La noche interrumpida

Jose María Guelbenzu escribe una reseña que define como “un edificio firma y lleno de resonancias” sobre esta novela de Rebecca West. La guardo entre mis páginas por la invitación que para mi supone leerla y por si a ti, que que has llegado hasta aquí, te interesa.


Rebecca West es una escritora inglesa cuya obra literaria ocupa un lugar de primer orden en la mejor literatura del siglo XX. Periodista, ensayista y novelista, publicó varios libros excepcionales: Cordero negro, halcón gris (Ediciones B), un mítico libro de viajes sobre la desmembración de Yugoslavia; Un reguero de pólvora, acerca de los juicios de Núremberg, y El significado de la traición, de las implicaciones éticas y morales de la traición, soberbio ensayo centrado en los fascistas ingleses y los espías ingleses de la Guerra Fría (ambos en Reino de Redonda). Su gran aportación a la literatura universal es la trilogía La familia Aubrey (Seix Barral) y la novela El regreso del soldado (Seix Barral, de próxima aparición). Estas novelas pueden medirse sin duda con la obra de una Iris Murdoch e incluso de la misma Virginia Woolf o la de algunos de sus coetáneos como E. M. Forster. Feminista admirable, de ideas socialistas y alejada de toda intransigencia fanática, era una mujer de considerable cultura y, por supuesto, inteligencia. La noche interrumpida es el segundo volumen de la trilogía de Aubrey y narra el paso de la infancia (tratado en el primer volumen) a la edad adulta en los cuatro jóvenes protagonistas.

La familia Aubrey se compone de un padre, Piers, hombre culto, extravagante e inconstante, siempre apurado económicamente debido a su mala cabeza; Clare, la madre, una excelente pianista apreciada por ­Brahms y ya retirada; sus hijos Cordelia, Mary y Rose (la narradora) y el pequeño Richard Quin, y Kate, la criada constante. Además, un grupo de secundarios entre los que destacan el bondadoso señor Morpugo, la señorita Beevor, la prima de la madre, Constance, y su hija Rosamund y el tío Len con su esposa y su hija Nancy. Todos ellos personajes trazados con un vigor y una penetración admirables.

A primera vista puede parecer una “novela de formación”, modelo alumbrado por el Romanticismo, pero se separa inmediatamente de esa convención. En primer lugar, porque es una obra del “crecimiento”, pues no se limita presentar a sus personajes desde sus hechos y actitudes, sino que se introduce en el mismo ser de su crecimiento y lo construye de adentro hacia afuera. Es mucho más que un bildungsroman, debido a las profundas y entreveradas complicaciones psicológicas, propias de la modernidad, que van conformando la esencia de ese “crecimiento” juvenil, complicaciones que aportan una sólida base de pensamiento a la novela (y aquí debo aclarar que, si bien creo que toda novela de fuste ha de tener pensamiento, también considero condición indispensable “que no se le deba notar”). Eso es justamente lo que consigue la propia narratividad del texto, pues tampoco es una “novela de ideas”. El poderoso análisis y desarrollo del “crecimiento” queda imbricado en la propia narratividad de la novela. El paso del bloque familiar a la individualidad de los hijos es el sustento de ese crecimiento, que va mucho más allá de la anécdota: contiene en sí el pensamiento de la autora, lo integra en la propia expresión literaria, interactúa a la perfección con el mundo en torno y lo sitúa en una dimensión creativa del más alto nivel.

El libro tiene una construcción ordenada, no complicada, y lo que destaca de inmediato es la riqueza expresiva tan impresionante sostenida por un lenguaje no menos rico no sólo en palabras y expresiones, sino en las descripciones y las imágenes literarias tan acabadas y precisas. Como ejemplo citaré la descripción del vuelo de una bandada de estorninos en la página 381, de un virtuosismo prodigioso. En otros muchos casos las descripciones están cargadas de un sentido que va más allá de la propia belleza de la descripción. Y no me resistiré a ejemplificar el poder de sus expresiones con un ejemplo: al referirse a un admirado profesor de música, al que, aunque algo le disgustase en los ejercicios de sus alumnos, ni siquiera entonces dejaba de apreciar sus habilidades musicales, dice: “Su oído era de una honestidad tal que ni su mente era capaz de doblegarla”. Y este es el momento de ponderar el esfuerzo de los traductores por trasladar a nuestra lengua la formidable carga expresiva del texto; es una escritura que tiene como exigencia referente a Henry James, a quien la autora ha leído con extrema exigencia.

Es una novela dividida en ocho partes, cada una de las cuales responde a una situación, lo que la convierte en una novela contenida. Ahí reside su encanto y su precisión. La novela está, como se suele decir en el argot literario, soberbiamente “amueblada”. La elección de narrador, siempre un punto fuerte en Rebecca West, es un acierto. Todo el juego de sentimientos que se entretejen en la novela la sostienen sobre una potente escritura de palabras que levantan la historia a semejanza de un edificio complejo y firme, pero lleno de resonancias que van quedando en la sensibilidad del lector con una convincente emoción y veracidad. Rebecca West pone entre ella y la parte de su propia realidad familiar en la que se apoya una firme distancia que la aleja de cualquier riesgo de caer en el relato de sí misma, una distancia a la que no es ajena su dominio de la palabra, pues con ella, y no con otro medio, es con lo que consigue establecerla: todo un acto de fe en la fuerza y la verdad del lenguaje.

Imagen Rodin


Solo un juego de palabras


Leo y releo en estos días de confinamiento. Y me detengo en cualquier punto del paisaje. Y retrocedo y así no termino nunca de terminar un libro que realmente me interesa; especialmente los relacionados con las vidas y circunstancias de los poetas a los que admiro.

Hablamos de Aleixandre, (más tarde os diré quién es el que habla…)

Aparece a última hora de la tarde, justo para llegar a tiempo a cenar. Parece cansado del viaje, pero las chispas en sus ojos siguen igual de azules y de vivas. Tan poco invasor, tan religiosamente atento a lo que le decimos, siempre me hace gracia la vehemencia que este hombre pone, de repente, en el relato más trivial. En cualquier revuelta del diálogo se le acelera la palabra, casi jadea, como si entre frase y frase tuviera que sumergirse, borboteando, para calar al fondo de la historia. Hoy nos contaba su paseo hasta la oficina de telégrafos, recién llegado, preguntando aquí y allá, y el inocente trayecto de manzana y media tomaba una solemnidad y una intensidad insospechadas. Lo oscuro de la noche y de los transeúntes, las ráfagas del viento y de los automóviles, la zarabanda de las luces, todo componía una especie de fantasmagoría, de realidad espectral —figuraciones y figuras—, a punto de perder pie definitivamente. Y el tono, y las inflexiones de la voz y el gesto, el inoíble pianissimo, suscitaban la idea de una expedición tremenda, misteriosamente significativa, lo mismo que la bajada de Orfeo a los infiernos.

Nunca le había oído leer poesía en público y me pareció admirable. Es además un estupendo explicador, que sabe perfectamente insinuar en los oyentes la atmósfera del poema. Aleixandre es un gran poeta.

J.Gil de Biedma


DESPUÉS DEL AMOR

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace un instante,
en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,
delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.
Momentánea destrucción el amor, combustión que amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad
nos llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro
amor, que allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla caldea sin celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.

V. Aleixandre


El infinito en un junco

GUILLERMO ALTARESMadrid – 04 NOV 2020 – 14:41 CET

Irene Vallejo, escritora y filóloga zaragozana de 41 años, ha ganado este miércoles el premio Nacional de Ensayo por El infinito en un junco (Siruela), una obra sobre la historia de los libros que ya se ha convertido en el éxito editorial del año. Las posibilidades de que un ensayo erudito de 430 páginas, escrito con un lenguaje evocador y preciso por una autora poco conocida, se transformase en un superventas eran escasas. Sin embargo, desde que llegó a las librerías, la obra ha ido sumando ediciones, acumulando críticas positivas de autores como Alberto ManguelCarlos García Gual o Mario Vargas Llosa y recogiendo premios, como el Ojo Crítico en la categoría de narrativa.

Sin embargo, en marzo, cuando el ensayo estaba en pleno auge, llegó el confinamiento, y su editora, Ofelia Grande, temió que se parase en seco porque se trata de una obra que depende mucho del ecosistema de las librerías literarias y de las recomendaciones personales. Pero ocurrió todo lo contrario: este viaje al mundo clásico, que en un mismo párrafo puede mezclar Taxi Driver con Demóstenes y se lee como una novela de aventuras, siguió encontrando sus lectores. Este mismo miércoles su editorial anunció que había imprimido ya 100.000 ejemplares y que ha firmado 26 contratos de traducción. Ya ha salido en catalán y en portugués. Según el informe confidencial de la consultora Gfk, que publicó este diario, había vendido 50.549 ejemplares desde su lanzamiento hasta finales de agosto, ocupando el puesto número 11, el primero para un ensayo, en la lista de las obras más exitosas del mercado editorial español.

“Sigo perpleja por esta acogida y por todo lo que está sucediendo en torno a este libro”, explica por teléfono desde Zaragoza Irene Vallejo, colaboradora desde febrero de El País Semanal, donde publica una columna cada dos semanas, y de El Heraldo de Aragón. “Muchos lectores me dicen que hay un sentimiento de pertenencia, quién lo lee hoy siente que forma parte de esa aventura épica, del esfuerzo para que todo ese bagaje de libros, poemas, siga avanzando hacia el futuro”.

“Luis Landero lo definió como un ‘ensayo de aventuras’ y eso es lo que intenté hacer”, prosigue Vallejo. “Era consciente de que el tema no era novedoso, porque existen muchos libros sobre bibliotecas y libros. Lo que podía aportar era a través de la escritura, trazando un experimento que transcurriese en los territorios fronterizos entre la ficción y el ensayo. Me gustaría pensar que es un cruce entre Montaigne, y su capacidad de dirigirse de tú a tú al lector, con Las mil y una noches y sus historias que se enredan con otras historias”.

En su fallo, el jurado del premio nacional se pronuncia en un sentido parecido y sostiene que ha elegido esta obra “por ofrecer un viaje personal, erudito e instructivo por la historia del libro y de la cultura en el mundo antiguo, que transmite un sentimiento de colectividad en el que tanto la propia autora como quien la lee se reconocen”.

Doctora en Filología Clásica, Irene Vallejo compatibilizó durante años la escritura con la enseñanza, aunque ahora se dedica solo a la literatura. Es autora de las novelas La luz sepultada y El silbido del arquero y de los libros infantiles El inventor de viajes y La leyenda de las mareas mansas. Vallejo escribió gran parte de El infinito en un junco por las noches, en un momento personal complicado, como si ese mundo clásico le proporcionase un refugio. En estos tiempos difíciles, muchos lectores han encontrado una acogida similar en sus páginas.

El helenista, traductor y ensayista David Hernández de la Fuente, autor entre otros ensayos de Vida de Pitágoras (Atalanta) y El despertar del alma (Ariel), relaciona el éxito de Vallejo con el empuje que han logrado otros autores, como la británica Mary Beard, el español Carlos García Gual o el italiano Nuccio Ordine, que escriben sobre el mundo clásico y que han llegado a un público que va mucho más allá de la academia. “Es un libro espléndido y muy necesario”, señala Hernández de la Fuente. “No me ha sorprendido su éxito porque es excelente, está muy bien documentado y todavía mejor escrito y, sobre todo, porque me consta que en el público hay un gran anhelo de saberes humanísticos e históricos. Solo hay que ver la cantidad de publicaciones y revistas de historia en los quioscos, los documentales sobre la antigüedad, las novelas y ficciones históricas en cine y televisión… Nuestra época demanda esa vuelta a los clásicos, pero necesitamos voces como la de Irene Vallejo que sepan reivindicar con fuerza lo que Nuccio Ordine llama ‘la utilidad de lo inútil’: la perentoria necesidad del arte, la literatura, la historia y la filosofía en nuestro mundo hipertecnologizado y obsesionado por la economía de lo inmediato”.

Mosaico de la Villa de los Papiros, en Pompeya.
Mosaico de la Villa de los Papiros, en Pompeya.

La invención de los libros

El infinito en un junco, que tiene como subtítulo La invención de los libros en el mundo antiguo, arranca a medio camino entre una novela de acción y un relato de Dino Buzzati, con mensajeros saliendo hacía todos los rincones del mundo conocido para buscar libros con los que nutrir la gran Biblioteca de Alejandría. A partir de ahí, con constantes idas y vueltas desde el pasado al presente, mezcladas con recuerdos personales y reflexiones filosóficas, construye la historia de uno de los inventos más extraordinarios de la humanidad: la palabra escrita.

Recorre bibliotecas clásicas, como la que alberga los llamados Papiros de Herculano, pero también está lleno de detalles poco conocidos y de ángulos insólitos, como cuando revela las corrientes de rebeldía femenina en el mundo griego. “Las primeras en sublevarse habrían sido hetairas, es decir, prostitutas de lujo, las únicas mujeres verdaderamente libres de la Atenas clásica”, escribe y explica que estaban obligadas a pagar impuestos y que, por lo tanto, eran dueñas de sus bienes.

Resulta muy emocionante el capítulo que dedica a los libreros como profesión de riesgo, a todos aquellos que se han jugado su vida y su libertad, desde las guerras de religión hasta la librería Lagun de San Sebastián, para que la gente pudiese escoger sus propias lecturas. Si hay una pulsión que late en las páginas de este ensayo es la reivindicación, desde los versos de Homero hasta la Biblioteca de Sarajevo, de la profunda relación entre la cultura y la libertad.


Reedición/Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma es uno de mis poetas de culto. Leo y releo sus textos, su tormentosa y corta vida poética y sin embargo de tal intensidad… —no es el único, pero sí muy interesante para mi—. He encontrado esta reseña de la reedición de “Las personas del verbo” que dejo entre mis apuntes por si a alguien pudiera interesarle. Ver el texto completo en el Blog Encuentros de Lecturas.


¿Noche aún?
Mas de antemano todo converge hacia el día.
Para exaltar su verano, el Alba, dudosa,
fía su claridad de rocío en tanto pálpito umbrío
bajo el azul, que después —lo sé bien— presidirá.

Canta el reloj. ¿Qué hora es?
La hora de una verdad.

Jaime Gil de Biedma
Poema titulado “Fe del Alba”
del libro “Retrato del Artista”


El volumen del libro “Las personas del verbo” comprende los libros Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968) y se completa con un apéndice con los Versos a Carlos Barral por su poema Las aguas reiteradas, que incluye seis poemas dedicados a su amigo.

La mayor novedad de esta reedición es el prólogo de James Valender, algo más de 30 páginas que constituyen un intenso e indispensable análisis de la poesía de Gil de Biedma, un poeta esencial en la literatura española de los últimos cuarenta años. Hay además en ese estudio introductorio una visión global de la evolución armónica e integrada de los tres libros que constituyen Las personas del verbo y una explicación contundente de las razones que le llevaron a dejar de escribir poesía después de los cuarenta años.

“En el campo de la reflexión ética – señala Valender en su prólogo- su actitud difícilmente podría ser más trangresora. De hecho, junto con Cernuda, y siguiendo la tradición crítica de figuras como Baudelaire, Nietzsche y Proust, el autor de Poemas póstumos es uno de los grandes moralistas que ha tenido la lírica española moderna: sus implacables indagaciones en la conducta humana, sus despiadadas exploraciones del trato que cada quien establece consigo mismo y con los demás, permiten muy pocas ilusiones al respecto, al revelar un panorama de egoísmo, de inconsciencia y de hipocresía del todo desolador.”

La búsqueda del tono, de una voz propia, le plantea un reto a Gil de Biedma. Su preocupación poética es conseguir una modulación expresiva en la que se reconcilien el lenguaje hablado y el lenguaje poético y para ello tuvo muy presentes los modelos de la poesía moderna francesa, de Gérard de Nerval a Baudelaire, y de la lírica inglesa de Wordsworth, Browning, Yeats, Eliot o Auden.

Browning o Tennysson, y después Pessoa, Eliot o Borges crearon personajes para atribuirles otra vida, para explorar otras dimensiones de lo humano. Gil de Biedma tuvo bastante con ese complejo personaje que se llamaba Jaime Gil de Biedma, con el que practica un juego de espejos, de ironía y de máscaras. Eso explica – para empezar- el título que el autor elige para su obra. Esas personas que viven en el poema y a las que se refería al sesgo en su conocida declaración: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.”

Al integrarse en esa tradición, que es en gran medida también la de Luis Cernuda, el autor de Las personas del verbo se suma a la llamada poesía de la experiencia, entendida no como mera imitación de la realidad, sino como el simulacro de una experiencia.

Hay un artículo de Gil de Biedma, “Como en sí mismo al fin”, que está recogido en El pie de la letra, su volumen de ensayos, y que debería figurar como prólogo o epílogo de cualquier edición de su poesía. Allí se pueden leer estas líneas:

“Un poema moderno no consiste en una imitación de la realidad o de un sistema de ideas acerca de la realidad – lo que los clásicos llamaban una imitación de la naturaleza-, sino en el simulacro de una experiencia real.”

“Lo que pasa en un poema- declaraba Gil de Biedma en una entrevista – jamás le ha pasado a uno. Como decía Auden, los poemas son anteproyectos verbales de vida personal.”

De algo parecido hablaba Miguel J. Flys cuando se refería a la biografía espiritual adulterada de Cernuda en la primera edición de La realidad y el deseo.

Y como en Cernuda, encontrar una voz personal es sobre todo cuestión de tono. Encontrar ese tono, modular la voz que habla en el poema es, junto con el desarrollo rítmico de su unidad melódica, la clave de un buen texto poético.

Y esa es también una clave esencial para ver su evolución: la búsqueda y el desarrollo de esa tonalidad. Si Compañeros de viaje es la historia de una despertar, el viaje a la madurez vital, Moralidades representa su madurez poética, el logro de ese tono que se proyecta en Poemas póstumos sobre la conciencia del tiempo y la pérdida de la juventud.

A partir de ese momento muere el personaje, es decir, calla el poeta. Ahora, veinticinco años después de que Gil de Biedma dejara de escribir, se reedita este libro fundamental en el que se siguen mirando muchos lectores y muchos poetas jóvenes.

Autor del texto Santos Domínguez


Librerías de viejo

Una de las cosas que más me gusta hacer cuando salgo de viaje es adentrarme en su parte antigua (histórica). En esta ocasión en la que viajé a Italia y muy en especial a la ciudad de Nápoles no pudo ser de otra manera, ya que es una de las más extensas de Europa, y realmente interesante.

El casco histórico de Nápoles, el más extenso de Europa, alberga testimonios de distintos estilos y períodos que abarcan desde la fundación, en el siglo VIII a.C., de la colonia griega Parténope, hasta la sucesiva dominación romana, desde el período Suevo-Normando hasta el reinado de la Casa de Anjou, desde el imperio aragonés hasta los reyes de Francia, para concluir con el período de Garibaldi y el reino de Italia.

Visitar el centro histórico de Nápoles significa atravesar veinte siglos de historia. Las calles, las plazas, las iglesias, los monumentos, los edificios públicos y los castillos custodian un conjunto de tesoros artísticos e históricos de un valor excepcional, hasta el punto de haberse ganado, una gran parte de él (alrededor de 1000 hectáreas) su inclusión, en 1995, en la World Heritage List de la UNESCO.  

Fuente: Agenzia Nationale Turismo

¿Por qué se me ocurrió ir a Nápoles? Es cierto que he visitado ya algunas otras ciudades importantes del país pero ésta, en este momento especial de mi vida, me atraía especialmente por su colorido, su bullicio, la simpatía y frivolidad de su gente, la PIzza, su música, el mar, su costa amalfitana, el Vesubio, su café, la Ópera, la Galería Umberto, el Museo Arqueológico, sus castillos, la maravillosa escultura en mármol del “Cristo Velato” de Giuseppe Sanmartino en la Iglesia de Sansevero. Además, la ciudad tiene un tamaño que la hace “paseable” a pesar de su caótico tráfico. Todo eso y probablemente mil cosas más que no tuve tiempo de disfrutar durante los diez días que pasé dentro de su piel. Le prometí al vendedor de flores de la esquina del Café Gambrinus que volvería…

Pero iba a referirme aquí a sus librerías de viejo. No tengo mucho que decir. Es cuestión de ir allí y adentrarse en ellas como un “sagu”, o pequeño ratón. Nadie reparará en tí a no ser que te lo propongas. Su olor, sus colores, su “orden”. No puedo explicar la sensación de pequeñez que siento ante tanto conocimiento contenido entre sus paredes, pensando en los cientos de almas que han leído y estudiado sus páginas. Solo voy a incluir algunas imágenes que dicen mucho de las horas que dediqué a vagabundear entre ellas.

Por cierto que conseguí un ejemplar, actual (2013), del libro titulado “Adriano l’antichità immaginata” de Marguerite Yourcenar. No fue fácil, es una joya. En él se recoge documentación, textos y fotografías, que la autora fue acumulando durante el tiempo que dedicó a la creación de su obra Memorias de Adriano, que es uno de mis libros de culto.

Solo quería mostrar algunas imágenes de las librerías, pero hablar de Italia es siempre fascinante…


No cuento los días

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida—, estoy seguro
que no puede hacer daño.

Salgo al jardín después de nosecuántosdías de confinamiento.

Algo así como una embriaguez, una felicidad enorme, apacible. Me instalo a la sombra del álamo blanco —más viejo el pobre, con muchas menos ramas— y pronto dejo a un lado los papeles para dedicarme por completo a mi hora de aire libre, a la maravillosa lentitud de un día clásico de agosto, sin una sola nube. Distingo cada olor y cómo varía y se suma a todos los otros: el de la tierra caliente, el de la acacia a mi espalda, el de los setos de boj que ahora ya sé a qué huelen, a siglo XVI. Aroma gazmoño de las petunias en los arriates soleados. Y cuando la brisa gira y viene del lado del pueblo, olor a humo de leña de pino, que es toda la guerra civil para mí. Además es domingo y hay campanas.

Paso el tiempo mirando los trenes de hormigas, las hierbas de tallo nudoso que crecen en los rincones foscos, y la continua vibración del sol y de sombra bajo el arbolado y los hilos de araña que a veces centellean en el aire. Desde debajo de unas celindas me estudia un gato negro, incongruente. Parece un resto de noche que han olvidado ahí. Las rosas fluctúan a pleno sol, junto a la casa, grandes y un poco quemadas por los bordes.

Más que todo, me llena de felicidad mi capacidad para apreciarlo. Me acuerdo de aquella mañana en casa de Jaime, que era perfecta también, con su sol y su calma y sus rumores, cuando yo sentía pasar muy cerca la lentitud del mundo, escapándoseme. Ponerme al paso ha sido el gran regalo de la enfermedad. Y no sólo porque me ha descargado del trabajo. Aunque eso haya sido muy importante, no era solo eso: al cabo del día, en mi vida habitual, casi siempre puedo salvar si quiero dos o tres horas de calma. Lo que ocurre es que no quería, porque en circunstancias normales no me siento capaz de lidiar conmigo mismo. El no poder parar quieto, la incapacidad para demorarme a saborear y el histerismo erótico son manifestaciones de esa incomodidad fundamental.

Así ahora no me resulta difícil escribir, ni deprimente. Mi nuevo poema tiene ya ochenta versos y está para terminarse. En cinco días no he conocido una sequedad —esa horrible sensación de estar removiendo polvo en un ámbito vacío— las ideas concretas, las variaciones y las palabras vienen solas…

Extracto de Retrato del artista en 1956 (Jaime Gil de Biedma)


Saturrarán 1936

Os invito a pasar por la Web de Javier Postigo.
En ella podréis leer su última Novela titulada Saturrarán 1936

Resumen Saturrarán

Saturrarán es una pequeña playa muy bonita, con unos peñascos peculiares, situada entre Ondarroa y Mutriku, hace frontera entre Guipuzkoa y BizKaia. Es un lugar con mucha historia. Hubo a finales del XIX unos lujosos hoteles balnearios marítimos donde se dieron cita las aristocracias europeas, luego fue seminario, durante la guerra civil sirvió de cuartel a rojos y azules y se hizo famosa como Cárcel Nacional de Mujeres para volver a ser seminario en la mitad del siglo XX. Finalmente, sus edificios desaparecieron arrastrados por las aguas.

En la primavera del 36, dos jóvenes amigos pescadores se ven implicados en la guerra civil de manera fortuita. Desde Pasajes colaboran en la defensa de la República en San Sebastián, uno desde la mar y otro en tierra. Se verán involucrados en escaramuzas desde distintos escenarios como el incendio de Irún, la toma de Donostia, la emigración a Francia…La mujer de unos de ellos será acusada y condenada a prisión en Saturrarán junto a su hijo. Otro personaje, el patrón del  pesquero, compartirá con ellos muchas aventuras en hechos históricos tales como el bombardeo de Gernika, la batalla de Matxitxako, el hundimiento del Galdames, el Cinturón de Hierro…hasta la toma de Bilbao. Todo discurre entorno a la Cárcel de Saturrarán donde la crueldad de las monjas carcelarias es legendaria y deben soportar abusos y castigos de todo tipo. Un grupo de presas tienen a sus hijos con ellas y les serán arrebatados. Los protagonistas luchan por recobrar la libertad de la mujer y su hijo a cualquier precio.

Es una novela histórica, dinámica y de lenguaje sencillo, sobre un tema muy duro y controvertido.

He contado con la colaboración de Fernando Aguirre- historiador-, de José Ignacio Espel- Capitán de PYSBE, viceconsejero de Pesca del GV, y director del puerto de Pasajes, y del escritor Juan Velázquez.


He empezado a escribir un poema

Hay noches en las que algo me lleva a un determinado libro, a abrirlo por cualquier página y, por algún motivo, me sorprendo al encontrarme con un texto que me cautiva, sea porque me hubiera gustado escribirlo a mí o porque describe una situación que estoy viviendo íntimamente y no soy capaz de expresar. Lo haré con palabras prestadas de uno de mis poetas de culto.


“He empezado a escribir un poema. Viene de unos versos apuntados en mi agenda una noche estando algo bebido, y me he entrado en él sin saber muy bien cómo. Vaya o no vaya hasta el fin, la idea de que no estoy obligado a trabajar y que, al hacerlo, quebranto un propósito —el de no escribir versos durante un año—, me hace sentir una maravillosa libertad, bien agradecida después de tantos meses gastados obligándome a terminar mi poemario. Será lo que salga. Me gusta pensar que arriesgo poco, que escribo sólo con la espuma de la imaginación. Nada del penoso rebañar, del sórdido trabajo de mina y apuntalamiento que recuerdo en los últimos poemas.

Quisiera que fuese un experimento. Imagino un poema que solo lo sea leído en voz alta, un poema tan distinto del poema impreso, leído mentalmente, como un concierto de su partitura. El énfasis de la voz que habla crearía el ritmo y haría inteligible el amontonamiento de palabras, que puesto en la página, me gustaría que resultase completamente informe, arrítmico, gramaticalmente caótico.

Ese es el sueño. Lo que llevo escrito conserva demasiado, en una lectura mental, su carácter de poema. Y por más que intente fiarme al énfasis de la voz hablada, no consigo librarme de los ritmos tradicionales; lo único que hago es fragmentarlos. Pero aspirar a lo imposible está muy bien; soñar con un poema que solo exista en la voz de quien lo dice.

Hay además bastantes cosas hacederas. Por ejemplo, una puntuación dedicada exclusivamente a resaltar los énfasis, a recalcar una palabra o un grupo de palabras con desprecio de la norma, cortando las partes de la oración igual que rabos de lagartija, para que se retuerzan solas. Mi molesta vacilación al corregir un poema —si puntuar según sintaxis o según ritmo— queda decapitada limpiamente: decidiré según el énfasis y haré que de él dependan, para existir, la sintaxis y el ritmo. También será el énfasis quien decida la longitud de un verso, cortándolo después de una palabra clave o haciendo pasar ésta al verso siguiente…”

Texto del libro (Retrato de Jaime Gil de Biedma)

Me pregunto si volveré a escribir poemas;
en estos momentos me asombro de haberlos escrito alguna vez.


 

La gran belleza

 

 

Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia.
Y además, cualquiera puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida.

Louis-Ferdinand Celine
“Viaje al fin de la vida
Tomado del Blog de Jose Raúl Pérez Vergara

 

 

“Siempre se termina con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla, bla, bla, bla…

Todo está ahí, escondido, resguardado bajo la frivolidad y el ruido, y el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconsistentes destellos de belleza.

La decadencia, la desgracia y el hombre miserable, todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo bla, bla, bla, bla… 

En otros lugares hay otras cosas. A mi no me importan los otros lugares, así pues, que empiece la novela… En el fondo es solo un truco, sí, solo un truco.”

 

 

Reflexión final de la película “La gran belleza”