas señoriales del paseo y esperó unos minutos a recuperarse.

Se revolvían en su cerebro las imágenes. Diosas del sexo con pañuelos blancos ocultando sus ojos alumbraban con velas rojas la gran estancia mostrándose desnudas. El roce de sus pies descalzos al moverse a su alrededor atenuaba el rumor de la marea creciente no muy lejos de su cama. Estaba atada. Largos lazos de tul la envolvían sujetándola de pies y manos a los barrotes de hierro de una descomunal cama en la que solo un hombre sentado con las piernas cruzadas la observaba mientras ella se revolvía con violencia, su pecho y su vientre intentando ahuyentar su sueño y salir de aquella trampa morbosa.

Dos segundos de ternura. Solo le había faltado eso…

 

@mjberistain


 

Quién podría decir…

¿Quién podría decir que es suya su voz
que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende cada primavera, más cuando
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?

¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre!

La flor vive tan bella porque vive poco tiempo
y sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega…

 

Fragmento de Claudio Rodriguez
Imagen Acrílico de Marivi Nebreda


 

Tamara de Lempicka

 

Comisaria: Gioia Mori Sofisticación, trasgresión y modernidad. Estos son algunos de los rasgos que definen la vida y obra de la artista Tamara de Lempicka (Varsovia, 1898 – Cuernavaca, México, 1980) a la que el Palacio de Gaviria le dedica su primera retrospectiva en Madrid. Una exposición que permanecerá abierta al público hasta el 26 […]

a través de Tamara de Lempicka, la artista y la diva — EXPOARTEMADRID