Saramago

 

Reblogueo este comentario escrito por Carlota Gastaldi en su Blog “lacuevademislibros.com”


“Las intermitencias de la muerte” de José Saramago

 

las_intermitencias_de_la_muerte     El libro de hoy es una magnífica novela en la que José Saramago (Azinhaga, 1922-Lanzarote, 2010) se recrea en la ficción de uno de los sueños de la humanidad desde el principio de los tiempos, un hecho absolutamente contrario a las normas de la vida: que la gente no muera. Esta ficción artificiosa es una paradoja tan ingeniosa como demoledora y se convierte en un ejercicio introspectivo de hondísimo calado.

     Saramago es la escritura pensada, lastrada de ingenio, la realidad sepultada y vuelta a resucitar. Saramago es un explorador que escudriña el alma desde un ángulo nuevo, no siempre benévolo.

Aquí todo sucede de la noche a la mañana. La muerte ha desaparecido. Nadie sabe cómo ni por qué ha sido. El gobierno investiga las causas. Lejos de tratarse de un hecho afortunado, la muerte de la muerte, permítaseme la acrobacia, es la peor de las pesadillas. Y a todos araña, a personas, a instituciones, etc. La sociedad pasa a ser un cementerio de vivos, de seres que viven en un estado de muerte suspendida —digámoslo así—, sumergida en un infinito caos.

El paro de profesionales que ganan su pan con trabajos sempiternos se extiende con la bravura de un magma invasivo. Sin la tijera de la muerte el negocio funerario no camina, no más coronas de flores con cinta moradalos, y los seguros de vida son una clamorosa estupidez. Los filósofos, ¡ay! los filósofos, se tornan ridículos, pues es sabido que se filosofa porque sabemos que moriremos —como dijo Cicerón, “filosofar no es más que aprestarse a la muerte” y el mismísimo monsieur de Montaigne, con aquello de que “filosofar es aprender a morir”—. Los hospitales son nichos de cuerpos matusalénicos eternamente terminales, eternamente agarrados al borde de la vida. La Iglesia no tiene respuesta a qué es el paraíso, el purgatorio o el infierno, y lo que es peor, no tiene respuesta a la cruel pregunta de qué hacer con los viejos.

     Saramago, autor del ritmo, de quiebros en el estilo, construye esta magistral novela con los pliegues y distorsiones de siempre, con los que nos tiene acostumbrados. Saramago, lo tomas o lo dejas. Lo suyo es fabricar literariamente personajes que dialogan sin diálogos, que existen sin identidad, que habitan mundos desconocidos y, a veces, viven sin tiempo. O con todo el tiempo. Su desbordante creatividad para llegar a las catacumbas del alma me tiene enamorada. En la creación de estos seres inmortales aparca la rigidez de las normas para bruñir la escritura en su molde, para forjar el lenguaje en su peculiarísima fragua. El portugués tuerce, retuerce, y estira los convencionalismos hasta lo imposible. El resultado es un drama cómico, o una comedia dramática, por el modo de contarlo una no sabe bien cuál es el derecho del calcetín, que llega a nuestros oídos disfrazado de fábula. Y como todas ellas, trae un sabroso huevo Kinder con mensaje moral: hay que aceptar la muerte como una consecuencia lógica de la vida. Hay que vivir teniendo conciencia de la muerte.

El Nobel, sin él saberlo, con esta novela legitima la creatividad como la cualidad esencial del escritor, la que le define, la que constituye el corazón de su oficio. A quién se le ocurre la huelga de la muerte. Menudo soplo huracanado a la rica imaginación. Novelar no es narrar, sino crear. Y crear es tutearse con la magia del arte. Saramago, que conoce de cerca algún truco secreto, en “Las intermitencias de la muerte”  dibuja otra vez, con el preciso grafito de la palabra, una silueta del ser humano fabulada, fabulosa y, ya puestos, también favorita.

Buenos días y buenas lecturas.

Indignación

Hoy, reorganizando el contenido de mi Blog, rescato este prólogo que tenía archivado entre mis páginas y que en su día no salió a la luz. Quiero compartirlo, aunque no esté actualizado el discurso de Jose Luis Sampedro, sí continúa teniendo sentido su mensaje… eternamente.

 

 

Prólogo de Jose Luis Sampedro
para el libro “Indignáos” de Stephane Hessel

Yo también nací en 1917. Yo también estoy indignado. También viví una guerra. También soporté una dictadura. AI igual que a Stéphane Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak. Podría aportar más detalles, pero la edad y la época bastan para mostrar que nuestras vivencias han sucedido en el mismo mundo. Hablamos en la misma onda. Comparto sus ideas y me hace feliz poder presentar en España el llamamiento de este brillante héroe de la Resistencia francesa, posteriormente diplomático en activo en muchas misiones de interés, siempre a favor de la paz y la justicia.

 

¡INDIGNAOS!
Un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza. Como la sirena que anunciaba la cercanía de aquellos bombarderos: una alerta para no bajar la guardia. Al principio sorprende. ¿Qué pasa? ¿De qué nos alertan? El mundo gira como cada día. Vivimos en democracia, en el estado de bienestar de nuestra maravillosa civilización occidental. Aquí no hay guerra, no hay ocupación. Esto es Europa, cuna de culturas. Sí, ése es el escenario y su decorado. Pero ¿de verdad estamos en una democracia? ¿De verdad bajo ese nombre gobiernan los pueblos de muchos países? ¿O hace tiempo que se ha evolucionado de otro modo? Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos. El autor de este libro recuerda cómo los primeros programas económicos de Francia después de la segunda guerra mundial incluían la nacionalización de la banca, aunque después, en épocas de bonanza, se fue rectificando. En cambio ahora, la culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis no sólo no ha conducido a ello; ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo. No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema. Los financieros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros. Es decir, el dinero y sus dueños tienen más poder que los gobiernos. Como dice Hessel, «el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general».

¡INDIGNAOS!,
les dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas. Hessel reconoce que un joven de su época indignarse y resistirse fue más claro, aunque no más fácil, porque la invasión del país por tropas fascistas es más evidente que la dictadura del entramado financiero internacional. El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido. Ni en aspectos tan burdos como los campos de concentración (Guantánamo, Abu Ghraib), muros, vallas, ataques preventivos y «lucha contra el terrorismo» en lugares geoestratégicos, ni en otros mucho más sofisticados y tecnificados como la mal llamada «globalización» financiera.

¡INDIGNAOS!,
repite Hessel a los jóvenes. Les recuerda los logros de la segunda mitad del siglo XX en el terreno de los derechos humanos, la implantación de la Seguridad Social, los avances del estado de bienestar, al tiempo que les señala los actuales retrocesos. Los brutales atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas acciones emprendidas por Estados Unidos como respuesta a los mismos, están marcando el camino inverso. Un camino que en la primera década de este siglo XXI se está recorriendo a una velocidad alarmante. De ahí la alerta de Hessel a los jóvenes. Con su grito les está diciendo: «Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten».

¡INDIGNAOS!
Luchad, para salvar los logros democráticos basados en valores éticos, de justicia y libertad prometidos tras la dolorosa lección de la segunda guerra mundial. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico. «Los medios de comunicación están en manos de la gente pudiente», señala Hessel. Y yo añado: ¿quién es la gente pudiente? Los que se han apoderado de lo que es de todos. Y como es de todos, es nuestro derecho y nuestro deber recuperarlo al servicio de nuestra libertad.

No siempre es fácil saber quién manda en realidad, ni cómo defendernos del atropello. Ahora no se trata de empuñar las armas contra el invasor ni de hacer descarrilar un tren. El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual, más sofisticado que el de los bombarderos nazis. Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del «siempre más», del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes.

¡INDIGNAOS!,
sin violencia. Hessel nos incita a la insurrección pacífica evocando figuras como Mandéla o Martin Luther King. Yo añadiría el ejemplo de Gandhi, asesinado precisamente en 1948, año de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de cuya redacción fue partícipe el propio Hessel. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Negaos. Actuad. Para empezar, ¡INDIGNAOS!


 

Casilda

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La periodista Casilda Sánchez Varela protagonizó el fenómeno editorial de la primavera de 2017 con su primera novela, Te espero en la última esquina del otoño, una gran historia con mimbres clásicos que fabula con personajes inspirados en sus padres, Paco de Lucía y Casilda Varela.

Su padre, Paco de Lucía, siempre le decía: “Tienes que escribir una novela”. Ella, que trabajaba como periodista -fue redactora de TELVA durante diez años-, soñaba con ver su nombre en uno de los libros que le llegaban cada día a la redacción. Pero no daba el paso a la ficción. “Olvídalo todo, deja el periodismo, vuélvete loca, ponte frente a la hoja en blanco y el resto irá saliendo solo”, le insistía él. Pero Casilda no se veía capaz. “Es que no tengo disciplina… Mira, que soy muy floja”, confiesa entre risas. Y cuando ríe, le sale la sal de Cádiz.

Paradójica o inconscientemente, la chispa que prendió su mecha literaria fue la repentina muerte de su padre, hace ahora tres años. Pocos meses después, Casilda dejó TELVA, se volcó con su hermano Curro en el guión de La búsqueda, el documental sobre su padre que ganó el Goya en 2015, y recibió una propuesta de la editorial Planeta para escribir la vida de Paco de Lucía.

¿Qué contestaste?

Que no, que ya había contado todo lo que quería contar de él en el documental, y que necesitaba un tiempo de duelo.

¿Y luego?

A mí lo que realmente me apetecía era escribir algo inspirado en mi madre. Así que me lancé, y a la vez cumplía el deseo de mi padre. Sabía que él era un genio, pero la genialidad de mi madre la he constatado con el tiempo.

¿Por qué es tan especial tu madre?

Tiene una personalidad fuera de lo común. Es valiente, ajena a los convencionalismos. Me fascina su forma de ver la vida. Cuando eres hija de alguien tan admirado y querido como Paco de Lucía, te planteas muchas cosas… ¿Qué admiramos de los demás? Mientras mi padre recibe el Premio Príncipe de Asturias y es aclamado por todo el mundo, mi madre está sola.

¿Eso te molestaba?

Eso me ha generado una necesidad de reivindicar también a mi madre y sus valores, que son los que en muchas familias pasan desapercibidos y en el fondo sostienen el mundo, los que tienen que ver con la sensibilidad, con los detalles, con la generosidad…

Primera página de la novela: A mi madre, mi ideología.

Fíjate lo difícil que es la coherencia en la vida… Pues ella es un monumento a la coherencia. No conozco a nadie que se haya mantenido tan fiel a sí misma y a sus principios como ella, pero sin postureo, sin reivindicaciones. Yo creo que ésta es la novela que a ella le gustaría haber escrito. No conozco una historia de amor como la de mis padres.

Entonces, ¿tu novela es la historia de amor de Casilda Varela y Paco de Lucía?

No, y quiero evitar ese equívoco. Hay conexiones, pero es una ficción. La figura de mi madre está algo más cercana a la realidad, aunque no es su biografía ni mucho menos, pero la de mi padre sólo se percibe en gestos, insinuaciones, en su sentido del humor… El resto es invención. Un lector que no sepa de quién es hija la autora, no descubrirá en absoluto la inspiración de los personajes.

¿Has investigado en la vida de tu madre?

No me ha hecho falta, porque ya me la sabía de memoria. He sido su gran confidente desde niña. Cuando era pequeña, para dormirme me contaba anécdotas de su vida en vez de cuentos: su infancia en Marruecos, su estancia en Irán, donde un general del Sha de Persia se enamoró de ella… Conozco su vida mejor que nadie, pero me ha llevado mucho tiempo entenderla. Tiene una personalidad complicadísima, llena de giros y laberintos. Mi padre siempre decía: “Me volví loco tratando de entenderla, ¡me daba puñetazos contra la pared!”.

La pareja protagonista de la novela, Chino y Cora, se aleja irremediablemente.

Mi madre siempre decía que su relación con mi padre hubiera durado toda la vida de no ser por las circunstancias. Tenían una afinidad como yo no he visto jamás. Venían de mundos distintos, de clases opuestas [ella, hija del general Varela y proveniente por parte materna de la alta burguesía vizcaína; él, de una familia humilde de Algeciras], y se entendían de maravilla. ¡El concepto alma gemela existe! Pero tuvieron muchas interferencias. Para mí, seguían estando muy unidos. Hablaban a menudo, incluso cuando ya estaban separados. Sólo he visto reír a mi padre a carcajadas con ella. Mi madre le hacía burla, se metía con él, ¡y mi padre se partía de risa! Ella tiene mucha imaginación, mucho colorido, sigue siendo como una niña. A mi padre eso le conquistaba.

¿Qué interferencias?

Sobre todo, una que también le ocurre al personaje de Chino en la novela: el peso de la fama. El éxito condicionó mucho a mi padre, le obligó a aislarse, con lo que a él le gustaba observar y estar con la gente… No soportaba que le tratasen como a un maestro, la falta de naturalidad le amargaba, le repelían los halagos…

NO CREO EN EL AMOR POMPOSO

Hay una subtrama, en la que teorizas sobre el amor.

Soy socióloga de formación y me inquietan los resortes que nos mueven. Creo que hoy en día los sentimientos están sobrevalorados. Parece que esperamos que todo sean sensaciones de plenitud y de éxtasis, y la vida no es así. Hay una pomposidad cuando se habla de amor que no me gusta. Me hace mucha gracia, por ejemplo, cuando alguien dice: “Yo es que me he separado de mi marido porque ya no sentía mariposas en el estómago…”. ¿Pero qué tonterías estamos diciendo?

¿Qué pensaba tu padre sobre esto?

Era un escéptico respecto al amor, le parecía que el enamoramiento te minimizaba, te quitaba visión de conjunto…

Es curioso, porque Chino en la novela me parece el personaje más romántico.

En el amor hay contradicción. Chino parece un pragmático, pero se convierte en romántico cuando descubre que ha estado toda la vida enamorado de Cora.

¿Qué lecturas te han inspirado para escribir?

Me gustan las novelas que te atrapan por la profundidad psicológica de los personajes. Cada mañana leía unas líneas de Madame Bovary y ya me estimulaba para escribir.

¿Qué ha sido lo más difícil?

La parte que está ambientada en Cádiz. No es fácil evitar el tópico del gaditano gracioso, pillar su deje, su sentido del humor… Mi padre era muy de su tierra, pero era sobrio, profundo, era el pescador, el que hablaba con metáforas.

¿Qué hubiera dicho él de tu novela?

(Imitando su acento gaditano). Esta niña… ¡qué cosas más raras escribe!

La librería ambulante

Comparto la entrada hecha por Carlota Gastaldi Mateo
en su Blog https://lacuevademislibros.com/

Porque en mi opinión sus comentarios son extraordinarias historias literarias en sí mismas, y es un placer siempre leerle (a ella misma y a los libros que recomienda).
Desde aquí mi admiración y mi agradecimiento.


La librería ambulante, es un libro precioso en el que Christopher Morley (1890-1957) cuenta, con esa particular forma de hablar que tienen los escritores, una historia intemporal que sienta bien a todo aquel que se declare amante de los libros. Parece salida de la mano de Mark Twain, o del mismísimo Charles Dickens aunque, probablemente, éste hubiese añadido más florituras en la narración. Hay en ella la misma proporción de humanidad que en un pasaje evangélico, la misma proporción de humor que en una obra cómica y la misma proporción de romanticismo que en un poema. Este difícil equilibrio la convierte en una obra escrita para ser disfrutada.

El estilo es apacible y sencillo, casi de fábula oriental o de cuento clásico, y está empapado de ternura. Por estas cualidades, y también por el ingenio de su trama, “La librería ambulante” es un libro bonito, una aventura original llena de romanticismo que apenas tiene personajes y apenas pasa nada, pero que no los necesita. Christopher Morley es un maestro del lenguaje coloquial y ha sabido crear con las herramientas más básicas del escritor que crea, una historia rica y sabrosa.

La narración es muy fluida, cómoda y fácil, y sus páginas dan cobijo a una sólida historia de amor. Hablo en el sentido más extensivo. Amor a los libros, amor a las personas y amor a la vida. Sobre estas tres patas se asienta la novela.

El argumento rompe el cascarón el día en que una mujer (Helen McGill), que vive tranquila en su granja acompañada de su hermano (Andrew), descubre las intenciones de un tipo que quiere vender a este una caravana. Andrew vive algo obsesionado por el placer opiáceo de la literatura y desearía retirarse del ajetreo del mundo y cumplir su sueño de escribir un libro. Ella cree que la adquisición de la caravana pondría fin a su vida sosegada, ya que si él se encerrase a escribir ella tendría que ocuparse de todas las obligaciones de la casa. Adelantándose a los acontecimientos, decide dar de comer a su hermano de su propia medicina. Compra la caravana —que resulta estar atiborrada de libros—, y se echa a andar por las tierras de Dios en compañía de un perro, un caballo y un tipo peculiarísimo que responde al nombre de Roger Miffin.

Roger es el dueño de la caravana y el alma del relato, y se diría que se incorpora al texto recién salido de un sueño o de una fantasía. Es un tipo de aspecto peculiar por su talla insignificante y su barba rojiza. Este enanito de raíces oníricas posee cómicos ademanes y está enamorado de los libros. Tiene la habilidad de cautivar a los corazones nobles predicando la buena literatura como el mejor evangelista. Con una pipa siempre encendida y expresión enigmática, su vida ha transcurrido a lomos de su librería ambulante. Ha recorrido pueblos enteros y rincones ocultos con el único propósito de contagiar la felicidad a sus gentes. Los libros son maravillosamente buenos, guardan las mejores enseñanzas para la vida, y cuando uno logra ver con lucidez en ellos descubre el secreto de la felicidad.

Con Roger Mifflin Christopher Morley crea un personaje adorable, de esos que a una le gustaría que tuvieran vida fuera de la novela. Tiene mucho de personaje de Dickens. Por su optimismo vital, por su humor, por las peripecias con las que ha de lidiar para salir adelante y, sobre todo, por querer ayudar siempre a los demás. En esto, también tiene mucho del Huckleberry Finn de Twain, naturalmente.

Helen McGill es una mujer que apenas ha conocido el amor. Cuando se lanza a esta aventura ni siquiera remotamente puede sospechar que iba a terminar perdidamente enamorada, no solo de los libros y sus bondades, sino del mismísimo predicador, ese maestro menudo de tamaño, pero de gran altura moral. Ese Barbarroja estrafalario que la acompaña por caminos pedregosos y sendas arriesgadas es un hombre que posee la nobleza de un caballero y las cicatrices de un héroe. Y aún más, le hará sentir que ella tiene, al alcance de su mano, el secreto de su felicidad.    

Charles Dickens escribió que el corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas. Christopher Morley en esta obra demuestra ser ese músico que sabe hacerlas vibrar armoniosamente, con palabras que crean excelentes ecos en el alma de los lectores.


 

Presentación Libro

Vitruvio Tarjeta Mod.3 recorte

Os recuerdo que esta semana se celebrará el acto de
presentación de mi libro de Poesía APUNTES DE SALITRE.

La presentación se hará en el Centro Cultural KOLDO MITXELENA en San Sebastián.

La fecha y hora, el 26 de Abril, a las 19h.

Sería un momento precioso para encontrarme con todos vosotros que, de alguna forma, habéis participado de parte de su contenido a través de mi Blog.

Os espero con mucha ilusión.

 


 

Cuentos casi reales

 

Descubrí un libro que me sorprendió por su título. La verdad es que no me resultaba especialmente sugerente pero, al abrir sus páginas, algo diferente captó mi atención. Quizás fue la frescura de su lenguaje y algunos párrafos que asimismo invitaban a la reflexión.

Aparte de mis devaneos con los libros de papel, decidí que por qué no salirme de mis estructuras intelectuales y permitirle algo más libre y novedoso a mi cerebro.

Y así fue cómo me encontré con la aparente (voy a decir) “superficialidad” de esta autora que sin embargo ha conseguido —con la precisión de su escritura— conmoverme,  a pesar de que sus historias y sus personajes parecen tan comunes.

Hace solo unos días encontré una referencia al libro de relatos titulado “Manual para mujeres de la limpieza”. La encontré en el Blog de Carlota Gastaldi (Premio Naccional de Periodismo 1995). Os invito a leerla completa. Entresaco aquí algunas líneas:

 

“Lucía Berlín ha sido comparada con la escritura secreta como la de Alice Munro, menos cáustica que la de Dorothy Parker y mucho más alegre que la de Raymond Carver. Sin embargo sí existe un misma manera de ver o de mirar la realidad. Los tres contemplan las relaciones humanas a través de la lente de la vida cotidiana, aunque cada cual lo haga imprimiendo un estilo propio.

El estilo de Lucía Berlin es alegre, fresco, natural, directo y contundente. Su tono es vital, declarativo, impetuoso, expansivo, vibrante, efervescente y lejos de repudiar la reflexión es también profundo.”

En su texto se refiere a la habilidad y sensibilidad de la autora para “retratar a sus personajes física y psíquicamente con su riquísimo repertorio expresivo”. También para “compensar una frase cortante o dura con un guiño de humor, logrando un efecto cómico al saber colocar un verbo en el lugar adecuado.”

Carlota dice del libro que es “un tapiz memorable, cosido con pequeños retales de vida en forma de deliciosos relatos. Escrito con el idioma universal de los sentimientos y la textura de un realismo que parece tener relieve.”


 

El vaho dulce de la afinidad

 

“Lo esencial es indefinible.
¿Cómo definir el color amarillo, el amor, la patria, el sabor a café?
¿Cómo definir a una persona que queremos?
No se puede.”

J.L. Borges.

 

El vaho dulce de la afinidad

 

Termino de leer el libro de Casilda Sánchez Varela y, como en otras ocasiones, me he quedado con la necesidad de volver a leerlo; de repasarlo, de disfrutar de su escritura más despacio.  Esta sensación curiosamente produce en mí una especie de salvación. Suele ocurrirme que cuando un libro me atrapa ralentizo la lectura a medida que voy acercándome al final porque acabarlo supone enfrentarme a un futuro vacío que me cuesta llenar hasta que “conecto” con un nuevo libro.

 

Por supuesto no le creí; le conocía bien, quizás nunca le había creído cuando decía que me amaba para no sentir el daño que sabía que me produciría llegar a estar en algún momento de la vida separada de él. Pero tampoco estaba resentida. Yo le amaba como a alguien “esencial”. Sin condiciones. El resto eran juegos de pasión y artificio, salvajes saltos de un abrazo a otro y golpes de efecto que mantenían a salvo nuestra vanidad.

Habíamos coincidido en varias ocasiones entre balances y declaraciones de impuestos, temas que ocupaban la mayor parte de las horas del trabajo de cada uno en empresas diferentes. Había asistido también a alguna de sus conferencias. Yo le admiraba como profesional. Admiraba su sobriedad y al mismo tiempo su empatía al transmitir su conocimiento. Calibraba con puntillismo cualquier documento que pudiera ser objeto de negociación y su talante siempre elegante era, en las situaciones complejas, de una serenidad cercana a la excelencia.

Pasaron los años y encontrarle de nuevo no alteró, en lo más profundo, mi recién estrenado equilibrio. Solo me dí cuenta de que era él cuando se levantó de la mesa que compartía con otras tres personas en el salón restaurante —supuse que socios o clientes del despacho—,  excusándose y retándome con la mirada a un abrazo, a medida que se aproximaba a la imponente puerta de madera maciza con cuarterones de cristal que nos separaba.

He dicho que no alteró mi recién estrenado equilibrio, y es cierto, pero me alegré inmensamente de poder abrazarlo, su cuerpo pegado al mío y el alma temblando como un trozo de papel rasgado de cualquier cuaderno con un pequeño poema escrito a mano, volteado por el viento y volando desorientado calle abajo.

Cuando sientes afinidad con alguien, puede decirse que hay una identificación tal con su espíritu que tienes la confianza y la seguridad plena de que esa persona, aún conociendo de tí los misterios más sombríos, las debilidades más infantiles, incluso los más infranqueables deseos y pasiones, no va a traicionarte jamás.

Solo pudimos repasar deprisa y desordenadamente nuestras vidas. Y convinimos en que “todo” estaba bien. No hubo despedida, unicamente las manos cogidas fueron soltándose mientras ambos retrocedíamos sonriendo, ambos con un impulso líquido en la mirada que sostuvimos con el dominio de los campeones.

Abrí el paquete que me había entregado el trabajador de la empresa de mensajería. No recordaba tener pendiente de recibir ningún libro ultimamente.

—Será un regalo— hizo un gesto de complicidad que agradecí sonriendo incrédula.

Podría ser, en realidad coincidió la entrega con la fecha de mi cumpleaños, pero no solía recibir presentes aparte de los estrictamente familiares. La portada decía:

“Te espero en la última esquina del otoño”.

 

Reproduzco un pequeño párrafo del libro.

El vaho dulce de la afinidad…

El día fue cayendo y con él, el vaho dulce de la afinidad; esa corriente ineludible que arrastra a dos personas que acaban de conocerse a querer conocerse más. La afinidad no es semejanza, ni se rige por las mismas leyes que la pasión o el amor, que pueden existir con independiencia de ella. La afinidad es armonía. Es ese momento sublime de alivio y exaltación en el que el propio espíritu se reconoce en alguien más. La misma fuerza misteriosa que lleva a las hojas de un árbol a orillarse en el río unas aquí y otras allá. Corrientes, pesos, casualidad, las leyes de la atracción. La naturaleza se agrupa de modo natural y nosotros también lo hacemos en una clasificación metafísica que trasciende edades, sexos, patrias y oficios. Quizás no seamos más que astillas extraviadas de un mástil remoto. Piezas concomitantes, los codo con codo de un algo indefinible anterior al estallido del universo, pedazos de un mismo todo que fue verdad millones de años, en esa eternidad previa a la eternidad que conocemos…

 

 

@mjberistain
imágen de “pasionporvolar.com”