Bienvenidos al Virtuceno

Prometo que solo quise enterarme del significado de la palabra «VIRTUCENO» que era la primera vez que la encontraba. Me topé con este artículo que guardo aquí entre mis cosas, porque no voy a saber explicarlo con la misma claridad. Y eso que me está poniendo los pelos de punta. Si, ya sé que diréis que qué demonios me importa a mí que ya no estaré para vivirlo. Pero es cierto que nuestra propia vida ya se va viendo afectada por cambios radicales y temor a desastres incalculables. Se asfixia nuestro planeta, o nuestro mundo, gracias a nuestra intervención de unos pocos siglos.

Ahí lo dejo, por si os interesa leerlo.


La pandemia de la Covid-19 acelera el cambio de época como un hito de final de un período e inicio de otro, del mismo modo que el Antropoceno ha sido la era del homo sapiens

Por Juan Carlos Casco Casco

Los últimos grandes cambios, los nuevos fenómenos universales y decisivos son tan recientes que todavía no tienen nombre. El autor de este artículo, un experto en Educación, Innovación y Prospectiva, un pensador, estudioso e investigador del cambio, y un hombre sabio, ha acuñado un término feliz para designar esta nueva era que parece estar empezando ahora para la Humanidad, el Virtuceno. En este esclarecedor trabajo, que muestra la hondura y el alcance de su pensamiento, nos da las claves de este nuevo mundo que ya está aquí, y que el lector podrá identificar sin esfuerzo.

Acabamos de inaugurar una nueva era: el Virtuceno. Un acontecimiento acelerado por la irrupción del coronavirus. Las eras geológicas y climáticas tardaron miles de millones de años en modificar la faz de la Tierra; la irrupción del ser humano, en una ínfima fracción de tiempo, ha producido cambios extraordinarios a escala planetaria. En los últimos 13.000 años (Holoceno), ha alterado los ecosistemas y la fisonomía de la superficie terrestre. Desde el siglo XVIII, el impacto ha sido brutal, hasta el punto de dejar ya una huella indeleble en sus capas (estratigrafía) y acuñarse el término Antropoceno para este exiguo período. Sin embargo, el cambio más radical es el que se está produciendo en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI, caracterizado por la virtualidad y la creación de realidades inmateriales a partir de ceros y unos. Es el Virtuceno.


EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS DEL ANTROPOCENO EMPEZÓ OTRO GRAN FENÓMENO CIVILIZATORIO SIN PRECEDENTES. EL SALTO, DESDE LA CREACIÓN DE REALIDADES FÍSICAS DEL SAPIENS, A LA PRODUCCIÓN MASIVA DE REALIDADES Y MUNDOS INMATERIALES, UNA CLARA DERIVA HACIA LA DESMATERIALIZACIÓN DE SUS CREACIONES.


El deseo irrefrenable del Sapiens por habitar mundos imaginarios e inventar realidades que no existen nos traslada al Virtuceno, un universo de espacio sin lugares físicos, donde construimos nuestras identidades, trabajamos, aprendemos, jugamos, viajamos, creamos, tejemos relaciones y nos emparejamos. Una deriva que puede frenar la destrucción del planeta iniciada en el Antropoceno, y evitar así la crisis ecológica.

IMPACTO SOBRE LA TIERRA

La Tierra tiene 4.500 millones de años, la mayor parte de ellos correspondientes a la era Arcaica. Si nos remontamos a tiempos más “recientes”, en los últimos 540 millones de años aparece ya la historia de la vida compleja en el planeta, desde el Paleozoico (era de los peces), Mesozoico (era de los reptiles) y Cenozoico (era de los mamíferos).

En la última fracción del Cenozoico, que representa los últimos 2,5 millones de años (Cuaternario), es cuando aparecemos nosotros, los humanos, aunque el periodo de hominización se iniciara unos millones de años atrás.

Habitaremos espacios carentes de lugares físicos. RTVE
Habitaremos espacios carentes de lugares físicos. RTVE

El Holoceno comienza hace unos 13.700, un período dominado por Sapiens y caracterizado por el desarrollo de la agricultura y la civilización (nacimiento de las ciudades, construcción de edificios, obras de ingeniería, transformación de los ecosistemas naturales, etc.).

Las últimas centurias del Holoceno están marcadas por la irrupción de la Revolución Industrial en el siglo XVIII, produciendo un impacto tremendo sobre la superficie del planeta: extracción masiva de recursos naturales, modificación de cauces naturales, crecimiento de las ciudades, extinción de especies, desaparición de ecosistemas, calentamiento global, etc. Unos acontecimientos que llevan a Paul Crutzen a referirse a esta nueva era geológica como Antropoceno.


ESTE NUEVO UNIVERSO COMPLEJO, EN LUGAR DE CONSTRUIRSE CON ACERO Y HORMIGÓN, SE HACE CON CEROS Y UNOS.


Pero es en las últimas décadas del Antropoceno cuando empieza a producirse otro gran fenómeno civilizatorio sin precedentes, caracterizado por el salto de Sapiens, como creador de realidades físicas, a la producción masiva de realidades y mundos inmateriales, una clara deriva hacia la desmaterialización de sus creaciones. Todo un universo complejo que, en lugar de construirse con acero y hormigón, se hace con ceros y unos. A esta nueva era la denomino Virtuceno, y aunque algunos de sus rasgos definitorios ya son visibles, aún está por ver el impacto que dejará en el planeta y su estratigrafía.

LOS NUEVOS RASGOS DEL VIRTUCENO

Esta nueva era que llamamos Virtuceno tiene unos rasgos propios que la caracterizan:

– Materias primas inmateriales basadas en los datos, que sustituyen en importancia a otras como el carbón o el petróleo.
– Deslocalización de la producción, pasando de los grandes complejos fabriles a la producción personalizada y la fabricación del producto allí donde se consume (fabricación aditiva).
– Evolución hacia la producción personalizada.
– Digitalización y robotización total de la producción.
– Evolución de la dualidad productor y consumidor a la figura del prosumidor (productor + consumidor).
– Creación de espacios sin lugares.
– Trabajo sin presencia física.
– Aprendizaje sin espacios.
– Experiencias sensoriales inmersivas y virtuales como réplica de todas las actividades humanas.
– Relaciones humanas no físicas.
– Conectividad total entre humanos, humanos y máquinas, humanos y objetos, y en el futuro entre humanos y mundo animal.
– Ubicuidad.
– Identidad virtual de los individuos.
– Propensión al consumo de experiencias antes que de productos o servicios.
– Especialización inteligente.
– Avance de la economía circular (reutilización de productos y utilización de los residuos como materias primas).

CINCO CLAVES QUE MARCAN LA LLEGADA DEL VIRTUCENO

1.- Evolucionamos desde Homo sapiens a Homo cuanticus.

2.- El futuro ya ha llegado y no nos hemos dado cuenta.

3.- Vamos a la desmaterialización de nuestros cuerpos.

4.- La mayor parte de la humanidad trabajará en la Cuarta dimensión.

5.- Evolucionamos a un mundo de gigantes tecnológicos y consumidores zombies.

SALTO EVOLUTIVO

El Virtuceno marca un hito en la deriva imparable iniciada por Sapiens, un salto en el proceso evolutivo de la especie, con implicaciones para el planeta con la suficiente jerarquía para definir una nueva era, que, además de cambiar la fisonomía de las cosas, también está cambiando su forma física, evolucionando hacia la hibridación ser humano/máquina, donde Sapiens cada día está agregando nuevas prótesis a su cuerpo hasta hacerlo irreconocible, e incluso afanándose fascinado por el deseo de trasladar su mente a un software y, de esta manera, abandonar definitivamente su identidad de primate.

El acero, el cemento, el petróleo se sustituyen por ceros y unos. RTVE


La deriva del Antropoceno ha puesto en riesgo el planeta. Aún está por ver el impacto del Virtuceno: ¿Será el punto de inflexión que evite la crisis ecológica? ¿Al convertir una parte importante de nuestras vidas en digitales, seremos capaces de frenar la destrucción y el consumo de recursos finitos? ¿Será la época que marque el fin de una vida predadora y el inicio de un consumo sostenible? Son todavía interrogantes por resolver.

La crisis del coronavirus de 2020 representa un hito importante en este proceso, un acelerador histórico que ayuda a precipitar los acontecimientos que definen el Virtuceno, al someternos a un “simulacro global y forzado”, del que vamos a aprender y sacar conclusiones para iniciar una nueva andadura como especie.


LA CRISIS DEL CORONAVIRUS DE 2020 NOS SOMETE A UN “SIMULACRO GLOBAL Y FORZADO”, DEL QUE VAMOS A APRENDER Y SACAR CONCLUSIONES PARA INICIAR UNA NUEVA ANDADURA COMO ESPECIE.


El estilo de vida predador practicado por 7.700 millones de personas sobre el planeta nos obliga a crear réplicas virtuales del mundo físico en todas las facetas de la vida (oficinas virtuales, aulas virtuales, asistencia sanitaria virtual, hospitales virtuales, compras virtuales, fabricación de objetos en el lugar de consumo, viajes virtuales, celebraciones virtuales, encuentros virtuales, juegos virtuales, creaciones virtuales de toda naturaleza, recreaciones de mundos virtuales…). La gran industria que está en marcha en este momento se basa en la sustitución de las realidades físicas por ceros y unos, en la antesala ya de un paradigma cuántico.

La velocidad con la que el Virtuceno se abrirá paso dependerá de la calidad de las experiencias inmersivas que seamos capaces de recrear con las tecnologías disponibles, y la capacidad de involucrar en ellas a los cinco sentidos, de su fuerza para construir escenarios seductores que nos enamoren. Y eso no va a ser un problema, porque la mente humana tiene ventanas de seguridad por la que es fácilmente hackeable, al no ser capaz de distinguir entre realidad y ficción cuando una experiencia está bien creada.

Evolucionamos hacia la hibridación ser humano-máquina. RTVE


Igual que la realidad virtual es capaz de seducir, captar la atención y robar el tiempo de nuestros jóvenes, que ya han decidido habitar en Internet y vivir en el Virtuceno, lo hará también con los más adultos y los viejos, los trabajadores, los estudiantes, los médicos, los profesores… La convergencia tecnológica (nanotecnología, biotecnología, infotecnología, cognotecnología), junto al big data, los algoritmos, la inteligencia artificial, la realidad aumentada, los videojuegos… Todo eso va a avanzar hacia el desarrollo de mundos y experiencias donde la mente humana no sabrá discernir si son reales o virtuales, y, además, le dará igual. En ese momento, habremos entrado ya en pleno Virtuceno, seremos seres de otra época histórica y hasta de una nueva era geológica, capaz de revertir los efectos devastadores del Antropoceno.

La realidad es que el tiempo histórico y el tiempo geológico se han acelerado; hemos entrado en una deriva en la que los cambios que tardaban millones de años en eclosionar se precipitan en décadas. Los antiguos griegos tenían un nombre para este tiempo: Kairós (tiempo en el que ocurren las cosas importantes).

Bienvenido al VIRTUOCENO.

¡Adelante!

(Juan Carlos Casco Casco es un experto y consultor en Prospectiva, Educación y Emprendimiento de prestigio internacional y actividad en España y en diferentes países de Europa y Latinoamérica).


Alabastro

Compenetración entre la luz y la escultura, entre la luz y la arquitectura.

El alabastro en la obra de Chillida es el material que acoge la Luz y permite que ésta se muestre de forma trascendental.

En Gurutz (Cruz) Chillida excava el alabastro hacia adentro haciendo que la cruz se materialice en el vacío.

Tras experimentar con materias de su tierra natal como la madera y el hierro, el alabastro le condujo a Chillida a elaborar obras más luminosas y diáfanas. Se convertiría en la materia perfecta para captar la «luz oscura» que él identificaba con el mar Cantábrico. Frente a la luz blanca, fuerte, vibrante y cristalina del mármol, el alabastro transmitía una sombría luminosidad, una luz neblinosa y húmeda, más cercana a la luz negra propia del País Vasco.

El mar Cantábrico, un mar encrespado, con oleajes frenéticos y tonalidades grises y plomizas.

En lo translúcido la luminosidad parecía emerger del interior de la piedra como si, retenida en lo más profundo, irradiase de la propia materia.

Textos de Nausica Sanchez extractados de la Guía de Chilida Leku


El concierto de las almas bellas

Mi agradecimiento por este texto descubierto en el Blog de Jerónimo Alayón en sábado, abril 10, 2021 que incluyo entre mis paginas con mi agradecimiento.


Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura;  la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas… En pocas palabras, aquella época era tan parecida a la actual…

Charles Dickens

Llevo dos semanas sin poder escribir para esta columna, atascado en mi silencio, un silencio sobrevenido por tanto que vivimos: la pérdida de los amigos arrebatados por este virus, el horror de las noticias ya tan cercanas, la desmesura del poder sin contrapesos… tanto ante lo cual la palabra calla en su crisálida de silencio… Un dolor cuya parte más visible es aquella que llaman sobrecogimiento.

Dos semanas en barrena. La gente suele tenerme por alguien fuerte, pero no creo que lo sea. Con frecuencia me precipito, y más últimamente; pero en mi caída, siempre, hay un punto en que surge en mí con vertical desafuero una rebeldía, y abro las alas, cuando ya todos me dan por perdido… abro las alas. Nunca tendré el vuelo elegante y majestuoso del águila o del cóndor. Lo mío es una extraña mezcla de Ícaro con Orfeo, una cosa rara que quizá solo yo entienda, pero que hace esto que soy: aquel que en la caída siente dentro de sí nostalgia por el cielo que un día fue su hogar.

Hay personas en las que habita una luz especial, inextinguible, portentosa, que hace pulso contra la oscuridad circundante. Una luz que se hace esbelta en cada nueva lucha y, aunque a ratos se oville, al cabo se despliega más inmensa e intensa que antes. Es el fulgor de las almas bellas, que tienen la rara prerrogativa de no conformarse con esparcir brillo y calidez, sino que son capaces de encender otras luces, de crear otros portentos luminiscentes.

Y cada vez que lo hacen, el mundo es cruzado por un fulgor que otros pueden ver. Por un instante todos sabrán dónde está el todo. Y aunque luego pudieran regresar a la oscuridad, cada uno llevará en su interior el recuerdo de esa luz y sabrá caminar a tientas hacia el horizonte del alba, hacia el amanecer de un nuevo día.

Son las almas bellas aquellas que son capaces de tocar otras almas, de encender otras luces, de provocar que otras almas generen en sí luz y calor. Hacen posible el milagro de la vida, una vida que estando más allá de lo material, garantiza, sin embargo, que lo material sea posible. Las almas bellas son, en su concierto, el alma del mundo, aquella en cuyo centro, como un sol invicto, está la poesía en tanto que belleza y materia de todo arte; y en su concierto tiene lugar la sinfonía de un orden inclinado a la belleza: la armonía de los espíritus. Yo vivo por ello.

Magnífico momento, en este ahora y en este aquí, para pensar, pensarse y escribir. Magnífico momento para escribir será siempre aquel en el que debamos caminar por el borde ontológico de nuestro ser, entre el riesgo de caer y la fortuna de ascender, mirando a un algo que anhelamos sin saber qué es y que está más allá de nosotros, llamándonos desde el «claro del bosque», que decía María Zambrano, aguardando a sorprendernos en él desde la «belleza abismada».

Yo creo firmemente en que nunca la belleza será más alta que cuando la podamos avistar desde ese último borde de nosotros mismos, y yo vivo para y por ese momento en el que, como decía Hölderlin, se «abre el cielo de la perfección ante el amor anhelante», el avistamiento de la belleza absoluta…

Y quizás, en ese borde ontológico de nosotros, miremos más bien hacia la eternidad interior, a donde, como decía Novalis, conduce «el camino misterioso»: «Es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro». Quizás en esa última frontera del ser descubramos que no hay un allá ni un acá, sino un todo. Quizás no haya más camino hacia la belleza que el del misterio porque este la oculta amorosamente en su seno, y ella espera a revelársenos incluso en la ruina del mundo, solo si tenemos dentro la suficiente sensibilidad como para resonar con ella, escuchar su voz asordinada y reconocerla en medio de la niebla.

Magnífico momento este para alzar el vuelo como rebeldía contra la caída en barrena. Magnífico momento para afinar la cuerda del alma tensándola hasta niveles jamás imaginados —porque nunca se romperá— y producir la nota imposible. Magnífico momento para mirar a lo más alto desde lo más hondo de nuestro ser y cruzar el tiempo como una flecha capaz de surcar todas las eternidades. Magnífico momento para decir un no, sólido como un dolmen, a los funestos que intentan ahogarnos en su estéril noche. Magnífico momento este porque la vida es eso, el momento, cuando cabe toda en él y podemos decir como Rilke: «Y en tus ojos, que nunca parpadean, / el espacio soy yo».

Cien años de Piazzola

De la REVISTA ENTRELETRAS extraigo este interesante artículo relacionado con la Música, titulado Fervor y más allá de Buenos Aires: 100 años de Piazzolla escrito por mi querido amigo Antonio Daganzo. Mi agradecimiento Antonio por compartir tu conocimiento.

Por Antonio Daganzo Enero 2021

El escritor y musicógrafo Antonio Daganzo rinde homenaje a Astor Piazzolla (1921 – 1992), con motivo del centenario –que se cumplirá el próximo día 11 de marzo de 2021- del gran compositor e intérprete argentino, revolucionario creador de la modernidad sonora de Buenos Aires, por medio de una aleación irresistible de tango, jazz y música clásica.

Nacido en Mar del Plata, a unos 400 kilómetros al sur de Buenos Aires, Astor Pantaleón Piazzolla hubo de pasar la mayor parte de su infancia en Estados Unidos, y allí, en Nueva York, quiso el destino que se produjera su trascendental encuentro con el cantante y compositor Carlos Gardel. El pequeño Piazzolla ya hacía sus pinitos con un viejo bandoneón que le había regalado su padre -Vicente Piazzolla, hijo de inmigrantes italianos en Argentina-, y, al ser escuchado por el mítico cantor de tangos, éste le dijo: “Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego”. De esta célebre anécdota, y de estas palabras que no hubieran pasado de broma ligera si los protagonistas hubieran sido otros, cabe celebrar no sólo su altura de profecía: también el fino oído de Gardel en toda la extensión de lo que dijo. La grandeza de Piazzolla se cumplió, y su idiosincrasia artística, si no “gallega” -entiéndase lo de “gallego” como “español”, a la manera argentina-, sí que demostró, desde muy pronto, una inclinación connatural hacia el cosmopolitismo.

¿Cosmopolita el gran Astor? ¿Un músico cuyo legado, hoy, representa a su país, ante el conjunto de las naciones, incluso con más pujanza que el Martín Fierro de José Hernández? Y, sin embargo, cuánto trabajo le costó a Piazzolla convencer a propios y extraños de que su “música contemporánea de Buenos Aires” -como él la llamaba muy acertadamente- era el inicio del moderno lenguaje de tango que los nuevos tiempos necesitaban. Al cabo lo logró, con una capacidad visionaria que, dentro del ámbito de la música popular urbana a escala universal, sólo encuentra paragón, por su excelencia, en el advenimiento de la llamada “bossa nova”, a partir de la samba, gracias principalmente al talento del extraordinario compositor carioca Antônio Carlos Jobim. Pero Piazzolla fue mucho más que música popular urbana. Si en lo tocante a Brasil, la comparación entre Tom Jobim y Heitor Villa-Lobos -el autor brasileño por antonomasia de “música culta” o “docta”- resulta algo más difícil de establecer, el nombre de Astor Piazzolla merece figurar, en muy buena medida, junto al de los grandes creadores del arte del sonido en Argentina: Julián Aguirre (1868 – 1924), Juan José Castro (1895 – 1968), Carlos Guastavino (1912 – 2000), el genial Alberto Ginastera (1916 – 1983; profesor de Piazzolla de 1939 a 1945) o el folclorista y autor de la imperecedera zamba en memoria de Alfonsina Storni, Alfonsina y el mar, junto al letrista Félix Luna- Ariel Ramírez (1921 – 2010), de quien, por cierto, se cumple también el centenario de su nacimiento en este 2021. De todos ellos, Piazzolla se distinguió por una labor exhaustiva en torno al tango -surgido a finales del siglo XIX en el área del Río de la Plata, y en el que pueden rastrearse raíces africanas incluso, dentro del aluvión de influencias que alimentaron su origen-, de manera que su concepción sinfónica de género tan popular alcanzó a constituir una obra de concierto, un “corpus” clásico, una trascendencia estética paralela al ininterrumpido ejercicio de lo tanguero o tanguístico como banda sonora de las calles de Buenos Aires. Si bien dicho “corpus” no llegó a gozar de una gran extensión –a diferencia del abundantísimo número de composiciones “populares” debidas a Piazzolla-, su personalidad se antoja tan formidable que bien justifica su permanencia en el repertorio, además del repaso por alguno de sus jalones fundamentales.

En realidad, el compositor a punto estuvo de dedicarse por entero a la música clásica, y en ello tuvieron muchísimo que ver dos factores que se alimentaban mutuamente: la situación del tango en los años 40 del pasado siglo, y el enorme y expansivo talento del joven Astor. Al hilo de los múltiples avances estéticos que el arte del sonido, en su totalidad, venía experimentando desde comienzos del siglo XX, el género aguardaba una definitiva revolución que no terminaba de producirse; mas Piazzolla descubrió pronto que, siendo parte de la orquesta del sobresaliente Aníbal Troilo (1914 – 1975), no podría emprender dicha revolución. Su trabajo como arreglista era cuestionado de continuo, y eso que Troilo no ha pasado a la Historia precisamente como un retrógrado del tango, sino como uno de los nombres fundamentales de aquella “Guardia Nueva” que vino a extender las posibilidades expresivas características de los gloriosos pioneros de la “Guardia Vieja”. No obstante, ¿cómo iba a resultar aquello suficiente para un alumno de Alberto Ginastera? ¿Para un genio en agraz, versado ya en las innovaciones de Bartók, Stravinski, Prokofiev, Hindemith, Debussy o Ravel? Por fortuna, nada menos que Nadia Boulanger (1887 – 1979), con quien Piazzolla pudo estudiar en París –entre 1954 y 1955- tras haber ganado el Premio “Fabien Sevitzky” de composición, sacó al músico de aquel sólo aparente callejón sin salida. El consejo de la insigne profesora francesa –“mi segunda madre”, en palabras del propio Astor- fue a la vez entrañable y categórico: el discípulo no debía abandonar jamás su esencia tanguera. ¿Fusión, experimentación, aprovechamiento de todo lo aprendido, de todos los altos saberes musicales acumulados? Por supuesto. Pero siempre con el tango por delante. Un consejo que valía, sin duda, por toda una carrera y una vida. El pasaporte que Piazzolla necesitaba para ganar la posteridad.

A partir de entonces tomó carta de naturaleza, deparando una discografía de gran amplitud, la “música contemporánea de Buenos Aires”. Era, efectivamente, el tango progresivo o contemporáneo, servido con el ropaje sonoro de un octeto de intérpretes que, a la vuelta de un lustro -y aunque el cariño por la formación del octeto nunca decayó del todo-, se decantó fundamentalmente en quinteto: piano, violín, contrabajo, guitarra eléctrica y, por supuesto, el bandoneón, del que el propio Piazzolla era un consumado virtuoso. Su impronta como intérprete -tan robusta como ágil, fogosa, de marcados acentos aunque capaz igualmente de los más delicados raptos de melancolía-, quedó inscrita en un “neotango” siempre atento a los fértiles caminos de ida y vuelta entre el tango y la milonga, y que, tomando del jazz la flexibilidad del discurso y la libertad constructiva, encontró en la música clásica la ambición formal, el calado eminentemente sinfónico, las influencias sobre todo de Stravinski y Bartók en los momentos de mayor fiereza rítmica y armónica, pero también, cómo no, del neoyorquino Gershwin, y de Rachmaninov o Puccini en los pasajes líricos donde había de reinar la melodía. Y, junto a todo ello, la querencia por una concepción barroca de la urdimbre sonora -desarrollo continuo, valoración del contrapunto-, resultado del amor que el músico argentino sentía por el legado de Johann Sebastian Bach.

Las aportaciones de Piazzolla al acervo de la mejor música popular urbana son incontables. Al menos cabe recordar algunas: Lo que vendráBuenos Aires, hora cero; las Cuatro estaciones porteñas (“Verano porteño”, “Otoño porteño”, “Primavera porteña” y el conmovedor “Invierno porteño”, citadas por orden de creación); el pegadizo Libertango, en el que parecen latir reminiscencias del tango-habanera Youkali, de Kurt Weill; la llamada Serie del Ángel, en la que destacan la Muerte del Ángel, la Resurrección del Ángel y, cómo no, la fascinante Milonga del Ángel; la absolutamente prodigiosa, con su melancólica sencillez, Oblivion; o, por supuesto, la celebérrima -y con toda justicia- Adiós Nonino, creada en 1959 a raíz del fallecimiento de don Vicente Piazzolla –el padre de Astor, como sabemos- en un accidente de bicicleta. Decarísimo, pieza dedicada a Julio de Caro (1899 – 1980) -el artista de la “Guardia Nueva” más admirado por Piazzolla-, constituye, con su nostalgia luminosa y sonriente, el más hermoso homenaje que cabía rendir a la tradición -si bien no olvidemos que, a la muerte de Aníbal Troilo, Astor compuso, en memoria de quien había sido su “jefe”, la muy interesante Suite Troileana-. Y toda esta concepción sinfónica del tango, ¿dejó espacio para las aportaciones de los vocalistas? Sí; en menor medida, evidentemente, pero no hay que olvidar, sobre todo, los trabajos que le vincularon con acierto al poeta e historiador del tango Horacio Ferrer (1933 – 2014) y a la cantante Amelita Baltar (1940), quien se convertiría en su segunda esposa; trabajos como la Balada para un locoChiquilín de Bachín, y esa suerte de ópera-tango en dos partes -“operita”, en denominación de sus creadores- estrenada en 1968: María de Buenos Aires, de la que provienen piezas que alcanzaron luego fama por sí mismas. Basta recordar la impresionante y contrapuntística –así lo indica ya su propio título- “Fuga y misterio”, o la desesperada ternura del “Poema valseado”, donde brilla el estilo poético sorprendente de Horacio Ferrer (“Seré más triste, más descarte, más robada / que el tango atroz que nadie ha sido todavía; / y a Dios daré, muerta y de trote hacia la nada, / el espasmódico temblor de cien Marías…”). Si este concepto popular de la ópera le aproximó a la herencia de los compositores brechtianos por antonomasia, Kurt Weill (1900 – 1950) y Hanns Eisler (1898 – 1962), su Ave María (Tanti anni prima), cuyo origen podemos rastrear en la banda sonora original del filme de 1984 Enrico IV, de Marco Bellocchio, le emparentaría con una tradición bien querida de la música clásica, aunque la letra –obra de Roberto Bertozzi- no se corresponda con el texto habitual de la oración. Más y más célebre con el paso de los años, este Ave María tiene la virtud de quintaesenciar el bellísimo universo melódico del autor argentino, dando noticia de una vida armónica más rica incluso -y ya es decir- que la aportada por Franz Schubert en su popular pieza análoga.

Paralelamente, y como líneas arriba quedó dicho, Astor Piazzolla fue construyendo una obra de concierto; ese “corpus” clásico cuyo primer hito data de comienzos de los años 50 del pasado siglo: Buenos Aires (tres movimientos sinfónicos), partitura con la que obtuvo la victoria en el ya citado Premio “Fabien Sevitzky”, y que acabó cuajando en la Sinfonía “Buenos Aires” defendida, en tiempos recientes, por maestros como Gabriel Castagna o Giancarlo Guerrero. De toda esta faceta compositiva de Piazzolla, las obras más difundidas han sido las signadas por la presencia del bandoneón en su “organicum” instrumental; algo lógico, al tratarse del instrumento emblemático de la cultura tanguera. Y, así, cabe destacar la Suite “Punta del Este”, para bandoneón y orquesta de cuerdas, o el ambicioso Concierto de nácar, para nueve tanguistas y orquesta, y centrado, más que en la riqueza de las ideas musicales por sí mismas, en la recreación de la forma barroca del “concerto grosso” -los nueve solistas darían cuerpo a un nutridísimo “concertino”; la orquesta desempeñaría la labor de un aseado “ripieno”-. El influjo del Barroco también se halla presente en el espléndido Concierto para bandoneón, orquesta de cuerdas y percusión, si bien su exuberancia temática nos hace pensar más en la fantasía del Romanticismo -¡imposible olvidar su vibrante introducción y la exposición del primero de los temas, toda una moderna, actualísima formulación del misterio de lo porteño!-. Partitura de 1979 a la que el editor Aldo Pagani tituló, por su cuenta y riesgo, “Aconcagua”, es la cima indudable de la escritura concertante de Piazzolla, que dio de sí, en 1985, otro feliz capítulo gracias al suave y primoroso Doble concierto para guitarra, bandoneón y orquesta de cuerdas. No obstante, ¡qué bien se puede apreciar el pensamiento sinfónico del músico en sus partituras “clásicas” que prescinden del bandoneón! ¿Un contrasentido? En absoluto: la mejor prueba de las inmensas posibilidades expresivas del tango, más allá de su típico color local. Buenos ejemplos de ello son Tangazo, y los Tres movimientos tanguísticos porteños de 1968: a mi juicio la más lograda partitura de Piazzolla, escrita para una orquesta radiante y polícroma. Si en la Sinfonía “Buenos Aires” las influencias de la música culta sometían aún al verbo autóctono, en los Tres movimientos tanguísticos… la simbiosis obrada entre ambos mundos es, sencillamente -y tal como había soñado en París la profesora Nadia Boulanger-, perfecta. Ello resulta perceptible, en grado sumo, por medio de dos grabaciones excelentes, de obligado conocimiento y audición: la de Charles Dutoit, al frente de la Orquesta Sinfónica de Montreal, y la protagonizada por la ya tristemente extinta Orquestra de Cambra Teatre Lliure, de Barcelona, bajo la batuta de Josep Pons. La nostalgia del arrabal y la pura ensoñación misteriosa y romántica -paradigmático al respecto el segmento central, “Moderato”- se funden en los Tres movimientos tanguísticos porteños, abocándose el discurso a una espectacular fuga de cierre que, en este caso, más que un guiño específico al Barroco supondría la coronación universal del tango en la más sofisticada forma del contrapunto imitativo.

Otro argentino cosmopolita y genial, Jorge Luis Borges, dio, en 1923, el título de Fervor de Buenos Aires al primero de sus poemarios. Eso, precisamente, es lo que una y otra vez encontramos en la música del gran Astor Piazzolla: un fervor capaz de trascender las esencias concretas, hasta el punto de convertir a Buenos Aires, mucho más allá de sus límites, en un fecundo territorio de la modernidad. Todo un portento.

Ver: Fervor y más allá de Buenos Aires: 100 años de Piazzolla

Antonio Daganzo Periodista, ensayista y poeta, es autor de ‘Clásicos a contratiempo: la música clásica en la era pop-rock’ (Editorial Vitruvio).


Fué ayer

Dejar que los veranos nos invadan
frecuencias y vacíos luminosos
ceremoniosos campos de amapolas
caballos por los siglos de los montes
y el desorden natural de las nubes
bajo un misterioso cielo cegador.

Al fondo del paisaje permanece
descolorido el rojo rústico de la sangre
los nombres de la guerra y de la muerte
sin acontecimientos,
como puede sonar la verdad en un cuadro
de flores secas y muñecos ennegrecidos.

Niños de negro por las playas y escorrentías,
personajes tras la oscuridad de matorrales
y la zozobra de jóvenes madres con hijos
encarcelados tras las tapias, sin fin humano.
Paisaje de sombras, luz de la historia,
vago horizonte de roca negra, y soledad.

Las luces de la tarde amarillean
el oleaje de la vida, ¿cuántos, quiénes
dejaron allí sus platos de loza,
sus cubiertos y servilletas sobre las mesas
de metal, pensando que volverían?
Pasa la luz y deja todos los restos tristes.


@mjberistain

Escribí este poema después de visitar Saturraran. Me impresionó la desolación de aquel espacio en el que tan solo quedaban una pequeña cruz de piedra, una reciente placa con los nombres y edades de las mujeres y niños muertos y, apoyados al pie de la cruz, una antigua muñeca y un oso de trapo ennegrecidos.

Ver página: Las rosas de Saturrarán. Silencio, Cárceles y Tumbas


Leer enseña a pensar.

Deseo incorporar a mi blog las palabras de LOLA VELASCO
que he encontrado en su blog amanececadadia.com

leer

Es de todos bien conocido que leer aporta múltiples beneficios. Muchas generaciones hemos dedicado horas de ocio a la lectura y hemos aprendido en la escuela a través de los libros de texto. Leyendo se aumenta el vocabulario, se mejora la ortografía y la expresión. La lectura proporciona modelos de expresión lingüística y potencia el pensamiento y la reflexión dotando al lector de nuevas visiones y conocimientos.

Cuando los niños empiezan a leer consiguen en el primer escalón una lectura mecánica que será una herramienta básica para el posterior aprendizaje. A medida que avanza su control y la velocidad lectora empiezan a desarrollar en paralelo la comprensión indispensable para el estudio de los contenidos de otras materias. Sin una buena comprensión lectora no hay un buen aprendizaje. Un buen lector tendrá éxito en la asimilación de la información. Indiscutiblemente cuando se adquiere la capacidad de comprender y asimilar lo que se lee se entra en la fase de la reflexión, a través de la cual desarrollamos un criterio y emitimos un juicio. En definitiva, hemos aprendido a pensar sobre contenidos desconocidos, sobre otras visiones y vivencias distintas a las nuestrasSomos más independientes y menos manipulables porque somos capaces de reflexionar sobre los hechos a través de variadas fuentes de información desarrollando un criterio propio. Leer enseña a pensar.

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En la actualidad se  observa que las nuevas generaciones de niños y jóvenes, que ya son nativos informáticos, carecen de hábitos de lectura y son fácilmente manipulables. Obtienen la información usando las nuevas tecnologías, así como las incluyen en sus tiempos de ocio. Las redes sociales proporcionan un intercambio de opiniones a debate y Google se convierte en la fuente del conocimiento, es el maestro Google, el médico, el farmacéutico o el terapeuta Google. Los libros pasan a un plano muy secundario y en raras ocasiones constituyen un divertimento. Las nuevas pedagogías obstaculizan el esfuerzo que requiere la lectura porque tienden a sustituir  los libros de texto impresos  por contenidos virtuales de los mismos para hacerlos más  atractivos, potenciando la interacción por encima de la lectura individual y reflexiva mediante la cual se internalizan los conceptos. Es necesario encontrar un punto de equilibrio y proporcionar a los niños y a los jóvenes momentos en la escuela y en la casa para que lean y se habitúen a la lectura sin demonizar por ello el uso controlado de las nuevas tecnologías.

 

Un libro nos pone en contacto con escenarios y culturas diferentes. Cuando leemos una novela se despierta nuestra creatividad, imaginando y anticipando los acontecimientos. Nos sorprende, nos intriga, emociona y revive en nosotros deseos, emociones e ilusiones. Una novela es una aventura en la que nos fundimos es sus personajes y vivimos ávidamente su historia. Leer también nos aporta conocimiento e información y tras ello las reflexiones pertinentes mediante las cuales formamos nuestro criterio. A través de la lectura liberamos nuestra mente y desarrollamos una visión más amplia y compleja de la realidad basada en una percepción  propia.

Con mi agradecimiento y respeto.


 

El juego de hacer versos

Continúa lloviendo con fuerza. Es una de esas tardes de domingo como las que recuerdo de mi infancia. Cada cierto tiempo (puede ser cada hora o cada dos minutos) miro por la ventana. Miro al horizonte brumoso, a la nada que se esconde ahí detrás y no pienso en nada.

Sigo con mis lecturas y hoy me he encontrado con la Poesía de Jaime Gil de Biedma, hombre atormentado pero con una forma muy real de escribir, fácil de comprender y supongo que perfecta para él para intentar comprenderse.

El artículo que incluyo a continuación lo he encontrado en Intertextualidades. Autor: Juan Carlos Rodriguez Rendón http://jcarrodri.blogspot.com.es

Y por resultarme muy interesante, lo incluyo entre mis Apuntes.

“EL JUEGO DE HACER VERSOS”

En 1962 con motivo del 60 cumpleaños de Rafael Alberti y para el libro de su homenaje, el poeta barcelonés  Jaime Gil  de Biedma (1929 – 1990) envía a Caballero Bonald el poema “El juego de hacer versos”. En otra carta posterior el autor de «Moralidades» duda  de que el texto sea el adecuado  para la ocasión. Finalmente el libro no vio la luz.

El poeta trata de explicar en qué consiste la creación poética y qué funciones tiene. El poeta no habla del “oficio” de hacer versos, sino de “juego” y que matiza más tarde “que no es juego” porque entiende que la poesía es más una cuestión de técnica que de sentimientos. Considera que escribir poemas es  una manera de entender la vida, aunque el “placer “ del comienzo se convierta  al final en “vicio solitario” Este poema  hace un recorrido de la trayectoria  del poeta desde la nostálgica adolescencia “demasiados inexpertos, / ni siquiera plagiábamos…” hasta su decadente  madurez. Como vemos, el poema  tiene una estructura circular, cerrada, comienza y termina con la misma estrofa, aunque con matices diferentes en los dos últimos versos: esta variante hace destacar los efectos del paso del tiempo en la obra del autor.

En este poema Gil de Biedma condensa toda su Poética, todo su proceso creador.
Admite el arte como vocación, pero también como trabajo

«El Arte es otra cosa distinta”
 Aprender a pensar /  en renglones contados  /
– y no en los sentimientos  /con que nos exaltábamos –, «

Gil de Biedma tiene la virtud de conectar fácilmente con el lector al utilizar un lenguaje sencillo, cercano y ameno, aunque por ello no trate con gran sensibilidad temas  tan vitales como el conflicto y mala conciencia que le producen la pertenencia a la clase burguesa  “… a vosotros pecadores / como yo, que me avergüenzo de los palos que no me han dado, / señoritos de nacimiento / por mala conciencia escritores / de poesía social, / dedico también un recuerdo, / y a la afición en general “ o la búsqueda constante de su propia identidad enfrentado con el tiempo y con su propia decadencia “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender  más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / […] Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra” o el amor en su largo y precioso poema “Pandémica y celeste” :  “…Sobre su piel hermosa, / cuando pasen más años y al final estemos, / quiero aplastar los labios invocando / la imagen de su cuerpo/ y de todos los cuerpos que una vez amé / aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo, / Para pedir la fuerza de poder vivir / sin belleza, sin fuerza y sin deseo, / mientras seguimos juntos / hasta morir en paz, los dos, / como dicen que mueren los que han amado mucho. “

Os dejo ya con el poema:

EL JUEGO DE HACER VERSOS

El juego de hacer versos
–que no es un juego – es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
–demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos –

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
en renglones contados
–y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos –,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio,
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.

Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas nubes
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en esta vida
que nos hace pedazos
de madera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
–por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

Moralidades, 1966.

Publicado 1st March 2015 por Juan Carlos Rodríguez Rendón
Fotografía J Corno


 

La belleza como argumento

‘Schommer al natural’  es el título de la exposición que se celebra estos días en la Casa de Vacas del Parque del Retiro de Madrid. Destaco aquí algunas imágenes tomadas de la red. Son solo una muestra de las que a mí personalmente me resultan sugerentes, aunque me descubro admiradora de toda su obra. Ver albertoschommer.com

Apuntes del artículo de Miguel Lorenci en el Diario Sur

Alberto Schommer, consagrado como un retratista genial, fue también un enamorado y un maestro del paisaje, de la fotografía de naturaleza y de los juegos en el laboratorio. Un gran fotógrafo con alma de pintor expresionista, un alquimista de la imagen que disfrutaba manipulando copias, negativos y tinturas para obtener efectos tan inesperados como emocionantes.»

«El anhelo de Schommer fue llevar la fotografía al nivel de la pintura y la escultura; dotar a las fotos de su misma expresividad y emoción.

«Tras consagrarse como un maestro del retrato, no pierde ni la curiosidad ni la energía y se convierte en un alquimista capaz de transformar las imágenes en metáforas de la pintura en su constante búsqueda de la belleza. Se divierte manipulando negativos, invirtiéndolos y duplicándolos, tintándolos o arañándolos. Convive con las flores que retrata hasta que se marchitan en el estudio, recrea y retoca los paisajes, radiografía las flores y las tiñe, destierra la figura humana.»

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De «Elogio a la fotografía», discurso leído en Abril 1998 al ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

» La magia de los momentos recordados hay que alargarla, commo un exquisito manjar, como un delicioso vino y sobre todo si el recuerdo es mágico.»

«El retrato es quizá el hecho más importante dentro de la fotografía. Es el enfrentamiento consentido de dos personas poderosas que se observan activamente ya que el sujeto, por pasivo que parezca, no deja de aportar en su concentración unas señales perceptibles por el autor (leáse fotógrafo) en las que envía simbologías de poder, relajación, elegancia o vulgaridad. El autor debe aceptar estas indicaciones, aprovecharlas, para construir el retrato. Porque un retrato de autor es algo más que un documento. El fotógrafo conoce o debe conocer al sujeto para organizar interiormente y exteriormente su composición: él dirige la operación sugiriendo la actitud, orientando la mirada. La luz no es más que un elemento moldeador que activará la pretensión del fotógrafo.»


La fotografía, qué es sino una provocación,
un grito, un salto al vacío…


 

 

 

 

Aprender a leer

Tomo las palabras de El Blog de Arena  de Borgeano para reflexionar sobre la lectura. 

Con mi agradecimiento.

 

El Blog de Arena

Escalera al cielo

Todos los que estamos aquí coincidimos en la importancia de la lectura y del valor de los libros; pero pocas veces nos hemos detenido a pensar qué significa, realmente, leer. Recuerdo que en los noventa leí un manual de escritura que aconsejaba paradójicamente, no leer tanto; cosa que en aquel momento me sorprendió un poco, ya que yo leía todo lo que estaba a mi alcance casi de manera indiscriminada (fue tanto lo que me llamó la atención que aún tengo grabadas esas palabras: “Leer mucho, paraliza”).

A este respecto comparto una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf:

“Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y…

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El Moneo que me piensa

Kursaal

Tenía veintipocos años cuando se demolió el antiguo Kursaal. Recuerdo que el impacto entre la gente de la ciudad fue muy importante. El sentir era de incomprensión y de temor porque aquello respondiera a una maniobra preparatoria de especulación con un solar privilegiado a orillas de nuestro mar. El solar al que llamaron «solar K», se mantuvo vacío durante otros veintitantos años, tiempo durante el que se estudiaron y se desecharon variadas y diversas propuestas.

La resolución del jurado explicaba así los motivos de su decisión
al elegir el proyecto de Moneo

El lema decía: DOS ROCAS VARADAS

«POR el acierto en la consideración del solar K como un accidente geográfico en la desembocadura del río Urumea, por la liberación de espacios públicos como plataformas abiertas al mar y especialmente por la rotundidad, valentía y originalidad de la propuesta» 

Para los ciudadanos se hacía difícil reconocer que otra construcción pudiera compensar del glamur perdido con la demolición del antiguo Kursaal.

Sin embargo, con el paso de los años, la integración en nuestras conciencias de ciudadanos de aquel nuevo edificio, admirado por unos y rechazado por muchos, fue lenta pero profunda. Quizá ello tuviera que ver con el propio carácter de los vascos…

No tengo palabras para explicar que la magia de Moneo consiguió engrandecer la ciudad respetando, a pesar de su innovadora propuesta, la fuerza del paisaje y de la arquitectura romántica con la que nos sentíamos tan identificados a través de los tiempos.

@mjberistain

Moneo

Extracto del artículo de Ana Belén García

El arquitecto Rafael Monero (Tudela, 1937), es un hombre elegante, amabilísimo, y con un punto de timidez.

Según sus propias palabras Moneo concibe el desarrollo de los edificios por su capacidad de integrarse en la vida de las personas y por el respeto al lugar donde se ubican. Un tema que le apasiona y motiva.

Moneo ha sido el primer español en ganar el Prizker en 1996, considerado el Nobel de la arquitectura, y también son suyos el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2012) y el Premio Nacional de Arquitectura (2015). El arquitecto ha pasado 30 años como docente a caballo entre España y EEUU donde ha ejercido como Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Harvard.

“la ciudad misma es la arquitectura y es donde la gente entiende y debe apreciar lo que un edificio debe dar de sí”

Amante de la poesía y viticultor experimentado, lejos de jubilarse, Moneo mantiene un estudio con una veintena de profesionales en el que vuelca una actividad con la que aspira a que los edificios adquieran su propia personalidad por encima de los arquitectos.

«Su obra enriquece los espacios urbanos»

Según el Jurado del Premio Príncipe de Asturias que le fue concedido en 2012,

«Como maestro reconocido en el ámbito académico y profesional, Moneo deja una huella propia en cada una de sus creaciones, al tiempo que conjuga estética con funcionalidad, especialmente en los interiores diáfanos que sirven de marco impecable a las grandes obras de la cultura y del espíritu».


Una emoción sencilla

 

Todos los años por estas fechas los escasos momentos de quietud que consigo suelen llevar mi mente a reflexionar sobre el tema de las religiones.

Hace tiempo leyendo a Rosa Montero, tuve que mirar en internet el significado de la palabra «sincretismo».

Tendencia a conjugar y armonizar corrientes de pensamiento o ideas opuestas».

Como sincretismo se denomina el proceso mediante el cual se concilian o amalgaman diferentes expresiones culturales o religiosas para conformar una nueva tradición. La palabra, como tal, proviene del griego συγκρητισμός (synkretismós), que significa ‘coalición de dos adversarios contra un tercero’.

El sincretismo religioso es el producto de la unión de dos tradiciones religiosas diferentes que se asimilan mutuamente, dando como resultado el nacimiento de un nuevo culto con elementos y productos de ambos.

El artículo se titula «Todos nuestros dioses«.

«Las religiones organizadas han sido demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad, de fraternidad y de belleza».

Mi religión no la vivo como lo hacía cuando era una adolescente. Mucho ha cambiado pero, sin embargo, me ha quedado ese impulso religioso del que escribe Rosa; una especie de «espiritualidad» de la que no puedo ni quiero prescindir.

Aquí solo destaco su encuentro en el Parque con una mujer…

(una emoción sencilla)

 El otro día me encontré en el parque con una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y diademas de punto que ella misma tricotaba. Era extranjera, no sé de dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa limpia pero raída, como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era hermoso. Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba el lugar. Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias por su arte. Y entonces sonrió y me dijo: «Que tus dioses te protejan». Sí; en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser mejores. «Que tus dioses te protejan», me deseó la preciosa anciana. y ¿saben qué?.

Me sentí verdaderamente bendecida.

 

@mjberistain
Imagen FRK049blogspotcom


Leonard Cohen


Artículo de FELIPE BENITEZ REYES

Domingo, 13 de noviembre 2016

(Escribí esto que sigue en 2011. He escrito otra cosa de urgencia, tras su muerte, que se publicará el próximo viernes en EL CULTURAL del diario EL MUNDO.)

LEONARD COHEN ha conseguido reducir su voz a un susurro hipnótico. ¿Por merma de facultades? Sí, pero quizá también por privilegio de su destino: su voz es algo que está ya por encima de la voz, algo que ha logrado convertirse en la metáfora frágil de sí misma, en una fantasmagoría, purificada. Es la salmodia penumbrosa del superviviente, con su traje gris de empleado discreto de funeraria, con su borsalino de hampón dandístico, con su figura descoyuntada de anciano arrullador de batallas antiguas del sentimiento, galán en sus ocasos triunfales, con su sonrisa beatífica propia del monje budista que es, conocido en los monasterios del ramo como Jikan Dharma, que significa el silencioso.

Leonard Cohen sale al escenario con pasos alegres de duendecillo del país de las tinieblas amables. Se arrodilla. Junta las manos en gesto de plegaria. Se destoca. Sonríe. Da las gracias. Empieza su conjuro. Sus canciones nos llegan desde muy lejos: los adolescentes de los 70 del siglo pasado que tocábamos la guitarra teníamos un repertorio de estándares en el que no faltaba “Suzanne”, aunque con cierta licencia en los arpegios, porque éramos aprendices y había que esquematizar los alardes. Aun así, aquella medio chiflada seguía ofreciéndote té y naranjas de la China. Y el Cristo -abandonado, casi humano- permanecía en su torre solitaria de madera. Y aprendías a buscar entre la basura y las flores. Y el sol caía de lleno, como una miel, sobre la dama del muelle. Etcétera. Y nosotros, en fin, bailábamos aquello con las niñas, en la noche artificial de las fiestas tempraneras de los sábados.

Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno. Estamos en ellas. Conmueve este Cohen de postrimerías. Tan roto y tan poderoso. Tan de cristal y tan irrompible. Tan sujeto a la música por casi nada: por la exactitud temblorosa de la emoción, que es a fin de cuentas el todo. Este Cohen oferente y educado, con su espectáculo grandioso de susurros. Este Cohen que, con apenas cuatro notas básicas, ha sido capaz de escribir canciones que son historias, historias que son poemas, poemas que son música, música que es un himno de intimidad. Este trovador dulzón y oscuro, amargo y luminoso, con su lentitud interior de emocionado reflexivo, con su voz a media voz, con su porte de vendedor honrado de diamantes, de hombre hecho serenamente al encogimiento de hombros y a las fatalidades prodigiosas que nos depara el mundo, como un personaje escapado de una página de Isaac Bashevis Singer, este Leonard Cohen, decía, parece venir desde muy lejos cuando sale al escenario y se destoca.

Parece venir de un tiempo invulnerable al tiempo, de una intemporalidad mágica en la que los sentimientos son inmortales, mientras nosotros vamos de paso por aquí, acogidos a la indefinición y a la fragilidad, y alguien baila ante nosotros con un violín en llamas.


De cómo los hispanos se convirtieron en árabes

Por: Eduardo Manzano Moreno 01 de mayo de 2014

 

Alhambra

Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX.
J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanosvisigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.

Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.

Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.

Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodo Rodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.

SelloPrecinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.

Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus– en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.

La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.

También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.

Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.

Escanear0434Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.

Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.

Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.

Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.


 

ECO SOCIAL...OJO CRÍTICO

Alhambra Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

  Por: Eduardo Manzano Moreno         

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanos, visigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de…

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Aviso a navegantes

ROSA MONTERO
Publicado en El País
3 Enero 2016

Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada, o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.

Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañar estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.

Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día

Tiene varios más, algunos espeluznantes. El libro de Rhodes cuenta con una crudeza que yo no había visto la experiencia de una víctima de pedofilia. A los seis años recién cumplidos, James fue violado por su profesor de boxeo del colegio. Y el tipejo lo siguió haciendo durante cinco años impune y sistemáticamente, hasta que Rhodes cambió de escuela. El niño, amenazado por el pedófilo, avergonzado y amedrentado, no dijo nunca nada a nadie; pero otros profesores lo veían llorar, lo veían salir con las piernas sangrando del despacho del monstruo y no hicieron nada. El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños. Y otra enseñanza más de este tremendo libro: las violaciones dejan secuelas. En primer lugar, graves secuelas físicas, porque es una brutalización continuada de un cuerpo muy pequeño (el músico tuvo que ser operado varias veces); y, por supuesto, una catarata de catástrofes psíquicas. Prostitución en la adolescencia, un año de internamiento en un psiquiátrico, tres intentos de suicidio, cortes autoinfligidos con una cuchilla, drogas, furia y dolor. Y este es el segundo milagro: ha sobrevivido a todo eso.

Tercer milagro: James es la prueba de que el arte y la belleza ayudan. En el caso de James, es la música lo que amansó su fiera interior. Todos podemos y debemos recurrir a ello: cuanta más belleza en nuestras vidas, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

Pero aún queda por contar un cuarto milagro. Aunque la existencia de Rhodes parece larguísima y convulsa, sólo tiene 40 años. Guau, eso es vivir deprisa. Como decía Lou Reed: mi día equivale a tu año. Pues bien, al final el autor apuesta por su segunda esposa, Hattie, y se atreve a dar unos consejos para el bien amar. Antes, al leer el libro, Rhodes me había parecido un hombre conmovedor y admirable, pero también furioso y herido, demasiado intenso como para tenerlo muy cerca. Pero en estas páginas finales habla de la convivencia con tan modesta, honda sabiduría que me ha dejado admirada. Como, por ejemplo: “Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando”. Pequeña gran verdad. Hace falta vivir mucho y pensar mucho para llegar a tan poco. O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes para sortear los escollos de este año: recordemos que, como prueba Rhodes, siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.


@BrunaHusky
Fotografía de Internet – Clarin

La imagen de la mujer en la poesía de Enrique Lihn — Southeast

Publicado originalmente en SOUTHEAST


Rosario, Beatriz, Paulina, Isabel, Lenka, Nathalie, Franci(s), Verónica, Raquel, Gabriela, María Dolores, Adriana, Claudia, Venus, Salomé, Herodías, Filis, Filomena, Psique, la muchacha cubana, la muchacha del pueblo, la muchacha florentina, la muchacha canela, la guitarrista más bella del mundo, la reina de corazón, la tapicera perfecta, la “girl asleep”, Martha Kuhn-Weber, la anciana adorable de […]

a través de La imagen de la mujer en la poesía de Enrique Lihn — Southeast

Hilando la vida

Coser e hilar eran una gran parte de la vida de la mujer Vikinga, y pasaban muchas horas al día deshebrando e hilando la lana. Eran muy talentosas para tejer lino, tapetes y lana. Colorantes naturales se usaban para teñir el lino y la lana de diferentes colores.

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Los tapetes se colgaban en las paredes de las casas como decoraciones.

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Las Moiras, Las Parcas y Las Nornas.
Divinidades femeninas que regían el Destino.

Las Moiras. En la mitología griega eran divinidades femeninas que controlaban el hilo de la vida de cada mortal desde el nacimiento hasta la muerte. Eran las personificaciones del destino. Eran tan poderosas que La Moiras impedían a cualquier dios acudir en socorro de un héroe determinado en el campo de batalla cuando había llegado su “hora”. Se las representaba comunmente como a tres mujeres hieráticas, de aspecto severo y vestidas con túnicas. En otras ocasiones se les atribuye la apariencia de tres viejas hilanderas, o de tres melancólicas damas (una doncella, una matrona y una anciana, respectivamente).

Shakespeare se inspiró en este mito para crear las tres brujas que aparecen en Macbeth, cuya intervención es determinante en el destino del protagonista. Sus nombres eran: Cloto (Κλωθώ, ‘hilandera’) hilaba la hebra de vida con una rueca y un huso. Se la representa portando una rueca; Láquesis (Λάχεσις, ‘la que echa a suertes’) medía con su vara la longitud del hilo de la vida. Se la representa con una vara, una pluma o un globo del mundo; y Átropos (Ἄτροπος, ‘inexorable’ o ‘inevitable) era quien cortaba el hilo de la vida. Elegía la forma en que moría cada persona, seccionando la hebra con sus tijeras cuando llegaba la hora. Se la representa con unas tijeras o una balanza. En la tradición griega, se aparecían tres noches después del alumbramiento de un niño para determinar el curso de su vida. En origen quizá podrían haber sido diosas de los nacimientos, adquiriendo más tarde su papel como señoras del destino. Las Moiras inspiraban gran temor y reverencia, aunque podían ser adoradas como otras diosas: las novias atenienses les ofrecían mechones de pelo y las mujeres juraban por ellas.

Sus equivalentes en la mitología romana eran las Parcas o Fata. Los nombres de las tres Parcas eran: Nona, que hilaba el hilo de la vida desde su rueca hasta su huso. Su equivalente griega era Cloto. Décima, que medía el hilo de la vida con su vara. Su equivalente griega era Láquesis. Morta, que cortaba el hilo de la vida, eligiendo la forma en que la persona moría. Su equivalente griega era Átropos. Como las Moiras, son también tres hermanas: una preside el nacimiento; otra, el matrimonio, y la tercera, la muerte. En el Foro, las tres Parcas estaban representadas por tres estatuas, llamadas corrientemente las Tres Hadas (tria Fata, los tres “destinos”).

Las Nornas. Espíritus femeninos de la mitología nórdica. Tres de ellas son las principales, conocidas por los nombres de Urðr (o Urd, «lo que ha ocurrido», el destino), Verðandi (o Verdandi, «lo que ocurre ahora») y Skuld («lo que debería suceder, o es necesario que ocurra»). Las Nornas viven bajo las raíces del fresno Yggdrasil, el árbol del mundo en el centro del cosmos, donde tejen los tapices de los destinos y riegan el fresno con las aguas y la arcilla provenientes del pozo de Urd para que éste no pierda su verdor ni se pudra. La vida de cada persona es un hilo en su telar, y la longitud de cada cuerda es la duración de la vida de dicha persona.

Fuente: Ana S. «Mujerícolas»
Fotografía: @mjberistain


Valkirias

 

 

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Por el Mýrkvid volando sabias doncellas

vinieron del sur a regir las suertes;
descanso se dieron las mozas sureñas
a orillas del lago; hilaban buen lino.

Siete los años que entonces pasaron
mas luego al octavo añoranza les vino,
al bosque, el oscuro, las sabias doncellas
quisieron tornar a regir las suertes…

 

Del Cantar de Vólund


Las valquirias son diosas de la mitología nórdica, hijas de Odín y poderosos espectros guerreros. Tienen el aspecto de una joven y bella guerrera nórdica; alta, con marcada musculatura, ojos grandes y azules, cabello rubio, largo y trenzado. Les gusta ir ataviadas con cascos de guerra con cuernos. Suelen cabalgar a lomos de caballos voladores y son fabulosas amazonas. Hábiles con la lanza, con el arco y con la espada, su fuerza es sobrehumana, divina, al igual que su resistencia y agilidad.

Habitan entre el plano de los vivos y el de los dioses, conocido como Asgard. En este plano existe un lugar llamado Valhalla, el salón de los muertos en combate, donde son recibidos los héroes que perecen durante una batalla.

Las valquirias presienten la muerte de los guerreros valerosos, de modo que cuando se libra una batalla se presentan en el plano de los vivos. Desde el cielo contemplan la lucha y cuando ésta llega a su fin las valquirias eligen a los muertos que serán conducidos hasta el Valhalla. Pero no sólo acompañan a los muertos en su viaje a Asgard, sino que también los cuidan durante su estancia en el Valhalla, tal y como lo dispone Odín.

Las valquirias están capitaneadas por Brunilda, la más fuerte y poderosa de las valquirias. Cuando descienden de los cielos y encuentran una batalla Brunilda las dirige y las lidera.
Brunilda tiene la capacidad de convertir a las valquirias en musas de la guerra, inspirando a los guerreros para luchar, aumentando su sed de sangre, y haciéndolos entrar en frenesí, de manera que no sienten dolor ni sangran por sus heridas. Una vez termina el combate el frenesí desaparece y el guerrero muere.

Se dice que algunas valquirias pasan grandes temporadas en el plano terrestre, dejando su habitual forma de guerrera espectral para vivir bajo la forma de un enorme y bello cisne.

Fuente: Leyendas de mitología nórdica


 

Vikingos

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Puede ser que estas tierras estuvieran habitadas desde hace 12.000 años pero su verdadera historia se reconoce desde que aparecieron los Vikingos en el siglo VIII.

Los vikingos eran los miembros de los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia, esos seres que se dedicaron a actividades comerciales, al saqueo y a la colonización de otros pueblos allá por la Edad Media.

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Harald Caballera Hermosa (no me lo he inventado aunque suene a cuento) pasa por ser el primer rey de una Noruega unificada, al menos nominalmente, desde el año 872. Sin embargo, no es sino hasta los siglos XI y XII, una vez consolidada la organización eclesiástica y monárquica, cuando puede considerarse un reino plenamente unificado e independiente.

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A lo largo de la historia y debido a su fragilidad política pierde su condición de estado y pasa a ser dependiente de Dinamarca y tiene que establecer acuerdos con Suecia. Esta sitación se mantiene hasta 1814 cuando una asamblea de patriotas noruegos declara unilateralmente la independencia del país y redacta su constitución tomando la forma de monarquía parlamentaria.

Noruega es invadida por los nazis durante la segunda guerra mundial y es a partir de su liberación en 1945, una vez restauradas sus instituciones, cuando se ha venido caracterizando por una importante aceleración del crecimiento económico -en parte por el impacto de la explotación del petróleo del Mar del Norte- y el establecimiento de un estado de bienestar del que hoy sigue siendo un referente histórico a nivel mundial.

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Los vikingos vinieron a mi memoria mientras mi nikon y yo paseabamos en este barco por los alrededores de Oslo capital de Noruega

Fuente consultada: Wikipedia


 

El canto del ruiseñor

 

 

Mi agradecimiento a Isabel F. Bernaldo de Quirós y a Julie Sopetrán porque entre las dos y, entre otras cosas, me han descubierto el más bello sonido de los pájaros.

Me despierta cada mañana el canto de los pájaros. Hay cientos de pájaros que abundan en este bosque que me rodea, sin embargo no he sido capáz hasta ahora de descifrar el canto de cada una de las especies que se acercan hasta el jardín.

Me acuerdo ahora de mi amigo Manuel que imitaba perfectamente el canto de los pájaros.  Silbaba identificando el canto por especies. Tengo que decir que era un placer escucharle silbar; silbaba muy bien, algo que yo no he conseguido hacer nunca, ni -aunque lo intenté fervientemente- cuando vivía conmigo Tusa, una perra magnífica de raza pastor alemán.

Me comunicaba con ella a través de la mirada… y en casos extremos a voces…

¡Quizás escuchando este vídeo vuelva a intentarlo!