Las leyes del amor

“La poesía es hija del gran fracaso del amor”
Antonio Machado

 

Me asusta escribir la palabra “fracaso”.
Me incomoda cuando escucho a alguien pronunciarla. Tiene un fuerte componente despectivo, además del negativo. (es mi opinión).

Pienso que hay tanta vida detrás de ella, tantas ilusiones, tanto amor, tanto trabajo, tanto riesgo, tanta perseverancia, tanta humildad, que aplicarla a un ser humano es como un castigo o una condena para alguien que lo ha intentado todo por… (no voy a utilizar la palabra “triunfar” porque me resulta de un hedonismo superfluo) —decía que lo ha intentado todo— por alcanzar “un ideal”,  sea trabajar por un proyecto, optar a una mejor situación personal o profesional en su vida o en la de los demás. —No voy a hablar de conseguir ser amado por la mujer a la que se ama, o ser amada por el hombre al que se ama—. Podríamos pensar en tanta gente que aspira a sobrevivir porque el mundo en el que ha nacido ha podido resultarle complicado, hostil, aterrador, y que seguramente no se lo mereció nunca…

Dice el poeta…

“La primera ley del amor es que está destinado a morir, como todo lo que vive”.

“Que dure un día, un año, un mes
es marginal en el amor”.

“El compromiso es la segunda ley, según dice el poeta. Ven o vete”.

“Sé involuntaria, Sé febril,
No pidas, Arrebata y exige,
Resuella busca abrasa brama gime…
En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable”.

“La pasión amorosa, la experiencia erótica”.

“Tu piel contra mi piel, eso es lenguaje
Todo cuando pretenda enmudecerlo
maldito sea”.

“El amor no dura, y cuando cesa, duele”.

“Sufrir con humildad el fracaso de un amor no es tan solo un camino para llegar, alguna vez, hasta el futuro con buena salud amorosa; es reconocer que el sufrimiento es la única prueba de que aquello fue verdad, que la herida ha cercenado la dicha pero ha vuelto olorosa la memoria. Pues la memoria del amante merece y puede ser de sándalo.”

 

Referencias: Las Rubáiyátas de Horacio Martín (Félix Grande)
Imagen: El cambur


 

 

Ser culto y ser inteligente

“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.

De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.

Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.

Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.

¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.

En general no se conoce la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”.
¿Y cuál es esa diferencia?

El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.

Extracto del artículo publicado por Cultura Inquieta a partir de la obra de Samuel Becket.
Imagen de “culturizando.com”

Saramago

 

Reblogueo este comentario escrito por Carlota Gastaldi en su Blog “lacuevademislibros.com”


“Las intermitencias de la muerte” de José Saramago

 

las_intermitencias_de_la_muerte     El libro de hoy es una magnífica novela en la que José Saramago (Azinhaga, 1922-Lanzarote, 2010) se recrea en la ficción de uno de los sueños de la humanidad desde el principio de los tiempos, un hecho absolutamente contrario a las normas de la vida: que la gente no muera. Esta ficción artificiosa es una paradoja tan ingeniosa como demoledora y se convierte en un ejercicio introspectivo de hondísimo calado.

     Saramago es la escritura pensada, lastrada de ingenio, la realidad sepultada y vuelta a resucitar. Saramago es un explorador que escudriña el alma desde un ángulo nuevo, no siempre benévolo.

Aquí todo sucede de la noche a la mañana. La muerte ha desaparecido. Nadie sabe cómo ni por qué ha sido. El gobierno investiga las causas. Lejos de tratarse de un hecho afortunado, la muerte de la muerte, permítaseme la acrobacia, es la peor de las pesadillas. Y a todos araña, a personas, a instituciones, etc. La sociedad pasa a ser un cementerio de vivos, de seres que viven en un estado de muerte suspendida —digámoslo así—, sumergida en un infinito caos.

El paro de profesionales que ganan su pan con trabajos sempiternos se extiende con la bravura de un magma invasivo. Sin la tijera de la muerte el negocio funerario no camina, no más coronas de flores con cinta moradalos, y los seguros de vida son una clamorosa estupidez. Los filósofos, ¡ay! los filósofos, se tornan ridículos, pues es sabido que se filosofa porque sabemos que moriremos —como dijo Cicerón, “filosofar no es más que aprestarse a la muerte” y el mismísimo monsieur de Montaigne, con aquello de que “filosofar es aprender a morir”—. Los hospitales son nichos de cuerpos matusalénicos eternamente terminales, eternamente agarrados al borde de la vida. La Iglesia no tiene respuesta a qué es el paraíso, el purgatorio o el infierno, y lo que es peor, no tiene respuesta a la cruel pregunta de qué hacer con los viejos.

     Saramago, autor del ritmo, de quiebros en el estilo, construye esta magistral novela con los pliegues y distorsiones de siempre, con los que nos tiene acostumbrados. Saramago, lo tomas o lo dejas. Lo suyo es fabricar literariamente personajes que dialogan sin diálogos, que existen sin identidad, que habitan mundos desconocidos y, a veces, viven sin tiempo. O con todo el tiempo. Su desbordante creatividad para llegar a las catacumbas del alma me tiene enamorada. En la creación de estos seres inmortales aparca la rigidez de las normas para bruñir la escritura en su molde, para forjar el lenguaje en su peculiarísima fragua. El portugués tuerce, retuerce, y estira los convencionalismos hasta lo imposible. El resultado es un drama cómico, o una comedia dramática, por el modo de contarlo una no sabe bien cuál es el derecho del calcetín, que llega a nuestros oídos disfrazado de fábula. Y como todas ellas, trae un sabroso huevo Kinder con mensaje moral: hay que aceptar la muerte como una consecuencia lógica de la vida. Hay que vivir teniendo conciencia de la muerte.

El Nobel, sin él saberlo, con esta novela legitima la creatividad como la cualidad esencial del escritor, la que le define, la que constituye el corazón de su oficio. A quién se le ocurre la huelga de la muerte. Menudo soplo huracanado a la rica imaginación. Novelar no es narrar, sino crear. Y crear es tutearse con la magia del arte. Saramago, que conoce de cerca algún truco secreto, en “Las intermitencias de la muerte”  dibuja otra vez, con el preciso grafito de la palabra, una silueta del ser humano fabulada, fabulosa y, ya puestos, también favorita.

Buenos días y buenas lecturas.

Soledad Puértolas

Contestación al discurso leído por Clara Janés el 12/6/2016 con motivo de su incorporación a la REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

que tituló “Una estrella de puntas infinitas”. (En torno a Salomón y El cantar de los cantares)

 

Algunas frases de Soledad Puértolas sobre LA POESÍA

 

La Academia nos viene a recordar el valor de la poesía, esa misteriosa dama encargada de dar aliento y luz a la aridez de la vida y de dotarla de contrastes, complejidad y hondura, y que nos hace un extraordinario regalo, la intuición de la trascendencia.

La poesía crea un territorio donde la temporalidad tiene un valor esencialmente simbólico, metafórico. La luz que irradia es atemporal. Esa cualidad de presente perpetuo supone un contrapunto al constante fluir del tiempo y de la vida. El poema es, sin duda, uno de los frutos más delicados de la lengua.

El terreno de la poesía no se asienta sobre lo necesario ni sobre lo infalible. En él las palabras adquieren nuevos atributos, iluminan, revelan, desvelan, siembran, inquietan… Es un terreno de límites confusos, límites humanos y, por eso mismo, frágiles y perecederos, pero llenos de anhelos de eternidad.

Es preciso prestar atención a las palabras de los poetas, deternernos en estas palabras que pretenden atravesar límites, penetrar en abismos, alcanzar invisibles alturas.

Sin las palabras de los poetas, sin poesía, una lengua perdería profundidad, color, sabor, olor, música.

La poeta Clara Janés escribe poesía en ese tono inconfundible de quien busca una verdad que se vislumbra efímera, fugitiva, pero intensa y profunda, inapelable, cuando, despojado de todo, desnudo, un ser humano se enfrenta a su temporalidad, y no la acepta, no la puede aceptar. Su grito es de dolor y de triunfo. Su palabra cargada de silencio, es el triunfo. Y lo hace con asombrosa naturalidad, con esa elegancia que consiste en quitar importancia a las cosas que, al ser indiscutiblemente importantes, no necesitan ser subrayadas.

¿Qué buscamos? Destellos de luz, premoniciones de belleza. Trasladarnos al lugar donde la luz es posible. Y todo es posible entonces, no importa que dure lo que dura un suspiro. Pero importa. Sí. Importa, y por eso la meta es tan deseable. Ese destello que quisiéramos retener para siempre, con el que desearíamos fundirnos.

Nos reconocemos en nuestra sed de amor, en nuestra propia oscuridad, en cuestas que ascienden y descienden, e fatigas y desánimos que piden un instante más de vida. El instante decisivo. Ese destello, decisivo, de vida.

La serenidad de que este era, y no otro, el camino que queríamos emprender. El aire está atravesado de dudas, contradicciones, silencios. Pero era aquí donde queríamos estar, en este laberinto.

El hilo que nos ha traído hasta aquí es el ritmo de las palabras. El ritmo de las palabras cobra el ritmo de los pasos, de la andadura, de la joven que anda por la calle. Ahí está el enigma: lo que nos une perpetuamente. La calle, los pasos, la vida que atrapa y expulsa, que retiene y abandona. Solo el ritmo nos puede sostener.

Los enigmas son consustanciales a la escritura y están en el mismo centro; en el corazón de las palabras. que persiguen a tientas el momento sublime de la unión con lo amado.

Dos de los más importantes referentes de la poesía de Clara Janés son Cioran y María Zambrano.

Para Cioran “Poesía significa desmayo, abandono, no ofrecer resistecia al hechizo. Y como todo hechizo equivale a desaparición”

Para María Zambrano: “La poesía es lo único rebelde ante la esperanza de la razón. La poesía es embriaguez y solo se embriaga el que está desesperado y no quiere dejar de estarlo, el que hace de su desesperación su forma de ser, su existencia.”

“La vida es como esa música que cruza la oscuridad”, dijo Clara. Música y Luz son señales de lo mágico, el misterio, lo desconocido, lo que se desea alcanzar, tocar, el lugar donde perderse.

Platón en “El Banquete”, afirma que el arte es “engendrar belleza”, hacer que algo pase de no ser al ser”

Rainer M. Rilke considera que “la experiencia artística está tan increíblemente cerca de la sexual en su dolor y gozo que ambos fenómenos en realidad son solo formas diversas de una idéntica ansia y dicha”.

Poesía es, una forma de humildad, porque exige un total despojamiento,

Belleza y Decadencia

¿Es posible que coexistan belleza y decadencia?.

Pienso mientras voy recogiendo del suelo pequeños pétalos de estas flores, casi marchitas.

¿Qué encuentro en ellas que me hacen dejarlo todo y buscar mi nikon para dedicarles unos minutos antes de que vuelvan a la tierra que un día dio vida a su belleza…?

No busco nada, solo observo, ellas me hablan. Algo quieren decirme antes de entregarse a los brazos de la muerte. ¿Qué fue de sus jugosos labios rosados, de su intensa mirada azul, del verde esperanza de sus ropajes? Respeto su momento; su duelo. Respeto el duelo de su estética; sus venas arrugadas, su carmín descolorido, las ocres puntillas rematando sus galas de ceremonia, sin transparencias.  Respeto el gris destello de sus incertidumbres, su débil respiración entrecortada, sus vagos movimientos rozándose en silencios  trascendentes… Su mirada opaca evocando lo efímero, la fugacidad de todo…

Pero no existe deterioro en sus almas.
Viven el capricho de una nueva realidad, más sutil, más delicada, más despaciosa…

Schopenhauer defendía que en la contemplación estética el sujeto, frente al espectáculo que tiene ante sí, puede escaparse un momento de los sufrimientos de su existencia.

Y termino con una frase que recuerdo de un artículo de Tania Marrero:

“La decadencia solo es el epílogo de la contemplación de la belleza sublime.”


@mjberistain


 

El impermeable azul

 

“La última vez que te vi fue hace más de dos años… Hoy releo este pequeño texto que escribí entonces. Aparto despaciosamente las lágrimas que me asaltan y recibo con respeto tu abrazo de silencio.”

Caminabas cabizbajo embutido en tu viejo impermeable azul de hombros gastados; las manos eternamente en los bolsillos. Te imaginé con una finísima rama de tamarindo entre los labios.

Entre sombra y sombra iluminaban tu figura hilos de luz amarillenta de las antiguas farolas del paseo. Una lluvia persistente se escurría desde tu gorro hasta la bruma de tus ojos casi cerrados contra el viento. Arrastrabas tus pasos con ritmo quejumbroso y lento como el de aquellas viejas canciones de piano bar, luchando tal vez, a corazón abierto, contra un futuro comprometido.

 

Leía estos días un artículo de Rosa Montero en el que decía:

… la enfermedad sólo adelantó cruelmente esa decadencia que todos los humanos hemos de afrontar. A medida que cumples años, a medida que envejeces, te vas acercando a los confines del mundo. El pasado tira de tí como si llevaras a la espalda una mochila de piedras y empieza a asustarte mirar hacia adelante. Dentro de poco comenzará la edad de la heroicidad.

 

Todavía estamos a tiempo. Quiero decirte que respeto tu silencio; sin ganas, pero  a alguien necesito decirle que me gustaría acompañarte en el camino, también en esta etapa de la vida, como en aquellos años en los que nos crecían pequeños poemas por cualquier esquina y subrayábamos con tinta temblorosa frases que nos identificaban y que nos hubiera gustado poder firmar.

Te acuerdas?

Bueno, en realidad ésto es sólo una reflexión. Soy consciente de que esta pregunta es pura retórica porque se la estoy haciendo a la página en blanco con quien mantengo una relación de soledad estrecha desde que tú no revisas mis papeles.

Porque escribir era como subirse a una cometa con cintas de colores en manos de un niño sin saber por dónde le dará el aire. Era volar muy alto y caer de bruces y remontar el vuelo a duras penas, una vez y otra vez con las alas hechas trizas, hacia una nueva dimensión.

Eramos arrogantes, sin experiencia. Jugábamos a ser poetas, “si es que se puede llamar poesía a eso de escribir en líneas que no llegan al borde de la cuartilla”. —como decía Leonard Cohen—. Había algo misterioso y bello en envolver con endecasílabos las cenizas de vida que quemábamos. Compartíamos versos, espacios en blanco e incluso los puntos suspensivos hasta que la pena, la desilusión o los miedos caían derrotados.

Sé que prefieres hacer el camino en silencio, a solas, —ya me lo has dicho— y aunque reconozco un punto de dolor y decepción en mi amistad, respeto tu libertad. 

imagesCAMINO SANTIAGOMe gustaría acompañarte en el camino…

Prometería no incomodarte.  Llevarte té caliente y pastas de naranja cuando tu ánimo flaqueara. No te daría conversación, sólo me sentaría algún rato contigo a escuchar tus silencios, o a leerte poemas conocidos, y cuando te recuperaras, tu sonrisa sería mi amuleto. Me marcharía despacio en dirección contraria a tu destino.

 

 

@mjberistain
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