Inspiración

POETA Y MÚSICO; MÚSICO Y POETA

Dibujo sonidos en cualquier esquina,

invento canciones,

construyo cajitas de música en el vacío

y me pongo a imaginar.

En la sombra de la mesa descansan acordes,

en el brillo del espejo bailan melodías,

el ritmo lo marca mi corazón

y la luz viste el aire de colores.

Vivo momentos gloriosos,

me siento madre y padre a la vez,

me acerco al cielo de los dioses

y al fin la música comienza a sonar.

A veces evanescente,

otras como un volcán,

me abre el camino a un paraíso,

a un más allá que se adueña de mi persona,

y yo… me dejo llevar.

Autor: Karlos Gimenez


Ella, mucho más que su Voz

Llego tarde…

Todos los hados se me enfrentan de madrugada cuando estoy alterada por algo importante, o por alguna ilusión.

Es como si mi espíritu corriera hacia adelante pero mi cuerpo no pudiera seguir sus pasos, la premura que le exige la ansiedad de llegar a tiempo.

El caos del tráfico a esas horas es inesperado. ¿Sabes? cuando cada semáforo se va iluminando de rojo, uno tras otro a medida que vas llegando…

Llego y no la encuentro. Mis pistas son escasas. Escasamente una mirada, y un rizo en blanco y negro sobre los ojos, también en blanco y negro. Pregunto, y al fin la encuentro, ella me está esperando.

Begoña Zamacona.

Hubiera reconocido su Voz, pero Ella… es mucho más que su Voz.


La isla deseada

Llevada por su vuelo ella estará
rodeada de asombro y de colores
de orquídeas y de loros y cilantros
igual que en las novelas que leyó.
Al darse cuenta de que no era niña
se posó en una isla del Pacífico
para encontrar sus sueños y encontrarse
con sus sentidos. Y traerá collares
de semillas e ídolos fantásticos
y contará sus estremecimientos
con muchos hombres y fumando opio
y bebiendo infusiones demoníacas
ricas en hierbas y en cortezas áulicas.
Y pensará que toda decadencia
aflige a los demás y no a ella misma
que brilló con fulgor cuando era joven
y olvidará que entonces fue su vida
más luminosa que cualquier viaje
y que era ella una isla deseada.

JOSE AGUSTÍN GOYTISOLO
Imagen: Blanca Machuca


En mí te pierdo

En mí te pierdo, aparición nocturna,

En este bosque de engaños, en esta ausencia,

En la neblina gris de la distancia,

En el largo pasillo de puertas falsas.

De todo se hace nada, y esa nada

De un cuerpo vivo enseguida se puebla,

Como islas del sueño que entre la bruma

Flotan, en la memoria que regresa.

En mí te pierdo, digo, cuando la noche

Sobre la boca viene a colocar el sello

Del enigma que, dicho, resucita

Y se envuelve en los humos del secreto.

En vueltas y revueltas que me ensombrecen,

En el ciego palpar con los ojos abiertos,

¿Cuál es del laberinto la gran puerta,

Dónde el haz de sol, los pasos justos?


En mí te pierdo, insisto, en mí te huyo,

En mí el cristal se funde, se hace pedazos,

Mas cuando el cuerpo cansado se quiebra

En ti me venzo y salvo, en ti me encuentro.


JOSÉ SARAMAGO (Laberinto)


Escribir un poema

Llevo días sin escribir la sola línea de un poema. Este tiempo de cautiverio ha cauterizado mi piel a la experiencia. No hay experiencia, más allá de la de tocar mis cosas no contaminadas. He claudicado, ante los muros que han rodeado la necesaria afectividad, al brillo de miradas a través de planas pantallas de cristales líquidos que confunden las lágrimas de emoción con el juego luminoso de sus candelas.

Hoy es sábado y en breve se abrirán las puertas a la nueva esperanza. ¿Qué es lo que he echado en falta en este tiempo? ¿Qué es lo que espero del nuevo? Cosas sencillas, nada especial. Abrazar a las personas a las que más quiero, dar muchos besos a mis nietos, viajar para encontrarme con mis amigos. Pasear por los campos, escuchar el canto de los pájaros. Contemplar atardeceres. Caminar por las orillas de las playas a esa hora nocturna cuando las gentes ya están dormidas, o a la hora azul cuando va llegando poco a poco la madrugada. Disponer de momentos de lectura tranquila y escuchar la música que me gusta. Tener siempre fruta fresca en la fresquera. Ir cada día al mercado y comprar los tomates y la verdura tierna recién recogida del campo, y el pescado fresco de los barcos de los hombres del pueblo que han vuelto de madrugada a puerto, y la leche fresca que al cocerla me regala con una fina capa de nata. Eso quiero. Volver a lo básico e imprescindible para vivir una vida sencilla, saludable y sana. Disfrutar, cada uno de los días de mi vida, del amor a las cosas pequeñas. Y… escribir un poema.

Escribir un poema
marcar la piel del agua.
Suavemente, los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
—adormecido el viento,
la luz alta—
o ve su propio rostro
o transparencia pura, hondo
fracaso— no ve nada.

Angel Gonzaléz


Me arrodillo ante el rostro del amor

Me arrodillo ante el rostro del amor,
en el fondo del pozo, justo en su vórtice
oliendo la oscuridad.
Lamiéndome como gacela perdida
que conoce el punto exacto del dolor.
No me he separado de mí misma,
estoy en el fondo del pozo,
conociendo las heridas de amor,
perfectamente adheridas al cuerpo.

Aleyda Quevedo