Saturrarán 1936

Os invito a pasar por la Web de Javier Postigo.
En ella podréis leer su última Novela titulada Saturrarán 1936

Resumen Saturrarán

Saturrarán es una pequeña playa muy bonita, con unos peñascos peculiares, situada entre Ondarroa y Mutriku, hace frontera entre Guipuzkoa y BizKaia. Es un lugar con mucha historia. Hubo a finales del XIX unos lujosos hoteles balnearios marítimos donde se dieron cita las aristocracias europeas, luego fue seminario, durante la guerra civil sirvió de cuartel a rojos y azules y se hizo famosa como Cárcel Nacional de Mujeres para volver a ser seminario en la mitad del siglo XX. Finalmente, sus edificios desaparecieron arrastrados por las aguas.

En la primavera del 36, dos jóvenes amigos pescadores se ven implicados en la guerra civil de manera fortuita. Desde Pasajes colaboran en la defensa de la República en San Sebastián, uno desde la mar y otro en tierra. Se verán involucrados en escaramuzas desde distintos escenarios como el incendio de Irún, la toma de Donostia, la emigración a Francia…La mujer de unos de ellos será acusada y condenada a prisión en Saturrarán junto a su hijo. Otro personaje, el patrón del  pesquero, compartirá con ellos muchas aventuras en hechos históricos tales como el bombardeo de Gernika, la batalla de Matxitxako, el hundimiento del Galdames, el Cinturón de Hierro…hasta la toma de Bilbao. Todo discurre entorno a la Cárcel de Saturrarán donde la crueldad de las monjas carcelarias es legendaria y deben soportar abusos y castigos de todo tipo. Un grupo de presas tienen a sus hijos con ellas y les serán arrebatados. Los protagonistas luchan por recobrar la libertad de la mujer y su hijo a cualquier precio.

Es una novela histórica, dinámica y de lenguaje sencillo, sobre un tema muy duro y controvertido.

He contado con la colaboración de Fernando Aguirre- historiador-, de José Ignacio Espel- Capitán de PYSBE, viceconsejero de Pesca del GV, y director del puerto de Pasajes, y del escritor Juan Velázquez.


Y… qué pasa si se colapsa internet?

Que, siempre nos quedarán los libros…

Tuve ayer en mis manos una fotografía que tomé en uno de mis viajes a Valencia que se llama “El asilo del libro”.

La propia fachada de la librería ya es un homenaje a esos antiguos espacios coloridos y, como ahora diríamos “vintage”, del tipo de librería de libro antiguo o usado, que reclaman la atención de cualquiera que pase cerca, pero especialmente la de los amantes de los más raros, más especiales y/o artísticos, y/o más prohibidos. Son esos volúmenes que ocupan un sitio destacado —aunque, según el espacio que haya quedado en la librería abarrotada de ejemplares, el único sitio posible pueda ser el suelo en lugar de un anaquel destacado. Pero que ahí están.

¿Qué haremos cuando se colapse el tráfico de internet?

Hemos visto en los “papers” estos días que puede llegar esa situación en cualquier momento debido al intenso tráfico en las redes motivadas por el cautiverio al que está sometido el mundo por culpa del “virus” (en este caso del covid-19) —podría ser cualquier otro en cualquier otro momento—. Y esto es una alerta como no se había vivido nunca (eso dicen), o por lo menos desde que yo vivo, y ya van varios años.  Nos hemos recluido en casa por decreto general. Vale. Y nos hemos colgado de las redes. Y, de momento todo funciona, pero, ¿nos hemos parado a pensar que los invisibles hilos que conducen la información no nacen por generación espontánea en el universo?

Claro, podemos pensar (porque ahora pensamos mucho), que la tierra es infinita, que se regenera, que tiene infinitos recursos para no agobiarse por mucho que sus hijos insaciables tiren de ella. Pues va a ser que no, y es tiempo que nos demos cuenta de ello. Bueno, pero estamos investigando el cosmos y allí hay mucho más sitio… ¡Qué ilusos! —pienso yo— El cosmos de momento no va a respondernos como lo ha hecho hasta ahora nuestra madre tierra. Con nuestro maltrato insistente hemos conseguido que nos pare los pies, que nos de un tirón de orejas, un toque de atención durísimo para que reflexionemos, pero no sé si estará dispuesta a dejarnos su espacio por más tiempo.

Llevamos décadas hablando o escuchando (oyendo hablar) sobre el cambio climático, ¿durante cuánto tiempo?, y nosotros pensando que serían lo que ahora llamamos “fake news” (noticias falsas)?. Hablábamos y veíamos reportajes sobre la invasión de la basura en los océanos del planeta, de los vertidos industriales en los ríos, de los gases tóxicos que eliminamos a la atmósfera pensando que todo ello se disolverá por arte de magia. Y más pecados capitales que se me ocurrirán cuando haya dejado sin terminar de escribir este discurso a modo de reflexión y que no estaban definidos cuando yo aprendí lo que significaba el pecado.

De pequeña, en fin, yo no pensaba en absoluto en estas cosas. Creía que el mundo estaba ahí puesto como lo estaba la casa de mis padres y mis abuelos y mi ciudad y mi mar y mi país y que el globo terráqueo me contendría eternamente con un amor y generosidad que, aunque yo no mereciera, siempre estaría ahí mientras vivieran mis seres queridos. Yo no me planteaba que al mundo lo tenía que cuidar yo, porque de otro modo se nos vendría abajo. Esto, supongo que lo voy comprendiendo poco a poco a golpe de libros y noticias en los telediarios. Y no quiero pensar que, ahora, pudiera ser que sea tarde.

No me soporto cuando llego a casa con la compra del supermercado. Más de la mitad de mi factura está compuesta por plástico y cajas de cartón que destino inmediatamente a la basura; a la de reciclaje, eso sí, ahora.  Es decir que únicamente me ha servido para traerlo hasta casa, pero que sirve a la sociedad para alimentar el afán de consumo implacable en el que somos los reyes del mambo, sin darnos cuenta de que estamos atacando a nuestra propia Naturaleza, que la estamos invadiendo y que ya no puede respirar. Y se queja.

Como pasa ahora con nuestros pulmones.

¿Teníamos que llegar hasta este punto?

Vale, el mundo está recluido para evitar el contagio. Vale. Teóricamente todos parados. Pero eso es una falacia. No salimos a la calle. Pero tenemos internet. Y las telecomunicaciones,  tal y como están concebidas hasta el momento, están poniéndose nerviosas porque no puedan soportar el tráfico alucinante que deja en simples, casi infantiles, imágenes para el recuerdo, de los millones de vehículos que se mueven en el mundo, llamado evolucionado, por carreteras en cualquier día a horas punta o en los fines de semana de salida de vacaciones, en el mejor de los casos.

Menos mal que siempre nos quedarán los libros. Ahí estamos a salvo. Los libros, todo el conocimiento está ahí. Volvamos al “back to basics” (lo que significa volver a las cosas sencillas y más importantes, dice el diccionario), a la calma del pensamiento, a la reflexión, a la relación humana.

Ya no quiero una vida virtual. Reivindico la mía propia.

Estos días no hago nada más que pensar en el agua. África y agua. Y aquí estamos lavándonos las manos. (se me ocurren varios sentidos para esta frase). ¡Qué afortunados somos! Tenemos Agua. El bien más preciado después del aire. Si respiro, necesito agua. Si no respiro, no necesito nada.

Madre Naturaleza, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos.

@mjberistain


Vintage es el término empleado para referirse a objetos o accesorios con cierta edad, que no pueden aún catalogarse como antigüedades, y que se considera que han mejorado o se han revalorizado con el paso del tiempo.

Sentir…

 

Ya sé que ahora no se escriben cartas como lo hacíamos hace tan solo cincuenta años. ¿Qué es el tiempo me pregunto? ¿Qué es el tiempo más allá de ese tramo de vida en el que uno va de un lugar a otro, si ya está marcado desde siempre su destino?. No hay lugar para las dudas. Nadie nos pidió opinión de si así lo deseábamos.

Pero tacho la primera línea de este texto y me reinvento. Cada uno tiene sus propias tristezas y no seré yo la que comparta las mías. Siento una calma blanca, a pesar del duro cautiverio. Guardaré mi angustia en algún rincón de la casa, quizás allí consiga encontrar todo lo que he perdido estos días. Aunque pensándolo bien, seguro que no me hace falta. Estoy hablando de cosas no de caricias. Puedo prescindir de las primeras, jamás de las segundas. He perdido mis mallas negras, una zapatilla de deporte blanca, las gafas…, y estoy segura de que no las escondí para no encontrarlas, como hice con el chocolate o los bombones que me regalaron antes de entrar en alarma. Pero lo más duro de todo esto es haber perdido la magia del encuentro con mis hijos, los mordiscos amorosos o el calor de sus abrazos. Sueño cada noche con sus besos. Como cantaban Victor Manuel y Ana Belén, a dónde irán los besos que guardamos, que no damos…

Me levanto de la silla frente al ordenador, desasosegada. Procuro estirar de vez en cuando las piernas y camino pasillo arriba, pasillo abajo como lo hacía Gabriel  García Márquez por el río (como símbolo de amor sin final) en su novela “El amor en los tiempos del cólera”. ¿Sabremos vivir este tiempo? Recorro mis propias huellas una y otra vez. Ya no quiero atajos, quiero caminar despacio y pienso que toda la prisa que nos hemos dado en llegar hasta aquí nunca tuvo sentido. El tiempo es solo un camino, ya lo dijeron otros poetas; más nos valiera entenderlo y valorar lo que tenemos a nuestro lado. Sabemos que el amor va muriendo cuando no se le presta atención, y no hay repuesto. No vale de nada tatuar en las paredes los nombres del olvido, ni iluminar sus sombras ni quitar el polvo de los retratos antiguos; os lo digo.

Que la alegría es ese momento en el que la vida nos tira piedritas a la ventana, como decía Benedetti, para recordarnos que estamos vivos.

 

@mjberistain

 


 

 

He empezado a escribir un poema

Hay noches en las que algo me lleva a un determinado libro, a abrirlo por cualquier página y, por algún motivo, me sorprendo al encontrarme con un texto que me cautiva, sea porque me hubiera gustado escribirlo a mí o porque describe una situación que estoy viviendo íntimamente y no soy capaz de expresar. Lo haré con palabras prestadas de uno de mis poetas de culto.


“He empezado a escribir un poema. Viene de unos versos apuntados en mi agenda una noche estando algo bebido, y me he entrado en él sin saber muy bien cómo. Vaya o no vaya hasta el fin, la idea de que no estoy obligado a trabajar y que, al hacerlo, quebranto un propósito —el de no escribir versos durante un año—, me hace sentir una maravillosa libertad, bien agradecida después de tantos meses gastados obligándome a terminar mi poemario. Será lo que salga. Me gusta pensar que arriesgo poco, que escribo sólo con la espuma de la imaginación. Nada del penoso rebañar, del sórdido trabajo de mina y apuntalamiento que recuerdo en los últimos poemas.

Quisiera que fuese un experimento. Imagino un poema que solo lo sea leído en voz alta, un poema tan distinto del poema impreso, leído mentalmente, como un concierto de su partitura. El énfasis de la voz que habla crearía el ritmo y haría inteligible el amontonamiento de palabras, que puesto en la página, me gustaría que resultase completamente informe, arrítmico, gramaticalmente caótico.

Ese es el sueño. Lo que llevo escrito conserva demasiado, en una lectura mental, su carácter de poema. Y por más que intente fiarme al énfasis de la voz hablada, no consigo librarme de los ritmos tradicionales; lo único que hago es fragmentarlos. Pero aspirar a lo imposible está muy bien; soñar con un poema que solo exista en la voz de quien lo dice.

Hay además bastantes cosas hacederas. Por ejemplo, una puntuación dedicada exclusivamente a resaltar los énfasis, a recalcar una palabra o un grupo de palabras con desprecio de la norma, cortando las partes de la oración igual que rabos de lagartija, para que se retuerzan solas. Mi molesta vacilación al corregir un poema —si puntuar según sintaxis o según ritmo— queda decapitada limpiamente: decidiré según el énfasis y haré que de él dependan, para existir, la sintaxis y el ritmo. También será el énfasis quien decida la longitud de un verso, cortándolo después de una palabra clave o haciendo pasar ésta al verso siguiente…”

Texto del libro (Retrato de Jaime Gil de Biedma)

Me pregunto si volveré a escribir poemas;
en estos momentos me asombro de haberlos escrito alguna vez.


 

Comparto este bellísimo texto del Blog de Javier analizando la pintura de Berrueta. Gracias por acercarnos a la ría del Bidasoa con esa forma tuya de ver.

Berrueta pinta “La espera del marinero” (1901), cuadro en que una madre con sus hijos, a la orilla del mar, aguarda el regreso de su marido “arrantzale”. La prolongada separación del ser querido se acentúa por medio de una cuidadosa planificación con intención de reforzar la sensación de alejamiento. En la orilla del río -parece […]

a través de la espera del marinero (Berrueta, 1901) — blocdejavier