Por las rutas del románico

Principio de invierno, la mañana es fría, la luz blanquecina, algunas nieblas en el valle. Decido salir con mi cámara de fotografía por la Ruta del Románico del Valle de Tena (Pirineos)

Fotografías tomadas en el recorrido por la ruta del Serrablo. Esta ruta agrupa varias iglesias románicas datadas a mediados de los siglos X y XI. Es un bellísimo e interesante recorrido a lo largo del río Gállego entre los pueblos de Sallent y Sabiñanigo.

Pulsar sobre este enlace: Ruta del Serrablo


Ella, mucho más que su Voz

Llego tarde…

Todos los hados se me enfrentan de madrugada cuando estoy alterada por algo importante, o por alguna ilusión.

Es como si mi espíritu corriera hacia adelante pero mi cuerpo no pudiera seguir sus pasos, la premura que le exige la ansiedad de llegar a tiempo.

El caos del tráfico a esa hora es inesperado. ¿Sabes? cuando cada semáforo se va iluminando de rojo, uno tras otro a medida que vas llegando…

No la encuentro. Mis pistas son escasas. Apenas una mirada, y un rizo en blanco y negro sobre los ojos, también en blanco y negro. Pregunto, y al fin la encuentro, ella me está esperando.

Begoña Zamacona.

Hubiera reconocido su Voz, pero Ella… es mucho más que su Voz.


Let it Be

Cuando se acercó a ella, directamente dijo: ¡Hola, cariño! Además de medio desmayada, se quedó horrorizada. No le conocía de nada y no le gustaban las personas que iban llamando cariño a todo el mundo a la primera de cambio, aunque en esa zona, a trescientos kilómetros de su casa, sabía que era bastante habitual. No se encontraba en condiciones de polemizar en aquel momento, se dejó coger de la mano y pudo sentir después sus cálidas caricias por su hombro y por su brazo izquierdo. Le miró a los ojos y solo pudo rendirse ante el afecto que aquel hombre le ofrecía.

Su mirada era de color azul casi transparente. Su forma de hablar acentuaba sus palabras orgullosamente identificándose con su tierra aragonesa, su voz sonaba tosca y muy cercana, sonreía con una naturalidad innata e inevitable.

Ella no pudo evitar una mueca cuando una maniobra extraña hizo que sus huesos se resintieran de tal forma que hicieron derivar la conversación hacia el tema del dolor. Alejandro era un hombre joven, de configuración cuadrada, curtido —más tarde lo supo— en todos los tipos de dolor que pudieran existir y, sin embargo, su vocación le había llevado a dedicarse a ayudar y consolar a todos aquellos que lo necesitaran.

Confesó que sus tobillos estaban hechos trizas de empujar en primera línea con su equipo de rugby, también su espalda y su cabeza casi rapada. Llevaba una barba rubia de tres días y un pendiente de plata en su oreja izquierda —tres aros de distintos tamaños engarzados—. Consiguió hacerla sonreír cuando apostó porque ella hubiera tenido unos parecidos en su época hippy. Estaba casado y tenía dos niñas, la más pequeña de ellas había nacido con una de esas enfermedades «raras» de las que tan poco se conoce todavía. Su conversación y su sonrisa aliviaban. A pesar de los envites del dolor que ella padecía en su cuerpo magullado. El trayecto se le antojó que había sido excesivamente corto cuando llegaron a destino porque sintió que había quedado mucho por conocer de aquel hombre entrañable. Se abrazaron con emoción contenida y se besaron las manos.

Se quedó con que él era músico, que había estudiado saxo desde niño, primero alto, después se dedicó al saxo tenor… Se quedó con el nombre de su grupo: Ska Blues & Jazz.

Se quedó con su sonrisa, con la transparencia de su mirada. Se quedó con su coraje y el brillo de su vida ocultos discretamente debajo de aquel uniforme de colores fosforescentes. Se quedó con el sonido especial de su voz cerca de su corazón mientras lejanamente oía la sirena de la ambulancia que la había trasladado hasta urgencias.


@mjberistain

A cinco metros de mi

Las altas puertas están abiertas. La lluvia cae con fuerza en el jardín de los jacintos. Hoy el verde no brilla como lo hace otros días. Subo las cinco escaleras que me separan de la entrada. Entro en el Museo, a esta hora nadie se atreve, solo han dado licencia a unos pocos, ocultos tras máscaras, y distantes. Llueve afuera, ya lo he dicho, cae una lluvia densa sobre el asfalto como lo hace en los momentos más rabiosos del otoño. Pero estamos en mayo. Ya quitaron de los mapas abril, este año, y parece que también borrarán el mes de mayo. Solo unos pocos saldrán a las calles, otros saldrán a pesar del temor y de las leyes; saldrán por encima de todo. Y volveremos a empezar; volveremos al principio. La tierra está herida y la muerte acecha afuera. Los muertos se cuentan por miles, mientras sean los de otros.

Entro en el Museo, hay un silencio blanco de techos altos que deslumbra y duele en los ojos. Sigo adelante por los inmensos pasillos vacíos, no hay más puertas, solo paredes pintadas de puro blanco, esquinas y rincones, nada, parece que estuviera en el limbo de los justos, nada me conmueve, suena en el vacío el eco de mis propios pasos, me he dado cuenta de que arrastro un poco uno de mis pies, tendré que hacérmelo mirar, procuro enmendarlo, me estiro, me esfuerzo, quiero estar atento, que no me abrume la soledad, ni el silencio, a falta de cuerpos cercanos. Ya sé que sobrevivo al vacío con cierta facilidad, pero no quiero hundirme en él. Miro hacia un lado, nada; miro hacia el otro y nada, otra sala blanca, una tras otra, salas blancas, sin relieve, sin sonido, pareciera el Museo del Vacío.

—¿Y qué hago yo aquí? —me pregunto— ¿Qué espero encontrar? ¿A qué he venido? ¿Qué busco?

!Ah, sí!, he venido a un Museo, a pasar el tiempo, a llenar el que no puedo llenar con el cariño de los míos. Se han tensado tanto los hilos que una caricia es un lejano roce de puntillas, con las puntas de los dedos de las manos enguantadas. Y siendo mucho, no deja de ser muy triste. Escucho sus voces como un eco metálico a través de los cables, siento que se me electrocuta el corazón mientras se queman las palabras a través del frío y de los cristales líquidos.

¡Deja de pensar!, —me digo—.

Veo a lo lejos un punto negro. Quizás una señal, un contraste, un punto de realidad, una mota de polvo. Sigo arrastrando un pie, pero me muevo con más agilidad que antes. Distingo a una persona vestida de negro sentada en un banco alto. Apenas eleva su mirada hacia mí, despacio. Espera. No dice nada. Le miro a los ojos, también sin ánimo de nada. Un miedo visceral me sacude por dentro, pero no digo nada. De nuevo el vacío. La sala es amplia, blanca, la nada no me calma.

Siento frío.

Solo hay polvo, polvo gris, polvo de ceniza. Se acumula en montones, montones de ceniza bien ordenados, separados unos de otros por la misma distancia. Ocupan toda la sala. Treinta, cuarenta, o cincuenta. ¿Por qué imagino que son pares? Podrían ser impares. No. Es un perfecto cuadrado. Podría contarlos, pero me confunden, son exactamente iguales. Algo se mueve, no sé si en mí o en ellos. Vuelvo a intentarlo. Empiezo por el que tengo más cerca; el que está a cinco metros de mí. Ahora desde el otro ángulo, pretendo avanzar entre hileras, sumo, cuento las filas, calculo las columnas, multiplico, me confundo. Qué importa. ¿Cuántos?

¿Cuál es su significado?

¿Qué es lo que queda después del tiempo que me han dado?, ¿Qué he conseguido hacer de ello?

Me vuelvo a la persona que cuida la sala. De nuevo levanta hacia mí discretamente su mirada y sigue sin decir nada.

Comprendo.

Perfecta formación de montones de ceniza acumulada. Eso es todo; es La Obra.

Se muestra mi miedo en un temblor de mi propia sombra que me persigue por los pasillos a zancadas.

Me dieron flores para engrandecer el jardín de los jacintos, me llamaron por mi nombre y vuelvo tarde y con los brazos llenos de vacío, el cabello húmedo y no tengo palabras, no sé si estoy vivo o muerto, me busco en el corazón de la luz; y solo llevo silencio.

La Obra; esa perfecta formación de montones de ceniza acumulada…


@mjberistain

A corazón abierto

 

Esta es una historia verídica, aunque tal vez te parezca mentira. Mentir; mentir apenas a veces, mentir solo un poquito. Mentir nunca me lo permitieron cuando era una niña. Era uno de esos «valores» que debes de tener en cuenta si quieres llegar a ser una persona digna de ser amada.

Desde mi pequeño peldaño al que me subía para parecer mayor delante del espejo, hacía méritos artísticos en solitario a esa hora de la merienda en que va oscureciendo el día y aparecen los duendes entre las hojas de los libros de física y matemáticas. De pie en mitad de la habitación, subida a mi banquito de madera, leía en voz alta párrafos en latín dándoles un sentido épico, porque era capaz de recitarlos, pero no tanto de analizarlos y traducirlos —que era de lo que se trataba—.

Así fui convenciéndome de que aquellas pequeñas variaciones de la realidad —cuando reconocía haber hecho seriamente los deberes— no eran tan graves, de hecho, no causaban ningún dolor ni trastorno a nadie, tenía la suerte de que tampoco se notaban en mis calificaciones escolares, casi siempre brillantes.

Nunca tuve un diario, pero tenía un cajón.

Tenía una caja secreta debajo de mi cama, apretada entre el colchón y los hierros del somier y que, para que nadie la viera cuando limpiaban la habitación, estaba envuelta en un trozo de sábana vieja de los que se utilizaban para limpiar cristales. Al principio era una cajita plana de puros de los que fumaba mi abuelo Julián pero que fue transformándose con el tiempo a medida que la iba llenando de papelillos impregnados con signos y aromas de mi pequeña historia.

Aunque no dije ninguna mentira, sentí que mentía cuando, por primera vez la escondí. Más tarde, deduje que aquello no era una mentira, sino que era un secreto. ¿Qué diferencia había entonces? ¡Puaff! ¡Lo que tendría que aprender todavía…! Pero sabía que, para no delatarme, no debía de preguntarlo.

Hace unos días, una de esas tardes en las que no pasa nada especial, sentada junto al fuego, me planté ante mí misma a corazón abierto. Tengo que decir que a estas alturas de la vida mi caja secreta se había convertido en un «Cajón Desastre» o, según como se mire, se había convertido en el cajón de mis desastres. De allí salían maltrechas cuartillas y fotografías dedicadas, servilletas de bares con raros dibujos o con dedicatorias escritas a mano, pétalos de flores planchados que aún conservaban el aroma de las rosas rancias, fotocopias de páginas de libros, páginas desgarradas de revistas de literatura y poesía y hasta suplementos de periódicos color sepia —que claramente no sería el color original de los diarios de su época.

Volver…

Mirar atrás y volver a encontrarme con el arsenal de emociones que han perturbado mis días y de las que —podría parecer hoy— he salido indemne.

¡Mentira!

Lo que queda de mí hoy son las cenizas de todas esas historias contenidas en mi «cajón desastre». Lo admito con pena y con gloria. Porque de algunas todavía no he salido y dudo poder salir en vida. De otras he salido airosa después de que hayan terminado, y de otras tantas con la satisfacción y el alivio de haberlas dado por terminadas. Todas ellas están tatuadas de manera indeleble en la piel de mi alma.

Beso con devoción mis recuerdos; algunos ardieron antes, sin yo quererlo.

Lo decido por fin.

Crepitan las lenguas de fuego con hambre feroz de historias remotas.


@mjberistain

¿Qué pasa si se colapsa internet?

Que, siempre nos quedarán los libros…

Tuve ayer en mis manos una fotografía que tomé en uno de mis viajes a Valencia que se llama «El asilo del libro».

La propia fachada de la librería ya es un homenaje a esos antiguos espacios coloridos y, como ahora diríamos «vintage», del tipo de librería de libro antiguo o usado, que reclaman la atención de cualquiera que pase cerca, pero especialmente la de los amantes de los más raros, más especiales y/o artísticos, y/o más prohibidos. Son esos volúmenes que ocupan un sitio destacado —aunque, según el espacio que haya quedado en la librería abarrotada de ejemplares, el único sitio posible pueda ser el suelo en lugar de un anaquel destacado. Pero que ahí están.

¿Qué haremos cuando se colapse el tráfico de internet?

Hemos visto en los «papers» estos días que puede llegar esa situación en cualquier momento debido al intenso tráfico en las redes motivadas por el cautiverio al que está sometido el mundo por culpa del «virus» (en este caso del covid-19) —podría ser cualquier otro en cualquier otro momento—. Y esto es una alerta como no se había vivido nunca (eso dicen), o por lo menos desde que yo vivo, y ya van varios años.  Nos hemos recluido en casa por decreto general. Vale. Y nos hemos colgado de las redes. Y, de momento todo funciona, ya, pero ¿nos hemos parado a pensar que los invisibles hilos que conducen la información no nacen por generación espontánea?

Claro, podemos pensar (porque ahora pensamos mucho), que la tierra es infinita, que se regenera, que tiene infinitos recursos para no agobiarse por mucho que sus hijos insaciables tiren de ella. Pues va a ser que no, y es tiempo que nos demos cuenta de ello. Bueno, pero estamos investigando el cosmos y allí hay mucho más sitio… ¡Qué ilusos! —pienso yo— El cosmos de momento no va a respondernos como lo ha hecho hasta ahora nuestra madre tierra. Con nuestro maltrato insistente hemos conseguido que nos pare los pies, que nos dé un tirón de orejas, un toque de atención durísimo para que reflexionemos, pero no sé si estará dispuesta a dejarnos su espacio por mucho más tiempo.

Llevamos décadas hablando o escuchando (oyendo hablar) sobre el cambio climático, ¿durante cuánto tiempo? Y nosotros pensando que serían lo que ahora llamamos «fake news» (noticias falsas). Hablábamos y veíamos reportajes sobre la invasión de la basura en los océanos del planeta, de los vertidos industriales en los ríos, de los gases tóxicos que eliminamos a la atmósfera pensando que todo ello se disolverá por arte de magia. Y otros pecados capitales que se me ocurrirán cuando haya dejado de escribir este texto a modo de reflexión.

De pequeña, en fin, yo no pensaba en absoluto en estas cosas. Creía que el mundo estaba ahí como lo estaba la casa de mis padres y mis abuelos y mi ciudad y mi mar y mi país. Y que el globo terráqueo me contendría eternamente con un amor y generosidad que, aunque yo no mereciera, estaría ahí mientras vivieran mis seres queridos. Yo no me planteaba que al mundo lo tenía que cuidar yo, porque de otro modo se nos vendría abajo. Esto, supongo que lo voy comprendiendo poco a poco a golpe de libros y noticias en los telediarios. Y no quiero pensar que, ahora, pudiera ser que fuera tarde.

No soporto cuando llego a casa con la compra del supermercado. Más de la mitad de mi factura está compuesta por plástico y cajas de cartón que destino inmediatamente a la basura; a la de reciclaje, eso sí, ahora.  Es decir, envoltorios que únicamente me han servido para traer la compra hasta casa, pero que sirven a la sociedad para alimentar el afán de consumo implacable en el que somos los reyes del mambo, sin darnos cuenta de que nos estamos atacando a nosotros mismos, a nuestra propia Naturaleza. Que la estamos invadiendo, sofocando, y que ya no puede respirar. Y se queja.

¿Teníamos que llegar hasta este punto?

Vale, el mundo está recluido para evitar el contagio. Teóricamente todos parados. Pero eso es una falacia. No salimos a la calle. Pero tenemos internet. Y las telecomunicaciones, tal y como están concebidas hasta el momento, están poniéndose nerviosas porque no puedan soportar el tráfico alucinante que deja en simples, casi infantiles, imágenes para el recuerdo, los millones de vehículos que se mueven en el mundo, llamado evolucionado, por carreteras cualquier día a horas punta o en los fines de semana de salida de vacaciones, en el mejor de los casos.

Menos mal que siempre nos quedarán los libros. Ahí estamos a salvo. Los libros, todo el conocimiento está ahí. Volvamos al «back to basics» (lo que significa volver a las cosas sencillas y más importantes, dice el diccionario), a la calma del pensamiento, a la reflexión, a la relación humana.

Ya no quiero una vida virtual. Reivindico la mía propia.

Estos días no hago nada más que pensar en el agua. África y agua. Y aquí estamos lavándonos las manos. (se me ocurren varios sentidos para esta frase). ¡Qué afortunados somos! Tenemos Agua. El bien más preciado junto con el aire. Si respiro, necesito agua. Si no respiro, no necesito nada.

Madre Naturaleza, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos.


@mjberistain

*Vintage es el término empleado para referirse a objetos o accesorios con cierta edad, que no pueden aún catalogarse como antigüedades, y que se considera que han mejorado o se han revalorizado con el paso del tiempo.

Hacia la Luz

Busco la Luz.

Todo es geometría y arquitectura, imágenes de otro mundo, edificios, líneas, vacíos iluminados, oscuros, claroscuros, luces de contraluz…

¿Permanecerá el amor en la quietud silenciosa y fugaz de un retrato?

Fotografía @mjberistain
Texto de «La imagen de otro mundo». Juan Lamillar


Duración


En la alcoba, en la luz que llegaba de los faros
de todos los puertos, de todos los continentes, 
se movían los mares, los océanos
los árboles y matorrales
los pájaros nocturnos por todas partes.

La duración no estaba vinculada al amor
de los sexos
sino a las cosas sencillas, a los momentos
que no tienen importancia,
acariciar un rostro querido, escuchar el vacío
de alguien que te falta,
pensar en el niño que fuiste y seguir siendo amigo de ti mismo…

 



Alteraciones sobre el poema La Duración de Peter Handke
(Premio Nobel de Literatura 2019)

 

Vientos de otoño



La sangre quiere sentarse.

Le han robado su razón de amor.
Ausencia desnuda.
Me deliro, me desplumo
A.Pizarnik

Sobre la arena

¿Qué haré con los hilos enredados en mis sienes?
¿Qué haré con los sueños que se lanzan
silenciosos a volar
—sus alas rotas—
tras los vientos del otoño?

@mjberistain


Sororidad

Hoy he aprendido una palabra nueva.

He conocido a Ainhoa. Su imagen me ha llamado la atención y me he acercado a ella para pedirle permiso y hacerle un retrato.

Es una mujer de larga melena rojiza rizada y mirada poderosa del color de un buen café tostado.

En algún momento de su vida ejerció de Periodista en radio y televisión, pero el futuro le esperaba para algo diferente.

SORORIDAD de acuerdo con la explicación que ella me ha dado y que coincide con la definición de la Real Academia de la Lengua es:

«amistad o afecto entre mujeres» o
«relación de solidaridad entre las mujeres,
especialmente en su lucha por su empoderamiento».

Y se ha dedicado a ello en cuerpo y alma. Desde una institución se ha comprometido a dar voz a la MUJER, de velar por sus intereses y derechos. De ofrecerles alternativas para su crecimiento personal, social y profesional.

Celebro haberla encontrado ahí, en el puerto, sentada en el suelo, animando a los remeros, —en especial a las mujeres remeras— que hoy se clasificaban para a final de regatas del próximo domingo en La bahía de La Concha.

Aúpa chicas.


El inhibidor

Llevaba más de tres horas sentada delante del ordenador, la pantalla en negro. A mi lado, como siempre, las páginas de un libro abierto, el lápiz amarillo y negro Staedtler Noris HB2, y el móvil en silencio.

Por cierto, había tal silencio alrededor a esas horas de la mañana que me molestaba hasta el tic-tac de un reloj, no sabía muy bien si era el despertador de los vecinos de abajo o el mío que parpadeaba en rojo en mi mesilla. Por si acaso, mi Grundig lo metí en el cesto de la ropa para planchar. Era domingo, pensé que faltarían todavía un par de horas para que sonara cualquier alarma. Todavía podía notar el olor de la ginebra y del whisky, el de los bocaditos de foie, de salmón, de jamón, el de la tarta de queso, en fin, de todos los restos de la fiesta inesperada que quedaron sin recoger anoche en la cocina. Y el de los cigarrillos mal apagados en el cenicero del salón, aunque había tomado la precaución de dejar las puertas de la salida a la terraza abiertas.

Además, olía a colonia desconocida.

Si hubiera estado sobre una máquina de escribir, hubiera arrancado la hoja blanca de mala leche y la hubiera roto en mil pedazos y la hubiera tirado por la ventana, me hubiera levantado de la silla y hubiera escapado de aquella habitación viciada que me impedía concentrarme.

Era inquietante, pero no era desagradable. Se había colado en mis dominios como un fantasma y no podía evitar, cada vez que pasaba por el pasillo, intentar averiguar de quién era aquel aroma condensado en el baño de invitados. Me entretuve en pasar lista imaginaria para encontrar al misterioso personaje entre los que habían aparecido por sorpresa a celebrar mi cumpleaños, pero estaba segura de que no era un olor «familiar», conocía bien los olores de mis amigos, a menos que para esa noche alguno de ellos se hubiera preparado expresamente con una nueva y exótica colonia de oferta.

Vacié los restos en una gran bolsa de plástico azul y cerré con dos nudos las tiras de plástico rojas para evitar que se escapara el olor, especialmente el del tabaco. Limpié el baño de las visitas con lejía y encendí la llamita del inhibidor de olores —que no utilizo habitualmente pero que viene bien para ocasiones como ésta— intentando recuperar mi propio ambiente. Esperé unos minutos para verificar que había hecho su efecto, pero nada. No había manera, ni siquiera de camuflarlo.

¿Cuánto tiempo había pasado?

Yo pretendía escribir. Tenía una novela a medio terminar y me había propuesto escribir todos los días. Trabajaba mucho, revisaba, recomponía, actualizaba, tachaba, cambiaba palabras repetidas, y había momentos en los que no hacía nada, porque me daba pavor enfrentarme al final de la historia y no sabía cómo hacerlo. Así había conseguido que pasaran dos años desde que empezara el proyecto y me había hecho con una carpeta en el ordenador, con varias subcarpetas y varias versiones de cada uno de los capítulos, que había adquirido un tamaño difícil de articular.

Y ahí estaba yo, encorvada frente al ordenador, con ojeras profundas y oscuras, mordiéndome los labios, pálida, mirando al contador de palabras a ver si esta mañana conseguía llegar hasta mil…

Volví al baño de invitados para apagar la llama del inhibidor de olores y me marché de casa a comprar los periódicos del fin de semana.


@mjberistain

Fué ayer

Dejar que los veranos nos invadan
frecuencias y vacíos luminosos
ceremoniosos campos de amapolas
caballos por los siglos de los montes
y el desorden natural de las nubes
bajo un misterioso cielo cegador.

Al fondo del paisaje permanece
descolorido el rojo rústico de la sangre
los nombres de la guerra y de la muerte
sin acontecimientos,
como puede sonar la verdad en un cuadro
de flores secas y muñecos ennegrecidos.

Niños de negro por las playas y escorrentías,
personajes tras la oscuridad de matorrales
y la zozobra de jóvenes madres con hijos
encarcelados tras las tapias, sin fin humano.
Paisaje de sombras, luz de la historia,
vago horizonte de roca negra, y soledad.

Las luces de la tarde amarillean
el oleaje de la vida, ¿cuántos, quiénes
dejaron allí sus platos de loza,
sus cubiertos y servilletas sobre las mesas
de metal, pensando que volverían?
Pasa la luz y deja todos los restos tristes.


@mjberistain

Escribí este poema después de visitar Saturraran. Me impresionó la desolación de aquel espacio en el que tan solo quedaban una pequeña cruz de piedra, una reciente placa con los nombres y edades de las mujeres y niños muertos y, apoyados al pie de la cruz, una antigua muñeca y un oso de trapo ennegrecidos.

Ver página: Las rosas de Saturrarán. Silencio, Cárceles y Tumbas


El viaje

Hay nubes que rompe en finos hilos la madrugada,
nácar que cubre el paisaje de húmedas fragancias
como llanto que se desborda silente
al límite de miradas sospechosas.

Pensaba en el viaje.

Toda la semana había estado pensando en marcharme. Los viajes tienen algo de renovación, siempre. De búsqueda (inquietud) de nuevos espacios y personas, de vivencias nuevas, de encuentros, incluso y especialmente con uno mismo (de hablar solo), de que sonreír no sea solo una respuesta a algo amable o divertido que a alguien se le ocurra expresar en tu presencia, sino a una íntima sensación de agradecimiento a la vida, de una liberación íntima (sin excusas).

De un viaje se vuelve, o puede ocurrir también que uno no vuelva…

Fue la pastora quien dijo: «ése es el único viaje que no quiero hacer». Se refería a llevarle a Joxé a una residencia de ancianos. Dijo: mientras yo pueda con él… Y podía con él al que aseaba con mimo cada día y conseguía sacarlo del dormitorio y casi arrastrarlo hasta el porche y sentarlo en su silla preferida de toda la vida, eso sí, ahora lo dejaba atado para que no se deslizara sin darse cuenta y se cayera al suelo y se hiciera daño mientras ella atendía a los animales. Y podía cada día con sus cuatrocientas ovejas y con su perro viejo al que adoraba; y él a ella. Y así llevaban más de cincuenta años, pastoreando por los valles del país, monte arriba, monte abajo.

Un precioso rincón con flores al lado de un hayedo era su pequeña parcela —sin acotar— en las inmensas campas al pie del Aitzkorri*. Allí habían construido una pequeña borda para el verano —porque el invierno lo pasaban a refugio en el caserío a varios pueblos de distancia de la montaña—. En ella podían abrigarse de la lluvia, de la niebla y de las tormentas que les visitaban con frecuencia. También sus hijos y sus nietas les visitaban con frecuencia. En la chimenea de piedra latían los rescoldos de un buen fuego. Afuera, solo una valla liviana marcaba el territorio de los animales desde donde nos miraban apacibles. También era su hogar.

El camino es duro, pendiente y rocoso. Me digo: —el viaje es el camino.

Y dice mi conciencia: —Atrévete…

Atreverse, atreverse… a andar, a compartir, atreverse a amar… «La medida del amor es amar sin medida» frase que llevo tatuada desde niña en el corazón. (Esto lo dijo un hombre conocido por su santidad, quizás fuera San Francisco de Sales)

¿Y la niebla?

Después vendrán las consecuencias. Magulladuras…

«Arriesgas mucho en todo y luego pasan estas cosas, pero eres fuerte y lo superas, sabrás salir adelante» —me dirá mi gran amigo Iñaki—.

Zuk zer dezu Arantzazu, amets kabi, otoitz leku………*

El bosque de hayas está cubierto de hojarasca húmeda y brillante que el viento ha ido acumulando. Cae al abismo entre trozos de árboles rotos y rocas sueltas.

Nadie antes ha pasado por aquí…

Viajar de vuelta, hacia mí misma… lejos, a salvo de mí



*Aitzkorri.
Montaña de 1.528 metros de altitud situada en Guipúzcoa, País Vasco.
A sus pies se encuentra el Santuario de la Virgen de Arantzazu y el pueblo de Oñate.

  • ¿Qué tienes Arantzazu, nido de sueños, lugar de oración…?

@mjberistain

La cuna de hierro

 

Ya Plinio «El Viejo» en el siglo I. d.C., hablaba acerca de la existencia de una «gran montaña de hierro» en el norte de la Península Ibérica.

 

Iba y volvía por las salas mientras, a una prudente distancia de la guía del museo  escuchaba, pero sin poder despegar mi mirada de vuestra imagen.

Erais tan niños…

Fue vuestra cuna de hierro y mamasteis de los pechos endurecidos por el trabajo a cielo abierto de vuestros orígenes.  Y ¿qué hacíais allí, entre un grupo de hombres, si se puede llamar así a alguien que apenas aspiraba a llegar a la edad de veinte años, que era el esperado término de su vida?.

Pero, ¿realmente se puede hablar de vida?.

¿Podía considerarse así la «vida en la mina»?

Yo miraba a vuestros ojos sin brillo, desenfocados, y la piel tiznada de polvo negro. Pensé que quizás erais de los privilegiados a los que no había matado aún el hambre ni el empujón de algún cargadero lleno de mineral; de pesada piedra rojiza, o abatidos por alguna enfermedad de las que no tenían cura entonces. Pero quiero pensar que soñabais en el barracón, a la mortecina luz del candil, cuando llegaba el turno de descanso y ocupabais la tabla que había dejado caliente otro niño como vosotros.

El monte de hierro aprendió de los pequeños y frágiles dedos ensangrentados. La tarea era preparar las mechas, jugando con el explosivo, para horadar la piedra antes de que acabara el día. Poco más tarde empuñaríais el pico y la pala… Y por fin enfrentaríais vuestra corta vida a aquella montaña de «belleza descarnada».

Hoy no tengo palabras, solo una reflexión, un sincero homenaje a niños y a personas que, como vosotros, dieron forma al tejido de mis raíces.


@mjberistain

Visita a la zona minera de La Arboleda en Bizkaia (País Vasco)

 



La noche en la que conocí a Júpiter y Saturno

El «problema» de salir de noche con amigos astrofísicos y potentes telescopios, es que, casi sin pretenderlo, te sientes inmersa en un mundo «exterior» al que nunca antes te habías atrevido a mirarle a la cara. En fin, que te daba tanto respeto que parecía miedo. Si, por supuesto que estudié el Universo, pero debo de reconocer que como una asignatura obligatoria porque no comprendía su magnitud de la que soy apenas una mota de polvo. Yo, hasta ahora he caminado por encima y alrededor del mundo como El principito en mis dibujos de niña.

(A propósito, en este punto quiero detenerme en un texto que Santiago Pérez Malvido ha destacado del libro de Saint-Exupery y que me ha autorizado a utilizar hoy aquí.
Gracias por ello.)

«Serás siempre mi amigo. Querrás reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así… por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando al cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco.

Antoine de Saint-ExuperyEl principito.

Ahí estaban visibles nuestra luna y planetas como Júpiter y Saturno, galaxias de las que apenas conozco su forma y su nombre, y todo ello rodeándonos desde un cielo inquietantemente envolvente. Un firmamento lleno de materia de luz en una infinita oscuridad vibrante. Y todo respiraba.

Planetas conocidos y desconocidos y lunas y anillos y cráteres y agujeros negros y millones de estrellas en torno a nuestro planeta la Tierra (digo nuestra Tierra y quizás no sea exacto, quizás seamos nosotros de la Tierra…)  girando y desplazándose alrededor del Sol, y acompañada de su luna particular ya explorada por el ser humano.

La miré con incredulidad. Siempre he sabido encontrarla. Si, hablo de la estrella Polar. ¿Quién, qué hilo estaba sosteniendo la tierra bajo mis pies en aquel «vacío» alrededor de aquella estrella que siempre me había ayudado a orientarme cuando buscaba el Norte?.
Y, ¿ por qué ahora observándola me sentía tan desorientada?

A través del telescopio es fascinante encontrarte vis a vis con Júpiter y Saturno. ¿Alguien o algo se interesaba también por nosotros desde un altiplano en otro mundo?. Saludé con una sonrisa respetuosa por si al otro lado de los objetivos alguien también me miraba…

Noche con Saturno 03.09.53
Autora: Marijose Cueli

Incluyo aquí uno de mis poemas preferidos. Es de Octavio Paz , lo tituló «Hermandad».


Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

 

Gracias amigos, ha sido un momento muy especial y siento que (como dijo algún día Hunphrey, quiero decir Hunphrey Bogart), creo que la noche de «hoy ha sido el comienzo de una buena amistad», a lo que yo añado que, y un poderoso acercamiento al cosmos por parte de mis neuronas, que las notaba yo extasiadas ante el abismo. Y, sin miedo.


 

Júpiter (Lo que yo vi)

 

Prometo que puse mucha ilusión y todo mi interés. Pero para nada fueron suficientes todos mis intentos de sacar una fotografía digna del planeta y de la ocasión.

Así que, esto es lo que hay.

Juro que miré hacia el sur, también juro que estaba un poco aturdida de encontrarme en el centro de un grupo de expertos astrónomos y otros amigos.

Y lo vi, a él, a Júpiter y a sus lunas o (satélites galileanos) por medio de uno de los telescopios, un Celestron C11 (lo llamaban).

Y también lo vi, solo a él, a Júpiter sin sus lunas alrededor, entiendo que ello fue debido a la gran potencia del telescopio C11 comparada con la de mis ojos imperfectos.

 

Hacía calor y en el ambiente a más o menos setecientos metros de altitud el paisaje aparecía cubierto con una leve neblina que apagaba la luz de los vivos colores del mes de Junio.

Experiencia muy agradable y francamente interesante propiciada por las personas con las que allí nos encontramos, miembros de la Sociedad Izarbe
y de la Sociedad Fotográfica de Gipuzkoa.

A ellos y a ellas todo mi agradecimiento

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Una niebla densa fue instalándose a nuestro alrededor… y apagó el cielo.

Prometimos volver otra noche…


 

 

 

El jardín de senderos…

Tengo que contaros algo.

Empecé a AMAR la Literatura cuando tenía diecisiete años. Entonces yo era una niña. Era la mayor de cuatro hermanas y la educación en mi casa era muy exigente. Sentía cómo crecía dentro de mí una cada vez más aguda necesidad de escaparme de aquella atmósfera un tanto sofocante para mi adolescencia y quise buscar en el exterior una vida que me permitiera «crecer» como persona. —Así pensaba yo— porque en aquél momento todo me era negado salvo asumir unas responsabilidades dictadas con devoción y corrección. El resultado de los esfuerzos que hiciera nunca sería el suficiente.

Mister Evans era una soñador; un filósofo, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre admirable con sus casi dos metros de altura que movía con una especie de desgana engañosa. Como su sonrisa. Como su mirada. Durante los años que estuvimos en contacto, él no olvidó nunca de vestir su vieja gabardina que llevaba desabrochada de forma permanente. Quizás fuese una seña de identidad. Otra, su pajarita, siempre de color verde oliva, que rodeaba y anudaba al cuello de su camisa arrugada y blanquecina. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Todos y cada uno de nosotros representábamos para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se extendía más allá de los horarios lectivos.

Supongo que en aquella época estábamos todos agradecidos de tener una persona con un cierto carisma paternal, un líder a quien admirar y seguir, siendo que estábamos todos muy lejos de nuestras familias.

Sus alumnos le adorábamos.

Empecé entonces a interpretar y comprender los textos más complejos y difíciles que había leído hasta entonces. Me atreví a delirar, lápiz en mano, frente a cientos de hojas de papel en blanco.

La vida me llevó más tarde a interpretar las historias que leía, o quizás era que mis vivencias, mis obsesiones, mis sueños, mis desvaríos los encontraba curiosamente en libros escritos por otros autores mucho antes de que yo hubiera nacido.

Notas poéticas encontradas en
«El jardín de senderos que se bifurcan»

Cuento escrito en 1941 por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges.

Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis.

Reflexioné que «todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…»

Mi voz humana era muy pobre…

Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio… como si alguien estuviera acechándome.

Un soldado herido y feliz.

El tren corría con dulzura, entre fresnos…

El camino solitario… lentamente bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.

La música era china. Por eso yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención.

Un farol de papel que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.

Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre…


Ver: Resumen del cuento
Imagen de Relatos caóticos


 

De punta a punta

Es un privilegio poder contar con la autorización de Macarena Azqueta para compartir en mi blog uno de sus vídeos especiales.

Recomiendo la visita a su espacio macazqueta.x10.mx  en el que está contenida su obra fotográfica de gran pureza, fuerza y especial sensibilidad.

Error
El video no existe

Escalofríos

 

Nada más cerrar la puerta de mi casa anhelando un descanso después de varios días de viajar en plan nómada por el desierto del Sahara, sonó el timbre.

Casi no me había dado tiempo a soltar la gran mochila y las bolsas con las últimas compras inevitables hechas en el aeropuerto antes de tomar el avión de vuelta. Ni el abrigo. Lo dejé todo en el suelo y abrí porque la llamada me resultaba familiar.

Allí estaba él, con el pelo alborotado, como siempre, con esa mirada entre torva y simpática, como pidiendo permiso para entrar y casi entrando sin pedir permiso. Llevaba entre manos varios recortes de periódicos que me entregó mientras declaraba que aquella noticia era uno de los mayores descubrimientos de la historia. (?)

Ah, y una botella de vino tinto Rivera de Duero, Reserva del 2014.

No entiendo por qué curiosa razón últimamente me estoy encontrando o relacionando con personas a las que les interesa mucho el tema del universo; Astronomía, Astrofísica, Cosmología. De verdad que no sé qué ven en mí que les anime a darme conversación sobre estas cosas más allá de que haya podido dedicarme algunas noches a contemplar e intentar fotografiar las estrellas desde los campamentos del desierto.

 

¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

Así titula el diario «El Mundo», en concreto el científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía D. Jose Luis Gómez el texto que acompaña a la fotografía de un «agujero negro» tomada por una red de telescopios repartidos por toda la superficie terrestre (Chile, la Antártida, Hawai, México, Estados Unidos y en España Sierra Nevada en Granada) —lo que equivale a tener un telescopio tan grande como la tierra—.

¿Que se siente ante la imagen de lo invisible?

«Alegría, emoción contenida y satisfacción por un trabajo impecable que nos ha permitido enseñarle al mundo que los agujeros negros ya no son sólo cosas de películas de ciencia ficción, sino de ciencia de la de verdad. De la que se hace cuando juntas los esfuerzos de más de doscientos investigadores por todo el mundo trabajando el unísono para un objetivo común.

Cómo expresar con palabras aquel momento histórico del 25 de julio de 2018 en el «Black Hole Initiative» de la Universidad de Harvard, en Boston, cuando por primera vez vimos la primera imagen de la sombra de un agujero negro. La imagen de lo invisible, de la completa ausencia de luz rodeada de un anillo luminoso.

Sentí escalofríos al ver que una de las predicciones más extravagantes de la teoría de la relatividad, los agujeros negros, existen de verdad. Una puerta sin retorno fuera de nuestro universo. Seguimos ilusionados por el trabajo que queda, encaminado a la obtención de mejores imágenes, de otros agujeros negros, y de esta manera entender cada vez mejor cómo funciona la gravedad».

 

Confieso que vivo en la ignorancia sobre el mundo del que formo parte, del que quizás yo misma sea una pequeñísima partícula de algo que no llego a comprender por mucho que me empeñe en ello. Y de la misma forma que pueda temerse a la muerte evitando hablar de ella, o viceversa, que se pueda convivir espiritualmente con la idea de una vida sucesiva en diferentes estratos, mis reflexiones y razonamientos únicamente alcanzan para compartir esa expresión del autor de este texto cuando se refiere a las emociones que le embargan ante la confirmación de la existencia de agujeros negros que abren nuevos horizontes más allá de nuestro universo. Habla de alegría, de emoción contenida y satisfacción por el trabajo impecable de la ciencia…

Yo, de verdad que, de momento siento «escalofríos»…

Puaff… en qué lío me ha metido mi vecino…

 

Tomado de astroyciencia.com

La astronomía es una ciencia que estudia los objetos del espacio exterior a la Tierra.
La cosmología investiga el origen y la evolución del universo con las herramientas que le proporcionan la física y las matemáticas.
Y la astrología no es estrictamente una ciencia, sino una tradición milenaria que se propone interpretar los sucesos de la vida humana a la luz de los astros.

Ver: El Mundo, Teresa Guerrero, Salud y Ciencia. y Artículo de Rafael Bachiller