La desmemoria

Hace solo unas horas he descubierto un Blog al que he llegado por medio de una reseña que se ha hecho de la obra de mi amiga y gran poeta Isabel Fernández Bernaldo de Quirós, a raíz de la reciente presentación de su cuarto libro de poesía titulada “La senda hacia lo diáfano”, publicada por Editorial Vitruvio.

En este caso quiero referirme a la persona que firma el blog: Carlos Alcorta.
“carlosalcorta – Literatura y Arte”

A él agradezco el haberme animado a reflexionar sobre un tema que estos días me he aventurado a incluir en alguno de mis escritos, llamado en términos poéticos “desmemoria”, como un estado “voluntario y temporal” entendido como ayuda para la sanación emocional.

***

«Quien vive sin memoria no ha salido aún del paraíso». Ese estado virginal, esa referencia a la pureza resulta conmovedora porque revela un estado anterior al pecado y a la penitencia que este lleva aparejada, pero, por más que poéticamente vivir sin memoria resulte una metáfora de la inocencia, del paraíso perdido, no deja de ser un impedimento que coarta el futuro y tergiversa el presente al mostrar una visión sesgada de la existencia.

La memoria es fundamental para consolidar ese proceso en construcción permanente que llamamos identidad, pero, además, la memoria posee una función colectiva, histórica, de suma importancia para reconocernos en lo ajeno, en el prójimo, en el otro, incluso para que ese otro se reconozca, a su vez, en nuestra mirada. Quien vive sin memoria vive como si no estuviera despierto del todo, vive de espaldas a la realidad y renuncia a aquello que Thoreau llamó “la herencia del mundo”. Por eso no es conveniente dejar que crezcan a nuestro alrededor las zarzas del olvido. El olvido ningunea a las personas e invisibiliza acontecimientos, aviva la ausencia y espolea la ignorancia, por más que olvidar sea necesario para asimilar la crudeza de la realidad: «Olvidar —escribe Carlos Castilla del Pino— es una forma, económicamente necesaria, de disolver aquella parte de nosotros que, por diversas razones (algunas conocidas, otras ni siquiera cognoscibles), no toleramos. Cada recuerdo (de alguien, sobre algo y en algún lugar) es un Yo. Entre uno y otro Yo se abren fisuras, que a menudo se suturan mediante recuerdos o seudorecuerdos (las imprecisamente denominadas “ilusiones de la memoria”)».

Deducimos de lo dicho más arriba que, al menos, hay dos tipos de olvido. Uno olvido inconsciente que cauteriza las heridas y ejerce un efecto salvífico y otro de consecuencias nocivas, un olvido voluntario que actúa como un disolvente cuyo fin es deshacerse de todo aquello que, por una razón u otra nos resulta molesto o antipático. Las instituciones, los organismos públicos y privados, la colectividad en general suelen ser quienes emplean esta treta con mayor prodigalidad, pero sin ostentar el monopolio; no es infrecuente encontrar individuos que cultivan ese absentismo evocativo.



Carlos Alcorta – Literatura y Arte

extractado de la reseña sobre el libro de Manuel Arce titulado “Un árbol solitario”
Imagen: Cara de mujer de Picasso

 

El espíritu del Jazz

Tomo este documento de la Revista de Música Codalario.com

“La diferencia entre la composición y la improvisación es que en la composición dispones de todo el tiempo necesario para decidir qué decir en 15 segundos, mientras que en la improvisación solo tienes 15 segundos”. Steve Lacy

                     

   Por Juan José Silguero

Desde el punto de vista de la interpretación, el jazz se caracteriza por la improvisación. A su vez, la improvisación musical se puede definir como el arte de crear la obra musical en el mismo momento de su ejecución, una creación que, evidentemente, solo es posible mediante el conocimiento y el dominio de una serie de convenciones musicales que le son propias, ya sea en forma de escalas o giros armónicos característicos, como mediante un fraseo, un sentido rítmico y un sonido que hace rápidamente identificables a sus ejecutantes, tal y como a algunas personas se las reconoce enseguida por su voz o sus andares.

   Pero la improvisación no la inventó el jazz… ni mucho menos. Los grandes compositores del pasado también la utilizaron con frecuencia, ya fuese como íntima “divagación” musical, como foco de ideas -tal y como el escritor sabe dejarse llevar por el libre vuelo de su fantasía y utilizarla más tarde-, o, en última instancia, para el simple disfrute del gran público, siempre tan agradecido con aquello que abarca con facilidad.

Lo que a ninguno de ellos se le ocurrió pensar es que una improvisación musical, por inspirada que fuera, pudiese considerase algún día como arte profundo y trascendente, más allá de su mera distracción…

   Beethoven, por ejemplo, que era un incansable trabajador, despreciaba abiertamente esa forma de expresión musical, y achacaba su encanto a la infantilidad del público, y a su escasa preparación. Por cierto que Beethoven era un magnífico improvisador, tanto que, al llegar a Viena, se hizo famoso mucho antes por sus improvisaciones que por sus composiciones. En cambio, podía tardar más de un año en componer una sonata.

   Este dato resulta particularmente revelador.

   La improvisación jazzística (al igual que cualquier otro tipo de improvisación en realidad) puede llegar a resultar tan encantadora e hipnótica como uno pueda imaginar; urgente, sugerente, sugestiva incluso…

   Pero nada más.

   Pretender considerarla como arte imperecedero solo por lo sofisticado de su expresión y lo espontáneo de su discurso resulta tan miope y absurdo como tratar de establecer el tamaño de una obra literaria por el simple dominio de la palabra del autor o, aún peor, por su conocimiento de la sintaxis.

   La improvisación de jazz, de hecho, no contiene en sí misma mucho mayor valor artístico -entendiendo como tal aquel que incluye trascendencia- que el de una conversación fluida e interesante, esto es, más bien escaso.

Por un motivo sencillo: la obra de arte perdurable, inmortal, no solo se sustenta en la imaginación y la inspiración espontánea del artista (que también), sino, sobre todo, en su elaboración práctica y especulativa, empírica y filosófica, a lo alto y a lo ancho de la misma podríamos decir, esa que solo es posible mediante una férrea disciplina intelectual, emocional y nerviosa, y que utiliza como material de construcción la intuición artística; la misma, en definitiva, que solo el artista genial es capaz de identificar y de atrapar (algunas veces, no siempre), y llevar a cabo mediante una inversión de tiempo y un esfuerzo extraordinario.

   Pues, si de verdad hay algo que exige ese incognoscible milagro, ese regalo de los dioses, es tiempo. También amor por cierto, y paciencia, y constancia… pero sobre todo tiempo, montañas de tiempo, mucho más allá del simple genio del artista.

   La obra de arte se proyecta hasta cotas mucho más elevadas que las proporcionadas por el mero dominio del medio, el buen gusto, o el discurso ingenioso y encantador.

   “¡Pero el jazz es complejo!” claman otros, “¡difícil de hacer!”.

   En efecto, su lenguaje resulta más elaborado que el de otros tipos de música (lo cual tampoco es para rasgarse las vestiduras, por cierto), pero no es menos cierto que su representación final tampoco se distingue gran cosa, en cuanto a dificultad se refiere, de lo exigido por muchas otras disciplinas, ya sea la del propio lenguaje como la de los números, por poner solo dos ejemplos.

Pero, incluso aunque así fuese… incluso aunque se tratase del más complejo de los medios, del más intrincado de los lenguajes… ¿Por ser difícil habría de ser grande? Complejidad no significa calidad, no es así como funciona. Y, aunque siempre suceda más o menos lo mismo –aquello que mejor hacemos pretende nuestra vanidad que también sea lo más difícil de hacer–, lo cierto es que no tiene por qué coincidir, ni siquiera en su aspecto formal.

   En cambio, y con sorprendente frecuencia, lo complejo es tomado por lo profundo, del mismo modo que se toman por profundas las aguas revueltas, solo porque en ellas no se alcanza a ver el fondo…

   Se tiene, por ejemplo, y erróneamente, por más inteligente y sagaz al juego del ajedrez que al de las damas (como ya señalara Poe en su día), dada la multiplicidad de sus movimientos y lo intrincado de sus posibilidades. Pero una mayor complejidad no garantiza una mayor penetración; sino más bien al revés. El peligro de perderse entre la madeja de la técnica es mayor cuantos más elementos contiene. Así, el humilde jugador de damas y sus sencillos movimientos, por no depender de lo múltiple sino de la simple y desnuda capacidad de sus facultades imaginativas, se ve obligado a llegar mucho más lejos en su abstracción que el frívolo ajedrecista y la inagotable versatilidad de sus movimientos complejos.

El valor de la complejidad tampoco tiene demasiado que ver con el de la estética, por cierto, por más que la acomplejada jactancia de tantos creadores pretenda lo contrario… El tortuoso Iago siempre será pobre frente a la belleza modesta y sencilla de la joven Desdémona. La misma creatividad no es más que accesoria, mero material de construcción, por carecer de toda utilidad hasta el preciso momento de su elaboración artística. Y hasta la forma musical se diluye por la propia naturaleza del discurso improvisatorio, dando lugar a obcecaciones o a banalidades, antes que a verdaderas ideas musicales.

   “El demasiado improvisar vacía tontamente la imaginación” decía Víctor Hugo.

   Y tenía razón.

   La palabra, por sí sola, no es arte, por ingeniosa y sofisticada que sea.

   El sonido tampoco.

   La perfección del medio, en definitiva, por elaborado que resulte, no es directamente proporcional a la calidad artística de la obra, a Dios gracias. Muchas de las maravillosas mazurkas de Chopin son de una simplicidad musical desconcertante. En cambio, todas ellas contienen ese sello incomprensible y genial del arte, ese que se manifiesta a través de una voz seductora, secreta, haciendo intuir al oyente la presencia de un paraíso desconocido y cercano… el mismo que se desliza, inexorable, sobre carriles de acero, en línea recta hacia el corazón humano.

   ¿En qué lugar reside ese sello? ¿De qué depende?

   Nadie lo sabe.

   Lo que sí se sabe (al menos los grandes lo han sabido siempre) es que el contenido artístico perturbador e inabarcable, eterno, requiere de un esfuerzo creador mucho mayor que el de la simple inspiración fugaz, por extraordinaria que ésta sea. Cabe recordar, una vez más, que los grandes artistas se han caracterizado siempre y sin excepción por ser también los más grandes trabajadores, por mucho dominio que tuvieran de sus herramientas. La chispa divina existe, por supuesto que existe, tal y como existe la arcilla. Ambas han de ser trabajadas. Pretender situar la interpretación de jazz a la altura de las grandes creaciones por su simple dominio técnico y su creatividad, por su encantadora lírica y sus giros inesperados realmente parece tan pueril y arbitrario como considerar una inspirada y fluida conversación de sobremesa como obra de arte.

   Pero resulta que el jazz se desenvuelve en ese medio que contiene las cosas más exquisitas… ese que es capaz de hacer fascinante hasta el más somero de los discursos. Además, se lleva a cabo con aparente complejidad, sensuales timbres y extravagancias gestuales…

   Su atractivo, aunque solo sea por incomprensión, está garantizado.

Ver original en la Revista de Música Codalario.com



Ser culto y ser inteligente

“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.

De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.

Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.

Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.

¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.

En general no se conoce la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”.
¿Y cuál es esa diferencia?

El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.

Extracto del artículo publicado por Cultura Inquieta a partir de la obra de Samuel Becket.
Imagen de “culturizando.com”

Colores

Alberto Corazón escribe sobre la Pintura de Vicente Verdú

(Extracto)

Ver el documento publicado por la Revista El País “Todos los colores de Vicente Verdú“.


 

AZUL – Todo el espacio es azul, el cielo, el mar, el planeta es azul

El azul tiende gradualmente a la disolución del color, nunca llega a perderse, pero puede rozar la línea de lo muy distante, la magnífica pureza de la lontananza.

El azul escapa a nuestras manos para llegar rápidamente a la línea del horizonte. El Azul está ligado a la llegada a la inconsciencia…

BLANCO – El lugar de la pureza. La otra cara de la muerte.

El blanco perfecto puede ser la perfecta imagen de una perfecta crueldad. El blanco se inclina a matar cuando toca… El fin del mundo no será un paisaje de tinieblas sino de un tremendo claror.

De blanco se pinta el pánico, la ausencia total del valor.

NEGRO – Nada se concibe con la ausencia del negro. El negro viene a ser como el asiento fundamental del ser cromático. Sin negro no hay vida.

El blanco mata, el negro procura inmortalidad.

La apropiada ración de uno y otro humaniza.

VERDE – Tiziano soportaba mal el universo de color verde. Cuando representaba los bosques, las forestas lo hacía envolviéndolos en llamas,
representándolos así con los colores negros, rojos…

El verde se desliza, viaja, se pervierte o glorifica, puede decir prácticamente todo.

AMARILLO – Representa al pigmento más altivo y rebelde. El más nervioso e ilegítimo. Muy duro dentro de la comunicación cromática, en donde siempre aparece como una personalidad desobediente, difícil de dominar y de amortiguar su chirrido. Su parecido al oro adultera su esencia. El oro es redondo y señorón mientras el amarillo es vertical y agrede.

Hacia arriba todo es azul o negro, hacia el centro de la Tierra todo es negro o rojo. Lo amarillo sería el equivalente a un precipicio terrenal cuyo vértigo lleva a los despeñamientos del cuerpo.


 

Leer enseña a pensar.

Deseo incorporar a mi blog las palabras de LOLA VELASCO
que he encontrado en su blog amanececadadia.com

leer

Es de todos bien conocido que leer aporta múltiples beneficios. Muchas generaciones hemos dedicado horas de ocio a la lectura y hemos aprendido en la escuela a través de los libros de texto. Leyendo se aumenta el vocabulario, se mejora la ortografía y la expresión. La lectura proporciona modelos de expresión lingüística y potencia el pensamiento y la reflexión dotando al lector de nuevas visiones y conocimientos.

Cuando los niños empiezan a leer consiguen en el primer escalón una lectura mecánica que será una herramienta básica para el posterior aprendizaje. A medida que avanza su control y la velocidad lectora empiezan a desarrollar en paralelo la comprensión indispensable para el estudio de los contenidos de otras materias. Sin una buena comprensión lectora no hay un buen aprendizaje. Un buen lector tendrá éxito en la asimilación de la información. Indiscutiblemente cuando se adquiere la capacidad de comprender y asimilar lo que se lee se entra en la fase de la reflexión, a través de la cual desarrollamos un criterio y emitimos un juicio. En definitiva, hemos aprendido a pensar sobre contenidos desconocidos, sobre otras visiones y vivencias distintas a las nuestrasSomos más independientes y menos manipulables porque somos capaces de reflexionar sobre los hechos a través de variadas fuentes de información desarrollando un criterio propio. Leer enseña a pensar.

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En la actualidad se  observa que las nuevas generaciones de niños y jóvenes, que ya son nativos informáticos, carecen de hábitos de lectura y son fácilmente manipulables. Obtienen la información usando las nuevas tecnologías, así como las incluyen en sus tiempos de ocio. Las redes sociales proporcionan un intercambio de opiniones a debate y Google se convierte en la fuente del conocimiento, es el maestro Google, el médico, el farmacéutico o el terapeuta Google. Los libros pasan a un plano muy secundario y en raras ocasiones constituyen un divertimento. Las nuevas pedagogías obstaculizan el esfuerzo que requiere la lectura porque tienden a sustituir  los libros de texto impresos  por contenidos virtuales de los mismos para hacerlos más  atractivos, potenciando la interacción por encima de la lectura individual y reflexiva mediante la cual se internalizan los conceptos. Es necesario encontrar un punto de equilibrio y proporcionar a los niños y a los jóvenes momentos en la escuela y en la casa para que lean y se habitúen a la lectura sin demonizar por ello el uso controlado de las nuevas tecnologías.

 

Un libro nos pone en contacto con escenarios y culturas diferentes. Cuando leemos una novela se despierta nuestra creatividad, imaginando y anticipando los acontecimientos. Nos sorprende, nos intriga, emociona y revive en nosotros deseos, emociones e ilusiones. Una novela es una aventura en la que nos fundimos es sus personajes y vivimos ávidamente su historia. Leer también nos aporta conocimiento e información y tras ello las reflexiones pertinentes mediante las cuales formamos nuestro criterio. A través de la lectura liberamos nuestra mente y desarrollamos una visión más amplia y compleja de la realidad basada en una percepción  propia.

Con mi agradecimiento y respeto.


 

Escribo para ser diferente

Con mi agradecimiento a Santiago Pérez quien en su día, a propósito de este tema,
me ofreció este link cuyo contenido hoy repaso y deseo compartir. 

http://www.revistaminerva.com/articulo.php?id=400


El escritor, traductor y crítico zaragozano Félix Romeo reflexiona en un texto autobiográfico en torno a sus inicios en la escritura y los motivos que le llevaron a dedicarse a ella.

Escribo para ser diferente.

Empecé a escribir porque era diferente. Empecé a escribir porque quería ser diferente. Nadie quería ser escritor cuando yo decidí ser escritor. Recuerdo a un niño que quería ser dentista y a otro que quería ser mecánico. Tenía doce años. No conocía a ningún escritor. Nunca había hablado con un escritor. Había leído a Rimbaud. Había leído una biografía de Rimbaud. Había leído los manifiestos dadaístas y El hombre aproximativo de Tristan Tzara. Siempre había leído. Había leído los libros de Enid Blyton. Había leído los siete secretos y los cinco. Había leído otros libros que no eran de Enid Blyton pero lo parecían, como los de los tres investigadores.

Y, antes de que supiera leer, mi madre me leía cuentos y me contaba historias que yo entendía a medias: historias de su pueblo, Castejón de Tornos, Teruel, junto a la Laguna de Gallocanta, que para mí estaba tan lejano como Tokio; historias de estraperlos; historias sobre la obstinación de los burros, sobre todo cuando hacía un frío del demonio y al parecer lo hacía siempre; de los maquis y sus razias; historias del azafrán y la dificultad de conseguirlo; historias de los carnavales secretos de la posguerra, con ensabanados y rondas; de las cartas de amor que le enviaba mi padre… personajes abandonados en mitad de la nada que trataban de escapar no se sabe de dónde ni cómo. Unas historias que luego leí en Agota Kristof.

Quería ser un escritor porque era diferente y quería ser un escritor de los diferentes. Digo escritor, pero lo que yo quería era ser un poeta diferente. En 8º de EGB fabriqué mis primeras plaquettes fotocopiadas. Las destruí poco después porque me daba vergüenza escribir tan mal. Ahora puedo decir que en esas plaquettes está lo mejor que he escrito.

Quería escribir para robarle la máquina de escribir a mi padre, su más precioso tesoro: la cuidaba con esmero y no nos dejaba tocarla. Thomas Mann escribió un ensayo en el que hablaba de la gran cantidad que hay de escritores huérfanos de padre. El padre de Truman Capote desapareció y el padre de Alejandro Gándara se fue sin dejar rastro y el padre de… Mi padre era huérfano de padre, huérfano desde los dos años, pero a él se le pasó la vez y el que se hizo escritor fui yo. Huérfano heredero. Aunque mi padre escribía a máquina todo el tiempo: su Olivetti gigante con forma de ballena. Mi padre escribía informes sobre sus servicios de policía y sobre el tráfico y sobre las incidencias del trabajo. Tenía unas hojas de calco y guardaba copia de todo lo que escribía.

Me hice escritor para robarle esa estupenda máquina de escribir. Me hice escritor para consumar un incesto raro. Mi padre me puso una condición para poder usar su Olivetti: aprender mecanografía perfectamente… una práctica que él, que escribía sólo con dos dedos, no conocía. Quizá pensaba que yo no conseguiría escribir a máquina, pero pasé el verano de mis trece años sacrificando la piscina y aprendiendo a escribir a máquina en una academia con un calor sofocante: asdf ñlkj etcétera. Así rendí a mi padre y le quité su bien más preciado. Truman Capote escribió algo sobre la mecanografía y la literatura, y es posible que, pese a su afirmación, se trate de ramas de la misma actividad. Durante un tiempo tuve que usar la máquina siempre en la mesa del comedor, bajo vigilancia, y guardarla siempre en su maleta. Mi madre cosía en su máquina de coser y yo escribía en mi máquina de escribir. Unos meses más tarde llevé la Olivetti ballena a la mesa de estudio de mi cuarto.

Tenía catorce años y escribía poseído. Escribía todo el tiempo. Nunca he vuelto a escribir de esa manera y cuando escribo deseo poder volver a escribir así alguna vez. Febril. Enfermo. Escribía poemas. Escribía minúsculas vidas imaginarias. Escribía obras de teatro. Era diferente y quería ser un escritor diferente. Leía a Beckett, y mis obras de teatro querían parecerse a Esperando a Godot. Leía a Jack Kerouac. Leía a Henry Miller, al que había llegado siguiendo a Rimbaud, un camino excéntrico. Leía a Joyce, pero las piezas más raras, Poemas manzanas. Leía solo. Escribía solo. Entonces yo era el único escritor. Rey soberano.

Aunque quizá leía más solo que escribía solo, porque entonces publiqué mis primeros poemas en una revista. No guardo ni un ejemplar. Me avergonzaba esa revista, sabía que estaba mal hecha, que era cutre… y aunque sabía que la revista estaba mal hecha y que era cutre, me sentía feliz porque publicando en esa revista que me avergonzaba me convertía en escritor. Nadie lo sabía, pero yo había cruzado una línea y ya no podía volver atrás. Recuerdo el nombre de la revista.

Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que se publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible. Escribo para despertarme cada día en un lugar del mundo. Escribo para que me insulten. Escribo para seguir vivo. Escribo para no matarme. Escribo para saber lo que pienso. Escribo para mentir. Escribo porque soy feliz. Escribo para pedir perdón. Escribo para no pedir perdón. Escribo porque cuando escribo no vivo. Escribo para vivir más tiempo. Escribo porque me lo piden. Escribo porque no me reconozco en las fotografías. Escribo porque quiero dar mi versión de la historia. Escribo porque en mi escritura sólo mando yo. Escribo porque me gusta escribir. Escribo porque no sé conducir. Escribo porque soy vanidoso. Escribo para perder el sentido. Escribo porque busco el sentido. Escribo como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Escribo como el pescador de un barco congelador. Escribo para follar. Escribo para respirar. Escribo para no tener que escribir. Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme. Para volver a alcanzar ese estado febril. Febril y fabril. Escribo por insatisfacción. Escribo por venganza. Escribo por remordimiento. Escribo para confesar mis pecados. Escribo para esconder mi vergüenza. Escribo para reírme. Escribo porque me da miedo el fuego.

Escribo porque tengo algunas historias viejas que contar. Las que me llenan la cabeza ahora sucedieron todas antes de que cumpliera veintiocho años: la de un asesino que mató a su mujer y con el que compartí celda en 1995 en la cárcel de Torrero de Zaragoza, que ya ha desaparecido, demolida por la piqueta; la de una loca, prima de mi padre, a la que visitamos en un manicomio de Valencia en el verano de 1975; la de unos curanderos de Petrel, Paco y Lola, que visitamos cuando mi abuela Rosario había sido desahuciada por los médicos.

Mi padre me cedió su máquina de escribir. Y una vez que se la arrebaté ya no podía cambiar: tenía que escribir y tenía que ser escritor. Ahora, más que diferente, me siento extraño.

Indignación

Hoy, reorganizando el contenido de mi Blog, rescato este prólogo que tenía archivado entre mis páginas y que en su día no salió a la luz. Quiero compartirlo, aunque no esté actualizado el discurso de Jose Luis Sampedro, sí continúa teniendo sentido su mensaje… eternamente.

 

 

Prólogo de Jose Luis Sampedro
para el libro “Indignáos” de Stephane Hessel

Yo también nací en 1917. Yo también estoy indignado. También viví una guerra. También soporté una dictadura. AI igual que a Stéphane Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak. Podría aportar más detalles, pero la edad y la época bastan para mostrar que nuestras vivencias han sucedido en el mismo mundo. Hablamos en la misma onda. Comparto sus ideas y me hace feliz poder presentar en España el llamamiento de este brillante héroe de la Resistencia francesa, posteriormente diplomático en activo en muchas misiones de interés, siempre a favor de la paz y la justicia.

 

¡INDIGNAOS!
Un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza. Como la sirena que anunciaba la cercanía de aquellos bombarderos: una alerta para no bajar la guardia. Al principio sorprende. ¿Qué pasa? ¿De qué nos alertan? El mundo gira como cada día. Vivimos en democracia, en el estado de bienestar de nuestra maravillosa civilización occidental. Aquí no hay guerra, no hay ocupación. Esto es Europa, cuna de culturas. Sí, ése es el escenario y su decorado. Pero ¿de verdad estamos en una democracia? ¿De verdad bajo ese nombre gobiernan los pueblos de muchos países? ¿O hace tiempo que se ha evolucionado de otro modo? Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos. El autor de este libro recuerda cómo los primeros programas económicos de Francia después de la segunda guerra mundial incluían la nacionalización de la banca, aunque después, en épocas de bonanza, se fue rectificando. En cambio ahora, la culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis no sólo no ha conducido a ello; ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo. No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema. Los financieros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros. Es decir, el dinero y sus dueños tienen más poder que los gobiernos. Como dice Hessel, «el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general».

¡INDIGNAOS!,
les dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas. Hessel reconoce que un joven de su época indignarse y resistirse fue más claro, aunque no más fácil, porque la invasión del país por tropas fascistas es más evidente que la dictadura del entramado financiero internacional. El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido. Ni en aspectos tan burdos como los campos de concentración (Guantánamo, Abu Ghraib), muros, vallas, ataques preventivos y «lucha contra el terrorismo» en lugares geoestratégicos, ni en otros mucho más sofisticados y tecnificados como la mal llamada «globalización» financiera.

¡INDIGNAOS!,
repite Hessel a los jóvenes. Les recuerda los logros de la segunda mitad del siglo XX en el terreno de los derechos humanos, la implantación de la Seguridad Social, los avances del estado de bienestar, al tiempo que les señala los actuales retrocesos. Los brutales atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas acciones emprendidas por Estados Unidos como respuesta a los mismos, están marcando el camino inverso. Un camino que en la primera década de este siglo XXI se está recorriendo a una velocidad alarmante. De ahí la alerta de Hessel a los jóvenes. Con su grito les está diciendo: «Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten».

¡INDIGNAOS!
Luchad, para salvar los logros democráticos basados en valores éticos, de justicia y libertad prometidos tras la dolorosa lección de la segunda guerra mundial. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico. «Los medios de comunicación están en manos de la gente pudiente», señala Hessel. Y yo añado: ¿quién es la gente pudiente? Los que se han apoderado de lo que es de todos. Y como es de todos, es nuestro derecho y nuestro deber recuperarlo al servicio de nuestra libertad.

No siempre es fácil saber quién manda en realidad, ni cómo defendernos del atropello. Ahora no se trata de empuñar las armas contra el invasor ni de hacer descarrilar un tren. El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual, más sofisticado que el de los bombarderos nazis. Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del «siempre más», del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes.

¡INDIGNAOS!,
sin violencia. Hessel nos incita a la insurrección pacífica evocando figuras como Mandéla o Martin Luther King. Yo añadiría el ejemplo de Gandhi, asesinado precisamente en 1948, año de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de cuya redacción fue partícipe el propio Hessel. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Negaos. Actuad. Para empezar, ¡INDIGNAOS!