La mitad de mi

Lo malo de sobrevivir es que consiste en perder tanto como ganas. Lo malo de ir avanzando es todo lo que dejas atrás. Llegas a cualquier parte y el sitio del que saliste empieza a parecerte mentira.

Separarse de algo es como partirse por la mitad, te convierte en dos personas diferentes, una que se queda con su propia historia, con los los recuerdos; tuvo amigos y quizás  enemigos, escribió algún libro, viajó bastante por ciudades de otro tiempo, estuvo a punto de morir dos veces, alguna tarde conoció a Lou Reed…

Y la otra parte que no tiene nada, pero que se ha quedado con su nombre, con sus libros, con su casa, con sus dudas…

Y ya vale para empezar de cero y no querer ser la parte de nada.

Quizás escriba alguna vez sobre algo que la otra parte dijo que soñó una noche: estaba en un lugar desconocido y había una tormenta de nieve: la vio caer durante horas, tal vez durante años; la vio tomar las calles y los tejados, acumularse poco a poco sobre sí misma; al fin salió el sol y al deshacerse la nieve apareció debajo una ciudad distinta, un mundo nuevo, más limpio, idéntico a un poema sin tachaduras o a un cuerpo sin cicatrices…

 

variaciones sobre texto de Benjamín Prado
Escultura Chillida

 

La gran belleza

 

 

Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia.
Y además, cualquiera puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida.

Louis-Ferdinand Celine
“Viaje al fin de la vida
Tomado del Blog de Jose Raúl Pérez Vergara

 

 

“Siempre se termina con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla, bla, bla, bla…

Todo está ahí, escondido, resguardado bajo la frivolidad y el ruido, y el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconsistentes destellos de belleza.

La decadencia, la desgracia y el hombre miserable, todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo bla, bla, bla, bla… 

En otros lugares hay otras cosas. A mi no me importan los otros lugares, así pues, que empiece la novela… En el fondo es solo un truco, sí, solo un truco.”

 

 

Reflexión final de la película “La gran belleza”


 

Intento eternizar lo huidizo

 

… lo decía Peter Handke en su “Poema a la Duración”

Era el año 1991 cuando conocí su obra. Desde entonces lo leo de vez en cuando porque me mantiene en esa duración que es la vida como un despertar. Se dijo entonces en su presentación (El País Año VII, Nº 305) que se trataba de una poesía meditativa, reflexiva, que razona y celebra al mismo tiempo, de lenguaje sobrio, nada aparatoso, nada especialmente lírico, y que busca explicar desde varios ángulos el contenido y el sentido de una experiencia singular y profunda.

El que no ha sabido lo que es la duración es que no ha vivido —dice en el prólogo del libro Eustaquio Barjau quien también se ha ocupado de la traducción—. La felicidad no es algo que pueda venirnos de la voluntad, es muchas veces algo que está muy cerca y de lo que pasamos de largo por no haberlo advertido, una gracia imprevisible, huidiza; algo a lo que solo cabe responder con una actitud y un modo de vida que pueda favorecer su llegada. Dice él mismo: El Poema a la duración es una obra que puede —no se sabe si pretende— producir un efecto saludable en un lector atento y empático. En definitiva una de las posibles funciones de la literatura.

Algunos versos… al azar:

Quería meter la cabeza en la hélice del barco,
del mismo modo como una vez quise meter la cabeza
por el cristal de la ventana de un mirador;
de esta forma quería apartarme de la belleza,
de la tierra, del paraíso,
de la ciudad santa, del amor engañoso.
Y este estado no pasó.
El resto del viaje seguí estando ausente,
con los ojos abiertos de par en par, de tristeza;
el corazón, un tic-tac de debilidad maligna,
un espíritu de vida, como tantas veces, trabajando,
en mi rincón cotidiano,
inclinado sobre las palabras,
las denominaciones originarias,
las protopalabras del hijo del hombre;
“la Tierra, la madre total”, “la sonrisa innumerable de las olas del mar”,…

***

Una vez más lo he sabido
el éxtasis es siempre demasiado.

***

La Duración no está vinculada al amor de los sexos.
Puede de la misma manera,
envolverte en el amor que ofreces ininterrumpidamente a un hijo;
y allí no necesariamente en las caricias,
pasándole la mano por la cara, besándolo,
sino, una vez más,
solo dando un rodeo por las cosas que no tienen importancia.

***

La duración no desplaza,
me coloca donde debo estar,
Saliendo de la luz del foco del diario acontecer,
huyo decidido al incierto campo de la duración.

Ocurre la duración
cuando en el niño,
que ya no es un niño
—tal vez ya un anciano—,
reencuentro los ojos del niño.

La duración no está nunca en la piedra imperecedera
de tiempos remotos,
sino en lo temporal,
en lo maleable.

Lágrimas de la duración, ¡tan poco frecuentes!
lágrimas de alegría…

***

Concluyo con unos versos que hice míos a lo largo de mi vida cuando, en varias ocasiones, he tenido que volver a empezar en destinos distintos.

Y, al fin
Feliz aquel que tiene sus lugares de duración;

ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño,
sin perspectivas de volver a su mundo,
nadie a quien han expulsado del paraíso*

Peter Handke 

(*) también referido a “su patria”


 

Dónde buscarte?

 

Escuchaba su voz; sus voces…

Sus ojos eran la entrada al templo para mi, que soy errante, que amo y muero.
Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.

Atravesaba el túnel de su canto.
¿A dónde me llevarán estas letras?

Yo quería que mis dedos penetraran las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Solo cuando un refrán reincidía, alentaba en mi la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro.

(Tu que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte?. Tal vez en este poema que voy escribiendo…)

 

A. Pizarnik (extracto)
Imagen: De la colección de Carlos Giménez-Poeta)

 

Las leyes del amor

“La poesía es hija del gran fracaso del amor”
Antonio Machado

 

Me asusta escribir la palabra “fracaso”.
Me incomoda cuando escucho a alguien pronunciarla. Tiene un fuerte componente despectivo, además del negativo. (es mi opinión).

Pienso que hay tanta vida detrás de ella, tantas ilusiones, tanto amor, tanto trabajo, tanto riesgo, tanta perseverancia, tanta humildad, que aplicarla a un ser humano es como un castigo o una condena para alguien que lo ha intentado todo por… (no voy a utilizar la palabra “triunfar” porque me resulta de un hedonismo superfluo) —decía que lo ha intentado todo— por alcanzar “un ideal”,  sea trabajar por un proyecto, optar a una mejor situación personal o profesional en su vida o en la de los demás. —No voy a hablar de conseguir ser amado por la mujer a la que se ama, o ser amada por el hombre al que se ama—. Podríamos pensar en tanta gente que aspira a sobrevivir porque el mundo en el que ha nacido ha podido resultarle complicado, hostil, aterrador, y que seguramente no se lo mereció nunca…

Dice el poeta…

“La primera ley del amor es que está destinado a morir, como todo lo que vive”.

“Que dure un día, un año, un mes
es marginal en el amor”.

“El compromiso es la segunda ley, según dice el poeta. Ven o vete”.

“Sé involuntaria, Sé febril,
No pidas, Arrebata y exige,
Resuella busca abrasa brama gime…
En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable”.

“La pasión amorosa, la experiencia erótica”.

“Tu piel contra mi piel, eso es lenguaje
Todo cuando pretenda enmudecerlo
maldito sea”.

“El amor no dura, y cuando cesa, duele”.

“Sufrir con humildad el fracaso de un amor no es tan solo un camino para llegar, alguna vez, hasta el futuro con buena salud amorosa; es reconocer que el sufrimiento es la única prueba de que aquello fue verdad, que la herida ha cercenado la dicha pero ha vuelto olorosa la memoria. Pues la memoria del amante merece y puede ser de sándalo.”

 

Referencias: Las Rubáiyátas de Horacio Martín (Félix Grande)
Imagen: El cambur


 

 

Ser culto y ser inteligente

“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.

De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.

Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.

Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.

¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.

En general no se conoce la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”.
¿Y cuál es esa diferencia?

El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.

Extracto del artículo publicado por Cultura Inquieta a partir de la obra de Samuel Becket.
Imagen de “culturizando.com”