Borges/El jardín de senderos…

 

Tengo que contaros algo.

Empecé a AMAR la Literatura cuando tenía diecisiete años. Entonces yo era una niña. Era la mayor de cuatro hermanas y la educación en mi casa era muy exigente. Sentía cómo crecía dentro de mí una cada vez más aguda necesidad de escaparme de aquella atmósfera un tanto sofocante para mi adolescencia y quise buscar en el exterior una vida que me permitiera “crecer” como persona. —Así pensaba yo— porque en aquél momento todo me era negado salvo asumir unas responsabilidades dictadas con devoción y corrección. El resultado de los esfuerzos que hiciera nunca sería el suficiente.

Mister Evans era una soñador; un filósofo, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre admirable con sus casi dos metros de altura que movía con una especie de desgana engañosa. Como su sonrisa. Como su mirada. Durante los años que estuvimos en contacto, él no olvidó nunca de vestir su vieja gabardina que llevaba desabrochada de forma permanente. Quizás fuese una seña de identidad. Otra, su pajarita, siempre de color verde oliva, que rodeaba y anudaba al cuello de su camisa arrugada y blanquecina. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Todos y cada uno de nosotros representábamos para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se extendía más allá de los horarios lectivos.

Supongo que en aquella época estábamos todos agradecidos de tener una persona con un cierto carisma paternal, un líder a quien admirar y seguir, siendo que estábamos todos muy lejos de nuestras familias.

Sus alumnos le adorábamos.

Empecé entonces a interpretar y comprender los textos más complejos y difíciles que había leído hasta entonces. Me atreví a delirar, lápiz en mano, frente a cientos de hojas de papel en blanco.

La vida me llevó más tarde a interpretar las historias que leía, o quizás era que mis vivencias, mis obsesiones, mis sueños, mis desvaríos los encontraba curiosamente en libros escritos por otros autores mucho antes de que yo hubiera nacido.

 

Notas poéticas encontradas en
“El jardín de senderos que se bifurcan”

Cuento escrito en 1941 por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges.

Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis.

Reflexioné que “todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…”

Mi voz humana era muy pobre…

Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio… como si alguien estuviera acechándome.

Un soldado herido y feliz.

El tren corría con dulzura, entre fresnos…

El camino solitario… lentamente bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.

La música era china. Por eso yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención.

Un farol de papel que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.

Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre…

 


 

Ver: Resumen del cuento
Imagen de Relatos caóticos


La gran belleza

 

 

Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia.
Y además, cualquiera puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida.

Louis-Ferdinand Celine
“Viaje al fin de la vida
Tomado del Blog de Jose Raúl Pérez Vergara

 

 

“Siempre se termina con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla, bla, bla, bla…

Todo está ahí, escondido, resguardado bajo la frivolidad y el ruido, y el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconsistentes destellos de belleza.

La decadencia, la desgracia y el hombre miserable, todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo bla, bla, bla, bla… 

En otros lugares hay otras cosas. A mi no me importan los otros lugares, así pues, que empiece la novela… En el fondo es solo un truco, sí, solo un truco.”

 

 

Reflexión final de la película “La gran belleza”


 

Intento eternizar lo huidizo

 

… lo decía Peter Handke en su “Poema a la Duración”

Era el año 1991 cuando conocí su obra. Desde entonces lo leo de vez en cuando porque me mantiene en esa duración que es la vida como un despertar. Se dijo entonces en su presentación (El País Año VII, Nº 305) que se trataba de una poesía meditativa, reflexiva, que razona y celebra al mismo tiempo, de lenguaje sobrio, nada aparatoso, nada especialmente lírico, y que busca explicar desde varios ángulos el contenido y el sentido de una experiencia singular y profunda.

El que no ha sabido lo que es la duración es que no ha vivido —dice en el prólogo del libro Eustaquio Barjau quien también se ha ocupado de la traducción—. La felicidad no es algo que pueda venirnos de la voluntad, es muchas veces algo que está muy cerca y de lo que pasamos de largo por no haberlo advertido, una gracia imprevisible, huidiza; algo a lo que solo cabe responder con una actitud y un modo de vida que pueda favorecer su llegada. Dice él mismo: El Poema a la duración es una obra que puede —no se sabe si pretende— producir un efecto saludable en un lector atento y empático. En definitiva una de las posibles funciones de la literatura.

Algunos versos… al azar:

Quería meter la cabeza en la hélice del barco,
del mismo modo como una vez quise meter la cabeza
por el cristal de la ventana de un mirador;
de esta forma quería apartarme de la belleza,
de la tierra, del paraíso,
de la ciudad santa, del amor engañoso.
Y este estado no pasó.
El resto del viaje seguí estando ausente,
con los ojos abiertos de par en par, de tristeza;
el corazón, un tic-tac de debilidad maligna,
un espíritu de vida, como tantas veces, trabajando,
en mi rincón cotidiano,
inclinado sobre las palabras,
las denominaciones originarias,
las protopalabras del hijo del hombre;
“la Tierra, la madre total”, “la sonrisa innumerable de las olas del mar”,…

***

Una vez más lo he sabido
el éxtasis es siempre demasiado.

***

La Duración no está vinculada al amor de los sexos.
Puede de la misma manera,
envolverte en el amor que ofreces ininterrumpidamente a un hijo;
y allí no necesariamente en las caricias,
pasándole la mano por la cara, besándolo,
sino, una vez más,
solo dando un rodeo por las cosas que no tienen importancia.

***

La duración no desplaza,
me coloca donde debo estar,
Saliendo de la luz del foco del diario acontecer,
huyo decidido al incierto campo de la duración.

Ocurre la duración
cuando en el niño,
que ya no es un niño
—tal vez ya un anciano—,
reencuentro los ojos del niño.

La duración no está nunca en la piedra imperecedera
de tiempos remotos,
sino en lo temporal,
en lo maleable.

Lágrimas de la duración, ¡tan poco frecuentes!
lágrimas de alegría…

***

Concluyo con unos versos que hice míos a lo largo de mi vida cuando, en varias ocasiones, he tenido que volver a empezar en destinos distintos.

Y, al fin
Feliz aquel que tiene sus lugares de duración;

ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño,
sin perspectivas de volver a su mundo,
nadie a quien han expulsado del paraíso*

Peter Handke 

(*) también referido a “su patria”


 

Dónde buscarte?

 

Escuchaba su voz; sus voces…

Sus ojos eran la entrada al templo para mi, que soy errante, que amo y muero.
Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.

Atravesaba el túnel de su canto.
¿A dónde me llevarán estas letras?

Yo quería que mis dedos penetraran las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Solo cuando un refrán reincidía, alentaba en mi la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro.

(Tu que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte?. Tal vez en este poema que voy escribiendo…)

 

A. Pizarnik (extracto)
Imagen: De la colección de Carlos Giménez-Poeta)

 

Las leyes del amor

“La poesía es hija del gran fracaso del amor”
Antonio Machado

 

Me asusta escribir la palabra “fracaso”.
Me incomoda cuando escucho a alguien pronunciarla. Tiene un fuerte componente despectivo, además del negativo. (es mi opinión).

Pienso que hay tanta vida detrás de ella, tantas ilusiones, tanto amor, tanto trabajo, tanto riesgo, tanta perseverancia, tanta humildad, que aplicarla a un ser humano es como un castigo o una condena para alguien que lo ha intentado todo por… (no voy a utilizar la palabra “triunfar” porque me resulta de un hedonismo superfluo) —decía que lo ha intentado todo— por alcanzar “un ideal”,  sea trabajar por un proyecto, optar a una mejor situación personal o profesional en su vida o en la de los demás. —No voy a hablar de conseguir ser amado por la mujer a la que se ama, o ser amada por el hombre al que se ama—. Podríamos pensar en tanta gente que aspira a sobrevivir porque el mundo en el que ha nacido ha podido resultarle complicado, hostil, aterrador, y que seguramente no se lo mereció nunca…

Dice el poeta…

“La primera ley del amor es que está destinado a morir, como todo lo que vive”.

“Que dure un día, un año, un mes
es marginal en el amor”.

“El compromiso es la segunda ley, según dice el poeta. Ven o vete”.

“Sé involuntaria, Sé febril,
No pidas, Arrebata y exige,
Resuella busca abrasa brama gime…
En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable”.

“La pasión amorosa, la experiencia erótica”.

“Tu piel contra mi piel, eso es lenguaje
Todo cuando pretenda enmudecerlo
maldito sea”.

“El amor no dura, y cuando cesa, duele”.

“Sufrir con humildad el fracaso de un amor no es tan solo un camino para llegar, alguna vez, hasta el futuro con buena salud amorosa; es reconocer que el sufrimiento es la única prueba de que aquello fue verdad, que la herida ha cercenado la dicha pero ha vuelto olorosa la memoria. Pues la memoria del amante merece y puede ser de sándalo.”

 

Referencias: Las Rubáiyátas de Horacio Martín (Félix Grande)
Imagen: El cambur


 

 

Ser culto y ser inteligente

“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.

De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.

Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.

Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.

¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.

En general no se conoce la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”.
¿Y cuál es esa diferencia?

El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.

Extracto del artículo publicado por Cultura Inquieta a partir de la obra de Samuel Becket.
Imagen de “culturizando.com”