Casilda

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La periodista Casilda Sánchez Varela protagonizó el fenómeno editorial de la primavera de 2017 con su primera novela, Te espero en la última esquina del otoño, una gran historia con mimbres clásicos que fabula con personajes inspirados en sus padres, Paco de Lucía y Casilda Varela.

Su padre, Paco de Lucía, siempre le decía: “Tienes que escribir una novela”. Ella, que trabajaba como periodista -fue redactora de TELVA durante diez años-, soñaba con ver su nombre en uno de los libros que le llegaban cada día a la redacción. Pero no daba el paso a la ficción. “Olvídalo todo, deja el periodismo, vuélvete loca, ponte frente a la hoja en blanco y el resto irá saliendo solo”, le insistía él. Pero Casilda no se veía capaz. “Es que no tengo disciplina… Mira, que soy muy floja”, confiesa entre risas. Y cuando ríe, le sale la sal de Cádiz.

Paradójica o inconscientemente, la chispa que prendió su mecha literaria fue la repentina muerte de su padre, hace ahora tres años. Pocos meses después, Casilda dejó TELVA, se volcó con su hermano Curro en el guión de La búsqueda, el documental sobre su padre que ganó el Goya en 2015, y recibió una propuesta de la editorial Planeta para escribir la vida de Paco de Lucía.

¿Qué contestaste?

Que no, que ya había contado todo lo que quería contar de él en el documental, y que necesitaba un tiempo de duelo.

¿Y luego?

A mí lo que realmente me apetecía era escribir algo inspirado en mi madre. Así que me lancé, y a la vez cumplía el deseo de mi padre. Sabía que él era un genio, pero la genialidad de mi madre la he constatado con el tiempo.

¿Por qué es tan especial tu madre?

Tiene una personalidad fuera de lo común. Es valiente, ajena a los convencionalismos. Me fascina su forma de ver la vida. Cuando eres hija de alguien tan admirado y querido como Paco de Lucía, te planteas muchas cosas… ¿Qué admiramos de los demás? Mientras mi padre recibe el Premio Príncipe de Asturias y es aclamado por todo el mundo, mi madre está sola.

¿Eso te molestaba?

Eso me ha generado una necesidad de reivindicar también a mi madre y sus valores, que son los que en muchas familias pasan desapercibidos y en el fondo sostienen el mundo, los que tienen que ver con la sensibilidad, con los detalles, con la generosidad…

Primera página de la novela: A mi madre, mi ideología.

Fíjate lo difícil que es la coherencia en la vida… Pues ella es un monumento a la coherencia. No conozco a nadie que se haya mantenido tan fiel a sí misma y a sus principios como ella, pero sin postureo, sin reivindicaciones. Yo creo que ésta es la novela que a ella le gustaría haber escrito. No conozco una historia de amor como la de mis padres.

Entonces, ¿tu novela es la historia de amor de Casilda Varela y Paco de Lucía?

No, y quiero evitar ese equívoco. Hay conexiones, pero es una ficción. La figura de mi madre está algo más cercana a la realidad, aunque no es su biografía ni mucho menos, pero la de mi padre sólo se percibe en gestos, insinuaciones, en su sentido del humor… El resto es invención. Un lector que no sepa de quién es hija la autora, no descubrirá en absoluto la inspiración de los personajes.

¿Has investigado en la vida de tu madre?

No me ha hecho falta, porque ya me la sabía de memoria. He sido su gran confidente desde niña. Cuando era pequeña, para dormirme me contaba anécdotas de su vida en vez de cuentos: su infancia en Marruecos, su estancia en Irán, donde un general del Sha de Persia se enamoró de ella… Conozco su vida mejor que nadie, pero me ha llevado mucho tiempo entenderla. Tiene una personalidad complicadísima, llena de giros y laberintos. Mi padre siempre decía: “Me volví loco tratando de entenderla, ¡me daba puñetazos contra la pared!”.

La pareja protagonista de la novela, Chino y Cora, se aleja irremediablemente.

Mi madre siempre decía que su relación con mi padre hubiera durado toda la vida de no ser por las circunstancias. Tenían una afinidad como yo no he visto jamás. Venían de mundos distintos, de clases opuestas [ella, hija del general Varela y proveniente por parte materna de la alta burguesía vizcaína; él, de una familia humilde de Algeciras], y se entendían de maravilla. ¡El concepto alma gemela existe! Pero tuvieron muchas interferencias. Para mí, seguían estando muy unidos. Hablaban a menudo, incluso cuando ya estaban separados. Sólo he visto reír a mi padre a carcajadas con ella. Mi madre le hacía burla, se metía con él, ¡y mi padre se partía de risa! Ella tiene mucha imaginación, mucho colorido, sigue siendo como una niña. A mi padre eso le conquistaba.

¿Qué interferencias?

Sobre todo, una que también le ocurre al personaje de Chino en la novela: el peso de la fama. El éxito condicionó mucho a mi padre, le obligó a aislarse, con lo que a él le gustaba observar y estar con la gente… No soportaba que le tratasen como a un maestro, la falta de naturalidad le amargaba, le repelían los halagos…

NO CREO EN EL AMOR POMPOSO

Hay una subtrama, en la que teorizas sobre el amor.

Soy socióloga de formación y me inquietan los resortes que nos mueven. Creo que hoy en día los sentimientos están sobrevalorados. Parece que esperamos que todo sean sensaciones de plenitud y de éxtasis, y la vida no es así. Hay una pomposidad cuando se habla de amor que no me gusta. Me hace mucha gracia, por ejemplo, cuando alguien dice: “Yo es que me he separado de mi marido porque ya no sentía mariposas en el estómago…”. ¿Pero qué tonterías estamos diciendo?

¿Qué pensaba tu padre sobre esto?

Era un escéptico respecto al amor, le parecía que el enamoramiento te minimizaba, te quitaba visión de conjunto…

Es curioso, porque Chino en la novela me parece el personaje más romántico.

En el amor hay contradicción. Chino parece un pragmático, pero se convierte en romántico cuando descubre que ha estado toda la vida enamorado de Cora.

¿Qué lecturas te han inspirado para escribir?

Me gustan las novelas que te atrapan por la profundidad psicológica de los personajes. Cada mañana leía unas líneas de Madame Bovary y ya me estimulaba para escribir.

¿Qué ha sido lo más difícil?

La parte que está ambientada en Cádiz. No es fácil evitar el tópico del gaditano gracioso, pillar su deje, su sentido del humor… Mi padre era muy de su tierra, pero era sobrio, profundo, era el pescador, el que hablaba con metáforas.

¿Qué hubiera dicho él de tu novela?

(Imitando su acento gaditano). Esta niña… ¡qué cosas más raras escribe!

Borges

PARÁBOLA DEL CIEGO Y EL MUDO

INCLUYO ESTE TEXTO ENTRE MIS PÁGINAS PORQUE TIENE UN GRAN INTERÉS LITERARIO PARA MÍ.

NO OSARÍA AÑADIR NI QUITAR UNA SOLA PALABRA.


borges-southerncrossreviewDE JOSE MANUEL FAJARDO

…A BORGES

 

 

(Artículo publicado en ZENDA)

 

Fue hace ya más de treinta años, el 8 de julio de 1982, en un hotel de Madrid cercano a la plaza de Santa Ana. Yo vivía entonces en aquel barrio, tenía veinticinco años de edad, colaboraba como periodista en el diario Informaciones y soñaba con ser escritor, pero lo que escribía me producía siempre un terrible desaliento. Mis textos distaban años luz de lo que imaginaba al escribirlos, carecían del latido que, como buen lector apasionado que era, encontraba en los autores que admiraba. De entre todos ellos había uno que reunía a mis ojos todas las virtudes: la prosa deslumbrante, el verso sabio, la concisión y la claridad, la ironía y el humor, la fantasía y la erudición, la intensidad y la precisión. Jorge Luis Borges.

Por eso, cuando llegué a la habitación del hotel y una mujer de melena lacia y entrecana me abrió la puerta y vi a Borges sentado en una silla, cerca de la ventana, comprendí que la entrevista que debía hacerle para el periódico sería un desastre. ¿Qué tenía yo que decirle a un autor como él? Toda mi juvenil pedantería se me vino a los pies de golpe, dejándome ante sus ojos ciegos tal y como yo era: un periodista con más ganas que talento, sin apenas experiencia de la vida, amante de la lectura pero tan ignorante de tantas cosas, tan inseguro de las pocas que conocía y tan ansioso por llegar ya a tocar mis sueños, que quemaba etapas en mi imaginación, dándomelas de escritor ante los demás cuando dentro de mí todo eran dudas. ¿De qué iba a hablar con Borges? ¿De su obra? ¿De su vida?

“Hablamos durante unos minutos sobre los vínculos de la fantasía y la realidad y él insistió en que la escritura realista era un episodio pasajero dentro de su literatura.”
De repente, todo lo que había leído de él parecía haberse borrado de mi memoria. No estaba siquiera seguro de los títulos. ¿Era Abencaján el bojarí, encerrado en su laberinto o era Abencaján el bojarí, muerto en su laberinto o Abencaján el bojarí, prisionero de su laberinto? Por la documentación sabía que Borges no solía dar muchos detalles de sí mismo y, además, en aquella época las biografías de los escritores sólo me interesaban si resultaban “literarias”, trufadas de pasión y locura, como en el caso de Zelda y Scott Fitzgerald. La aparente morigeración borgeana no había despertado mi curiosidad, de modo que apenas sabía nada de su vida privada. Ni siquiera que la mujer que me había abierto la puerta era María Kodama y no meramente su secretaria, como publiqué en la entrevista. Ahora, al releerla en este recorte de papel avejentado que dormita en mi archivo desde hace décadas, veo casi con ternura que incluso escribí mal su nombre. Puse: “María Kudema”. Eso era yo: un ignorante.

Hoy no recuerdo cómo supe que Borges estaba alojado en aquel hotel. Supongo que me lo dijo alguien de Alianza Editorial, en cuyas ediciones de bolsillo había leído yo la mayor parte de sus textos. ¿Tal vez mi amigo Andrés Laína, que trabajaba allí? No me acuerdo, lo que sí sé es que aquella mañana, nada más enterarme, llamé al hotel para proponer una entrevista. Respondió una voz de hombre.

− ¿Puedo hablar con el señor Borges? —pregunté.

− Sí, soy yo.

Durante un segundo me quedé bloqueado, no esperaba que fuera él quien respondiera. Entonces pensé en la cantidad de ocasiones en que habría sonado el teléfono en alguna habitación de hotel del mundo y Borges habría respondido, sí, soy yo, y al otro lado de la línea un periodista le habría dicho que quería hacerle una entrevista. Le expliqué quién era yo y lo que quería, sin la menor esperanza de que fuera a darme cita. Cuando terminé, me preguntó:

− ¿Y cómo dijo que se llama, joven?

− José Manuel Fajardo —repetí, mientras me decía a mí mismo que si mi voz resultaba tan juvenil por teléfono, a pesar de mis esfuerzos por parecer un veterano periodista, la negativa estaba asegurada.

Tardó unos segundo en hablar, como si mi nombre tuviera algo particular que mereciera ser estudiado. Por fin dijo:

−Ah, Fajardo… como Saavedra Fajardo. ¿Puede venir esta tarde?

Cuando avisé al periódico de que tenía cita para esa misma tarde con Borges, me prometieron un espacio en primera página. Nada de lo que había escrito hasta entonces había aparecido en la primera de un periódico.

Cuando entré en la habitación del hotel, Borges volteó hacia mí la cabeza y con un gesto del brazo me invitó a sentarme en la silla que había frente a él. “Perdone que no me levante”, se excusó, “he tenido un leve accidente, por eso he tenido que quedarme estos días en Madrid”. Tomé asiento y él volvió a colocar las dos manos sobre el mango de su bastón, que utilizaba como punto de apoyo incluso sentado. Iba ataviado elegantemente con un traje de chaqueta y, tanto al hablar él como al escuchar mis preguntas, su cabeza permanecía levemente alzada y echada hacia adelante, como quien quiere ver algo a lo lejos, mientras sobre sus ojos muertos, que permanecían inexpresivos cuando sonreía —con una sonrisa amplia que parecía extrañamente juvenil— pesaban unos párpados a media asta.

Como si hubiera adivinado mis pensamientos, Borges empezó a hablarme de su ceguera. En 1955, él, de cuya voracidad lectora da cuenta su obra, dejó de poder leer libros. Después la oscuridad lo fue engullendo poco a poco.

− Es un mal hereditario, mi padre ya murió ciego —me explicó y añadió con un tono en el que entonces yo quise ver la sombra de la ironía—: Conmigo, como no tengo hijos, cesa esta triste dinastía.

Sin embargo, ahora, cuando releo la entrevista y evoco las imágenes que mi memoria recupera (qué extraño, no recuerdo la voz de Borges aquel día, sólo sus gestos), sin saber cuánto hay en ellas de cierto y cuánto de reinvención, me digo que no había ironía alguna en su comentario. Hoy lo evoco como una afirmación en la que había tristeza y fatalidad y resignación. Pero yo estaba empeñado en encontrar al Borges que había imaginado leyendo sus libros y, con la fanática disciplina del entusiasta, me atuve a ese propósito durante toda la conversación. A ese propósito y al de resultar lo más inteligente posible en mis preguntas y comentarios, por supuesto. Lo último que deseaba era que Borges pudiera pensar de mí que era un pobre diablo. Si lo pensó, tuvo la generosidad de no expresarlo, aunque yo creo que, en el fondo, mis esfuerzos le divertían, pues a lo largo de la conversación apostilló cada tanto mis palabras con frases del estilo de “nunca lo había pensado” o “si usted lo dice, será verdad”.

Quise empezar hablando de las dos vertientes contrapuestas de su narrativa, la fantástica y la de sus relatos realistas de tema arrabalero, pero Borges me señaló que esa división era cosa del pasado: “Ya no voy a volver al tema arrabalero, ese es un tipo de vida que ya no existe, aunque quizá por ello adquiere una dimensión mítica. La memoria tiende a mitificar lo pasado y no creo que sea desdeñable el papel que juegue en ello la imaginación”.

Hablamos durante unos minutos sobre los vínculos de la fantasía y la realidad y él insistió en que la escritura realista era un “episodio pasajero” dentro de su literatura. Después pasamos a la poesía. Ya entonces, yo era un apasionado de la poesía de Borges, pasión que se ha acrecentado con los años. Hay versos que tienen el resplandor de una escultura de mármol, perfectos en su ritmo y forma, como el célebre poema a un gato:

“No son más silenciosos los espejos

Ni más furtiva el alba aventurera;

Eres, bajo la luna, esa pantera

Que nos es dado divisar de lejos…”

Se lo dije y él me respondió:

− Me gustan más mis poemas que mis cuentos. Pero se supone que no, que los cuentos son superiores a la poesía. La poesía es más inmediata, más próxima. De todos modos, sí puedo decirle que no soy un escritor frío, como se ha dicho. Creo que hay una gran ternura en toda mi obra.

Si entonces hubiera leído su poema What can I hold you with? (lo leí veinte años más tarde), escrito originalmente en inglés y traducido al español con el título de ¿Con qué puedo retenerte?, y hubiera conocido sus versos apasionados:

“Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma,

auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.

Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón;

trato de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.”

Habría tenido que darle la razón. Y si aquella conversación que me esfuerzo por rescatar del olvido tuviera lugar hoy, en esta casa de un pequeño pueblo de la Provence francesa donde estoy de paso, seguiría sin dudar el hilo de aquel comentario, trataría de ahondar en la incomprensión que, incluso en plena fama y reconocimiento, sufre tantas veces el autor, le habría preguntado por el vínculo privado del autor con su obra, tantas veces en contradicción con la visión que los otros tienen de ella. Pero entonces no lo hice, pasé de largo ante el tono confesional que Borges había dado a sus palabras y me lancé a una larga y pretendidamente erudita pregunta sobre la complejidad del lenguaje y las opiniones de Chesterton. Y Borges, echándose hacia delante, como si fuera a murmurar un secreto, me respondió algo que, leído ahora, me resulta casi cariñoso, como un guiño hacia mis esfuerzos:

−Yo empecé siendo barroco, como todos los jóvenes. Trataba de imitar a Saavedra Fajardo, a Quevedo, pero me di cuenta que no necesitaba artificios. Tenía que resignarme a ser Borges.

Resignarse a ser Borges. Aquella frase me arrancó una sonrisa. ¡Ya quisiera yo esa resignación! Borges bromeaba, estaba seguro. Recuerdo perfectamente ese pensamiento, que me reafirmaba en mi visión del escritor argentino como una inteligencia irónica en estado puro. No percibí la indirecta que suponía la invocación de nuevo de Saavedra Fajardo, ni la confesión de que eran la frustración y la tenacidad, aliadas, las que permitían a un escritor llegar a tener su propia voz. Discretamente, Borges acababa de regalarme un consejo y a mí sólo se me ocurrió preguntarle por qué había calificado a Quevedo de “literato de literatos”.

−Porque a Quevedo lo que le interesa es sobre todo el lenguaje —me respondió, echándose hacia atrás en la silla, en un gesto que, me parece, era de resignación ante mi falta de empatía—, la suya es una grandeza verbal. A Cervantes, por el contrario, le interesaban más los hombres, los seres humanos.

¿Era otro mensaje? ¿Una sutilísima apostilla a mi incapacidad de percibirle como ser humano, como persona, a mi empeño en verle tan sólo desde su escritura, desde sus palabras? No puedo estar seguro, pero eso es lo que ahora creo, aunque entonces esa idea ni se me pasó por la cabeza.

Decidí entrar en el tema de las influencias literarias, algo inevitable en un autor que tanto ha escrito sobre otros escritores y otras literaturas: de Shakespeare a las sagas islandesas, de Luís de Camões a Jonathan Swift. Autores y textos europeos en muchos casos, le hice notar, a lo que Borges respondió: “Pero es que Europa es nuestro pasado, yo no me siento heredero de los indios, si dijera lo contrario estaría mintiendo. Además, no tiene más que mirarme”. En efecto, en su rostro de argentino de estirpe criolla y antepasados anglosajones y portugueses no había traza de rasgos indígenas. Involuntario testimonio del pasado de Argentina, uno de los territorios americanos donde el exterminio de los aborígenes resultó casi completo.

− En un texto afirmó usted que todo autor crea sus precursores… —le comenté.

− Ah, sí, fue en un artículo sobre Kafka.

− ¿Qué precursores ha creado usted, señor Borges?

Ahí hizo una pausa y por fin respondió:

− Yo, bueno, yo soy un discípulo menor de Quevedo, Chesterton, Shaw… y desde luego de los clásicos latinos.

− ¿Y de la literatura fantástica anglosajona?

− Sí, claro, yo he leído mucho de ella…

− Quizá sea vía Lewis Carroll y Jonathan Swift que le viene a usted esa pasión por la paradoja.

− Es muy posible, Carroll es un autor delicioso y sus Alicias son inolvidables…

− ¿Cree usted que puede hablarse de una literatura fantástica latinoamericana?

− ¿Por qué no? Yo creo que toda literatura es fantástica o con el tiempo se vuelve fantástica. Le diría que no sé si la literatura realista es realmente posible. Hay que pensar que las palabras no son más que convenciones, la realidad no está solo compuesta de palabras, hay también objetos, hechos, pensamientos… Exagerando, yo no sé hasta qué punto Luna es una traducción fiel de la palabra Moon. Creo que cada idioma es un modo de sentir el Universo.

− Sin embargo, usted es también traductor…

− Bueno, ya le dije que estaba exagerando.

En la entrevista publicada, a continuación de este diálogo yo escribí: “Exagera, ironiza, asiente ahora tímidamente… está alerta tras su trato educado, cordialmente respetuoso, divertidamente alerta”. ¿Alerta? ¿Ante quién? ¿Ante mí? No creo haber escrito en toda mi vida un texto más presuntuoso y pagado de sí mismo que esas pocas líneas. Si yo hubiera sido mi redactor-jefe en el diario, habría borrado directamente semejante estupidez al editar la entrevista. Pero el texto pasó y fue publicado, para que hoy pueda yo avergonzarme retrospectivamente.

Acto seguido, Borges regresó por un momento al tono confidencial que yo antes había ignorado olímpicamente. “Me gustaría visitar tres países: Rusia, China y la India”, dijo y como si tales países fueran metáforas, empezó a hablar de poesía de nuevo, “todas las artes tienden a la condición de la música y el inglés, en poesía, tiene la virtud de sus palabras monosilábicas”. Podría haberle preguntado si por eso había escrito él algunos poemas en inglés, pero yo no sabía entonces que lo había hecho. Lo que hice fue preguntarle sobre su relación con el cine, algo que bien pensado no dejaba de ser paradójico en un escritor ciego.

− Escribí sobre cine durante muchos años. Entonces me gustaban mucho los western y los filmes de gangsters. Chaplin, sin embargo, no me gusta: es egoísta y demasiado sentimental. Prefiero a Buster Keaton, aunque ya nadie se acuerda de él…

Hablamos durante un rato de las películas de Keaton, de El maquinista de la General, El héroe del río y Siete ocasiones, y siguiendo el hilo de su memoria visual, nos adentramos en el tema del laberinto, uno de los temas centrales de su literatura. “En mi idea de laberinto”, me explicó, “está presente la influencia de las obsesionantes obras de Kafka”. E inevitablemente evocamos el relato La casa de Asterión, con su Minotauro melancólico, y el de Abencaján el bojarí…, cuidándome de no enunciar el título entero porque seguía sin estar seguro de cómo era, y el de Los dos reyes y los dos laberintos.

− Antes hablábamos de sus influencias —añadí—, pero creo que olvidamos citar la presencia de Oriente en su obra.

− Claro, tenga usted en cuenta que yo, de niño, leí las Mil y una noches y La Biblia, y creo que con esas lecturas basta para despertar el interés sobre estos temas. Además, me atrae enormemente la Cábala. Recientemente mantuve unas conversaciones en Jerusalén sobre ella. No creo que sea extraño, pues, que el laberinto, el destino y la paradoja estén presentes en mis relatos.

Esas palabras me despiertan, treinta años después, reflexiones sobre mi propia condición de escritor, ahora que llevo más de veinte publicando libros. Yo no me declaro discípulo de Borges, ni siquiera menor. Su obra y su genio son algo que he podido disfrutar sin haber sabido nunca qué hacer con ello. En un momento de temeridad (que coincidió con esas vacaciones del yo que, contra lo que se cree, representa escribir una novela) me he atrevido incluso a atribuirle una frase que en realidad es mía: “Ser todos los hombres es infinitamente más fácil que ser uno solo”. Pero se trataba de una broma literaria, un guiño al lector cómplice que me leyese y al lector cómplice que fui yo cuando leía a Borges. Sin embargo, según pasa el tiempo me voy dando cuenta del modo en que su obra me ha influido a la hora de escribir. A él le debo, conscientemente, el interés por las sagas islandesas que me llevó a escribir el relato de la epopeya vikinga y la primera presencia europea en América, bautizada por Leif Erikson como Vinland. Sé que la gran biblioteca del protagonista de mi novela Mi nombre es Jamaica es un homenaje a la borgeana biblioteca-mundo presente en su libro Ficciones. Y sospecho que mi interés por la historia de los judíos españoles, tanto en su diáspora sefardí como en la tragedia de los criptojudíos que padecieron persecución en España, debe mucho al propio interés de Borges por la Cábala y por la historia del judaísmo, presente en poemas como El Golem o relatos como Emma Zund.

Claro que todo esto sólo lo he sabido o deducido a posteriori, porque uno lee y olvida y es en el olvido que la lectura se vuelve fructífera. También porque no es lo mismo querer escribir un libro, como me ocurría entonces, incluso estar escribiéndolo, que haberlo escrito. La obra terminada ofrece otra perspectiva sobre el proceso creativo, también sobre uno mismo, nos modifica. O quizás sólo nos ayuda a levantar en parte los velos de la ceguera con que empezamos a andar el camino de la escritura. Lo que no es poca cosa.

Me doy cuenta de que en este escrito, hasta ahora, he hablado bastante mal de mí, del joven pretencioso que era yo entonces. Voy a romper una lanza en su favor. Si mis limitaciones eran muchas, al menos supe dejar testimonio, al escribir aquella entrevista, de los gestos y las palabras de Borges que hoy me permiten reinterpretarla de manera diferente. No tuve la lucidez para comprenderlo entonces, pero sí la artesana habilidad de dar fe de lo ocurrido.

Así, reproduje algunas frases de la conversación con Borges que cerraron nuestra charla y que, leídas por quien soy hoy, me llevan de nuevo a desmentir al joven periodista que era.

Después de explicarme la dificultad de escribir desde la ceguera —“antes de ponerme a dictar tengo que trabajar con multitud de esquemas y resúmenes mentales, lo que hace que el trabajo sea muy lento”—, Borges me habló muy elogiosamente de la obra de Gabriel García Márquez, de la guerra de las Malvinas, que terminaría una semana después de nuestra conversación y que él repudiaba abiertamente, y mostró un tremendo pesimismo:

− Para ustedes, en España, pese a los problemas, aún hay esperanzas. Yo no sé si las hay para mi país.

Un pesimismo que, treinta años después, se podría expresar en términos exactamente opuestos.

Aunque en ningún momento dio muestras de impaciencia o de fatiga, me di cuenta de que debía poner punto final a la entrevista. La charla se había vuelto un poco errática, saltando de un tema a otro. Decidí hacerlo de manera periodística: le pregunté por su próximo libro.

−Es un libro de relatos, pero tan sólo llevo escritos unos pocos. Espero que salga el año que viene en Alianza Editorial.

− ¿Por qué otra vez relatos? —repliqué. Está claro que el aspirante a escritor que yo era no se resignaba a dejar que fuera mi yo periodista quien hiciera la última pregunta—. ¿Por qué esa obsesión por el resumen, por el cuento?

− Porque soy un haragán —y Borges lanzó una amplia sonrisa al vacío que le rodeaba—. Tengo miedo de estropear las cosas. Si escribo mucho, las echo a perder.

Después de estas palabras, en la entrevista se lee mi comentario final: “Evidentemente, nadie puede creerle. Borges, una vez más, bromea”. Nada más falso. He releído una y otra vez esa entrevista, para glosarla aquí, y no veo broma alguna en ella. La cordialidad, el humor ligero y un tanto amargo, se me aparecen hoy como las maneras de un hombre consciente de hallarse al final del camino que, sin embargo, ha decidido hablar con un joven desconocido. ¿Por qué? Ahora intuyo que, en realidad, lo hizo con la esperanza de poder hablar de Saavedra Fajardo, un pensador español del siglo XVII, diplomático en plenas guerras europeas, autor de tratados políticos y de una satírica crítica literaria titulada La república literaria, que aparte su erudición (rasgo que seguramente admiraba Borges) da testimonio de cómo la crítica, aún la más avispada, suele ignorar buena parte de las obras de su tiempo que están llamadas a pasar a la posteridad: Saavedra Fajardo no dice una palabra, por ejemplo, de Cervantes y su Quijote. Todas estas cosas las sé hoy, claro, entonces no conocía más que su nombre por los libros de Historia.

Al Borges con quien conversé aquella tarde de 1982 lo veo en mi memoria como un hombre viejo y casando al que, entonces no lo podía saber, apenas le quedaban cuatro años de vida. Un hombre que intentó hablar conmigo sobre un personaje del barroco que no tenía ninguna actualidad periodística, quizá porque le divertía la coincidencia de apellidos, quizá porque era una manera de regresar a su juventud y a sus lejanas lecturas, quizá porque también estaba cansado de hablar siempre sobre ese otro Borges que, según él mismo decía, ocupaba su lugar y concedía entrevistas y publicaba libros. Sin embargo, fue a ese otro Borges público al único al que pregunté durante aquella conversación, para hablarle de todo aquello sobre lo que él ya había hablado mil veces. Al Borges privado, al que se asomó en algunos momentos de la charla esperando vanamente de mí algo que no podía darle, a ese no le dirigí una sola palabra.

Por eso, en mi recuerdo, aquella conversación ha tomado casi la forma de una parábola: la de quien, no estando ciego, se muestra incapaz de ver a quien tiene delante y se convierte de hecho, para esa otra persona, en un mudo… por mucho que hable.


T.S.Eliot

P.- ¿Tiene usted poemas inacabados que mira ocasionalmente?

R.- No tengo muchos así, no. Como norma, para mí algo inacabado es algo que también podría estar borrado. Es mejor, si hay algo bueno que se pueda utilizar de alguna manera, dejarlo en el fondo de mi mente que en un borrador en papel. Si lo dejo en un borrador, sigue siendo la misma cosa, pero si está en la memoria acaba transformado en algo más. Como he dicho antes, “Burnt Norton” 1 empezó con trozos que tenían que ser recortados de “Asesinato en la catedral” 2. Aprendí en “Asesinato en la catedral” que no funciona poner bellas líneas que piensas que son buena poesía si no combinan bien con la acción. En esto Martin Browne 3 fue muy útil. Él diría, “hay muy bellas líneas aquí, pero no tienen nada que ver con lo que está ocurriendo en el…

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Jose Luis Sampedro

Artículo de Luis Sánchez Mellado – El País – 12/6/2011

José Luis Sampedro (Barcelona, 1917 – 2013) siempre aspiró a ser él mismo “al máximo”. Hijo de un médico militar, creció en Tánger (arriba, con cuatro años) y otras plazas a las que su padre fue destinado. La Guerra Civil le sorprendió en Santander con 19 años, cuando acababa de aprobar una oposición a funcionario de aduanas. “Hombre de orden”, fue movilizado por el Ejército de la República, aunque después se pasó al bando nacional.
La Universidad, a la que acudió de mayor y donde es catedrático de Estructura Económica, fue el germen de su disidencia intelectual y moral con la dictadura. Economía humanista es su obra más conocida en este campo.
Escritor y académico, sus novelas El río que nos lleva, La sonrisa etrusca- han tenido éxito de público y se han llevado al cine y al teatro. En 2011 ha recibido la Orden de las Artes y las Letras.

“Mi única ambición ahora es morir como un río en el mar. Ya noto la sal”

“Esto acaba por degradación moral. Hemos olvidado justicia y dignidad”

“Me pueden apartar y jubilar. Pero no me pueden jubilar de mí mismo”

Nos encontramos en su apartamento alquilado en la misma arena de la playa de Mijas (Málaga) días antes de que los indignados tomaran la Puerta del Sol. Se le veía frágil. Un gigante de metro noventa todo piel y huesos y ojos transparentes clavándose en los del prójimo. Un místico. Pero un místico lúcido. Y enamorado. Su esposa, la escritora Olga Lucas, 30 años menor, le sostiene en todos los sentidos. Ella es sus oídos, sus ojos y sus antenas. Pero el que piensa -y el que actúa pensando- es él. Juntos firman Cuarteto para un solista (Plaza y Janés), la “novela de ideas o ensayo novelado” que publica ahora y que constituye su testamento intelectual. Quisimos verle de nuevo para saber cómo saludaba, por fin, la reacción de los jóvenes. No fue posible. El celo de Olga le protege del mundo. Quizá de más. Pero gracias a ella está vivo, o eso dice él.

  • ¿Cómo ve el mundo desde aquí?

Nuestro tiempo es para mí, esencialmente, un tiempo de barbarie. Y no me refiero solo a violencia, sino a una civilización que ha degradado los valores que integraban su naturaleza. Un valor era la justicia. Dígame si Guantánamo o lo que pasa en China es justicia. Se juzga a la gente en virtud de la presunción de culpabilidad. Todo eso del ataque preventivo, un nombre eufónico para hablar de la ley de la selva. En 2000 años, la humanidad ha progresado técnicamente de forma fabulosa, pero nos seguimos matando con una codicia y una falta de solidaridad escandalosas. No hemos aprendido a vivir juntos y en paz.

  • En su libro, los cuatro elementos: tierra, fuego, agua y aire, se reúnen para lograr la supervivencia de los humanos.

Sí, porque el hombre los está olvidando. Los cuatro se preocupan porque, al alejarse de ellos, se aleja de su naturaleza. Se ha creído más de lo que es, se piensa por encima del cosmos. Los cuatro dicen: mientras crean en nosotros, serán humanos. Si no, peligran.

  • Dice que el hombre es al universo lo que la neurona al hombre: una célula pensante, pero una más.

Dentro de mí hay millones de células como dentro del cosmos hay millones de seres. El hombre tiene dos peculiaridades: la palabra, y con ella el pensamiento, las ideologías y las creencias. Y la sensación de superioridad, pensar que es inmortal. Eso es lo que los cuatro no reconocen. Una cosa es la vida espiritual, incluso el sentimiento de que hay más allá, y otra las religiones con funcionarios que las explotan. Cuando el hombre se cree por encima de la naturaleza, piensa que puede transformarla, iluso.

  • ¿Qué le sugiere que en el siglo XXI se declare santo a Juan Pablo II, fallecido hace cinco años?

Hay una gran diferencia entre verdad y creencia. La verdad es la que podemos comprobar, y las creencias pertenecen a la zona imaginaria.

  • Pero esa creencia articula la vida de millones de personas.

Y conduce a la idea de que hace falta una administración para entretener las almas, repararlas si se deforman, asegurarles si hacen todo bien un asiento en el paraíso. Para determinar nuestra conducta, las creencias son más importantes que la verdad. Y los que creen en esa inmortalidad hacen bien en comportarse según ella. Lo que hacen mal es exigir que los demás lo hagan.

  • Obviamente, no es creyente.

Yo no puedo decir si hay Dios o no. Creo que no, pero no tengo seguridad. Ahora, tengo la seguridad de que el Dios que nos vende el Vaticano es falso, y lo compruebo leyendo la Biblia con la razón y no con la fe. Cuando creemos lo que no vemos, acabamos por no ver lo que tenemos delante.

  • En su vida habrá habido gozo y sufrimiento. ¿No envidia la paz de los creyentes?

Esa es una de las razones por las que existen religiones, hay quien se cree a los dioses porque se ve inseguro ante el mundo. Además, todos tenemos necesidad de afecto, y pensar que hay alguien que nos protege es consolador. Pero mi actitud de no usar ese consuelo también. Mire, yo estoy a punto de morirme y estoy tan tranquilo. Gracias a ella [mira a su esposa], que me da una enorme tranquilidad y a la que le debo la vida. Si no fuera por ella, yo estaba muerto hace tiempo.

  • ¿El amor es el consuelo del agnóstico?

La gente suele identificar el amor con el hecho de hacer el amor, y piensa que a mi edad no tiene sentido. Claro que lo tiene. La compenetración, el afecto, el saberse sin hablar. Para mí, eso es más que siete Nobel. El goce de la vida no es cuestión de cantidad, sino de sensibilidad, intensidad, compenetración. La ternura da una intensidad profundísima. Y para eso no necesito el alma, tengo la mente. El cerebro, a base de combinar ideas como hace, peor, un ordenador, construye un mundo mental que da las sensaciones que se atribuyen al alma. Yo tengo memoria, algún entendimiento y voluntad. El mundo es energía. Todos tenemos una chispa. A lo que llaman alma, yo lo llamo mente.

  • ¿Y frente al miedo a la muerte?

Frente al exterior que no podemos conocer del todo hay una actitud de inquietud e indefensión. Eso nos lleva a decir: voy a transformar el mundo, como dicen ahora. Yo no pretendo cambiarlo, sino estar en armonía con él, y eso supone una vida que cursa como un río. El río trisca montaña abajo, luego se remansa, y llega un punto, como estoy yo, en que acaba. Mi ambición es morir como un río, ya noto la sal. Piense en lo bonito de esa muerte. El río es agua dulce y ve que cambia. Pero lo acepta y muere feliz porque cuando se da cuenta ya es mar. Ese es un consuelo. No necesito la esperanza de un personaje que me acoja. Admito que haya más allá, pero no un señor pendiente de José Luis.

  • Y que lo mande al cielo o al infierno. O que diga, a este lo pongo en coma y lo tengo así seis meses.

Eso no es vida humana, eso es ser una coliflor. Pero hay quien dice: Dios es el dueño de la vida, y hay que agradecerle y dedicarle mi sufrimiento. Pero, bueno, ¿qué creencia tiene quien piensa que Dios se regocija con el sufrimiento? Esas ideas me parecen monstruosas. Estar contra la eutanasia, con garantías, me parece de una irracionalidad propia de una mentalidad primitiva.

  • ¿Ha hecho testamento vital?

No, pero ella [su esposa] sabe que, llegado el momento, quiero que me dé el potingue. [Interviene ella: “Sí, pero tienes que hacerlo, no quiero ir a la cárcel”]. Lo haremos. Hay que aceptar que acabamos. A mí me han dado la vida, quien fuera, y he procurado hacer lo que debemos hacer todos, vivir. Pero vivir siendo quienes somos, solo así alcanzaremos el máximo nivel. Para mí, el desarrollo de un país no es que se ponga a la altura de Estados Unidos. Es que desarrolle sus posibilidades al máximo. Yo fui una semilla, y he tratado de ser yo al máximo. No sé si mi obra es buena o mala, lo que digo es que la hice lo mejor que pude. Como neurona, he tratado de incorporar la mía a los demás, porque somos todos juntos y un hombre solo no es nada.

  • Dicen que China está a punto de superar a Estados Unidos en desarrollo.

El desarrollo está pensando en la rentabilidad. Lo importante no son esas tres palabras que ahora todo lo mandan: productividad, competitividad e innovación. En vez de productividad, propongo vitalidad; en vez de competitividad, cooperación, y frente a esa innovación que consiste en inventar cosas para venderlas, creación. Esa es otra. El arte es mercancía. Esos artistas como Hirst, que cogen una cabeza de vaca, le ponen un diamante y se forran. Perdonen, pero eso no me parece desarrollo. El desarrollo humano sería el que condujera a que cesaran las luchas y supiéramos tolerarnos. Y ser libres, pero todos, porque la libertad es de todos o no es.

  • Decía usted: “¿Libertad? Vaya a un supermercado sin dinero y verá lo libre que es”.

El mercado no da la libertad. La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada a la responsabilidad del que maneja. Lo sabían los revolucionarios franceses: libertad, igualdad, fraternidad. Hay que tener el pensamiento libre y crítico. Para ser yo, la poca cosa, la neurona que sea, necesito pensar con libertad. Con la libertad de la cometa. Mire las elecciones. Hay unas campañas fabulosas para inculcar a la gente lo que tiene que votar. Y como el poder tiene unos medios extraordinarios de difusión, que son de persuasión, logra que se vote a quien se vota y pase lo que pasa.

  • ¿Y qué pasa?: ganan unas veces unos y otras otros.

Pues mire, usted perdone que me extrañe de que la gente vote a un señor como Berlusconi.

  • ¿Eso es porque la gente no piensa?

Porque la gente no hace crítica, porque acepta la creencia que le proponen a base de bombardearle con los medios. Los titulares de los periódicos son efímeros, tienen muy poca importancia frente a cosas como Guantánamo, un insulto a la justicia y a la inteligencia. ¿Y de Japón? ¿Y de Haití? Del sida en África, o de la falta de educación, no habla nadie porque no interesa al poder, que es el que dispone de los medios, que dicen lo que al poder le interesa. Contra eso hay que indignarse, reaccionar y decir no.

  • ¿Me está diciendo que los periodistas trabajamos a las órdenes del poder y el mercado?

No todos. Los hay que se resisten y reaccionan. Pero incluso los que siguen la corriente lo hacen inconscientemente: eso que llaman la información es una parte de lo que pasa, ocultando todo lo demás. Como cuando en una biblioteca hay libros delante y no dejan ver lo de atrás. Lo hacen inconscientemente porque saben que eso es lo que vende.

  • Ahora se sabe la audiencia exacta de cada noticia y existe la tentación de ofrecer lo que se pide.

Claro, a mí me hacen muchas veces el elogio del ordenador. Estoy de acuerdo, pero si usted se acostumbra a consultar el ordenador en vez de pensar, acabará pensando lo que le diga el ordenador. Esto es parecido. El periodista sabe que o hace lo que conviene o se arriesga, y se lo piensa.

  • Su protagonista es un viejo profesor internado en un sanatorio. Su psiquiatra dice que antes sus pacientes eran los deprimidos, y ahora, los ansiosos. ¿Eso tiene que ver con el progreso que nos arrolla?

Eso me lo dijo mi amigo el doctor Valentín Fuster. Algo de eso hay. Fíjese en que cada vez dependemos más de las creaciones mecánicas y científicas. Piense cuánto tiempo dedicamos a usar máquinas. Yo no sé ni hablar por el móvil, no me interesa. Gracias a mi mujer, que se entera de lo que hay y me lo cuenta.

  • Pero el mundo es el que es. ¿La alternativa es volver al pasado?

Otra cosa que decía Fuster: vamos a parar y hablar del asunto. Pero no son capaces. Los que tienen poder quieren más poder; los que tienen dinero, más dinero; los banqueros que están forrados quieren sueldos más altos, y a la vez le dicen al obrero que hay que trabajar más y cobrar menos, ¡pero bueno! ¿Por qué no se para un rato la rueda y se reflexiona? Porque a los que mandan no les conviene, por eso no favorecen el pensamiento crítico, sino el transmitido por sus medios y por la educación, porque eso empieza en la niñez. Ahora lo de Bolonia es entregar la Universidad a los financieros e industriales. Y se estudiará lo que convenga para producir más.

  • Algunos piensan que hay que estudiar lo que se precisa. Que de la pasión no se vive.

Yo aconsejo que el chico haga lo que le guste, porque rendirá más y vivirá más feliz, aunque gane menos. Una razón por la que hay tanto paro es que nuestro boom estaba montado en esto [señala las torres de la playa]. Era especulación. Además se atrajo a una mano de obra que no está capacitada para nada más. Ahora cómo la trasladas. Fíjese que la productividad se consigue con máquinas, todo elimina mano de obra. El músculo no encuentra trabajo. Yo mismo ahora no sería capaz de dar clases porque no manejo el ordenador. Si hubiera sensatez, si nos educaran para ello, reaccionaríamos y diríamos: alto, paremos a pensar. Racionalicemos el crecimiento demográfico.

  • En España somos los menos prolíficos del mundo.

La reflexión la ha de hacer el mundo entero. Vamos a redistribuir la producción. El poder no quiere reflexionar porque no le interesa cambiar. Mientras, se corrompe todo, el sistema se hunde, entramos en esta barbarie. Como pasó al final de Roma. Ahora viene otra sociedad. El sistema capitalista se ha terminado: ya no funciona.

  • ¿Cuánto de vida le da? ¿Llegará a verlo?

No se lo puedo decir, pero estoy seguro de que en este siglo se empezará a notar la imposibilidad de mantener el desarrollo y las políticas autoritarias de esta manera, que encuentran cada vez más resistencia, y habrá cambios profundos. Quizá la primera reacción del poder sea el autoritarismo y entraremos en un despotismo científico. En el siglo XVIII hubo un despotismo ilustrado, ahora habrá una situación en la que unos ricos selectos dispongan de todo el progreso mientras en África y Asia hay lo que hay.

  • ¿La brecha científica separará a ricos y pobres?

La ciencia está en manos del dinero. Pero las creaciones científicas se hacen con un propósito y luego tienen otras consecuencias. Internet ha permitido lo que llaman globalización: pasar el poder de los políticos a los financieros. Pero la globalización, al tiempo que ha permitido a los ricos dominar más el mercado, ha creado los foros sociales que pueden minarles.

  • En el sistema está el germen de la disidencia.

Claro, crea armas para otros, son consecuencias no deseadas de la técnica creada a demanda del poder. Ocurrirán cosas que no puedo prever, pero que conducirán a una situación distinta.

  • En su libro parece que tenía previsto el terremoto, el tsunami y el desastre nuclear de Japón.

Hombre, es que tiene que pasar. Lo que me sorprende del tsunami es que una técnica como la nuclear, avanzadísima y todo lo que quiera, sabe poner en marcha una central, pero no sabe pararla. Y pasa no solo en la técnica. El Gobierno americano es capaz de montar Guantánamo, y resulta que no es capaz de desmantelarlo. Que no se les suban tanto las campanillas a los líderes científicos y políticos. Tienen puntos débiles.

  • ¿Qué le pareció la reacción del pueblo japonés ante la catástrofe, o los islandeses que han emplumado a los financieros?

En Islandia ha ocurrido esto porque es un país pequeño donde hay la posibilidad de unirse, aquí no. Estamos divididos deliberadamente para que seamos menos eficaces. La civilización moderna trata de individualizarnos y decirnos: usted es un individuo, usted es el rey de la creación, usted elija, usted tiene derecho, usted tiene libertad. Si aquí se reunieran todos los jóvenes, pero todos, podrían hacerse grandes cambios. Pero no se harán, porque los del PP harán lo que les dicen, y los del PSOE harán lo mismo.

  • ¿No hay también apatía y conformismo de la mayoría?

Sí, porque al mismo tiempo que nos dividen y nos mantienen en la ignorancia, nos ofrecen otros alicientes: el espectáculo, los festivales, el fútbol, y se desahogan por ese lado. Está todo montado también para ocultar lo que pasa detrás de la cortina. En cambio, nadie parece darse cuenta de que el señor Rajoy es el primer aliado de los que nos causan los problemas de crédito, porque dice en todos los foros que España está muy mal. La gente no reflexiona sobre eso, porque esa es una razón para no votar a esas personas que denigran a su país solo porque no son ellos los que gobiernan.

  • Llevamos ocho años de Gobierno socialista. ¿No han estado a la altura?

No, por una razón muy sencilla: no son socialistas. Es un Gobierno capitalista que pasa por socialdemócrata. El socialismo no habría privatizado Telefónica. Ahora anuncia que va a despedir a 8.000 obreros; si fuera del Estado, no lo haría. Y dirán: la empresa pública es menos rentable. Pero ¿para quién? Las empresas privadas dan más dinero para el director, no para los obreros. Y si viene otro Gobierno, será más capitalista aún. Los Gobiernos no evitaron la crisis financiera y los pueblos siguen votando a quien ha hecho las cosas mal. ¿Quiénes provocaron la crisis?: los banqueros. ¿Quiénes salieron antes?: los banqueros. ¿Quiénes siguen ganando mientras el resto está parado?: los banqueros. ¿Quiénes les manda?: el capital.

  • Hablando de los trabajadores que ‘sobran’, la gente tendrá que trabajar para sobrevivir.

Claro, pero si trabajan todos, tendría que ser en producciones de más baja rentabilidad. Y al poder, eso le tiene sin cuidado. Mientras mande el capital, esto no tiene arreglo, pero entretanto se está erosionando el sistema por dentro. Habrá una gran reacción si sigue la cosa así, esto no puede continuar.

  • ¿Esto va a explotar?

Sí, esto se acaba. No le puedo decir cómo, pero lo estoy viendo, y además por degradación ética y moral, porque se han olvidado de la solidaridad, de la justicia, de la dignidad. La corrupción es que los hombres que han de gobernar se ofrecen en venta. El capitalismo lo convierte todo en mercancía. Somos naturaleza, y poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe.

  • ¿Este libro es una especie de testamento intelectual?

Bueno, aún estoy aquí y escribo cada día. Ahora estoy tomando notas pensando en hacer una cosa breve, porque no puedo hacer planes para una novela. Quisiera hacer un librito sobre mi visión del mundo originado en el vacío, y en el vacío surge la energía.

  • Siempre tiene las mismas obsesiones.

Sí, sobre todo desde que empecé a despejar cosas que me habían enseñado y a ver al hombre como especie biológica, como un ser privilegiado, pero natural.

  • ¿Cómo ve su vida desde sus 94 años?

Yo me considero un inmigrante en esta España. La manera de ser se construye en la adolescencia. Yo me construí en la España de los años treinta. En el 36 tenía 19 años, empezaba a vivir. Y entonces vino la catástrofe. Soy un inmigrante que no puede volver a su país porque ha desaparecido. En la Guerra Civil estuve en los dos campos, pero la dictadura fue una monstruosidad, aún hay quien dice que se vivía con placidez, serían ellos. La Universidad fue decisiva, dar clase es para mí tan importante como la literatura y la economía. Luego vino la etapa de padre de familia. Tuve la desgracia de perder a mi mujer, y no pensaba casarme, pero quién se resiste [mira a su esposa]. Nos encontramos en el balneario de Alhama. Yo iba cada año porque tenía lumbago. Ella se fue a su sitio, yo al mío, nos escribimos y hasta hoy.

  • ¿Uno se enamora de forma distinta a los 80 años que a los 30?

En el fondo se enamora uno igual, los dioses cambian de ropa, pero así son los dioses. Y las diosas. Tuve esa suerte, y aquí estoy, feliz.

  • ¿Cuáles han sido los placeres de su vida?

Placeres sencillos: la lectura ha sido extraordinario. Con la música he disfrutado muchísimo, he tocado un poco el piano y el violín, pero sobre todo he escuchado, y ahora la sordera me priva de esto. La contemplación ha sido importante. Hablo muchísimo conmigo, me trato mucho.

  • ¿Y discuten?

A veces. La felicidad en gran parte es llevarse bien con uno, y luego con los que están cerca.

  • Dice que esta casa frente al mar es su sanatorio de reposo mental. ¿Qué encuentra aquí?

He comprado todo lo que se ve desde la terraza, sí, es mío. Usted se ríe, pero imagine que soy archimillonario y he adquirido ese trozo de mar, ¿qué haría con él? Pues lo mismo que ahora, porque no tengo la obsesión de ser propietario, que es lo que hace que los ricos compren la vaca de Hirst. Lo contemplaría, pasearía y dejaría que la gente se moje, porque no me perjudica. Pero la gente quiere ser propietaria, porque quiere mandar, y quien posee una cosa quiere otra. Hace falta menos para vivir bien.

  • ¿Qué es lo imprescindible?

El afecto. Y quien no lo tenga, afecto hacia sí mismo, hacia la naturaleza, hacia un perro. Fuster, a los estresados les decía: cómprese un animal de compañía, aunque sea un loro, y hable con él. No se precisa mucho más.

  • En este siglo de tantos inventos, ¿de cuál disfruta más?

De los libros y la música.

  • Me refería a algo de la modernidad.

El ascensor es un gran invento.

  • Si no tiene propiedades, ¿cuál es su patrimonio?

Mis ideas, mi memoria, lo que tengo en la cabeza, lo que soy. Aprendiz de mí mismo, eso he sido toda mi vida.

  • En el libro dice: “Me pueden apartar, me pueden jubilar, pero no me pueden jubilar de mí mismo”.

Mientras me rija la cabeza y pueda ir al baño solo, estoy aquí tan campante. Ya lo he dicho: mi única ambición es morirme sin molestar.

  • Pero no le veo triste.

Por qué voy a estarlo, no puedo estar mejor para mi edad.

  • Me refiero a ese Apocalipsis del que habla.

Hasta hace poco pensaba que esta barbarie era una tragedia. Ahora creo que es una crisis de evolución de un sistema a otro. El cosmos no para de cambiar. Y lo mismo que ha inventado la vida y la cultura humana, inventará lo nuevo, el sistema que sustituirá al capitalismo. Yo tengo mi consuelo en mi manera de pensar, y acepto lo que se me viene encima. Por qué voy a estar triste, si estamos rodeados de milagros. Piense en un huevo. Un gran invento sin técnicos, sin científicos, sin nada. El huevo es una maravilla.

Con mi agradecimiento a ALBV 


Paco de Lucía/Félix Grande

Música: Paco de Lucía – Entre dos aguas

Félix Grande fue un reconocido escritor y flamencólogo, que cultivó tanto el género narrativo como el lírico.

Importante representante de la innovación en la poesía española de la década de los 60.

Era guitarrista flamenco cuando, decidió cambiar la guitarra por la literatura. Se consideró siempre un aprendiz de poeta. Distraía sus heridas con música de Paco de Lucía y Camarón.

Dejó una amplia obra de poesía, narrativa y ensayo, y un sonido: el del flamenco, música que estudió con pasión.

 

Besarle el gozo al olvido,
cómo lo hago para besar un año entero de noches
que bebían el olvido.
Ahora cabalgo sobre un rey de corazones
como un río entre las piernas.
Ahora esas divinas cuerdas de guitarra
son mi más reciente alegría.
Quiero danzar, cada instante claro o de lluvia
este sagrado rito de vida
que me une a tu labio.
Pongo sobre mi frente un sombrero de plumas
para despedir la tristeza.
Pongo sobre mi boca el fuego
de los que leen las estrellas.

 


Oteiza y el Arte

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Jorge Oteiza quedará; todavía no le conocemos…! 

 

Poco tiempo antes de morir un tembloroso Oteiza leyó entre lágrimas: “La vida ya no me sienta  bien, siento la dulzura cercana de la muerte, soy viejo, enfermizo, sentimental y llorón y lleno también de violencias que ya no podrían impresionar a nadie”

Al desprenderme de Ella, me he quedado sin familia.
“No tengo a nadie en quien morir…”

Una tumba sencilla con su fecha de nacimiento (1908) junto a la de su mujer Itziar.   Dos humildes cruces de madera unidas por un único palo transversal.

Aquí yacen… ¡No señor, aquí no yacen, de aquí se han ido… !

La muerte no existe, es un cambio de sitio.La vida sirve para morirse. Está clarísimo.

La poesía es lo que no se explica, ni se entiende, ni se puede entender. Es un salir de la vida y encontrar otro sitio, donde estar protegido.
Estar fuera, volando, como un pájaro…

___

 

Oteiza ha sido, además de un gran escultor investigador del racionalismo abstracto y buen poeta, un permanente agitador incendiario…

En estas palabras de recuerdo al hombre, voy a limitarme a extractar algo de su pensamiento en relación con el arte.

Se dedicó a la escultura durante treinta años aunque reconocía que lo que le interesaba realmente eran los lenguajes, y en lugar de hacer la experiencia con la música, por ejemplo, la hizo con la escultura. Después se pasó al cine, al ballet, al teatro -artes en las que fue fracasando como corresponde a un creador- hasta que se encontró con la poesía.

“La poesía es la expresión en la que me siento más cómodo. Ante la hoja en blanco, esa página que da terror a muchos, que se estremecen, cuando a mí me ocurre todo lo contrario. La poesía es el mejor lenguaje personal, individual, que te define en tu gran soledad. Eres un dios del papel: pones dos palabras y te incendia el cielo de papel. Con la poesía me comunico con algo trascendente, dentro de una gran intimidad.”

“La poesía es el lenguaje que llega más al alma. La Poesía y la Música. La poesía es la musica del papel.

Decía…

“La escultura es un lenguaje sordomudo, carísimo, lento y sucesivo…

“La escritura es certificar el fracaso y, aunque el motivo sea la poesía, la conversación tiende a otras reflexiones.

“El verdadero territorio del hombre es el lenguaje.

A la pregunta de “¿Qué es lo que no te invita a seguier viviendo, tú mismo o el mundo?”, Oteiza contestaba:

  • Creo que el mundo. El mundo y sus enemigos, porque antes se decía que los enemigos del alma eran tres, mundo, demonio y carne, pues ahora siguen siendo tres también. Los “enemigos” capitales del mundo del poder son tres: la cultura la educación y la paz. Y por eso el poder les persigue. No hay nada que hacer…

Un día te llamé poeta y te extrañaste

  • Sí, es verdad. Yo no he querido hacer poesía, mi voluntad ha sido distinta de los poetas, yo he querido una autonomía del lenguaje, porque la poesía está en el hombre, en el comportamiento tuyo al querer escribir… Yo he querido escribir, no para los demás y menos por la belleza; yo me he encontrado la imagen, otras veces he hecho una cuantas jugando y como un collage, pero a mí no me interesa la rima.

Se habla de la respiración en tu obra poética, nunca has considerado la poesía como un instrumento, sino como un aliento, como una respiración…

¿Te ha curado de la muerte la poesía?

  • De la muerte, no; de la vida, porque la muerte está en la vida…

El hombre concluye en el niño.

“Ultimamente pienso en mi infancia, estoy pensando que el niño es la fase más alta de nuestra personalidad, que en el niño no empieza el hombre, que el hombre concluye en el niño. Si hubiera muerto con seis años era en plena madurez, plenamente realizado. Me refiero a los agujeros que hacía en piedra blanca arenisca y que en el vacío redondo que descubría me sentía protegido, era mi tesoro de agujeros, que al recordar de escultor los llamé esculturas de catalejo. Siento que estoy llegando a mi infancia. Mis ideas van desapareciendo y reaparecen al recordarlas en mi infancia más completas y simplificadas. Veo que vivía la naturaleza con una religiosidad estética que perdí con la educación recibida de una fe religiosa supuestamente histórica.

Creo en lo que no existe.

Así una de mis preocupaciones últimas y que utilizaría para negar mis fracasos es demostrar que no he existido…


Extractado de artículos de prensa
Autores:
Jose Luis Barbería
Andoni Batista
Félix Eraña


Cortázar


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No existen leyes para escribir un cuento
… a lo sumo puntos de vista.

Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse después de conocer sus leyes… no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable”.

El cuento es una síntesis centrada en lo significativo de una historia.

El cuento es… una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia”…

Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos”.

La novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out.

Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos”.

En el cuento no existen personajes ni temas buenos o malos, existen buenos o malos tratamientos.

… no es malo que los personajes carezcan de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka”… “Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores…”.

Un buen cuento nace de la significación, intensidad y tensión con que es escrito; del buen manejo de estos tres aspectos.

El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo… al punto que un vulgar episodio doméstico… se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico… los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada”… “La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente,se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista”.

El cuento es una forma cerrada, un mundo propio, una esfericidad.

Señala Horacio Quiroga en su decálogo: “Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”.

El cuento debe tener vida más allá de su creador.

…cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo”.

El narrador de un cuento no debe dejar a los personajes al margen de la narración.

Siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra”. “La narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa… en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración strictu senso, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí”.

Lo fantástico en el cuento se crea con la alteración momentánea de lo normal, no con el uso excesivo de lo fantástico.

El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen “normal” de la conciencia”… “Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado… la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de “full-time” de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural”.

Para escribir buenos cuentos es necesario el oficio del escritor.

…para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión… tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor”.

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