Le métèque

 

Gracias al Bog TRIANARTS hoy recupero la canción francesa.

Especialmente destaco Le métèque de Georges Moustaqui  porque la llevo tatuada en la piel. Hay muchas otras del autor sobre el amor y la libertad que recoge el Blog TRIANARTS que recomiendo visitar. Escucharle era como una religión para los jóvenes que compartíamos nuestra estancia en Francia entre los años 1968 a 1970.

Ma liberté
Longtemps je t’ai gardée
Comme une perle rare…”
GM

Giuseppe Mustacchi (Su verdadero nombre), nació en Alejandría, Egipto, el 3 de mayo de 1934. El 13 de octubre de 2011 comunicó oficialmente que por problemas respiratorios, no podría seguir cantando. Murió en Niza, Francia, el 23 de mayo de 2013.

“La Métèque”

Traducción al castellano:

Con mi acento de extranjero,
judío errante, de pastor griego
y mis cabellos a los cuatro vientos,
con mis ojos totalmente deslavados
que me dan un aire de soñar,
yo que a menudo no sueño,
con mis manos de merodeador,
de músico y de vagabundo
que se pillaron en tantos jardines,
con mi boca que bebió,
que abrazó y mordió
sin saciar jamás su hambre.

Con mi boca de extranjero,
de judío errante, de pastor griego,
de ladrón y de vagabundo,
con mi piel que se frotó
al sol de todos los veranos
y de todo lo que llevaba enaguas,
con mi corazón que supo hacer
sufrir como sufrió
sin hacer historias de esto,
con mi alma que no tiene
la menor posibilidad de salvación
para evitar el purgatorio.

Con mi boca de extranjero,
judío errante, de pastor griego
y mis cabellos a los cuatro vientos,
yo vendré mi dulce cautiva,
mi alma gemela, mi fuente viva,
vendré para beber tus veinte años
y seré príncipe de sangre,
soñador o bien adolescente,
como te guste escoger,
y haremos de cada día
toda una eternidad de amor
que viviremos a morir

Y haremos de cada día
toda una eternidad de amor
que viviremos a morir

 


 

Tiempo de siluetas nuevas

 

Dejaba pasar los días, como si estuviera de vacaciones. Recorrí despacio los alrededores aprovechando la bonanza de aquella primavera cálida y colorida. Conseguía así aliviar el tedio de la tristeza sin saber muy bien qué hacer conmigo misma. Pretendía estar sola pero, por otra parte, al cabo de algunos minutos que me resultaban eternos y vacíos, mi ángulo vital se estrechaba como si entrara en un túnel negro inacabable. Me planteé cada día un nuevo destino aprovechando las actividades programadas para turistas en la zona. Tuve la suerte de coincidir, en una de las excursiones, con un grupo de personas que venían desde varios puntos de España a hacer treeking acompañados de un monitor. Estaban instalados en el pueblo de Flam en pequeñas cabañas de madera del camping en la misma orilla del fjordo. Pensé que era una señal. Yo había nacido allí. Inicialmente no quise compartir con nadie el desbordamiento de mi presión sanguínea que alteraba todo mi cuerpo. Después de una animada charla al final de la primera jornada, me animaron a unirme a sus planes, y aunque inicialmente me hice de rogar, me acorralaron entre todos y su arrebatadora simpatía no me permitió dudar. Acepté inmediatamente. Durante quince días que duró su visita al país, compartí con ellos mucho más que la montaña. Terminé cambiándome a su cabaña a pesar de la cara de poker que me puso la de la agencia de alquileres cuando le pedí el cambio. Fueron días de juegos, chistes y confidencias, de peleas de almohadas y de música, unos cantaban mejor que otros pero todos jaleábamos a modo de acompañamiento. Era curioso que apenas se bebía alcohol en aquel grupo exceptuando a Juanma, Eric y yo misma que nos moríamos por tomarnos una buena cerveza fría a última hora de la tarde cuando volvíamos de las excursiones. Tengo que reconocer que las dos mejores cervezas que he tomado en mi vida han sido con ellos, la primera allí un día que nos quedamos rezagados del grupo y nos metimos en uno de los pubs de lujo con música en vivo donde pasamos un rato muy especial los tres, y otro cuando estando en Africa años más tarde, pedimos que nos llevaran al desierto tres cervezas bien frías, y lo conseguimos. Aquello, más tarde lo reconocimos, fue un placer de dioses… Porque tengo que decir que aquella relación con el grupo continuó  durante algunos años más hasta que sus situaciones familiares fueron cambiando. Hasta entonces solíamos tratar de coincidir en las fechas de vacaciones y nos organizábamos para encontrarnos en destinos diversos como Islandia, Egipto, Tailandia y España.

La hora del desayuno era gloriosa. Los chicos se ocupaban de estudiar las rutas; los mapas compartían la mesa del comedor con las tostadas y la mantequilla, las mermeladas, los huevos, el bacon y el café humeante. Había que esquivar la revolución de mochilas y botas esperando por los suelos. A pesar del alboroto, de fondo podía oírse el murmullo de un pequeño aparato de radio que se esmeraba en retransmitir las noticias del mundo sin que ninguno de nosotros le hiciera demasiado caso, mientras Enric, que no perdía un minuto y solía ponerse en modo autista, se afanaba punteando en su guitarra y ensayando acordes para sus nuevas composiciones lo que hacía que nunca terminara su desayuno a tiempo de marchar. Las chicas a medio vestir y sin peinar eran las que organizaban el picnic y trataban de dejar lo más recogida posible la casa antes de salir a pasar el día fuera.

Yo no dejaba de pensar en Nathan. Me había despedido descuidadamente de él cuando decidí tomarme un tiempo para situarme de nuevo en el mapa del mundo, si es que en algún momento de mi vida fui capaz de sentirme ciudadana de algún sitio en concreto. Entonces más que nunca sentía el desarraigo, algo así como la falta de raíces. Tenía una vaga idea de dónde venía, no porque no lo hubiera escuchado, sino porque quizás en aquellos momentos yo era una criatura inmadura viviendo cómodamente, demasiado bien, podría decir, como para que una historia semejante a la que me contaban me pudiera haber conmovido o mínimamente interesado; la guerra, algo detestable y ajena —yo pensaba— a mi vida real.

Durante aquellos días no pude dedicarme a reconocer la zona en la que se habían producido los acontecimientos que habían coincidido con la época de mi nacimiento. Pero sí fue creciendo en mí el interés por conocer detalles de la vida de mis antepasados,  aunque no los tuviera en mis recuerdos.

—Qué recuerdos guardaba yo en realidad? —¿Alguna vez me había preocupado de ellos?

La realidad era que no, que no me había interesado nada más que por mi propia existencia y la de mis amigos. Había sido una época de sueños e ilusiones que nos podíamos permitir, por supuesto que con la connivencia de nuestros padres —en mi caso tengo que hablar de mis dos madres—. Supuse siempre que también ellas fueron felices porque no les causé demasiados problemas, especialmente con las drogas, que era entonces una realidad muy cercana y una de las causas de los dramas de la sociedad en que vivíamos. Casi podría decir ahora que en nuestra actitud juvenil sí había una cierta displicencia hacia lo pasado, nuestra rebeldía nos llevaba a buscar caminos nuevos, a inventar otros o a reinventarnos convencidos de ser una nueva generación que estábamos en el mundo para cambiarlo.

Al atardecer solía pasarme por la oficina de turismo y entablé amistad con Jenny, una chica holandesa que se había instalado allí desde principios de año porque su pareja era directivo de una de las compañías de transbordadores y barcos de pasajeros  que operaba en la zona de fjordos. Me di cuenta de que me atraía la idea de participar profesionalmente en los proyectos turísticos en Noruega. Había muchas posibilidades de trabajo, empecé a sentirme capacitada e ilusionada. Las conversaciones que mantuve durante varios días con la pareja me facilitaron una reunión con la Dirección de una de las empresas que más me interesaba conocer.

Llamé a Nathan. No respondió al teléfono. Lo intenté en varias ocasiones durante las semanas siguientes y siempre obtuve el mismo resultado. Llamé a la secretaría de la universidad pero me dijeron que no podían darme tal información. Todavía quedaban fechas para terminar el curso y me resultó un tanto sorprendente su ausencia. Pensé que él también podría estar de viaje en algún país exótico o con dificultades de cobertura, o que sencillamente se hubiera querido desconectar durante un tiempo para rehacerse del drama o para reflexionar sobre su futuro. Respeté su silencio.

Fueron sucediéndose los días sin noticias, intentaba no pensar en él y, aunque lo hubiera necesitado, podría decir que, interesadamente para que me facilitara el encuentro con el entonces responsable de Turismo en el gobierno —con el que sabía que tenía una muy buena relación, según él mismo me había comentado— quise demostrarme a mí misma que podría seguir adelante sin su ayuda. No deseaba necesitarlo. Sin embargo en mi interior había una fuerza, una especie de magnetismo que me desordenaba las ideas. Se estaba generando una lucha apasionada entre mi voluntad y mi pensamiento. Un deseo urgente de buscarlo, y no solo de buscarlo por dondequiera que estuviera, sino de encontrarlo. De encontrarme con él. Sentía que teníamos mucho que decirnos, que habían quedado cosas pendientes, sin cerrar, esa historia soterrada que nos había mantenido incomunicados durante bastantes años y que de repente afloraba en la superficie ante el drama compartido. Algo parecía haberse enquistado en nuestros corazones y ni tan siquiera habíamos sido capaces de mirarnos a los ojos. Sentía como si las ciudades y los pueblos a mi alrededor se estuvieran derrumbando y no había consuelo posible para la ansiedad ni para la soledad. Aquel amor platónico que algún día sentí por él era ahora un amor moribundo, probablemente quedó herido en el lecho de muerte de mi madre. Mis manos entrelazadas con las suyas en los últimos momentos me hicieron consciente de la vida que me había regalado con su valentía y tenacidad. Ella y Ulma. Y yo, como una niña mimada que había pasado por su lado durante todos aquellos años sin tan siquiera dedicarles un poco de admiración y ternura. Lo único que les había dedicado —hablando en el caso de Ulma hasta entonces— había sido una inmensa tristeza por su ausencia en esos días grises que parecen una oscura eternidad después de perderla.

—¿Y con mi madre Louise? —¿Iba a hacer lo mismo con ella?

Recostada mi cabeza en su cama, apoyé mi brazo por encima de su pecho. Sentí el leve latido de su corazón, casi agotado. Conseguí derramar allí mi suficiencia y mi soberbia en un llanto silencioso mientras acariciaba sus ojos semi apagados, su expresión dulce, su precioso pelo y sus manos perfectas. Pensé que me hubiera gustado haber heredado algo de ella, algo más que su apellido, algo como su coraje, como su corazón y cerré los ojos cuando ella los cerró. Esperé un tiempo, no puedo precisar cuánto, lo único que sentía era un frío mortal que me impedía el movimiento, estuve bloqueada hasta que entró el médico seguido de Nathan para hacer la visita diaria.

Salí al jardín, me tumbé en la hierba, el día era también frío pero lo único que aprecié fueron las siluetas desordenadas de una imagen desenfocada, como mi propia vida. Y lloré, lloré dejando que brotara de mi boca, como de una arteria rota, toda la furia de las palabras más fuertes que conocía.

 

@mjberistain


 

 

 

Lo que sé

 

 

El Blog de Arena

Sombrero

Lo que sé

Sé un par de cosas.
Lo digo con toda modestia
y también,
con algo de no fingida inmodestia:
Sé un par de cosas.
Porque eso, después de todo,
es lo que tienen que dejarnos los años:
alguna cicatriz, un par de moretones,
varias arrugas en las comisuras de los labios,
un olvido, o dos, o tres,
el polvo en la suela de nuestras sandalias
y las noches compartidas.
Sé, lo digo con modestia e inmodestia,
un par de cosas.
Por ejemplo sé cuándo callar
e irme
saludando
con un ligero gesto del sombrero.

®Borgeano

Ver la entrada original

En la isla

 

En la isla a veces habitada de lo que somos,
hay noches mañanas y madrugadas en las que no necesitamos morir.
Entonces sabemos todo lo que fue y será.
El mundo aparece explicado definitivamente y nos invade una gran serenidad, y se dicen las palabras que la significan.
Levantamos un puñado de tierra y lo apretamos entre las manos.
Con dulzura.
Ahí se encierra toda la verdad soportable: el contorno, el deseo y los límites.
Podemos decir entonces que somos libres, con la paz y la sonrisa de quien se reconoce y viajó infatigable alrededor del mundo, porque mordió el alma hasta sus huesos.
Liberemos lentamente la tierra donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros es de momento la vida.
Que eso nos baste.

 

José Saramago.


 

Con latir de faro

 

La lluvia apagaba los truenos

Ya no llorabas entonces,
los ojos vacíos,
de muertes prematuras,
inconclusas,
y un latir de faro en el corazón
tras las desgarraduras,
naufragando entre rumores
de papel y mapas
de océanos inciertos.

La locura
sabe dibujar la esperanza
entre los sueños pequeños.


@mjberistain


 

Escalofríos

 

Nada más cerrar la puerta de mi casa anhelando un descanso después de varios días de viajar en plan nómada por el desierto del Sahara, sonó el timbre.

Casi no me había dado tiempo a soltar la gran mochila y las bolsas con las últimas compras inevitables hechas en el aeropuerto antes de tomar el avión de vuelta. Ni el abrigo. Lo dejé todo en el suelo y abrí porque la llamada me resultaba familiar.

Allí estaba él, con el pelo alborotado, como siempre, con esa mirada entre torva y simpática, como pidiendo permiso para entrar y casi entrando sin pedir permiso. Llevaba entre manos varios recortes de periódicos que me entregó mientras declaraba que aquella noticia era uno de los mayores descubrimientos de la historia. (?)

Ah, y una botella de vino tinto Rivera de Duero, Reserva del 2014.

No entiendo por qué curiosa razón últimamente me estoy encontrando o relacionando con personas a las que les interesa mucho el tema del universo; Astronomía, Astrofísica, Cosmología. De verdad que no sé qué ven en mí que les anime a darme conversación sobre estas cosas más allá de que haya podido dedicarme algunas noches a contemplar e intentar fotografiar las estrellas desde los campamentos del desierto.

 

¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

Así titula el diario “El Mundo”, en concreto el científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía D. Jose Luis Gómez el texto que acompaña a la fotografía de un “agujero negro” tomada por una red de telescopios repartidos por toda la superficie terrestre (Chile, la Antártida, Hawai, México, Estados Unidos y en España Sierra Nevada en Granada) —lo que equivale a tener un telescopio tan grande como la tierra—.

¿Que se siente ante la imagen de lo invisible?

“Alegría, emoción contenida y satisfacción por un trabajo impecable que nos ha permitido enseñarle al mundo que los agujeros negros ya no son sólo cosas de películas de ciencia ficción, sino de ciencia de la de verdad. De la que se hace cuando juntas los esfuerzos de más de doscientos investigadores por todo el mundo trabajando el unísono para un objetivo común.

Cómo expresar con palabras aquel momento histórico del 25 de julio de 2018 en el “Black Hole Initiative” de la Universidad de Harvard, en Boston, cuando por primera vez vimos la primera imagen de la sombra de un agujero negro. La imagen de lo invisible, de la completa ausencia de luz rodeada de un anillo luminoso.

Sentí escalofríos al ver que una de las predicciones más extravagantes de la teoría de la relatividad, los agujeros negros, existen de verdad. Una puerta sin retorno fuera de nuestro universo. Seguimos ilusionados por el trabajo que queda, encaminado a la obtención de mejores imágenes, de otros agujeros negros, y de esta manera entender cada vez mejor cómo funciona la gravedad”.

 

Confieso que vivo en la ignorancia sobre el mundo del que formo parte, del que quizás yo misma sea una pequeñísima partícula de algo que no llego a comprender por mucho que me empeñe en ello. Y de la misma forma que pueda temerse a la muerte evitando hablar de ella, o viceversa, que se pueda convivir espiritualmente con la idea de una vida sucesiva en diferentes estratos, mis reflexiones y razonamientos únicamente alcanzan para compartir esa expresión del autor de este texto cuando se refiere a las emociones que le embargan ante la confirmación de la existencia de agujeros negros que abren nuevos horizontes más allá de nuestro universo. Habla de alegría, de emoción contenida y satisfacción por el trabajo impecable de la ciencia…

Yo, de verdad que, de momento siento “escalofríos”…

Puaff… en qué lío me ha metido mi vecino…

 

Tomado de astroyciencia.com

La astronomía es una ciencia que estudia los objetos del espacio exterior a la Tierra.
La cosmología investiga el origen y la evolución del universo con las herramientas que le proporcionan la física y las matemáticas.
Y la astrología no es estrictamente una ciencia, sino una tradición milenaria que se propone interpretar los sucesos de la vida humana a la luz de los astros.

Ver: El Mundo, Teresa Guerrero, Salud y Ciencia. y Artículo de Rafael Bachiller

 

Esa obstinada luz

 

Por fin me he dado cuenta
de que todo en ti me recuerda
a un tren perdido.

Tendí todos los gritos
en los raíles vacíos que siempre supe
que no llegarían a ninguna parte.

Porque “no es de ahora esta luz”,
es tu luz de siempre
alertándome del peligro
que acecha cuando aparejas el aire
brillando tus ojos como peces de luz;
esa obstinada luz
penetrando a jirones por las persianas
resbalando por las palabras
que escribí y no pronunciaré,
esa obstinada luz
llegando en oleadas, deslizándose azul
hasta el alta mar de la locura.

Sigo buscando en el hueco de mis manos
las líneas de la soledad para romperlas.

Esa luz,
esa obstinada luz que no es de ahora…

 

@mjberistain