Pequeñeces de la vida

 

Me encontré con este título en uno de los cuentos de Chéjov que leía una noche a altas horas de la madrugada. No me preguntéis la hora concreta porque no tiene ninguna importancia. Además, lo que voy a escribir con este título que tomo prestado, nada tiene que ver con su lectura. Voy a referirme a la historia de mi amiga Ani.

El día al que me refiero, y me refiero en especial a ese preciso día, ella estaba en casa, pensando cómo amortiguar el sentimiento de soledad que se le había incrustado en el corazón. Dejó el lavavajillas abierto, sin terminar de cargar. El resto de la vajilla usada estaba desperdigada por la encimera de la cocina y sobre la mesa en la que, hasta hacía unos minutos, habían desayunado todos juntos; ella, sus hijos y su marido. Mucho ruido, mucha urgencia, mucho estrés. Se secó las manos de nuevo en el trapo sucio de cocina —ya lo había hecho antes— y se echó hacia atrás los mechones de pelo que le colgaban por delante de la cara y que no le había dado tiempo a peinar todavía. Después se quitó las zapatillas, sintió el peso de la vida en sus hombros, el abatimiento instalado en su cuerpo y, sin saber muy bien por qué, se colocó delante del inmenso espejo del hall desde donde había despedido a su familia, como todos los días.

No podía con el mundo. Apenas había dormido aquella noche y entresueños se había visto ridículamente desnuda delante de un grupo de personajes de la alta sociedad que, ocultos tras máscaras blancas, la observaban en silencio. El ambiente era siniestro. Ella lloraba. Lloraba también en silencio, y sus lágrimas inevitables se desbordaban anegándolo todo a su alrededor.

Había estudiado mucho, mucho, pero nunca había estudiado el arte de interpretar los sueños. Recordando, pensó que en su llanto también había un cierto poder. Suspiró. Se irguió delante del espejo. Se dio media vuelta para mirarse de costado. Se sintió ridículamente sexy. Soltó una carcajada. Se rió de sí misma, de las tonterías a las que le estaba conduciendo su absurdo sentimiento de soledad. Le hizo una mueca horrible al espejo riéndose también de él, despectivamente. Cerró la puerta de la cocina de un portazo para no ver el desorden que no estaba dispuesta a solucionar en aquel momento. Abrió de par en par las puertas del dormitorio que daban a la terraza. Necesitaba respirar el aire fresco de la mañana. Hacia días que no aguantaba bien el aire viciado de los aromas familiares de las noches. Afuera se extendía un silencio negro. Tenía muchas horas por delante hasta volver a encontrarse con ellos. Y los camiones de la basura, ni los repartidores de verduras y frutas ni los almaceneros, ni los viajantes, ni por supuesto los estudiantes habían aparecido todavía. Se sintió como una reina destronada en el silencio. Se abandonó, sentada de cualquier manera, en una de las sillas que se habían quedado en mitad de la cocina. Miró a su alrededor. Y tomó la decisión. Y volvió al hall a contárselo al espejo. Lanzó su melena desaliñada hacia un lado con un movimiento brusco de cabeza y le espetó: “soy la reina del silencio; y aquí mando yo”.

Se asomó a la barandilla, un poco más allá —pensó— sería más seria la escena. Dejarse caer, sin más.

Por encima de su cabeza rozaban el aire las grandes alas de los buitres leonados, majestuosos, sin hacer apenas ruido, volando en círculos casi concéntricos, esperando el momento oportuno para bajar en picado hacia el valle. Los observó durante un buen rato, parecía haber olvidado, por fin, que en algún momento tendría que volver a casa, porque, de verdad, ¿qué se esperaba de ella?. Conectó la radio del coche y dejó abiertas las cuatro puertas. La música fluía densa y piadosa entre los chopos y los cipreses, lenta por sus venas, por los caminos que la llevaban a ninguna parte. Se estrechó con sus propios brazos y sintió un escalofrío amable, deseó quedarse inmóvil para siempre en aquel lugar.

Sentía un amor profundo por su familia. De eso no tenía ninguna duda. Pero había perdido su propia brújula, se había esfumado entre la maraña de obligaciones y responsabilidades con las que debía de enfrentarse cada día a la vida. Subió el volumen del aparato de radio del coche y se sentó en la hierba con la espalda apoyada en una gran piedra.

Aspiró profundamente. Olía tan bien…

“La felicidad no existe. No debe de existir, y si la vida tiene un sentido y un fin, este sentido y este fin no son ni mucho menos nuestra felicidad, sino algo más razonable y grandioso. ¡Siga haciendo el bien!”… recordó que le había dicho su psiquiatra el viernes pasado al terminar la sesión, justo el día que había decidido no volver a verlo nunca más. Odiaba sus frases estereotipadas.

Sintió un dolor agudo en el pecho como el de un corazón anhelante de volver a oír las voces de sus hijos al llegar a casa, verlos llegar sofocados y sonrientes o fríos deseando su abrazo para calentarse en su pecho maternal unos segundos. Anhelante de volver a sentir en sus labios el jugoso sabor del beso del hombre al que amaba desde que era una niña. Quiso acurrucarse junto a ellos en el sofá de salón como tantas noches, y deseó, con toda su alma, quedarse para siempre en aquel lugar…

@mjberistain


 

 

PoeteSSen

Mi sincero agradecimiento al Blog PoeteSSen por su generosidad al darle voz a mi relato titulado El Espejo.

https://poetessen.com/2018/11/06/el-espejo-maria-jesus-beristain/

Os invito a que os acerquéis a su Blog en el que disfrutaréis de su amplio. interesante y bien trabajado contenido.

 

Dos cines y un café

¡Pom!

Sonó el golpe seco. No me moví. Abrí un poco los ojos como sin querer descubrir lo que lo había provocado.

Habría sido mi parietal, el parietal derecho. No había nadie en el asiento de enfrente. Miré, sin mover la cabeza, de reojo hacia la izquierda. Tampoco había nadie a mi lado. Me había asustado. Miré hacia la derecha y el negro pasaba a una velocidad vertiginosa. Un cristal, frío en la piel, me devolvía el reflejo de mi cara de susto.

¿Qué hacía allí?. ¿Dónde demonios estaba el mundo?. Pensé que estaba soñando y quise salir de aquella escena. Me despabilé como hacen los perros cuando terminas de bañarles, agitando todo mi cuerpo en el asiento hasta que conseguí darme de nuevo con la cabeza en el cristal.

¡Pom!

¡Seré estúpida! Voy a conseguir abrirme la cabeza, aunque no estaría mal una pequeña brecha para que se me escapen por ahí los vapores de pensamientos perversos a modo de fluido, así como lo haría la válvula de una olla express soltando lo incontenible a toda presión hasta llegar a la liberación.

¿Se llamaba parietal?

Miraré en “santawikipedia” porque recuerdo que lo estudié en el colegio cuando era una niña pero ahora mis nietos todavía no han llegado a esa lección, con lo cual tengo que consultarlo. La memoria hace estragos.

Consigo preocuparme. Entonces, si no tengo memoria, si no me queda nada en la cabeza, ¿qué me queda ahí adentro? Bueno, no quiero seguir pensando en ello. Se llamaba parietal, ¿verdad?. Consulto y leo: “De la pared o relacionado con ella.“las pinturas parietales (pinturas rupestres realizadas en las paredes de las cuevas) fueron realizadas por el ser humano hace unos 25 000 o 30 000 años” —Ahí no debía de estar yo, de otra manera me acordaría—. ” En anatomía los parietales son los huesos más grandes del cráneo y están situados a derecha e izquierda, entre el frontal y el occipital y por encima de los temporales.”

Me llevo las manos a la cabeza, Todo en orden —me refiero únicamente al exterior—. Nada roto, tampoco el cristal de la ventanilla del tren que ahora ha aminorado la marcha y me permite apenas distinguir rasgos húmedos de ocres y verdes discurriendo entre la niebla espesa.

Dos cines y un café. Me los debes, —había dicho.

Son las cinco de la mañana y el traqueteo lento del tren me adormece de nuevo. Es lo último que recuerdo del encuentro con él, sería ayer, o hace treinta mil años, no lo sé. Los recuerdos deben de ser una gran bola, una masa de cables y neuronas, en permanente movimiento involuntario, ordenados o desordenados, en la que quedan registrados los pulsos de nuestra vida y que van repitiéndose en nuestro cerebro en el nuevo paisaje del tiempo. ¿O no será así?

mjberistain@

La carta

 

La carta era un objeto convencional. Sobre blanco apaisado en el que constaba la dirección del destinatario del mensaje.

Volvió a mirar el papelito que había sacado de la máquina expendedora de tickets. Su turno era el R077. Y volvió a olvidarse de él. Miró repetidamente a la pantalla que, colgada del techo iluminaba, en grandes caracteres, el número de ventanilla y el turno correspondiente —parecía imposible ignorarlo—, pero ella volvía a olvidarse de nuevo. Estaba aburrida de tanta espera. La señora de la ventanilla número cuatro no parecía saber qué quería en realidad, ni sabía expresarse bien. El funcionario tipo dinosaurio que se desperezaba al otro lado del mostrador, tampoco tenía ganas de esforzarse lo más mínimo, ni por ella ni por nadie, aquella mañana. El crío que acompañaba a la de la ventanilla dos daba vueltas sin parar tocándolo todo con sus dedos grasientos. Tenía que reconocer que aquella escena le estaba poniendo muy nerviosa. Ella intentaba no mirarlo porque le causaba pena o asco —no lo llegaba a tener muy claro—, el caso es que hubiera dado cualquier cosa por “despachar” ella misma a la madre del crío de aquella ventanilla, solo para quitárselo de la vista. Podría tener entre ocho y diez años. Debía de pesar doscientos kilos, más a lo ancho que a lo alto, y comía desesperadamente algo de lo que solo quedaban migas en un paquete de celofán brillante y también desparramadas por el suelo de la oficina de correos. Eran, sin duda, alguna de esas porquerías que se venden como churros en cualquier tienda de “chuches” de barrio o en supermercados, como si se trataran de una exquisitez recomendada para menores. ¡Lamentable! —pensó—. Miró al gran reloj digital, también colgado del techo que hacía un ruido escandaloso cada vez que en la placa que marcaba la hora, pasaba otro minuto más. Las gafas del niño eran enormes, no tanto como su cara. Detrás de ellas, una mirada aviesa, antipática, lanzaba flashes de insolencia a los que le miraban moverse por la oficina de correos que, a estas alturas, ya se estaba convirtiendo en algo siniestro a pesar de los esfuerzos de los decoradores por incorporar la luminosidad del amarillo en los rótulos, en los muebles y en los cristales.

No podía evitar mirarle con cierto odio a la de la ventanilla del dos. Pensó que se acercaría a ella, y le alertaría de que un niño en aquellas condiciones era un peligro. ¿Se atrevería o no?. ¿O su intención era únicamente porque estaba ya harta de la escena y de la espera? Tampoco tenía el conocimiento científico suficiente como para explicarle a aquella madre que debería de poner a su hijo en tratamiento con un médico especializado en obesidad mórbida. Decirle que era un peligro, para la salud del propio niño, para su madre y su familia y para la seguridad social en el futuro…

¡Lamentable! —pensó—.

Volvió a mirar inquieta el papelito blanco, ya hecho un gurruño, que llevaba entre sus dedos en el mismo momento en que la luz de la pantalla resaltaba la línea del R077. Se despertó de su sopor e intentó, con su mejor sonrisa, dar los buenos días a la empleada que la esperaba, mirándola también con una sonrisa desde el otro lado del mostrador, detrás de toda una parafernalia publicitaria. La empleada pesó la carta sobre una antigua balanza blanca. La aguja que debía de marcar los gramos apenas se movió. Con parsimonia la empleada trasladó la carta a un pequeño peso, esta vez digital, que marcaba 0,10 gramos y le facturó 0,50 euros.

La había mantenido en casa sin intención de hacérsela llegar a su destinatario. Intentó varias veces, como disimulando, hacerla desaparecer. Pero se la encontraba insistentemente en sitios en los que no se acordaba haberla dejado. Por otra parte, no se atrevía a tirarla en pedazos pequeños a la basura. Cualquiera que revisara los contenedores podría encontrarla y delatarla. Le quemaba aquella carta en su casa pero no tenía ganas de volver a enfrentarse a su voz agria, a su forma despechada de hablarle. La había colocado en la balda de temas pendientes, la había ocultado entre las primeras páginas de su agenda y ya había llegado noviembre. En algún momento se le ocurrió esconderla en la caja de cartón de color butano en la que guardaba los manuales de los electrodomésticos junto con las garantías y teléfonos de los servicios técnicos. Aquella mañana había fallado el lavavajillas y la carta volvió a saltarle a la cara. Aquello ya le sobrepasó. Se imaginó quemándola en el fregadero y también se imaginó el incendio que podía causar por semejante estupidez.

Mientras escuchaba aquella áspera voz por el móvil, tachaba con saña en el sobre blanco su propia dirección y escribía la que él le dictaba.  Después, se había acercado a la oficina de correos, liberada…

@mjberistain


Nota:
Con todo mi respeto a las personas empleadas de las oficinas de correos por su profesionalidad. Esto es ficción y forma parte de mis “cuentos casi verdaderos”.

 

El color de la sangre

Relato de Rubén García García
publicado en su Blog Sendero el 6 de setiembre de 2011

Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y,  en la lejanía los coyotes firmaban sobre el silencio de la noche. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.

El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:

—Soñé que escribías algo para mí.

Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró:
— ¿Qué deseas, un cuento jocoso o algún relato serio?
—Prefiero el tono serio
—Digamos de color gris.
—No quiero nada gris. Deseo tonos azules, rojos o naranjas.
—Entonces sería un arlequín.
—No, que sea cielo, nube, gaviota; me asustaría si fuese de arlequín.
—Para hacer una historia así, necesitaré ayuda.
—Debes confiarte a tus sentidos.
—No basta.
—Traeré listones y cuando el aire respire, escucharás un suave rumor que llamará a las musas.
—No basta.
—Pierde la mirada hacia el horizonte y encontrarás en la curva del cielo la magia.
— Lo que necesito es una vara larga que me ayude a equilibrarme en la cuerda.

En los momentos que escribo pareciera que camino sobre un hilo que cruza un abismo; pero la cuerda se balancea y caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error, me azotaba. Cuando inicié y cometí  el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: “Uno más que deja de ser escritor” La miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí que me permitiera continuar. He subido desde entonces noventa y nueve veces y en esa misma cantidad me ha arrojado.
No la detesto. Es un reto que me inspira a escribir mejor. Gracias a ella mis frases empiezan a tener música.

La última vez  que caminaba sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se rió. Aún escucho: “¡Cuándo aprenderás!”  Lloré de impotencia; tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme: ¡Sube! ¡Tú puedes!

La vi sonreír por primera vez cuando vio mis manos entintadas de dolor y sangre y encontró que en mi podían  germinar sus enseñanzas.

Tendrás que esperarme. El escrito estará listo cuando logre cruzar el abismo.


 

El espejo

 

Encontró una casa de alquiler en las afueras de la ciudad. La ventana de la cocina daba a un pequeño jardín cuadrado que tenían medio abandonado los vecinos del bajo. En él, —casi no podría decirse así, pero— vivía un gran gato gris, viejo. A ella le resultaba muy triste observarlo gatear arrastrando su vida por el césped de plástico hasta que conseguía llegar al rincón donde le tenían colocado un mugriento cuenco de agua y dormitar después, durante el resto del día, mientras se rascaba con doliente parsimonia el pelo sucio y enmarañado de lo que en su día seguramente habría sido un magnífico y no un moribundo gato de angora como era ahora.

He dicho que sentía una cierta tristeza al verlo, sin embargo siempre había reconocido una especie de aversión por esos animales a los que despectivamente se refería como “domesticados”,  pero a los que consideraba, en secreto, unos traidores. Habían ocupado muchas noches de sus sueños de infancia con terroríficas escenas, que nada podían compararse a las que ahora llamaban estúpidamente en plan americano “de halloween”. Aquellos gatos nocturnos solían colgarse de ella enganchándose con sus zarpas afiladas de los jerseys de angora que tejía su abuela y le regalaba con todo su cariño cada cumpleaños. Se volvía loca y daba vueltas violentamente sobre sí misma intentando zafarse de ellos de alguna forma, pero los gatos revoloteaban en el aire como columpios de feria mirándola con furia felina hasta que se despertaba bramando medio ahogada en un mar de lágrimas, absolutamente desorientada.

Sí, finalmente había conseguido huir. Era cierto.

Consiguió llevarse el espejo antiguo heredado de su abuela. El resto de los muebles nunca le pertenecieron realmente. Se sentó encima de la cama, frente a él, mirándose a los ojos. Era un gesto que no había sido capaz de sostener antes en toda su vida. Esta vez sintió que aquél era un momento verdadero y se detuvo buscando con curiosidad el significado o el mensaje en la mirada  de aquella presencia nueva. El silencio latía en sus sienes y pensó que quizás ahora que todo había terminado, allí, al otro lado del espejo, encontraría las respuestas a las preguntas más importantes que le había hecho la vida y que ella nunca se había detenido a contestar, o quizás es que nunca se había atrevido a contestarse —¿quién eres?, ¿qué sabes de verdad?, ¿a quién has querido de verdad?—. Decidió desnudarse, y lentamente fue despojándose de los harapos que, a modo de disfraz, habían cubierto fielmente su cobardía hasta entonces: el refugio de las mentiras, la intención de las infidelidades a los más profundos ideales, todo lo bello y lo infame de su comportamiento engalanado como simples circunstancias…

El dormitorio estaba lleno de cajas de cartón sin abrir que había dejado aquella mañana de mayo la mudanza. En la mitad, su cama y su libro de cabecera. Agotada lo abrió por cualquier página, como hacía todas las noches antes de dormir. Su mirada se fijó en algunas líneas de la parte central de la página ciento siete en las que se leía: “cada uno responde a las preguntas más importantes como puede, diciendo la verdad o mintiendo, pero eso no importa. Lo que sí importa es que al final realmente responde con su vida entera.”

@mjberistain

Imagen destacada: recorte de “El espejo” de Picasso
Referencias al libro “El último encuentro” de Sándor Márai.

Nota
Incluyo el enlace al Blog de PoeteSSen al que agradezco el trabajo realizado sobre mi relato para escucharlo en su extraordinaria voz.
https://poetessen.com/2018/11/06/el-espejo-maria-jesus-beristain/


 

 

 

 

 

Golden Gate

 

Paró el BMW 335 negro unos pocos kilómetros más adelante, pasada la frontera. Saltó del coche, su cuerpo se revolvía en espasmos dolorosos incontrolables y un temblor nuevo, como un estertor que nacía en su estómago y llegaba hasta su garganta, le provocaba fuertes náuseas que la inutilizaban entre arcadas y lágrimas, expulsando la bilis que había sido apenas el único alimento que había ingerido durante las últimas semanas.

La carretera era estrecha y serpenteante entre montañas, por ello y por el agotamiento de Louise el viaje se alargó más de lo imaginado. De vez en cuando la niña emitía algún leve lloriqueo que Ulma rápidamente controlaba con delicadeza. Conseguía calmarla y evitar así una preocupación añadida a la situación.

No supieron expresar, de ninguna manera razonable, el alivio que hubieran podido sentir en otras circunstancias, de sentirse libres, cuando por fin llegaron a casa de sus padres cerca de Estocolmo. Estaban exhaustas.

Los primeros días para Louise fueron una sucesión de horas vacías inmersa en una forma de ceguera de la que no sabía cómo desprenderse, sentía un gran peso en su mente, en sus ojos, como una nebulosa opaca que todo lo distorsionaba. Suponía que debía de darse un tiempo antes de enfrentarse a su nueva situación, al aire no viciado por el miedo, y al ajetreo de un nuevo mundo alejada de la amenaza de la guerra. Sin embargo, tampoco se sentía a salvo. Se daba cuenta de los esfuerzos que hacían Ulma y sus padres para ayudarle a superar el oscuro drama que ardía en su interior. Los miraba, como ausente, y los veía disfrutar de la niña con ternura y sin prisa. Le parecían una familia feliz. Pero ella sentía que su vida estaba situada al margen, presa de su propia lucha interna, desesperada por apartarse de aquél mundo cuajado de hostilidad. Le inquietaba de forma permanente la posible proximidad de su marido y su poder oficial. Necesitaba huir de allí, sacar a sus padres del infierno que parecía perseguirles a los de su clase. Eran judíos, pero no tenía el valor de enfrentarse a ello y confesarlo entonces, por otra parte también le preocupaba su precario estado de salud. Ellos no aceptaban, de manera alguna, trasladarse a otro país que, según argumentaba su hija, sería más seguro. Estaban empeñados en quedarse con los suyos aceptando su destino, cualquiera que fuese. Se sentía acorralada en una esquina del mundo, y responsable de una situación que afectaba a las personas a las que más amaba. Lloró muchas noches, oculta su cabeza entre las almohadas, una vez que se hacía el silencio en la pequeña habitación de la casa de sus padres que compartía con su hija y con Ulma.

A medida que pasaban los días, sentía que se iba aligerando en su interior la densidad de su miedo, la mirada que encontraba al otro lado del espejo cada mañana iba perdiendo su rigor, se iba suavizando, incluso iba volviéndose más amigable. Después de algunas semanas pensó en empezar a perdonarse la vida a sí misma.

—Mamá, —dijo Louise una mañana dirigiéndose a su madre—

—¡Hija! No sabes la alegría que me da verte con ese ánimo. Creía que no ibas a poder superarlo. —¡Díme!, dime que ya estás dispuesta a recomenzar tu vida, y papá y yo os ayudaremos en todo lo que podamos.

—No es eso Mamá. Mi intención no es quedarme en Suecia. Quiero marcharme a Estados Unidos. Creo que solamente allí podremos estar a salvo realmente. Necesito dejar de pensar en que Mark pueda aparecer en cualquier momento a reclamarnos de vuelta a su vida. No tengo claro cómo lo haré pero ya he tomado la decisión.

Su padre —que estaba dando de desayunar a la pequeña Gunhilda, intervino en la conversación.

—Pero hija, date tiempo. Aquí podéis estar a salvo. Suecia mantiene la neutralidad en este conflicto. Ya ves que a los inmigrantes se les está aceptando con todos los derechos, incluso no necesitan justificar su origen para ser admitidos legalmente en el país. Deberías de pensarlo bien. Hacerte con una nueva documentación, incluso con una nueva identidad, ¡piénsalo!, que, como bien dice tu madre, aquí nos tienes para lo que necesitéis. Además, comprende que, para nosotros, también es bueno tenerte cerca—.

—Papá, Mamá, —dijo Louise con seriedad poniendo énfasis en sus palabras y en su mirada—¡Vosotros sois los que deberías de pensarlo!. Europa está en guerra, sería un milagro que no afectase a Suecia. Todavía podríamos estar a tiempo de marcharnos todos.

Pero se hizo un silencio difícil de cortar.

—¡De acuerdo! —Louise se plantó de pie y habló con una determinación que sorprendió a todos. Iremos hoy a registrarnos a la oficina de inmigración. Me llevo a Ulma y a la niña en cuanto estén preparadas.

La casa de sus padres estaba a pocas manzanas de la Universidad de Estocolmo. Se dirigieron las tres al centro de la ciudad. Se registraron en las oficinas de inmigración. Efectivamente no era requisito necesario aportar datos de origen ni raza, así que ella y su hija lo hicieron con el apellido de soltera de su madre, Bauman. Louise se compró un vestido y un abrigo, y unos zapatos nuevos.

—Estás preciosa le decía Ulma, sin saber cómo disimular su excitación y su nerviosismo.

Louise dijo: —Vamos a ir ahora a la Universidad, quiero informarme de las posibilidades de trabajo que puede haber allí para mí—.

—De acuerdo, yo me quedaré con la niña para que lo hagas con más tranquilidad. Te esperaremos en los jardines. —Mucha suerte Louise—. Y las dos mujeres se abrazaron con un especial sentimiento de hermandad y agradecimiento que las había unido definitivamente. Ulma la miraba mientras subía la escalinata de la entrada sintiendo una gran admiración por aquella mujer. Pensó que estaba orgullosa y feliz de compartir su vida con ella. Además adoraba a la niña que era como una prolongación de sí misma. En aquél momento de intensa emoción pensó que no podía pedir nada más a la vida.

Le instaron a volver otro día porque el señor decano estaba en una reunión. Pero Louise insistió. La persona de información, evidentemente incómoda, le dijo:

—En realidad no le podemos decir cuánto va a tardar en salir y no podemos interrumpirle, es la norma, salvo que sea algo realmente urgente.

—No se preocupe, esperaré porque el asunto que vengo a tratar es de su interés y necesito tomar contacto con él hoy mismo, aunque solo sea para concertar una cita para otro momento.

Como Doctora en Biología por la universidad de Oslo, y después de varias conversaciones, no tuvo problema para incorporarse a la docencia. En Suecia estaban necesitados de profesores, debido a que se estaba produciendo un importante crecimiento demográfico a consecuencia de la política de acogida a inmigrantes que llegaban de los países de alrededor.

La nueva rutina y el hecho de estar centrada en su trabajo, no le impedía sentir cada vez con más fuerza el deseo de huir de Europa para instalarse en Estados Unidos. La neutralidad de Suecia no era suficiente para ella. Sus temores seguían ocupando sus horas cuando se desvelaba por las noches.

Llegó a tener una comunicación casi continua con el Decano Dr. Hans Wodmik (también de origen judío). Él y su familia llevaban varios años instalados instalados en Suecia. Sus largas conversaciones, al terminar las reuniones de profesores, habían derivado en una especial afinidad por la que compartían inquietudes, intereses y formas de pensar. Él comprendió perfectamente la situación y le facilitó el contacto con un buen amigo suyo de infancia y que había llegado a ser catedrático de Ciencias Naturales en la Universidad de Stanford de California. Se trataba de una familia con dos niños pequeños que estarían encantados de ayudarle en los trámites necesarios para que se incorporarse a aquella ciudad y a su Universidad. Le ayudarían a buscar un alojamiento provisional adecuado cerca del trabajo hasta que ella pudiera organizar el traslado de Ulma y de su hija Gunhilda a Estados Unidos, lejos del conflicto.

Pero desde Suecia no era fácil viajar fuera del área de influencia de la guerra, por eso  decidió hacer el primer viaje sola para, una vez instalada, decidir cómo reagrupar a toda la familia. Realmente sería muy difícil explicar el dramático viaje que inició con el vuelo hacia Moscú. De allí el ferrocarril transiberiano la llevó a Vladivostok donde embarcó, junto con otros refugiados, hacia Japón. La siguiente etapa la llevó hasta Vancouver y entró a Estados Unidos por el puerto de Seattle. Una vez en suelo estadounidense, tomó de nuevo otro tren que finalmente la dejaría en la estación de San Francisco.

Fue una celebración el encuentro con la familia Scott. No pudo contener las lágrimas especialmente cuando le abrazaron los pequeños, un niño de cuatro años y una niña de año y medio en los que vio reflejada a su hija. Una vez más su fortaleza se estaba poniendo a prueba. Pidió que le dieran un paseo en coche por la ciudad. Necesitaba verificar, de alguna forma, que había conseguido llegar a los Estados Unidos. Llovía como si afuera le esperase otro nuevo desafío. Se estremeció cuando vio asomar, entre la niebla, el Golden Gate y un poco más adelante, cuatro barcos de guerra anclados estratégicamente en la bahía. Sintió una soledad implacable, paralizante, como si le cayeran encima los escombros del edificio que, a duras penas, estaba intentando construir para su familia.

Días más tarde Alemania declaró la guerra a Rusia. La declaración de guerra contra Estados Unidos no tardó en llegar, era el 11 de Setiembre de 1941.

Una palidez mortal se instaló en su piel, sintió que se le estaba helando la sangre…

@mjberistain
Fotografía de internet