Ante el espejo

“Escribo poesía porque no escribo un Diario”,
contesté con humildad cuando me preguntaron por qué escribía. MJB

Rescato de Babelia la voz de una de las mujeres que se dedica a la investigación, estudio y divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

Del texto de ANNA CABALLÉ escritora, crítica literaria y profesora universitaria española.
Su línea de investigación es el estudio y la divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

ANDRÉ GIDE FUE NOVELISTA, POETA, VIAJERO Y PREMIO NOBEL (1947)
LA OBRA DE SU VIDA FUE SU MONUMENTAL DIARIO ÍNTIMO

André Gide logró dejar una huella imborrable en la literatura autobiográfica del siglo XX.
En España, nombres como Jaime Gil de Biedma, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Terenci Moix fueron deudores de su obra, en la que alternó la crónica política del tiempo convulso que le tocó vivir con la exposición de sus dilemas mas íntimos.

Gide reflejó en su escritura el conflicto entre deber y placer, “Lejos de negar o de ocultar su uranismo, lo declara, y casi podría decirse que se jacta de él. Dice que las mujeres nunca le han gustado más que espiritualmente, y que solo ha conocido el amor con los hombres”

André Gide (1869-1951) tiene 18 años y está en clase de retórica en París, en la Escuela Alsaciana. Lleva un diario desde el 4 de octubre (1887). Es su primer cuaderno. Meses después mantiene una importante conversación con un compañero de clase que, como él, siente con intensidad su vocación literaria. Se llama Pierre Louis. Los dos jóvenes intercambian confidencias sobre sus respectivos proyectos y Louis le lee algunos pasajes de su diario. Gide queda vivamente impresionado y se reprochará no haberse tomado con la debida seriedad su vocación: “Ayer noche vi a Louis y me dio vergüenza. Tiene el valor de escribir y yo no me atrevo. ¿Qué es lo que me falta? Y, sin embargo, cuántas cosas bullen en mí y reclaman cristalizar en el papel. ¡Tengo miedo! Tengo miedo de que al poner por escrito la frágil y fugaz idea la eche a perder, le dé la rigidez de la muerte, como esas mariposas a las que se extienden las alas sobre la mesa y que solo son bellas cuando vuelan” (15 de mayo de 1888).

Louis también dará cuenta de la conversación con Gide en su diario y ahora disponemos de la oportunidad de conocer los dos ecos generados por un mismo encuentro. Pero es que el diario de Gide es uno de los casos más fantásticos que se conocen en relación con los estudios sobre el género, pues una amiga suya, Maria Van Rysselberghe (la Petite Dame), tomaría la decisión en 1918 de llevar un diario paralelo al del autor de El inmoralista y lo mantuvo hasta la muerte del escritor, en 1951, asumiendo el papel de un Eckermann frente a Goethe. La función de sus cuadernos queda definida en una anotación de 1927: “He emprendido estas anotaciones con la idea de que puedan servir de fuente, de referencia, de testimonio a aquellos que un día quieran escribir la verdadera historia de André Gide”. Es decir, que el Diario del escritor se convierte en el centro generador de una pléyade de otros diarios —Charles du Bos, Martin du Gard, Eugène Dabit, Pierre Herbart, Louis Guilloux…— en los que resuena tanto su voz autorial como su influencia. Incluso la que en 1895 sería su esposa, Madeleine Rondeaux, llevó un diario en su adolescencia donde aparece su primo, del que estaba profundamente enamorada. Cuántas veces la realidad va más allá de la ficción y es más interesante, pues esa sinergia creada en torno al diario gideano realiza espontáneamente, como señala Philippe Lejeune en Un journal à soi, el sistema del “punto de vista múltiple” que se halla en el centro narrativo no solo de su obra más reconocida, Los monederos falsos (1925), sino de muchos otros ejercicios narrativos: anteriormente, por ejemplo, había remodelado su diario de adolescencia atribuyéndoselo a su héroe y alter ego en los Cahiers d’André Walter (1891).

Es decir, estamos ante un caso verdaderamente prodigioso de irradiación del diario gideano; uno de los esfuerzos más completos que han podido tentar a un hombre para comprenderse a sí mismo y explicarse ante los demás. Una simple muestra de su vasta influencia nos la proporcionan poetas como Carlos Barral y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma, ambos autores de sendos diarios escritos bajo su modelo e inspiración, por no hablar de Juan Goytisolo o Terenci Moix.

Soy una entusiasta defensora de las ediciones íntegras de los diarios, aunque tengan miles de páginas (casi diría que mejor). Es la única manera de hacerse con el verdadero ritmo de una práctica caracterizada por la reflexividad. La única manera de ahondar en la frecuencia, los hábitos, el ritmo, la modulación de los temas que van surgiendo y las constantes que vertebran la escritura. Nada mas fluctuante que el ritmo de un diario, sometido a todas las variaciones de la vida cotidiana: la única manera de poder apreciarlo es dejarse llevar por sus ondulaciones, sus reiteraciones, sus caídas de ánimo, los éxtasis, las incertidumbres. “No vale la pena escribir el diario cada día, cada año; lo que importa es que en determinado periodo de la vida sea muy preciso y escrupuloso. Si he dejado de escribirlo durante largo tiempo es porque mis emociones se estaban volviendo demasiado complicadas” (3 de junio de 1893). Complicación para Gide significa riesgo de caer en una excesiva elaboración de sus sentimientos y, por tanto, falta de autenticidad. El que fue poeta de la vida y de la energía se interrogará siempre sobre la sinceridad de su escritura. Y es que la máquina gideana no conoce el reposo, la satisfacción, la tranquila explotación de los logros. De modo que su diario todo lo admite, todos los temas y vivencias caben en él, porque a todo estaba abierta su mente: “Recurro a este cuaderno para aprender a exigirme más”.

En el caso de Gide, basta leerle para que nos guíe hasta el fondo de lo que nos dice, —al no distinguir entre la vida y la obra, concibe esta última como “la vida de la vida”— se libra a la entrega moral de ser quien es hasta las últimas consecuencias. Además de sus muchas lecturas y viajes —incluidos los que hizo al Congo y a la URSS para terminar denunciando el colonialismo y el estalinismo—, de sus encuentros con figuras como Oscar Wilde o Marcel Proust, su amistad con Paul Valéry y Francis Jammes, y su papel al frente de La Nouvelle Revue Française, cruzando su Diario de punta a cabo descubrimos el conflicto que le condujo a convertirse en un pensador sobre la moral recibida y en un escritor implacable consigo mismo: la vivencia de la (homo) sexualidad.

Educado bajo la férula de su madre, la adinerada Julie Rondeaux, una mujer inteligente, suprema gobernanta de todo lo que ocurría en la casa familiar y acostumbrada a regirse por el principio del deber, Gide recibirá una educación basada en el aprendizaje de la sumisión. Del acatamiento a las normas exigidas por el conformismo burgués y que su madre representa como nadie. Negro sobre blanco: en este contexto de excelso puritanismo, el sexo es pecado, la carne es impura por naturaleza y la ley cristiana impone considerar el cuerpo como un saco de inmundicia. He aquí el drama íntimo de Gide: si no quiere perder el amor de su reverenciada madre, debe odiar tanto su cuerpo como la voluptuosidad que muy tempranamente anida en él. O bien debe aprender a mentir, a disimular, a enfrentarse a la pena negra que siempre causa lo que sabemos que debemos ocultar a los demás. Principio del deber vs. instinto del placer. Tanto en un caso como en el otro, Gide es o se ve culpable, es decir, un traidor a la gran causa familiar y de clase.

El largo ejercicio de desdoblamiento del yo que cruza su escritura le conducirá en un primer momento a una solución de compromiso por la que se siente feliz: deseo y amor, se dirá, son dimensiones distintas, mientras el primero aspira a la consumación, el segundo busca la duración. El deseo le conducirá a los brazos de jóvenes con los que experimentará la alegría del encuentro; el amor se lo garantiza el matrimonio contraído con su prima Madeleine Rondeaux, una especie de ancla ante la lava ardiente de su pasión. Esta es la teoría. En la práctica, la esperada comunión espiritual absoluta con su esposa —un matrimonio nunca consumado— exigiría enormes sacrificios y frustraciones por ambas partes. Exigiría el silencio. El hombre capaz de librarse a la aventura y a la franqueza de la amistad con una audacia inaudita, expuesta en Si la semilla no muere, es el mismo que practicará la diplomacia, la censura y la prudencia con su esposa —lo define como una “mutilación impía”—. Ambos sufren y callan, aunque Gide hará de su nomadismo el reverso de la frustración conyugal: “Solo deseo viajar”.

Consecuencia de la explosión diarística en Francia en torno a 1880, en algunos escritores germinaría la idea de escribir un diario y publicarlo “en caliente” (el caso paradigmático es el de Léon Bloy), convirtiéndose en cierto modo aquella escritura privada en una obra literaria. Indudablemente supuso una actitud moderna que conllevaría, sin embargo, un cambio estructural —una obra se construye, dispone de comienzo y cierre, tiene en cuenta el horizonte de lectura de su tiempo, mientras que un diario se acumula y puede no contemplarlo en absoluto—. Gide no pudo resistirse a la posibilidad de publicar sus cuadernos en vida, porque le permitía proyectar su voz en otro registro, aumentando la potencia de la polifonía literaria que constituye toda su obra y, en definitiva, seguir experimentando. De modo que en 1939 el Diario se publicaba, cuidadosamente censurado, en La Pléiade. Fue necesario un añadido póstumo en 1954, pero aquella edición contenía deturpaciones textuales de todo tipo. La edición de Debolsillo nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en aquel proyecto existencial que para el gran moralista francés fue explicarse y explicar a los demás las muchas contradicciones de su vida.

Ver el texto completo en la publicación de ANNA CABALLÉ en Babelia, El País. marzo 2021


Mi vida querida

 

Alice Munro 3

 

Mi vida querida es el libro que he leído estos últimos días. Se trata de un conjunto de cuentos escritos por la merecedora del Nobel de Literatura de 2013 Alice Munro.

¿Qué puedo decir yo que no esté ya recogido en artículos, críticas y entrevistas sobre ella y su obra?


 

¿Bastan un beso robado, un salto desde un tren en marcha, la sombra de una mujer que me rodea alrededor de una casa, una borrachera de media tarde o las preguntas arriesgadas de una niña para conformar un mundo que se baste a sí mismo y cuente la vida entera? Si quien escribe es Alice Munro un simple adjetivo sirve para cruzar las fronteras de la anécdota y colocarnos en el lugar donde nacen los sentimientos y las emociones. La gran autora canadiense nos sorprende de nuevo con Mi vida querida, una colección de cuentos donde vemos a hombres y mujeres obligados a traficar con la vida sin más recursos que su humanidad. Comienzos, finales, virajes del destino… y de repente, cuando creíamos que el relato llegaría a su obvia conclusión, Munro nos invita a dar otra vuelta de tuerca que cambia el fluir de los acontecimientos y emociona al lector, mostrando hasta qué punto esa vida cotidiana que tanto nos cansa puede llegar a ser extraordinaria. Cierran el volumen unas páginas que Munro dedica a su propia vida, unas notas espléndidas donde lo personal se funde con la ficción, pues, en palabras de la misma autora “la autobiografía vive en la forma, más que en el contenido.” La lectura que piden los cuentos de Mi vida querida no es la de la prosa sino la de la poesía… una revelación de algo que no se agota porque está en las palabras y un poco más allá de ellas.

Antonio Muñoz Molina


 

ALICE ANN MUNRO (1931) es una narradora canadiense, sobre todo de relatos. Está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa.

Entre su obra, iniciada de muy joven (1950) encontramos cuentos, recopilaciones de relatos, y novelas: Dance of the Happy Shades (1968), Las vidas de las mujeres (1971), y los relatos entrelazados Something I’ve Been Meaning to Tell You (1974). The Beggar Maid (1978), Las lunas de Júpiter, El progreso del amor (1986), Amistad de juventud y Secretos a voces (1994).

Empezó a ser conocida definitivamente en el siglo XXI, con los relatos de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) y luego con los de Escapada (2004), que facilitaron la recuperación de su obra precedente. Se había mantenido hasta entonces como una escritora algo secreta, pero muy reconocida por algunos.

En La vista desde Castle Rock, 2006, Munro hizo un balance de la historia remota de su familia, en parte escocesa, emigrada al Canadá, y describió ampliamente las dificultades de sus padres. Su libro se alejaba un punto de su modo expresivo anterior. Por entonces, habló de retirarse, pero la publicación del excelente Demasiada felicidad (nuevos cuentos, aparecidos en 2009), lo desmintió.

Dear Life (Mi vida querida) fue publicado en 2012. Son cuentos más despojados y más centrados en el pretérito. En su última sección se detiene en un puñado de recuerdos personales, que pueden verse como una especie de confesión definitiva de la autora, pues son “las primeras y últimas cosas -también las más fieles- que tengo que decir sobre mi propia vida”.

Munro ha reconocido el influjo inicial de grandes escritoras —Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor, Carson McCullers o Eudora Welty—, así como de dos narradores: James Agee y especialmente William Maxwell. Sus relatos breves se centran en las relaciones humanas analizadas a través de la lente de la vida cotidiana. Por esto, y por su alta calidad, ha sido llamada “la Chéjov (1) canadiense”.

Fue entrevistada extensamente por The Paris Review, en 1994.


 

(1) Antón Pávlovich Chéjov fue un médico, escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente Realista Psicológica, fue maestro del relato corto, siendo considerado como uno de los más importantes escritores de cuentos de la historia de la Literatura.

 

Palabras para Julia

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Elijo las palabras que Carme Riera dedica a su amigo Jose Agustín Goytisolo porque a través de su lectura llegué a conocer de cerca al “hombre” que habitó versos que muchas veces me conmovieron.
M.J.B. Seguir leyendo “Palabras para Julia”

Detrás de la Piel

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Hace tres días tuve la suerte de encontrarme con un artículo de Pablo Ortíz de Zárate —en un periódico de tirada nacional— en el que se hacía un comentario sobre ella. Me interesó mucho, no su historia, siendo tan particular, sino lo que puede llegar a transmitir su obra.

Es cierto que en este momento que nos ha tocado vivir hay millones de cosas más graves —no más importantes— que el Arte. El Arte al fin y al cabo consigue que estabilicemos de alguna manera nuestras conciencias; ese yo que debería de poder hacer algo para frenar el caos mundial, pero que a la vez se siente impotente ante la magnitud del desastre que estamos organizando.

Lita Cabellut, según he leído, es una mujer joven, nacida en Barcelona. De origen gitano tuvo una vida ciertamente difícil desde su infancia. Con 13 años fue adoptada por una familia que le facilitó el ingreso en la Gerrit Rieveld Academy of Arts en Holanda.

Intuyo su obra como de una profundidad dramática sin límites, utilizando la luz despiadadamente contra el observador. Magnífica e inquietante.

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 Ver Su obra en Lowe Gallery

AGARRANDO LA LUZ DE LA LUNA

Durante la historia del arte, ha habido artistas que han poseído el poder de proyectar una percepción especial sobre la esencia de la vida humana. Lita Cabellut es una de ellos. Su arte es una especie de “performance”, una manera de ver y interpretar realidades a menudo invisibles. Su papel es descubrir los misterios y contradicciones que residen justo debajo de la superficie de la cara humana, de llevarlos a un nuevo nivel de conciencia, revelar la persona que tiene su alma sumergida y encarcelada por una capa superficial impuesta por la vida cotidiana. Las pinturas de Cabellut ofrecen una vía de liberar el alma, romper las cadenas de conformidad que sociedades rígidas la imponen.

Mientras estudiamos los contornos expresivos de oscuridad y claridad dentro de sus retratos imaginativos, hacemos una pausa para reflexionar sobre nuestra relación con estas fisionomías tan extremas. ¿Qué representan? ¿Arte como arte, o arte como vida? ¿Hay alguna diferencia entre los dos? Dado que su técnica de pintura constituye un proceso-acción, podemos concluir que el arte de Cabellut ofrece al espectador una sugerencia de emoción. Sus cuadros pueden parecer como “arte como arte”, pero también son representaciones de la vida, la vida interior que deambula escondida en nuestras andaduras y conversaciones cotidianas. A veces hablamos pero nuestros actos no son acordes con nuestras palabras. Los cuadros de Cabellut no disfrazan estas hipocresías. Les da cuerpo en sus cuadros. Representan lo heróico y también lo imperdonable del comportamiento humano. Vemos en estos cuadros la confrontación entre tragedia y comedia, y las consecuencias de cómo los humanos aprenden a contener sus sufrimientos. Pienso en los retratos recientes de Edith Piaf por Cabellut, la cantante detrás de “La vie en Rose”, y su vida que pendía entre existencia y exaltación, entre reclusión y recuperación, entre generosidad y una autocontención elegante. Se puede decir mucho de Piaf, pero las palabras no llegan a la presencia heróica de estos retratos. Las palabras están vestidas con pigmentos, la blancura de la cara, el rojo del pintalabios, los ojos horrendos que cuentan todo y hace que su cara sea universal.

Cabellut en vez de re-interpretar la vida cotidiana como un ritual social, ha escogido transformar lo mundano en una aventura de miradas llena de conflictos, agonizante, y aún a veces extática. Consigue este efecto con su penetración de seres humanos quienes viven al borde, en la frontera del espiritu, quienes van más allá de los estilos de vida de imágenes en revistas y glamour. Sus retratos están menos sintetizados en su representación, menos dados a la tarea de teoría, y menos limitados en su perspectiva sobre la condición humana.

Cabellut goza de la energía metafísica de gente de la calle. Su habilidad de transformar estéticamente la apariencia humana a través de pigmentos es ejemplar. Mientras su estilo de pintura hace referencia a expresionismo, su medio es el retrato fantasmagórico. Como una tipología única, los cuadros de Cabellut destacan en marcado contraste con las figuraciones de Frances Bacon y Marlene Dumas. Mientras intencionadamente diferente al trabajo de estos artistas —que tienen preocupaciones existenciales que van en una dirección distinta— Cabellut retiene un sentido de lo íntimo, una manera de pintar que da énfasis al gesto “performance”. En su conjunto, ella revela la cara arquetípica de nuestro tiempo. Cada expresión sale de la traza de culturas divergentes. Al mismo tiempo, uno puede considerar las caras de Cabellut como representaciones fuera del tiempo. Sus expresiones van desde una delicadeza poética hasta una dureza incuestionable, especialmente en la serie titulada “Country Life” (vida del campo) donde las caras están claramente separadas del complejo urbano. Aquí, los hombres y las mujeres llevan sus penas en relación a la tierra que pisan. En el trabajo de Cabellut, la presencia de la condición humana está en su ausencia. Sus retratos constituyen todo lo que está ausente en la superficie, mejor dicho, el deseo de ir dentro de la tez del temperamento humano y extraer lo que está escondido. Si quieres la verdad, irte al lado oscuro. El lado oscuro es el vestigio perdido del alma, el ánima secreta, el alma que se ha olvidado de cómo hablar, porque ha sido desplazada temporalmente en algún lugar del éter.

En los cuadros de Cabellut, visionamos fragmentos de almas humanas, arrancadas de sus cuerpos, buscando consolación y perdón, buscando entender su valor y lugar en el mundo. Hay una especie de memoria histórica en estos cuadros, el nexus entre Holanda y España, la conexión entre capas sociales, políticas y económicas, la burguesía acomodada y los olvidados de la calle persiguiendo pobreza, a menudo más allá de la denigración. ¿Quiénes son los perdidos?. Están perdidos juntos, vagando por el mar, todos en el mismo barco, en la misma galaxia, flotando sobre las estrellas, agarrando la luz de la luna, esperando sobrevivir, esperando éxtasis, buscando redención del pasado, de la historia, esperando la vuelta de sus almas de las cárceles donde han estado condenadas a voluntad.

Para Cabellut, la pintura es cuestión de dejar que sus gestos se muevan por el espacio del lienzo. Goza de un tipo de “action painting”—como si hiciera un “performance”, como si pusiera un hechizo sobre sus sujetos que viven la vida del campo. Su “Broken Glass Heroes” sintetiza la esencia de vagar entre el tiempo interior y el espacio, los elegidos que entienden el lado oscuro, quienes han viajado a la luz —Hernando, Pali, Ventura, Quique, Callegi, Hylario de la cara blanca, Modesto con una cara adusta, y finalmente Hipólito, el genio de lo impenetrable quien habla sin cesar. Hay las prostitutas de un periodo anterior que viven una vida dura, y los hombres que retratan la quietud de mente con frentes de venas azules y ojos ultra-rosas que penetran. Hay los negros de Cuba, con caras de valiente, itinerantes, al mismo tiempo estables dentro de si mismos, y amantes de Goya, los sujetos del pintor valiente quien sufrió el mal de días interminables hace dos siglos, y quien susurró esperanza para el futuro de la humanidad. El conjunto de caras de Cabellut está destinado a agarrar la luz de la luna. Son caras perennales que pertenecen al paisaje recalcitrante, a las ciudades en llamas, a los fantasmas del pasado. Estos son las almas que hacen ecos por las praderas y las llanuras, por las colinas oscuras y cuevas solitarias por la costa de Andalucía. Algunos están separados de si mismos, divididos en sus identidades, y en búsqueda de tiempos mejores o tiempos perdidos. Otros están entregados al deseo, mientras la raza humana se rebela contra la opresión, de enfrentar la tormenta, de dejarse seducir por aventuras salvajes solo para confesar una retribución gloriosa, finalmente en paz consigo mismos.

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Artículo de Robert C. Morgan, critico de arte internacional. Sus escritos han sido traducidos a 17 lenguas. Es el autor de Art into Ideas: Essays on Conceptual Art (Cambridge, 1996) y The End of the Art World (Allworth, 1998). En paralelo con su trabajo como critico de arte, Morgan es artista, historiador de arte, comisario y poeta.

Vivir el tiempo que me queda…

© Oliver Sacks, 2015.
Catedrático de Neurología
en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. Seguir leyendo “Vivir el tiempo que me queda…”

Franco Fagioli

Franco Fagioli

“[…] Fagioli provoca una impresión fascinante; el timbre realmente excepcional del contratenor argentino le permite dibujar gradualmente y de un modo acariciante una línea de diez minutos de duración, deslizándose suavemente hacia el registro más grave para luego ascender con absoluta pureza hasta las alturas,  el símbolo de una libertad que se ve amenazada, pero que acaba alcanzándose en última instancia. El impacto es incluso más deslumbrante en los pasajes de coloratura a modo de fuego graneado que hacen que se luzca su sensacional tesitura de tres octavas a una velocidad vertiginosa”.

Hace falta ser un artista especial para brillar en las arias diabólicamente difíciles que constituyen la esencia del paisaje de la ópera barroca y de los primeros títulos belcantistas. Franco Fagioli posee la necesaria combinación de agilidad técnica, variedad tímbrica y amplitud de registro vocal que se necesitan para triunfar en obras que dejan perplejos a innumerables contratenores. El arte asombroso del cantante ha sido aclamado por los críticos de todo el mundo y atrae regularmente a públicos que llenan las salas deseosos de oír a un intérprete con el don de poseer una rara capacidad para ejecutar las espectaculares escalas, saltos y grupetos de las obras de lucimiento virtuosísticas de mayor dificultad.

“Fagioli es un intérprete absolutamente cautivador, tanto en […] grandes piezas proclives a lucirse, donde su atletismo vocal es sorprendente, como en números más lentos y más íntimos”, señaló The Guardian de Londres en la crítica de su grabación de arias escritas por Nicola Porpora, el famoso profesor de canto y compositor del siglo XVIII. Otros críticos han alabado la “legendaria sutileza” del contratenor, su “prodigiosa agilidad, su registro de tres octavas y su enorme despliegue de colores vocales”, así como sus “ráfagas de coloratura y sus audaces descensos en picado”.

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Mi agradecimiento a Juan Manuel Grijalbo.