Y… qué pasa si se colapsa internet?

Que, siempre nos quedarán los libros…

Tuve ayer en mis manos una fotografía que tomé en uno de mis viajes a Valencia que se llama “El asilo del libro”.

La propia fachada de la librería ya es un homenaje a esos antiguos espacios coloridos y, como ahora diríamos “vintage”, del tipo de librería de libro antiguo o usado, que reclaman la atención de cualquiera que pase cerca, pero especialmente la de los amantes de los más raros, más especiales y/o artísticos, y/o más prohibidos. Son esos volúmenes que ocupan un sitio destacado —aunque, según el espacio que haya quedado en la librería abarrotada de ejemplares, el único sitio posible pueda ser el suelo en lugar de un anaquel destacado. Pero que ahí están.

¿Qué haremos cuando se colapse el tráfico de internet?

Hemos visto en los “papers” estos días que puede llegar esa situación en cualquier momento debido al intenso tráfico en las redes motivadas por el cautiverio al que está sometido el mundo por culpa del “virus” (en este caso del covid-19) —podría ser cualquier otro en cualquier otro momento—. Y esto es una alerta como no se había vivido nunca (eso dicen), o por lo menos desde que yo vivo, y ya van varios años.  Nos hemos recluido en casa por decreto general. Vale. Y nos hemos colgado de las redes. Y, de momento todo funciona, pero, ¿nos hemos parado a pensar que los invisibles hilos que conducen la información no nacen por generación espontánea en el universo?

Claro, podemos pensar (porque ahora pensamos mucho), que la tierra es infinita, que se regenera, que tiene infinitos recursos para no agobiarse por mucho que sus hijos insaciables tiren de ella. Pues va a ser que no, y es tiempo que nos demos cuenta de ello. Bueno, pero estamos investigando el cosmos y allí hay mucho más sitio… ¡Qué ilusos! —pienso yo— El cosmos de momento no va a respondernos como lo ha hecho hasta ahora nuestra madre tierra. Con nuestro maltrato insistente hemos conseguido que nos pare los pies, que nos de un tirón de orejas, un toque de atención durísimo para que reflexionemos, pero no sé si estará dispuesta a dejarnos su espacio por más tiempo.

Llevamos décadas hablando o escuchando (oyendo hablar) sobre el cambio climático, ¿durante cuánto tiempo?, y nosotros pensando que serían lo que ahora llamamos “fake news” (noticias falsas)?. Hablábamos y veíamos reportajes sobre la invasión de la basura en los océanos del planeta, de los vertidos industriales en los ríos, de los gases tóxicos que eliminamos a la atmósfera pensando que todo ello se disolverá por arte de magia. Y más pecados capitales que se me ocurrirán cuando haya dejado sin terminar de escribir este discurso a modo de reflexión y que no estaban definidos cuando yo aprendí lo que significaba el pecado.

De pequeña, en fin, yo no pensaba en absoluto en estas cosas. Creía que el mundo estaba ahí puesto como lo estaba la casa de mis padres y mis abuelos y mi ciudad y mi mar y mi país y que el globo terráqueo me contendría eternamente con un amor y generosidad que, aunque yo no mereciera, siempre estaría ahí mientras vivieran mis seres queridos. Yo no me planteaba que al mundo lo tenía que cuidar yo, porque de otro modo se nos vendría abajo. Esto, supongo que lo voy comprendiendo poco a poco a golpe de libros y noticias en los telediarios. Y no quiero pensar que, ahora, pudiera ser que sea tarde.

No me soporto cuando llego a casa con la compra del supermercado. Más de la mitad de mi factura está compuesta por plástico y cajas de cartón que destino inmediatamente a la basura; a la de reciclaje, eso sí, ahora.  Es decir que únicamente me ha servido para traerlo hasta casa, pero que sirve a la sociedad para alimentar el afán de consumo implacable en el que somos los reyes del mambo, sin darnos cuenta de que estamos atacando a nuestra propia Naturaleza, que la estamos invadiendo y que ya no puede respirar. Y se queja.

Como pasa ahora con nuestros pulmones.

¿Teníamos que llegar hasta este punto?

Vale, el mundo está recluido para evitar el contagio. Vale. Teóricamente todos parados. Pero eso es una falacia. No salimos a la calle. Pero tenemos internet. Y las telecomunicaciones,  tal y como están concebidas hasta el momento, están poniéndose nerviosas porque no puedan soportar el tráfico alucinante que deja en simples, casi infantiles, imágenes para el recuerdo, de los millones de vehículos que se mueven en el mundo, llamado evolucionado, por carreteras en cualquier día a horas punta o en los fines de semana de salida de vacaciones, en el mejor de los casos.

Menos mal que siempre nos quedarán los libros. Ahí estamos a salvo. Los libros, todo el conocimiento está ahí. Volvamos al “back to basics” (lo que significa volver a las cosas sencillas y más importantes, dice el diccionario), a la calma del pensamiento, a la reflexión, a la relación humana.

Ya no quiero una vida virtual. Reivindico la mía propia.

Estos días no hago nada más que pensar en el agua. África y agua. Y aquí estamos lavándonos las manos. (se me ocurren varios sentidos para esta frase). ¡Qué afortunados somos! Tenemos Agua. El bien más preciado después del aire. Si respiro, necesito agua. Si no respiro, no necesito nada.

Madre Naturaleza, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos.

@mjberistain


Vintage es el término empleado para referirse a objetos o accesorios con cierta edad, que no pueden aún catalogarse como antigüedades, y que se considera que han mejorado o se han revalorizado con el paso del tiempo.

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