Amor a la madera

Pablo Zuriarrain

Me fijé en sus ojos pequeños semicerrados, escrutadores, al otro lado de la mesa. Llevaba puesta la txapela y, en aquel momento, con un gesto que me pareció de cansancio, se la quitó dejando al descubierto el aspecto de una persona entrañable.

Afuera, en el castillo Torre Luzea (torre defensiva de estilo renacentista edificada en el siglo XV), se inauguraba la primera exposición individual de su obra tallada en madera.

Calculé su edad. Pero ¿qué importaba eso en aquel momento?

Había emoción, brillo en su mirada al recordar sus inicios en la escultura. No hubo un momento concreto. Él jugaba con lijas y restos de las maderas cortadas, con virutas y con el polvo que se acumulaba en la carpintería de su padre. Después, continuó su estela dedicándose profesionalmente a la madera.

Sabía, él sentía que allí dentro, en cada tronco, en cada bloque de madera que sostenía entre sus manos, había algo, algo que estaba por descubrir y que le estaba destinado.

«Quizás un sueño…» —decía, mientras explicaba una de sus esculturas.

«Eramos pocos, pero en cada trozo de tierra que habitábamos hablábamos lenguas distintas. Sin embargo, nuestras raíces procedían del mismo árbol, fuertes como las de uno de nuestros robles centenarios.»

Y allí estaba, figuradamente el roble, y Pablo. Y Pablo acariciando la estructura de su obra que nos hablaba de naturaleza y de humanidad. Un único bloque de madera abriéndose en diversos troncos elevándose hacia el cielo. Y sobre cada uno de ellos, colocada de forma abstracta, una piedra simulando una cabeza humana.

«Todo tiene un sentido. Quería significar que el entendimiento entre los hombres es posible.»

Para completar su obra saldría de aquel «nuestro» pequeño trozo en el mundo y conseguiría traer piedras desde alguno de los países más lejanos.

Mientras lo explicaba, recordándolo, sus ojos pequeños brillaban y su mirada se hacía más y más profunda. Y alzaba sus hombros y sonreía como queriendo excusarse porque a él, sencillamente, le parecía inevitable amar la madera, era lo que llevaba haciendo toda su vida.

Continuamos hablando de lo hermoso de la creación, de la emoción que puede sentirse al dejarse llevar por la fuerza del mensaje que la materia le tiene reservado. En su caso, casi con pudor, se reconocía como el artista que era, como único impulsor de que el mensaje, su fuerza, pudiera salir a la luz para ser compartido.

Las obras que presenta en esta exposición nacen del amor a la madera, de la generosidad de su entrega a ella desde que era un niño. Entonces camuflada entre sus juegos y que hoy continúa con una gran ilusión y dedicación engrandeciéndole como persona y como escultor.

Le deseo que éste sea el primer peldaño de ese podium que merece entre los artistas más destacados de nuestra tierra.


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