Anoche

Vuelves a entrar en mi sueño, no tienes piedad, son las tres de la mañana.

Las sirenas suelen anunciar los peores presagios a esa hora, a las tres de la mañana, y hasta mis delirios llegan los golpes de luz y el eco de las bombas que movilizan los flujos de mi cerebro cuando no puedo dormir.

Sin embargo, hoy presiento que eres tú y no temo. Abro de par en par las ventanas para que entres y te acomodes entre mis somnolientas neuronas. Me concentro para vivir un silencio elocuente, sé que es donde mejor te expresas, con esos ojos negros de mirada profunda, inquietante —diría que inquisidora— si no fuera por la inteligencia y la ternura con la que me regalas cada vez que apareces en mi vida.

Te dejo hacer… Siento cómo tensas algunas de las finas líneas que se entrecruzan en el espacio intra-sideral que te reservo, yo no quería pensar esta noche. Acepto fluir en tu presencia mientras trasteas entre ellas, mis neuronas, organizándote un hueco confortable, librando algunas batallas con mis nudos aquí y allá, salvando las minúsculas distancias que el tiempo impone y borrando algunos flecos que mi impericia suele dejar sueltos.

Y, me doy cuenta de que, poco a poco, descubres que algo tuyo sigue estando ahí. Y no me trastorna. Siempre te he dicho que soy fiel y, como vulgarmente se dice «dura de mollera», que no es fácil que aparte de mi vida a las personas a las que amo.

Pero esta noche no, esta noche en la que el poder de la ignominia hace temblar los cimientos del mundo, esta noche no, no me castigues más.

Encontrarás agujeros negros entre la maraña de líneas envejecidas que hoy pueblan mi cerebro. Sabes que el olvido puede hacer estragos porque no se puede corregir. Así que, si todavía tus ojos siguen iluminando, aunque sea débilmente, esta noche de extravío, permíteme que te sueñe desde la locura de los latidos que inquietaron con destellos inmortales lo que la vida convirtió en recuerdos.

Compréndeme, tú sabes hacerlo.

Y no dudes de que en su fondo sigue existiendo una silla vacía esperando su renacimiento…


Texto y Fotografía @mjberistain

Garrapiñadas

Llevaba tiempo deseando tener unos cuantos días libres para perderme por las rutas de los frutales en flor que pueden contemplarse en esta época por nuestra geografía; Cerezos en la zona de Extremadura, Almendros en Tenerife y Aragón o en la zona del Mediterraneo… Maquiné un plan que parecía perfecto. Estaba siendo un final de invierno infernal. Habían llegado tarde pero con fuerza los vientos de más de cien kilómetros por hora, la lluvia arreciando sin compasión y anegando paisajes que hasta entonces eran de puro secano, y nieve; nieve deseada pero que atrapaba con su bellísimo manto blanco cualquier tipo de tráfico -animal o humano- a pie o por medio de cualquier artilugio mecánico de transporte conocido tipo tren, coche, camión o avión. De verdad que yo andaba necesitada de huir del gris oscuro que envolvía con saña mi cuerpo y mi espíritu.

Optamos por la zona de Levante por cercanía y por asegurarnos un poco de sol y temperaturas amigables para poder disfrutar del bellísimo paisaje de la «floración» en estas fechas. Todo encajaba.

«La producción del almendro en España se concentra en las comunidades del litoral mediterráneo. Es el segundo país productor mundial de almendra después de Estados Unidos. El almendro es un árbol muy robusto y de larga vida, que en la cuenca mediterránea puede vivir entre sesenta y ochenta años, incluso hasta un siglo. Es, junto al olivo, uno de los principales árboles cultivados con fin industrial en el litoral mediterráneo. Ambos toleran climas extremos de inviernos húmedos y veranos calurosos y requieren terrenos pobres. Actualmente se cultivan más de cien variedades debido a la gran riqueza genética, pero existen cinco tipos comerciales definidos y seleccionados entre las variedades de mayor calidad, que son Marcona, Largueta, Planeta, Comunas o Valencias y Mallorca.»

Llegamos tarde. La floración se había adelantado debido a la rara climatología de este año y los árboles se estaban cargando ya de almendras. Había una gran preocupación en la zona porque se esperaba frío y ello podría arruinar el fruto. ¡Nuestro gozo en un pozo!, Recorrimos los valles por sinuosas carreteras, esta vez con una belleza diferente a la que esperábamos, pero el sol y la vista del mar en el horizonte aliviaron nuestra desilusión.

¡Pues… compraríamos almendras!

Encontramos en Guadalest —un pueblo caprichoso encaramado en la sierra como una gran ventana al mediterráneo—, una tienda de productos de la zona.

Allí nos explicaron que la producción de los almendros se vendía íntegramente a la Cooperativa pero que, con suerte, podríamos encontrar algún vecino que quisiera vendernos almendra natural -con cáscara- a dos coma cinco euros el kilo aproximadamente (que era el precio de venta al por mayor). El amable dueño de la tienda, propietario también de algunas de las parcelas de almendros de la zona, al que compramos pasta de almendras para postres y otros usos,  en su ánimo de aliviar nuestro desconcierto nos ofreció unas pequeñas bolsitas de plástico transparente con unos cuantos gramos de almendras garrapiñadas.

¡Garrapiñadas!

No puedo acordarme de cuándo fue la última vez que comí garrapiñadas pero debió de ser en el parque de atracciones de Igueldo cuando todavía era una niña.

Tuve que conformarme con hacer algunas fotografías de almendros y cerezos por los alrededores, de camino a casa, cuando volvíamos de viaje, mientras mordisqueaba garrapiñadas que todavía me quedaban por los bolsillos..

@mjberistain


Máquinas de Museo

¿Qué hace una chica como yo en un sitio como éste?

La elección fue mía pensando en que le iba a hacer mucha ilusión a él perderse un rato entre todo aquel maremágnum de máquinas de museo. -Tengo que decir que es un apasionado de las motos-. Se trataba de una exposición de motocicletas que un paisano del pueblo había ido acumulando durante su vida y las presentaba en una nave industrial -convertida su pasión actualmente en espacio turístico al que había incorporado un restaurante y una pequeña tienda de complementos para motos.

Aparatos con fechas de fabricación desde 1912 -hacinadas- ocupaban, llenando de color, el amplio espacio perfectamente iluminado, añadido a la luz natural que entraba por algunas ventanas orientadas al valle.

Yo atendía con cara de interés a las minuciosas explicaciones de carácter histórico y técnico sobre aquellas motos, aunque reconozco aquí que no entendía casi nada, lo único que me animaba a escuchar era ver la ilusión en sus ojos cuando desmenuzaba mentalmente cada una de aquellas máquinas. Me quedé con nombres de algunas que había tenido: BMW R75/5 Africa Corps -según dijo, la mejor de todas las épocas por las innovaciones que aportó-, Ducati 250 24h Lemans, Osa 250 Mc Andrews (réplica), Montesa Brio 110, Vespa 150 del año 52. Allí estaba la primera minimoto fabricada en 1967 como capricho urbano, una Ducatti a la que llamaron «minimarcelino». Terminamos hablando de las Harley Davisson, de la Fat Boy o de la 1200 Heritage Softail Classic que, aunque no tenían representación en esta exposición, fueron las últimas de las que nosotros, él y yo habíamos disfrutado juntos.

Terniné encontrando mi lugar; había belleza en aquel templo. Chatarra que en algún tiempo había sido puro lujo. Y fuí enfocando, por aquí y por allá, aquellas joyas de hierro, cables  y tornillos  que hoy he clasificado como una colección de cromos de color.

Hasta que en el último rincón encontré esta maravilla…

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@mjberistain


Publicado originalmente en marzo 2016

Hoy

Ayer era otro Tiempo.

Lo viví como pude, como supe, porque todavía no había aprendido lo importante que era eso de vivir.

Hoy es un nuevo año, muy lejano del año en el que nací. No es que quiera mirar hacia atrás, el atrás está en mí, conmigo, y hay veces que me hace sonreir, me lleva de la mano hasta Los Italianos a tomarnos un helado o a merendar unas tortitas con nata, o sencillamente, a ver pasar a los chicos que nos gustan que suelen aparcar sus motos en la acera delante de la heladería.

Sigo buscando la fórmula mágica, magistral, para que mis fotografías tengan un sentido, no uno cualquiera, sino el mío, el que yo quiero darles. Sí, ya sé que todo está en los libros, eso que llaman técnica, la composición, encuadre, enfoque, diafragma, velocidad, objetivos, filtros, el trípode, todo eso referido a la máquina.

¡Ah, claro!

Y luego dicen que la máquina no es lo importante!

Ahí voy, y estoy totalmente de acuerdo, salvo, por supuesto, para los grandes profesionales de la fotografía a los que admiro y estudio con todo mi respeto, y con una carga difícil de manejar de pequeñas curiosidades y grandes ilusiones que abarrotan mis bolsillos.

Hoy voy a suponer que dispongo de lo básico. —Tengo que partir de alguna premisa—. Y, para mi nivel es cierto. Ahora bien, siendo capaz de organizar materialmente mi material, valga la redundancia, hay «algo» en mi que rara vez está conforme con el resultado de mi dedicación. Vale, soy una impertinente insatisfecha. Leo, estudio, persigo la obra de los grandes fotógrafos y las imágenes que, descubriendo a través de exposiciones, libros, folletos, revistas y otros «inputs» se acercan a esa imagen poética que a mi me gustaría representar. Voy a explicarme mejor porque creo que me estoy liando yo sola.

Soy amante de la Naturaleza. Me gusta viajar. No tengo claro si busco o encuentro belleza hasta en una pequeña brizna de hierba, aunque la lluvia no la haya enlucido con su luz, o el aire la haya despeinado, por poner algún ejemplo.

¿Entonces?

Nada, que llego a mi ordenador, con un cargamento de imágenes porque, claro, de cada brizna —como decía antes— hago varios disparos por si acaso va mejorando la calidad de lo que me propongo que sea mi fotografía perfecta, y la proceso con esmero porque sigo estudiando con más ilusión que cuando tenía que meterme en la cabeza los nombres de los reyes Visigodos o las fechas de las infinitas batallas que nunca se ganaron porque en todas las guerras se pierde.

Y, dudo. Está claro que no soy una profesional del tema. Pero también está claro que mi nivel de autoexigencia me bloquea en muchas ocasiones y estoy ya un poco harta de tener que «pedirme permiso».

Por hoy ya está, estoy preparada para volar, no sé hacia dónde, sí sé por qué.

Hoy voy a entresacar algunas imágenes de mi archivo de viajes y me propongo «avanzar», me da lo mismo que tenga que subir altas montañas con frío, o andar por caminos imposibles como lo vengo haciendo, pero a partir de ahora voy a dejar mi mochila llena de prejuicios en el trastero para que duerma el sueño de los justos.

Hoy necesito liberarme. Porque hoy es todo lo que tengo.

@mjberistain

Mi lado salvaje (continuación)

Voy teniendo especie de telarañas en el cerebro; la mente confusa…

A propósito de un dibujo que ha hecho mi hija pequeña de un retrato de un gran actor, he cometido la imprudencia de nombrarlo airosamente en voz alta mientras apreciaba la calidad de su trabajo.

No lo conozco personalmente, ni nunca, incluso en mi época de adolescencia, lo he pretendido. De hecho, ha participado en el Festival de Cine de San Sebastián y ni así me he movido para lograr verlo a lo lejos por encima de las cabezas de sus otr@s admiradores.

En fín, que es uno de esos amores platónicos de pantalla, como podía serlo en su momento Clint Eastwood, del que sí reconocí (en este mismo blog titulado «amores de cine») haber sido admiradora cuando yo era una adolescente y que, por cierto, todavía me sigue gustando, él y su trabajo.

Pues, después de este párrafo en el que me he ido por las ramas, decía que al ver el estupendo dibujo que ha hecho mi hija, del que estoy tan orgullosa, va y se me ocurre nombrar al actor en voz alta y observo que sus ojos se abren extrañados —ella es muy expresiva— sin atreverse a llevarme la contraria. Suele ser una buena crítica conmigo, lo cual agradezco sinceramente porque hace que yo me esmere en ser mejor persona, pero va siendo más considerada a medida que voy cumpliendo una edad.

En esta ocasión el dibujo era del rostro de Sean Penn. Yo me he referido a la entrada que hice en su día sobre Johnny Depp en un anuncio de Dior y, al compartirlo con ella me doy cuenta de que había «metido la pata». ¡Hasta el fondo!

Bueno…, en otro momento quizás me hubiera apurado por haber sido una «bocas», pero estoy aprendiendo (por fin) a relativizar ciertas cosas, así que todavía estoy riéndome de mí misma, que, por cierto, mi psicoanalista lleva toda la vida recomendándome que es lo que tengo que hacer para vivir mejor.


En mi imaginación, tienen un aire
Ahora que los veo juntos,
¿la próxima vez sabría reconocerlos?
voy a ver si consigo distinguirlos por el color de sus ojos…


Mi lado salvaje

Permitidme hoy una pequeña frivolidad…!

No tengo necesidad de comprarme un perfume, lo prometo. Estoy bien surtida por lo menos hasta dentro de dos años. Pero tengo que reconocer que después de leer la presentación del nuevo perfume de Dior para hombre, y de ver a Johnny Deep en la fotografía, me han dado ganas de comprarme un botellón para mi sola.

Dice así:

«Noches al raso, fogatas en el corazón del bosque… Si los libros oliesen a algo más que a papel, pegamento y tinta, el aroma que desprenderían las novelas de Jack London* recordarían a este perfume. La fórmula que ha ideado el perfumista, director olfativo de la maison, es un viaje a la naturaleza casi chamánico. Comienza con la nota de bergamota pero su intensidad crece con la introducción del sándalo de Sri Lanka, una esencia obtenida con un peculiar método de cultivo en el que apenas interviene la mano del hombre: una vez crece, el sándalo es trasladado a una plantación silvestre para que siga desarrollándose con sus propias fuerzas. El resultado es casi un aullido olfativo. No hace falta bailar con lobos para comunicarse con nuestro lado salvaje.»

El creador del perfume lo explica así:

Sauvage me habló inmediatamente. Tenía la idea de una dirección clara, una decisión fuerte. Era una piedra en bruto, que he cincelado y facetado”, afirma Demachy. En la salida, la bergamota reggio es como un viento poderoso y fresco que estalla sin concesiones llevándose todo a su paso, y dando suavemente paso a la potencia del ambroxan, un ingrediente que proviene del ámbar gris con notas marinas y animales, carnales y vivificantes, que se mantiene hasta el final. El elemí, la pimienta de Sichuan y las bayas rosas le dan un carácter picante y una vibración especiada, mientras que el geranio aporta un soplo verde y el vetiver un golpe de fuerza amaderada. Las lavandas, aromáticas, se unen al pachulí , que liberado de sus acentos terrosos une toda la composición.

Voilà,

Incluído originalmente en mi blog en Diciembre 2020

@mjberistain


¿Que tal el café?

Era una adolescente de melena rubia. Muy tímida, tocaba la guitarra. En aquel momento Joan Baez era mi cantante preferida, pero no hablaré de ella; hablaré de mi tío Joshean. Con él aprendí a rasgar las cuerdas de mi primera guitarra.

Esta imagen y esta música se han fundido en mi memoria para recordar las alegres canciones latinas con las que nos regalaba su sonrisa y su voz un poco cascada, allá por los años sesenta. Me ha transportado directamente allí, a un tiempo muy feliz alrededor de la gran mesa de los encuentros familiares en casa de los Aitonas.

Gracias a Julio Tejadas por compartir el vídeo


La espiga

Me llamo Wild Oat.

Soy avena silvestre. Algunos me llaman Flor de Bach, porque el famoso músico Johann Sebastian Bach escribió una minúscula partitura para mi. Pero esa historia ocurrió hace más de trescientos años.

Yo le amaba, y a su música.

El sol brillaba aquella tarde silenciosa. En el regazo de una pequeña aldea mis compañeras y yo éramos felices. Sabíamos que la vida era efímera pero no pensábamos en ello entonces. Éramos campesinas. Distinguidas y estilizadas adolescentes de largas melenas rubias. Felices en nuestra parcela de tierra jugosa de color cobrizo, indiferentes al paso de las horas. Amábamos el sol, y crecíamos jugando al escondite con los vientos y chapoteando en el barro que formaban a nuestros pies las lluvias de primavera.

Aquel día estábamos inquietas. Veíamos cómo a lo lejos se levantaba una gran polvareda. Atravesando los campos, acercándose a nosotras cada vez más, llegaba la cosechadora amarilla.

Quise huir.

Inclemente, el sol cubría por entero los campos, hacía mucho calor. Sería difícil escapar y esconderme salvo que encontrara un fino haz de su luz junto a una sombra y pudiera camuflarme en ella. No lo dudé, me tiré al suelo y me arrastré avanzando torpemente entre las piernas de mis compañeras que, ante el estupor de ver de cerca la cosechadora, no se daban cuenta de mi maniobra.

El ruido del motor era aterrador. Llegué hasta el cobertizo de la casa y me refugié en el lado sombrío de un saco de abono abandonado. Estaba exhausta, me quedé quieta viendo la siega de mis compañeras que saltaban por los aires como pequeñas briznas doradas y caían después, una sobre otra, de nuevo a la tierra.

Un rayo de luz cegadora se me acercó y ocupó mi sombra. Se me ocurrió trepar por sus finas fibras para llegar hasta el sol. Sentí que un viento suave tiraba de mí succionando dulcemente. Era, como fluir entre livianas corrientes de aire; como volar sin gravedad.

El sol me recibió con un abrazo cálido. Sin embargo, —me dijo— voy a pedirte algo. Has tenido el coraje de perseguir tu sueño y aquí estás, lo has conseguido. Ahora tienes que ser agradecida a la vida y compartir tu felicidad con los demás. Te convertiré en flor, serás mi flor preferida. Tú te ocuparás de cuidar la tierra. Volverás a ella en forma de lluvia cada primavera para que germinen las semillas y se llenen los campos de espigas. Y lleguen los nuevos veranos y las cosechadoras, y haya trabajo y alimento para todos.

@mjberistain

Estrellas

Había llovido cada uno de los últimos días del mes de Junio. No era raro, pero sí era distinto a otros años. Sabemos que todos tenemos que actuar y estamos hartos de que en los medios nos llenen la cabeza de mensajes sobre el cambio climático. Así que, pienso que la humanidad no está haciendo lo suficiente, porque seguimos hablando de lo mismo día tras día, y comprobando los estragos de nuestra falta de sensibilidad en imágenes lamentables que nos llegan de cada rincón del planeta. Y la climatología nos está escupiendo directamente a la cara por imbéciles.

Sueño con la bola blanda de un mundo azul, formada fundamentalmente por agua, como nuestro cuerpo. Pequeños puñados de tierra con frondosos bosques y caudalosos ríos aparecen aquí y allá flotando en él. No caen al vacío gracias a la fuerza de gravedad que, como un ángel de la guarda, los protege. Sueño con el alto azul inmenso en el que flota nuestro mundo azul. En realidad no sé muy bien si flota, si anida o en el que se ancla, pero sí sé que en las noches oscuras el cielo azul se llena de estrellas y yo, como mucha más gente en el planeta Tierra se para para mirarlas, para contarlas, incluso se les piden deseos, y los más estudiosos, pues eso, se dedican a la astrofísica para que las reconozcamos por sus nombres propios. Alguien muy sabio y muy anterior a nosotros, o sea, hace miles o millones de años, les regaló un nombre para que los vecinos del sistema solar pudiéramos entendernos mejor y disfrutar de su luz, de su misterio y de contemplar su belleza o interpretar los mensajes que nos hacen llegar mientras navegan a años luz de nuestros ojos.

Y solía amanecer encapotado. No hacía falta levantar la cabeza para mirar al cielo y ver la inmensa marejada de nubes negras que se desplazaban a diestro y siniestro según por dónde les daba el aire. Yo miraba al suelo gris y mojado de sonrisa triste y me tomaba un café para poder superarlo. Es un decir, pero sí, a veces es aburrido no ver el sol, no es que vayas a hacer nada especial, porque sigues escuchando la radio por la mañana mientras atiendes el trabajo de casa o sales a ganar el pan de cada día fuera o vas a llevar los niños al colegio, o a ayudar a tus padres que se están haciendo mayores y necesitan que alivies sus pequeños problemas de cada día. En fin, que no es oro todo lo que reluce. Pero, seamos sinceros, la luz es vida y la del sol es alegría, esto dicho con todo mi respeto a los que han estado sufriendo este último tiempo temperaturas de un sol ardiente que apretaba el mercurio de los termómetros hasta casi conseguir que se desbocara como la pasta de dientes cuando se lavan los dientes los pequeños de la casa.

Pero no cedían nuestros intentos de salir una noche con los telescopios, las cámaras fotográficas y trípodes, con las linternas y por supuesto con el picnic para ir a ver las estrellas y la luna, la vía láctea y los planetas de nuestro sistema solar: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (bueno, tampoco es para tanto, es que me sale de carrerilla). Se ve que algo me ha quedado de los años de colegio. Todavía no se habían incorporado Plutón, Ceres y Eris que se descubrieron más tarde.

Era de día cuando llegamos a la zona de avistamiento. La tarde espléndida prometía mucho, quizás había sido el mejor día de todo el verano. Un brindis por los organizadores mientras se colocaban y se calibraban los star-trackers, telescopios, prismáticos telescópicos y se preparaba la «farimerienda» (merienda-cena). Enseguida el atardecer nos regalaba con la visión de Venus. Rápidamente conquistamos la Polaris y nos situamos para reconocer con el puntero de láser las constelaciones, estrellas y otros muchos elementos ambulantes a nuestro alrededor.

¡Apasionante!

Llegados a este punto y mientras escuchábamos a nuestro querido experto astrofísico las más interesantes explicaciones in-situ, os imagináis que no hacíamos otra cosa nada más que empaparnos del conocimiento que tan generosamente nos regalaba. Así, embelesados, nos encontraban las horas que pasaban, casi sin darnos cuenta.

La luna de agosto se escondía tras una alta colina que nos impidió disfrutar de ella desde nuestra zona de avistamiento en Artikutza. Sin embargo, sí pudimos verla desde los coches, cuando volvíamos a casa. Incluyo la fotografía de Victor Bolea, gran fotógrafo y amigo para dejar constancia de uno de esos momentos vividos, mágicos e inolvidables.

Sueño con volver a ver las estrellas y los planetas y a esos amigos con los que se comparten estas locuras.

Os dejo con el poeta Julio González Alonso a quien tanto admiro. Su obra y su ser son interesantes. Enlace a su página web: lucernarios.net

Luna de agosto

Te miras en la noche
y  te mira el día
y a tu rostro de luna
luna
asoma la sonrisa.

En los ojos zarcos
de las aguas frías
reposa la belleza que enamora
tu mirada limpia.

Tú subes
a sus cielos
con rubor de niña, piel naranja
de tacto adolescente,
blancor desnudo
de amor de novia enamorada
desvestida
de jazmines derramando sus aromas
por los jardines en sombra,
galanteo del aire,
brizna
de celos al arrullo de las olas
que besan las orillas.

La noche de agosto te corteja
y acompaña de estrellas
la luz de tus pupilas.

Cantan los grillos, los relojes
marcan las horas en las plazas
y suspiran los hados
de la buena fortuna.

Autor: González Alonso



@mjberistain
Fotografía: Victor Bolea

Agur, hasta pronto

Material de derribo

El sueño es lo que queda registrado primero en la impresión de la vigilia y después en el relato de la consciencia. No existe (es decir, no se queda, no perdura) si no es en ese relato, el lenguaje es su única materia.

Del Blog Trianarts

En Las mil y una noches soy una niña rubia con flequillo y larga trenza casi hasta el culo que deja escapar su «pelota» y corre tras ella y recorre las calles de su ciudad, todas sus calles bajo la lluvia, y no puede expresar lo que siente porque no puede respirar y va dejando notas escritas en pequeños trozos de papel porque solo quiere eso, recuperar su «pelota», ese es su deseo y su libertad.

Quizás sea un sueño, quizás el recuerdo de un sueño recurrente que sigue persiguiéndome desde que era una niña rubia con flequillo y larga trenza.

Yo estaba en Zumaia, la pequeña ermita en lo alto del acantilado, allí cerca del cielo, contando estrellas. Allí perdí el álbum de mis fotos de niña… Después, todo era oscuro y yo esperaba al alba entre el clamor de las olas de un mar roto y las nubes del alma que cantaban.

Material de derribo.

Vuelvo a veces con la vida a cuestas al desierto temblor de la playa, con ramas de cerezo enciendo un fuego silencioso que el mar refleja, aprieto el corazón entre mis brazos y escucho las voces del tiempo que arden lentamente en el azul infinito. La noche despliega entonces sus alas y muestra su cara más bella.

Inextinguible hoguera.


(Collage para un sueño)

La música del mar

El viento sacude las enaguas amarillas del otoño. Busca la boca desnuda de los bosques con pasión de enamorado. Desde el centro del pueblo llega un murmullo de voces infantiles por las estrechas pendientes empedradas. Hay hombres viejos sentados aquí y allá que parecen apacentar las horas. Las ventanas se tornan con lenta indiferencia filtrando finos hilos de luz silenciosos por las grietas. Se va haciendo tarde.

No tengo prisa, todo es un sueño. Llevo una vieja mochila al hombro.

Las sombras me siguen como afilados cuchillos negros. He subido hasta la cima con mi corazón a cuestas. Escucho el latir de las piedras, hogueras de estrellas se abrasan en el mar y estallan en el acantilado. Todo es un sueño. La noche ha borrado los caminos, el tiempo, los nombres…

En la lejanía navega indecisa mi vieja mochila.

Late el corazón apretado a las piedras, a las estrellas, al mar que rompe en el acantilado…

@mjberistain

Un palazzo en Nápoles

No era una broma, como de costumbre, que la hora prevista para el despegue del avión hacia Italia se retrasara más de noventa minutos.  Jo lo sabía bien. Estaba acostumbrado a viajar por todo el mundo, y en tantas ocasiones, que había conseguido merecerse el tratamiento de VIP en las mejores líneas aéreas internacionales. Pero, ni aún así conseguía eludir las largas esperas ni tampoco pasar algunas noches en las más selectas “poltronísimas” de los aeropuertos, especialmente cuando se trataba de viajar a Italia —uno de sus destinos preferidos  (profesionalmente hablando)—. Porque aquella era la primera vez que elegía Italia, en concreto la ciudad de Nápoles para una breve escapada particular.

El taxista le estaba esperando en la puerta de salida del aeropuerto con un gran letrero en el que destacaba su apellido sobre las cabezas de la multitud. Le molestó tener que bracear entre aquella marea humana con su gran maleta de rueditas y su mochila de cuero negro a su espalda hasta conseguir sentirse a salvo cuando cerró la puerta trasera del taxi negro que lo esperaba aparcado, bastante más allá de lo lógico —pensó—.

—Empezamos mal Jo, —se dijo a sí mismo mientras arrastraba con dificultad su pesada maleta de pequeñas ruedas y cargaba a la espalda con el peso de su ordenador y equipo fotográfico en su mochila de cuero negro. Tantas veces había pensado que cuando se jubilara viajaría ligero de equipaje, que se maldecía a cada paso siguiendo los del taxista, que ni por un momento hizo amago de ayudarle.

Confirmó que la dirección que aparecía iluminada en la pantalla del ordenador de a bordo coincidía con la de su contrato. Respiró.

Pero solo pudo respirar unos segundos. Se agarraba al cinturón de seguridad como a una tabla salvadora ante los bandazos que daba el coche entre acelerones y frenazos que el taxista italiano —sin alterarse—ejecutaba con maestría a pocos milímetros de otros coches y motos que compartían las calles; todos ellos exigiendo el desalojo inmediato de todo ser viviente que pudiera interponerse en su camino. Solo las ambulancias con sus estridentes sirenas sonando imparables por toda la ciudad parecían tener preferencia en aquel “maremagnum”. Era una heroicidad para cualquier ciudadano de a pié elegir el mejor momento para cruzar de una acera a otra sin acabar debajo de las ruedas de algún despiadado vehículo a motor.

Jo había tenido suerte en la vida. Era de una buena familia y, además, adinerada. Su propia profesión de arquitecto había añadido valor a su vida social y a su patrimonio. Hacía muchos años que viajaba solo. Se jactaba de ser un espécimen asocial y con muchas manías difíciles de compartir. Se acababa de jubilar hacía apenas dos meses. Era la primera vez que había contratado él mismo su viaje y su estancia en la ciudad a través de un operador turístico por internet. Como casi todo el mundo, pero había puesto una sola condición: quería hospedarse en un sitio especial, algo así como lo pudiera ser un “Palazzo” napolitano.

El taxista paró el coche haciéndose un hueco con autoridad desafiante entre los cientos de turistas que a esa hora ocupaban la plaza peatonal del Jessu. Abrió el capó para que su cliente pudiera descargar su equipaje y le indicó, con un  grotesco movimiento de su cabeza, la calle por la que tenía que continuar andando hasta llegar al “Palazzo” que tenía reservado para su estancia de cinco días en la ciudad. Tuvo que caminar más de trescientos metros por una angosta calle adoquinada y sucia por la que no podía dar un solo paso sin tener que esquivar a la ingente marea de personas que a esas horas se movían sin prisa, como si de una peregrinación se tratara, hacia ningún lugar concreto. Maldijo al taxista varias veces, y no pudo evitar, soltar un exabrupto —¡no jodas!—cuando, al llegar a su destino, uno de los “carabinieri” que estaban aparcados en una esquina con sus deslumbrantes motos, le señalaba el inmenso portón de la entrada al edificio del “Palazzo”.

Originalmente el edificio debió de estar pintado de un elegante color rojo pompeyano representativo de la cultura napolitana, pero en aquel momento presentaba un aspecto decadente, sucio y medio abandonado, con la pintura ajada y descascarillada en la fachada. El gran portón de madera, desvencijado. Lo peor fue descubrir la gatera  que suponía ser la entrada de personas y pequeños animales. Tuvo que maniobrar con su gran maleta y agachar la cabeza para poder pasar al interior de un sórdido patio en el que, de una pequeña garita atendida por un anciano ciudadano, debía de recoger las llaves de su apartamento. Y subir andando tres tramos de escaleras, de once peldaños cada uno.

Se tiró al sofá de estilo Luis XIV, agotado. El recibidor habría sido digno de una mansión italiana, solo que entonces estaba reconvertida en casa turística. El espacio era de techos muy altos, un gran ventanal en una de las paredes daba a la plazoleta por la que había entrado —miró hacia ella con cara de estupor—. Era luminoso y estaba decorado en tonos neutros y con pocos muebles auxiliares clásicos además del sofá. Un secreter sobre el que se exponían, en un mural, fotografías y postales de sonrientes huéspedes que habían pasado por allí, una mesita con un tocadiscos de los años sesenta, y un aparador con una silla a su lado, tapizada en tela buena. Dos alfombras persas sobre el suelo de mármol. La pared principal la ocupaba un gran cuadro enmarcado, con un colorido paisaje onírico de la bahía napolitana.

El único de los tres apartamentos que había sido ocupado para aquella semana era el suyo y era el mejor que tenía el Palazzo. Resultó ser silencioso, completo, sencillo y limpio. Le hizo el efecto de un bálsamo merecido. Durmió, sin tan siquiera acordarse de su “temazepan”.


Le despertó la llamada de una campanilla. No sabía dónde se encontraba. Consiguió ponerse el albornoz mientras hacía acopio de neuronas para situarse en el mundo. Ah, sí —pensó— en Italia, concretamente en Nápoles, y en mi Palazzo —consiguió articular con ironía—.

Abrió la puerta a medias.

—¡Buoniorno caro Jo!

Le sorprendió el timbre grave de su voz.

Medía casi dos metros. Se hizo paso con soltura empujando la puerta hacia el interior del recibidor  y dejó sobre el aparador de la entrada una bandeja de bollos recién horneados.  Sus facciones masculinas y la efusividad de su apretado abrazo lo desestabilizaron hasta hacerle retroceder. Solo entonces pudo mirarle cara a cara.

Jo pestañeó varias veces intentando hacerse cargo de la situación.

—¡Ti ho portato delle Sfogliatella Napolitana come benvenuto!.

Jo, no podía dar crédito a lo que veía. De pie en mitad del recibidor, con la puerta todavía sin cerrar, intentaba descifrar la duda de si trataba con un hombre o con una mujer. Pensaba en cómo responderle  y de qué manera hablarle a aquel personaje que le había invadido en su temporal intimidad. Tardó unos minutos en pronunciar una sola palabra mientras seguía con la vista, anonadado, los rápidos movimientos de aquel personaje, tan rápidos como su forma de hablar y gesticular por la habitación. No pudo evitar observar aquel cuerpo por detrás, cuando se subió a una pequeña escalera, estirándose para alcanzar un “long play” de la balda sobre la que había colocados unos veinte discos.  Sobre ellos, escrito a mano con pintura de colores en la pared, se leía un mensaje en grandes letras que decía: “Don’t worry. Be happy”.

Jo, arqueó las cejas, cerró la puerta y cabeceó para espabilarse.

Sonó Adriano Celentano en el tocadiscos. Subió el volumen y se volvió con satisfacción hacia Jo como esperando alguna respuesta.

—Buoiorno, respondió Jo, a secas.

Retiró su gran melena pelirroja rizada de la cara en un movimiento afectado claramente femenino. Le invitó a Jo a sentarse a su lado en el sofá Luis XIV que, según le contó, había tapizado su padre que vivía en Pescara, un pueblo al otro lado, en el Adriático. Y que tenía una hija.

—Ajá, —Jo asintió amablemente con un movimiento de su cabeza, dando signos de que estaba interesado en aquel discurso, al mismo tiempo que trataba de enmascarar su perplejidad.

Vestía un buzo sedoso de pantalones anchos, estampado con dibujos geométricos en colores azules negros y blancos. Muy ajustado al cuerpo y desabrochado hasta el punto exacto de despertar la concupiscencia de cualquiera. Jo no pudo evitar dirigir una mirada esquiva al canalillo de su escote, y a los pezones pronunciados que destacaban bajo la tela sedosa.  Resolvió que podrían ser el resultado de una operación de tipo “Premium”. No acertaba, sin embargo, a hacer un buen diagnóstico. Aquel culo plano y la estrechez de sus caderas —a las que él hubiera añadido unos treinta centímetros— le confundían. Pensó que era muy difícil que pertenecieran a una mujer, en especial a una mujer napolitana.

Había mucho de simpático descaro en sus maneras. Le contó que su marido trabajaba en la construcción pero que ahora ya no vivían juntos. Que su hija era estudiante en Londres. Y que ella era la Donna del  “Palazzo”, —remarcó la última frase irguiéndose en el sillón Luis XIV y acercándose seductoramente hacia él—.

Recibió el “curnicello” de regalo de las grandes manos de la Donna que le apretaba las suyas con tal afecto que casi se podía interpretar como verdadero. Le explicó, con su grave voz afectada, que era un “pisello”;  el símbolo de la virilidad y fertilidad y que favorecía la prosperidad, su color rojo se vinculaba a la sangre y al fuego que eran los símbolos del poder y la vida.

Jo mintió cuando se excusó diciéndole que se le hacía tarde para llegar al tour que tenía contratado para ir a Pompeya y al Vesubio aquel día. Se malvistió, le agradeció sus atenciones y salió a la calle a respirar. Trató de evitar el encuentro con la Donna los días siguientes, pero no fue posible. A pesar suyo, oía el crujir de las maderas de las escaleras cuando la Donna llegaba y, unos segundos más tarde, la música napolitana que le indicaban que ella estaba allí antes de que él amaneciera.

Jo se familiarizó con el ambiente urgente, colorido y caótico de la ciudad de Nápoles, y comprendió que eran precisamente parte de sus encantos, a lo que había que añadir su enorme interés histórico y cultural además de la belleza de su paisaje. 

Tuvo que reconocer en TripAdvisor que también lo había sido la hospitalidad de la Donna. ¡Faltaba más!.


@mjberistain

NOTAS: Ver en “Notas sobre Nápoles”

El secreto está en la síntesis

Dice Jose María Guelbenzu: EL SECRETO ESTÁ EN LA SÍNTESIS

Se refiere al libro de Chris Offutt titulado «Lejos del bosque». Incluyo este texto entre mis páginas porque me ha resultado interesante su explicación sobre la escritura de cuentos.

Este breve volumen de cuentos no tiene desperdicio. Es también engañoso porque su aspecto hace pensar al lector que es una literatura sencilla, sin complicaciones; sencilla sí es, pero complicaciones las tiene todas. El aspirante a escritor tiende a pensar que esta manera de contar, a base de frases breves y cortantes que casi no dejan tomar aire y con un asunto central ya muy trajinado —la nostalgia del origen, la salida de la tierra natal, la imposibilidad del regreso e incluso el mismo regreso—, no ha de ser muy difícil a poco que uno se ciña con variantes a un cliché mental muy trajinado también.

Eso mismo he visto que les ocurría a muchos pre-escritores después de leer a Raymond Carver. Carver parecía escribir a la buena de Dios, sin preparación artillera alguna, pero tras muchos intentos de imitación descubrían que el enemigo —la escritura— seguía incólume, sin que la hubieran alcanzado ni de refilón siquiera con una frase.

Uno de los cuentos de Chris Offutt, el titulado ‘Prácticas de tiro’, comienza así: “Ray puso un leño sobre el bloque de madera y alzó el pesado mazo. El fresno seco se quebró sin dificultad. Sustituyó el mazo por el hacha y cortó listones finos que se curvaron alrededor de los nudos y cayeron al suelo. El esfuerzo aflojó la tensión que se había vuelto crónica desde su regreso a las montañas. Hacía ya varios años que se había ido de Kentucky y ahora deseaba haberse quedado en Detroit, en la cadena de montaje de la fábrica Chrysler”.

En este párrafo se ha contado una vida, un modo de vida y una idea de la vida. Nada menos. Es capaz de mostrar con precisión el ejercicio de un oficio y el resumen de la existencia del personaje; sólo hay que mostrar el trabajo y la historia del personaje de modo que la veamos físicamente; y todo con llaneza, como pedía maese Pedro, sin adornos ni explicaciones innecesarias. Cuando el aspirante a escritor emulaba a Carver siempre descubría que quizá no lo había hecho del todo mal, sólo que la magia carveriana no aparecía por ninguna parte. El secreto está en la síntesis de la experiencia y en el dominio de la sugerencia y de la elipsis. El párrafo que acabo de traer aquí no tiene su gracia en la brusquedad expresiva ni en la simplicidad de palabra, sino en lo que su apariencia delata.

Offutt es uno de esos tipos nacidos en una localidad inimportante y cerrada que abandona para ver qué hay más allá por el mundo y ejercer cualquier oficio que le produzca unos dólares. Y aprende gracias al paso del tiempo y afinando la mirada sobre la especie humana. La mirada es el arma más poderosa del escritor, la que le permite seleccionar y elegir y, después, trabajar con la expresión por la palabra.

Chris Offutt clava la mirada en historias inimportantes que contienen la conciencia elemental de la existencia, desgarradoras, emocionantes; y en un modo de relato que se instala en el cruce de la emoción con la sobriedad. Parece un narrador lacónico, pero golpea los sentimientos del lector y lo sacude para mostrarle la hondura singular e irrepetible de toda condición humana, valiéndose de unos personajes que llenan una buena parte de la mejor literatura: los perdedores. Sus relatos son poderosos y universales en su simplicidad por la misma razón que lo son los cuentos de Chéjov, tras el que se suceden todos los cuentistas americanos, de O. Henry y Ambrose Bierce a HemingwaySalinger o Tobias Wolff. Offutt pertenece a esa ya gloriosa tradición por derecho propio y este libro es una muestra perfecta de lo que digo.

Lejos del bosque Chris Offutt
Traducción de Javier Lucini
Sajalín, 2021. 128 páginas. 15 euros

Crítica Literaria: Jose María Guelbenzu
Publicado en Babelia – Marzo 2021


El prólogo

Un prólogo (del griego πρόλογος prólogos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’)1​ es un breve texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura. Sirve para justificar la aportación al haberla compuesto y al lector para orientarse en la lectura o disfrute de ella. El prólogo es además el escalón previo que sirve para juzgar, expresar o mostrar algunas circunstancias importantes sobre la obra, que el prologuista quiere destacar o desea hacer énfasis para animar a la lectura.

BRADBURY

El hombre ha llegado a Marte; ya lo he dicho anteriormente. También he dicho que tengo una amiga que debió de estar allí unos días antes de la llegada del Perseverance. Hoy me he encontrado de nuevo con Bradbury. Y no he dicho todavía, pero ahora confieso que no he prestado demasiada atención a la ciencia ficción hasta el jueves pasado.

He huido durante años de las películas sobre ese tema, aunque vi Odisea 2001 en el «sesenta y ocho». Y no me dejó indiferente. Pero ha habido siempre en mí una especie de pudor, de temor o de terror, de rechazo por lo espeluznante de las imágenes que llenaban de horribles y temibles personajes el futuro en el que yo, previsiblemente, estaba condenada a vivir… Eso para mí era la «ciencia ficción». Supongo que mis neuronas quedaron enquistadas voluntariamente ante alguna de las películas a las que acudí haciendo un favor, es decir, ofreciendo mi compañía, a alguien muy querido. Y no permití que evolucionaran…

Hace unos meses quise esquivar la película MATRIX que había visto un par de veces. No fue posible. Pero escuché con gran respeto y atención la recomendación de mi querido yerno Gonzalo quien se afanó en conseguir que yo la comprendiera. Y lo consiguió, y, después de su magnífica exposición, vi de nuevo la película. Sorprendente, él me abrió una grieta en la mente y por allí se coló el tema de lo distópico —Término opuesto a utopía. Como tal, designa un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o el cine, que se considera indeseable. La palabra distopía se forma a partir del término utopía, al que se agrega el prefijo dis-, que denota ‘oposición o negación’.

¿Por qué demonios hoy estoy hablando de esto?

Hace dos días hemos tocado Marte, he amanecido con Bradbury gracias al comentario de mi amigo de web Xabier a quien le gusta más Bradbury que la NASA, y me he encontrado con Borges en el prólogo de su libro Crónicas Marcianas…

Así que para hoy tengo trabajo de exploración y de «reordenación» de mis neuronas. Abrirles las ventanas que tanto tiempo han tenido cerradas. (Sé que me odian por ello, pero les digo que nunca es tarde, y, aunque me siguen odiando yo sé que hoy se sentirán felices conmigo).

-.-.-

Comparto el prólogo de Jorge Luis Borges:

Prólogo de Jorge Luis Borges a la edición española de Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

“En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer.

Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era un símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de Un mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la Posibilidad de una Travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba en el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.

Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo —que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena.

Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado -el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.

¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main street.

Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo.

Hacia 1900 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables temores.


Ojalá después de estos meses de confusión, de confinamiento y de reflexión seamos capaces de «amar» y «pasar» por la vida que nos es dada haciendo el bien a nuestros semejantes, al planeta que ocupamos, al universo que vislumbramos, y dejemos para las nuevas generaciones un futuro mejor del que encontramos.

Imagen de: istockphoto.com


¡Te lo dije!

—¡Te lo dije!

Gritaba mi abuela desde el tercer piso, dando órdenes, moviendo sus brazos de forma grotesca como en los momentos que me amenazaba con darme una paliza.

—¡No va a entrar! —te has empeñado, pero no va a ser posible.

Los trabajadores se afanaban en mover aquel bulto de dimensiones descomunales mientras el conductor, atento al tráfico que levantaba polvaredas envolviéndole en nubes de vapor de monóxido de carbono, sujetaba la gran puerta del camión sin poder evitar mirar a los coches que pasaban, ceñidos a su cuerpo a gran velocidad, especialmente a los de gran cilindrada que le obsesionaban desde que era un niño: los viejos «bemeuves» de segunda mano conducidos por jóvenes a toda máquina, los jaguares majestuosos, algún ceremonioso bentley con chofer, los porches que se habían convertido ya casi en vulgares, los estrepitosos bugattis negros de líneas rojas, y alguna que otra camioneta de reparto que a esas horas de la mañana se afanaba por llegar puntual a entregar la carga en los mercados. Se había quedado absorto con la maniobra del mustang amarillo y su bramido mientras aparcaba en la acera de enfrente.

—Quiyo, tira p’ayá que megtafisiando con el burto en lo cojone!!! —gritaba el bajito calvo a su compañero, un atlético individuo de casi dos metros de alto y uno cuarenta de ancho mientras se atusaba el flequillo que le caía sobre el ojo izquierdo.

La maniobra no podía ser más caótica. El jefe había aceptado la primera hora de la mañana para hacer la descarga a petición de su cliente. Pero las cosas y las calles y las carreteras van tomando aspectos diferentes con más rapidez que antaño, y la calle de los Orcos se había convertido en un estrecho y sinuoso atajo perfecto para evitar los cuatro kilómetros de semáforos que hacían del camino al centro de la ciudad una procesión dolorosa cada día.

—¡Eh, Joaquí, egpera tío! que me tengo que soná.

El alto deslizó el bulto sobre sus rodillas y, a pulso, lo colocó en el suelo asegurándose de que no se dañara por ninguna esquina. Le había costado indemnizar por su cuenta a un cliente porque en una ocasión había entregado un bulto menor con una esquina rota y había querido hacerse el loco argumentando que lo había recibido así. Su chulería le costó la friolera de trescientos pavos que le descontaron de su paupérrimo sueldo, además, coincidiendo con su época de vacaciones, lo que hizo que tuviera que reducir en alta proporción la cantidad de gin-tonics que solían alegrarle las noches de farra.

—¡Quiyo!, —¿passa ahora?

Para disimular, el alto, mientras sacaba el móvil de uno de los bolsillos de su buzo para mirar en la pequeña pantalla quién le llamaba, sacó un pañuelo y simuló un estornudo. El pequeño hizo un gesto de fastidio y lanzó una mirada asesina a su jefe —el conductor— que seguía mirando al tráfico, embobado, haciendo caso omiso de lo que se pergeñaba en la trasera del camión.

Había movido todos los muebles del único espacio posible de la casa para colocarlo. La mesa de escritorio con el ordenador delante de la ventana, la estantería de los libros la había apretujado contra la pared, unos centímetros, todos los que se pudieron, y vaciado y desarmado el armario verde de Ikea que, después, ya pensaría en cómo hacerle hueco. Me llegaban como en sordina, lejanamente, los sonidos del tráfico, bocinas y voces de los trabajadores en una caótica amalgama en hervor. Había conseguido no ir al colegio ese día para hacerme cargo de la llegada del bulto. Reconozco que mi abuela estaba mucho más nerviosa que yo. No hacía nada más que lavarse las manos y frotárselas en el delantal y dar vueltas por la casa quitando el polvo y moviendo de un lado a otro cosas que siempre habían tenido su sitio perfecto hasta aquel momento.

Había soñado tantas veces con ello que más que una ilusión, mis sueños se habían convertido en una obsesión.

No cabía en el ascensor. No era la primera vez que los transportistas se habían encontrado con una situación parecida, era lo normal en esos casos. Sofocados en el portal, mirando hacia las escaleras, juraban en hebreo y discutían la forma de hacerlo entre los tres; el jefe el pequeño y el largo.

Mi abuela me llamó para que me asomara a la barandilla de la escalera, pero no fui capaz. Miraba y medía los espacios de mi habitación en la esperanza de que me hubiera equivocado en algunos centímetros y todo terminara como yo había soñado. Había llamado al afinador —un chico estupendo, según me habían comentado mis amigas, todas enamoradas de él—. Yo me rizaba las pestañas frente al espejo del baño y pensaba que en último término siempre habría un espacio posible quitando el bidet de su sitio.

—Buenos días. ¿Dónde se supone que tenemos que colocarlo? —preguntó el jefe.

—Por aquí, por aquí, salí presurosa a medio vestir con la barrita de rímel en las manos. —¡Siganme!

Los trabajadores miraban al pasillo haciéndose cábalas sobre dónde iba a caber aquel bulto en aquella casa, esperanzados de que se abriera un gran salón a su paso donde colocar lo que fuera que hubiera dentro del cajón. Pero no. No había un gran salón esperando. Había una pequeña habitación de escasos diez metros cuadrados casi descuartizada con libros apilados por los suelos y una alfombra peluda que nadie había tenido la intuición de quitar para facilitar la maniobra. Me abracé a mi abuela no tanto con la alegría de ver mi sueño cumplido, sino con el convencimiento de que ahí acabaría el fin del mundo.

Sigo escuchando la música de Beethoven, de Bach, de Chopin, y observando con admiración las manos de los pianistas, especialmente las del chico estupendo que vino aquel día a casa para afinar mi piano.

Mis amigas no me dirigen la palabra desde entonces.

@mjberistain
imagen de la colección de Karlos Giménez


La china


«Al salir, pagó el café que se le había olvidado tomar…» (Truman Capote)

Una lluvia aburrida se había instalado en la ciudad cayendo incansable desde lo alto de un cielo plomizo como el de ayer y el de anteayer, como posiblemente el de la próxima semana según los partes meteorológicos que ya no sabían cómo explicarlo de forma diferente cada día. Se había hecho de noche. Al volver la esquina vomitó. Tiró el periódico empapado en una papelera y se dejó allí colgado el paraguas. No tuvo la precaución de arrancar la página de los anuncios antes, pero tampoco le importó.

Pasaban los días y por muchos esfuerzos que hacía no veía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo como el que pensaba que merecía de acuerdo con su historial profesional, su preparación académica y el estatus de su familia. Le quedaban pocos días para cumplir cincuenta años y aunque ese aspecto, en condiciones normales de mercado, hubiera podido ser considerado, en un hombre, como un buen fichaje para cualquier empresa, se encontraba defraudado, solo, como una isla desierta en mitad de un océano hostil. Tampoco había querido llamar a las puertas de los amigos. La realidad era que no había dicho que se encontraba en semejante situación. Cómo iba a imaginárselo nadie a su alrededor. Era del todo increíble aún admitiendo que entonces los puestos directivos de las empresas se regían más por movimientos políticos y eran menos estables o más dinámicos que en otros tiempos. Ya no servía de nada el pasado. Servía saber venderse para un futuro impredecible. Alguna vez escuchó que era fundamental saber vender humo…

Ocupaba un apartamento en el decimoquinto piso de uno de los miles de horribles edificios a los que llamaban rascacielos que se amontonaban en un barrio bajo de las afueras de la ciudad. Se miró al espejo del ascensor, estaba roto, y sus trozos garabateados con frases y dibujos obscenos. Aún pudo darse cuenta de que su aspecto físico era demoledor. Su calvicie prematura, su piel y su mirada desvaídas, sus cejas caídas en diagonal que le daban un aspecto lastimoso, sus hombros deformados por el peso de los días sin ver el sol. Todo ello no solo maltrataba su espíritu sino que, además, anulaba su poder de camuflaje; traspasaban todas las líneas de fuego de sus tripas y de sus venas hasta asomarse al exterior de su cuerpo sin condescendencia. Sin embargo, aquella tarde oscura la china del último bar al que había llegado tambaleándose para tomarse un café bien cargado le había mirado con detenimiento, con piedad o conmiseración, o, no sabía muy bien cómo interpretar aquella mirada apaisada que apenas dejaba entrever lo que él pensó que eran unos seductores ojos negros que le habían aturdido durante un instante. Quizás, para ella, era imposible mirar de otra manera. Se demoró después aferrado a la barra del bar observándola mirar al resto del personal que se movía alrededor de él entrando deprisa, consumiendo deprisa y saliendo deprisa, y pensó que se estaba volviendo loco. Además, Margot había decidido quedarse a vivir en un pueblo del sur en una comunidad de gente bohemia, artistas en su mayoría. Se había dedicado a la danza, había sido bailarina  profesional y ahora estaba retirada por una lesión de espalda. Su vida de pareja definitivamente estaba rota. Afortunadamente les habían unido pocas cosas durante su vida juntos, aparte del buen sexo mientras vivieron el encanto de los primeros meses. Se habían conocido en un viaje de empresa descubriendo la Antártida en un crucero de lujo, pero pronto aquel hielo imponente, aquél azul frío, y el silencio como un gran vacío de cristales afilados se habían instalado en su relación irremediablemente.

Se sintió viejo por primera vez en su vida. Había escogido aquel país, aquella ciudad para comenzar de nuevo porque nadie le conocía. Se sentía un tanto ofuscado, era cierto,  pero aquel mundo que le rodeaba se le antojaba un campo de exterminio, la gente uniformada en gris caminando lóbregamente sobre el polvo de un satélite desconocido que estaba cubierto con una gran bola de plástico reciclado, como un cielo plateado del que se desprendían como lluvia punzantes hilos de lava y de ceniza.

El bar estaba cerrado, la china oliendo a perfume de Pachuli permanecía sentada en el zócalo de la puerta a su lado. Sujetaba con sus dos manos una jarra llena de café bien cargado ya frío, y miraba a los viandantes que se desplazaban apresuradamente, intentando evitar los charcos, bajo la luz todavía mortecina de otra madrugada lluviosa para llegar a tiempo a sus quehaceres diarios. Cuando le sintió moverse, aventuró:

—Buenos días señor, le estaba esperando. Ayer se marchó usted sin tomarse el café…


@mjberistain


Colapso (cuento)

La madrugada apoya su frente en la ventana
y me confía unas sílabas de pena y compasión
Luis Rosales

¿A dónde fueron aquellos
que ayer habitaban nuestras calles,
de dónde viene este silencio
que envuelve el vacío de la ciudad?

Se rompió el equilibrio del planeta
se cegaron los ojos de los niños
se olvidaron los hombres del Gran Dios
creyéndose ellos que podrían
alimentar la nada, pero la llenaron
de escoria e inutilidad,
de inmediatez y subversión
obviaron el amor
y lo sustituyeron por máquinas
de placer puntual, las fábricas
fabricaron humo que logró matar
el equilibrio natural y ocultar
el cielo y las estrellas,
se envolvieron los mares con plástico
los planetas con máscaras
y un día, con inmenso dolor,
sintieron cómo la tierra dejaba de respirar.



El amor de su (mi) vida…

Quiero contarte… que sigo los escritos diarios de Pucho desde hace mucho tiempo. Exclusiva y afortunadamente los escritos públicos que comparte con su público entregado entre las que me encuentro. Sí, he dicho «diarios». Su escritura tiene el poder de cautivar con simpatía, y hacer crítica social y política sin ofender pero sí iluminando las mentes de los que a primeras horas de la mañana estamos empezando a quitarnos las legañas y todavía no nos hemos parado a pensar si seremos capaces —y si es así, cómo— de arreglar y mejorar de alguna manera este viejo mundo. El consigue hacernos conscientes y prepararnos para la causa de ser mejores personas y perseguir la justicia y la igualdad de la raza humana. En definitiva nos habla de «amor».

Sus escritos son dignos de los del Mester de Juglaría. Me explico: En este título ceremonioso se engloba el conjunto de poesía —épica o lírica— de carácter popular que difundieron los juglares durante la edad media, entre los siglos XII y XIV. Ellos eran quienes recitaban o cantaban para el recreo de nobles, reyes y pueblo en general.

Gracias Pucho por acompañarnos cada día con tus historias y «mentiras» y hacernos sonreir y pensar y en definitiva contribuir a que la vida sea un lugar más amable y más justo donde vivir.

Lo que traslado a continuación es solo una pequeña muestra. Ver más en el enlace a su página.

Pucho G Martinez

 · QUIERO CONTARTE

Lo que más echamos de menos es lo que nunca hemos tenido, me hubiese gustado tener un amor eterno, dulce y sencillo sin más complicaciones que las que pueden existir entre unos ojos que cuando se miran ven la paz reflejadas en las pupilas del otro, un amor en el que los besos sean el pan nuestro de cada día y el sexo la necesidad de acariciar una piel, un amor sin vencedores y vencidos, de millones de conversaciones en el sofá, abrazados con la televisión apagada y que si pregunto, ¿Que día es hoy? Tu respondas, qué más da, todos los días son azules, aunque llueva, no hay secretos escondidos, y estar juntos es cuanto necesitamos. No se si pido mucho o tu eso ya lo has conseguido, te envidio si es así, pero no como dice la gente, que solo aparenta, con una envidia sana, sino con una envidia enfermiza y cochina hasta el punto de que si pudiera te arrebataría ese amor para disfrutarlo yo, lo busco desde antes de ser un ido, aunque tal vez lo soy de nacimiento, lo cual no importa pues ahora no quiero hablar de eso. Hoy quiero contarte que siempre fracasé en el amor, que seguro que fue culpa mía, pero tampoco creo que mucha gente triunfara, pues he divorciado a más de quinientas parejas que meses antes juraban que todo iba de maravilla. Pero estoy empeñado en creer que ese amor existe, que tu y yo somos compatibles y podamos vivir en un lugar lejano, donde los besos abunden, y tu seas mi única ocupación, que caminemos siempre cogidos de la mano y durmamos en un mismo colchón teniendo por compañera, durante el día, la música, el campo y los animales que tu quieras, despertar siempre viendo tus ojos, bailar bajo un sauce llorón, recomendarnos libros, besarnos en cada encuentro en un rincón, aparentar que no te conozco para enamorarme a diario, reírnos con un chiste malo, ver salir y ponerse el sol, despedir las semanas, los meses y las estaciones. De las cosas de casa, yo me encargo, tu ya eres la luz de los dos.


El ilusionista

Veo a un hombre joven, alto, delgado, sombrío como un enigma, de los que cuando te miran sientes que estás ante algo misterioso, alguien que resulta inabordable; es poco posible que alguien pueda acercarse a su mente, mucho menos delatarle…

No lleva chistera. Aparece en el escenario en mangas de camisa —blanca— remangado. Su presencia — sentado con corrección en una sencilla silla, su espalda erguida apoyada en el respaldo, sus piernas abiertas y sus manos sobre las rodillas— es de una fuerza espectacular y poderosa. Su mirada es lenta y larga, pasional, oscura, inteligente; impenetrable. Su imagen, su figura, su postura me hacen pensar en una energía imprevista y volcánica. Momento de fascinación.

Creo en él. Percibo la verdad del poder de su personaje; de su propio poder representando al mago. Aunque hay un límite borroso entre él y yo. Me resulta difícil distinguir entre realidad e ilusión. El, sin embargo, defiende su magia —nada es lo que parece—, mientras un escalofrío recorre mi espalda cuando nos recuerda que quizás existen poderes superiores a los del hombre, sea él o nó quien los posea, o que es posible que todo sea un simple truco de magia.

¿Qué pasa si un mago realmente hace magia?

¿Y si realmente es capaz con su actuación de trasladarnos al oscuro y agitado corazón del mundo mágico?

____________

Se llama Edward Norton. Era uno de mis actores preferidos y en este caso he quise referirme, no a su mejor película, sino a la caracterización en el personaje del mago Eisenheim en «El Ilusionista».

Nota: actualizado 2020

@mjberistain
adaptado de LaButaca.net
fotografía maribelubeda.org

Let it Be

Cuando se acercó a ella, directamente dijo: ¡Hola cariño!. ¡Además de medio desmayada, se quedó horrorizada! No le conocía de nada y no le gustaban las personas que iban llamando cariño a todo el mundo a la primera de cambio, aunque en esa zona, a trescientos kilómetros de su casa, sabía que era bastante habitual. No se encontraba en condiciones de polemizar en aquel momento, se dejó coger de la mano y pudo sentir después sus cálidas caricias por su hombro y por su brazo izquierdo. Le miró a los ojos y solo pudo rendirse ante el afecto que aquél hombre le ofrecía.

Su mirada era de color azul casi transparente. Su forma de hablar acentuaba sus palabras orgullosamente identificándose con su tierra aragonesa, su voz sonaba tosca y muy cercana, sonreía con una naturalidad innata e inevitable.

Ella no pudo evitar una mueca cuando una maniobra extraña hizo que sus huesos se resintieran de tal forma que hicieron derivar la conversación hacia el tema del dolor. Alejandro era un hombre joven, de configuración cuadrada, curtido —más tarde lo supo— en todos los tipos de dolor que pudieran existir y, sin embargo, su vocación le había llevado a dedicarse a ayudar y consolar a todos aquellos que lo necesitaran.

Confesó que sus tobillos estaban hechos trizas de empujar en primera línea con su equipo de rugby, también su espalda y su cabeza casi rapada. Llevaba una barba rubia de tres días y un pendiente de plata en su oreja izquierda —tres aros de distintos tamaños engarzados—. Consiguió hacerla sonreir cuando apostó porque ella hubiera tenido unos parecidos en su época hippy. Estaba casado y tenía dos niñas, la más pequeña de ellas había nacido con una de esas enfermedades «raras» de las que tan poco se conoce todavía. Su conversación y su sonrisa aliviaban. A pesar de los envites del dolor que ella padecía en su cuerpo magullado. El trayecto se le antojó que había sido excesivamente corto cuando llegaron a destino porque sintió que había quedado mucho por conocer de aquel hombre entrañable. Se abrazaron con emoción contenida y se besaron las manos.

Se quedó con que él era músico, que había estudiado saxo desde niño, primero alto, después se dedicó al saxo tenor… Se quedó con el nombre de su grupo: Ska Blues & Jazz.

Se quedó con su sonrisa, con la transparencia de su mirada. Se quedó con su coraje y el brillo de su vida ocultos discretamente debajo de aquel uniforme de colores fosforescentes. Se quedó con el sonido especial de su voz cerca de su corazón mientras lejanamente oía la sirena de la ambulancia que la había trasladado hasta urgencias.

@mjberistain