Garrapiñadas

Llevaba tiempo deseando tener unos cuantos días libres para perderme por las rutas de los frutales en flor que pueden contemplarse en esta época por nuestra geografía; Cerezos en la zona de Extremadura, Almendros en Tenerife y Aragón o en la zona del Mediterraneo… Maquiné un plan que parecía perfecto. Estaba siendo un final de invierno infernal. Habían llegado tarde, pero con fuerza los vientos de más de cien kilómetros por hora, la lluvia arreciando sin compasión y anegando paisajes que hasta entonces eran de puro secano, y nieve; nieve deseada pero que atrapaba con su bellísimo manto blanco cualquier tipo de tráfico -animal o humano- a pie o por medio de cualquier artilugio mecánico de transporte conocido tipo tren, coche, camión o avión. De verdad que yo andaba necesitada de huir del gris oscuro que envolvía con saña mi cuerpo y mi espíritu.

Optamos por la zona de Levante por cercanía y por asegurarnos un poco de sol y temperaturas amigables para poder disfrutar del bellísimo paisaje de la «floración» en estas fechas. Todo encajaba.

«La producción del almendro en España se concentra en las comunidades del litoral mediterráneo. Es el segundo país productor mundial de almendra después de Estados Unidos. El almendro es un árbol muy robusto y de larga vida, que en la cuenca mediterránea puede vivir entre sesenta y ochenta años, incluso hasta un siglo. Es, junto al olivo, uno de los principales árboles cultivados con fin industrial en el litoral mediterráneo. Ambos toleran climas extremos de inviernos húmedos y veranos calurosos y requieren terrenos pobres. Actualmente se cultivan más de cien variedades debido a la gran riqueza genética, pero existen cinco tipos comerciales definidos y seleccionados entre las variedades de mayor calidad, que son Marcona, Largueta, Planeta, Comunas o Valencias y Mallorca.»

Llegamos tarde. La floración se había adelantado debido a la rara climatología de este año y los árboles se estaban cargando ya de almendras. Había una gran preocupación en la zona porque se esperaba frío y ello podría arruinar el fruto. ¡Nuestro gozo en un pozo!, Recorrimos los valles por sinuosas carreteras, esta vez con una belleza diferente a la que esperábamos, pero el sol y la vista del mar en el horizonte aliviaron nuestra desilusión.

¡Pues… compraríamos almendras!

Encontramos en Guadalest —un pueblo caprichoso encaramado en la sierra como una gran ventana al mediterráneo—, una tienda de productos de la zona.

Allí nos explicaron que la producción de los almendros se vendía íntegramente a la Cooperativa pero que, con suerte, podríamos encontrar algún vecino que quisiera vendernos almendra natural -con cáscara- a «dos coma cinco euros el kilo» aproximadamente (que era el precio de venta al por mayor). El amable dueño de la tienda, propietario también de algunas de las parcelas de almendros de la zona, al que compramos pasta de almendras para postres y otros usos, en su ánimo de aliviar nuestro desconcierto nos ofreció unas pequeñas bolsitas de plástico transparente con unos cuantos gramos de almendras garrapiñadas.

¡Garrapiñadas!

No puedo acordarme de cuándo fue la última vez que comí garrapiñadas, pero debió de ser en el parque de atracciones de Igueldo cuando todavía era una niña.

Tuve que conformarme con hacer algunas fotografías de almendros y cerezos por los alrededores, de camino a casa, cuando volvíamos de viaje, mientras mordisqueaba garrapiñadas que todavía me quedaban por los bolsillos.

Texto y fotografía@mjberistain

Un palazzo en Nápoles

No era una broma, como de costumbre, que la hora prevista para el despegue del avión hacia Italia se retrasara más de noventa minutos.  Jo lo sabía bien. Estaba acostumbrado a viajar por todo el mundo, y en tantas ocasiones, que había conseguido merecerse el tratamiento de VIP en las mejores líneas aéreas internacionales. Pero, ni así, conseguía eludir las largas esperas, ni tampoco pasar algunas noches en las más selectas “poltronísimas” de los aeropuertos, especialmente cuando se trataba de viajar a Italia —uno de sus destinos preferidos, profesionalmente hablando—. Porque aquella era la primera vez que elegía Italia, en concreto la ciudad de Nápoles para una breve escapada particular.

El taxista le estaba esperando en la puerta de salida del aeropuerto con un gran letrero en el que destacaba su apellido sobre las cabezas de la multitud. Le molestó tener que bracear entre aquella marea humana con su gran maleta de rueditas y su mochila de cuero negro a su espalda hasta conseguir sentirse a salvo cuando cerró la puerta trasera del taxi negro que lo esperaba aparcado, bastante más allá de lo lógico —pensó.

—Empezamos mal Jo, —se dijo a sí mismo mientras arrastraba con dificultad su pesada maleta y cargado a la espalda con el peso de su ordenador y el equipo fotográfico. Tantas veces había pensado que cuando se jubilara viajaría ligero de equipaje, que se maldecía a cada paso siguiendo los del taxista, que ni por un momento hizo amago de ayudarle.

Confirmó que la dirección que aparecía iluminada en la pantalla del ordenador de a bordo coincidía con la de su contrato. Respiró.

Pero solo pudo respirar unos segundos. Se agarraba al cinturón de seguridad como a una tabla de salvación ante los bandazos que daba el coche entre acelerones y frenazos que el taxista italiano —sin alterarse— ejecutaba con maestría a pocos milímetros de otros coches y motos que compartían las calles; todos ellos exigiendo el desalojo inmediato de todo ser viviente que pudiera interponerse en su camino. Solo las ambulancias con sus estridentes sirenas sonando imparables por toda la ciudad parecían tener preferencia en aquel maremágnum. Era una heroicidad para cualquier ciudadano de a pie elegir el mejor momento para cruzar de una acera a otra sin acabar debajo de las ruedas de algún despiadado vehículo a motor.

Jo había tenido suerte en la vida. Era de una buena familia, además, adinerada. Su propia profesión de arquitecto había añadido valor a su vida social y a su patrimonio. Hacía muchos años que viajaba solo. Se jactaba de ser un espécimen asocial y con muchas manías difíciles de compartir. Se acababa de jubilar hacía apenas dos meses. Era la primera vez que había contratado él mismo su viaje y su estancia en la ciudad a través de un operador turístico por internet. Como casi todo el mundo, pero había puesto una sola condición: quería hospedarse en un sitio especial, algo así como lo pudiera ser un “Palazzo” napolitano.

El taxista paró el coche haciéndose un hueco con autoridad desafiante entre los cientos de turistas que a esa hora ocupaban la plaza peatonal del Jessu. Abrió el capó para que su cliente pudiera descargar su equipaje y le indicó, con un grotesco movimiento de su cabeza, la calle por la que tenía que continuar a pie hasta llegar al “Palazzo” que tenía reservado para su estancia de cinco días en la ciudad. Tuvo que caminar más de trescientos metros por una angosta calle adoquinada y sucia por la que no podía dar un solo paso sin tener que esquivar a la ingente marea de personas que a esas horas se movían sin prisa, como si de una peregrinación se tratara, hacia ningún lugar concreto. Maldijo al taxista varias veces, y no pudo evitar, soltar un exabrupto —¡no jodas! —cuando, al llegar a su destino, uno de los “carabinieri” que estaban aparcados en una esquina con sus deslumbrantes Yamaha FJR1300AE, le señalaba el inmenso portón de la entrada al edificio del “Palazzo”.

Originalmente el edificio debió de estar pintado de un elegante color rojo pompeyano representativo de la cultura napolitana, pero en aquel momento presentaba un aspecto decadente, sucio y medio abandonado, con la pintura ajada y descascarillada en la fachada. El gran portón de madera, desvencijado. Lo peor fue descubrir la gatera que suponía ser la entrada de personas y pequeños animales. Tuvo que maniobrar con su gran maleta y agachar la cabeza para poder pasar al interior de un sórdido patio en el que, de una pequeña garita atendida por un anciano ciudadano, debía de recoger las llaves de su apartamento. Y subir andando tres tramos de escaleras, de once peldaños cada uno.

Se tiró al sofá de estilo Luis XIV, agotado. El recibidor habría sido digno de una mansión italiana, sin embargo, desde hacía unos cuantos años, el «Palazzo» había sido reconvertido en casa turística. El espacio era de techos muy altos, un gran ventanal en una de las paredes daba a la plazoleta por la que había entrado —miró hacia ella con cara de estupor—. La estancia era luminosa y estaba decorada en tonos neutros y con pocos muebles auxiliares clásicos además del sofá. Un secreter sobre el que se exponían, en un mural, fotografías y postales de sonrientes huéspedes que habían pasado por allí, una mesita con un tocadiscos de los años sesenta, y un aparador con una silla a su lado, tapizada en tela de buena calidad. La pared principal la ocupaba un gran cuadro de enmarcación barroca, con un colorido paisaje onírico de la bahía napolitana. Y dos alfombras persas sobre el suelo de mármol.

El único de los tres apartamentos que había sido ocupado para aquella semana era el suyo y era el mejor que tenía el Palazzo. Resultó ser silencioso, completo, sencillo y limpio. Le hizo el efecto de un bálsamo merecido. Durmió, sin tan siquiera acordarse de su “temazepan”.

Le despertó la llamada de una campanilla. No sabía dónde se encontraba. Consiguió ponerse el albornoz mientras hacía acopio de fuerzas para situarse en el mundo. Ah, sí —pensó— en Italia, concretamente en Nápoles, y en mi Palazzo —consiguió articular en voz alta con ironía.

Abrió la puerta a medias.

—¡Buoniorno caro Jo!

Le sorprendió el timbre grave de su voz.

Medía casi dos metros. Se hizo paso con soltura empujando la puerta hacia el interior del recibidor y dejó sobre el aparador de la entrada una bandeja de bollos recién horneados.  Sus facciones masculinas y la efusividad de su apretado abrazo lo desestabilizaron hasta hacerle retroceder. Solo entonces pudo mirarle cara a cara.

Jo pestañeó varias veces intentando hacerse cargo de la situación.

—¡Ti ho portato delle Sfogliatella Napolitana come benvenuto!.

Jo, no podía dar crédito a lo que veía. De pie en mitad del recibidor, con la puerta todavía sin cerrar, intentaba descifrar la duda de si trataba con un hombre o con una mujer. Pensaba en cómo responderle y de qué manera hablarle a aquel personaje que le había invadido en su temporal intimidad. Tardó unos minutos en pronunciar una sola palabra mientras seguía con la vista, anonadado, los rápidos movimientos, tan rápidos como su forma de hablar y gesticular por la habitación. No pudo evitar observar aquel cuerpo por detrás, cuando se subió a una pequeña escalera, estirándose para alcanzar un “long play” de la balda sobre la que había colocados unos veinte discos.  Sobre ellos, escrito a mano con pintura de colores en la pared, se leía un mensaje en grandes letras que decía: “Don’t worry. Be happy”.

Jo, arqueó las cejas, cerró la puerta y cabeceó para espabilarse.

Sonó Adriano Celentano en el tocadiscos. Subió el volumen y se volvió con satisfacción hacia Jo como esperando alguna respuesta.

—Buoiorno, respondió Jo, a secas.

Retiró su gran melena pelirroja rizada de la cara en un movimiento afectado claramente femenino. Le invitó a Jo a sentarse a su lado en el sofá Luis XIV que, según le contó, había tapizado su padre que vivía en Pescara, un pueblo al otro lado, en el Adriático. Él o ella (todavía no lo tenía muy claro) dijo que tenía una hija.

—Ajá, —Jo asintió amablemente con un movimiento de su cabeza, dando signos de que estaba interesado en aquel discurso, al mismo tiempo que trataba de enmascarar su perplejidad.

Vestía un buzo sedoso de pantalones anchos, estampado con dibujos geométricos en colores azules negros y blancos. Muy ajustado al cuerpo y desabrochado hasta el punto exacto de despertar la concupiscencia de cualquiera. Jo no pudo evitar dirigir una mirada esquiva al canalillo de su escote, y a los pezones pronunciados que destacaban bajo la tela sedosa.  Resolvió que podrían ser el resultado de una operación de tipo “Premium”. No acertaba, sin embargo, a hacer un buen diagnóstico. Aquel culo plano y la estrechez de sus caderas —a las que él hubiera añadido unos treinta centímetros— le confundían. Pensó que era muy difícil que pertenecieran a una mujer, en especial a una mujer napolitana.

Había mucho de simpático descaro en sus maneras. Le contó que su marido trabajaba en la construcción pero que ahora ya no vivían juntos. Que su hija era estudiante en Londres. Y que ella era la Donna del “Palazzo”, —remarcó la última frase irguiéndose en el sillón Luis XIV y acercándose seductoramente hacia él.

Recibió el “curnicello” de regalo de las grandes manos de la Donna que le apretaba las suyas con tal afecto que casi se podía interpretar como verdadero. Le explicó, con su grave voz afectada, que era un “pisello”; el símbolo de la virilidad y fertilidad y que favorecía la prosperidad, su color rojo se vinculaba a la sangre y al fuego que eran los símbolos del poder y la vida.

Jo mintió cuando se excusó diciéndole que se le hacía tarde para llegar al tour que tenía contratado para ir a Pompeya y al Vesubio aquel día. Se malvistió, le agradeció sus atenciones y salió a la calle a respirar. Trató de evitar el encuentro con la Donna los días siguientes, pero no fue posible. A pesar suyo, oía el crujir de las maderas de las escaleras cuando la Donna llegaba y, unos segundos más tarde, la música napolitana que le indicaban que ella estaba allí antes de que él amaneciera.

Jo se familiarizó con el ambiente urgente, colorido y caótico de la ciudad de Nápoles, y comprendió que eran precisamente parte de sus encantos, a lo que había que añadir su enorme interés histórico y cultural además de la belleza de su paisaje. 

Tuvo que reconocer en TripAdvisor que también lo había sido la hospitalidad de la Donna.

¡Faltaba más!



@mjberistain

NOTAS: Ver en “Notas sobre Nápoles”

Un «Palazzo» en Nápoles

No era una broma, como de costumbre, que la hora prevista para el despegue del avión hacia Italia se retrasara más de noventa minutos.  Jo lo sabía bien. Estaba acostumbrado a viajar por todo el mundo, y en tantas ocasiones, que había conseguido merecerse el tratamiento de VIP en las mejores líneas aéreas internacionales. Pero ni aun así conseguía eludir las largas esperas ni tampoco pasar algunas noches en las más selectas «poltronísimas» de los aeropuertos, especialmente cuando se trataba de viajar a Italia —uno de sus destinos preferidos (profesionalmente hablando), aunque era la primera vez que elegía la ciudad de Nápoles para una breve escapada particular.

Bajó del avión. El taxi estaba esperándole con un gran letrero en el que destacaba su apellido sobre las cabezas de la multitud que se movía ante las puertas de salida del aeropuerto. Le molestó tener que bracear entre aquella marea humana con su gran maleta de ruedas y su mochila de cuero negro a su espalda hasta conseguir sentirse a salvo cuando cerró la puerta trasera del coche que lo esperaba aparcado, bastante más allá de lo lógico —pensó—.

—Empezamos mal Jo, —se dijo a sí mismo mientras seguía arrastrándose con su pesada maleta y su mochila de cuero cargada con su ordenador y su equipo fotográfico. Tantas veces había pensado que cuando se jubilara viajaría ligero de equipaje, que se maldecía a cada paso siguiendo los del taxista, que ni por un momento hizo amago de ayudarle.

Confirmó que la dirección que aparecía iluminada en la pantalla del ordenador de a bordo coincidía con la de su contrato. Respiró.

Se agarraba al cinturón de seguridad como a una tabla salvadora ante los bandazos que daba el coche entre acelerones y frenazos que el italiano sin alterarse ejecutaba con maestría a pocos milímetros de otros coches y motos que compartían las calles; todos ellos exigiendo el desalojo inmediato de todo lo que pudiera interponerse en su camino. Solo las ambulancias con sus estridentes sirenas sonando imparables por toda la ciudad parecían tener preferencia en aquel «maremagnum». Era una heroicidad para cualquier peatón elegir el mejor momento para cruzar de una acera a otra sin acabar debajo de las ruedas de algún despiadado vehículo a motor.

Jo había tenido suerte en la vida. Era de una buena familia y, además, adinerada. Su propia profesión de arquitecto había añadido valor a su vida social y a su patrimonio. Hacía muchos años que viajaba solo, Se jactaba de ser un especimen asocial y con muchas manías difíciles de compartir. Se acababa de jubilar hacía apenas dos meses. Era la primera vez que había contratado él mismo su estancia en la ciudad a través de un operador turístico por internet, como casi todo el mundo, pero con una condición. Quería hospedarse en un sitio especial, algo así como lo pudiera ser un «Palazzo» napolitano.

El taxista paró el coche haciéndose un hueco con autoridad desafiante entre los cientos de turistas que a esa hora ocupaban la plaza peatonal. Abrió el capó para descargar el equipaje y le indicó, con un gesto grotesco de su cabeza, la calle por la que tenía que continuar andando hasta llegar al «Palazzo» reservado para su estancia de cinco días en la ciudad. Tuvo que caminar más de quinientos metros arrastrando su pesada maleta de ruedas por una angosta calle adoquinada y sucia por la que no podía darse un solo paso sin tener que esquivar a la ingente marea de personas que a esas horas transitaban sin prisa, como si de una peregrinación se tratara, hacia ningún lugar concreto. Maldijo al taxista varias veces, pero solo de pensamiento. No pudo evitar, sin embargo, soltar un exabrupto en voz alta cuando, al llegar a su destino, uno de los «carabinieri» que estaban aparcados con sus deslumbrantes motos en uno de los rincones de la plaza, le señalaba el inmenso portón de entrada al edificio del «Palazzo».

Originalmente el edificio debió de estar pintado de un elegante color rojo granate representativo de la cultura napolitana, pero en aquel momento presentaba un aspecto decadente, sucio y medio abandonado, con la pintura ajada y descascarillada en la fachada. El gran portón de madera, desvencijado. Lo peor fue descubrir la gatera que se suponía era la entrada de personas y pequeños animales. Tuvo que maniobrar con su gran maleta y agachar la cabeza para poder pasar al interior de un sórdido patio donde, en una pequeña garita, debía de recoger las llaves. Y subir tres tramos de escaleras, de once peldaños cada uno, para encontrarse finalmente con la anhelada puerta de su apartamento.

Se tiró al sofá de estilo Luis XIV, agotado. El recibidor habría sido digno de una mansión italiana, solo que había sido reconvertida en casa turística. El espacio era de techos muy altos, un gran ventanal en una de las paredes daba a la plazoleta por la que había entrado —miró hacia ella con cara de estupor—. Era luminoso y estaba decorado en tonos neutros y con pocos muebles auxiliares clásicos además del sofá. Un secreter sobre el que se exponían, en un mural, fotografías y postales de huéspedes, una mesita con el tocadiscos, y un aparador con una silla a su lado, tapizada en buena tela. Dos alfombras persas en el suelo de mármol. De la pared central colgaba un gran cuadro con un colorido paisaje onírico de la bahía napolitana.

El único de los tres apartamentos que había sido ocupado para aquella semana era el suyo y era el mejor que tenía el Palazzo. Resultó ser silencioso, completo, sencillo y limpio. Le hizo el efecto de un bálsamo merecido.

Durmió, sin tan siquiera acordarse de su «temazepan».

Le despertó la llamada de la campanilla de la puerta de entrada. No sabía dónde se encontraba. Consiguió ponerse el albornoz mientras hacía acopio de neuronas para situarse en el mundo. Ah, si —pensó— en Italia, concretamente en Nápoles.

Abrió la puerta a medias.

Le sorprendió el timbre grave de su voz.

—¡Buoniorno caro Jo!

Medía casi dos metros. Se hizo paso con soltura empujando la puerta hacia el interior del recibidor y dejó sobre el aparador de la entrada una bandeja de bollos recién horneados.  Sus facciones masculinas y la efusividad de su apretado abrazo lo desestabilizaron hasta hacerle retroceder. Solo entonces pudo mirarle cara a cara.

Jo pestañeó.

—¡Ti ho portato delle Sfogliatella Napolitana come benvenuto!.

Jo, no podía dar crédito a lo que veía. De pie en mitad del recibidor, con la puerta todavía entreabierta, intentaba descifrar la duda de si trataba con un hombre o con una mujer. Pensaba en cómo responderle y de qué manera hablarle a aquel personaje que le había invadido en su temporal intimidad. Tardó unos minutos en articular una sola palabra mientras seguía con la vista, anonadado, sus rápidos movimientos, tan rápidos como su forma de hablar y gesticular moviéndose por la habitación. No pudo evitar observar aquel cuerpo por detrás, cuando se subió a una pequeña escalera, estirándose para alcanzar un «long play» de la balda sobre la que había colocados unos veinte discos.  Sobre ellos, ocupando la pared, se leía un mensaje escrito a mano en grandes letras que decía: «Don’t worry. Be happy».

Jo, arqueó las cejas, cerró la puerta y cabeceó para espabilarse.

Encendió el tocadiscos y comenzó a sonar Adriano Celentano. Subió el volumen del aparato y se volvió con satisfacción hacia Jo. —Estaba claro que esperaba una respuesta por parte de su cliente—.

—Buoiorno, respondió Jo, a secas.

Retiró su gran melena pelirroja rizada de la cara en un movimiento afectado claramente femenino. Le invitó a Jo a sentarse a su lado en el sofá Luis XIV que, según le contó, había tapizado su padre que vivía en Pescara, un pueblo al otro lado, en el Adriático. También le contó que tenía una hija.

—Ahá, —Jo asintió amablemente con un movimiento de su cabeza, dando signos de que estaba interesado en aquel discurso y tratando de enmascarar su perplejidad—.

Vestía un buzo sedoso de pantalones anchos, estampado con dibujos geométricos y colores azules negros y blancos. Ajustado al cuerpo y desabrochado hasta el punto exacto de despertar la concupiscencia de cualquiera. Jo no pudo evitar dirigir una mirada esquiva al canalillo de su escote, y a los pezones pronunciados que destacaban bajo la tela sedosa.  Inquieto, resolvió que podrían ser el resultado de una operación de tipo «Premium». No acertaba, sin embargo, a hacer un buen diagnóstico sobre sus caderas. Aquel culo plano y la estrechez de sus caderas —a las que él hubiera añadido unos treinta centímetros— pensó que era muy difícil que pertenecieran a una mujer, en especial a una mujer napolitana.

Había mucho de simpático descaro en sus maneras. Le contó que su marido trabajaba en la construcción pero que ahora ya no vivían juntos. Que su hija era estudiante en Londres. Y que ella era la Donna del «Palazzo», —remarcó la última frase irguiéndose en el sillón Luis XIV y acercándose seductoramente hacia él—.

Recibió el «curnicello» de regalo de las grandes manos de la Donna que le apretaba las suyas con tal afecto que casi se podía interpretar como verdadero. Le explicó, con su grave voz afectada, que era un «pisello»; el símbolo de la virilidad y fertilidad y que favorecía la prosperidad, su color rojo se vinculaba a la sangre y al fuego que eran los símbolos del poder y la vida.

Jo mintió cuando se excusó diciéndole que se le hacía tarde para llegar al tour que tenía contratado para aquel día. Se malvistió, le agradeció sus atenciones y salió a la calle a respirar. Trató de evitar el encuentro con la Donna los días siguientes, pero no fue posible. A pesar suyo, oía el crujir de las maderas de las escaleras cuando llegaba y, unos segundos más tarde, la música napolitana que le indicaban que la Donna estaba allí antes de que él amaneciera.

Jo se familiarizó con el ambiente urgente, colorido y caótico de la ciudad y comprendió que eran precisamente parte de sus encantos, además de su enorme interés histórico y cultural todo ello añadido a la belleza de su paisaje.  Y tuvo que reconocer en TripAdvisor que también lo había sido la hospitalidad de la Donna. ¡Faltaba más!



@mjberistain
Ver Notas sobre Nápoles.

Oro Rojo

Castillo de Peracense 

Hablar de Teruel sería pretencioso por mi parte. Así es que únicamente voy a pasar de puntillas por este tema por rescatar de mi memoria el impacto que me causó el amanecer de un cierto día de últimos de octubre, de visita a algunos familiares de esos de nuestros antepasados que viven muy lejos, muy a desmano, y que cuando vas de viaje por las cercanías te animas a recordar, a presentarte y charlar con ellos tomando un vino en el bar del pueblo.

En conversaciones de invierno, con nuestros mayores, alrededor de la mesa camilla que cobijaba un pequeño brasero, muchas veces se había hablado de los parientes de Peracense. No los conocíamos personalmente. pero llegamos a identificarlos con sus nombres en fotos antiguas en blanco y negro, otras de un color amarillento como sepia —que no logré saber si era el color original de la foto o aquella pátina era de pura humedad y antigüedad—. Recuerdo especialmente una fotografía de las autoridades del pueblo. El alcalde, el médico, el guardia civil y el cura formados delante del muro del castillo. Cuatro hombres en postura casi de rigor, tiesos, vestidos con sus mejores trajes negros arrugados y sucios mirando con suficiencia al objetivo.

Llegando al pueblo, con los restos del castillo ya a la vista, nos paralizó la belleza malva de un paisaje de tierra roja y dura en el que aparecían los cuerpos doblados de grupos de personas recogiendo la preciada Crocus Sativus, conocida como la Rosa del Azafrán.

Merece la pena asomarse a la historia y leyendas que existen sobre el Azafrán.

Nos recibieron con miradas un tanto hoscas, como otras veces hemos notado en pueblos pequeños del interior, acostumbrados como están, a no ver foráneos deambular por sus tierras. Sin embargo, cualquier pregunta sencilla con una sencilla sonrisa es capaz de abrir las puertas de su mundo, al que quedas invitado de manera inmediata.

Allí fue cuando me interesé por el Azafrán, entre aquellas gentes de cuerpos curvados y manos artríticas curtidas en madrugadas de recolección y desbrizne de las flores, durante los octubres de sus vidas. La rosa del azafrán —dijeron— florece al amanecer y hay que recogerla al instante porque se marchita rápidamente y los estigmas pierden sabor y aroma…

Leía en un artículo de ABC que el Azafrán es la paciencia cotizada a 3.000 euros el kilo. Hace falta recoger y desbriznar; extraer los estigmas de 150 flores para obtener un solo gramo de esta especia. El del azafrán es un cultivo de detalle y delicadeza.

Irán es el mayor productor mundial concentrando el 90% de todo el que se comercializa. En Europa los dos países productores por excelencia son España (Castilla-La Mancha con el 95% seguida de Aragón 2%, Canarias y Murcia) y Grecia.

España importa mayormente azafrán iraní para una comercialización que se estima en el 50% de lo que se vende en el mundo. En nuestro país se envasa y distribuye azafrán de muy alta calidad apreciada especialmente para la exportación.

… sus manos,
separando la tierra, hoyándola,
acariciando a cada impulso
el alabastro quejumbroso, y casi yermo,
donde ha de plantar la semilla,
su propia tristeza a punto de hallar
la superficie sazonada.

Y allí la hoja del verano entre terrones;
y allí el añil y el cardo y la costumbre
–azafrán sobre su vientre abultado –
y en suspensión el marasmo de vida
que se yergue sobre el surco.

Cómo no desbrozar lo estéril para siempre
y no desearse lejos del tacto de esa tierra.

Su juventud ardiendo al fulgor del verano,
ardiendo a partir del instante mismo
en que apostilla esa renuncia:
en la tierra la hebra carmesí,
la corola, el amargo pistilo de la duda. (Yoris)