Tamarindos

 

No siento mis piernas. Deben de estar cruzadas, la una sobre la otra, allá abajo. No puedo verlas. No las echo en falta. Solo necesitaría saber que están conmigo, allá abajo. Allí a donde en este momento no puede llegar mi mirada. Estoy postrada en la cama. Nada ni nadie me retiene, ni limita. Mis brazos están cruzados sobre mi pecho. Tampoco los siento. Los dedos cruzados. Deben de estar cruzados —sí me impone, sin embargo, que sea la forma con la que se les entierra a los muertos—. Siento un terror tranquilo. No puedo ni deseo moverme. Mi garganta está cerrada, seca. También mi boca está seca. No siento la lengua. Bueno, sí, la imagino pegada al paladar, inútil, seca.

Quiero llamarle por teléfono. Busco el mío entre todos los teléfonos negros que están tirados en el suelo, muchos, todos negros.  Me imagino —solo me imagino que lo estoy buscando—.  Solo mi mente lo busca porque no puedo moverme. Y no lo encuentra. Decide que el mío no está. Angustia. Y yo necesito hablar con él. Es urgente. No me siento controlada por él. Solo quiero evitar que sufra. Solo quiero que no se preocupe cuando se levante para ir a trabajar y al venir a mi cama a darme un beso, como todas las mañanas, se de cuenta de que no estoy, y eso le preocupe. Le quiero. No quiero preocuparle. Pienso; solo puedo pensar y llamarle, sin mover la lengua.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —grito en silencio como si fuera una oración, con insistente suavidad.

Vuelvo a intentarlo, pronuncio mentalmente una letanía en forma de ruego. ¡Por dios! que pueda oírme, solo eso, y si no me oye, que allá donde esté intuya que le estoy llamando, porque le necesito. Le necesito únicamente para que no se preocupe por mi. Estoy tranquila. Aunque no sé si estoy al borde de la muerte o es solo una situación de alucinación debido a la última pastilla que tomé anoche.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —sigo gritando con más vehemencia pero en silencio.  Y no me responde, pero sé que está ahí, a mi lado.

Son las cinco y cincuenta y tres de la mañana. Debes de estar muy cerca de mí porque, aunque tengo los ojos cerrados, me llega una tenue iluminación gris azulada parecida al color de tus ojos que va tiñendo las cortinas blancas. La pastilla ha debido de hacer su efecto pero no sé hasta dónde me llevará en este trance. Quizás no vuelva más y me quede así contigo. ¿Por qué no? Solo quería decirte que no te preocuparas si hubieras venido esta mañana a darme el beso de buenos días.

Porque ha sido imposible, durante toda la noche, terminar de engalanar el salón de actos para la fiesta de fin de carrera. Me ofrecí a colocar farolillos de tela blanca enjaretada en cables que colgarían discretamente de los tamarindos como única iluminación. Habíamos llenado el salón de tamarindos.  Tamarindos torcidos, viejos y rotos —como decía yo cuando era pequeña y que tu me enseñaste a amar y a disfrutar como de tantas otras cosas—  mucho más avejentados de lo que estaban cuando tu estabas con nosotros. Pero que siguen siendo mis árboles preferidos. A ti y a mí nos encantaba pasear entre ellos en días de lluvia, a ellos también les complacía vernos, éramos de los pocos que se atrevían a salir a la calle —porque en aquellos días no había ni gente ni niños ni perros por los parques— y así aliviábamos aquella soledad húmeda y triste del paseo. Nunca he tirado la toalla, tu lo sabes. Me resistía a abandonar, toda la noche. He pasado muchas horas intentándolo antes de darme cuenta de que te ibas a preocupar si no me encontrabas en la cama cuando vinieras a darme el beso de buenos días.

Ha llegado mi amigo Paco a hacerme el relevo. Menos mal que venía con trozos de sábanas viejas fruncidas y unas gomas elásticas de esas que cortan el pelo cuando te las pones muy prietas en la coleta y hemos conseguido colgar farolillos en algunos tamarindos. Con las luces del salón apagadas y sólo con las de los farolillos encendidas nos hemos sentado en el suelo a contemplar el efecto en el ambiente, y con él he sentido que “todo estaba bien”.

—¡Aitá!, ¡Aitá! — son las cinco y cincuenta y siete de la mañana. Ya semi-consciente me gusta escucharme repetir en voz alta esa palabra que te invoca. Estarías a punto de levantarte si hoy tuvieras que ir al trabajo. Y yo de recibir tu beso.

Abro a medias los ojos entre la maraña de sábanas y edredón que casi me cubren la cabeza y ante mí, muy cerca, veo desenfocado algo oscuro, casi negro, que reconozco. Mi móvil. Pero no me muevo. Escucho con atención los ruidos que me llegan al oído izquierdo —el otro lo tengo pegado a la almohada— como si alguien o algo estuviera dando pequeños arañazos a mi alrededor al ritmo de mi respiración. Me sorprendo al reconocer el sonido leve de la lluvia afuera. No tengo muy claro si voy a poder levantarme y, en el caso de que pudiera levantarme, si tendría la confianza suficiente como para tenerme en pié. Decido que deseo salir de allí, salir y echar a correr; echar a correr lo más rápido posible hasta encontrarte lejos de esta larga y desesperante pesadilla*.

@mjberistain

 

Incluyo un pequeño artículo sobre los Tamarindos o Tamarices.
De cualquier manera, y sea como sea, seguiré llamándoles “tamarindos” hasta el fin de mis días porque seguramente seré una de las últimas románticas que ha convivido con ellos desde niña. Dejo para futuras generaciones la enmienda.

 

*A propósito, nadie mejor que Borges pudiera explicar este término. Incluyo uno de los capítulos del libro Siete Noches que recoge algunas de sus Conferencias; en concreto el titulado
“La pesadilla”

 

 

Una corta Primavera

 

En el campo la primavera era muy corta, así que, antes de entrar en aquel voluminoso edificio, me entretuve unos instantes en oler y tocar algunas flores. Observé detenidamente sus colores aunque en mi retina aparecían confusos o difusos, como si una lluvia de miedo me invadiera con suavidad imperceptible ante las pocas personas con las que me crucé subiendo los pocos peldaños que me separaban del desastre.

—Pase a esta sala, por favor, señorita. Enseguida vendrá una persona a atenderle.

Abrió una puerta casi cuadrada, blanca. Busqué como una posesa la fuente de luz, una ventana o quizás, más que por la luz, fue por tener controlada la huida; la posibilidad de poder escapar de allí en un momento determinado. Me flaqueaba el espíritu. Y me temblaba el cuerpo. Posiblemente no estaba preparada para vivir aquel momento. Había asientos de plástico unidos en hileras a lo ancho de las inmensas paredes excepto en la pared de la ventana. Una gran columna cuadrada cerca de una esquina y una exigua mesita vacía a su lado eran el resto del mobiliario, todo blanco. No había relieve. Yo me tambaleaba. Busqué asiento en aquellas hileras de plástico vacías y tuve problemas para elegir uno de ellos. La luz de frente, la luz a las menos diez, la luz a las y veinte… ¡La luz, por dios!, ¿qué me importaba de dónde venía aquel día la luz si estaba ciega de horror?

Si hubiera estado allí mi madre Ulma todo hubiera sido distinto. ¡Cómo la echaba en falta, incluso después de tantos años!.

—Buenos días, —se escuchó el eco de una voz demasiado fuerte.

Le seguí por los interminables pasillos de puertas numeradas a uno y otro lado. Aquella pulcritud inhumana me exasperaba. Mamá yacía tranquila. No supe interpretar muy bien su posible diagnóstico hasta que detuve mi mirada en sus ojos cansados, de color amarillo. Me tomó de la mano y la acercó a su pecho. Literalmente caí sobre ella con toda la gratitud que, solo en aquel momento, fui consciente de que se la debía.

Afuera se había quedado Nathan.

A pesar de que era una persona acostumbrada a destacar por su personalidad, su gran humanidad y sentido del humor, era un hombre comedido pero comprometido, y especialmente respetuoso. Nos habíamos abrazado en un fatídico instante contenido y nuestras miradas se habían entendido. —Como en otras ocasiones. Pero de eso  hacía ya muchos años.

La ventana de la habitación daba a un pulcro jardín dispuesto por parterres en los que convivían en armonía flores de variados colores, en plena floración entonces; brotes de jacintos, tulipanes, macizos de rododendros y bellísimos árboles, sauces brillantes de verdor y algunos robles definiendo un camino —que en la realidad era apenas frecuentado pero que podía disfrutarse desde las ventanas cerradas del hospital—. La música suave apaciguaba las emociones y favorecía el dormitar levísimo de los enfermos que esperaban su feliz final. Todo estaba escrito y firmado por cada uno de los pacientes y sus familiares. Pensé, en algún momento, que también esas horas o días podían ser un tiempo feliz. Tiempo de reencuentros y despedidas, tiempo de reconocimiento y tiempo de verdades que ya no serían a medias sino verdaderas. Pensé que era una suerte poder llegar allí consciente y rodeado de las personas a las que alguna vez amaste y te amaron, y poder despedirte de ellas antes de emprender el viaje a una nueva vida. Eso, independientemente de que tuvieras convicciones religiosas, fueras creyente o no. Desde aquella ventana pasaron lentos atardeceres y madrugadas en las que la belleza de la escarcha que cubría la parte sombría del jardín nos hacía imaginar la fragancia que más tarde aspirábamos en los momentos en los que, cuando mamá era atendida para su aseo personal, salíamos a descansar y tomarnos un café caliente juntos, mientras cuchicheábamos para no interrumpir la paz de aquella naturaleza.

—¿Vendrás conmigo a casa?

Nunca, hasta ese momento, había escuchado de Nathan una propuesta semejante. La verdad es que tampoco nunca me la había planteado a mí misma. ¿Qué sería cuando mamá ya no estuviera entre nosotros? Yo era un alma libre. Así me habían educado y así quería seguir viviendo. ¿Pero, qué hacía ahora en Noruega, mi país de origen, sin un proyecto, sin mis amigos que se habían desparramado por Europa después de la experiencia del viaje iniciático que nos marcó a todos con la muerte de Leo. La idea de volver a Estados Unidos no entraba en mis planes. Tengo que reconocer que me invadía una gran soledad y tristeza, sin saber muy bien a qué se debía cada una de ellas y sin poder formular una sencilla queja a nadie. Solía encontrar a Nathan con la cabeza baja ocultando su pena sobre el lado del corazón de mamá cuando ella dormitaba. Yo apenas le tocaba el hombro y volvía a dejarles solos. No calculé las horas que habíamos compartido allí cuando mamá nos dejó vacíos.

Deambulé por las calles de Bergen sola. Estaba destemplada. La ciudad empezaba a despertar entonces, el ruido de los camiones de reparto, los olores de fuel y de pescado de los barcos que descargaban el pescado en el puerto y que el viento no disipaba me hicieron acercarme a una nueva realidad, la de una ciudad pequeña y acogedora en comparación con lo que había vivido hasta entonces. Sus gentes, eran una  multitud de razas compartiendo espacios y cultura en equilibrada convivencia. Por supuesto que los oficios menos valorados por los nórdicos eran ocupados por inmigrantes negros, latinos o chinos. Sin embargo, el ambiente de la ciudad era agradable, las conversaciones parecían amigables, y el movimiento de trabajadores se podía decir que era disciplinado y eficiente. Los camiones de limpieza, apenas aparentes, hacían brillar el asfalto de las calles del centro y la ciudad amanecía resplandeciente como cualquier otro día. Pero para mí no era cualquier día. Todo había sido repentino y tan rápido que no había tenido tiempo  ni ganas de reflexionar, no había sido capaz de encajar estas nuevas piezas en el difícil puzzle de mi vida. Grises y blancos; blancos y grises. Evitaba, a toda costa, incluir los negros. No me hubieran dejado mis madres. Mi mente automáticamente los viraba a grises: gris oscuro, gris medio, gris neutro, gris claro… Ella, junto con Ulma, habían procurado llenar mi vida de color desde el momento en que me tuvieron en sus manos y yo no iba a decepcionarles. Pensé en la voz grave y triste, entrecortada de Nathan. Pensé en sus palabras, pensé también en su soledad y en la mía. ¿Era un disparate?

Decidí no coger el funicular para subir al monte Floyen sobre la ciudad, ya era casi mediodía, caminé despacio aunque el día era fresco entre las arboledas. La inmensidad del fiordo y la ciudad allí abajo, rodeada de sus siete montañas y con el océano tan próximo me envolvieron con una naturalidad generosa…

@mjberistain


 

 

Poesía; ese verbo hecho tango

 

En algún sitio, que he olvidado, leí esta frase que utilizo como título.

 

Labios ardientes, ya no me acuerdo de ti. Me he abrochado el abrigo, ojalá hubieras llegado antes. He robado una botella de bourbón en la vinatería de la esquina y al salir el tendero me ha lanzado una dura mirada que me ha paralizado. Luego me ha sonreído y me ha guiñado un ojo. He apretado la botella de licor contra mi pecho y he salido corriendo.

La música, ese tango que sonaba en su almacén me ha transportado a otro tiempo,

Trabajaba en los aseos de uno de los parkings de la ciudad. Llevaba un uniforme blanco y un chaleco amarillo fosforescente con una gruesa raya gris alrededor del pecho. En mi recuerdo empujo un carro de útiles de limpieza, incluidos escoba, fregona, cubos y  trapos de colores. Y un pequeño transistor con música y el volumen muy bajo, que prefiero a los auriculares, porque así atiendo mejor a la megafonía y a los clientes.

— Buenos días. ¿Que si me gusta mi trabajo?

— Pues, sinceramente, no. Pero necesito un trabajo a tiempo parcial para poder dedicarme a lo que verdaderamente me interesa.

— Interesante. ¿Y a qué se dedica, aparte de a este trabajo?

— Soy madre.

— Bueno…

— Y escritora.

— Cómo dice?

—Sí, ha oído bien. Soy escritora, también a tiempo parcial, porque cuando salgo de aquí me ocupo de mis tres hijos y cuando ellos duermen yo escribo.

— Y, esa vida le hace feliz?

—Es todo lo que tengo, todo lo que soy y sí, soy feliz.

— Yo creo que usted es un fantasma.

Sonríe.

Después de unos instantes, yo también.

— Vengo habitualmente por aquí y, cada mañana, cuando la veo dirigirse a su puesto de trabajo, empujando su carro, pienso que es usted la persona más profesional, más encantadora y más bonita que he visto nunca. Esa dignidad…, esa música de tango que apenas puede escucharse de ese pequeño aparato y que a mí tanto me gusta. Pareciera que a usted le gusta su trabajo, no me diga que no.

— Y, qué es lo que escribe? —perdone, o le molesta que se lo pregunte?

Le sonrío y le hago un gesto de despedida saludándole con la mano, tratando de evitar responderle. Hablaremos en otro momento —le digo— y entro en el baño de señoras.

Desenrollo unos cuantos metros de papel higiénico y me siento en el banco de madera y escribo:

 

Poesía,
verbo hecho tango
robas mi sueño y me salvas,
a dentelladas, de la obsesión.

Borrachera de amor,
demencial escarnio
girando hipnótico
en lances de locura.

Porque llegaste tarde
sucumbí
al agrio sabor en mi boca
de la indignidad,

muéveme milonga,
muéveme
punzada pasajera, milonga,
hasta que desee acabar contigo
de una vez para todas.

Hoy he robado por ti.

 

@mjberistain
imagen: internet autor desconocido


 

La castañera

 

Es Enero, esta noche es luna llena. Las tribus indias la llamaban luna de hielo, luna vieja o luna del lobo porque era cuando los lobos aullaban más en las zonas cercanas a las aldeas.

Hace frío, camino protegida por un abrigo raído que heredé de mis hermanos mayores. Es gracias a que llevo una gran bufanda y un gorro de lana que tejió alguna de las abuelas que tuvimos, y a las que yo no conocí porque soy la menor de diez hermanos, que escapo del destemple que me hace llorar cada vez que se levanta una racha de viento y azota la ciudad. Llevo días sin comer apenas, solo castañas. Si puedo, evito ir a las parroquias a pedir, supongo que tienen otras emergencias. Al fin y al cabo yo estoy acostumbrada a vivir así.

Estoy en tratos con el señor Manuel, el de la esquina de la Catedral, para sustituirle cuando se jubile. El hombre está muy abotargado ya por el efecto de la “quimio” y la radioterapia, y siente que le quedan pocos días. Aunque vive solo, le da pena morirse porque todos los inviernos, desde que no está su padre, ha abierto el pequeño puesto de castañas con el que se ha ganado la vida y le ha hecho muy feliz. Desde que le conocí en Nochebuena, le visito cada día. Hemos llegado a tener una bonita relación de amistad. Yo le traigo castañas que he ido acumulando en un saco durante el otoño. Últimamente va necesitando menos cantidad porque la gente ya no consume como cuando empezó en esta profesión. Ahora se compran castañas por capricho y porque son baratas —diez castañas por un euro—, ya no se consumen por necesidad de calentarse las manos y el estómago como era entonces. Don Manuel las mantiene, revolviéndolas de vez en cuando con su vieja espumadera negra, calientes y crujientes para cuando algún cliente se acerca a su caseta. Aprendo muchas cosas con él, me enseña a preparar las brasas, a cortar y asar castañas, a ser amable, a sonreír a las personas que pasan alrededor, a no ser huraña a pesar de que mi vida siempre haya estado rodeada de negro. Él está convencido de que llevo una luz muy especial dentro de mi corazón y eso es lo que me va a servir para ser feliz de aquí en adelante, pero tengo que aprender a sonreír —me dice siempre, con la inmensa ternura de sus ojos también negros—. Y él, cada vez que pasa alguien cerca de nosotros, me da un pequeño empujón con su brazo para recordármelo. Eso sí que me hace sonreír. Es un hombre bueno Don Manuel. Cuando le conocí le ofrecí mi cuerpo a cambio de un poco de dinero y se negó. Cerró la caseta y me trajo un bocadillo caliente del bar de al lado. A mí también me da pena que se tenga que morir ahora. Es como un ángel de la guarda conmigo, ahí enrollado en su gran abrigo negro, con sus manos hinchadas y rotas, llenas de heridas que oculta debajo de sus gruesos guantes de lana. Ahora prefiere que sea yo quien prepare los conos de papel de periódico con las castañas calientes para los clientes, y él se ocupa de guardar el dinero en una caja negra que, según me explicó, era madera de ébano que le había traído un cliente de uno de sus viajes a la India—, porque a Don Manuel le gusta trabajar la madera en sus ratos libres. Hoy me ha regalado sus guantes cortados que, como me quedan tan grandes, me abrigan mucho. Me ha permitido darle un abrazo.

—¿Por qué te marchaste del pueblo? Allí tendrías comida y trabajo en la granja, con los animales y la huerta, y seguramente con el cariño de tus hermanos.

Don Manuel espera que le conteste, aunque le hago una mueca de contrariedad.

Después de lo que me está ayudando creo que le debo una explicación, así que un poco a mi pesar le explico que me escapé de la escuela porque la directora decía que me quería. Cuando se terminaban las clases me llevaba a su despacho y me pegaba.

—Ay, niña, —dice, moviendo la cabeza a un lado y al otro Don Manuel— algo mal habrías hecho…

—No, Don Manuel, se lo prometo. Ella decía que era para que aprendiera a portarme como una buena mujer, y que si no me servían sus golpes aprendería con los que me iba a dar mi marido cuando me casara si seguía siendo tan terca.

—Mis hermanos se reían de mi, yo era la única chica de la familia y me hacían ocuparme de la casa y de sus cosas porque no teníamos padres. Mi madre había muerto durante mi parto y mi padre se ahogó, unos años más tarde, intentando salvar a la gente durante la gran inundación que arrasó la comarca.

Don Manuel se calla cuando hablamos de estas cosas, y su mirada se pierde en la nada y yo entonces no sé lo que piensa, pero estoy segura de que tiene que ser algo bueno.

—Mañana —me dice— tendrás que abrir tu la caseta, están las llaves y toda la documentación en orden en el fondo de la caja negra. Abrígate bien. Ocúpate de abrir las castañas, acuérdate cómo; con un par de cortes como si fueran cruces mientras prende el fuego y preparas las brasas. Haz bien las cuentas cada noche. No tengas prisa, despacio pequeña, tienes toda una vida por delante…

Hace frío mientras camino hacia el albergue. Acaricio la cabeza a un perro lobo que parece perdido y que ladra lastimosamente al lado de un banco vacío. Una luna de hielo ilumina la plaza y la caseta en la esquina de la Catedral.

 

@mjberistain
Fotografía de Macarena Azqueta


 

 

La china

 

“Al salir, pagó el café que se le había olvidado tomar…” (Truman Capote)

Una lluvia aburrida se había instalado en la ciudad cayendo incansable desde lo alto de un cielo plomizo como el de ayer y el de anteayer, como posiblemente el de la próxima semana según los partes meteorológicos que ya no sabían cómo explicarlo de forma diferente cada día. Se había hecho de noche. Al volver la esquina vomitó. Tiró el periódico empapado en una papelera y se dejó allí colgado el paraguas. No tuvo la precaución de arrancar la página de los anuncios antes, pero tampoco le importó.

Pasaban los días y por muchos esfuerzos que hacía no veía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo como el que pensaba que merecía de acuerdo con su historial profesional, su preparación académica y el estatus de su familia. Le quedaban pocos días para cumplir cincuenta años y aunque ese aspecto, en condiciones normales de mercado, hubiera podido ser considerado, en un hombre, como un buen fichaje para cualquier empresa, se encontraba defraudado, solo, como una isla desierta en mitad de un océano hostil. Tampoco había querido llamar a las puertas de los amigos. La realidad era que no había dicho que se encontraba en semejante situación. Cómo iba a imaginárselo nadie a su alrededor. Era del todo increíble aún admitiendo que entonces los puestos directivos de las empresas se regían más por movimientos políticos y eran menos estables o más dinámicos que en otros tiempos. Ya no servía de nada el pasado. Servía saber venderse para un futuro impredecible. Alguna vez escuchó que era fundamental saber vender humo…

Ocupaba un apartamento en el decimoquinto piso de uno de los miles de horribles edificios a los que llamaban rascacielos que se amontonaban en un barrio bajo de las afueras de la ciudad. Se miró al espejo del ascensor, estaba roto, y sus trozos garabateados con frases y dibujos obscenos. Aún pudo darse cuenta de que su aspecto físico era demoledor. Su calvicie prematura, su piel y su mirada desvaídas, sus cejas caídas en diagonal que le daban un aspecto de desolación, sus hombros deformados por el peso de los días sin ver el sol. Todo ello no solo maltrataba su espíritu sino que, además, anulaban su poder de camuflaje; traspasaban todas las líneas de fuego de sus tripas y de sus venas hasta asomarse al exterior de su cuerpo sin condescendencia. Sin embargo aquella tarde oscura la china del último bar al que había llegado tambaleándose para tomarse un café bien cargado le había mirado con detenimiento, con piedad o conmiseración, o, no sabía muy bien cómo interpretar aquella mirada apaisada que apenas dejaba entrever lo que él pensó que eran unos seductores ojos negros que le habían aturdido durante un instante. Quizás, para ella, era imposible mirar de otra manera. Se demoró después aferrado a la barra del bar observándola mirar al resto del personal que se movía alrededor de él entrando deprisa, consumiendo deprisa y saliendo deprisa, y pensó que se estaba volviendo loco. Además, Margot había decidido quedarse a vivir en un pueblo del sur en una comunidad de gente bohemia, artistas en su mayoría. Se había dedicado a la danza, había sido bailarina  profesional y ahora estaba retirada por una lesión de espalda. Su vida de pareja definitivamente estaba rota. Afortunadamente les habían unido pocas cosas durante su vida juntos, aparte del buen sexo mientras vivieron el encanto de los primeros meses. Se habían conocido en un viaje de empresa descubriendo la Antártida en un crucero de lujo, pero pronto aquel hielo imponente, aquél azul frío, y el silencio como un gran vacío de cristales afilados se habían instalado en su relación irremediablemente.

Se sintió viejo por primera vez en su vida. Había escogido aquel país, aquella ciudad para comenzar de nuevo porque nadie le conocía. Se sentía un tanto ofuscado, era cierto,  pero aquel mundo que le rodeaba se le antojaba un campo de exterminio, la gente uniformada en gris caminando lóbregamente sobre el polvo de un satélite desconocido que estaba cubierto con una gran bola de plástico reciclado, como un cielo plateado del que se desprendían como lluvia punzantes hilos de lava y de ceniza.

El bar estaba cerrado, la china oliendo a perfume de Pachuli, permanecía sentada en el zócalo de la puerta a su lado. Sujetaba con sus dos manos una jarra llena de café bien cargado, y miraba a los viandantes que se apresuraban, intentando evitar los charcos, bajo la luz todavía mortecina de otra madrugada lluviosa, para llegar a tiempo a sus quehaceres diarios. Cuando le sintió moverse, aventuró:

—Buenos días señor, le estaba esperando. Ayer se marchó usted sin tomarse el café…

 

@mjberistain


 

Sobre el Amor… (quise decir sobre el “Humor”)

“La vida hay que tomarla con amor y con humor.
Con amor para comprenderla y con humor para soportarla”.
Bien podría haber sido una frase de Groucho, pero leo que dice Anónimo

 

Sinceramente no estoy del todo de acuerdo. Vamos a decir que si los componentes de la vida pudieran diseccionarse, el humor sería una de sus partes, y quizás una de las más importantes, por supuesto.

¿Y, el amor?

¿Dónde encaja en esta teoría que también el ser humano necesita —sin ser excluyente— de ese amor en el que se reconoce como “dador” o “receptor” de una calidad y calidez de relación personal por la que en según qué situaciones daría su propia vida a cambio, aunque esto pudiera suponer un drama en su interior.

Bueno, acepto que pueda gestionarse mejor desde el buen humor cualquier contrariedad que se interponga en nuestra ruta vital, que aunque siendo una ficción no deja de ser lo más valioso que tenemos mientras vivimos.

De un texto publicado por Cultura Inquieta y firmado por Alejandro Mar G

Diversos estudios muestran que las personas consideradas como chistosas, evaluadas como con un buen sentido del humor, tienen también un alto coeficiente intelectual. Igualmente, varios estudios muestran que los “seres humanos”  —variación mía del texto, en lugar de “hombres”, sin ánimo de polemizar—con buen sentido del humor son considerados como más atractivos. Tal vez el humor sea el más sincero afrodisíaco.

Más allá de esta correlación, el humor es un signo de inteligencia en tanto que demuestra una perspectiva ligera y clara de la realidad. El hombre o mujer que torna el mundo en risa, en gozo, está ejecutando una dinámica de no tomarse demasiado en serio el mundo, lo cual es la puesta en escena de un axioma, de entender correctamente un principio de la realidad.

El mundo es a fin de cuentas impermanente, la identidad a la cual nos aferramos es polvo, no tiene solidez, es una designación conceptual. El mundo es incierto, una gran ficción. Si no tienes definición, si todo está abierto, puedes ser otro. Jugar es lo correcto. Tomarlo con humor es tomarlo con filosofía.

El humor es el amor a la creatividad del ser: nos estamos recreando cada instante (el polvo de estrellas de nuestras células es una mezcla volátil de génesis y fin del mundo). El humor es superar el error de lo literal, ir más allá del encasillamiento de la lógica de que las cosas son sólo esto o esto otro (y no todo y no nada).

El humor es la acción del reconocimiento de que el mundo es un sueño, y que podemos estar despiertos sin que haya un final (cuando te despiertas en un sueño, lo único que queda es jugar con la realidad inocuamente). En el humor ensayamos a cambiar nuestra forma de ver el mundo y eso nos permite, eventualmente, hacer que las cosas sean distintas Que sean como el mejor humor que tenemos.

Como esa dicha de verlo todo en una profusión de júbilo emanando cascadas-carcajadas desde el centro de la conciencia. La ficción es subversiva, el estirar la liga esculpe la realidad. Escribes tu autobiografía, pero sabes que la persona de la que escribes es sólo un personaje; en realidad, es muchos personajes.

A fin de cuentas, “Toda autobiografía es una obra de ficción.” –T. K.

 

 

 

El vermouth

Me pasé el brazo izquierdo por la cara cubierta por pelos. Estaba húmeda, aprisionada.

Dios mío, ¿qué hacía yo allí?. Abrí los ojos y me imaginé una alcachofa de ducha amenazadora en lo alto sobre mi cabeza. La lluvia no cesaba y, como pude, enfoqué mejor la mirada. Efectivamente, era una alcachofa de ducha que chorreaba con estruendo y sin parar sobre mí; estaba hasta el cuello de agua. Me propuse apoyarme en los lados de la bañera para incorporarme y no ahogarme pero especialmente para pensar qué demonios hacía yo allí y dónde estaba.

Ultimamente me había tocado viajar mucho y comprendí que el exceso de trabajo me estaba produciendo cierto estrés, pero de ahí a aparecer de esa guisa en “nosabíamuybiendónde” había una cierta diferencia.

Por supuesto que estaba desnuda, veía mis pezones aflorar en el agua cuando me movía. Me paré a observarlos intentando hacerme dueña de mis pechos de nuevo. Levanté una pierna y allí al fondo había un pié, que supuse que también sería mío. Bueno, esto me tranquilizaba. Saqué el otro pié y me atreví a tocarme la tripa. ¿Bien?

¡Bien!. Por fin me encontré. Era yo.

Recordé que al llegar de viaje tan agotada me habían querido obsequiar con un “vermouth” para que repusiera fuerzas. Mi imaginación me llevó a un Martini seco tipo “cocktail” italiano de estilo glamoroso y sofisticado. Lo pensé, aunque yo lo que en realidad necesitaba era relajarme en un buen baño con espuma o, si no era posible, incluso me hubiera conformado con que fuera jabonoso. Reconocí que esa idea era una utopía en una casa con niños pequeños que revoloteaban por todas las habitaciones con sus cochecitos, excavadoras, piezas de lego y otros objetos minúsculos de vivos colores y atropellándole a una con sus animalitos, especialmente los del tipo dinosaurio a los que, por cierto, ya me tenían acostumbrada y hasta habían conseguido hacerme aprender los nombres y las características de algunos y llegar a considerarlos como si fueran de la familia. Así que aprecié tomarme ese “vermouth”.

El primer trago me hizo retroceder. ¿Qué era aquello de color rojo amarronado con burbujas y sabor a caramelo de cola?. Me explicaron que era una mezcla rebajada de “vermouth” especialmente preparada para mí. —No sé por qué diantres les había contado que había dejado de beber alcohol hacía unos días—. Conseguí que me lo sustituyeran por un “vermouth” de verdad tipo “combinado a base de ginebra con un chorro de “vermouth” servido en la clásica copa de “cocktail”, con el adorno de la aceituna cruzada”, como se había visto siempre en las películas de Bond.

¡Aquello era otra cosa!.

Y aquí estaba yo, intentando salir de la bañera de mis nietos, después del tropezón con el cocodrilo y su cola de mas de treinta centímetros de largo con el que compartía baño.

A pesar de mi sofoco y de mis gritos el cocodrilo, a mi lado, seguía mirándome impertérrito, hasta que conseguí entender que era un miembro nuevo de la familia a quien todavía no me habían presentado, y nos hicimos amigos…

@mjberistain

Nota: según me ha explicado mi niño mayor de cinco años recién cumplidos se trata de un tipo de cocodrilo supergrande y terrible de nombre Deinosuchus que convivió con los dinosaurios… y más detalles… ¡Y yo le creo!